Parece que se va agotando el aceite del candil que alumbra la quimera que muchos han alimentado durante mucho tiempo y que había casi convencido a la población dócil y mentecata de que lo de la bicicleta era una cosa muy complicada y aún la teníamos que hacer más. Carriles bici dedicados y segregados del tráfico por doquier, bicicletas públicas intercomunicadas y ubicuas entendidas como transporte público individual, registro de bicicletas con aplicación en la nube para aportar mayor seguridad y control al asunto, todo indicaba que lo de la bicicleta requería toda una operación que debía orquestarse necesariamente si se quería tener un mínimo éxito en la promoción de este medio.
¿Dónde quedaba aquel fantástico invento sencillo, fácil y al alcance de cualquiera? Nada de lo que hasta entonces había ocurrido o se había inventado iba a servir. Todo nuevo, todo con buenas dosis de ingeniería, todo con magníficos presupuestos y tecnología punta, todo con un buen altavoz mediático. Tan terrible como cierto. Y todos tragando con ello, sumisos, ilusionados con que se estaban siguiendo las pautas, conquistando los espacios, cumpliendo las etapas imprescindibles para convertir nuestras ciudades en la tierra prometida de los pedaleadores.
Ahora que han pasado unos años y la cosa se ha ido serenando, sobre todo porque el dinero ya no corre a chorro mortero y hay que hacer cosas baratas pero efectivas, nos vamos dando cuenta de que el despilfarro en esto de la bici tampoco ha dado tan buenos frutos y que las grandes invenciones han fracasado en su intento de promocionar la bicicleta. Y no sólo porque muchas de ellas no hayan sido tan efectivas como se prometían, sino porque han dejado claro que desnaturalizar la bicicleta sólo ha servido para garantizar o incluso mejorar las posiciones dominantes del coche y para hacer ver que eso de incluir a la bicicleta en el reparto modal requería unas dificultades fabulosas.
Sistemas de bicicletas públicas cerrando, el precursor de los bicirregistros en quiebra, los carriles bici que han hecho techo en la inducción a la utilización de la bicicleta en porcentajes ridículos y mucho dispendio que los ayuntamientos que han decidido mantenerlo tratan de justificar casi a cualquier precio.
Parece que vamos a tener que retomar el tema desde la óptica que nunca debimos de abandonar, que es la de la normalidad, la naturalidad, la progresión aritmética, comenzando por sentar las bases y sin tener tanta prisa por recoger frutos o hinchar el resultado.
Pero es que nos gusta tanto dejarnos encandilar...
Datos extraídos del informe "Las Ciudades y La Bicicleta" de la Red Civinet de España y Portugal.
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viernes, 4 de diciembre de 2015
A ver cuándo se acaba toda esta farsa y empezamos a hablar de bicicletas de una vez por todas
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sábado, 20 de julio de 2013
A la "Motor City" no le llega ni para encender los semáforos
La catedral de la industria del automóvil, cuna del poderío automovilístico norteamericano, fabricante del sueño de ubicuidad, del coche en serie, del utilitario para todos, de la movilidad motorizada democratizada, de la apisonadora de ciudades, de la dispersión y de la tiranía del vehículo automóvil con motor de explosión ha hecho crack.
Detroit tampoco ha sido capaz de sobrevivir al sueño americano, al capitalismo devorador y devastador, deslocalizador y depravado. Ha perdido más de 1 millón de habitantes en las últimas décadas y se ha declarado en quiebra después de reconocer unos cuantos miles de millones de deuda que la tienen estrangulada. Tanto que ya no enciende ni los semáforos por no pagar la luz que consumen.
Resulta realmente simbólico, alegórico de lo paradójico de este mundo y significativo del futuro que acecha a muchas urbes que han crecido desmesuradamente y que ahora presentan una suburbialización decadente difícil de gestionar.
El coche no es el paradigma ya ni siquiera en el Detroit de la Ford, la General Motors y la Chrysler, aunque ellas no se verán afectadas por la bancarrota de la ciudad, curiosamente.
Detroit tampoco ha sido capaz de sobrevivir al sueño americano, al capitalismo devorador y devastador, deslocalizador y depravado. Ha perdido más de 1 millón de habitantes en las últimas décadas y se ha declarado en quiebra después de reconocer unos cuantos miles de millones de deuda que la tienen estrangulada. Tanto que ya no enciende ni los semáforos por no pagar la luz que consumen.
Resulta realmente simbólico, alegórico de lo paradójico de este mundo y significativo del futuro que acecha a muchas urbes que han crecido desmesuradamente y que ahora presentan una suburbialización decadente difícil de gestionar.
El coche no es el paradigma ya ni siquiera en el Detroit de la Ford, la General Motors y la Chrysler, aunque ellas no se verán afectadas por la bancarrota de la ciudad, curiosamente.
lunes, 29 de abril de 2013
Si conduces tu coche solo....
Vivimos tiempos difíciles. Para muchos la situación es tan angustiosa que es comparable a un estado de excepción o un ambiente pre-bélico, un ambiente de guerra, financiera y económica pero guerra en definitiva. En este escenario donde la llamada a la austeridad se ha generalizado como única fórmula para afrontar las dificultades, el asunto energético cobra una preeminencia sobre otros.
Con una balanza energética altamente deficitaria, con una economía energéticamente dependiente, con un consumo energético disparatado y con un estilo de vida que no está poniendo en cuestión este tipo de desmanes, debería ser lógica una reacción responsable por parte de los estados dirigida a hacer reflexionar a la ciudadanía respecto a las consecuencias que todo esto tiene en el estrangulamiento de nuestros países.
Y así podrían tener sentido campañas de corte propagandístico dirigidas a controlar este despilfarro energético apelando a la conciencia colectiva. Igual que hicieron los estadounidenses en vísperas de la Segunda Guerra Mundial alertando a sus conciudadanos de que conducir sólos un coche suponía un derroche energético comparable a darle fuerza al enemigo.
Hoy el enemigo quizá no sea tan personalizable, pero hoy igualmente conducir un coche en solitario sin motivo justificado no deja de ser una forma de alimentar este monstruo que consume espacio y energía de una manera insaciable, este monstruo que se cobra más víctimas que muchas guerras y deja muertos y heridos a diario, este monstruo que atemoriza a todos en la calle, que intimida a los demás, este monstruo que además nos hace dependientes del poder de las corporaciones energéticas y de los grupos financieros que les dan cobertura.
Conducir un coche solo sin una justificación suficiente e inevitable, en este escenario, representa así una irresponsabilidad tremenda en una sociedad que necesita reorganizarse, pero representa además una tiranía respecto a las libertades de los demás y una forma de poner en compromiso su seguridad. Así pues, y aunque la imagen de Hitler quizá no represente estos valores, cabría reeditar este tipo de mensajes que llaman a compartir los viajes en coche. Pero también podrían reformularse en otros que incentivaran al uso de medios no motorizados, como la bicicleta.
Gracias a JuanCris Ortiz por la inspiración.
Con una balanza energética altamente deficitaria, con una economía energéticamente dependiente, con un consumo energético disparatado y con un estilo de vida que no está poniendo en cuestión este tipo de desmanes, debería ser lógica una reacción responsable por parte de los estados dirigida a hacer reflexionar a la ciudadanía respecto a las consecuencias que todo esto tiene en el estrangulamiento de nuestros países.
Y así podrían tener sentido campañas de corte propagandístico dirigidas a controlar este despilfarro energético apelando a la conciencia colectiva. Igual que hicieron los estadounidenses en vísperas de la Segunda Guerra Mundial alertando a sus conciudadanos de que conducir sólos un coche suponía un derroche energético comparable a darle fuerza al enemigo.
Hoy el enemigo quizá no sea tan personalizable, pero hoy igualmente conducir un coche en solitario sin motivo justificado no deja de ser una forma de alimentar este monstruo que consume espacio y energía de una manera insaciable, este monstruo que se cobra más víctimas que muchas guerras y deja muertos y heridos a diario, este monstruo que atemoriza a todos en la calle, que intimida a los demás, este monstruo que además nos hace dependientes del poder de las corporaciones energéticas y de los grupos financieros que les dan cobertura.
Conducir un coche solo sin una justificación suficiente e inevitable, en este escenario, representa así una irresponsabilidad tremenda en una sociedad que necesita reorganizarse, pero representa además una tiranía respecto a las libertades de los demás y una forma de poner en compromiso su seguridad. Así pues, y aunque la imagen de Hitler quizá no represente estos valores, cabría reeditar este tipo de mensajes que llaman a compartir los viajes en coche. Pero también podrían reformularse en otros que incentivaran al uso de medios no motorizados, como la bicicleta.
Gracias a JuanCris Ortiz por la inspiración.
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domingo, 13 de enero de 2013
¿Somos conformistas o tontos?
Estamos viendo como todo a nuestro alrededor se derrumba y nos mantenemos impertérritos mirando la debacle, en parte atónitos, en parte incrédulos, en parte incapaces de hacer nada más que mirar. Y aún pensamos que todo este desastre servirá para algo, porque "no hay mal que por bien no venga" y todo eso. Somos espectadores, queremos serlo, nos va bien así.
La crisis nos va a hacer la tarea y nos vamos a quedar tan contentos. Con un paro aterrador, con unas expectativas económicas y sociales tétricas, con una clase política vergonzosa, con un panorama internacional pésimo, aún somos capaces de conformarnos y verle la parte buena a todo esto.
Pasa con los temas de la movilidad sostenible y sus consecuencias ambientales. Ahora resulta que la inactividad de tanta gente y la angustia económica de muchas familias, que lleva aparejada esta bajada de producción industrial y de actividad comercial, ha supuesto una reducción en el uso del coche y un aumento de opciones por la bicicleta, y nos parece un triunfo.
Congratularnos porque estamos consiguiendo ciertas cotas de movilidad sostenible y de calidad ambiental urbana a costa de hacer insostenible todo lo demás es penoso. Sería un logro si se hubiera conseguido gracias a decisiones responsables dirigidas a ello y no debido a situaciones irreversibles, obligadas y muchas veces casi insoportables. No hay ningún mérito en ello, no hay estrategia, no hay modelo.
Así pues, no seamos tan mentecatos de enorgullecernos de que gracias a esta debacle socioeconómica y política en la que nos hallamos inmersos estamos haciendo los deberes que jamás hubiéramos hecho motu proprio y, sobre todo, a costa de la miseria de mucha gente, de demasiada, y continuemos exigiendo y ejerciendo un cambio sostenido hacia un modelo de sociedad distinta, donde las ciudades, los trabajos y la formación prioricen en las personas.
La crisis nos va a hacer la tarea y nos vamos a quedar tan contentos. Con un paro aterrador, con unas expectativas económicas y sociales tétricas, con una clase política vergonzosa, con un panorama internacional pésimo, aún somos capaces de conformarnos y verle la parte buena a todo esto.
Pasa con los temas de la movilidad sostenible y sus consecuencias ambientales. Ahora resulta que la inactividad de tanta gente y la angustia económica de muchas familias, que lleva aparejada esta bajada de producción industrial y de actividad comercial, ha supuesto una reducción en el uso del coche y un aumento de opciones por la bicicleta, y nos parece un triunfo.
¿Lo estamos consiguiendo?
Congratularnos porque estamos consiguiendo ciertas cotas de movilidad sostenible y de calidad ambiental urbana a costa de hacer insostenible todo lo demás es penoso. Sería un logro si se hubiera conseguido gracias a decisiones responsables dirigidas a ello y no debido a situaciones irreversibles, obligadas y muchas veces casi insoportables. No hay ningún mérito en ello, no hay estrategia, no hay modelo.
Así pues, no seamos tan mentecatos de enorgullecernos de que gracias a esta debacle socioeconómica y política en la que nos hallamos inmersos estamos haciendo los deberes que jamás hubiéramos hecho motu proprio y, sobre todo, a costa de la miseria de mucha gente, de demasiada, y continuemos exigiendo y ejerciendo un cambio sostenido hacia un modelo de sociedad distinta, donde las ciudades, los trabajos y la formación prioricen en las personas.
domingo, 30 de diciembre de 2012
El gran dilema ciclista para 2013
El mundo ciclista se encuentra aturdido, desorientado. Después de unos años locos, la recesión ha desinflado los ánimos del fasto ciclista y ahora toca lidiar las vacas flacas con el ánimo desgastado y con los bolsillos rotos de tanto despilfarrar. Hemos roto la hucha de la cosa pública y con ella hemos malogrado la posibilidad de construir algo que se sujetara más, que tuviera más futuro, que fuera más cabal y más respetuoso, algo de dimensiones humanas. O no.
O quizá no. Quizá este bache sea el nuevo suelo y no merezca la pena parchearlo con algo insustancial que nos deje en la misma tesitura alocada e incontrolable de los años pasados. Quizá sea este el nivel que sujete la base de un nuevo orden social, político y económico más cauto, más humilde, más honesto, más honrado. Ojalá.
A los ciclistas mareados, maltratados cual rebaño borreguil, acorralados en zonas de excepción, en corredores de la muerte, enajenados del libre albedrío, amedrentados como corderos, la cosa les pinta fea. Ahora que vuelve el sentido común, la lógica aplastante les deja fuera de juego en las aceras y en los carriles bici, una vez desahuciados de la calzada, y además en ilegalidad flagrante que, por más que haya sido consentida, no es menos palmaria.
