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lunes, 10 de noviembre de 2014

Sostener la movilidad insoportable

Algunos habíamos vaticinado que esto de la recesión podía haber servido para replantear los postulados sobre los que se sostiene un sistema que ha demostrado no ser sostenible y proponer nuevos retos, pero parece que mucha gente sigue creyendo que esto sólo va a consistir en aguantar la tormenta y volver a empezar.

Está claro que esto de la crisis no va a servir para cuestionar los principios de lo que ha acabado tan mal y no tiene visos de cambiar. Nadie se atreve a plantear en serio otros supuestos distintos a los que nos han traído hasta aquí, porque nadie se atreve a dejar a tanta gente fuera de juego. Así, seguimos haciendo cosas bonitas para la galería y cosas feas en galeras, donde se cuece lo que luego tenemos que comernos y, por lo visto, seguimos dispuestos a tragar mucha más porquería que la que estamos dispuestos a reconocer, colaborando de esta manera en su perpetuación.

La movilidad es una de esas cuestiones incuestionables que nos está llevando a un punto sin retorno y que, de puro reincidente, se nos va a hacer tan obvio como imposible de ver. Si seguimos fomentando la movilidad motorizada, seguiremos sufriendo sus consecuencias hasta una situación desde la que retornar cada vez se va a hacer más complicado a pesar de que sea cada vez más urgente hacerlo. De nada servirán medidas marginales de potenciación de la bicicleta o de las zonas peatonales si se sigue manteniendo la mayor.


Lo de los coches y el transporte "barato" no tiene solución, por más que nos empeñemos en sostenerlo. No la tiene aunque los paises desarrollados sigan firmando aplazamientos en el cumplimiento de las emisiones que están ahogando el planeta. No tiene solución pese a que mucha gente haya sido conminada a depender de ellos al aceptar la deslocalización de la vivienda, del trabajo, de las actividades comerciales y del ocio y estar obligados a comprar "barato" producto globalizado, intensivo en transporte.

Parece que no podamos reconocerlo o que no queramos hacerlo porque hemos sido nosotros mismos los que lo hemos fomentado, más o menos alegremente, más o menos inconscientemente, pero esto no puede ser.

Podremos aducir cualquier argumento dilatorio, podremos augurar promesas de recuperación, podremos vender soluciones tecnológicas pero a esto no le vamos a dar la vuelta hasta que no seamos capaces de reinventar nuestro mundo inmediato en términos de proximidad.

El problema hasta entonces será que estaremos renunciando a unos lugares para vivir más humanos, más interesantes, más sociales, más divertidos, más seguros y más baratos. Y seguiremos pagando el precio de todo ello no sólo en contaminación, ruido y espacio, sino en subsidiarización del gasto en infraestructuras (autopistas, aparcamientos con sus mantenimientos) o en costes sanitarios (salud, accidentes). Pero somos así, nos gusta lacerarnos con nuestras propias miserias.

lunes, 13 de octubre de 2014

Esto no va de coche sí, coche no

Mucha gente sigue enquistada con el tema de que la concepción de las ciudades como espacios habitables y de futuro sostenible contraiga un compromiso directo con la desincentivación del automovilismo compulsivo y abusivo, y lo interpretan como una guerra contra el coche, contra su concepto, contra su industria, contra su sola posesión. Y se ponen muy nerviosos al respecto, diciendo que disuadiendo a la gente de usar sus coches nos vamos a cargar uno de los motores de nuestra economía. Y eso no es así. O al menos no es así de simple.

Ahora mismo, en medio del debate sobre la conservación del bienestar social y económico conquistado a duras penas en las últimas décadas, estamos viviendo en ciudades insanas. Insanas porque la calidad del aire no es buena, insanas porque las calles se han cedido para la circulación y el aparcamiento en vez de para el disfrute de los vecinos, insanas porque cada vez nos hacemos más sedentarios, insanas porque la violencia se ha apoderado de las relaciones personales. La violencia y el miedo que nos atenazan y nos impiden disfrutar de la convivencia de otra manera y que nos han hecho desconfiar de la calle.

