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sábado, 23 de agosto de 2014

Estrategas de la bicicleta

Regresamos satisfechos de un par de jornadas intensas en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander, donde ha tenido lugar un curso monográfico sobre la bicicleta que bajo el título Vías para ciclistas ¿realidad o ficción? Ha servido para poner sobre la palestra, una vez más, la situación de la bicicleta desde diferentes perspectivas y para debatir y cuestionar algunos aspectos que rodean a un desarrollo que tiene distintos niveles, distintas velocidades y distintas particularidades dependiendo del escenario en el que está teniendo lugar.

Lo que ha quedado claro, después de dos jornadas donde el debate y el diálogo han sido tan ricos o más que muchas ponencias, es que la bicicleta está madurando en nuestro entorno y se está consolidando como una opción de movilidad y que está empezando a superar esa adolescencia alocada y calenturienta y empieza a tener un poso interesante. Empieza.

Hemos pasado ya los tiempos de las actuaciones puntuales, de las oportunidades de oro, de las bicis públicas del IDAE, de la emoción después de años de reivindicaciones sin eco, de la tontuna. Ahora que hay algunas cosas hechas, más mal que bien, pero que se pueden ver y se pueden explicar, toca hacer evaluación y sentar las bases para que el desarrollo de la opción ciclista se consolide en nuestras ciudades y en las conexiones entre ellas. En esas ciudades en las que algunos de sus responsables creen que han hecho la tarea porque han sembrado unos cuantos carriles bici, unos cuantos aparcabicis o unas cuantas bicis públicas.


La necesidad de una Estrategia de la Bicicleta

Ha llegado el momento de hacer una Estrategia de la Bicicleta, con mayúsculas. Un plan común que marque objetivos a medio y largo plazo y que aborde los distintos campos en los que la bicicleta tiene que representar una herramienta que contribuya a hacer que nuestro entorno sea más amable, más agradable, más sensato y más divertido.

Una Estrategia que dibuje un mapa y que incardine a la bicicleta en las distintas áreas de actuación en las que debe ser tenida en cuenta y debe sumar. Una Estrategia inteligente e interesante, deseable pero alcanzable, ambiciosa pero lógica. Una Estrategia incluyente y participada.

Debemos ser capaces, todos los que trabajamos por que la bicicleta tenga oportunidades, de sumar fuerzas y apoyar la elaboración de un marco común de actuación, que persiga unas líneas y trate de alcanzar unos objetivos y que, sobre todo, coordine y aproveche los esfuerzos puntuales para que no queden aislados y generen sinergias y para que los asuntos relacionados con el desarrollo de la bicicleta como medio de transporte superen estúpidos apropiamientos, oportunismos, atribuciones y protagonismos tontos.

Hemos de ser conscientes de que no hay un único modelo de movilidad ciclista y que lo que hace falta, ahora que la crisis a azotado la lógica imperante en las últimas décadas, es tratar de tener un consenso que mire más allá de localismos, púlpitos y celos y que defina qué es lo que tiene que pasar en los próximos años para que la bicicleta consolide una tendencia que ya es una realidad y que trabaje desde los distintos ámbitos afectados para conseguirlo.



Terrenos de juego múltiples y simultáneos

Necesitamos para ello superar diferencias y protagonismos tontos y contar con todos los que se quieran sumar y que puedan aportar: desde usuarios a fabricantes, desde funcionarios a profesionales, desde políticos a técnicos, desde comerciantes a periodistas, desde planificadores a trabajadores, desde jóvenes a mayores. Esto va más allá de un simple organismo (sin despreciar la importancia de los organismos), debería ser casi un movimiento. Y no debería ser compulsivo, ni convulsivo. O más bien sí, pero siempre teniendo en cuenta unos principios y sin perder el norte. 

Debería ser más bien un juego donde deberían jugar muchos participantes y que tuviera lugar de manera natural en los distintos terrenos en los que la bicicleta pinta y debe pintar mucho más: en la escuela, en la consulta médica, en la mesa de la cocina, en el comedor, en la cafetería, en la calle, en el despacho, en el Parlamento, en el pleno del ayuntamiento, en la judicatura, en la prensa, en una conversación... en cualquier parte y promovida por cualquiera, sin permiso.

No es un asunto simple, desde luego, pero eso no debe desilusionarnos.

domingo, 16 de marzo de 2014

¿Les interesa el ciclismo urbano a los ciclistas deportivos?

He recibido una invitación para escribir en un blog dedicado exclusivamente al ciclismo deportivo, de competición para más señas, para mantener una sección sobre esto que nos viene ocupando en Bicicletas, ciudades, viajes... desde que iniciamos esta aventura hace ya cuatro años.

¿Qué hace un pirado del ciclismo urbano y del cicloturismo de viajes participando en un sitio dirigido a los "ruteros"? ¿Pero es que a esa gente les interesa algo más que el rendimiento, los resultados, seguir a sus ídolos, el peso y los componentes de su bicicleta, el porcentaje de grasa corporal, el desnivel acumulado de su próximo reto o el horario de retransmisión de la próxima prueba UCI Pro Tour? Os sorprenderíais.

Los ciclistas, todos los ciclistas tienen algo en común: se desplazan en bicicleta. Esto que parece una obviedad no lo es tanto. Para empezar a todos los que andamos en bici, andemos como andemos, cuando andemos y con el objetivo que lo hagamos, nos meten en el mismo saco. Los ciclistas somos ciclistas por el mero hecho de circular en una bicicleta y eso nos hace pertenecer a una casta, que no es comparable con ningún otro tipo de personas en desplazamiento. Ni siquiera los motoristas están tan categorizados.


Es tristemente así. Los ciclistas somos ciclistas y eso nos convierte en una especie concreta y determinada, un colectivo, para el resto de los mortales. Al menos en esta parte del mundo. Formamos parte de ese grupo de ciudadanos que pedalea y que engrosa una estadística que, hasta el momento, sólo preocupa a los demás en el incremento de su accidentalidad, lo cual muchos se han encargado en traducir en peligrosidad y aprovechar para sembrar miedo alrededor de la bicicleta. Los ciclistas sufren una siniestralidad que ha aumentado en los últimos años y que tiene preocupado, primero a los propios "practicantes", pero después al resto de la sociedad y, sobre todo, a los responsables de gestionar el tráfico encabezados por la DGT, a los que quiere imponer una legalidad constrictiva y culpabilizadora. Este es un punto de encuentro entre los ciclistas con independencia de su origen, condición u objetivos.

