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domingo, 19 de febrero de 2017

No hay cambios reales en movilidad sin consenso social y compromiso ciudadano

Estamos viviendo una época de cambios, aunque algunos sean puramente estéticos, en la forma de gobernar nuestras ciudades. Los nuevos equipos de gobierno, sobre todo aquellos que han sido fruto de coaliciones, están obligados a buscar puntos de encuentro y consensos sobre cuestiones fundamentales. Si a eso añadimos la necesidad de cumplir con las exigencias de participación que marca la ley, mejorada con un cambio de actitud respecto a este aspecto que en muchos casos ha devenido en una suerte de exaltación de los procesos de participación (lo que hay gente que ha denominado como participacionismo) nos encontramos con un escenario en el que cada vez hay más espacios donde ejercitar el derecho a opinar, proponer y discutir algunos asuntos públicos, de los cuales la movilidad es quizás el que más interés suscita y el que más visibilidad pública tiene.


Es este estado de cosas, resulta clave la actitud de los responsables públicos a la hora de mantener el equilibrio entre la imperiosidad, la conveniencia y la vocación a la hora de buscar los consensos necesarios para que la movilidad sea una cuestión que ataña al bien común o para que se convierta en un caramelo que, dada la repercusión mediática y social que conlleva, se instrumentalice como una opción partidista y se utilice a modo de ariete para buscar rentabilidad política, en vez de rentabilidad social.

Es clave para poder asumir nuevos retos, perentorios dada la situación insostenible en la que nos hallamos, que entendamos todos y principalmente los responsables políticos, que los cambios que necesitamos en movilidad no dependen tanto de la determinación y energía de una opción política que trate de demostrar a corto plazo que las cosas están cambiando, como de la necesidad de contar con un consenso político y social que posibilite que este proceso tenga la legitimidad suficiente como para contrarrestar las tentaciones de la alternancia política o los celos partidistas y para que se materialice a lo largo de varias legislaturas.

Tenemos que tener presente que nos encontramos ante un reto que requiere varios lustros de labor continuada tanto en la toma de medidas y la ejecución de actuaciones encaminadas a dificultar el uso del coche como en la misión pedagógica a todos los niveles que requiere un cambio de hábitos como el que se pretende, para empezar a devolver frutos a una ciudad.


La movilidad debe afrontarse como una cuestión de bien común, siendo el bien común un concepto que en general puede ser entendido como aquello de lo que se benefician todos los ciudadanos o como los sistemas sociales, instituciones y medios socio económicos de los cuales todos dependemos que funcionen de manera que beneficien a toda la gente. Y necesitamos que toda la gente o una buena parte de ella entienda que el reto de la movilidad merece la pena.

Y más que la movilidad, la calidad de vida de nuestras ciudades, la sostenibilidad económica y social de las mismas, la habitabilidad del espacio público, la necesidad de que los entornos urbanos sean vivibles, seguros, justos, agradables, interesantes, atractivos, deseables.

Cambios de esta magnitud, de esta profundidad y de semejante dimensión tanto cualitativa como cuantitativa deben ser afrontados y asumidos con un consenso social suficiente que incite y concite la corresponsabilización tanto de todos los agentes sociales y políticos, como de la ciudadanía en general.

Sin consenso a todos los niveles y en todas las direcciones (vertical, horizontal y transversal) un problema como el que tratamos de resolver que depende tanto de mantener líneas de actuación más allá de lo que muchos políticos están dispuestos a mirar y que requieren de la coordinación de distintas áreas municipales, pero que, sobre todo, depende de decisiones personales que suponen cambio de hábitos y rutinas, esto no hay quien lo afronte.

Un consenso que habrá que revisar y refrendar con relativa frecuencia, para no perder el pulso de la ciudad y su ciudadanía, en procesos inclusivos e incluyentes.

lunes, 23 de febrero de 2015

Organizaciones que se organizan para promocionar la bici a nivel comarcal

Las organizaciones sociales normalmente tienden a trabajar de manera individual y relativamente aislada, muchas veces por el puro celo de sus responsables, otras como resultado de la desvertebración social que han conseguido algunos grupos políticos tratando de capitalizar todas las iniciativas cívicas o fagocitando directamente movimientos asociativos. Esta desarticulación ha debilitado formidablemente a la sociedad civil y ha coartado su capacidad de formar redes sociales (y no precisamente a través de internet).

