Partamos de la premisa de que nadie quiere matar a nadie, al menos cuando conduce. Premisa a veces difícil de asumir cuando se presencian determinadas actitudes aberrantes de determinadas personas al volante. Pero contemos con que matar resulta, cuando menos, incómodo y desagradable, sobre todo cuando es fortuito, y al volante, aunque frecuente, se nos sigue presentando como algo casual. Si no, no se les llamarían "accidentes" a lo que no son sino "homicidios imprudentes". Pero seguimos usando paños calientes con el tratamiento del asunto.
Ayer tuvimos la terrible noticia de otro atropello fatal en la ciudad desde la que escribo. Una señora de 76 años, cruzando por un paso de peatones, es arrollada por un automóvil y horas más tarde fallece. Un paso de peatones sin semaforizar, que parece que fuera una especie de atenuante cuando, en realidad, debería ser un agravante, más cuando está perfectamente señalizado e iluminado. Terrorífico, por más habitual que se nos quiera mostrar por reiteración.
Vivimos en medios hostiles para todas aquellas personas que no hayan elegido un medio motorizado para desplazarse (y, a veces, hasta para las que lo han elegido). Lo peor del asunto es que lo tenemos tan interiorizado que contamos con ello. Daños colaterales. Males necesarios. Penas consentidas.
En esta ciudad, hoy vive una persona menos gracias a un sistema que consiente el homicidio negligente, da igual si con pena o sin ella. Esto es lo terrible. Y seguimos jugando con ello como algo no sólo soportable, sino deseable. Porque no nos engañemos, conducir automóviles todavía está considerado un derecho y una demostración de bienestar para las personas que lo hacen, y un indicador de salud económica para las sociedades que lo promueven.
Porque nos importa más garantizar presuntos derechos innegociables, como el acceso al coche mediante subvenciones a la compra o a la producción, la accesibilidad en automóvil a todos los rincones o la preponderancia (tiranía más bien) de los modos motorizados en la lógica vial, que sacar la cuenta de los perjuicios que ello nos provoca. Y las muertes son lo peor, pero, por desgracia, no es lo que más nos cuesta, porque no nos damos cuenta de que lo estamos pagando con creces por la puerta de atrás en la cuenta ambiental, la cuenta de la salud pública (enfermedades respiratorias, cardiovasculares, psicológicas, etc), la cuenta de la sustracción de espacio público, la cuenta de la violencia vial, la cuenta en definitiva de un modelo de vida que es tan agresivo y tan dañino para las personas que lo practican, como para las que lo sufren.
Sigamos jugando con estas armas y lamentémonos de sus daños colaterales con la boca pequeña mientras seguimos pregonando sus beneficios. A ver cuánto duramos.
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lunes, 13 de febrero de 2017
domingo, 22 de noviembre de 2015
Ciudad 50, ciudad 30, ciudad 20... ciudad cero
Cuando tratamos de identificar los factores que hacen que una calle sea un espacio más o menos seguro, invariablemente acabamos hablando de los coches, de su preeminencia y de la sumisión del resto de usuarios de la calle respecto a esa dominación que invariablemente va asociada a la circulación de vehículos de una tonelada entre personas de a pie o de a pedal.
Ahora bien, ese efecto apisonadora que hace el coche o cualquier vehículo a motor se incrementa proporcionalmente dependiendo de la velocidad a la que éste circule. Primero porque la perspectiva se reduce cuanto mayor es la velocidad. Gráficamente.
Segundo, porque a mayor velocidad, mayor fuerza del golpe y mayor gravedad en el impacto.
Visto lo visto, y teniendo en cuenta que la "velocidad comercial" media de la mayoría de los vehículos en la ciudad consolidada y compacta no suele ser mucho mayor de 20 kms/h (en el mejor de los casos), es fácil concluir que la reducción de la velocidad es un buen instrumento para mejorar la seguridad vial y la habitabilidad de nuestras ciudades.
Ahora bien, ¿cómo se consigue esa reducción de la velocidad? ¿Es la señalización y la vigilancia policial con las consabidas sanciones el único método para lograrlo? ¿Es acaso el más eficaz?
Porque hay otro componente que muchas veces no se tiene en cuenta a la hora de gestionar el espacio público: la circulabilidad de las calles, esto es, las condiciones que reúne la calle para dar la sensación de ser fácilmente transitable a bordo de un vehículo pesado o no. La apariencia hace mucho. Así una calle donde no hay señales, donde la calzada no está perfectamente delimitada y segregada, donde aparecen obstáculos que rompen las líneas, aunque sea visualmente, donde se puede cruzar la calle a pie por cualquier punto, donde los comerciantes exhiben su mercancía en la calle, aunque se pueda circular, se convierte en una calle segura, simplemente porque disuade a los automovilistas de circular a velocidad, pero también porque invita a la gente a invadir ese espacio público alegremente, porque se percibe como un espacio seguro.
De esta manera, cuando conseguimos reducir y calmar el tráfico, y que, aunque no desaparezcan los automóviles su presencia no sea dominante, el efecto inmediato es que la habitabilidad de la calle se incrementa y la vida surge y las interacciones se multiplican. Gráficamente.
Consiguiéndose además el objetivo que debería ser central en la gestión de la movilidad en nuestras ciudades, que es que no haya accidentes o se reduzcan extremadamente y que su gravedad disminuya hasta que no haya víctimas del tráfico. Es lo que se llama la visión cero en la gestión del tráfico.
Ahora bien, ese efecto apisonadora que hace el coche o cualquier vehículo a motor se incrementa proporcionalmente dependiendo de la velocidad a la que éste circule. Primero porque la perspectiva se reduce cuanto mayor es la velocidad. Gráficamente.
Segundo, porque a mayor velocidad, mayor fuerza del golpe y mayor gravedad en el impacto.
Visto lo visto, y teniendo en cuenta que la "velocidad comercial" media de la mayoría de los vehículos en la ciudad consolidada y compacta no suele ser mucho mayor de 20 kms/h (en el mejor de los casos), es fácil concluir que la reducción de la velocidad es un buen instrumento para mejorar la seguridad vial y la habitabilidad de nuestras ciudades.