Pero hay otro aspecto que nos une a la mayoría de los ciclistas, es que circulamos en algún momento de nuestros itinerarios por espacios urbanos. Si las carreteras están pensadas y diseñadas para que circulen los coches, la cosa en las ciudades es mucho más acusada, hasta puntos donde los ciclistas no sólo no son bienvenidos sino que se juegan el tipo. Los trayectos urbanos y sobre todo los accesos a los mismos son los puntos más comprometidos para los que andamos en bici. Las entradas y salidas de las ciudades, las grandes rondas, circunvalaciones, conectores, autovías y autopistas urbanas con sus dimensiones extraordinarias, con su ordenación orientada al automóvil, representan las mayores dificultades para la práctica del ciclismo.

Por último, hay una realidad que es incuestionable y es que las personas con hábito de andar en bicicleta son más proclives a utilizarla como medio de locomoción urbano. Da igual que hayan entrenado para competir, que hayan orientado sus objetivos en el rendimiento, que sean unos locos del mountain bike, del BMX o del cicloturismo, unos pistards o unos hachas del ciclocross. Todos dominan un vehículo que les puede servir de transporte en la ciudad y en un número muy alto acaban haciéndolo.

martes, 6 de agosto de 2013

La bicicleta ¿vehículo preferente?

Todavía resuenan con estruendo los ecos de la gran conquista lusa en el camino de la normalización de la bicicleta como vehículo de pleno derecho al hacerse con una nueva normativa que así la presente y la defiende. Con naturalidad.

Fruto, sin lugar a dudas, de una sociedad civil organizada, adulta y determinada, cuyos argumentos se apoyan en cuestiones fundamentales: en la necesidad de reconocer a la bicicleta como un vehículo más en la calle, más vulnerable que otros, pero vehículo en definitiva. Sin medias tintas, con pulso firme y evitando las excepciones para buscar la regla. Porque el Gobierno portugués, como está tratando de hacer el español, había propuesto una norma que marginaba extraordinariamente a los ciclistas y los relegaba a meros comparsas en una ordenación vial claramente orientada al automovilista.

Repasando las actuaciones y las campañas de nuestra sociedad civil, representada fundamentalmente por la Coordinadora ConBici por ser la que más asociaciones aglutina, encontramos que su campaña fundamental se ha centrado en la lucha contra la obligatoriedad del casco, dejando pasar cuestiones tan centrales como el modo de circular en la calzada o la permisividad en la circulación por las aceras.

Sin embargo, después de unos cuantos varapalos recibidos de fuera y de dentro de sus filas, ConBici decidió dar un giro, que a sus dirigentes se les antojó como decisivo, para defender la Ciudad 30, esa en las que las calles de un solo carril por dirección estarán limitadas a esa velocidad, curiosamente un poco después de que la DGT hiciera mención a esa posibilidad. Y se vistieron de defensores de la calzada, después de haber estado muchos años emperrados en vender miedo y en que lo mejor para los ciclistas era huir del tráfico y refugiarse en carriles bici (aunque fueran pésimos y obligatorios). De sabios es cambiar de opinión.


Cuando la DGT que estaba en los cielos y cuyo nombre santificaban, porque los sentaba a su mesa para hacerles creer que les escuchaba, decidió mostrar sus garras a nuestros representantes se les ocurrió la idea de plantarle cara y presentarle sus armas en forma de documento, acompañado por este video.



Y es aquí donde la cosa alcanzó toda su amplitud y nos desveló que entendía esta gente como los derechos de los ciclistas. Lo que descubrimos, además de mucha mojigatería, es que las demandas de lo que se autodenomina la voz legítima del colectivo ciclista urbano y cicloturista no recogen más que una serie de excepcionalidades y se olvidan de la cuestión central: el derecho a circular por el viario y el respeto debido cuando lo hagan, además de su obligación de cumplir las normas.

Así nos muestran casos excepcionales como son la circulación contrasentido, la posibilidad de saltarse semáforos de regulación peatonal o la necesidad de circular por "espacios peatonales" y para hacerlo se sirven de una presentación del ciclista cándida, por no decir ñoña. Y luego se amparan en que en otros países más desarrollados, estas excepcionalidades están contempladas y obvian todo lo demás que ocurre en esos mismos países.

Sin embargo, cuando eludimos tratar las cuestiones centrales, las que atañen al derecho inviolable de circular  con naturalidad por el viario, a la necesidad de respetar las distancias de seguridad tanto de circulación como de adelantamiento, a la exigencia de reducir la velocidad de circulación sobre todo en las intersecciones y a observar un respeto escrupuloso a los más vulnerables, empezando por los peatones, todo esto se queda en algo casi estúpido.

El problema, el gran problema en ConBici, que la DGT y cualquiera un poco despierto no ha pasado por alto, es que esta gente no quiere molestar al todopoderoso tráfico motorizado, no quiere cambiar el orden de las cosas y no quiere soliviantar a nuestros gobernantes, porque se conforman con las migajas. Les basta con tener unos pasillos para circular exhibiendo prepotencia, les basta con poder subir sus bicis en el tren, les basta con poder hacer unos cuantos contramanos y con poder utilizar las aceras.

Eso señores y señoras de ConBici, señores y señoras de la Mesa Nacional de la Bicicleta y, sobre todo, señoras y señores en general no son más que tonterías, cuestiones marginales, excepcionales. Lo importante es comprender qué significa que la bicicleta sea un vehículo y qué exige, tanto para sus usuarios como para el resto de los mortales. Si no se respeta eso, se cae, como ha caído ConBici, en trivializar la bicicleta y presentarla como algo extraordinario. Nuestros vecinos los portugueses han comprendido eso y le han visto las orejas al lobo, al mismo lobo que aquí nos amedrenta, y han decidido domesticarlo y priorizar en la construcción de un orden social basado en el respeto y no en el miedo.