Ahora, después de unos lustros de desfreno, los ciclistas ayer consentidos se ven hoy desasistidos: "la acera es de los peatones, la calzada es demasiado peligrosa y no os vamos a hacer más carriles bici", y entonces vuelven la vista al calmado del tráfico, a la limitación de la velocidad, a los 30 kms/hora, a la Ciudad 30, como si fuera la solución. Ahora es demasiado tarde. O no.
O quizá no. Nunca es tarde si la dicha es buena dice el saber popular. Aunque jugar ahora a que vale lo anterior porque no nos conceden lo siguiente parece rastrero y posibilista, algo es algo y eso debería ser suficiente para sentar los cimientos de la nueva circulación, de la nueva movilidad. El tráfico concertado parece poco ambicioso y consolida a la baja el estatus del coche para dar una oportunidad a las bicicletas en lo que se vuelve a reconocer como su terreno de juego natural.
Pero es sospechoso que nadie valore en serio la posibilidad de cercenar las ambiciones ilimitadas del coche más allá de meros islotes, más o menos pequeños, y de limitaciones de velocidad y tasas de aparcamiento que no acaban de resultar disuasorias. Recortar la progresión y el dominio del coche pasa por replantear el desarrollo territorial y el estilo urbanístico, los hábitos de consumo y las alternativas de ocio, y la lógica productiva y laboral, y eso da miedo, mucho miedo, sobre todo en los tiempos que corren. O no.
O quizá no. Porque precisamente estos tiempos que ya no corren y que casi no andan son o deberían ser los más apropiados para plantear un giro de rumbo sin el peligro de una inercia demasiado fuerte que nos haga descarrilar. Ahora que todo se ha ralentizado y que muchos hemos iniciado la marcha atrás en busca de una nueva lógica, sólo los que sean capaces de asumir, comprender y gestionar esta nueva coyuntura optarán por el futuro en condiciones dignas, conscientes y con capacidad de elegir. A los demás les queda seguir la corriente, dejarse llevar por las inercias y confiar en la suerte o lamentarse de su desdicha.
Actúa, muévete... en bici, por supuesto.
¡Feliz Año 2013!
O quizá no. Quizá este bache sea el nuevo suelo y no merezca la pena parchearlo con algo insustancial que nos deje en la misma tesitura alocada e incontrolable de los años pasados. Quizá sea este el nivel que sujete la base de un nuevo orden social, político y económico más cauto, más humilde, más honesto, más honrado. Ojalá.
A los ciclistas mareados, maltratados cual rebaño borreguil, acorralados en zonas de excepción, en corredores de la muerte, enajenados del libre albedrío, amedrentados como corderos, la cosa les pinta fea. Ahora que vuelve el sentido común, la lógica aplastante les deja fuera de juego en las aceras y en los carriles bici, una vez desahuciados de la calzada, y además en ilegalidad flagrante que, por más que haya sido consentida, no es menos palmaria.
Ahora, después de unos lustros de desfreno, los ciclistas ayer consentidos se ven hoy desasistidos: "la acera es de los peatones, la calzada es demasiado peligrosa y no os vamos a hacer más carriles bici", y entonces vuelven la vista al calmado del tráfico, a la limitación de la velocidad, a los 30 kms/hora, a la Ciudad 30, como si fuera la solución. Ahora es demasiado tarde. O no.
O quizá no. Nunca es tarde si la dicha es buena dice el saber popular. Aunque jugar ahora a que vale lo anterior porque no nos conceden lo siguiente parece rastrero y posibilista, algo es algo y eso debería ser suficiente para sentar los cimientos de la nueva circulación, de la nueva movilidad. El tráfico concertado parece poco ambicioso y consolida a la baja el estatus del coche para dar una oportunidad a las bicicletas en lo que se vuelve a reconocer como su terreno de juego natural.
Pero es sospechoso que nadie valore en serio la posibilidad de cercenar las ambiciones ilimitadas del coche más allá de meros islotes, más o menos pequeños, y de limitaciones de velocidad y tasas de aparcamiento que no acaban de resultar disuasorias. Recortar la progresión y el dominio del coche pasa por replantear el desarrollo territorial y el estilo urbanístico, los hábitos de consumo y las alternativas de ocio, y la lógica productiva y laboral, y eso da miedo, mucho miedo, sobre todo en los tiempos que corren. O no.
O quizá no. Porque precisamente estos tiempos que ya no corren y que casi no andan son o deberían ser los más apropiados para plantear un giro de rumbo sin el peligro de una inercia demasiado fuerte que nos haga descarrilar. Ahora que todo se ha ralentizado y que muchos hemos iniciado la marcha atrás en busca de una nueva lógica, sólo los que sean capaces de asumir, comprender y gestionar esta nueva coyuntura optarán por el futuro en condiciones dignas, conscientes y con capacidad de elegir. A los demás les queda seguir la corriente, dejarse llevar por las inercias y confiar en la suerte o lamentarse de su desdicha.
Actúa, muévete... en bici, por supuesto.
¡Feliz Año 2013!
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miércoles, 10 de octubre de 2012
Las tres BBB de la bici ya no funcionan
BBB. ¿Buena, bonita, barata? No, no son esas. De ninguna manera. Son más bien las que definen la bestial burbuja de la bicicleta, que se ha venido montando en el último lustro, o lo que es lo mismo, esa fabulosa aparatología que, bajo el eufemismo de "bicicleta pública", auspicia una iniciativa privada y privativa de la bicicleta con la excusa de convertir su uso en un nuevo servicio de transporte público deficitario.
Cualquiera con un poco de decencia y sentido común se tendría que haber percatado en su momento de que esta maniobra tenía gato encerrado, pero la felicidad derrochadora de los años locos permitió que a muchos ayuntamientos les metieran un gol para muchos años y con cláusulas de rescisión realmente formidables, con la promesa de ver multiplicados sus ciclistas y de transmitir una imagen verde inigualable e inimaginable por muchos.
Que han sido años terribles no hace falta recordarlo, pero que se empiezan a acabar es una noticia que, aunque anunciada, nos sigue costando reconocer a los de la bici, con lo cual lo vamos a pasar mal tratando de tragarla y digerirla, a menos que empecemos a ver en ello la oportunidad de retomar las cosas con un poco más de humildad, con un poco menos de prisa y con menos daños colaterales, y aquí también hay que ampliar la reflexión a lo que se ha dado en llamar carriles bici, que no han sido sino una colección de barbaridades con muy pocas excepciones.
La noticia es que hay ya unas cuantas ciudades que han decidido no seguir manteniendo las bicicletas públicas, por no poder hacer frente a sus costes o bien por ser servicios con niveles de utilización ridículos. La de esta semana: Ciudad Real.
Los expertos, que en nuestro país no son sino unos cuantos estudiosos sobrevenidos más o menos interesados en que la cosa no decaiga para mantener sus expectativas, siguen insistiendo en que todo puede resolverse con un poco de reingeniería de gestión y nos recuerdan que todo sistema de transporte público es, por definición, deficitario, así que hay que asumirlo lógicamente y hay que compararlo con el coste de cualquier otro sea bus, tranvía, metro o tren. Nadie hace una contabilidad real de la eficiencia de los sistemas, nadie estudia en serio la procedencia de los usuarios, nadie.
Los que abogamos porque esto no es más que una treta comercial hurdida de manera magistral entre unos cuantos que, salvo en las grandes ciudades (Barcelona, Sevilla, Valencia y Zaragoza) que se han hecho acreedoras de la oferta de las multinacionales y que están entrampadas a otro nivel, no funciona más que como escaparate y realmente no hace más ecológico el sistema de movilidad de las mismas, a un precio alocado, mantenemos la tesis de que el "boom" de la bicicleta pública y del bicicarril no ha servido más que para dilapidar todo el presupuesto bici disponible e incluso más y para diferir el curso evolutivo normal y razonable de una tendencia que ya era indiscutible antes de que nos vendieran todo este invento.
Así pues, bienvenida la recesión en la bicicleta pública y bienvenida la crisis en la implementación de nuevas barbaridades, sólo así podremos tener nuevas oportunidades de reintroducir la bicicleta desde la base y promocionarla en los centros de actividad.
Incluso los propios magistrados en el asunto empiezan a dudar de su eficacia. Más vale tarde que nunca.
Cualquiera con un poco de decencia y sentido común se tendría que haber percatado en su momento de que esta maniobra tenía gato encerrado, pero la felicidad derrochadora de los años locos permitió que a muchos ayuntamientos les metieran un gol para muchos años y con cláusulas de rescisión realmente formidables, con la promesa de ver multiplicados sus ciclistas y de transmitir una imagen verde inigualable e inimaginable por muchos.
Que han sido años terribles no hace falta recordarlo, pero que se empiezan a acabar es una noticia que, aunque anunciada, nos sigue costando reconocer a los de la bici, con lo cual lo vamos a pasar mal tratando de tragarla y digerirla, a menos que empecemos a ver en ello la oportunidad de retomar las cosas con un poco más de humildad, con un poco menos de prisa y con menos daños colaterales, y aquí también hay que ampliar la reflexión a lo que se ha dado en llamar carriles bici, que no han sido sino una colección de barbaridades con muy pocas excepciones.
La noticia es que hay ya unas cuantas ciudades que han decidido no seguir manteniendo las bicicletas públicas, por no poder hacer frente a sus costes o bien por ser servicios con niveles de utilización ridículos. La de esta semana: Ciudad Real.
Los expertos, que en nuestro país no son sino unos cuantos estudiosos sobrevenidos más o menos interesados en que la cosa no decaiga para mantener sus expectativas, siguen insistiendo en que todo puede resolverse con un poco de reingeniería de gestión y nos recuerdan que todo sistema de transporte público es, por definición, deficitario, así que hay que asumirlo lógicamente y hay que compararlo con el coste de cualquier otro sea bus, tranvía, metro o tren. Nadie hace una contabilidad real de la eficiencia de los sistemas, nadie estudia en serio la procedencia de los usuarios, nadie.
Los que abogamos porque esto no es más que una treta comercial hurdida de manera magistral entre unos cuantos que, salvo en las grandes ciudades (Barcelona, Sevilla, Valencia y Zaragoza) que se han hecho acreedoras de la oferta de las multinacionales y que están entrampadas a otro nivel, no funciona más que como escaparate y realmente no hace más ecológico el sistema de movilidad de las mismas, a un precio alocado, mantenemos la tesis de que el "boom" de la bicicleta pública y del bicicarril no ha servido más que para dilapidar todo el presupuesto bici disponible e incluso más y para diferir el curso evolutivo normal y razonable de una tendencia que ya era indiscutible antes de que nos vendieran todo este invento.
Así pues, bienvenida la recesión en la bicicleta pública y bienvenida la crisis en la implementación de nuevas barbaridades, sólo así podremos tener nuevas oportunidades de reintroducir la bicicleta desde la base y promocionarla en los centros de actividad.
Incluso los propios magistrados en el asunto empiezan a dudar de su eficacia. Más vale tarde que nunca.
miércoles, 25 de julio de 2012
Desmantelar el tinglado
El universo de la bicicleta está desbocado. No más que cualquier otro aspecto de esta alocada y devastadora vida que nos ha tocado vivir. Las cosas han perdido sentido, se han distorsionado. Muchas veces respondiendo a intereses cortoplacistas de personajes a los que la bicicleta les daba igual y sólo buscaban algo de gloria en medio de un ambiente de exaltación colectiva y de dinero a espuertas.
Hasta ahora parecía suficiente con denunciar los desmanes, criticar los desaciertos, aclarar las sombras y destapar las alcantarillas de todo el circo que se estaba montando alrededor de la bicicleta. Hoy no. Hoy las cosas han tocado fondo.
Es por eso que conviene empezar a plantearse qué es esencial y qué es prescindible en este absurda y multimillonaria feria que se ha montado alrededor de la bicicleta.
Vayamos por partes.
En este país se ha corrido mucho, alentados por una euforia colectiva en conseguir de cualquier manera lo que un buen puñado de lunáticos interesados habían decidido que era la clave de la escasa utilización de la bicicleta en este país: la falta de infraestructuras viales exclusivas para bicicletas. Y así se han hecho todo tipo de despropósitos. Bastaba con pintar unas bicis aquí y allá y adornarlo con algunas señales y unos cuantos aparcabicis. Puesto todo así, al tuntún.
Gran parte de esos bicicarriles, lejos de ser criticados o denunciados, fueron aplaudidos por mucha gente de la llamada pro-bici, simplemente porque añadían parafernalia ciclista y ayudaban a dar visibilidad a la bicicleta fuera como fuera.
Esas infraestructuras han generado, en muchos casos, en demasiados, muchas situaciones de peligrosidad extrema y por desgracia, un buen puñado de muertes. ¿Accidentes? No siempre.
Resulta imprescindible revisar metro a metro cada una de esas vías, carriles o pintadas, para decidir si resuelven alguna situación de peligrosidad contrastada y aportan seguridad comprobable a la circulación ciclista. Si no, habrá que desmantelarlos.
Otro monstruo alimentado por las ganas de hacer patria ciclista ha sido el inventazo de las bicicletas públicas. Ese monstruo que ha acabado fagocitando muchas de las políticas posibles de promoción de la bicicleta con la doble excusa de conseguir de golpe y porrazo lo que todas esas políticas iban a ser incapaces en números gordos y, también, por haberse vendido como un sistema de transporte público con todo lo que ello conlleva a la hora de justificar costes, déficits y presupuestos astronómicos.