Ahora bien, ¿cómo se consigue esa reducción de la velocidad? ¿Es la señalización y la vigilancia policial con las consabidas sanciones el único método para lograrlo? ¿Es acaso el más eficaz?
Porque hay otro componente que muchas veces no se tiene en cuenta a la hora de gestionar el espacio público: la circulabilidad de las calles, esto es, las condiciones que reúne la calle para dar la sensación de ser fácilmente transitable a bordo de un vehículo pesado o no. La apariencia hace mucho. Así una calle donde no hay señales, donde la calzada no está perfectamente delimitada y segregada, donde aparecen obstáculos que rompen las líneas, aunque sea visualmente, donde se puede cruzar la calle a pie por cualquier punto, donde los comerciantes exhiben su mercancía en la calle, aunque se pueda circular, se convierte en una calle segura, simplemente porque disuade a los automovilistas de circular a velocidad, pero también porque invita a la gente a invadir ese espacio público alegremente, porque se percibe como un espacio seguro.
De esta manera, cuando conseguimos reducir y calmar el tráfico, y que, aunque no desaparezcan los automóviles su presencia no sea dominante, el efecto inmediato es que la habitabilidad de la calle se incrementa y la vida surge y las interacciones se multiplican. Gráficamente.
Consiguiéndose además el objetivo que debería ser central en la gestión de la movilidad en nuestras ciudades, que es que no haya accidentes o se reduzcan extremadamente y que su gravedad disminuya hasta que no haya víctimas del tráfico. Es lo que se llama la visión cero en la gestión del tráfico.
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jueves, 15 de octubre de 2015
Terrorismo vial, terrorismo urbano
Informan una y otra vez los medios de comunicación de masas, esos que sirven para consolidar las principales lineas de pensamiento y para orientar las pautas de la población y sus decisiones, de un repunte en los accidentes de tráfico, sobre todo en entornos urbanos. Y nos dicen que el 70% de esos accidentes se producen tienen lugar en pasos peatonales. Y lo recibimos con naturalidad, casi impasibles, sabedores de que no sólo es una realidad conocida sino que es una realidad asumida. No es extraño que no nos resulte sorprendente, ya que es algo que lleva produciéndose de manera invariable durante las últimas décadas.
Ahora bien, esa impasibilidad no es una actitud que hayamos decidido mantener voluntariamente, ni siquiera conscientemente, es simplemente una consecuencia de las inercias que se nos han ido imponiendo durante muchos años, promovidas por intereses asociados al desarrollo de un modelo urbano, social y económico cuyos pilares básicos han sido el superdesarrollo inmobiliario, financiero, petrolero, automovilístico, que ha fomentado el consumo compulsivo, la especulación, el derroche, la contaminación y la injusticia salvaje.
Hemos aceptado como buenas sus consignas, sus condiciones y sus consecuencias. Y así no nos parece extraño constatar los daños colaterales que dicho sistema conlleva: aislamiento, deslocalización, depredación, desequilibrios graves de la salud, deterioro medioambiental, insolidaridad, injusticia, desigualdades y muerte. Mucha muerte. Muchas muertes.
Muchas muertes y muchas secuelas, tanto directas como indirectas, que hemos asumido como insalvables o, peor que eso, fortuitas. ¿Por qué si no llamamos accidentes a lo que no son sino atropellos, muchos de ellos provocados por negligencias o por temeridades?
Pues porque esto se ha convertido en un estado de excepción permanente impuesto por las autoridades para mantener la tiranía del coche frente a todos los que no lo elijan como medio de transporte. Una tiranía basada en el terror, en la difusión intencionada del miedo al coche. O, mejor que eso, el miedo a contravenir los requerimientos que ese modelo de vida en el que el coche es una de las piedras angulares.
Vender miedo, consentir y ejercer la violencia para condicionar el libre albedrío de la gente y favorecer una opción contra las demás sin escatimar daños colaterales tiene un nombre. Así pues, empecemos a llamar a las cosas por su nombre y dejémonos de eufemismos y anatemas. Esto es terrorismo, terrorismo vial, terrorismo urbano montado para fomentar el uso intensivo del coche y nada más. Un terrorismo que, entre víctimas directas e indirectas, se cobra más de 400.000 muertes prematuras cada año tan sólo en Europa.
¿Cuánto tiempo más estamos dispuestos a soportarlo? ¿Cuánto tiempo más a seguir poniéndonos las orejeras, los cascos, los chalecos reflectantes y vamos a seguir vistiéndonos con esa capa de miedo que nos hace insensibles a otra muerte que no sea la nuestra? ¿Cuánto tiempo más a aguantar amedrentando a nuestros menores y mayores con los peligros de la calle? ¿Cuánto? ¿Otra generación? ¿Dos? ¿Y cuál será el precio de tanto aguante?
Ahora bien, esa impasibilidad no es una actitud que hayamos decidido mantener voluntariamente, ni siquiera conscientemente, es simplemente una consecuencia de las inercias que se nos han ido imponiendo durante muchos años, promovidas por intereses asociados al desarrollo de un modelo urbano, social y económico cuyos pilares básicos han sido el superdesarrollo inmobiliario, financiero, petrolero, automovilístico, que ha fomentado el consumo compulsivo, la especulación, el derroche, la contaminación y la injusticia salvaje.
Hemos aceptado como buenas sus consignas, sus condiciones y sus consecuencias. Y así no nos parece extraño constatar los daños colaterales que dicho sistema conlleva: aislamiento, deslocalización, depredación, desequilibrios graves de la salud, deterioro medioambiental, insolidaridad, injusticia, desigualdades y muerte. Mucha muerte. Muchas muertes.
Muchas muertes y muchas secuelas, tanto directas como indirectas, que hemos asumido como insalvables o, peor que eso, fortuitas. ¿Por qué si no llamamos accidentes a lo que no son sino atropellos, muchos de ellos provocados por negligencias o por temeridades?
Pues porque esto se ha convertido en un estado de excepción permanente impuesto por las autoridades para mantener la tiranía del coche frente a todos los que no lo elijan como medio de transporte. Una tiranía basada en el terror, en la difusión intencionada del miedo al coche. O, mejor que eso, el miedo a contravenir los requerimientos que ese modelo de vida en el que el coche es una de las piedras angulares.