Del casco, por cierto, ni mención.

martes, 24 de julio de 2012

Anti-pro-bici

Va otro ejercicio de antiproselitismo. Uno más. Cuando uno ha cumplido tantos años sentado en un sillín, en muchos sillines y ya ha recibido unos cuantos sopapos y ha dado alguno que otro, cuando uno ha andado, ha corrido, ha viajado, ha paseado, ha guiado, ha educado, ha promovido, ha movilizado, ha participado, ha escrito, ha discutido, ha asesorado y ha trabajado tanto sobre la bicicleta, le queda un poso. Una especie de descreimiento de cualquier revolución, de cualquier descubrimiento fantástico, de cualquier poción mágica, un distanciamiento de la emoción alucinante y sobre todo una capacidad para relativizar sobre la bici que le hace aparecer un tanto frío, apático e insolente.

La bicicleta no va a ser la protagonista de ninguna revolución, ni siquiera de la que se pudiera producir en la movilidad urbana. La bicicleta no es buena ni mala, no es nuestro deber y salvación. La bicicleta simplemente es, existe y sirve. La bicicleta es útil porque es práctica y nada más. Y es práctica en la medida en que es flexible, en que es ágil, en que es económica, en que es limpia y en que es un tanto anárquica. Si no, no sirve.


Así pues, basta ya de hacer misiones con la bicicleta como si fuera la salvación de nuestros cuerpos, nuestras almas, nuestras ciudades y nuestro planeta. Basta ya de maximizar algo que en sí mismo no acepta maximalismos porque es humilde, individual, diversa y adaptable. Basta ya de tratar de homogeneizar, pasteurizar y adulterar la circulación ciclista en busca de la procesión de adeptos, porque esto no va a funcionar. Mucho menos en un país, en una sociedad de por sí desordenada, un tanto maleducada y bastante irreverente con todo lo que se diga.

Entonces ¿qué nos queda? ¿Es esto una apostasía de la bicicleta, una renuncia? En absoluto. Nos queda nuestra bici, nuestra ciudad, las personas y nuestra capacidad de entendernos y de adaptarnos a los tiempos. Nada más.

Porque muchas veces, intentando buscar adeptos de forma masiva y a cualquier precio las cosas pueden volverse contra el espíritu mismo que alimentaba la causa.

martes, 3 de julio de 2012

Creyentes, incrédulos, creídos y agnósticos de la bicicleta

Seguimos atravesados en una sociedad y en un momento histórico que nos ha dejado a dos aguas y a dos velas por obra y gracia de un centro de decisión y de poder que se nos escapa a los legos y me temo que también a los doctos. Estamos en la parálisis, en el temor a los mercados, en el avestrucismo más atroz y parece que los asuntos de la bici se han quedado también atrapados en esta especie de esclerosis social, pese a los voluntariosos intentos de algunos que se han autoadjudicado la representatividad del sector, que algo es, aunque sea una pretensión.

En este marco inquietante, mucha gente se dedica a alimentar el miedo como herramienta para hacer valer sus postulados y sus intereses y así tratar de ganar adeptos, temerosos de dios, sea éste el que sea. En lo de la bici, el miedo suele ir asociado, normalmente, a la necesidad de protección fundamentada en el desasosiego que provoca la inseguridad. Son los crédulos. Los que creen en el bien y el mal, en la verdad y en el camino que la virtud les marca. Y predican su descubrimiento. Y no admiten réplica. O estás con ellos o estás equivocado.

Frente a ellos, los incrédulos, tratan de demostrar que el miedo es un interés creado por aquellos que quieren mantenernos atenazados, ordenados, sometidos a sus designios, porque no les interesa lo que hacemos, esto es, andar en bici alegremente sin más.


Y luego están los creídos, los que van sobrados, los que están de vuelta de todo, los arrogantes que no están para pararse a pensar en nada más que en su circunstancia, para hacer ostentación de la misma delante de los suyos. No les hace falta debatir ni rebatir, en una suerte de autocomplacencia obsesiva que les hace despreciar todo lo demás y a todos los demás.

Lejos de estas lógicas se encuentran, nos encontramos, los agnósticos de la bicicleta, es decir, aquellos que sólo somos capaces de "vender" aquello que hemos podido constatar, después de investigar y de experimentar todo lo profundamente que nos dan nuestras meninges y nuestras piernas. Es duro saber que no se sabe nada después de tantos años de interesarnos y de poner nuestras entendederas, nuestros medios y nuestra capacidad de acción para tratar de demostrar que la bicicleta tiene sentido en la ciudad y fuera de ella. Es duro pero a la vez compensa porque evita muchos entuertos y muchas desilusiones.

Para todas aquellas personas que sigan creyendo que esto es una guerra de sectas, un enfrentamiento cruento aunque sea en la dialéctica, sentimos comunicarles que unos cuantos, cada vez más, seguimos emperrados en oponernos radicalmente al alineamiento que algunos proponen en adeptos de las distitas facciones de algo que no sea el desarrollo sostenible de la bicicleta. A los que siguen agarrados a la santa iconografía y a los iconoclastas, suerte en sus cabezazos.

viernes, 27 de abril de 2012

Cicloapocalipsis y ciclogénesis

Llevamos un tiempo acostumbrándonos a capear el temporal, a soportar frentes, uno tras otro, todos en el mismo costado, de intensidades variables, pero todos ellos encaminados a menoscabar nuestra entereza. Y lo único que creen estar consiguiendo es que nos hagamos insensibles a sus embates y, unas veces por conformismo y otras por impotencia, acabemos desistiendo al derecho de expresar nuestro inconformismo. No lo van a conseguir.


En la movilidad ciclista la cosa no difiere mucho de este panorama general. De hecho, las mejores noticias son las que hablan de cómo unificar criterios para controlar el tráfico de bicicletas en las ciudades y para resolver el entuerto que se ha promocionado en las aceras y en los carriles bici.