Para llegar a todo este escenario, la forma de vivir y de desplazarnos que hemos adquirido han jugado un papel determinante. Hemos querido vivir separados, aceptando tener que desplazarnos a la mayoría de nuestros destinos habituales en coche y hemos creído que en eso consistía nuestro progreso y nuestro bienestar, aceptando el precio de buen gusto y con orgullo, cuando no con ostentación.

El problema es que nuestra apuesta nos está condenando y, lo peor de todo, está condenando a nuestros menores a ser dependientes de esos viajes que sólo pueden afrontarse decentemente en coche y hemos renunciado a formas de vivir más sencillas y más amables, además de más baratas y menos necesitadas de espacios y de prioridades. Pero como nos hemos hecho tan indolentes y estamos entrampados hasta el cuello, miramos hacia otro lado como si la cosa no fuera con nosotros.

Va de mejores ciudades

Es sobre esto sobre lo que deberíamos estar reflexionando y debatiendo y no de si el coche es bueno o malo o hay que exterminarlo de la faz de la tierra. Está claro que el coche aporta una serie de utilidades incontestables para determinados usos: para cargar pesos o para desplazarse fuera de las ciudades de manera discrecional, por ejemplo. Eso es incuestionable y, a día de hoy, insustituible. Lo que nos debemos cuestionar es cómo podríamos dejar de utilizar el coche en los trayectos urbanos y cómo podríamos rehabitar los centros urbanos. Nada más y nada menos.

Es desde esa perspectiva y sólo desde esa desde la que podemos trabajar para proyectar las ciudades del futuro para que ese futuro sea mejor para todos. Lo demás son guerras y las guerras siempre son maniqueas, responden a intereses maximalistas y buscan más el enfrentamiento que la conciliación. Que muchas ciudades europeas se estén planteando eliminar los desplazamientos en coche en sus núcleos urbanos nos tendría que hacer pensar. Que algunas de ellas pertenezcan al mayor centro de poder y producción automovilística europea nos tendría que hacer sospechar de las tesis simplistas que tratan de asociar la desincentivación del uso del coche con la destrucción de la economía.

lunes, 21 de enero de 2013

El gran pufo de las autovías

Somos el país de las infraestructuras megalíticas para los coches. En la ciudad y fuera de ella, esto está pensado y desarrollado para los coches. Pero la cosa se ha ido de las manos desde hace ya unos cuantos años y parece que nadie acaba de poner el grito en el cielo. No sé. Igual se nos pasa el enfado cuando llegamos antes a nuestro pueblo, a nuestra montaña o a nuestro curro. Quién sabe.

Lo que pasa es que en esto, como en tantas otras cosas, nadie se ha preocupado en saber cómo funciona realmente, cuánto cuesta, cómo se paga y quién se enriquece con ello. Igual porque nadie se ha preocupado tampoco en explicarlo. Igual porque es tan grave que es mejor que el vulgo lo disfrute... y lo pague.

Un ejemplo sangrante se recoge en el periódico regional opositor de la región donde vivo: la Autovía del Camino es una de esas obras desproporcionadas realizadas en los años de la depredación del suelo, del derroche del dinero público y del fasto descomunal.

El Supercamino

Una obra de apenas 70 kilómetros que costó 334 millones de euros, sólo un 11% más de lo presupuestado, pero que se decidió fin
anciar con la perversa fórmula del "peaje a la sombra". Perversa sobre todo cuando está mal calculada. Según este método la Administración firma una concesión con un grupo de inversores gracias al cual se ahorra los fastuosos desembolsos que exige una infraestructura de estas características a cambio de pagar, una vez construída, por cada kilómetro recorrido por cada vehículo que utilice la vía.


Si el cálculo hubiera estado bien hecho, el precio por kilómetro sería justo y el sistema de financiación razonable. El problema viene cuando el cálculo de usos se hace a la baja y el precio se infla. Entonces llega el beneficio, y con él la sospecha. Sobre todo cuando no se cumplen las expectativas oficiales y la autovía es un éxito y se usa mucho más que lo que se creía y el beneficio se dispara.