Es por eso que sorprende que haya iniciativas coordinadas entre entidades de carácter social más allá de las propiamente federativas, mucho más si su objetivo es la promoción de la bicicleta. El ejemplo nos llega de la Ribera Navarra y se llama Recicleta, el mismo nombre de la famosa tienda de Zaragoza (que manda narices también). La Ribera Navarra, un lugar privilegiado para el ciclismo urbano y donde el uso de la bicicleta todavía mantiene índices que serían la envidia de otras zonas.


Recicleta Ribera es un movimiento que surge de la reunión de varios activistas de Tudela y alrededores y que aúna a entidades como Ecologistas en Acción y Biciclistas de Corella, la Escuela de Ciclismo Muskaria y el Módulo de Actividades Fisico Deportivas en el Medio Natural de la ETI de Tudela, con personas a título particular parece un buen intento de hacer fuerza y promover sinergias enriquecedoras.

Recicleta Ribera propone, además de la parte teórica o espiritual de la defensa y promoción del uso de la bicicleta como medio de locomoción, actividades y proyectos concretos: una Biciescuela para enseñar a andar en bici, un Centro Recicleta de recuperación de bicicletas para su reutilización y quedadas y talleres para ciclistas urbanos.

Enhorabuena por la iniciativa y a trabajar.

martes, 30 de septiembre de 2014

Ni contigo ni sin ti

Parece que para muchos de los que nos hallamos inmersos en esto de darle la vuelta a la tortilla en nuestras ciudades y empezar a hacerlas un poco más habitables y un poco menos automovilísticas el principal escollo al que nos enfrentamos lo representan nuestros políticos gobernantes.

Cierto. Nuestra clase política sigue acomodada en una suerte de apoltronamiento que la hace funcionar siempre a remolque de los acontecimientos y muy por detrás de las demandas sociales o de las tendencias emergentes. Debe ser que se han creído que es connatural con su cargo. Ningún político en el gobierno arriesga, ninguno cambia, ninguno apuesta por las minorías, ninguno se anticipa a los acontecimientos, ninguno prevé las consecuencias... Todos se dejan llevar por las inercias. Creen que ahí están los votos y sólo trabajan por los votos.

Así, cuando participan y creen que lideran (ellos siempre creen que lideran) alguna iniciativa que proponga un cambio, lo hacen sólo de cara a la galería, para aparecer modernos en la foto, como una pose, siempre magníficos y magnánimos, condescendientes. Los políticos son, por defecto, así: arribistas, oportunistas y vanidosos. Y creen, como muchos, que la movilidad sostenible es impopular.

Javier Maroto dirigiéndose a un acto político en bicicleta (Foto: El Mundo)

Esto es así siempre que no se encuentren con una contestación social suficientemente organizada, seria, permanente y que se dedique más a hacer propuestas que a reivindicar y quejarse de manera gratuita. Cuando es así, los políticos gobernantes no tienen otro remedio que responder y muchas veces acaban dándose cuenta de que las fórmulas propuestas funcionan y mejoran su gobierno y la realidad objeto de dichas reacciones. Aunque en las ocasiones en las que se visualicen logros tratarán de acaparar toda la atención mediática, atribuyéndose el protagonismo de todo el proceso.

Hay otro elemento que suele jugar un papel decisivo a la hora de cambiar las tornas a los políticos y es un cuerpo técnico, en las propias instituciones donde esos políticos mandan, dispuesto a hacer la labor de cambio desde dentro de la propia administración.