Es realmente triste que nos alegremos de que, por fin, nos vayan a controlar de acuerdo a un patrón universal, cuando tendríamos que reclamar nuestro espacio perdido y la creciente persecución a que nos vemos sujetos "los de las bicis". Es doblemente penoso que estemos encomendándonos a registrar y matricular nuestras bicicletas con la promesa de que la policia las va a velar contra los ladrones, en vez de exigir que una parte del presupuesto destinado a hacer aparcamientos se destine a habilitar otros para bicis seguros y cómodos. Es miserable que las reivindicaciones de la mayoría de los grupos ciclistas ante el recorte en los "presupuestos bici" se limiten a reclamar más carriles bici, sin criterios de calidad y sin denunciar los ya ejecutados y, lo que es peor, sin considerar el derecho irrenunciable de circular por la calzada.

Son tiempos de tempestades y turbulencias donde la gente sigue sin buscar la calma y sigue creyendo que los tiempos alocados del desarrollismo ilimitado volverán como las oscuras golondrinas.


El problema va a ser que, a lo mejor, este no va a ser un proceso cíclico o que, en cualquier caso, será el inicio de un nuevo ciclo. Un ciclo distinto, un ciclo que vuelva la mirada a las personas, un ciclo se tome las cosas con un poco más de tranquilidad, con un poco más de serenidad, un ciclo que devuelva la cordura y haga las cosas a otra escala. Un ciclo, en definitiva, donde herramientas tan valiosas como las bicicletas cobren un protagonismo porque son fáciles, baratas, respetuosas y amables.

Esperemos que todas estas tormentas sirvan para reverdecer el paisaje y hacerlo más ilusionante.

viernes, 30 de marzo de 2012

Bicicletas: doblemente revolucionarias

Ayer fue día de huelga, día de acción directa en la calle. Lejos de tratar de hacer balance sobre la incidencia de la misma y sobre su trascendencia en el devenir de este país renqueante, yo voy a hablar de bicis. Sí de bicis, para hablar del resto ya están los demás.


Las bicicletas han tenido en esta huelga una presencia especial. En muchas ciudades se han convertido en una herramienta más de reivindicación y en un vehículo especialmente indicado para este tipo de jornadas por su agilidad, por su capacidad de escurrirse en el tráfico y por su rapidez. En la mía también.

El "bicipikete"

De hecho, se había convocado un "bicipikete" sin más siglas y más identidad que esa. La idea: utilizar las bicicletas para colapsar el tráfico en rotondas y accesos estratégicos. La cosa ha resultado divertida y efectiva hasta que la Policía Municipal ha intervenido y ha requisado las bicis a una veintena de "bicipiketeros" que, incrédulos, han visto como el brazo inquebrantable de la movilidad les ha desprovisto de sus vehículos y les han obligado a echar pie a tierra y continuar su jornada andando... y entonando como consigna "Los munipas nos han robao las bicis".

Sirva esta anécdota para dejar constancia de una acción, que siendo pacífica y planteándose de manera casi festiva, ha resultado ser bastante más incisiva de lo que a priori se podía haber sospechado.


Pero es que, además, la bicicleta aporta otro aire y otro estilo a las manifestaciones. Las bicicletas ocupan espacio, se mueven suaves y silenciosas, aportan paz y tranquilidad porque son vulnerables, y además le dan un toque fresco y simpático. Mucho más cuando, algún ocurrente, incorpora música a su montura para, de alguna manera, proponer algo alternativo al "la la la lara lara lara".



miércoles, 22 de febrero de 2012

Los peatones dividen a los ciclistas

Ayer mantuvimos un encuentro representantes de varias entidades relacionadas con la bicicleta de nuestro entorno inmediato para tratar de articular una estrategia común para defender y promocionar el uso de la bicicleta como medio de locomoción cotidiano. Buenas palabras, grandilocuencia, grandes deseos, vaguedades y buen ambiente general. Todo perfecto hasta que tocó hablar del tema clave en el asunto de la movilidad ciclista tal como está configurada hoy en día en esta ciudad, como en tantas a este lado del Bidasoa: los peatones.

La reunión cobró un interés inusitado ya que, mientras para algunos el tema resultaba marginal en un esquema que ya trataba de configurar el trabajo por departamentos como si se tratara de un Gobierno de la Bicicleta o quizá una Embajada de la Bici, para otros el asunto revestía una importancia trascendental porque debería ser la clave del éxito de la propuesta.


¿Por qué los defensores de la bici están enfrentados en sus relaciones con los peatones?

Dejarme que haga una tentativa de explicarlo. Entre la gente que trabaja en la defensa de la bicicleta hay dos visiones.

Por un lado están aquellos que defienden el uso de la bicicleta por encima de todas las cosas, como algo intrínsecamente bueno y, desde esta perspectiva reduccionista, tratan de justificar cualquier medida que favorezca a los usuarios de la bicicleta, independientemente de las consecuencias que dichas medidas conlleven para el resto de los ciudadanos. Para ellos más bicis es bueno y basta y los daños colaterales están comprendidos como parte de una estrategia que es más una cruzada para conseguir adeptos a cualquier precio. Así justifican la invasión de espacios peatonales, la construcción de cualquier cosa que se pueda recoger en el ambiguo contenedor de las facilidades para ciclistas, sean estas carriles bici, pintadas en las aceras, bicicletas públicas o simples aparcabicis.

Y luego hay otros que trabajan por que la bicicleta aporte su granito de arena en la construcción de ciudades más habitables, pero entendiendo, ante todo, que los peatones, que al final somos todos independientemente de los vehículos que utilicemos para nuestros desplazamientos, tienen que ser los verdaderos protagonistas y beneficiarios máximos de cualquier estrategia que trabaje en la gestión del espacio público como algo finito y limitado y donde el objetivo primordial debe ser conseguir que ese espacio público, más comúnmente conocido como calle, vaya ganando carácter relacional, social, de encuentro y de disfrute, en detrimento fundamentalmente de su utilización actual como espacio de circulación y aparcamiento.

Aquí es donde se produce la fractura entre los que maximizan la bicicleta como objetivo central de su misión y esos otros para los que la bicicleta es un medio para conseguir ciudades mejores para todos los ciudadanos. Este matiz es esencial para tratar de entender las actuaciones y las actitudes de unos y otros.