Pues resulta que la citada autovía cuenta con estos ingredientes y el gobierno regional, como todos los gobiernos regionales en estos momentos, está pagando el pato, y lo está pagando además, no a la concesionaria original (mezcla de caja de ahorros, gran holding constructor y pequeña amalgama de constructores locales) sino a un grupo inversor filial ni más ni menos que del Deutsche Bank que, enterado de la rentabilidad exorbitante que ofrecía, decidió hacerse con el 80% del negocio.

¿Cómo vamos a sufragar esto? 

En nuestro triste caso a razón de 5,82 por cada vehículo ligero que recorra los 72 kilómetros o de 7,84 euros por cada vehículo pesado hasta 2032. Y eso que la crisis, la bendita crisis está haciendo que el tráfico disminuya, también en esta vía y que se haya paralizado la expansión inmobiliaria que genera, a modo de racimo, cualquiera de estas grandes infraestructuras de alta capacidad y alta velocidad a su alrededor.

¿Quién va a parar todo esto? Desde luego este no parece el Camino. El Camino de la austeridad, de la humildad, de la solidaridad, aunque algo conserva del espíritu del Camino: la penitencia.

domingo, 20 de enero de 2013

Amaxofobia, la oportunidad

El telediario oficial ha recogido en su sesión de noche una noticia de esas que no se sabe bien con qué criterio se incluyen en el sumario, pero que te caen así, como minirreportaje de fondo, con testimonios incluídos. La amaxofobia o miedo a conducir ha sido la que se ha injertado hoy entre desgracia y desgracia.

La amaxofobia es como se denomina la patología que recoge el miedo a conducir en forma de crisis ansiedad. Razonable pensarán algunos, marginal opinarán otros, deleznable seguro que habrá algunos que defiendan. El caso es que la noticia presenta esta afección como algo mucho más común de lo que muchos sospechamos. Dicen que la amaxofobia la sufren, en sus distintos niveles de agudeza, uno de cada tres conductores.


Una de cada tres personas que conducen sufren esta dolencia y no se recogen todos los casos de miedo a la conducción. Terrible, terrorífico. ¡Y aún nos siguen vendiendo la experiencia de conducir como una experiencia incomparabla! ¡Pues vaya si lo es! Y, sin embargo, continúan sin querer desmantelar toda la lógica de la motorizzación, de la deslocalización, de la dispersión, de la zonificación y la alegría de la hipermovilidad porque creen que sigue representando el fundamento de esta maltrecha economía que hace aguas por los cuatro costados.

Y no sólo eso. Todavía sigue habiendo intrépidos irresponsables que siguen comerciando con el miedo de los ciclistas y el que tienen que tener los peatones como se les ocurra compartir el espacio, su espacio, el espacio de todos con esos que lo hacen desde detrás de un volante y a golpe de acelerador.

Es el miedo a conducir lo que hay que seguir fomentando y alimentando. No precisamente la citada amaxofobia, que no deja de ser una desgracia personal, sino más bien el miedo hacia una práctica que nos cuesta mucho a todos y que debería estar desaconsejado. Como fumar, como molestar a tus vecinos, como amenazar a los demás. El miedo nunca es bueno, porque es irracional, pero sí lo es la sensación de alerta y angustia por la presencia de un peligro o mal, sea real o imaginario.

Tenemos suerte, más del 85% de las personas que sufren esta fobia son mujeres y son ellas las que van a cambiar este mundo.

martes, 11 de diciembre de 2012

¿Quién se ha comido la ciudad?

Ha sido "la criatura de las cuatro ruedas", ese monstruo de apetito insaciable y de exigencias ilimitadas. Nos ha dejado sin espacio público, nos ha robado la tranquilidad de las calles y nos ha sometido a su tiranía. Por eso yo ando en bici.

Así nos lo explica magistralmente Temujin Doran en este denso video, en el que, en apenas 3 minutos, es capaz de desgranar, acompañando de unas cuantas secuencias sugerentes, la deriva en que nos hallamos inmersos merced al desarrollo de la automoción en nuestras vidas y en nuestros entornos. Esencial.

sábado, 8 de diciembre de 2012

La cuenta de la vieja... bicicleta

Mucho se habla, en este complicado discurso de la sostenibilidad, de los costes asociados al uso masivo del coche para los desplazamientos habituales. Se cruzan cuentas de los daños ambientales, del incremento de problemas de salud, de los costes asignables al tiempo improductivo de los colapsos de tráfico, de los asociados a la explotación y consumo de los combustibles, de la economía global y de escala que fomenta la deslocalización y el transporte intensivo, de todo lo que cuesta la construcción y el mantenimiento de toda la red viaria... y nos olvidamos de la cuenta de la vieja.