Vender miedo, consentir y ejercer la violencia para condicionar el libre albedrío de la gente y favorecer una opción contra las demás sin escatimar daños colaterales tiene un nombre. Así pues, empecemos a llamar a las cosas por su nombre y dejémonos de eufemismos y anatemas. Esto es terrorismo, terrorismo vial, terrorismo urbano montado para fomentar el uso intensivo del coche y nada más. Un terrorismo que, entre víctimas directas e indirectas, se cobra más de 400.000 muertes prematuras cada año tan sólo en Europa.
¿Cuánto tiempo más estamos dispuestos a soportarlo? ¿Cuánto tiempo más a seguir poniéndonos las orejeras, los cascos, los chalecos reflectantes y vamos a seguir vistiéndonos con esa capa de miedo que nos hace insensibles a otra muerte que no sea la nuestra? ¿Cuánto tiempo más a aguantar amedrentando a nuestros menores y mayores con los peligros de la calle? ¿Cuánto? ¿Otra generación? ¿Dos? ¿Y cuál será el precio de tanto aguante?
viernes, 24 de julio de 2015
La razón está para darla
A veces nos enredamos en discusiones eternas, que no hacen más que generar violencia, nos enzarzamos en altercados que no van a ninguna parte por tener la razón. Y la razón no existe o es una cosa, cuando menos, subjetiva.
Hoy me ha pasado, por ejemplo. Iba yo en mi bici tranquilamente, haciendo mis pequeñas irregularidades inofensivas y totalmente seguras, cuando he notado en una parte del trayecto que un motorista necesitaba adelantarme, pese a que circulábamos, yo por el centro del único carril, por una zona de aparcamiento que desembocaba en una calle con un stop de escasa visibilidad.
Al incorporarme en el tráfico y viendo que no había moros en la costa yo pensaba atajar cometiendo la ilegalidad de pisar una doble continua cuando he notado que el motorista, harto de ir apenas 20 metros a la miserable velocidad de un ciclista presuntamente distraído, iba a rebasarme y casi colisionamos.
- ¿A dónde vas? - se me ha ocurrido preguntarle, viendo que su maniobra acelerada y excesivamente cercana podía haber motivado que nos chocáramos o que me tirara.
- ¡A dónde vas tú! - me ha contestado no sin razón, pero con excesiva violencia.
- ¡No me pases tan cerca! - y he seguido tranquilamente.
A los 50 metros (todo ha ocurrido en muy poco espacio) he oído una moto que pitaba y un tipo que vociferaba. He parado. No sé cuántas barbaridades he tenido que oír en apenas 15 o 20 segundos. Que yo no podía hacer esa maniobra, que me he comportado como un imbécil y no sé qué más. Todo con una violencia totalmente exagerada.
- Vale, tienes razón.
Y se ha marchado. Cuando apenas había doblado la curva, incorporándose de nuevo al tráfico, me he dado cuenta de que, para saciar su necesidad irrefrenable de reprenderme el motorista ha girado 180º pisando las mismas lineas continuas que habían causado nuestro desencuentro y he pensado para mis entrañas, intentando calmar el escozor que sentía.
- La razón está para darla... la razón está para darla.
Hoy me ha pasado, por ejemplo. Iba yo en mi bici tranquilamente, haciendo mis pequeñas irregularidades inofensivas y totalmente seguras, cuando he notado en una parte del trayecto que un motorista necesitaba adelantarme, pese a que circulábamos, yo por el centro del único carril, por una zona de aparcamiento que desembocaba en una calle con un stop de escasa visibilidad.
Al incorporarme en el tráfico y viendo que no había moros en la costa yo pensaba atajar cometiendo la ilegalidad de pisar una doble continua cuando he notado que el motorista, harto de ir apenas 20 metros a la miserable velocidad de un ciclista presuntamente distraído, iba a rebasarme y casi colisionamos.
- ¿A dónde vas? - se me ha ocurrido preguntarle, viendo que su maniobra acelerada y excesivamente cercana podía haber motivado que nos chocáramos o que me tirara.
- ¡A dónde vas tú! - me ha contestado no sin razón, pero con excesiva violencia.
- ¡No me pases tan cerca! - y he seguido tranquilamente.
A los 50 metros (todo ha ocurrido en muy poco espacio) he oído una moto que pitaba y un tipo que vociferaba. He parado. No sé cuántas barbaridades he tenido que oír en apenas 15 o 20 segundos. Que yo no podía hacer esa maniobra, que me he comportado como un imbécil y no sé qué más. Todo con una violencia totalmente exagerada.
- Vale, tienes razón.
Y se ha marchado. Cuando apenas había doblado la curva, incorporándose de nuevo al tráfico, me he dado cuenta de que, para saciar su necesidad irrefrenable de reprenderme el motorista ha girado 180º pisando las mismas lineas continuas que habían causado nuestro desencuentro y he pensado para mis entrañas, intentando calmar el escozor que sentía.
- La razón está para darla... la razón está para darla.
martes, 24 de febrero de 2015
Recortes de una realidad sangrante
Ojeando la prensa local de estos días se puede comprobar que, ante la ausencia de otras noticias que las relativas a la corrupción y al tiempo, hay poco de que hablar en los medios de comunicación. Por eso vuelven la mirada hacia problemas menores, presuntamente irresolubles o demasiado conocidos y que entretienen a la audiencia por representar lugares comunes donde la gente se siente reconfortada y cualquiera es capaz de emitir juicios, opiniones o despropósitos sin tomar partido.
Y las bicicletas, cómo no, vuelven a ofrecer ese tópico facilón y recurrente que tanto agradece el gran público. Ayer y hoy han sido portada alternativamente de los periódicos locales de mayor tirada en Navarra. Ayer hablando de robos de bicicletas y hoy de accidentes, en general, pero poniendo también el acento en los ciclistas, aunque la portada se la llevaran las rotondas.
Hojeando en páginas centrales compruebo que el análisis de los mayores problemas del tráfico en esta ciudad o, al menos, los que más accidentes generan lo hace un responsable del cuerpo de Policía Municipal de Pamplona y ahí ya se introducen los dos factores más determinantes: las rotondas y los ciclistas que cruzan pasos peatonales.