"Cicloevangelistas" contra "cicloprácticos"

Así los que llamaremos los "cicloevangelistas" suelen trabajar sobre la doctrina del miedo, un miedo fundamentalista, un miedo contaminante, un miedo irremediable, principalmente porque trata de ser un miedo conservador. El miedo al coche, al tráfico motorizado como amenaza inequívoca de la integridad de la gente que trata de usar la bici. Un miedo que es incontestable e indiscutible. Un miedo que exige protección. Un miedo que exige separación. Un miedo que segrega, que aisla, que excluye. Vendiendo miedo los "cicloevangelistas" evitan a los coches bajo cualquier concepto y en cualquier condición. Para ellos el calmado del tráfico no es suficiente, la convivencia entre vehículos es imposible, indeseable y más que eso inviable.

Los otros, los "cicloprácticos", lo único que defienden es que la bicicleta es una forma de desplazarse realmente útil en el medio urbano y que aporta beneficios tanto a los que la practican como al resto de la población siempre que esos usos eviten la utilización de otros medios más agresivos, más contaminantes y que consumen más espacio, o sea, los coches. Para ellos la defensa del uso de la bicicleta nunca puede comprometer el bienestar, la comodidad y la seguridad de los peatones. Nunca. Más bien al contrario, la bicicleta tiene que convertirse en una aliada para los caminantes, como un vehículo que haga que el tráfico sea más tranquilo, más amable, más humano, más cercano.

Esta diferencia es la que hace que, partiendo de una premisa común (el uso de la bicicleta), se llegue a planteamientos irreconciliables cuando se habla de las relaciones de los ciclistas con el resto de usuarios de la calle. Porque donde unos sólo ven amenazas otros ven oportunidades, donde unos exigen comprensión al usurpar espacios peatonales otros exigen reconocimiento y respeto de sus derechos de circulación en la calzada. Claro que hay puntos de encuentro, los extremos. Sólo en condiciones de tráfico agresivo, cuando se habla de la infancia, en las cuestas, cuando hablamos de novatos, de personas mayores. Pero, mientras para unos esas condiciones son excepcionales y hay que trabajarlas como tales, para los otros esas son las condiciones que justifican actuaciones generalísticas en todo el ámbito urbano.

El problema es que el paso del tiempo desgasta a unos y fortalece a los otros. Porque unos viven en unas condiciones adversas y los otros simplemente habitan y se relacionan, intentando adaptarse a las condiciones, intentando entenderse e interactuar, sin que esto les haga renunciar a objetivos más ambiciosos e incluso utópicos. Y así cuando se habla de defensa a ultranza de los peatones unos interpretan eso y los otros lo traducen como amenaza inequívoca para la práctica ciclista.

Aquí vamos a tratar de reconciliarnos. Ya os contaré.

martes, 29 de noviembre de 2011

Facciones ciclistas

Estamos presenciando algunos movimientos ejemplarizantes en varios municipios encaminados a intervenir en los inconvenientes que están provocando los de la bici en las aceras (y en general en las ciudades) y devolver las cosas a su sitio, al orden. Tratando de poner en evidencia la intencionalidad en el tratamiento del tema por parte de los medios y lo desorbitado del asunto, me permití la licencia de hacer un artículo en tono irónico al respecto, procurando sacar las cosas de quicio para denunciar la locura de realidad que vivimos. Un artículo más de tantos.

El resultado no ha podido ser más desalentador. He podido comprobar (otra vez) que la cosa es bastante más triste de lo que cabía imaginar. En medio de una situación especialmente delicada como es la actual, en que la masa crítica de ciclistas está en las aceras, habiéndoseles deshabilitado de facto en las calzadas por aclamación popular mediante la fórmula más vieja de la estrategia militar, aquella que dice que si sacas al enemigo de su territorio natural lo harás más vulnerable, ahora, precisamente ahora que la unidad en las filas ciclistas resulta imprescindible, observamos que ocurre todo lo contrario.


Y mientras unos se empeñan en demostrar sus razones a base de trayectoria y dedicación desinteresada, otros se encierran en planteamientos unívocos e indiscutibles. Y las posturas, más que indiscutibles, son innegociables y se vuelven irreconciliables. Ciclistas vehiculares que se consumirán en el fuego eterno si pisan un carril bici, carrilbicistas y cicleatones que morirán fulminados si circulan un trayecto por la calzada, la gente que no se viste para andar en bici, los que para andar en bici se disfrazan, los históricos, los advenedizos, los defensores de la infancia y la senilidad en bici, los aguerridos integristas del cualquiera por cualquier sitio... y los bicikafres, cada uno atrincherado en su compartimento estanco defendiendo su lógica a capa y espada.

Los unos por los otros, la casa sin barrer que diría mi abuela. Este enquistamiento que por la dialéctica parece más un enfrentamiento que otra cosa es la situación más deseable para un hipotético enemigo de los ciclistas que habría logrado sin quererlo una de las condiciones más interesantes en cualquier batalla: tener al enemigo dividido. De hecho, y volviendo a la estrategia militar, con las huestes ciclistas no hace falta perder el tiempo con el divide y vencerás, basta mantenerse en el déjales que se maten entre ellos. Los de Ciudad Ciclista contra los de ConBici, los ciclistas deportivos contra los no deportivos, los del carril bici contra los de la calzada, los infraestructuristas contra los educacionales, los del alleycat contra los de la bicicrítica, los listos contra los legalistas... y así hasta el aburrimiento.

Creo que ya va siendo hora de superar viejas rencillas, olvidar desencuentros, ceder posiciones, aborrecer pandillismos, bajarse de poltronas y renunciar a enroques históricos, para replantear estrategias e identificar nuevos retos, dejando de lado personalismos infantiles. Sé que es una pretensión, pero creo que ya va siendo hora de unir fuerzas para tratar de conseguir un consenso mínimo entre los que estamos en esto de que la bicicleta en la ciudad tenga sus oportunidades. Porque el mira ese, el ya te dije o el piensa mal y acertarás no nos van a llevar a ninguna parte y sólo van a generar un mayor enconamiento, más desilusión y mayor impotencia.

Para ello van a hacer falta buenas dosis de entendimiento, respeto, dignidad y sentido del humor, mucho sentido del humor, que ahora mismo es lo que más se echa en falta en la arena ciclista.