¿Para qué sirven realmente las bicicletas públicas? Terrible cuestión. Nos hemos acostumbrado a contestar automáticamente que para incrementar el número de ciclistas en la calle. Les hemos atribuido la función mágica de multiplicar las bicis y después nos lo hemos acabado creyendo. ¿Cómo no iba a pasar siendo como son gratuítas, gozan de todas las bendiciones de las instituciones y de los mercados y están gestionadas, en las grandes plazas exitosas, por multinacionales de la publicidad?
Las bicicletas públicas son un monstruo que se come unos presupuestos increíbles en cada ciudad donde han sido implementadas. Unos fondos que no son comparables en el resto de políticas de fomento de las bicicletas. Nada que no hayan sido construcciones.
Es por eso por lo que hay que pedir, a la vez, que se desmantelen estos artificios y se destinen esos fondos a hacer políticas multidisciplinares y transversales para consolidar las bases de una promoción de la bicicleta que integre: educación, cultura, salud, turismo, trabajo, justicia, economía y ecología.
Con los millones destinados y los plazos comprometidos en las bicicletas públicas se puede ser realmente ambiciosos.
Y, por supuesto, esa normativa con la que se ha ido adornando cada municipio para dar cobertura a su interpretación, local e improvisada, de "la ley de la bici". Y, por encima de esa colección de sinsentidos y contradicciones muchas veces colindantes, habrá que revisar, reformular o derogar todo ese cuerpo legal que ha servido para organizar los núcleos urbanos de acuerdo a un modelo expansivo, donde los usos del suelo respondían más al rédito de la recalificación que al diseño de espacios para vivir y para desarrollar actividades, donde la dispersión y la especialización de las zonas ha generado una necesidad de moverse para todo que sólo se puede afrontar en coche.
Y luego habrá que revisar todas las demás actuaciones que se han ido consumando al calor de la excitación cicloverde. Tales como registros de bicicletas, aparcamientos desproporcionados, oficinas de la bicicleta, etcétera, etcétera, etcétera.
Si algo nos ha enseñado la historia, esa misma que ahora queremos obviar por no querer encarar la terrible gravedad de la situación actual, es que las crisis, los grandes "cracks" representan oportunidades inmejorables para reconfigurar y rediseñar nuestros modelos. Esos que nos han llevado a esa coyuntura. Hay que ser valientes para replantear el escenario y para ello hay que ser valientes para desmantelar gran parte de todo este tinglado porque el "más de lo mismo" no nos va a sacar de este atolladero y los recortes desgraciadamente tampoco.
Hasta ahora parecía suficiente con denunciar los desmanes, criticar los desaciertos, aclarar las sombras y destapar las alcantarillas de todo el circo que se estaba montando alrededor de la bicicleta. Hoy no. Hoy las cosas han tocado fondo.
Es por eso que conviene empezar a plantearse qué es esencial y qué es prescindible en este absurda y multimillonaria feria que se ha montado alrededor de la bicicleta.
Vayamos por partes.
Los carriles bici, las aceras bici y otras chapuzas
En este país se ha corrido mucho, alentados por una euforia colectiva en conseguir de cualquier manera lo que un buen puñado de lunáticos interesados habían decidido que era la clave de la escasa utilización de la bicicleta en este país: la falta de infraestructuras viales exclusivas para bicicletas. Y así se han hecho todo tipo de despropósitos. Bastaba con pintar unas bicis aquí y allá y adornarlo con algunas señales y unos cuantos aparcabicis. Puesto todo así, al tuntún.
Gran parte de esos bicicarriles, lejos de ser criticados o denunciados, fueron aplaudidos por mucha gente de la llamada pro-bici, simplemente porque añadían parafernalia ciclista y ayudaban a dar visibilidad a la bicicleta fuera como fuera.
Esas infraestructuras han generado, en muchos casos, en demasiados, muchas situaciones de peligrosidad extrema y por desgracia, un buen puñado de muertes. ¿Accidentes? No siempre.
Resulta imprescindible revisar metro a metro cada una de esas vías, carriles o pintadas, para decidir si resuelven alguna situación de peligrosidad contrastada y aportan seguridad comprobable a la circulación ciclista. Si no, habrá que desmantelarlos.
La gallina de oro de la bicicleta pública
Otro monstruo alimentado por las ganas de hacer patria ciclista ha sido el inventazo de las bicicletas públicas. Ese monstruo que ha acabado fagocitando muchas de las políticas posibles de promoción de la bicicleta con la doble excusa de conseguir de golpe y porrazo lo que todas esas políticas iban a ser incapaces en números gordos y, también, por haberse vendido como un sistema de transporte público con todo lo que ello conlleva a la hora de justificar costes, déficits y presupuestos astronómicos.
¿Para qué sirven realmente las bicicletas públicas? Terrible cuestión. Nos hemos acostumbrado a contestar automáticamente que para incrementar el número de ciclistas en la calle. Les hemos atribuido la función mágica de multiplicar las bicis y después nos lo hemos acabado creyendo. ¿Cómo no iba a pasar siendo como son gratuítas, gozan de todas las bendiciones de las instituciones y de los mercados y están gestionadas, en las grandes plazas exitosas, por multinacionales de la publicidad?
Las bicicletas públicas son un monstruo que se come unos presupuestos increíbles en cada ciudad donde han sido implementadas. Unos fondos que no son comparables en el resto de políticas de fomento de las bicicletas. Nada que no hayan sido construcciones.
Es por eso por lo que hay que pedir, a la vez, que se desmantelen estos artificios y se destinen esos fondos a hacer políticas multidisciplinares y transversales para consolidar las bases de una promoción de la bicicleta que integre: educación, cultura, salud, turismo, trabajo, justicia, economía y ecología.
Con los millones destinados y los plazos comprometidos en las bicicletas públicas se puede ser realmente ambiciosos.
Las normas de la ley de la jungla
Y, por supuesto, esa normativa con la que se ha ido adornando cada municipio para dar cobertura a su interpretación, local e improvisada, de "la ley de la bici". Y, por encima de esa colección de sinsentidos y contradicciones muchas veces colindantes, habrá que revisar, reformular o derogar todo ese cuerpo legal que ha servido para organizar los núcleos urbanos de acuerdo a un modelo expansivo, donde los usos del suelo respondían más al rédito de la recalificación que al diseño de espacios para vivir y para desarrollar actividades, donde la dispersión y la especialización de las zonas ha generado una necesidad de moverse para todo que sólo se puede afrontar en coche.
Y todo lo demás
Y luego habrá que revisar todas las demás actuaciones que se han ido consumando al calor de la excitación cicloverde. Tales como registros de bicicletas, aparcamientos desproporcionados, oficinas de la bicicleta, etcétera, etcétera, etcétera.
Si algo nos ha enseñado la historia, esa misma que ahora queremos obviar por no querer encarar la terrible gravedad de la situación actual, es que las crisis, los grandes "cracks" representan oportunidades inmejorables para reconfigurar y rediseñar nuestros modelos. Esos que nos han llevado a esa coyuntura. Hay que ser valientes para replantear el escenario y para ello hay que ser valientes para desmantelar gran parte de todo este tinglado porque el "más de lo mismo" no nos va a sacar de este atolladero y los recortes desgraciadamente tampoco.
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martes, 3 de julio de 2012
Creyentes, incrédulos, creídos y agnósticos de la bicicleta
Seguimos atravesados en una sociedad y en un momento histórico que nos ha dejado a dos aguas y a dos velas por obra y gracia de un centro de decisión y de poder que se nos escapa a los legos y me temo que también a los doctos. Estamos en la parálisis, en el temor a los mercados, en el avestrucismo más atroz y parece que los asuntos de la bici se han quedado también atrapados en esta especie de esclerosis social, pese a los voluntariosos intentos de algunos que se han autoadjudicado la representatividad del sector, que algo es, aunque sea una pretensión.
En este marco inquietante, mucha gente se dedica a alimentar el miedo como herramienta para hacer valer sus postulados y sus intereses y así tratar de ganar adeptos, temerosos de dios, sea éste el que sea. En lo de la bici, el miedo suele ir asociado, normalmente, a la necesidad de protección fundamentada en el desasosiego que provoca la inseguridad. Son los crédulos. Los que creen en el bien y el mal, en la verdad y en el camino que la virtud les marca. Y predican su descubrimiento. Y no admiten réplica. O estás con ellos o estás equivocado.
Frente a ellos, los incrédulos, tratan de demostrar que el miedo es un interés creado por aquellos que quieren mantenernos atenazados, ordenados, sometidos a sus designios, porque no les interesa lo que hacemos, esto es, andar en bici alegremente sin más.
Y luego están los creídos, los que van sobrados, los que están de vuelta de todo, los arrogantes que no están para pararse a pensar en nada más que en su circunstancia, para hacer ostentación de la misma delante de los suyos. No les hace falta debatir ni rebatir, en una suerte de autocomplacencia obsesiva que les hace despreciar todo lo demás y a todos los demás.
Lejos de estas lógicas se encuentran, nos encontramos, los agnósticos de la bicicleta, es decir, aquellos que sólo somos capaces de "vender" aquello que hemos podido constatar, después de investigar y de experimentar todo lo profundamente que nos dan nuestras meninges y nuestras piernas. Es duro saber que no se sabe nada después de tantos años de interesarnos y de poner nuestras entendederas, nuestros medios y nuestra capacidad de acción para tratar de demostrar que la bicicleta tiene sentido en la ciudad y fuera de ella. Es duro pero a la vez compensa porque evita muchos entuertos y muchas desilusiones.
Para todas aquellas personas que sigan creyendo que esto es una guerra de sectas, un enfrentamiento cruento aunque sea en la dialéctica, sentimos comunicarles que unos cuantos, cada vez más, seguimos emperrados en oponernos radicalmente al alineamiento que algunos proponen en adeptos de las distitas facciones de algo que no sea el desarrollo sostenible de la bicicleta. A los que siguen agarrados a la santa iconografía y a los iconoclastas, suerte en sus cabezazos.
En este marco inquietante, mucha gente se dedica a alimentar el miedo como herramienta para hacer valer sus postulados y sus intereses y así tratar de ganar adeptos, temerosos de dios, sea éste el que sea. En lo de la bici, el miedo suele ir asociado, normalmente, a la necesidad de protección fundamentada en el desasosiego que provoca la inseguridad. Son los crédulos. Los que creen en el bien y el mal, en la verdad y en el camino que la virtud les marca. Y predican su descubrimiento. Y no admiten réplica. O estás con ellos o estás equivocado.
Frente a ellos, los incrédulos, tratan de demostrar que el miedo es un interés creado por aquellos que quieren mantenernos atenazados, ordenados, sometidos a sus designios, porque no les interesa lo que hacemos, esto es, andar en bici alegremente sin más.
Y luego están los creídos, los que van sobrados, los que están de vuelta de todo, los arrogantes que no están para pararse a pensar en nada más que en su circunstancia, para hacer ostentación de la misma delante de los suyos. No les hace falta debatir ni rebatir, en una suerte de autocomplacencia obsesiva que les hace despreciar todo lo demás y a todos los demás.
Lejos de estas lógicas se encuentran, nos encontramos, los agnósticos de la bicicleta, es decir, aquellos que sólo somos capaces de "vender" aquello que hemos podido constatar, después de investigar y de experimentar todo lo profundamente que nos dan nuestras meninges y nuestras piernas. Es duro saber que no se sabe nada después de tantos años de interesarnos y de poner nuestras entendederas, nuestros medios y nuestra capacidad de acción para tratar de demostrar que la bicicleta tiene sentido en la ciudad y fuera de ella. Es duro pero a la vez compensa porque evita muchos entuertos y muchas desilusiones.
Para todas aquellas personas que sigan creyendo que esto es una guerra de sectas, un enfrentamiento cruento aunque sea en la dialéctica, sentimos comunicarles que unos cuantos, cada vez más, seguimos emperrados en oponernos radicalmente al alineamiento que algunos proponen en adeptos de las distitas facciones de algo que no sea el desarrollo sostenible de la bicicleta. A los que siguen agarrados a la santa iconografía y a los iconoclastas, suerte en sus cabezazos.
jueves, 28 de junio de 2012
¿Cuánto pagarías por pagar menos por circular?
Se han hecho muchos números respecto a los aportes de la bicicleta a la economía. Pero hoy no toca hablar de esos grandes números de la polución, la salud, los accidentes o la congestión. Hoy toca hablar de economía doméstica y de valor relativo.
Dicen algunos que no se gastarían nunca mucho en una bicicleta porque no merece la pena, porque la bicicleta está condenada a ser robada o maltratada, que mejor no arriesgar, que para moverse por la ciudad no hace falta nada especial, que con cualquier hierro vale.
El otro día una chica nos explicó que ella había contabilizado los ahorros reales en euros contantes y sonantes que le había producido el uso de la bicicleta que había comprado tan sólo ocho meses antes, no sin dudas y ampliando su presupuesto inicial por hacerse con una bici ciertamente de calidad. Ella, como tantos otros, combinaba el coche y el transporte público en sus tránsitos urbanos habituales. Su sorpresa había sido mayúscula al analizar sus cuentas.
En tan sólo ocho meses, había amortizado su bicicleta y ya le estaba produciendo beneficios económicos, además de los consabidos en su estado de forma tanto físico como anímico, su puntualidad, su autoestima. Nos contaba que, ahora que la había amortizado, ya podían robársela, cosa improbable dadas las medidas que toma contra ello. Además, al haber invertido en una bicicleta buena, esta le iba a durar mucho más, teniendo en cuenta la calidad de sus componentes, así que esperaba unos réditos realmente insospechados.