Lo hemos visto en principales procesos que se han ido fraguando a nuestro alrededor. El cambio y la apuesta por la movilidad sostenible y por la bicicleta en San Sebastián no fue una iniciativa de Odón Elorza, como el de Vitoria no lo ha sido de Javier Maroto, aunque ambos se hayan llevado la foto. No. Ellos han sabido encaramarse a lo alto del cambio y han creído capitalizar el éxito del mismo, pero siempre ha habido detrás una demanda social sólida y consistente (Kalapie o Bizikleteroak) y un cuerpo técnico atento y valiente en estas ciudades que ha sabido domar, aconsejar y, por qué no, engañar un poco a sus políticos al mando. Sin estos agentes ninguno de estos procesos hubiera sido posible, o al menos no hubiera sido tan exitoso y se habría quedado en agua de borrajas, como ha pasado en Murcia, en Pamplona o en Valencia, por ejemplo.



Lo que pasa es que al final los verdaderos cambios en la fisionomía y en la forma de definir y ordenar nuestras ciudades están en manos de los políticos que las gobiernan y es por eso por lo que hay que tratar de seducirlos y conquistarlos. Seducir y conquistar a los políticos más que discutir y pelear contra ellos, porque hace falta que la clase política en general y sobre todo la gobernante se dé cuenta de que esto es bueno para las ciudades, bueno para sus ciudadanos y, por tanto, bueno también para ellos.

Es un trabajo duro e ingrato, pero un trabajo imprescindible en el que hay que saber, además, que ellos se van a llevar la gloria y el reconocimiento en caso de que la cosa salga bien. O al menos lo van a hacer ver así. Ahora bien, si ese es el precio, que sea.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Observando la evolución ciclista

Es lo que debería hacer un Observatorio de la Bicicleta. Es lo que debería haber en cualquier ciudad que se precie de hacer algo por la bici con un mínimo de juicio, con un mínimo de transversalidad y con un mínimo de participación. Para que la cosa de la ciclabilidad no quede en un mero ejercicio de voluntarismo, de escaparatismo, de posibilismo o de propagandismo. Contando con los agentes involucrados se puede dilucidar más y mejor. Si se quiere. O se puede cumplir el expediente administrativo. Todo depende de las intenciones del Ayuntamiento que lo convoque.

El que nos convocó ayer fue el Ayuntamiento de Pamplona, dentro de esa estrategia que recoge la Agenda 21, uno de cuyos objetivos centrales en esta ciudad recogido en el Pacto de Movilidad firmado hace ya casi 10 años, era, explicitamente, favorecer el incremento de usuarios de bicicletas como medio de transporte, en la siempre difícil tarea de restar viajes automotorizados en el seno de la ciudad.


La sesión consistió en un repaso más o menos atropellado de los distintos aspectos que afectan a una política de desarrollo de la bicicleta o, más bien, a la política de desarrollo de la bicicleta que ha llevado a cabo este ayuntamiento, que no se diferencia casi nada a la que han llevado otros ayuntamientos de esta parte del mundo, si obviamos algunos matices.

Carriles bici deficientes e inconexos, capitalizando los kilómetros de las nuevas urbanizaciones, contabilización de aparcabicis por miles, vagas estimaciones desactualizadas de usuarios e intenciones, las bicis públicas presentadas como una obligación cumplida, el registro casi ignoto, una biciescuela testimonial y algunas campañas, días y semanas más o menos aisladas. Eso junto con una normativa incomprensible y desconocida, el calmado de un tráfico que no disminuye, un buen montón de accidentes sin mayor gravedad y los peatones indignados.

Un balance más bien pobre para ya casi 10 años de presunta estrategia ciclista que se ha hecho a golpe de mando y sin contar con ninguna recomendación, haciendo caso omiso a los avisos y desoyendo el clamor público. Después de 9 años y pico de silencio administrativo y acción blindada desde la cúpula del partido en el poder, de ignorar mandatos parlamentarios regionales, propuestas comarcales y mociones mayoritarias del pleno municipal, esto parece más un ejercicio de consuelo demagógico que otra cosa.

Pero no vamos a dinamitar lo que puede ser el embrión de una figura imprescindible que coordine los esfuerzos de las distintas áreas municipales afectadas (tráfico, urbanismo, mobiliario urbano o medio ambiente) contando con las iniciativas y el criterio de otros agentes involucrados tales como la DGT, el gobierno regional, las universidades o las imprescindibles asociaciones de usuarios.