Es la cuenta de la vieja la importante, porque es la que nos hacemos todos y cada uno en nuestras casas, mal que bien, y sobre la que podemos tomar decisiones nosotros. Y es esa cuenta la que canta, o cantaría si nos la hiciéramos. Pero no la hacemos, porque, de la misma manera que hemos interiorizado hasta obviarlos aspectos tan centrales como el espacio y el tiempo, como hemos visto en artículos precedentes, el dinero, el adorado dinero también se relativiza si de lo que estamos hablando es de nuestro querido e irreemplazable coche.

¿Quién sabe cuánto cuesta mantener un coche?

Muy poca gente. La gente trata de ignorarlo para seguir sufragando uno de los grandes vicios de nuestra civilización, mientras se lo pueda permitir. La realidad sin embargo nos enseña que la cuenta del coche es, en la mayoría de los hogares de este mundo desarrollado, una de las más importantes en las economías domésticas.

Si sumamos el coste de reposición, los gastos de mantenimiento, las cuotas de aparcamiento, los impuestos y tasas, los seguros, el consumo de combustible y una partida para imprevistos (roces, averías y pequeños desperfectos, multas, etc.), hablando de un coche utilitario medio, ese que casi no se ve en nuestras carreteras, la cuenta nunca es inferior a los 300 euros al mes. Más de 3.000 euros al año.

Fuente: Microinspire

¿Y cuánto cuesta mantener una bici?

Teniendo en cuenta los mismos conceptos y contando con que la mayoría de los usuarios de la bicicleta, actualmente y por desgracia, no suelen ocuparse del mantenimiento y  reparaciones de sus bicicletas, una bicicleta utilitaria media puede salir a unos 20 euros al mes, contemplando que se puede llegar a pagar algo por aparcarla, cosa que no suele ser habitual.

De acuerdo con estas cifras y teniendo en cuenta que, en muchos casos, las distancias no representan ningún inconveniente y el ahorro en tiempo puede ser importante, la decisión parecería sencilla.

Entonces ¿por qué tan pocas personas son capaces de prescindir de sus coches en sus trayectos diarios?

Habría que asociar esta cuestión al síndrome de dependencia del automóvil en el que se encuentra sumida nuestra sociedad, que ha civilizado a sus gentes y ha urbanizado sus asentamientos contando siempre con el coche, hasta tal punto, que ha hecho la cosa prácticamente irreversible e innegociable.

Cuando todo se ha organizado a tu alrededor para que tu casa, tu trabajo, tu centro comercial, tu polideportivo, el colegio de tus hijos, sus actividades y tu ocio se encuentran disociados y distantes de tal manera que no puede accederse a ellos prácticamente más que en coche, entonces tu economìa tiene que estar dispuesta a asumir la cuenta que ello conlleva y lo mejor que puedes hacer es asumirlo y no recriminártelo.

Así no resulta tan extraño que la gente haya interiorizado estas cifras astronómicas e incluso se hayan provisto de más de un automóvil por familia, multiplicando dicho coste por mantener un estilo de vida y un bienestar que se disfruta con orgullo, cuando no con cierta ostentación.

¿Qué harías con 3.000 euros más al año?

Es difícil darle la vuelta a todo este tinglado, porque se ha potenciado con absoluta determinación, sin escatimar medios y sin tener en cuenta las consecuencias de todo ello. Y eso es algo que de una manera definitiva va a condenarnos durante unos cuantos años, porque habremos comprometido demasiados presupuestos públicos y privados a mantener todo este cotarro.


Sin embargo puede resultar útil recordar esta cuenta, sobre todo en los tiempos que corren donde habrá que sopesar cualquier esfuerzo económico. De hecho, parece que mucha gente ya se ha empezado a dar cuenta de ello, porque los desplazamientos masivos se están reduciendo de una manera significativa. Es de suponer entonces que, conocer lo que se está ahorrando cada familia por kilómetro no recorrido pueda servir para aliviar el síndrome de abstinencia del coche. Ayudaría mucho, por ejemplo, saber que puedes ahorrar 2.800 euros al año cambiando tus hábitos de transporte.