Sácate tus cuentas y, por favor, no seas rata cuando te toque invertir en tu bicicleta, porque ella te lo devolverá con creces. En estos tiempos de incertidumbre económica la bici se presenta como un valor seguro... y en alza.
Dicen algunos que no se gastarían nunca mucho en una bicicleta porque no merece la pena, porque la bicicleta está condenada a ser robada o maltratada, que mejor no arriesgar, que para moverse por la ciudad no hace falta nada especial, que con cualquier hierro vale.
El otro día una chica nos explicó que ella había contabilizado los ahorros reales en euros contantes y sonantes que le había producido el uso de la bicicleta que había comprado tan sólo ocho meses antes, no sin dudas y ampliando su presupuesto inicial por hacerse con una bici ciertamente de calidad. Ella, como tantos otros, combinaba el coche y el transporte público en sus tránsitos urbanos habituales. Su sorpresa había sido mayúscula al analizar sus cuentas.
En tan sólo ocho meses, había amortizado su bicicleta y ya le estaba produciendo beneficios económicos, además de los consabidos en su estado de forma tanto físico como anímico, su puntualidad, su autoestima. Nos contaba que, ahora que la había amortizado, ya podían robársela, cosa improbable dadas las medidas que toma contra ello. Además, al haber invertido en una bicicleta buena, esta le iba a durar mucho más, teniendo en cuenta la calidad de sus componentes, así que esperaba unos réditos realmente insospechados.
Sácate tus cuentas y, por favor, no seas rata cuando te toque invertir en tu bicicleta, porque ella te lo devolverá con creces. En estos tiempos de incertidumbre económica la bici se presenta como un valor seguro... y en alza.
lunes, 18 de junio de 2012
¿Qué pasará cuando todo esto se vaya a la mierda?
Es feo plantearlo así, pero quizás es más necesario que nunca. Es lamentable la situación en la que nos encontramos: en una sociedad indignada con unos dirigentes inoperantes, que, como mucho, son marionetas de unos terceros a los que nadie acaba de poner cara ni intenciones reales, con una incertidumbre monumental que pasa por no saber qué hacer ni con nuestra hucha y con una sensación de culpabilidad y victimismo colectiva de no te menees. En medio de este guirigay, aturdidos por las cotizaciones y amedrentados por rescates, intervenciones y corralitos hay que seguir viviendo sin saber con certeza cuándo todo esto se va a ir a la mierda de una vez por todas para empezar de nuevo desde un sitio que aunque sea deplorable (que no lo va a ser) al menos sea cierto (que tampoco lo será del todo).
Esa es la pregunta del millón. En qué posición estaremos. ¿Podremos comprar bicicletas importadas o tendremos que volver a aprender cómo se construían porque volveremos a ser un país emergente? ¿Nos devaluarán tanto que nuestras opciones en el extranjero se reduzcirán a poder vender algo que ahora mismo no tenemos ni sabemos hacer o simplemente nos intervendrán de una manera tan apabullante que nuestras aspiraciones soberanistas, sean del territorio que sean, se limitarán a tu inscripción censal y al mantenimiento de tu lengua y tus costumbrismos?
¿O acaso no habrá debacle?
Dicen los expertos que nada de esto va a ocurrir, pero, curiosamente, son los mismos expertos que nos han traído hasta aquí con falsas promesas y engaños sucesivos.
El mensaje es que aquí estamos unos cuantos dispuestos a pelear en el siguiente campo de batalla con la misma ilusión con la que peleamos en el anterior, sin creernos nada pero creyendo en lo que hacemos, pero, por favor, que se definan de una vez las condiciones de juego porque, si no, la única pelea es la pataleta y esa no produce nada que no sea indignación e insatisfacción. Y que se callen por favor toda esta cuadrilla de botarates que llevan haciendo el ridículo demasiado tiempo jugando a que mandan.
No queremos saber si habrá más carriles bici, ni si se impartirá biciclismo en las escuelas, no queremos saber si la gente, siquiera, andará más en bici o no (y mira que en esto nos va algo) simplemente queremos que cese este ruido, esta situación de alarmismo, esta huida hacia nadie sabe dónde, esta desconfianza, esta confusión y esta postración colectiva. Lo demás, ya lo haremos entre todos, o entre los que estemos dispuestos a hacer algo.
¿Qué pasará después de la debacle?
Esa es la pregunta del millón. En qué posición estaremos. ¿Podremos comprar bicicletas importadas o tendremos que volver a aprender cómo se construían porque volveremos a ser un país emergente? ¿Nos devaluarán tanto que nuestras opciones en el extranjero se reduzcirán a poder vender algo que ahora mismo no tenemos ni sabemos hacer o simplemente nos intervendrán de una manera tan apabullante que nuestras aspiraciones soberanistas, sean del territorio que sean, se limitarán a tu inscripción censal y al mantenimiento de tu lengua y tus costumbrismos?
¿O acaso no habrá debacle?
Dicen los expertos que nada de esto va a ocurrir, pero, curiosamente, son los mismos expertos que nos han traído hasta aquí con falsas promesas y engaños sucesivos.
El mensaje es que aquí estamos unos cuantos dispuestos a pelear en el siguiente campo de batalla con la misma ilusión con la que peleamos en el anterior, sin creernos nada pero creyendo en lo que hacemos, pero, por favor, que se definan de una vez las condiciones de juego porque, si no, la única pelea es la pataleta y esa no produce nada que no sea indignación e insatisfacción. Y que se callen por favor toda esta cuadrilla de botarates que llevan haciendo el ridículo demasiado tiempo jugando a que mandan.
No queremos saber si habrá más carriles bici, ni si se impartirá biciclismo en las escuelas, no queremos saber si la gente, siquiera, andará más en bici o no (y mira que en esto nos va algo) simplemente queremos que cese este ruido, esta situación de alarmismo, esta huida hacia nadie sabe dónde, esta desconfianza, esta confusión y esta postración colectiva. Lo demás, ya lo haremos entre todos, o entre los que estemos dispuestos a hacer algo.
miércoles, 6 de junio de 2012
La farándula bicicletera sigue
La historia continúa irremediablemente. Siguen las actuaciones, las escenificaciones, las pantomimas con la bici como objeto. Las bicicletas todavía dan para mucho.
Hemos superado con normalidad el Día Europeo de la Bicicleta en el que muchas ciudades han celebrado la cosa con felicidad masificadora, organizando pelotones de miles de ciclistas sobrevenidos, risueños, encantados de que, por un día y protegidos por la policía local y los santos patrocinadores, puedan navegar por esas avenidas que al día siguiente todos ellos se encargarán en recordar lo intransitables que son, o que parecen ser, o que ellos mismos las van a hacer.
Este año, en mi ciudad, el Día de la Bicicleta ha dejado de ser un acto social, por supuesto no ha tenido ningún tinte reivindicativo, ni siquiera ha sido catalogado como un acto festivo, este año ha pasado a engrosar el calendario de eventos deportivos.
Resulta especialmente simbólico el cartel del evento en el que, sobre la estampa de una vieja bicicleta obsoleta, se ha diseñado un logo pseudomodernista en el que la bicicleta ha quedado reducida a la mínima expresión. Tanto es así, que, por no tener, no tiene ni sillín, ni pedales, ni transmisión y un cuadro que difícilmente se sostendría.
La bicicleta ha quedado institucionalizada de esta manera como objeto, más o menos decorativo, más o menos agraciado. Como esas esculturas que se exhiben en algunas rotondas de muchas ciudades. Simbología oficialista. Esto no tiene nada que ver con lo que debería ser un Día de la Bici. Algo más que un puro arrebañamiento, algo más que una congregación masiva, algo más activo, algo más interactivo, algo más participativo. Menos monolítico, menos impersonal, menos oficial, menos oficialista.
Todo está bien, todo es normal, no hay problemas. Lo hemos interpretado, lo hemos fagocitado y lo devolvemos a la sociedad como otro producto más, con su envoltorio, con su imagen renovada. Ahora el Día de la Bici es lo que nosotros digamos, de hecho casi la bicicleta es lo que nosotros digamos, y ya está.
Mientras tanto, se siguen sucediendo las quejas en la prensa por parte de aquellas personas que, con más o menos acierto, siguen denunciando la impunidad de muchos ciclistas que, por lo visto, están exentos de cumplir la normativa de circulación y siguen campando a sus anchas por las aceras, saltándose semáforos alegremente y todo eso. Algo que por repetido y reiterativo no deja de ser menos preocupante. Algo que ya empieza a resultar cotidiano, casi cómico. Mientras tanto siguen cayendo peatones en los pasos de cebra. Mientras tanto siguen cayendo ciclistas por todos los lados. Pero, mientras se sigue sembrando el miedo, la DGT nos pide que no seamos "alarmistas", que eso no es nada al lado de las cifras totales, que relativizamos.
Nadie se preocupa realmente de nada que no sea hacerse un poco de propaganda. Se limita la velocidad en calles en las que no se puede correr y se dejan las calles con mayor número de siniestros intactas, se hacen jornadas sobre seguridad para ciclistas en la que el escaso público o son ciclistas convencidos y expertos o son peatones indignados. Se formulan normativas que luego no se pueden cumplir y luego no se cumplen y no pasa nada.
Esta suerte de inmovilismo colectivo, del "todo marcha bien", del "no me toques nada", del "mientras dure" o del "es inevitable" lleva ya una deriva que está adquiriendo una inercia preocupante. Nada que no sea extrapolable a cualquier otro aspecto de una sociedad, de una manera de vivir que nos empuja y en la que nos sabemos y nos creemos marionetas.
Hemos superado con normalidad el Día Europeo de la Bicicleta en el que muchas ciudades han celebrado la cosa con felicidad masificadora, organizando pelotones de miles de ciclistas sobrevenidos, risueños, encantados de que, por un día y protegidos por la policía local y los santos patrocinadores, puedan navegar por esas avenidas que al día siguiente todos ellos se encargarán en recordar lo intransitables que son, o que parecen ser, o que ellos mismos las van a hacer.
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| Un grupo de participantes surcando una gran avenida (Foto: Javier Bergasa) |
Este año, en mi ciudad, el Día de la Bicicleta ha dejado de ser un acto social, por supuesto no ha tenido ningún tinte reivindicativo, ni siquiera ha sido catalogado como un acto festivo, este año ha pasado a engrosar el calendario de eventos deportivos.
Resulta especialmente simbólico el cartel del evento en el que, sobre la estampa de una vieja bicicleta obsoleta, se ha diseñado un logo pseudomodernista en el que la bicicleta ha quedado reducida a la mínima expresión. Tanto es así, que, por no tener, no tiene ni sillín, ni pedales, ni transmisión y un cuadro que difícilmente se sostendría.
La bicicleta ha quedado institucionalizada de esta manera como objeto, más o menos decorativo, más o menos agraciado. Como esas esculturas que se exhiben en algunas rotondas de muchas ciudades. Simbología oficialista. Esto no tiene nada que ver con lo que debería ser un Día de la Bici. Algo más que un puro arrebañamiento, algo más que una congregación masiva, algo más activo, algo más interactivo, algo más participativo. Menos monolítico, menos impersonal, menos oficial, menos oficialista.
Todo sigue igual
Todo está bien, todo es normal, no hay problemas. Lo hemos interpretado, lo hemos fagocitado y lo devolvemos a la sociedad como otro producto más, con su envoltorio, con su imagen renovada. Ahora el Día de la Bici es lo que nosotros digamos, de hecho casi la bicicleta es lo que nosotros digamos, y ya está.
Mientras tanto, se siguen sucediendo las quejas en la prensa por parte de aquellas personas que, con más o menos acierto, siguen denunciando la impunidad de muchos ciclistas que, por lo visto, están exentos de cumplir la normativa de circulación y siguen campando a sus anchas por las aceras, saltándose semáforos alegremente y todo eso. Algo que por repetido y reiterativo no deja de ser menos preocupante. Algo que ya empieza a resultar cotidiano, casi cómico. Mientras tanto siguen cayendo peatones en los pasos de cebra. Mientras tanto siguen cayendo ciclistas por todos los lados. Pero, mientras se sigue sembrando el miedo, la DGT nos pide que no seamos "alarmistas", que eso no es nada al lado de las cifras totales, que relativizamos.
Nadie se preocupa realmente de nada que no sea hacerse un poco de propaganda. Se limita la velocidad en calles en las que no se puede correr y se dejan las calles con mayor número de siniestros intactas, se hacen jornadas sobre seguridad para ciclistas en la que el escaso público o son ciclistas convencidos y expertos o son peatones indignados. Se formulan normativas que luego no se pueden cumplir y luego no se cumplen y no pasa nada.
Esta suerte de inmovilismo colectivo, del "todo marcha bien", del "no me toques nada", del "mientras dure" o del "es inevitable" lleva ya una deriva que está adquiriendo una inercia preocupante. Nada que no sea extrapolable a cualquier otro aspecto de una sociedad, de una manera de vivir que nos empuja y en la que nos sabemos y nos creemos marionetas.
lunes, 14 de mayo de 2012
¿Se pinchará la burbuja de la bicicleta urbana?
Llevamos unos años tratando de creernos que nadie sabía nada de que eso que se ha dado en llamar la "burbuja inmobiliaria" era tan dañina y nos iba a condenar a pagar los platos rotos durante tantos años, a costa incluso de nuestros propios empleos.¡Almas cándidas! Eso o interesados maquiavelistas que estaban forrándose a costa de la estulticia general.