Esperemos que el futuro depare mejores y más participadas propuestas que las que hemos presenciado esta última década. Ahí estaremos, aunque sea para ser la voz que dé la paliza recordando que esto se trata de restar coches y de no discriminar a los peatones. Aunque moleste a los que quieren sólo celebrar el crecimiento ciclista.

jueves, 15 de agosto de 2013

"Yo voy a seguir siendo un capullo"

"Me da igual lo que hagáis y lo que dejéis de hacer. No voy a cambiar nada y vosotros no vais a cambiarme a mi. Seguiré haciendo lo que me de la gana. Vaya en coche, a pie, en bici o en lo que quiera. Me da risa todo vuestro rollo ese del respeto, de la sostenibilidad y tal. Dais pena. Si me salto un semáforo, un paso de peatones, ando en bici por la acera, me pongo borde con algún imbécil o cruzo sin mirar es mi problema y el de nadie más. Yo correré con las consecuencias, no vosotros. Gracias por el intento, pero no ha servido".

Igual no así de literal, pero mucha, mucha gente todavía está en esa perspectiva en el asunto de la movilidad, por mencionar uno."Si no me pillan, me lo paso todo por el mismísimo..."


Esta es probablemente la cuestión más importante por la cual no podemos conquistar mejores niveles de seguridad, respeto o pura educación vial, por no decir civil, en nuestro entorno y por lo cual asuntos como el de la movilidad, entre otros, se hallan anclados en el siglo veinte. Estamos rodeados de una partida de desaprensivos que no piensan más que en su ombligo, en su interés, en su ventaja y se las apañan para acomodar todo su entorno a su estilo.

Estúpidos envalentonados en movimiento, que ponen patas arriba, con su sola intervención, todo el juego de la convivencia y, además, la sensación de seguridad que produce. Da igual que anden en bici, a pie, en coche, en moto, que conduzcan un bus, un tren o un avión. Lo echan todo a perder con su participación, son nefastos para los demás.

La pregunta es ¿qué hacer con ellos?

martes, 13 de agosto de 2013

Cambiar el miedo por respeto

Nos hemos acomodado a la lógica del miedo. No es extraño porque el miedo es muy rentable para muchas personas y sobre todo para muchos grupos de poder. Inculcar miedo es la mejor y más irracional forma de mantener a la gente atenazada, expectante, ansiosa por que se lo calmen con cualquier remedio. El miedo es el arma más potente y el poder lo sabe y lo ejerce.

Nos han metido el miedo hasta las entrañas, que es donde mejor se acomoda, y así han conseguido que evitemos pensar, que no atendamos a la lógica, que seamos incapaces de discernir. Porque el miedo no nos deja.

Nos luciría de otra manera el pelo si en vez de habernos dejado vencer por el miedo, hubiéramos sido capaces de fundamentar los cimientos de nuestras relaciones sociales en el respeto. Respeto, que no obligación u obediencia.


El respeto nace del reconocimiento y la aceptación del otro como un individuo pleno ante el que debemos profesar una consideración en el objetivo de que dicha consideración sea mutua, recíproca. Así pues, el respeto parte de una visión empática de la dignidad y de una necesidad de reconocer para ser reconocido. Es una óptica mucho más ética y un fundamento mucho más sólido que el del miedo si lo que buscamos es la convivencia y el entendimiento.

Es ahí donde debería estar el quid de la cuestión en cualquier aspecto social que contemplemos. Es ahí donde debería estar el quid de la cuestión en la movilidad, en la circulación, en el tráfico, en el desplazamiento de personas. Si fuéramos capaces de reconocer que no hay automovilistas, ciclistas, peatones o motoristas, hay personas.

El respeto a las personas no se fundamenta en ninguna ley escrita, no hace falta una normativa, ni una policía que vigile su cumplimiento. Porque el respeto es una manera de entender las relaciones humanas, donde las personas, cada persona es lo más importante y lo más incuestionable.