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lunes, 14 de marzo de 2011

No basta con reaccionar

Estamos tan acostumbrados a sufrir los designios de nuestros dirigentes, que hemos acabado creyendo que lo único que nos queda por hacer es quejarnos. Triste situación a la que nos hemos ido haciendo desde hace ya más de 70 años. Con un bagaje tan pesado y tan desalentador, cualquiera diría que ya sólo el hecho de reaccionar es de por sí meritorio. En una sociedad que no ha recobrado la parálisis a la que se le sumió en el periodo más oscuro por el que puede pasar, una dictadura, y que no ha sabido o no ha querido reactivar una democracia representativa todavía precaria e interesada, el derecho a la pataleta es lo único que se nos ocurre para combatir lo que no nos gusta. Eso o morir en el intento.


Mural anarquista en la Villa Los Héroes (Maipú, Chile) por Jocker World

El contestatarismo, como cualquier modo de reaccionarismo, sólo responde a los impulsos que generan otros. No tiene iniciativas propias. Es por eso que resulta imprescindible creer que hay otra forma de hacer las cosas, sin contar con los que rigen los designios de nuestra sociedad, sin esperar a que ellos lo hagan, sin tratar de convencerles. No hablo de anarquismo. No. Es algo más sencillo, más posible, más inmediato.

Proponer, ese es el reto

Activismo más que reactivismo. La capacidad de generar iniciativas. Nada más... y nada menos. Innovadoras, útiles, participativas y participadas. Autogestionadas. Más aún. Que generen beneficios para hacer nuevas propuestas. Ese es el verdadero reto. Organizados, remunerando a los que trabajen, cobrando un precio justo por los servicios, atendiendo a las demandas, creando movimiento. Es fácil decirlo, pero es algo más difícil hacerlo.

Ciudadanos responsables

Pensar que habitamos un entorno sobre el que no podemos, o peor, no tenemos derecho de intervenir es realmente triste. Creer que estamos incapacitados para hacerlo lo es aún más. Nos han hecho pensar que la única manera válida de participar es votar y contribuir. Esto es a todas luces insuficiente y produce no sólo el desaliento ante la injusticia que esos mismos a los que votamos y que gestionan nuestras contribuciones muchas veces generan, sino una especie de inutilidad para proponer otras cosas, por pequeñas que estas sean.

Está claro que, en democracia, la capacidad de reacción es necesaria, la crítica constructiva y destructiva, la movilización, porque hay proyectos y actitudes que sólo pueden ser propuestos desde los gobiernos y por los gobiernos, ya sean estos municipales, regionales, estatales o interestatales. Lo preocupante es que, en una sociedad con más de 35 años de presunta democracia, la capacidad de generar proyectos desde la iniciativa social más o menos organizada, haya caído de una manera tan preocupante. Y que los gobiernos no sólo no hayan hecho nada para evitarlo, sino que muchas veces han colaborado en esta desactivación social, para preservar su poder.

Mi casa, mi curro, mis cervezas, mis viajes, mis colegas, mis compras...

... mis bicicletas, no dejan de ser una forma egoísta de celebrar la privacidad y la privación a la que nos han sometido toda una serie de intereses en cuya creación hemos ido participando más o menos conscientemente. No vale quejarse de ello cuando deja de funcionar, si no somos capaces de crear nuestras propias alternativas personales, colectivas, sociales.
No podemos ser víctimas de nuestras propias vidas, ni de los designios de los demás. No podemos esperar a que los hechos consumados demuestren que nuestra impotencia, además, se puede revelar peligrosa para nosotros mismos.

Los últimos acontecimientos

En las últimas semanas, nos ha tocado presenciar, atónitos, una serie de acontecimientos fruto de la incapacidad, la misma que nos deja parados, de resolver los problemas de seguridad, percibida o real, de nuestros ciclistas. Una mujer muerta por una suerte de infortunio y de temeridad constructiva de nuestros responsables y un hombre herido grave. Ambos al interactuar con automóviles, ambos en situaciones de peligrosidad inconsciente, ambos en lugares en los que se podía haber hecho algo pero no se quiso hacer, ambos por desgracia previsibles. Esto es lo lamentable. Esto y que la mayoría de la gente se encoja de hombros y se consuele en que, al menos esta vez, no les haya salpicado. Terrorífico.


Concentración en el lugar donde murió Trinidad Remírez, contra el carril bici. (Diario de Noticias)

Contestamos, pero no podemos esperar que alguien que ha demostrado durante años por activa o por pasiva que le importamos un pimiento vaya a darse cuenta por arte de magia de lo contrario y vaya a acertar con las soluciones, siguiendo su lógica de megaestructuras y marketing orientado a la rentabilidad política.

Como decía Valencia en Bici en su nota de ayer, El Valenbisi (las bicis públicas de Valencia) y algún carril bici más no son suficientes para resolver el problema de la movilidad ciclista y menos para resolver el problema de la movilidad en general.

No hay que montar barricadas, hay que montar ciudades que escuchen a sus ciudadanos, barrios participados, manzanas conscientes, casas de la bicicleta... y cafés ciclistas, entre otras cosas.

jueves, 3 de marzo de 2011

El poder de la inercia... que nos mueve

Me acuerdo cuando todavía era un chaval inquieto, que creía que se podía cambiar el mundo y que además estaba en mi mano hacerlo porque me sentía poderoso ¡pobre infeliz!. Hoy me ha venido de repente un fogonazo de aquellos años locos de asociacionismo intensivo, voluntariado implicador y activismo feroz. No sé bien por qué, pero he tenido una extraña sensación de nostalgia malsana mezclada con un poco de tristeza rancia. Debe ser este tiempo frío que me tiene bastante recluído y que me hace mirar el retrovisor de la vida para comprobar, una vez más, qué camino me ha traído hasta donde he llegado.