No sé en qué grupo se pretenderá alistar cada uno, pero me temo que en los asuntos de la bicicleta la situación, como no podía ser de otra forma, se reproduce. Creando falsas expectativas y acelerando procesos, se han perpetrado grandes operaciones a modo de "carriles bici" (por llamarlos de alguna manera) y de "bicis públicas" (por llamarlas también de algún modo), con financiaciones ocultas, con formulaciones megalíticas, con grupos de interés aparejados, con grandes aparatos mediáticos, con toda suerte de ilusión propagandística y con la bendición de la sostenibilidad reinante, nos han metido goles históricos como los de que "esto lo hacemos en un par de legislaturas" o que "el que no se monte a este carro se queda fuera de juego".
Hemos visto correr milllones de euros para montar todo este tinglado con auténtica alegría y nos ha dado igual. O peor, nos ha parecido bien. Y a los que se atrevían a poner en cuestión el asunto los han dilapidado sus propios colegas, por no estar al día en los tiempos que corren, por no estar a favor de la Bici (aunque también fueran ciclistas). De hecho, muy pocas voces se han mantenido firmes para criticar las actuaciones realizadas en pro de la bici, por más sangrantes y deficientes que estas fueran.
Nadie ha puesto en tela de juicio los presupuestos desorbitados que se han consumido en carriles bici, la mayoría de ellos deficientes, inútiles o peligrosos. Nadie ha denunciado el pastón que se ha derrochado en bicicletas públicas, que jamás de los jamases se hubieran destinado a cualquier otra invención sobrevenida como lo fueron en su día. Nadie ha cuestionado que no se estuvieran dedicando los mismos presupuestos a calmar el tráfico, a introducir la bicicleta en los centros educativos, a impulsar programas para fomentar los desplazamientos en bici a los centros de trabajo, a proveer a los usuarios de soluciones de aparcamiento seguras y cómodas, a fomentar la intermodalidad, a prestar bicicletas a públicos objetivo o a enseñar a la gente a andar en bici. Nadie o casi nadie, que para la gente que se ha puesto a cantar las alabanzas del carril-chapuza-bici-pública, viene a ser lo mismo.
Estamos ante un proceso realmente siniestro de lavado de cara de nuestros responsables políticos y muchos de los cívicos que entraña una irresponsabilidad histórica de una dimensiones realmente gigantes que está condenando el desarrollo adecuado y sensato de la bicicleta como medio de locomoción urbano y que, sobre todo, está impidiendo sentar las bases de una manera sólida y estable, para garantizar su crecimiento.
¿Cuánto tiempo seguiremos aparejando esta operación bici mientras miramos a otra parte y seguimos consolidando la lógica motorizante y la denigración de los espacios públicos? ¿Cuánto tiempo vamos a seguir soportando el deterioro de nuestras ciudades como espacios para vivir?
Somos unos inconscientes capaces de condenar el deterioro planetario, el económico, el político o el social, mientras, a la vez, reproducimos las mismas injusticias, negligencias y tratos de favor cuando se trata de lo nuestro, de nuestras opciones. La bicicleta, entendida como instrumento de "green washing" (lavado de cara verde), puede convertirse en un arma de doble filo, que sirva para dar cobertura a muchos vicios adquiridos de la hipermovilidad motorizada y para agredir la tranquilidad de los espacios públicos relacionales.
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No sé en qué grupo se pretenderá alistar cada uno, pero me temo que en los asuntos de la bicicleta la situación, como no podía ser de otra forma, se reproduce. Creando falsas expectativas y acelerando procesos, se han perpetrado grandes operaciones a modo de "carriles bici" (por llamarlos de alguna manera) y de "bicis públicas" (por llamarlas también de algún modo), con financiaciones ocultas, con formulaciones megalíticas, con grupos de interés aparejados, con grandes aparatos mediáticos, con toda suerte de ilusión propagandística y con la bendición de la sostenibilidad reinante, nos han metido goles históricos como los de que "esto lo hacemos en un par de legislaturas" o que "el que no se monte a este carro se queda fuera de juego".
Hemos visto correr milllones de euros para montar todo este tinglado con auténtica alegría y nos ha dado igual. O peor, nos ha parecido bien. Y a los que se atrevían a poner en cuestión el asunto los han dilapidado sus propios colegas, por no estar al día en los tiempos que corren, por no estar a favor de la Bici (aunque también fueran ciclistas). De hecho, muy pocas voces se han mantenido firmes para criticar las actuaciones realizadas en pro de la bici, por más sangrantes y deficientes que estas fueran.
¿Ciclistas criticando medidas pro-bici?
Nadie ha puesto en tela de juicio los presupuestos desorbitados que se han consumido en carriles bici, la mayoría de ellos deficientes, inútiles o peligrosos. Nadie ha denunciado el pastón que se ha derrochado en bicicletas públicas, que jamás de los jamases se hubieran destinado a cualquier otra invención sobrevenida como lo fueron en su día. Nadie ha cuestionado que no se estuvieran dedicando los mismos presupuestos a calmar el tráfico, a introducir la bicicleta en los centros educativos, a impulsar programas para fomentar los desplazamientos en bici a los centros de trabajo, a proveer a los usuarios de soluciones de aparcamiento seguras y cómodas, a fomentar la intermodalidad, a prestar bicicletas a públicos objetivo o a enseñar a la gente a andar en bici. Nadie o casi nadie, que para la gente que se ha puesto a cantar las alabanzas del carril-chapuza-bici-pública, viene a ser lo mismo.
Estamos ante un proceso realmente siniestro de lavado de cara de nuestros responsables políticos y muchos de los cívicos que entraña una irresponsabilidad histórica de una dimensiones realmente gigantes que está condenando el desarrollo adecuado y sensato de la bicicleta como medio de locomoción urbano y que, sobre todo, está impidiendo sentar las bases de una manera sólida y estable, para garantizar su crecimiento.
¿Cuánto tiempo seguiremos aparejando esta operación bici mientras miramos a otra parte y seguimos consolidando la lógica motorizante y la denigración de los espacios públicos? ¿Cuánto tiempo vamos a seguir soportando el deterioro de nuestras ciudades como espacios para vivir?
Somos unos inconscientes capaces de condenar el deterioro planetario, el económico, el político o el social, mientras, a la vez, reproducimos las mismas injusticias, negligencias y tratos de favor cuando se trata de lo nuestro, de nuestras opciones. La bicicleta, entendida como instrumento de "green washing" (lavado de cara verde), puede convertirse en un arma de doble filo, que sirva para dar cobertura a muchos vicios adquiridos de la hipermovilidad motorizada y para agredir la tranquilidad de los espacios públicos relacionales.
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viernes, 27 de abril de 2012
Cicloapocalipsis y ciclogénesis
Llevamos un tiempo acostumbrándonos a capear el temporal, a soportar frentes, uno tras otro, todos en el mismo costado, de intensidades variables, pero todos ellos encaminados a menoscabar nuestra entereza. Y lo único que creen estar consiguiendo es que nos hagamos insensibles a sus embates y, unas veces por conformismo y otras por impotencia, acabemos desistiendo al derecho de expresar nuestro inconformismo. No lo van a conseguir.
En la movilidad ciclista la cosa no difiere mucho de este panorama general. De hecho, las mejores noticias son las que hablan de cómo unificar criterios para controlar el tráfico de bicicletas en las ciudades y para resolver el entuerto que se ha promocionado en las aceras y en los carriles bici.
Es realmente triste que nos alegremos de que, por fin, nos vayan a controlar de acuerdo a un patrón universal, cuando tendríamos que reclamar nuestro espacio perdido y la creciente persecución a que nos vemos sujetos "los de las bicis". Es doblemente penoso que estemos encomendándonos a registrar y matricular nuestras bicicletas con la promesa de que la policia las va a velar contra los ladrones, en vez de exigir que una parte del presupuesto destinado a hacer aparcamientos se destine a habilitar otros para bicis seguros y cómodos. Es miserable que las reivindicaciones de la mayoría de los grupos ciclistas ante el recorte en los "presupuestos bici" se limiten a reclamar más carriles bici, sin criterios de calidad y sin denunciar los ya ejecutados y, lo que es peor, sin considerar el derecho irrenunciable de circular por la calzada.
Son tiempos de tempestades y turbulencias donde la gente sigue sin buscar la calma y sigue creyendo que los tiempos alocados del desarrollismo ilimitado volverán como las oscuras golondrinas.
El problema va a ser que, a lo mejor, este no va a ser un proceso cíclico o que, en cualquier caso, será el inicio de un nuevo ciclo. Un ciclo distinto, un ciclo que vuelva la mirada a las personas, un ciclo se tome las cosas con un poco más de tranquilidad, con un poco más de serenidad, un ciclo que devuelva la cordura y haga las cosas a otra escala. Un ciclo, en definitiva, donde herramientas tan valiosas como las bicicletas cobren un protagonismo porque son fáciles, baratas, respetuosas y amables.
Esperemos que todas estas tormentas sirvan para reverdecer el paisaje y hacerlo más ilusionante.
En la movilidad ciclista la cosa no difiere mucho de este panorama general. De hecho, las mejores noticias son las que hablan de cómo unificar criterios para controlar el tráfico de bicicletas en las ciudades y para resolver el entuerto que se ha promocionado en las aceras y en los carriles bici.
Es realmente triste que nos alegremos de que, por fin, nos vayan a controlar de acuerdo a un patrón universal, cuando tendríamos que reclamar nuestro espacio perdido y la creciente persecución a que nos vemos sujetos "los de las bicis". Es doblemente penoso que estemos encomendándonos a registrar y matricular nuestras bicicletas con la promesa de que la policia las va a velar contra los ladrones, en vez de exigir que una parte del presupuesto destinado a hacer aparcamientos se destine a habilitar otros para bicis seguros y cómodos. Es miserable que las reivindicaciones de la mayoría de los grupos ciclistas ante el recorte en los "presupuestos bici" se limiten a reclamar más carriles bici, sin criterios de calidad y sin denunciar los ya ejecutados y, lo que es peor, sin considerar el derecho irrenunciable de circular por la calzada.
Son tiempos de tempestades y turbulencias donde la gente sigue sin buscar la calma y sigue creyendo que los tiempos alocados del desarrollismo ilimitado volverán como las oscuras golondrinas.
El problema va a ser que, a lo mejor, este no va a ser un proceso cíclico o que, en cualquier caso, será el inicio de un nuevo ciclo. Un ciclo distinto, un ciclo que vuelva la mirada a las personas, un ciclo se tome las cosas con un poco más de tranquilidad, con un poco más de serenidad, un ciclo que devuelva la cordura y haga las cosas a otra escala. Un ciclo, en definitiva, donde herramientas tan valiosas como las bicicletas cobren un protagonismo porque son fáciles, baratas, respetuosas y amables.
Esperemos que todas estas tormentas sirvan para reverdecer el paisaje y hacerlo más ilusionante.
domingo, 15 de abril de 2012
Pienso, luego insisto
Las cosas se han torcido espectacularmente en un país que nunca ha sabido marcar una dirección, acorde a una estrategia, para sentar las bases de algo que se sujete y que fundamente el desarrollo de un futuro mejor. Hablo de bicis, no nos dejemos engañar. Pero hablo también de políticos miopes, de técnicos y asesores clientelistas, de una sociedad razonablemente adormecida y de una facilidad colectiva para la alucinación con cualquier novedad.
Creo que las cosas en estos momentos de crisis que nos siguen vendiendo no pueden pintar más feas, ya que, desgraciadamente, los recortes más importantes anunciados van a cercenar dos de los bastiones donde había que invertir mucho en bicicleta, y no hablo de los carriles bici y de las bicis públicas, no. Hablo de Educación y Sanidad.
Ahora que parece que el mundo se acaba cuando nos anuncian que no va a haber más presupuestos para hacer fastuosas obras en forma de "caminitos imposibles para bicicletas", ahora que el ideario pro-bici se agota y se sigue afanando en hacer líneas divisorias, ahora el asunto del cambio de hábitos de vida y de modelo de ciudad parece que queda más lejos que nunca. Incluso puede llegar a parecer que resulta inconveniente hablar de ello en un escenario donde cada uno se agarra a su nómina y a su vida anterior con más fuerza que nunca.
El futuro de nuestra sociedad, como el futuro de nuestras ciudades, pasa irremisiblemente por replantear algunos paradigmas que han fundamentado el errático camino que nos ha traído hasta donde estamos. Hay que volver a pensar en el huevo y la gallina, hay que volver a pensar quién paga el pato, hay que pensar quién se lleva el ascua a su sardina y quién sigue vendiendo duros a cuatro pesetas y, sobre todo, hay que volver a pensar qué hemos dejado de hacer en todo este tiempo.
Así pues, hay que empezar a pensar en que la gallina de los huevos de oro la hemos matado y hay que cambiar de sistema, porque también en los asuntos de la bici estamos ante una crisis sistémica, ya que la era del ladrillo, de la excavadora y del pelotazo, o lo que es lo mismo, la era del carril bici y la bici pública, está prácticamente finiquitada y hay que cambiar el panorama y empezar a construir las cosas desde la base y la base no puede ser nunca otra que: menos coches, para conseguir espacios más habitables, más seguros y más limpios, y hábitos de vida más saludables, más sociables y más humanos, donde demos oportunidades reales a nuestros menores y donde nuestros mayores no se encuentren tan desplazados. Y después habrá que empeñar nuestro mejor esfuerzo en consolidarlo.