Lo que pasa es que el respeto no se imparte ni se reparte (como el miedo), el respeto se inculca y se merece, hay que conquistarlo, hay que ganárselo y es ahí donde tenemos una carencia fundamental. Hemos perdido el valor del respeto hacia las personas y hacia todo lo demás y es por eso por lo que nos hemos dejado vencer por el miedo y por lo que ahora necesitamos normas que establezcan rayas de las que no pasarnos y vigilantes que nos obliguen a cumplirlas y nos castiguen cuando no lo hagamos.

Es así de lamentable. Y también es así de grave, porque es una dinámica muy difícil de cambiar. Para recuperar el respeto vamos a necesitar varias generaciones, para perderlo ha bastado con una.

jueves, 22 de noviembre de 2012

A cara descubierta

Dicen que uno de los mayores inductores de la violencia vial y también de la cibernética, que son las dos que nos ocupan en este espacio, es la protección y la potencia que nos da ver el mundo a través de una pantalla que nos permite interactuar con los demás con una valentía que seríamos incapaces de mantener sin esa protección. Eso y la posibilidad de escapar con sólo mirar a otro lado y apretar un botón, nos hace sentirnos invulnerables, poderosos y valientes. Los coches, como el anonimato cibernético, nos permiten, al sentirnos sobrepotenciados, adoptar unas actitudes que, en muchos casos, seríamos incapaces de soportar a cara descubierta.

En eso también la bicicleta es distinta (un poco como los que escribimos y opinamos sin refugiarnos en un seudónimo o en el anonimato) porque te obliga a presentarte ante los demás dando la cara y absolutamente desprotegido. Eso y que no puedes huir más que pedaleando (que sólo vale ante peatones).

Ir a cara descubierta permite interactuar de una manera mucho más directa con los demás y ayuda de una manera determinante, casi inevitable, a buscar la amabilidad. Ya sólo el hecho de recibir el aire en la cara, de sentir el frio y el calor, los aromas y los hedores, los ruidos y los rumores, nos hace ser más sensibles y estar mejor predispuestos a entendernos con el entorno, con los demás.

Si a eso le sumamos la indefensión propia del ciclista y la reiteración de los itinerarios, encontraremos que los que andamos en bici a diario y repetimos rutas necesariamente profesamos la amabilidad y buscamos el entendimiento con nuestros semejantes, especialmente con los que más podemos hacerlo que es con otros ciclistas y con los peatones. Con los automovilistas es más difícil, sobre todo porque van aislados en sus corazas metálicas y actúan con la violencia que les propone y que les impone el medio de locomoción que han elegido (la mayor parte de las veces) o que no tienen más remedio que utilizar (las menos).

Por supuesto que entre los ciclistas hay cafres, imbéciles, arrogantes y violentos. Es inevitable. La especie humana nos ha provisto de ellos para reconocer las virtudes de la sociabilidad. Nadie sabe mejor que el que lo practica, lo que recompensa solicitar permiso y pedir perdón, agradecer un gesto y practicar el respeto y el entendimiento. Muchos de los que andan en bici, seguro que lo conocen, los de los coches, difícilmente.

domingo, 1 de enero de 2012

¿Qué podemos esperar de 2012?

Estrenamos el año más incierto del siglo. Con una crisis de caballo que está rehusando saltar los obstáculos y se está quedando atrancada y sin visos de cambiar. Con un panorama político que da para atrás y no precisamente por una cuestión de colores sino más bien por una cuestión de confianza. Con un panorama social desmembrado y todavía más indignado que ilusionado.

Con estos ingredientes y, en el terreno de la bicicleta o de la movilidad en general, con una serie de promesas incumplidas, con unos cuantos platos rotos, con ambiciones todavía desmesuradas y presupuestos menguantes, parece que más vale quedarse en casa que pensar en hacer algo y, sin embargo, una vez más y contracorriente, hay que volver a la carga. Es necesario. Imprescindible.

Pensemos mejor qué vamos a hacer

Pero este año, a diferencia de los años anteriores, necesitamos un plan. Un Plan de Acción con mayúsculas para mejorar nuestras ciudades y nuestros pueblos. Y me temo que no va a valer con un simple Plan de Movilidad o un Plan de Ciclabilidad, que en sí mismos no están tan mal pero que adolecen de un exceso de ingeniería y una falta vergonzosa de participación real. Le llamaremos Plan de Acción porque su objetivo principal es plantear retos, actuaciones, acciones. Para definirlo necesitaremos un marco ideológico que nos defina los objetivos y que oriente las estrategias: un Pacto Local de Movilidad y Accesibilidad. Así que habrá que juntarse, pero no de cualquier manera, habrá que conformar una mesa de trabajo.