En medio de ese sentimiento agridulce, me ha venido a la mente un viejo libro que me ayudó a entender mi forma de ver las cosas: "El Pensamiento Lateral" de Edward De Bono. Este iluminado de la inteligencia creativa, describía este mecanismo mental como la capacidad mediante la cual algunas personas pueden llegar a abstraerse de las lógicas imperantes que canalizan las corrientes de pensamiento establecido y pueden ver el movimiento desde fuera para atacarlo de manera lateral. Un método muy eficaz para detectar vicios adquiridos, trayectorias erróneas o erráticas o para resolver problemas enquistados.

A modo de resumen dice:
El pensamiento tiene como objetivo la acumulación de información y su desarrollo en la forma más favorable posible. La mente se caracteriza por la creación de modelos fijos de conceptos, lo que limita las posibilidades de uso de la nueva información disponible, a menos que se disponga de algún medio de reestructurar los modelos ya existentes, actualizándolos objetivamente con los nuevos datos.
El pensamiento tradicional permite refinar los modelos y comprobar su validez, pero para conseguir un uso óptimo de la nueva información hemos de crear nuevos modelos, escapando de la influencia monopolizadora de los ya existentes.
La función del pensamiento lógico es el inicio y desarrollo de modelos de conceptos. La función del pensamiento lateral es la reestructuración (perspicacia) de esos modelos y la creación de otros nuevos (creatividad). El pensamiento lógico y el pensamiento lateral son complementarios.

A mi me sirve de recordatorio cada vez que noto el peso del momento inercial que toman algunas tendencias, que las hace pesadas, difícilmente reconducibles y peligrosamente irrefrenables.


No me quiero poner muy Punset. No es mi estilo. Pero estos días de autorreclusión invitan a contemplar el curso de los acontecimientos y redefinir posicionamientos y estrategias.

En el tema de la bicicleta, que es lo que me impulsa, se puede observar que esa masa inercial está alimentada de carriles bici, bicicletas públicas, normativas revisadas, agravio peatonal y asociacionismo rebañista. Algo invita a apartarse de la riada y tratar de buscar nuevas perspectivas para evitar que la corriente arrastre demasiado y los daños sean irreparables.

Otro enfoque

Creo que ya va siendo hora de replantear el asunto, de hacerlo más social, más cercano, más directo. Sin intermediarios, sin tantos poderes establecidos a distintos niveles sociales (económico, político, asociativo) que defienden sus intereses más que los de aquellos que les ayudaron a encumbrarse donde están.

Hay que reorientar todo el esquema de la movilidad, dejar de centralizar la atención en el coche y no tratar de repetir los mismos errores que nos han llevado hasta el día de hoy, en este caso intentando fomentar la bicicleta a cualquier precio y volviendo a arrinconar al peatón, como si se pudiera hacer, como si no se hubiera hecho antes. Hay que volver a pensar en la ciudad deseada más que en la ciudad heredada y trabajar por conseguirla. Hay que contar con las personas, para saber qué quieren y cómo lo harían.

Y para ello hay que valerse también de las oportunidades que nos da la bicicleta, pero sin tanto artilugio, sin tanto aparato, sin tanto artificio, sin tanto arquitecto, sin tanto armamento. Ya casi no nos acordamos de que la principal virtud de la bicicleta era su sencillez, porque nos hemos dejado llevar por toda esta marea de inventos y apaños, que nos tienen cegados en planteamientos masificadores que la han complicado innecesariamente. Ahora creemos que la bicicleta es un transporte público, que necesita un viario dedicado y un nuevo ordenamiento normativo, que funciona con billete con tarifa integrada, que necesita de grandes operaciones de marketing porque tiene que ser de uso mayoritario, aunque sea a costa de dejar de andar a pie, y que si todo esto no se produce habremos fracasado. Creo que estamos muy desorientados. Nos hemos dejado llevar por una euforia colectiva que nos va empujando hacia lugares donde no habíamos pensado siquiera que quisieramos estar, pero que nos parecen lógicos. Es así. Se puede cambiar.

Bueno, ya lo he dicho. Ahora me siento un poco mejor. Gracias.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Vamos a contar... bicicletas

Que la estadística es una ciencia tan inexacta como interpretable es algo conocido de largo, pero ¿por qué seguimos insistiendo entonces en buscar datos agregados de difícil verificación para demostrar que algo es un éxito? Pues, sencillamente, porque sólo se mide el éxito.

Ya se ha tratado en este mismo blog varias veces el tema de las estadísticas sospechosas relativas a asuntos tan concretos y tan medibles como las bicicletas públicas, cuyos datos se tergiversan para engrandecer su éxito de manera incontestable. Y así se presentan datos tan difusos como usuarios dados de alta o viajes registrados en períodos de tiempo lo suficientemente amplios para que sean espectaculares. Y se esconden las cifras relativas a costes, procedencia de los usuarios, etc.


Contador de bicicletas en Copenhage (cortesía de Momentum Planet)

Se ha hecho famoso el cambio en el sistema de medición del nivel de contaminación en algunas ciudades para acercarlo más a los niveles aceptables, simplemente cambiando la localización de las estaciones. Hablando de bicis, un error muy extendido es tratar de demostrar el nivel de ciclabilidad de una ciudad contabilizando los kilómetros de "carril bici", sean lo que sean y sirvan o no sirvan, porque ya se sabe que en esto de las vías ciclistas todo vale. Sobre todo el número. Lo mismo pasa con los aparcabicis. Pero incluso contando ciclistas, detectábamos también en un artículo anterior que la forma de presentar los datos proporcionales de la evolución del uso de la bici en Sevilla tenía su truco y curiosamente multiplicaba el incremento diferencial por 4. Casi nada.

¿Un millón de ciclistas más?

Conocido el vicio estadístico, hoy estamos preocupados por el objetivo de 1.000.000 de ciclistas más que se han marcado tanto en ConBici como en la DGT, unos para 2015 y los segundos para 2020. Y no precisamente en cómo lo van a medir, que también, lo verdaderamente preocupante, además de que estos datos sean mínimamente fiables que, total, nadie se va a preocupar en comprobar, es: ¿para qué va a servir este incremento increible de ciclistas? ¿Va a significar que más gente va a abandonar el coche para ir en bici? ¿Va a significar que nuestras ciudades van a ser más agradables, más tranquilas, más seguras, más sanas?