Esto no sería nada más que la constatación de una realidad sangrante, suficientemente denunciada y sobradamente anunciada desde este mismo espacio y desde otros muchos a lo largo y ancho de este país miserable, al menos con el tratamiento que se le da a los usuarios de la bicicleta por parte de las "autoridades competentes". No daría para más si no fuera por la profundidad con la que, esta vez, se trata el tema y por la prolijidad del interlocutor elegido por el reportero, que se despacha a gusto sobre estos temas.
A nosotros, que lo que nos interesa son las bicis o, quizá más, la visión de la movilidad en general y la perspectiva desde la que se perciben las bicicletas, es una oportunidad para extraer algunos pasajes que ayudan a comprender cuáles son las claves de una realidad que, por más conocida, no se afronta desde el ángulo adecuado.
Que las bicis se presenten como un peligro es parte de esa visión acomplejada y orientada por el dominio del automóvil. Que el accidente más repetido con diferencia entre los que utilizan la bicicleta sea el atropello lateral cuando se cruza un paso de cebra delata la desnaturalización de la práctica ciclista y la renuncia colectiva a la calzada que se ha generalizado, sobre todo entre las personas que se han incorporado recientemente a la utilización de la bicicleta en estas ciudades concebidas para coches.
Ahora bien, siendo todo esto comprensible, lo que no parece es que sea excusable que el determinismo de los que pueden colaborar en cambiar este orden de cosas reduzca el problema a una cuestión de infraestructuras, educación vial o entendimiento entre ciclistas y peatones. Las joyas que involuntariamente nos aporta el responsable de la Policía Municipal no tienen pierde.
Todo en orden:
Y las bicicletas, cómo no, vuelven a ofrecer ese tópico facilón y recurrente que tanto agradece el gran público. Ayer y hoy han sido portada alternativamente de los periódicos locales de mayor tirada en Navarra. Ayer hablando de robos de bicicletas y hoy de accidentes, en general, pero poniendo también el acento en los ciclistas, aunque la portada se la llevaran las rotondas.
Esto no sería nada más que la constatación de una realidad sangrante, suficientemente denunciada y sobradamente anunciada desde este mismo espacio y desde otros muchos a lo largo y ancho de este país miserable, al menos con el tratamiento que se le da a los usuarios de la bicicleta por parte de las "autoridades competentes". No daría para más si no fuera por la profundidad con la que, esta vez, se trata el tema y por la prolijidad del interlocutor elegido por el reportero, que se despacha a gusto sobre estos temas.
A nosotros, que lo que nos interesa son las bicis o, quizá más, la visión de la movilidad en general y la perspectiva desde la que se perciben las bicicletas, es una oportunidad para extraer algunos pasajes que ayudan a comprender cuáles son las claves de una realidad que, por más conocida, no se afronta desde el ángulo adecuado.
Que las bicis se presenten como un peligro es parte de esa visión acomplejada y orientada por el dominio del automóvil. Que el accidente más repetido con diferencia entre los que utilizan la bicicleta sea el atropello lateral cuando se cruza un paso de cebra delata la desnaturalización de la práctica ciclista y la renuncia colectiva a la calzada que se ha generalizado, sobre todo entre las personas que se han incorporado recientemente a la utilización de la bicicleta en estas ciudades concebidas para coches.
Ahora bien, siendo todo esto comprensible, lo que no parece es que sea excusable que el determinismo de los que pueden colaborar en cambiar este orden de cosas reduzca el problema a una cuestión de infraestructuras, educación vial o entendimiento entre ciclistas y peatones. Las joyas que involuntariamente nos aporta el responsable de la Policía Municipal no tienen pierde.
Todo en orden:
- Es inevitable que los ciclistas, ante la imposibilidad de construir infraestructuras que segreguen su circulación del tráfico, se tengan que refugiar en las aceras.
- Hay que disculparles, porque nadie va a tocar el tráfico en esa ciudad consolidada, que para los profanos significa inamovible y para los menos profanos significa "la que no vamos a mover bajo ningún precepto" aunque se pudiera.
Tremenda la lógica aplastante que manejan los poderes establecidos y los agentes que velan por hacer cumplir con la ley que mantiene las cosas inalterables.
Ahora bien, cuando se le pregunta sobre los accidentes registrados en calzada el dato, que queda sumergido en la profundidad del artículo, es demoledor.
Apenas se registran accidentes en calzada y, de éstos, y el responsable municipal no lo dice, la mayoría tienen lugar en las malditas rotondas. Esas que no entiende nadie, ni los automovilistas para las que se diseñaron, pero en las que los ciclistas quedan doblemente desvalidos porque no concurren en igualdad de condiciones y desaparecen en el ángulo muerto de visión de los automovilistas.
Siendo tan claro como grave el panorama ¿por qué no se propone otra solución que la connivencia (que no convivencia) o la educación vial infantil? Pues porque no es labor de la policía proponer sino salvaguardar, probablemente.
Sin embargo, todos los que confirmamos, otra vez más, esta realidad no podemos quedarnos callados presenciando el deterioro de la situación ciclista y el confinamiento al que quieren someter a las personas que usan la bici, como si fuera lo más natural, siempre tratando de preservar la tiranía del tráfico automovilístico.
Sin embargo, todos los que confirmamos, otra vez más, esta realidad no podemos quedarnos callados presenciando el deterioro de la situación ciclista y el confinamiento al que quieren someter a las personas que usan la bici, como si fuera lo más natural, siempre tratando de preservar la tiranía del tráfico automovilístico.
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viernes, 26 de diciembre de 2014
El exceso de confianza mata
En estas fechas tan entrañables es donde más echamos en falta a los seres queridos. En estos días tan señalados en los que medio mundo se está desplazando para volver a encontrarse con el otro medio y felicitarse por estar allí es cuando los responsables de la seguridad vial doblan esfuerzos para tratar de prevenir la desgracia. Ahí suele estar presta nuestra querida DGT para recordarnos que somos pecadores y mortales y que, al volante, esta conjunción es fatal de necesidad.
Bien. Hace falta recordarlo, aunque estos mensajes emocionantes ya no calan en nuestras frías entendederas. Estamos inmunizados a las advertencias y a los consejos paternalistas. Nos hemos cansado de ser los eternos culpables de nuestras propias desgracias.