Teniendo en cuenta estas cifras ¿por qué no permitirse el lujo de utilizar bicicletas en condiciones que cuenten con aparcamientos seguros en condiciones aunque haya que pagar algo más por ello?

En fin, seguiremos insistiendo. Mientras tanto que cada uno repase sus cuentas y las saque en la sobremesa si tiene agallas.

Fuente: Cedex

sábado, 3 de noviembre de 2012

Cuelga el coche

Hay menos coches. Es un hecho constatado. Hay menos tráfico. Bastante menos del que quieren reconocer los responsables de la gestión del mismo. Hay más gente parada y hay más gente que se mueve de otra manera, y eso ha dado como resultado un descenso en la utilización del coche. Eso y que los gastos de mantener y mover un automóvil se han puesto por las nubes y que cada vez hay más gente que no puede o no quiere permitírselo.

La noticia de esta semana va más allá. Ahora a la gente le ha dado por inutilizar su coche mediante el método de darlo de baja. Una práctica hasta ahora casi desconocida que consiste en dejar el coche parado en el garaje para no utilizarlo y no pagar impuestos por él. Algo hasta ahora reservado para piezas de coleccionista.

Imagen sacada de aquí


Sorprende que mucha gente se siga aferrando a su automóvil de tal manera que, incluso si no lo va a utilizar, quiera ocupar 10 metros cuadrados de inmueble por seguir poseyéndolo, pero no es menos cierto que tanto el coche como el garaje han costado un riñón y se han depreciado demasiado en los últimos años como para andar regalándolos, así que es mejor enterrar el coche aparcado en su propio ataúd.

No es fácil atisbar cuál será el siguiente peldaño en la desmotorización. Si vendrá de la mano del banco malo o del bien común. El caso es que la gente ya empieza a apañárselas con menos y empieza a prescindir de los elementos de lujo. Mientras tanto el PIVE sigue animando a los fabricantes y vendedores de coches a hacer un último esfuerzo para apuntalar sus ventas. Es un mundo loco.

De todas formas, si te animas, prueba a dar de baja tu coche temporalmente y comprueba cuánto ahorras y cómo cambia tu vida. Es un mero trámite administrativo. De regalo, te puedes hacer con un "carnet de no conducir" y así vas haciendo ostentación de tu opción.

sábado, 12 de mayo de 2012

El problema de los que gestionan el tráfico, es que gestionan tráfico

Perogrullada sin duda pero verdad. Pere Navarro, el super-ex-director de la DGT (Dirección General de Tráfico) lo ha dejado claro en un artículo póstumo en el que, además de aleccionar al mundo y dedicarse unas cuantas condecoraciones seguramente merecidas pero que quedan un tanto arrogantes escritas por él mismo, se entretiene en sentar las bases para que esto del tráfico sea menos mortal y menos peligroso de la cuenta.

Todo un ejercicio de elementalidad, con gran carga de sentido común y de perspectiva, una visión actual certera y determinada de lo que hay que hacer: concienciar a la gente de que hay que cumplir la ley y punto. Con sólo eso se conseguirían los objetivos de minimizar las víctimas. Genial. Pero ¿por qué no menciona en ningún momento la posibilidad de reducir el tráfico?


Un mal endémico entre los que se dedican a gestionar el tráfico, desde los superdirectores hasta los agentes de a pie de calle, es que creen que el tráfico es y tiene que ser inevitable. No creen que es un mal de nuestros días, no creen tampoco que se deba a un vicio adquirido e inexcusable, no creen que el mejor remedio contra los efectos funestos del exceso de tráfico es la reducción del mismo y, por tanto, no trabajan por reducirlo sino para que sea lo menos dañino posible. Los gestores del tráfico trabajan para que el tráfico fluya, para que se cumplan las normas, para que no haya víctimas, para que sea seguro circular, pero no trabajan sobre las causas o el origen del tráfico. Probablemente porque no les interese. De hecho, cuanto más tráfico haya, mejor se podrá demostrar su labor y mejores resultados dará si hacen bien su trabajo.