¿Quiénes son los llamados a la mesa?

Pues, para empezar, y siempre en primer lugar, los cargos electos, que para eso son los elegidos y que tienen que acostumbrarse a lidiar en este tipo de plazas que son las suyas, las públicas. Después habrá que contar con la mayor representatividad posible (una persona por entidad) de entre los agentes sociales que realmente sean activos en la localidad. No precisamente los que tengan más nombre, sino más bien los que hagan más cosas, los que estén en los saraos, los que se remanguen y estén dispuestos a compartir esfuerzos y proyectos.

Y luego algún elemento externo, alguien que haga de juez de paz y de abogado del diablo al mismo tiempo, que vea las cosas desde la barrera, que esté involucrado pero no comprometido ni cohartado, que no comparta el enviciamiento propio de las relaciones locales y que a la vez lo ponga en evidencia, alguien que dinamice, que recuerde lo que se olvida y que denuncie, si es necesario, los contubernios y que remarque que es un juego y que se trata de mejorar lo que es de todos, el espacio público, la calle.

Superando estereotipos e intereses creados

En esto de la movilidad hay que empezar a olvidarse de que esto es un asunto de ciclistas y de conductores y hay que empezar a hablar de vecinos y vecinas, porque, curiosamente, los peatones que somos mayoría no estamos nunca representados y a veces se nos olvida que deben presidir estas mesas en vez de sufrir las consecuencias del enfrentamiento entre las facciones minoritarias y las inframinoritarias que, además, muchas veces cuentan con líderes poco representativos y defienden modelos obsoletos con estúpida vehemencia y se olvidan fácilmente que ni siquiera sus secuaces más acérrimos son ciclistas o automovilistas exclusivamente, sino que alternan, y andan, y usan el transporte público.

Luego hay que contar con todos aquellos que se han ido apropiando de la calle como si fuera de ellos y que se resisten a devolverla: estos son los comerciantes, con su derecho inalienable de que toda su clientela aparque en su escaparate y sus proveedores puedan cargar y descargar en su puerta, y también son aquellas personas que se apropian de los lugares más valiosos de la población para dejar sus coches abandonados ocupando 10 fabulosos metros cuadrados de manera privativa, que nadie sabe bien quién se los ha concedido.

Hay que tener sentados en la mesa a representantes de los principales centros de actividad que movilicen a la gente todos los días: empresas, centros educativos, hospitales, centros de salud, instituciones públicas, polideportivos, etcétera. Y hay que prestar especial atención de entre estos a los menores y a los jóvenes, de los que dependerá, en muchos casos, que esto cuaje y que se mantenga en el futuro.

Si en este año podemos montar esta mesa y formular un plan no estará nada mal. Si además podemos ponernos, después, manos a la obra en él, mejor que mejor.

Sin pintadas, sin circo, sin basura

"Herrian txirrindula" = "En el pueblo, bicicleta" pintada en Bera (Navarra)
 Ahora bien, si seguimos haciendo cositas más o menos vistosas, más o menos aparatosas, pero sin ton ni son, sólo porque nos las ofrecen a buen precio o gratis o porque las esté haciendo el vecino, o porque nos ponen en la palestra, entonces nos seguiremos sorprendiendo del fracaso de nuestras propuestas y de la poca efectividad de dichas medidas. Tampoco la vía es reivindicar, porque es demasiado fácil y no compromete a trabajar. Esto no se hace para la galería ni para la prensa, sino para tener un pueblo mejor, más humano, más habitable.

Hay gente que ya se ha puesto a ello y que el año que entra, con los deberes hechos, van a empezar a meter mano al asunto. Enhorabuena y suerte.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

¿Más ciclistas sin más carril bici?