Pero el mensaje navideño de hoy no va dirigido a los automovilistas. De esos ya se ocupa el resto del mundo. La advertencia de hoy va para los que se mueven sin motor, esos para los cuales los despistes y las imprudencias se traducen en daños físicos en sus propias carnes. A esos, hay que recordarles que, aunque les asista el derecho y tengan permiso legal, lícito o tácito de hacerse unas cuantas jugadas o pasar por alto el orden establecido a favor del automóvil, deben extremar precauciones y reforzar su atención. Más en estas fechas donde todo el mundo va un poco alocado y más de uno además algo perjudicado.
Tu integridad depende de ti y el exceso de confianza en tu caso, ciclista o caminante, lo pagas más caro que los demás.
Feliz Navidad.
Bien. Hace falta recordarlo, aunque estos mensajes emocionantes ya no calan en nuestras frías entendederas. Estamos inmunizados a las advertencias y a los consejos paternalistas. Nos hemos cansado de ser los eternos culpables de nuestras propias desgracias.
Pero el mensaje navideño de hoy no va dirigido a los automovilistas. De esos ya se ocupa el resto del mundo. La advertencia de hoy va para los que se mueven sin motor, esos para los cuales los despistes y las imprudencias se traducen en daños físicos en sus propias carnes. A esos, hay que recordarles que, aunque les asista el derecho y tengan permiso legal, lícito o tácito de hacerse unas cuantas jugadas o pasar por alto el orden establecido a favor del automóvil, deben extremar precauciones y reforzar su atención. Más en estas fechas donde todo el mundo va un poco alocado y más de uno además algo perjudicado.
Tu integridad depende de ti y el exceso de confianza en tu caso, ciclista o caminante, lo pagas más caro que los demás.
Feliz Navidad.
domingo, 8 de diciembre de 2013
Peatones y ciclistas en el punto de mira
Defender la supremacía del coche. Ese es el objetivo principal que tiene la Dirección General de Tráfico española. Para los que aún anden despistados. Por eso no podemos esperar que esta institución vaya a cambiar nada que no sea en beneficio de los automovilistas. Lo que sí podemos esperar y comprobar es que con el viejo argumento de la seguridad vial, de lo que traten de convencernos es de que todos tenemos un poco de culpa cuando somos atropellados, porque lo que es incuestionable e inamovible es el reinado del coche en la calle. Vamos, que los coches sólo pasaban por allí y nosotros nos cruzamos en su camino.
Así las campañas de la DGT rezuman ese poso que deja clara la superioridad del coche sobre el resto de medios de transporte y, de alguna manera, su presunta inocencia en la inseguridad y en la violencia vial que sufrimos en nuestras calles. La campaña monográfica sobre la bicicleta que presentaron no dejaba ningún tipo de dudas a este respecto.
Esto es lo literal. Ciclistas ridículos, con actitudes pueriles, presentados como insensatos, invitados incómodos a los que soportar, lentos, patosos, testarudos. Gente a la que domesticar, que debe llevar hasta lo que no está aprobado todavía como obligatorio.
Y castigar al infractor
Pero hay una vertiente mucho más taimada y profunda en la que nuestra DGT trabaja de manera infatigable: el castigo ejemplar. Ese que hace escarmentar y que se puede utilizar para exhibir públicamente las conductas indeseables para su escarnio. ¿Parte de su trabajo? Sí, pero resulta sospechoso cuando dirige su objetivo a los más débiles, a los que, por lo general, se llevan la peor parte en un accidente.
Esta semana hemos tenido noticia de una campaña de estas características que ha tenido lugar en varias localidades de Navarra.
Aquí la DGT de la mano de la Polícía Local, ha decidido castigar esta vez a los peatones. Y no le ha temblado el pulso a la hora de establecer las multas: 200 euros por cruzar un paso con semáforo en rojo y 100 por hacerlo fuera de un paso de cebra. Así, el titular se lo llevan las denuncias, aunque la proporción de infractores respecto a la muestra sea irrisoria, que sería la verdadera noticia. En concreto, en Navarra, de 10.677 viandantes controlados se han denunciado a ¡13! ¡Qué te parece! ¡Un 0,12 %! ¡Uno de cada 820! Ridículo.
Lo más lamentable de este tipo de campañas es que al resto de la población nos parecen lógicas y hasta recomendables. Hay que domesticar a los que transgreden las normas. Lo que no nos damos cuenta es que estamos cayendo en su trampa que es la que legitima el orden establecido sin reparar es que es un orden totalmente ventajoso para el coche y que discrimina hasta extremos impensables a los demás.
En vez de tratar de comprender qué motiva esas infracciones
Si en vez de seguir su lógica según la cual el orden establecido es el bueno y el recomendable y cualquiera que no lo siga tiene que ser escarmentado, fuéramos capaces de verlo desde una óptica más conciliadora en la que primara la convivencia y las calles se entendieran como espacios de tránsito multimodal y como lugares pensados prioritariamente para las personas, este tipo de problemáticas se trabajarían desde una perspectiva diferente.
¿Por qué los peatones cruzan con el semáforo en rojo o fuera de los pasos peatonales? ¿Por qué las bicicletas andan por las aceras? ¿Por qué no quieren parar en los cruces? ¿Es sólo porque son una partida de suicidas que no valoran en nada su integridad? ¿O lo hacen sólo para molestar?
Si en vez de enfocar las cosas desde ese ángulo tratáramos de entender que quizá todo está demasiado orientado a que el coche funcione y el tráfico fluya y que para conseguirlo hemos condenado al resto de usuarios de la calle a hacer paradas ridículas, itinerarios penosos o hemos creado barreras que sólo son franqueables por pasos quizá demasiado distantes unos de otros o simplemente mal diseñados, quizá fuéramos capaces de cuestionar este orden y trabajar por hacer ciudades con calles más permeables, más accesibles, más seguras, más amables, más pensadas en las personas que en los coches.
Esto no entra en los planes de la Dirección General de Tráfico ni en el de la práctica totalidad de las Policías Municipales, porque su misión precisamente es hacer que se cumpla el orden. Así pues, si queremos que algo cambie, no tratemos de explicárselo a los que están para que esto funcione. Ya estáis avisados.