Es por eso que cuando le mencionas a un gestor de tráfico el asunto de la potencial reducción de viajes en coche a través de su sustitución por viajes en otros modos más convenientes sonríe y continúa con su trabajo. Son tonterías. Los gestores de tráfico no quieren saber nada de movilidad sostenible, como los militares se aburren hablando de la paz. A ellos les va la marcha, el meneo, combatir la congestión, ingeniárselas para eludir el ataque organizado de los coches en uno de esos embudos fatales, las fechas señaladas en el calendario donde, remangados, esperan las operaciones salida y llegada ansiosos por demostrar cómo son capaces de organizarlos con maestría, les gusta monitorizar masas de desdichados que soportan estoicamente retenciones, les ponen las dificultades, los temporales, las nevadas. Porque han sido entrenados para ello, porque esa es su misión.

Así pues, si estáis metidos en alguna aventura de disuadir a la población en vuestro entorno de que use el coche para viajes ridículos y lo sustituya por medios más sostenibles, por favor, no se lo contéis a ningún gestor de tráfico. No lo van a entender y, además, estaréis poniendo en cuestión su trabajo, luego les resultaréis, cuando menos, sospechosos. Es como contarle a un controlador aéreo que eso de los vuelos baratos y de las vacaciones en otros continentes tiene los días contados. No es que sean el enemigo, es que no os van a ayudar en vuestro empeño.

sábado, 7 de abril de 2012

Cercanía, proximidad, inmediatez, familiaridad

Nos estamos haciendo mayores. Me doy cuenta porque empezamos a contar cosas de nuestra juventud y eso es un signo inconfundible de envejecimiento. Prefiero eso a no asumir la edad que se tiene o a intentar negar el paso inexorable del tiempo. Estos días hemos tenido dosis extra de comunicaciones con la siguiente generación, algo que sirve para tomar conciencia de la distancia que nos empieza a separar. Es precisamente de la distancia de lo que hemos estado hablando en todas ellas.

La gente joven de mi generación vivía mayoritariamente en las inmediaciones, en el barrio. Hoy en día no, o, al menos, no tanto. Entonces vivíamos, estudiábamos, salíamos y hacíamos las compras y las actividades en un radio de 2 kilómetros, normalmente a pie o en bici. No hacía falta más. No dependíamos de nadie que nos trajera y nos llevara. Eramos más independientes y más autosuficientes. Y además conocíamos perfectamente nuestro entorno, sus rincones, sus vericuetos, sus gentes, sus oportunidades y sus amenazas. Sabíamos perfectamente qué se podía hacer y qué no, quiénes eran las amistades seguras y cuáles eran las peligrosas.


Hoy en día, los jóvenes, niños y adolescentes, se encuentran mucho más desplazados. Los mayores también, pero esos me importan menos. Los jóvenes dependen mucho más del transporte, porque ahora hay que trasladarse para todo: para estudiar, para salir, para comprar y para hacer cualquier actividad. Y, en muchos casos, eso no lo pueden hacer por sus propios medios, y necesitan a otros que les transporten de manera segura, varias veces al día, muchas veces a la semana. Transporte colectivo y automóviles particulares juegan en este escenario un papel esencial. Es el mundo de la movilidad, de la hipermovilidad. Y sin embargo parece que nadie añora lo anterior porque estaría trasnochado, desfasado, sería un aldeano, y eso sí que no.

El homenaje de hoy va dirigido a todas aquellas personas que se han dado cuenta de que esto de moverse para todo y aumentar las distancias no genera más que ansiedad, lejanía, diferimiento, desubicación e impersonalización. Me encanta la gente que compra con carritos de la compra o, como algunos majaretas, con "la bici de la compra" y que conoce al tendero, a la vecina y al barrendero por su nombre. Llamarme pueblerino, me lo merezco. A mucha honra.

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viernes, 6 de abril de 2012

Por fin llegó la Semana Santa del Coche

Muchas veces cuando uno se mete en uno de esos soliloquios en los que se cuestiona el uso excesivo, abusivo e irracional del coche cargado de múltiples argumentos y razones de peso, alguien pregunta:

- ¿Es que queréis que la gente renuncie a sus coches?