Pues no necesariamente. Para empezar porque la medición puede estar amañada y ser tan poco fiable como las que muchos ayuntamientos pueden hacer para valorizar sus carriles bici que tantos millones les han costado y así busquen datos que argumenten la demanda latente, la necesidad cubierta y el éxito sin precedentes. Es bien fácil. Se busca una calle donde transiten pocos ciclistas, se habilita una infraestructura y luego se vuelve a medir. Seguro que hay más. Y eso se extrapola a toda la ciudad. El dato será abrumador. Imaginemos esto con la desviación agregada de todo un país. Inestimable.

Pero si no sólo se miden los datos de ciclistas en las "calles habilitadas" para ellos sino que se contrasta con qué ha pasado también en las "otras calles", las normales, los datos serán más realistas. Pero ¿quién va a hacer este trabajo infame para que la cifra empeore? ¿Para qué? ¿Cómo?

¿Más bicis = menos coches?

Si además de contar bicicletas, se mide también cómo varían las proporciones agregadas de los distintos medios de transporte, podremos observar si, efectivamente, estos miles, millones de nuevos ciclistas (que no dudo que se puedan argumentar) han sido capaces de restar automovilistas o simplemente han servido para aumentar la presencia de bicicletas en la calle. Otras veces se ha medido y se ha descubierto que ha sido así.

Gráfico cortesía de Alfonso Sanz
Esto no va a preocupar a nadie. Y sin embargo debería. Porque si hacemos grandes esfuerzos colectivos, y nos gastamos grandes cantidades de dinero con el trabajo denodado de mucha gente, pero condenando otras posibilidades por haber elegido esta estrategia y, al final, no sirve para cambiar el estado general de las cosas ¿qué habremos conseguido?

Que más gente ande en bici, en sí mismo, no es mejor que que más gente camine a pie, pero que más gente ande en bici a costa de que menos gente ande a pie ya empieza a ser dudoso. Lo verdaderamente fabuloso sería que estos ciclistas y estos peatones estuvieran dejando de utilizar el coche para realizar ese mismo desplazamiento. Si no, sólo tendremos a más gente haciendo ejercicio, que, sin duda, aportará un beneficio social. Pero no habremos conseguido mejorar el problema de la movilidad, difícilmente habremos recuperado espacios para ser disfrutados porque los seguiremos necesitando para que los coches circulen y aparquen, no habremos reducido de una manera apreciable la contaminación urbana, porque no habremos conseguido reducir el uso del coche en la ciudad. Eso es lo que debería preocuparnos, más que seguir contando bicicletas de una manera más o menos fiable, más o menos agregada y más o menos alegre.


La cosa es que aquí estamos ya demasiado acostumbrados a impactar con cifras de la misma manera que nos impactan las cifras que otros nos ofrecen. Es lo nuestro, quedarnos extasiados, felices, mirando lo que nos parece una inspiradora nube sin darnos cuenta de que es el humo del fuego que nos está devastando.

Se pueden hacer las cosas con una mirada un poco más profunda sin que ésta deje de ser incisiva, ambiciosa e igualmente atractiva.



No es tan sencillo, aunque también es posible.

jueves, 27 de enero de 2011

Criticar la "Masa Crítica"

Masa Crítica (Wikipedia): 
"La Masa Crítica es una celebración ciclista que tiene lugar todos los meses en numerosas ciudades del mundo. Su finalidad es reivindicar una mayor presencia de las bicicletas en las ciudades para reducir las molestias que causa el tráfico motorizado: ruido, contaminación, atascos, inseguridad... La denominación proviene del concepto sociológico homónimo, que hace referencia al número de individuos involucrados en un fenómeno a partir del cual éste adquiere una dinámica propia que le permite sostenerse y crecer por sí mismo."

Parece descabellado cuestionar un acto tan, a priori, intrínsecamente favorable a la bicicleta. Un grupo de personas se reúne de manera voluntaria un día cada mes para reivindicar mayor presencia de la bicicleta en la ciudad. Es una manifestación. ¿Qué tiene de malo? Nada, claro. ¿Y qué tiene de bueno? Nada, tampoco. Ese es el problema.

Muchas veces creemos que por el mero hecho de juntarnos nuestras tesis cobran más relevancia y nuestros deseos se hacen más alcanzables. Y sin embargo, seguimos sin conseguirlos. Porque no hacemos nada. Nada más que juntarnos. Sin objetivos. Sin más. Juntarse una vez al mes no es fácil, pero el mérito se queda en eso si tan sólo se consigue un pelotón por unas horas... o por una hora.

Ocupar la calle arropados por el anonimato de un grupo durante unos segundos puede ser emocionante, pero no va más allá. No sirve para conseguir nada para las personas que se desplazan en bicicleta en una ciudad. Nada. No se consigue más seguridad, no se consigue más visibilidad, no se consigue más crédito, no se consigue cambiar nada...


Bueno, algo sí. Puede cambiar la percepción que muchos ciudadanos tienen de los que andan en bici como un "colectivo", una minoría crítica, inconformista e irreverente, después de presenciar el paso de uno de esos grupos.

El problema es que las "masas críticas ciclistas" como manifestaciones no consiguen ser un fenómeno a partir del cual éste adquiere una dinámica propia que le permite sostenerse y crecer por sí mismo porque, simplemente, no generan dinámicas propias. Son puras ilusiones colectivas, puntuales y momentáneas.

Lo que hace falta es actuar todos los días. Todos y cada uno. La presencia se demuestra estando, circulando. De manera anónima. Pasando una y otra vez, un día y otro. Con dignidad, reclamando el espacio y el derecho en cada viaje, en cada trayecto, en cada tramo. En cada calle, en cada cruce, en cada semáforo. Y, por supuesto, hay que actuar de manera colectiva, organizada. Para promover nuevas iniciativas que se sostengan y crezcan porque responden a las necesidades y a las demandas de las personas que andan en bicicleta.

Así pues, basta ya de "ir a misa" una vez al mes para calmar nuestras conciencias y cantar las alabanzas de la diosa bicicleta, porque la virtud se hace día a día, viaje a viaje, actividad a actividad, curso a curso, taller a taller, servicio a servicio, programa a programa, propuesta a propuesta.