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Ciclocrisis
Creo que las cosas en estos momentos de crisis que nos siguen vendiendo no pueden pintar más feas, ya que, desgraciadamente, los recortes más importantes anunciados van a cercenar dos de los bastiones donde había que invertir mucho en bicicleta, y no hablo de los carriles bici y de las bicis públicas, no. Hablo de Educación y Sanidad.
Ahora que parece que el mundo se acaba cuando nos anuncian que no va a haber más presupuestos para hacer fastuosas obras en forma de "caminitos imposibles para bicicletas", ahora que el ideario pro-bici se agota y se sigue afanando en hacer líneas divisorias, ahora el asunto del cambio de hábitos de vida y de modelo de ciudad parece que queda más lejos que nunca. Incluso puede llegar a parecer que resulta inconveniente hablar de ello en un escenario donde cada uno se agarra a su nómina y a su vida anterior con más fuerza que nunca.
Cambio de desarrollo
El futuro de nuestra sociedad, como el futuro de nuestras ciudades, pasa irremisiblemente por replantear algunos paradigmas que han fundamentado el errático camino que nos ha traído hasta donde estamos. Hay que volver a pensar en el huevo y la gallina, hay que volver a pensar quién paga el pato, hay que pensar quién se lleva el ascua a su sardina y quién sigue vendiendo duros a cuatro pesetas y, sobre todo, hay que volver a pensar qué hemos dejado de hacer en todo este tiempo.
Así pues, hay que empezar a pensar en que la gallina de los huevos de oro la hemos matado y hay que cambiar de sistema, porque también en los asuntos de la bici estamos ante una crisis sistémica, ya que la era del ladrillo, de la excavadora y del pelotazo, o lo que es lo mismo, la era del carril bici y la bici pública, está prácticamente finiquitada y hay que cambiar el panorama y empezar a construir las cosas desde la base y la base no puede ser nunca otra que: menos coches, para conseguir espacios más habitables, más seguros y más limpios, y hábitos de vida más saludables, más sociables y más humanos, donde demos oportunidades reales a nuestros menores y donde nuestros mayores no se encuentren tan desplazados. Y después habrá que empeñar nuestro mejor esfuerzo en consolidarlo.
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viernes, 27 de enero de 2012
Estancamiento y ciclocrisis
Leer un periódico o revisar una lista de noticias hoy en día se ha convertido en un ejercicio inequívoco de masoquismo. Nada hace elucubrar, ni a los más incautos, que esto tenga visos de cambio aunque sean borrosos y lejanos. En este estado de cosas hay un sentimiento de conformismo de la más baja estofa que ha ido emergiendo y que está sirviendo para afianzar el inmovilismo en todas sus variantes y grados de intensidad.
El inmovilismo en forma de ¨virgencita, virgencita¨, esa especie de postración imbécil e indefensa del que cree que la realidad funciona por intervención divina y que la mejor actitud es la sumisión, es el estadio previo a la parálisis. La renuncia a la reacción, el dar por buena la derrota, el asumir la penitencia incluso de los pecados que no hemos cometido es algo espeluznantemente aterrador que se ha convertido en una actitud demasiado habitual entre nosotros en los úlltimos años.
Pero aún nos falta por presenciar una fase más triste de todo este proceso: el adocenamiento y el engangrenamiento progresivo por inacción y, con ellos, la vulgarización y la depreciación de los argumentos.
En los asuntos de la bici ya se empieza a atisbar. El tufillo a rancio ya se percibe. Después de 5 escasos años de chapuzas más o menos generalizadas, con socios más o menos interesados, ha llegado el momento de cerrar el grifo y de regodearse por los éxitos obtenidos, revolcándose en la mierda con placer porcino.
Hace unos días tuve la oportunidad de comentarlo con algunos de los representantes de lo más granado de nuestra escena asociativa ciclista. El posibilismo y la autocomplacencia se han apoderado de una manera tan definitiva de nuestra sociedad, que han conseguido mediatizar cualquier visión que no fuera descafeinada o seguidista.
Así hemos acabado considerando como incuestionables las actuaciones que ya han sido consumadas y sólo pasamos a discutir pequeños detalles a modo de parcheos, legitimando y dando carta de naturaleza a todas ellas y renunciando a otros propósitos.
Así hemos acabado tragando con las bicicletas públicas que no existían hasta que no las inventaron las multinacionales de la publicidad en calle. Y así hemos acabado tragando con cientos de kilómetros de ciclovías mal implementadas, innecesarias y peligrosas. Y así andamos deliberando si son 3 ó 4 los metros suficientes para invadir las aceras o si es mejor que los ciclistas crucen los pasos de cebra montados o a pie. Y así también nos parece razonable o cuando menos lógico multar a los ciclistas transgresores de manera ejemplar sin hacer lo mismo con los automovilistas.
¿Miopía o interés en mirar para otro lado?
Y ya nadie cuestiona el uso excesivo, indiscriminado y violento del coche, ni la usurpación del espacio público, ni los daños colaterales de todo esto en la salud colectiva, ni tampoco la sustentabilidad o, mejor, la idoneidad de todo ello. Simplemente hemos renunciado.
En definitiva, que nos han hecho creer que a donde hemos conseguido llegar era a donde queríamos llegar y eso justifica el itinerario que hemos seguido, y nos hemos tragado tanta basura en el camino que nos hemos acabado acostumbrando a su sabor y ahora, lejos de parecernos repulsiva, nos empieza a gustar. Es lo que tiene el ser humano, que es capaz de adaptarse a cualquier nueva coyuntura, renunciando incluso a sus principios y a sus deseos por mantenerse en juego.
No es esencialmente malo ni bueno, simplemente deja constancia de que el conformismo es una manera de interpretar el bienestar y el estabilismo es una manera de entender la seguridad, pero que ninguno de los dos sirven para cambiar el estado de las cosas y construir una realidad distinta.
Seguiremos atentos a los monitores, mientras presenciamos impasibles cómo todo se va pudriendo a nuestro alrededor.
El inmovilismo en forma de ¨virgencita, virgencita¨, esa especie de postración imbécil e indefensa del que cree que la realidad funciona por intervención divina y que la mejor actitud es la sumisión, es el estadio previo a la parálisis. La renuncia a la reacción, el dar por buena la derrota, el asumir la penitencia incluso de los pecados que no hemos cometido es algo espeluznantemente aterrador que se ha convertido en una actitud demasiado habitual entre nosotros en los úlltimos años.
Pero aún nos falta por presenciar una fase más triste de todo este proceso: el adocenamiento y el engangrenamiento progresivo por inacción y, con ellos, la vulgarización y la depreciación de los argumentos.
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| "Nunca te asustes de decir lo que realmente sientes" |
¿La bicicleta empieza a oler raro?
En los asuntos de la bici ya se empieza a atisbar. El tufillo a rancio ya se percibe. Después de 5 escasos años de chapuzas más o menos generalizadas, con socios más o menos interesados, ha llegado el momento de cerrar el grifo y de regodearse por los éxitos obtenidos, revolcándose en la mierda con placer porcino.
Hace unos días tuve la oportunidad de comentarlo con algunos de los representantes de lo más granado de nuestra escena asociativa ciclista. El posibilismo y la autocomplacencia se han apoderado de una manera tan definitiva de nuestra sociedad, que han conseguido mediatizar cualquier visión que no fuera descafeinada o seguidista.
Así hemos acabado considerando como incuestionables las actuaciones que ya han sido consumadas y sólo pasamos a discutir pequeños detalles a modo de parcheos, legitimando y dando carta de naturaleza a todas ellas y renunciando a otros propósitos.
Así hemos acabado tragando con las bicicletas públicas que no existían hasta que no las inventaron las multinacionales de la publicidad en calle. Y así hemos acabado tragando con cientos de kilómetros de ciclovías mal implementadas, innecesarias y peligrosas. Y así andamos deliberando si son 3 ó 4 los metros suficientes para invadir las aceras o si es mejor que los ciclistas crucen los pasos de cebra montados o a pie. Y así también nos parece razonable o cuando menos lógico multar a los ciclistas transgresores de manera ejemplar sin hacer lo mismo con los automovilistas.
¿Miopía o interés en mirar para otro lado?
Y ya nadie cuestiona el uso excesivo, indiscriminado y violento del coche, ni la usurpación del espacio público, ni los daños colaterales de todo esto en la salud colectiva, ni tampoco la sustentabilidad o, mejor, la idoneidad de todo ello. Simplemente hemos renunciado.
En definitiva, que nos han hecho creer que a donde hemos conseguido llegar era a donde queríamos llegar y eso justifica el itinerario que hemos seguido, y nos hemos tragado tanta basura en el camino que nos hemos acabado acostumbrando a su sabor y ahora, lejos de parecernos repulsiva, nos empieza a gustar. Es lo que tiene el ser humano, que es capaz de adaptarse a cualquier nueva coyuntura, renunciando incluso a sus principios y a sus deseos por mantenerse en juego.
No es esencialmente malo ni bueno, simplemente deja constancia de que el conformismo es una manera de interpretar el bienestar y el estabilismo es una manera de entender la seguridad, pero que ninguno de los dos sirven para cambiar el estado de las cosas y construir una realidad distinta.
Seguiremos atentos a los monitores, mientras presenciamos impasibles cómo todo se va pudriendo a nuestro alrededor.
viernes, 23 de diciembre de 2011
Balance de un año crítico
Repasar lo que se ha hecho durante un año es un ejercicio que parece obligado cuando se acercan estas fechas. Desde luego, no es el momento más propicio porque estamos cansados, agobiados por la ansiedad que genera este temporal de prisas, consumismo y festividades, pero ahí va.
2011 ha sido un año crítico. En él se ha desvelado, por un lado, que esta crisis no es un bache sino más bien un escalón que nos ha colocado un peldaño más abajo, sin duda más cerca del suelo, aunque todavía a una cierta altura desde la que podemos otear un futuro incierto.
Pero ha sido crítico también porque ha dejado patente el descontento ciudadano, que ha salido sucesivas veces a manifestarse y que, si bien está todavía en estado embrionario, apunta, una vez más, que la sociedad civil está un paso por delante del poder y que alimenta una cultura que nada tiene que ver con el aparato que tienen montado los que mandan.
Ha resultado decisivo porque se ha acabado de consumar el fracaso político a la hora de intentar gestionar la intervención financiera, que, no contenta con haber provocado una burbuja suficientemente importante para hacer temblar los cimientos del sistema bancario y del juego inmobiliario, ahora intenta especular con la financiación de los estados y está poniendo en solfa todo el sistema de bienestar social a base de inyectar miedo en una sociedad paralizada para traficar con la deuda pública de los paises. En este aspecto aún nos queda por ver lo peor, que ya viene apuntando la tecnocracia: recortes sociales para seguir jugando a la usura.
Ha sido un año de elecciones, por duplicado en algunas plazas, que nos ha dejado un mapa teñido de azul y ha consumado un giro a la derecha de dimensiones casi planetarias, después de la debacle socialista que ha decidido asumir la culpabilidad y pagar el pato de esta crisis sistémica, como si eso fuera así de sencillo.
En el asunto de la bicicleta, que es lo que nos ocupa, la cosa no pinta tan negra. Nunca pinta tan negra cuando hablamos de bicis. La crisis ha acabado con la vorágine de la implementación de absurdos y nefastos carriles bici porque sí y parece que va a dar paso a una época donde va a haber que retomar la cosa de manera más juiciosa, luego estamos de enhorabuena.
También ha sido el año del anuncio permanente del cambio de reglamentación de la circulación de la DGT, que al final no ha podido consumarse, según las fuentes, por el adelanto de las elecciones generales. Ahora veremos en qué queda todo esto con el nuevo gobierno.
2011 ha sido el año del Velocity en Sevilla y del cambio de orientación del discurso de ConBici, que han pasado de postulados monolíticos respecto a la imperiosidad del carril bici, a posiciones más sensatas que buscan una ciudad calmada en la que es posible compartir la calzada, donde se hace innecesario habilitar vías ciclistas exclusivas, donde el peatón vuelve a recuperar su espacio y su libre albedrío en las aceras. Aunque suena un poco oportunista y aún no hayamos visto una disculpa formal hacia los peatones después de la afrenta que supuso la celebración la permisividad propuesta por la DGT en su proyecto de nuevo Reglamento General de Circulación y del ninguneo posterior en la reunión que se mantuvo con los responsables de A Pie en el Velocity, no deja de ser una buena noticia.
Un año en el que a golpe de encuesta y calculadora se han sacado de la chistera 1 millón de ciclistas más desde hace 4 años, que serán 1 millón más dentro de otros 4. Da igual qué, cómo y para qué, el caso es que haya muchos y luego ya veremos. ¿Quién se atribuye el éxito? El que los cuenta, por descontado.
En definitiva, este 2011 ha sido un año intenso, convulso y crispado que ha dejado al descubierto el problema de la invasión de las aceras por los ciclistas, ante la patente intencionalidad de los encargados de gestionar la movilidad en nuestras ciudades de no intervenir en la calzada para no restar oportunidades al coche. Algo que ha explotado mediáticamente con la desafortunada campaña chulesca del Ayuntamiento de Valencia, con esa demostración de fuerza desproporcionada hacia los mismos ciclistas a los que han invitado a abandonar la calzada.