Es la pregunta del millón. Hay que reconocer que el coche tiene sus cualidades incuestionables: recorrer largas distancias, transportar cargas y varios pasajeros a la vez, llegar a lugares donde el transporte colectivo no llega... En esas misiones el coche es insustituible y las vacaciones representan la gran oportunidad para reivindicar el coche como el gran vehículo para poder acceder a nuestros destinos privados y privativos.

La Semana Santa se presenta como una de esas oportunidades inigualables para justificar y exprimir el coche. La semana de los 14 millones de desplazamientos en un país de 47 millones de habitantes así lo demuestra. Incluso con un pronóstico meteorológico tan malo como el que tenemos, nadie es capaz de renunciar al placer de conducir, en medio del atasco, con el resto de la muchedumbre automotorizada, aunque la gasolina vuelva a marcar máximos históricos y para disfrutar de 3 días de vacaciones haya que penar 2 de preparativos, viajes y recogidas. Somos así de borregos y además nos regodeamos de ello con estúpida arrogancia.

Ayer, en el supermercado donde se concentraba todavía parte de los más rezagados haciendo aprovisionamiento de víveres y útiles para la salida, me encontré este mensaje enternecedor:


Estamos metidos en esto hasta las cejas y, lo peor de todo, es que queremos seguir estándolo.

¿Cuánto nos cuesta todo esto?

Ayer se publicó un estudio que revela los costes de los atascos. Tan sólo valorando sus efectos en la contaminación, en la pérdida de tiempo y en el exceso de consumo de combustible y revela que a cada miserable ciudadano motorizado los atascos le vienen a salir por un pico anual de entre 100 y 1.000 euros, dependiendo del tamaño y de la congestión de la ciudad donde resida.

Un pico que hay que sumar a la cuenta anual de la tenencia y uso de un coche que, por término medio, no baja de los 3.000 euros y a toda una serie de gastos indirectos que el sufrido contribuyente sufraga formalmente y que vienen motivados también por la sobreutilización del automóvil. Son esos gastos relacionados con la salud (incremento exponencial de la obesidad, afecciones respiratorias, problemas cardiovasculares y el nunca suficientemente ponderado estrés), el mantenimiento de las infraestructuras, muchas veces sobredimensionadas y faraónicas, la incidencia de los accidentes en muertes y secuelas imputables a los mismos.

Todo eso sin contar con la cesión de espacio público y la conculcación del derecho a la paz y la seguridad en las principales calles y plazas de nuestras ciudades y todas las prebendas y las regalías que le hemos ido concediendo al Santo Coche. No sé qué más va a tener que suceder para que empecemos a darnos cuenta de que esto no es que sea insostenible, sino que empieza a resultar insoportable. Si la crisis, la recesión y los recortes no lo han conseguido...

En fin, en otro momento profundizaremos sobre ello porque ahora tengo un poco de prisa. ¡Chao!

jueves, 22 de marzo de 2012

¡Aaaaale! ¡Veenga! ¡Vaaaaamos!

¡Date prisa! ¡Que llegamos tarde! Son sin duda las expresiones más utilizadas por los padres de hoy en día para azuzar a sus hijos. Como si fueran animales, desde los 2 hasta por lo menos los 9 años niños y niñas viven acosados por sus propios padres para llegar a las distintas etapas que les van poniendo. Una tras otra, convenientemente empalmadas para no dejar ni un respiro, para tener a los menores colocados, fuera de todo riesgo, controlados. Somos las víctimas de nuestro tiempo, de nuestras ambiciones, de una cultura y una educación demasiado orientada a alcanzar objetivos, a conquistar nuevas cotas. Vivimos pendientes del segundero, acosados y acosando, estresados y estresando, corriendo y haciendo correr, perdiendo el control, desbocados por cumplir el horario, la agenda, el calendario.