Hay un lugar en el mundo en el que cada vez hay más gente andando en bicicleta y que curiosamente no ha sido a fuerza de implementar carriles bici, tal como los entendemos en esta parte del planeta: Dublin.

Dublin lleva unos años demostrando que esto de incorporar más la bicicleta no se hace sólo a base de infraestructuras y de confinar a los ciclistas por itinerarios complicados y peligrosos, apartándolos del tráfico. Los irlandeses han optado por una mezcla entre arcenes ciclables (angostos pero visibles), mucho espacio compartido, una inteligente campaña mediática y toda una serie de pequeños esfuerzos bien coordinados que han ido sumando hasta conseguir incrementar el porcentaje de ciclistas en la calle, dentro de una estrategia dirigida a hacer esa ciudad más habitable.



Queda por ver de dónde han salido esos nuevos ciclistas o, dicho de otro modo, cómo se desplazaban antes, pero sin duda es noticiable que, por una vez, nos encontremos ante un incremento en el uso de la bici con una estrategia que no sólo se fundamenta en la implementación del binomio carriles bici-bicis públicas.

El año pasado tuve la oportunidad de visitar esa tierra verde y lluviosa, llena de gente amable y divertida, y pude comprobar cómo, efectivamente, los dublineses y las dublinesas habían apostado decididamente por la bicicleta y cómo un porcentaje tan insignificante como un 4% da visibilidad, espacio y presencia a la bici en la calle y es más que suficiente para ofrecer oportunidades para su práctica. Eso y una política decidida de calmado de tráfico, con peatonalizaciones eficaces y de calidad y muy intensiva en transporte público urbano, fundamentalmente autobuses.

Allí pude comprobar que, además de algún carril pintado, había aparcamientos, espacios compartidos, se limitaba el acceso a las bicicletas en los espacios peatonales y se prohibía su circulación por las aceras... y sobre todo había dignidad en la conducción, mucha dignidad en medio de un tráfico que era bastante agresivo y poco contemplativo. ¿Qué ocurre entonces? ¿Que los irlandeses son bastante más aguerridos que los demás o que simplemente se han vuelto locos?



Puede resultar arcaico mirar allá en vez de dejarse epatar por la "revolución de la bicicleta de aquí" o la de los centroeuropeos, pero resulta ilusionante, más en estos tiempos de crisis financiera y de recortes presupuestarios, que se puedan conseguir buenos resultados sin presupuestos desorbitados y sin obras megalomaníacas. Bien es cierto que aquí todo el mundo ha atribuído el incremento de ciclistas a la implementación de carriles bici (por llamarlos de alguna manera) y nadie ha considerado ni remotamente la contribución de la tendencia, la moda o la inteligencia práctica de la ciudadanía. No nos lo vamos a reprochar, nos han educado a ello.

Miembro de Dublin Cycling Campaign trabajando "on line" durante el pasado Velocity de Sevilla

Queda por ver si en alguna ciudad de esta parte del planeta la sociedad civil es capaz de dar unos resultados tan brillantes, tan potentes y tan dignos como lo han hecho los de la Dublin Cycling Campaign o los de Galway Cycling Campaign, por ejemplo.



Su última propuesta, de esta misma semana, tratar de mantener a la persona encargada de coordinar los esfuerzos en la ciudad de Dublin, el Cycling Officer, que, con los recortes históricos que está soportando aquel país, parece que está en juego.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Refundemos la aldea local

Nos han enseñado aquello de "piensa globalmente y actúa localmente" para reaccionar ante los males que nuestras actitudes y acciones personales pueden hacer en la expoliación del planeta, hemos vivido en la aldea global felices de creernos los dueños y conocedores del mundo, hemos participado en la globalización de una manera más o menos consciente, más o menos interesada, hemos favorecido la deslocalización de las actividades y de la producción amparados en nuestras miserias o en nuestra avidez de tenerlo todo ya y a un precio de escándalo.