Aún queda una semana para acabar, que visto como pintan las últimas noticias igual todavía da de sí, pero, si nada nuevo ocurre, podemos concluir con que este año 2011 nos ha hecho sentar un poco la cabeza, mirar las cosas con menos aires, bajar a la tierra y reemprender la marcha de una manera más pausada, más segura, más sensata y por qué no también más decidida.
2011 ha sido un año crítico. En él se ha desvelado, por un lado, que esta crisis no es un bache sino más bien un escalón que nos ha colocado un peldaño más abajo, sin duda más cerca del suelo, aunque todavía a una cierta altura desde la que podemos otear un futuro incierto.
Pero ha sido crítico también porque ha dejado patente el descontento ciudadano, que ha salido sucesivas veces a manifestarse y que, si bien está todavía en estado embrionario, apunta, una vez más, que la sociedad civil está un paso por delante del poder y que alimenta una cultura que nada tiene que ver con el aparato que tienen montado los que mandan.
Ha resultado decisivo porque se ha acabado de consumar el fracaso político a la hora de intentar gestionar la intervención financiera, que, no contenta con haber provocado una burbuja suficientemente importante para hacer temblar los cimientos del sistema bancario y del juego inmobiliario, ahora intenta especular con la financiación de los estados y está poniendo en solfa todo el sistema de bienestar social a base de inyectar miedo en una sociedad paralizada para traficar con la deuda pública de los paises. En este aspecto aún nos queda por ver lo peor, que ya viene apuntando la tecnocracia: recortes sociales para seguir jugando a la usura.
Ha sido un año de elecciones, por duplicado en algunas plazas, que nos ha dejado un mapa teñido de azul y ha consumado un giro a la derecha de dimensiones casi planetarias, después de la debacle socialista que ha decidido asumir la culpabilidad y pagar el pato de esta crisis sistémica, como si eso fuera así de sencillo.
¿Y en lo que a la bici respecta?
En el asunto de la bicicleta, que es lo que nos ocupa, la cosa no pinta tan negra. Nunca pinta tan negra cuando hablamos de bicis. La crisis ha acabado con la vorágine de la implementación de absurdos y nefastos carriles bici porque sí y parece que va a dar paso a una época donde va a haber que retomar la cosa de manera más juiciosa, luego estamos de enhorabuena.
También ha sido el año del anuncio permanente del cambio de reglamentación de la circulación de la DGT, que al final no ha podido consumarse, según las fuentes, por el adelanto de las elecciones generales. Ahora veremos en qué queda todo esto con el nuevo gobierno.
2011 ha sido el año del Velocity en Sevilla y del cambio de orientación del discurso de ConBici, que han pasado de postulados monolíticos respecto a la imperiosidad del carril bici, a posiciones más sensatas que buscan una ciudad calmada en la que es posible compartir la calzada, donde se hace innecesario habilitar vías ciclistas exclusivas, donde el peatón vuelve a recuperar su espacio y su libre albedrío en las aceras. Aunque suena un poco oportunista y aún no hayamos visto una disculpa formal hacia los peatones después de la afrenta que supuso la celebración la permisividad propuesta por la DGT en su proyecto de nuevo Reglamento General de Circulación y del ninguneo posterior en la reunión que se mantuvo con los responsables de A Pie en el Velocity, no deja de ser una buena noticia.
Un año en el que a golpe de encuesta y calculadora se han sacado de la chistera 1 millón de ciclistas más desde hace 4 años, que serán 1 millón más dentro de otros 4. Da igual qué, cómo y para qué, el caso es que haya muchos y luego ya veremos. ¿Quién se atribuye el éxito? El que los cuenta, por descontado.
En definitiva, este 2011 ha sido un año intenso, convulso y crispado que ha dejado al descubierto el problema de la invasión de las aceras por los ciclistas, ante la patente intencionalidad de los encargados de gestionar la movilidad en nuestras ciudades de no intervenir en la calzada para no restar oportunidades al coche. Algo que ha explotado mediáticamente con la desafortunada campaña chulesca del Ayuntamiento de Valencia, con esa demostración de fuerza desproporcionada hacia los mismos ciclistas a los que han invitado a abandonar la calzada.
Aún queda una semana para acabar, que visto como pintan las últimas noticias igual todavía da de sí, pero, si nada nuevo ocurre, podemos concluir con que este año 2011 nos ha hecho sentar un poco la cabeza, mirar las cosas con menos aires, bajar a la tierra y reemprender la marcha de una manera más pausada, más segura, más sensata y por qué no también más decidida.
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| Imagen de Copenhagenize |
viernes, 30 de septiembre de 2011
Menos de lo mismo
Estamos inmersos en el pozo de una recesión a la que todo el mundo sigue insistiendo en llamar crisis, como si por eso fuera a pasar antes, intentando acostumbrarnos a la presión de esta profundidad, y, después de unos años de mirar a los toros desde la barrera, vienen ahora los mismos que provocaron todo este desaguisado y nos dicen que nos tenemos que apretar el cinturón. ¡Buena idea!
Era de temer que en esto también íbamos a resultar al final los culpables y, cómo no, los paganos. Lo que nadie sospechaba es que los mismos que nos habían llevado a esta situación iban a ser los responsables de sacarnos de ella y que el remedio que, después de todo este tiempo de contemplación, habían descubierto se trataba de la misma medicina que nos hizo enfermar, pero en una dosis menor.
Se conoce que nos quieren inmunizar a base de envenenarnos un poco menos, pero siempre con el mismo brevaje. Lo que nos aguante el cuerpo: lo que sea sostenible. En todos los terrenos y en todos los aspectos, estamos intentando recuperar la misma situación que nos ha conducido hasta nos encontramos. Somos así: torpes, testarudos, conservadores, reaccionarios, cobardes y acomodados. Y somos capaces de dejarnos llevar estúpidamente por el rebaño hasta caer por el acantilado.
Ya lo decía Einstein, aunque quizá se equivocaba también en esto:
Hay que romper con los dogmas, cuestionar los paradigmas y escapar de las inercias, si queremos estar en condiciones de superar la crisis en la que nos han envuelto y nos hemos dejado enredar, sin acabar atrapados y arrastrados por la corriente.
En estos momentos convulsos, donde parece que todo se va a resolver recortando gastos, nadie está tratando de proponer alternativas. No podemos esperar que sean los mismos responsables de las operaciones de ingeniería financiera, de especulación inmobiliaria, de precariedad laboral y de perversión propagandística los que nos saquen de este embrollo.
En lo que a las bicis respecta, no podemos confiar en los mismos irresponsables que han implementado, favorecido y permitido toda esta colección de despropósitos en forma de obras públicas más que cuestionables, de operaciones de marketing social apoyadas en multinacionales de la publicidad y de campañas institucionales mojigatas y generalistas, que han deparado en toda una suerte de vicisitudes (más bien "bicisitudes") que han dejado a los que andan en bici indefensos, inhabilitados, desprotegidos y cuestionados, cuando no circulando directamente por la acera.
Mientras tanto, ninguna propuesta de educación, de salud, de movilidad laboral, de intermodalidad, de aparcamiento de seguridad o simplemente de adquisición de habilidades y conocimientos básicos para aquellas personas que lo soliciten y con ayudas públicas, porque esto del replanteamiento de la movilidad, más que una cosa bonita, ya va empezando a ser una necesidad imperiosa de carácter social, para hacer nuestras ciudades más habitables y dar oportunidades a las futuras generaciones.
Así pues, menos de lo mismo, por favor, y un poquito de algo distinto si queremos salir de esta vorágine que no la cura el que la provocó.
Era de temer que en esto también íbamos a resultar al final los culpables y, cómo no, los paganos. Lo que nadie sospechaba es que los mismos que nos habían llevado a esta situación iban a ser los responsables de sacarnos de ella y que el remedio que, después de todo este tiempo de contemplación, habían descubierto se trataba de la misma medicina que nos hizo enfermar, pero en una dosis menor.
Se conoce que nos quieren inmunizar a base de envenenarnos un poco menos, pero siempre con el mismo brevaje. Lo que nos aguante el cuerpo: lo que sea sostenible. En todos los terrenos y en todos los aspectos, estamos intentando recuperar la misma situación que nos ha conducido hasta nos encontramos. Somos así: torpes, testarudos, conservadores, reaccionarios, cobardes y acomodados. Y somos capaces de dejarnos llevar estúpidamente por el rebaño hasta caer por el acantilado.
La crisis es la oportunidad
Ya lo decía Einstein, aunque quizá se equivocaba también en esto:
"No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a las personas y países, porque la crisis trae progresos, la creatividad nace de la angustia como el día de la noche oscura. Es de la crisis que nacen la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a si mismo sin quedar superado. Quien atribuye la crisis a sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más los problemas que las soluciones, la verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y los paises es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin la crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia.
Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto, trabajemos nuestro talento y nuestras habilidades para encontrar soluciones, acabemos de una sola vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla."
Hay que romper con los dogmas, cuestionar los paradigmas y escapar de las inercias, si queremos estar en condiciones de superar la crisis en la que nos han envuelto y nos hemos dejado enredar, sin acabar atrapados y arrastrados por la corriente.
Recortar no es suficiente
En estos momentos convulsos, donde parece que todo se va a resolver recortando gastos, nadie está tratando de proponer alternativas. No podemos esperar que sean los mismos responsables de las operaciones de ingeniería financiera, de especulación inmobiliaria, de precariedad laboral y de perversión propagandística los que nos saquen de este embrollo.
En lo que a las bicis respecta, no podemos confiar en los mismos irresponsables que han implementado, favorecido y permitido toda esta colección de despropósitos en forma de obras públicas más que cuestionables, de operaciones de marketing social apoyadas en multinacionales de la publicidad y de campañas institucionales mojigatas y generalistas, que han deparado en toda una suerte de vicisitudes (más bien "bicisitudes") que han dejado a los que andan en bici indefensos, inhabilitados, desprotegidos y cuestionados, cuando no circulando directamente por la acera.
Mientras tanto, ninguna propuesta de educación, de salud, de movilidad laboral, de intermodalidad, de aparcamiento de seguridad o simplemente de adquisición de habilidades y conocimientos básicos para aquellas personas que lo soliciten y con ayudas públicas, porque esto del replanteamiento de la movilidad, más que una cosa bonita, ya va empezando a ser una necesidad imperiosa de carácter social, para hacer nuestras ciudades más habitables y dar oportunidades a las futuras generaciones.
Así pues, menos de lo mismo, por favor, y un poquito de algo distinto si queremos salir de esta vorágine que no la cura el que la provocó.
viernes, 26 de agosto de 2011
Un paso atrás, dos pasos adelante
Corremos una carrera desaforada. Vemos el futuro sólo como un incremento del presente. Vivimos en una vorágine que nos hace creer que la inercia que nos empuja es un movimiento voluntario. Pero es tal la velocidad y la aceleración que ya somos incapaces de darnos cuenta a dónde vamos o si vamos a estrellarnos inmediatamente. Es así: nos han enseñado a correr estúpidamente y ya sólo sabemos competir aunque desconocemos cuál es la meta ni si es mejor que la salida.
Es por eso que cuando hablamos del pasado lo hacemos con desprecio y cuando tan sólo mentamos la posibilidad de retroceder nos parece una injuria, una temeridad y nos produce un desasosiego terrible. Por eso le llamamos crisis a lo que a todas luces es una recesión o desaceleración a lo que es un frenazo con visos de marcha atrás. No perdemos la esperanza, aunque sea infundada, de que aquellos tiempos volverán, sin sospechar que ya forman parte del pasado. Es una huída constante hacia delante.
Es lo que le pasa a la bicicleta en medio del mundo motorizado. Nadie en su sano juicio y con un poco de poder quiere realmente dar oportunidades a algo que ya tuvo su época, porque sería como reconocer públicamente su estupidez. Otra cosa es hacer algunas escenificaciones bonitas para adornarse y para tranquilizar a esa impertinente pandilla de jipis que andan queriendo parecer cangrejos en un mundo con una lógica aplastante: la del poder del automóvil.
Lo que no nos damos cuenta es que muchas veces nos estamos conformando con las migajas (unos carrilitos bici, unas bicicletitas públicas, alguna campañita y a correr que ya os basta). Porque nos falta perspectiva. Y nos falta porque somos incapaces de parar, incluso de dar un paso atrás, para apartarnos de la corriente y ver lo que pasa. Es tan triste como real. Vivimos atrapados en nuestros vagones, creyéndonos que decidimos en nuestras vidas, pero mediatizados por un futuro que nos han vendido y hemos tragado en algún momento (trabajo, hipoteca, responsabilidades, posición social, movilidad…).
Hoy toca parar y dar un paso atrás para coger impulso y avanzar dos, pero en la dirección correcta. Si no vamos a ahogarnos tratando de nadar a contracorriente mientras guardamos a la vez la ropa.
¿De qué hablo? De cultura, de educación, de fomento de la proximidad, de ralentización de todo, de reconfiguración de los espacios urbanos, de penalización del uso del coche, de recuperación de la calle, de promoción de la convivencia, de participación real, de humanización del trabajo, de relocalización de las actividades, de proteccionismo, de impulso de la iniciativa local, de potenciación del autoempleo y de las microempresas, de subvención a la innovación aunque no sea tecnológica, sobre todo si viene promovida por jóvenes… y muchas cosas más. En fin, casi nada.
Vale, vale, ahora me tomo la pastilla, veo un poco la tele y a ver si se me pasa el calentón.