Esta tiranía del segundero tiene un precio y es un precio mucho más alto del que nos creemos. Para empezar, vivir en la urgencia nos hace perder la conciencia de lo importante, nos impide disfrutar del momento porque estamos continuamente obsesionados con el siguiente hito. Pero, más que eso, nos convertimos en seres agresivos, porque obligamos a nuestro entorno a adecuarse a nuestra prisa y, cuando no podemos acelerar al mundo, cargamos contra él. Y entonces llegan los problemas, la pérdida del talante, la fractura del civismo, la ruptura de la concordia. Y saltan las chispas y suceden los conflictos.

Hasta aquí todo lógico. Nos han entrenado a ello y podemos capearlo. O eso creemos. Nos han enseñado a ser individualistas, competitivos, insolidarios, agresivos, ganadores, aprovechados, egoístas, y lo han conseguido. O mejor, lo hemos conseguido. Y vivimos dependientes de la prisa, del agobio, del achuchón, del empujón, del adelantamiento y no nos damos cuenta de lo que hemos engendrado: un mundo cruel, feroz, canibal, insolente e intolerante.

En este mundo la bici está desplazada, porque lo que cobra sentido es el motor, el rugido, amenazador, rápido, agresivo. El motor acelerado, impulsivo. La bici sin embargo no tiene ese repris, tiene que circular necesariamente lenta, calmada, transigiendo por su pura naturaleza, por su condición, aprovechando espacios, conviviendo, cohabitando, interactuando. Y eso molesta, porque no interesa, y se convierte en algo peligroso. Esas ovejas tranquilas, apaciguando el tráfico se vuelven inconvenientes porque rompen la lógica, el ritmo, el estilo, el necesario punto de violencia vial para que la cosa funcione, para que arree.

No es eso tan preocupante como lo que estamos haciendo padecer a nuestros inocentes pequeños, empapándoles de un ambiente imprescindiblemente enrarecido, respirando un aire viciado, en espacios cerrados, oclusivos, reclusivos, presenciando nuestras frustraciones, nuestra agresividad, nuestra violencia, nuestra enfermedad. Sin oportunidades de esparcimiento, de relación informal, de juego, de diversión, de tranquilidad y de aburrimiento ¿por qué no?. No sabemos lo que estamos haciendo.



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miércoles, 7 de marzo de 2012

Malos hábitos

Dicen que la obesidad se ha convertido en el principal problema de salud pública mundial, a la altura del hambre, aunque con connotaciones diametralmente opuestas. Tres millones de personas mueren al año por complicaciones relacionadas con el sobrepeso, mayoritariamente provocadas por malos hábitos de vida: alimentación, sedentarismo, estrés, ansiedad... Terrible balance el de la gula, el de la dieta basura y el del "fast food", superpotenciados por todo el aparato de mercadotecnia que llevan aparejado.

Hay además en esta forma de entenderse con el mundo (la alimentación no deja de ser una forma más de relación con el entorno y con los demás) un efecto multiplicador en la fórmula que ha mejorado la simple comida basura: la comida basura + coche. Esta forma de consumir comida ha sido popularmente comercializada por los norteamericanos del norte, oficialmente conocidos como estadounidenses, responsables de muchos de los hábitos que los occidentalitos de a pie hemos ido adquiriendo a través de su persuasiva exposición en sus potentísimos aparatos mediáticos.


El protocolo conocido como "drive thru" (conducir a través), consistente en acudir al expendedor de comida basura sin desmontar del coche, relacionarse con un interfono y pasar a recoger tu dosis en una ventanilla, se ha popularizado a través de películas, anuncios y otros sucedáneos de realidad virtual y se ha ido implantando en forma de exitosísimas franquicias por toda la geografía mundial civilizada, por llamarlo de alguna manera.

La máxima expresión de sedentarismo, consumismo, malos hábitos de nutrición y autodependencia se recoge en estos centros donde prácticamente sólo se puede acceder en coche y que, en el colmo de los colmos, incluso cuentan con un carril ex proceso para realizar la citada operación. ¡Un carril coche en medio de un universo coche!


Son estos centros las auténticas catedrales que consagran esta simbiosis fatal, que se ha convertido en uno de los lastres más pesados y preocupantes de nuestra sociedad. Compararlo con el hambre es obsceno, como obsceno es seguir potenciando esta forma de consumo, de movilidad y de postración de la población.