Así las campañas de la DGT rezuman ese poso que deja clara la superioridad del coche sobre el resto de medios de transporte y, de alguna manera, su presunta inocencia en la inseguridad y en la violencia vial que sufrimos en nuestras calles. La campaña monográfica sobre la bicicleta que presentaron no dejaba ningún tipo de dudas a este respecto.
Esto es lo literal. Ciclistas ridículos, con actitudes pueriles, presentados como insensatos, invitados incómodos a los que soportar, lentos, patosos, testarudos. Gente a la que domesticar, que debe llevar hasta lo que no está aprobado todavía como obligatorio.
Y castigar al infractor
Pero hay una vertiente mucho más taimada y profunda en la que nuestra DGT trabaja de manera infatigable: el castigo ejemplar. Ese que hace escarmentar y que se puede utilizar para exhibir públicamente las conductas indeseables para su escarnio. ¿Parte de su trabajo? Sí, pero resulta sospechoso cuando dirige su objetivo a los más débiles, a los que, por lo general, se llevan la peor parte en un accidente.
Esta semana hemos tenido noticia de una campaña de estas características que ha tenido lugar en varias localidades de Navarra.
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| Una policía local controla el paso de los peatones (Diario de Navarra) |
Aquí la DGT de la mano de la Polícía Local, ha decidido castigar esta vez a los peatones. Y no le ha temblado el pulso a la hora de establecer las multas: 200 euros por cruzar un paso con semáforo en rojo y 100 por hacerlo fuera de un paso de cebra. Así, el titular se lo llevan las denuncias, aunque la proporción de infractores respecto a la muestra sea irrisoria, que sería la verdadera noticia. En concreto, en Navarra, de 10.677 viandantes controlados se han denunciado a ¡13! ¡Qué te parece! ¡Un 0,12 %! ¡Uno de cada 820! Ridículo.
Lo más lamentable de este tipo de campañas es que al resto de la población nos parecen lógicas y hasta recomendables. Hay que domesticar a los que transgreden las normas. Lo que no nos damos cuenta es que estamos cayendo en su trampa que es la que legitima el orden establecido sin reparar es que es un orden totalmente ventajoso para el coche y que discrimina hasta extremos impensables a los demás.
En vez de tratar de comprender qué motiva esas infracciones
Si en vez de seguir su lógica según la cual el orden establecido es el bueno y el recomendable y cualquiera que no lo siga tiene que ser escarmentado, fuéramos capaces de verlo desde una óptica más conciliadora en la que primara la convivencia y las calles se entendieran como espacios de tránsito multimodal y como lugares pensados prioritariamente para las personas, este tipo de problemáticas se trabajarían desde una perspectiva diferente.
¿Por qué los peatones cruzan con el semáforo en rojo o fuera de los pasos peatonales? ¿Por qué las bicicletas andan por las aceras? ¿Por qué no quieren parar en los cruces? ¿Es sólo porque son una partida de suicidas que no valoran en nada su integridad? ¿O lo hacen sólo para molestar?
Si en vez de enfocar las cosas desde ese ángulo tratáramos de entender que quizá todo está demasiado orientado a que el coche funcione y el tráfico fluya y que para conseguirlo hemos condenado al resto de usuarios de la calle a hacer paradas ridículas, itinerarios penosos o hemos creado barreras que sólo son franqueables por pasos quizá demasiado distantes unos de otros o simplemente mal diseñados, quizá fuéramos capaces de cuestionar este orden y trabajar por hacer ciudades con calles más permeables, más accesibles, más seguras, más amables, más pensadas en las personas que en los coches.
Esto no entra en los planes de la Dirección General de Tráfico ni en el de la práctica totalidad de las Policías Municipales, porque su misión precisamente es hacer que se cumpla el orden. Así pues, si queremos que algo cambie, no tratemos de explicárselo a los que están para que esto funcione. Ya estáis avisados.
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domingo, 24 de noviembre de 2013
Peatones ¿una especie a proteger?
Sí. Eso es lo que afirmaba el otro día el titular del periódico regional de mayor tirada de esta parte de la tierra en su portada, haciendo referencia a una serie de medidas que el Gobierno de Navarra va a tomar para mejorar la seguridad de los viandantes frente a los coches sobre todo en los pasos peatonales. Nada nuevo.
Lo que sí es nuevo es la forma de presentar a un colectivo que, como tal, no existe porque representa a la mayoría de la ciudadanía y la mayoría no necesita representantes porque es diversa, no es consciente de su pertenencia a un colectivo y por tanto no tiene sentido grupal. Todo eso está reservado para las minorías. Ahora bien ¿qué nos ha llevado a tener que declarar especie protegida a la mayoría de la gente anónima que camina por las calles?
La transposición prodigiosa
Presentar a una parte de la fauna como especie protegida es, entre otras cosas, reconocer su indefensión, su fragilidad y su exposición a sus depredadores y a los peligros que acechan su extinción. Y es esto lo que sorprende: que la mayoría de nuestros congéneres se encuentren en peligro de extinción porque unos cuantos hayan decidido utilizar tanques para desplazarse habitualmente, incluso cuando no les hacen falta, y puedan aplastar a los demás, al parecer, inexorablemente.
Dar por sentado este estado de cosas nos lleva a tratar de remediar las consecuencias en vez de trabajar sobre las causas. Y así nos gusta buscar soluciones tales como calmar el tráfico, defender los pasos peatonales, semaforizar, hacer reductos peatonales a modo de reservas o, en último extremo, culpabilizar a las propias víctimas de sus despistes o de sus actitudes negligentes. Todo por no cuestionar el uso que se hace de los coches. Somos tremendos.
¿Defender a la mayoría de una minoría?
Hemos sido capaces de llevar las cosas hasta tal extremo en nuestra ofuscación por tratar de justificar la motorización que ahora nos encontramos preocupados por defender a la mayoría de unos cuantos. Y nos parece normal, nos parece correcto e incluso bueno. Somos terribles.