Es por eso que cuando hablamos del pasado lo hacemos con desprecio y cuando tan sólo mentamos la posibilidad de retroceder nos parece una injuria, una temeridad y nos produce un desasosiego terrible. Por eso le llamamos crisis a lo que a todas luces es una recesión o desaceleración a lo que es un frenazo con visos de marcha atrás. No perdemos la esperanza, aunque sea infundada, de que aquellos tiempos volverán, sin sospechar que ya forman parte del pasado. Es una huída constante hacia delante.
Es lo que le pasa a la bicicleta en medio del mundo motorizado. Nadie en su sano juicio y con un poco de poder quiere realmente dar oportunidades a algo que ya tuvo su época, porque sería como reconocer públicamente su estupidez. Otra cosa es hacer algunas escenificaciones bonitas para adornarse y para tranquilizar a esa impertinente pandilla de jipis que andan queriendo parecer cangrejos en un mundo con una lógica aplastante: la del poder del automóvil.
Lo que no nos damos cuenta es que muchas veces nos estamos conformando con las migajas (unos carrilitos bici, unas bicicletitas públicas, alguna campañita y a correr que ya os basta). Porque nos falta perspectiva. Y nos falta porque somos incapaces de parar, incluso de dar un paso atrás, para apartarnos de la corriente y ver lo que pasa. Es tan triste como real. Vivimos atrapados en nuestros vagones, creyéndonos que decidimos en nuestras vidas, pero mediatizados por un futuro que nos han vendido y hemos tragado en algún momento (trabajo, hipoteca, responsabilidades, posición social, movilidad…).
Hoy toca parar y dar un paso atrás para coger impulso y avanzar dos, pero en la dirección correcta. Si no vamos a ahogarnos tratando de nadar a contracorriente mientras guardamos a la vez la ropa.
¿De qué hablo? De cultura, de educación, de fomento de la proximidad, de ralentización de todo, de reconfiguración de los espacios urbanos, de penalización del uso del coche, de recuperación de la calle, de promoción de la convivencia, de participación real, de humanización del trabajo, de relocalización de las actividades, de proteccionismo, de impulso de la iniciativa local, de potenciación del autoempleo y de las microempresas, de subvención a la innovación aunque no sea tecnológica, sobre todo si viene promovida por jóvenes… y muchas cosas más. En fin, casi nada.
Vale, vale, ahora me tomo la pastilla, veo un poco la tele y a ver si se me pasa el calentón.
jueves, 25 de agosto de 2011
¿Y si David pudiera con Goliat?
Hoy, como parte de mis rutinas estivales, me he vuelto a quedar embobado mirando a ninguna parte, absorto en la placidez del momento. En esas estaba cuando me ha parecido ver una mosca desplazándose de espaldas por el suelo de la terraza. ¿Cómooo? ¿La mezcla de buena temperatura, sol y el aire sano de la montaña tienen efectos alucinógenos? ¿O quizá ha sido el exceso de ejercicio de las últimas semanas que me ha debilitado tanto que me hace ver visiones?
He decidido incorporarme de mi postración y acercar el morro hacia ese insecto para tratar de interpretar qué demonios estaba ocurriendo y ¿qué me he encontrado? Una hormiga arrastrándola con las mismas dificultades que determinación hacia su hormiguero. ¡Quién si no! En otro momento de largo verano dediqué unas líneas a estos increíbles insectos. Hoy no voy a insistir en ello, sino en lo alegórico de la imagen: el pequeño pudiendo con el grande, el ligero arrastrando al pesado.
No me quiero poner sentimental, apocalíptico ni utópico, pero se me ha representado esta famosa fotografía en la que un ciclista acarrea la carrocería de un coche. Y me ha parecido representativa del futuro incierto que nos augura la crisis energética que para muchos es inminente, donde la universalidad y la sobreutilización del coche como vehículo preeminente y prepotente se acabará y habrá que buscar fórmulas más eficientes y más ligeras. Y me ha venido a la mente la historia de David y Goliat. Y he pensado: ¿Y si David pudiera con Goliat?
¿Cómo? ¿Qué pudo? ¿Qué la fuerza bruta y descomunal fue abatida por la inteligencia y la agilidad de un mindundi con una herramienta que multiplicaba su fuerza y que acertó a darle en toda la cabeza con su piedrecita? ¿Y que eso sirvió para acabar con el dominio insolente y el terror que ejercía el pesado gigante sobre la población? ¡Venga ya!
He decidido incorporarme de mi postración y acercar el morro hacia ese insecto para tratar de interpretar qué demonios estaba ocurriendo y ¿qué me he encontrado? Una hormiga arrastrándola con las mismas dificultades que determinación hacia su hormiguero. ¡Quién si no! En otro momento de largo verano dediqué unas líneas a estos increíbles insectos. Hoy no voy a insistir en ello, sino en lo alegórico de la imagen: el pequeño pudiendo con el grande, el ligero arrastrando al pesado.
No me quiero poner sentimental, apocalíptico ni utópico, pero se me ha representado esta famosa fotografía en la que un ciclista acarrea la carrocería de un coche. Y me ha parecido representativa del futuro incierto que nos augura la crisis energética que para muchos es inminente, donde la universalidad y la sobreutilización del coche como vehículo preeminente y prepotente se acabará y habrá que buscar fórmulas más eficientes y más ligeras. Y me ha venido a la mente la historia de David y Goliat. Y he pensado: ¿Y si David pudiera con Goliat?
¿Cómo? ¿Qué pudo? ¿Qué la fuerza bruta y descomunal fue abatida por la inteligencia y la agilidad de un mindundi con una herramienta que multiplicaba su fuerza y que acertó a darle en toda la cabeza con su piedrecita? ¿Y que eso sirvió para acabar con el dominio insolente y el terror que ejercía el pesado gigante sobre la población? ¡Venga ya!
lunes, 30 de mayo de 2011
Más crisis, por favor
Cuando hace tan sólo 5 años alguien se atrevía a hablar de burbuja inmobiliaria, de fraude financiero, de política intervenida, de déficit democrático, de impacto ambiental irreversible o de crecimiento insostenible, se le miraba raro, se desconfiaba de él o se le tachaba de agorero. Entonces vivíamos la época de las vacas gordas y había que disfrutar de ello, aunque supiéramos o nos pudiéramos imaginar que todo aquello, a esa velocidad, no iba a durar mucho. Eran tiempos locos, de falsa abundancia, de despilfarro sin precedentes, de especulación desorbitada, de estulticia colectiva, de ignorancia interesada, de pelotazo, de pucherazo y de comisiones ilegales. Y todo el mundo lo vivía con estupor pero sin rechistar.
Eso que a algunos les había dado por pensar que era el progreso y que era el principio de una "historia interminable", se descubrió como una bomba que a muchos explotó en las manos y a otros muchos más afectó y afecta su onda expansiva, destruyendo empleo, cortando expectativas, colapsando economías domésticas y menos domésticas. Ha sido como despertar de una fabulosa pesadilla para darnos de bruces con una realidad que habíamos "construído" entre todos, entre casi todos.
Uno de los vídeos más vistos en YouTube esta semana explica brillantemente el proceso. De Aleix Saló el autor de Este país se va a la mierda:
Se ha descubierto el pastel, o al menos parte de él.
Pero parece que no va a ser suficiente
Todavía nadie repara que la crisis es mucho más profunda de lo que aparenta, porque a la situación particular de este Españistán que tan bien describe el video, hay que sumar una crisis mucho más profunda, la llamada crisis sistémica mundial, consecuencia de la disolución de todo el basamento que ha fundamentado durante las últimas décadas un modelo económico, político, social y cultural que se ha demostrado obsceno, depravado, fracturador de la sociedad, provocador de desórdenes mundiales, atracador de las economías más débiles, profundamente abyecto para aprovecharse de las miserias más terribles, discriminador, idiotizante y apisonador de las iniciativas e inquietudes personales.
A pesar de que algunas mentes debilitadas por la demagogia quieren ver visos de recuperación en cualquier espejismo de dato económico, todo parece indicar que esto va para largo y nada parece indicar que se vayan a recuperar los datos de la década pasada. Falta por hablar de la gran crisis energética que se nos avecina, de la fractura mundial que ha provocado la globalización, de la falta de recursos básicos para la subsistencia de la creciente población, del deterioro del planeta, de las consecuencias de no haber articulado la sociedad civil, de no haber sentado las bases de la infraestructura económica, de haber apostado por las obras públicas encaminadas a consumir más.
Para darnos cuenta de una vez por todas de que aquellos tiempos no volverán y, mejor que eso, que nos esperan tiempos diferentes, donde habrá que trabajar de acuerdo a otras lógicas, donde va a haber que arrimar el hombro, contar con más gente, desblindar la política y articular una nueva economía para vivir mejor, no para vivir con más dinero. Una nueva lógica que mire cerca con perspectiva mundial, que utilice tecnologías apropiadas, que promueva la iniciativa local, que favorezca la autogestión, que prime lo barato y lo práctico...
Si con toda esta convulsión que nos rodea no somos capaces de organizar sinergias positivas, sencillas, que persigan objetivos simples, alcanzables, no habremos demostrado más que que somos capaces de patalear con mucho estruendo y con mucho eco.
Una nueva ciclabilidad es posible
Para los intereses de la bicicleta, parece que se han acabado los tiempos del despilfarro. A partir de ahora, se acabaron los carriles bici sin ton ni son y las bicicletas públicas como churros. El Plan E ha acabado y no ha servido absolutamente para nada que no sea alargar la agonía de unos cuantos y alocar los proyectos improvisados por muchos. Ahora toca exprimir el cerebro y el presupuesto. Ahora toca exigir y dar cuentas. Ahora toca escatimar y aprovechar hasta el último céntimo. Porque hay poco, y la escasez históricamente nos ha enseñado a ser más inteligentes y más eficientes. Ahora toca presionar y organizarse. Ahora toca pedalear con decisión. Porque el futuro está en la bicicleta y no en el coche.
Aquí está el reto: tratar de construir una nueva ciclabilidad.
Había empleo, había pasta, había beneficio
Eso que a algunos les había dado por pensar que era el progreso y que era el principio de una "historia interminable", se descubrió como una bomba que a muchos explotó en las manos y a otros muchos más afectó y afecta su onda expansiva, destruyendo empleo, cortando expectativas, colapsando economías domésticas y menos domésticas. Ha sido como despertar de una fabulosa pesadilla para darnos de bruces con una realidad que habíamos "construído" entre todos, entre casi todos.
Uno de los vídeos más vistos en YouTube esta semana explica brillantemente el proceso. De Aleix Saló el autor de Este país se va a la mierda:
Se ha descubierto el pastel, o al menos parte de él.
Pero parece que no va a ser suficiente
Todavía nadie repara que la crisis es mucho más profunda de lo que aparenta, porque a la situación particular de este Españistán que tan bien describe el video, hay que sumar una crisis mucho más profunda, la llamada crisis sistémica mundial, consecuencia de la disolución de todo el basamento que ha fundamentado durante las últimas décadas un modelo económico, político, social y cultural que se ha demostrado obsceno, depravado, fracturador de la sociedad, provocador de desórdenes mundiales, atracador de las economías más débiles, profundamente abyecto para aprovecharse de las miserias más terribles, discriminador, idiotizante y apisonador de las iniciativas e inquietudes personales.
A pesar de que algunas mentes debilitadas por la demagogia quieren ver visos de recuperación en cualquier espejismo de dato económico, todo parece indicar que esto va para largo y nada parece indicar que se vayan a recuperar los datos de la década pasada. Falta por hablar de la gran crisis energética que se nos avecina, de la fractura mundial que ha provocado la globalización, de la falta de recursos básicos para la subsistencia de la creciente población, del deterioro del planeta, de las consecuencias de no haber articulado la sociedad civil, de no haber sentado las bases de la infraestructura económica, de haber apostado por las obras públicas encaminadas a consumir más.
Van a hacer falta unos años más de fracaso
Para darnos cuenta de una vez por todas de que aquellos tiempos no volverán y, mejor que eso, que nos esperan tiempos diferentes, donde habrá que trabajar de acuerdo a otras lógicas, donde va a haber que arrimar el hombro, contar con más gente, desblindar la política y articular una nueva economía para vivir mejor, no para vivir con más dinero. Una nueva lógica que mire cerca con perspectiva mundial, que utilice tecnologías apropiadas, que promueva la iniciativa local, que favorezca la autogestión, que prime lo barato y lo práctico...
Si con toda esta convulsión que nos rodea no somos capaces de organizar sinergias positivas, sencillas, que persigan objetivos simples, alcanzables, no habremos demostrado más que que somos capaces de patalear con mucho estruendo y con mucho eco.
Para los intereses de la bicicleta, parece que se han acabado los tiempos del despilfarro. A partir de ahora, se acabaron los carriles bici sin ton ni son y las bicicletas públicas como churros. El Plan E ha acabado y no ha servido absolutamente para nada que no sea alargar la agonía de unos cuantos y alocar los proyectos improvisados por muchos. Ahora toca exprimir el cerebro y el presupuesto. Ahora toca exigir y dar cuentas. Ahora toca escatimar y aprovechar hasta el último céntimo. Porque hay poco, y la escasez históricamente nos ha enseñado a ser más inteligentes y más eficientes. Ahora toca presionar y organizarse. Ahora toca pedalear con decisión. Porque el futuro está en la bicicleta y no en el coche.
Aquí está el reto: tratar de construir una nueva ciclabilidad.
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| "Mi vieja bicicleta" de Raúl Montecino |
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