En este camino, hemos despreciado a nuestro proveedor local, hemos ninguneado al productor de aquí, hemos descalificado al artesano de casa, llamándole usurero y ladrón, hemos ignorado a nuestro vecino desconfiando de sus intenciones y nos hemos ido a la conchinchina a por las cosas que teníamos aquí, en nuestro pueblo. Todavía vivimos en eso, aprovechando vuelos baratos, comprando en cualquier parte del mundo, obviando el hecho de que el petróleo barato, la acumulación de capitales y la explotación laboral allá donde no tenemos que presenciarla son los que estan alimentando y favoreciendo todo este rollo.

Mirarse al ombligo propio... y al del vecino

Pero ha llegado un momento en que todo esto va a hacer crak (si es que no lo ha hecho ya suficientemente), y luego vendrán las lamentaciones. Antes de que todo eso ocurra hay que ponerse manos a la obra y hay que volver a verse las caras. Las conocidas, las de siempre y las nuevas, las de todas aquellas personas que estén dispuestas a que una buena parte de todo esto dependa de nosotros y que no estemos esperando a que alguien decida por nosotros. No es una cuestión de miedo, tampoco una visión apocalíptica del asunto, es más bien una cuestión práctica, de apostar por lo cercano, por lo tangible, por lo comprobable, por aquello en lo que detrás hay personas conocidas y reconocibles, que se responsabilizan y responden por lo que hacen, porque se la juegan y por tanto les importa lo que hacen y lo hacen bien.


Es hora de volver la mirada al pueblo, al barrio, a la calle que conocemos y que se ha convertido en nuestra gran desconocida, porque hemos decidido "libremente" aislarnos en un mundo lejano, intangible y diferido, donde nos hemos sentido seguros, poderosos y protagonistas, pero donde no pintamos nada de nada. Hay que volver a enfundarse la boina y salir a mirarse a la cara, con ilusión, con propuestas, con optimismo, con ganas de pintar, de aportar, de hacer, de construir, de arrimar el hombro para que todo esto no se vaya a la mierda sin creer al menos que hemos hecho algo por ello. Y plantear alianzas, pactos, compromisos, sin esperar a que vengan grandes salvadores, visionarios o profetas, antes de acabar convertidos en auténticos anacoretas de nuestra civilización.

No es tanto cuestión de recuperar el tiempo perdido, como de trabajar en la creación de nuevas oportunidades que den pie a nuevos escenarios donde seamos más protagonistas que espectadores de algo que nos ocupa y nos preocupa en primera persona: nuestras propias vidas. Con honestidad, con honradez, con dedicación y con implicación.

Nos vemos.

domingo, 19 de junio de 2011

El lenguaje de las hormigas

Hoy, fruto probablemente de una jornada calurosa y especialmente intensa que me ha dejado exhausto, me he quedado un rato embobado observando los movimientos de una colonia de hormigas que subían y bajaban por un tronco que habían habilitado como calle para sus desplazamientos. No conozco los entresijos de la comunicación de las hormigas, pero resulta impresionante ver cómo se relacionan, se organizan, se encuentran y se pasan la información en décimas de segundo, cómo circulan por caminos precisos, con movimientos sincronizados. Sin infraestructuras.

No sé realmente cómo funcionan las feromonas que dicen que les sirven para entenderse, pero creo que me voy a interesar por ellas.


Creo que pueden resultar especialmente interesantes para mejorar el entendimiento, incrementar la empatía, organizar los movimientos de las masas, tan necesarios en los tiempos que corren. Creo sinceramente que seguro que funcionan mejor que los absurdos semáforos, los abominables pasos de peatones y las incomprensibles rotondas e intersecciones.

Ahora bien, creo también que para construir un sistema a base de feromonas lo primero que habrá que hacer es desacorazar los vehículos, porque estas sustancias químicas se desplazan por el aire, se respiran. No puedo evitar un mundo con infraestructuras basadas en aromas, en impulsos.

Habrá que tener en cuenta también las interferencias, porque tengo entendido que a esas mismas feromonas se les atribuye el poder de la comunicación sexual y eso nos podría conducir de una manera compulsiva e impulsiva. Aún corriendo ese riesgo, creo que resultará mucho más interesante y mucho más interactivo.

Mañana viene un día más fuerte y más caluroso que hoy. No sé cómo acabará. Un saludo desde Santo Domingo de la Calzada.