Sería justificable si habláramos de una minoría, como son los ciclistas, y estudiáramos su excepcionalidad y su supuesta exposición a sus depredadores, como lo han hecho los británicos ante la última oleada de ciclistas muertos en Londres, pero incluso puestos en esta tesitura serían discutibles medidas tales como atrincherarse en las aceras, tomando a los peatones como rehenes. Pero hacerlo poniendo a la mayoría como víctimas es demencial, aunque no menos real.
La única situación en la que se trata de proteger a la sociedad civil en su mayoría de unos cuantos asesinos es la guerra o el terrorismo. ¿Son semejantes? Pues quizá mucho más de lo que estamos dispuestos a reconocer, quizá porque es una realidad que hemos hecho demasiado cotidiana y convivimos con ella con naturalidad impasible. De hecho, terrorismo, guerra y motorización tienen en común que unos cuantos con muchos medios tratan de amedrentar a los demás imponiendo su idiosincrasia violentamente, para arrebatarles su espacio y dominarlo.
¿Condición humana?
¿Homo homini lupus? ¿El hombre es un lobo para el hombre? Pues parece que sí. ¿Si no cómo se entiende la actitud de unos cuantos ciclistas invadiendo alegremente y no sin cierta insolencia los espacios de la mayoría peatonal? Somos lo peor.
Lo que sí es nuevo es la forma de presentar a un colectivo que, como tal, no existe porque representa a la mayoría de la ciudadanía y la mayoría no necesita representantes porque es diversa, no es consciente de su pertenencia a un colectivo y por tanto no tiene sentido grupal. Todo eso está reservado para las minorías. Ahora bien ¿qué nos ha llevado a tener que declarar especie protegida a la mayoría de la gente anónima que camina por las calles?
La transposición prodigiosa
Presentar a una parte de la fauna como especie protegida es, entre otras cosas, reconocer su indefensión, su fragilidad y su exposición a sus depredadores y a los peligros que acechan su extinción. Y es esto lo que sorprende: que la mayoría de nuestros congéneres se encuentren en peligro de extinción porque unos cuantos hayan decidido utilizar tanques para desplazarse habitualmente, incluso cuando no les hacen falta, y puedan aplastar a los demás, al parecer, inexorablemente.
Dar por sentado este estado de cosas nos lleva a tratar de remediar las consecuencias en vez de trabajar sobre las causas. Y así nos gusta buscar soluciones tales como calmar el tráfico, defender los pasos peatonales, semaforizar, hacer reductos peatonales a modo de reservas o, en último extremo, culpabilizar a las propias víctimas de sus despistes o de sus actitudes negligentes. Todo por no cuestionar el uso que se hace de los coches. Somos tremendos.
¿Defender a la mayoría de una minoría?
Hemos sido capaces de llevar las cosas hasta tal extremo en nuestra ofuscación por tratar de justificar la motorización que ahora nos encontramos preocupados por defender a la mayoría de unos cuantos. Y nos parece normal, nos parece correcto e incluso bueno. Somos terribles.
Sería justificable si habláramos de una minoría, como son los ciclistas, y estudiáramos su excepcionalidad y su supuesta exposición a sus depredadores, como lo han hecho los británicos ante la última oleada de ciclistas muertos en Londres, pero incluso puestos en esta tesitura serían discutibles medidas tales como atrincherarse en las aceras, tomando a los peatones como rehenes. Pero hacerlo poniendo a la mayoría como víctimas es demencial, aunque no menos real.
La única situación en la que se trata de proteger a la sociedad civil en su mayoría de unos cuantos asesinos es la guerra o el terrorismo. ¿Son semejantes? Pues quizá mucho más de lo que estamos dispuestos a reconocer, quizá porque es una realidad que hemos hecho demasiado cotidiana y convivimos con ella con naturalidad impasible. De hecho, terrorismo, guerra y motorización tienen en común que unos cuantos con muchos medios tratan de amedrentar a los demás imponiendo su idiosincrasia violentamente, para arrebatarles su espacio y dominarlo.
¿Condición humana?
¿Homo homini lupus? ¿El hombre es un lobo para el hombre? Pues parece que sí. ¿Si no cómo se entiende la actitud de unos cuantos ciclistas invadiendo alegremente y no sin cierta insolencia los espacios de la mayoría peatonal? Somos lo peor.
miércoles, 13 de noviembre de 2013
Atropéllame y huye, por favor
La crónica de sucesos de incidentes en los que se ven involucrados ciclistas últimamente presenta un modelo entrañable que es el de la huída del atropellador, sobre todo cuando el "accidente" reviste gravedad. Quizá es en parte una influencia cultural estadounidense, donde el "hit & run" (allí tienen nombres para todas las nuevas tendencias) es una práctica habitual.
Que los automovilistas lo hagan a estas alturas de dominio insolente e impune del motor en la lógica del tráfico ya casi no nos sorprende, porque nos hemos ido acostumbrando a sus despropósitos homicidas que aunque excepcionales son por desgracia repetidos, pero que lo hagan también los energúmenos que andan en bici es totalmente inadminisble. Y no precisamente por hacer un agravio comparativo, que lo es, sino más bien porque los que prescribimos la bicicleta lo hacemos desde una perspectiva según la cual la bicicleta es un vehículo amable que favorece la empatía y mejora el entendimiento y no al revés.
En el noticiario negro de la bicicleta de ayer se recoge una crónica que resume esta situación en su extremo más grave, pero es más habitual de lo que parece ver este tipo de actitudes irresponsables con la posterior huída (cuando no el enfrentamiento con la víctima) y es necesario condenarlas con una especial contundencia porque son especialmente contraventivas de la ejemplaridad que deberíamos profesar los que andamos en bici.
Si queremos que se nos tenga en cuenta y queremos que se nos respete, debemos respetar nosotros primero y debemos ser escrupulosos y exigentes a la hora de exigir, primero a los nuestros, que sean modélicos a la hora de comportarse, sobre todo con los más débiles, en nuestro caso los peatones.
Así pues, amigo ciclista, si vas a atropellarme cuando vaya caminando tranquilamente por la acera, huye después porque si no seré implacable a la hora de perseguirte y condenarte.
Que los automovilistas lo hagan a estas alturas de dominio insolente e impune del motor en la lógica del tráfico ya casi no nos sorprende, porque nos hemos ido acostumbrando a sus despropósitos homicidas que aunque excepcionales son por desgracia repetidos, pero que lo hagan también los energúmenos que andan en bici es totalmente inadminisble. Y no precisamente por hacer un agravio comparativo, que lo es, sino más bien porque los que prescribimos la bicicleta lo hacemos desde una perspectiva según la cual la bicicleta es un vehículo amable que favorece la empatía y mejora el entendimiento y no al revés.
En el noticiario negro de la bicicleta de ayer se recoge una crónica que resume esta situación en su extremo más grave, pero es más habitual de lo que parece ver este tipo de actitudes irresponsables con la posterior huída (cuando no el enfrentamiento con la víctima) y es necesario condenarlas con una especial contundencia porque son especialmente contraventivas de la ejemplaridad que deberíamos profesar los que andamos en bici.
Si queremos que se nos tenga en cuenta y queremos que se nos respete, debemos respetar nosotros primero y debemos ser escrupulosos y exigentes a la hora de exigir, primero a los nuestros, que sean modélicos a la hora de comportarse, sobre todo con los más débiles, en nuestro caso los peatones.
Así pues, amigo ciclista, si vas a atropellarme cuando vaya caminando tranquilamente por la acera, huye después porque si no seré implacable a la hora de perseguirte y condenarte.
lunes, 19 de agosto de 2013
Si los conductores muertos soplaran, la mitad daría positivo
Tremenda la noticia que se publicó el otro día en la prensa y que en su momento y acompañada del resto no resultaba en absoluto sorprendente. Pues sí, el 47,32 por ciento de los conductores fallecidos en accidente de tráfico en carretera durante el año pasado dio positivo por consumo de alcohol, drogas o psicofármacos, según la memoria del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses (INTCF). Macabro el trabajo de esta gente, pero sin duda necesario porque resulta revelador.
Es fácil emitir opiniones sobre las causas de la peligrosidad en el tráfico. Velocidad, imprudencias, descuidos, falta de atención... pero la influencia del alcohol y en menor medida de otros psicotrópicos es devastadora para sus propios consumidores, si luego se ponen a conducir un vehículo. No digamos para el resto de los que se encuentren en su camino.
El perfil de los conductores muertos tampoco sorprende: más de 3 cuartas partes eran hombres e iban bien bebidos, en su inmensa mayoría cuadruplicaban la tasa permitida. Aquí es donde la cosa chirría un poco más, sobre todo porque todos sabemos reconocer en ello un modelo sociocultural demasiado arraigado en nuestro entorno.
Los peatones también
Lo malo de esta estadística es que, de entre las víctimas, los peatones arrojaban las mismas proporciones de alcoholemia. Ahora bien, aunque es triste, no se puede comparar la gravedad de una y otra, como de las infracciones que se cometen por unos y por otros bajo los efectos del alcohol.
Esto es obvio para todo el mundo, menos para la DGT, la Dirección General de Tráfico, que entre sus novedades normativas quiere introducir los controles de alcoholemia también a los peatones, al menos a los que infrinjan las normas de circulación y no solo a aquellos que sean víctimas o copartíSicipes de un siniestro. Habrá que saber si andar borracho por una acera bici también cuenta, porque entonces están averiados. O estamos. Por cierto que, parece ser, que estas infracciones costarán también una buena pasta y unos puntos del carnet de conducir siempre que se tengan y que se viva para contarlo.
Ahora bien, lo realmente preocupante de todos estos datos es la incidencia que tiene el alcohol en nuestras muertes (y no digamos en nuestras vidas). Tanto o más que la conducción de coches sin motivo justificado. ¿Hasta cuándo vamos a seguir dando cobertura a estos hábitos mortales? Más con el efecto multiplicador que provoca su adición (y su adicción, también).
Si puedes, no bebas. Si bebes, no conduzcas. Si conduces bebido, eres un malnacido.
Es fácil emitir opiniones sobre las causas de la peligrosidad en el tráfico. Velocidad, imprudencias, descuidos, falta de atención... pero la influencia del alcohol y en menor medida de otros psicotrópicos es devastadora para sus propios consumidores, si luego se ponen a conducir un vehículo. No digamos para el resto de los que se encuentren en su camino.
El perfil de los conductores muertos tampoco sorprende: más de 3 cuartas partes eran hombres e iban bien bebidos, en su inmensa mayoría cuadruplicaban la tasa permitida. Aquí es donde la cosa chirría un poco más, sobre todo porque todos sabemos reconocer en ello un modelo sociocultural demasiado arraigado en nuestro entorno.
Los peatones también
Lo malo de esta estadística es que, de entre las víctimas, los peatones arrojaban las mismas proporciones de alcoholemia. Ahora bien, aunque es triste, no se puede comparar la gravedad de una y otra, como de las infracciones que se cometen por unos y por otros bajo los efectos del alcohol.
Esto es obvio para todo el mundo, menos para la DGT, la Dirección General de Tráfico, que entre sus novedades normativas quiere introducir los controles de alcoholemia también a los peatones, al menos a los que infrinjan las normas de circulación y no solo a aquellos que sean víctimas o copartíSicipes de un siniestro. Habrá que saber si andar borracho por una acera bici también cuenta, porque entonces están averiados. O estamos. Por cierto que, parece ser, que estas infracciones costarán también una buena pasta y unos puntos del carnet de conducir siempre que se tengan y que se viva para contarlo.
Ahora bien, lo realmente preocupante de todos estos datos es la incidencia que tiene el alcohol en nuestras muertes (y no digamos en nuestras vidas). Tanto o más que la conducción de coches sin motivo justificado. ¿Hasta cuándo vamos a seguir dando cobertura a estos hábitos mortales? Más con el efecto multiplicador que provoca su adición (y su adicción, también).
Si puedes, no bebas. Si bebes, no conduzcas. Si conduces bebido, eres un malnacido.
martes, 23 de abril de 2013
Son los coches, estúpidos
Estamos enfrascados en tratar de dilucidar cuáles son los preceptos que debería recoger una nueva formulación de la circulación que cumpla el doble objetivo de proteger a los más débiles sin que ello suponga un detrimento de la actividad de los mismos. O lo que es lo mismo, cómo conseguir que cada vez menos ciclistas y peatones sean víctimas de atropellos sin reducir el número de gente que camina o anda en bici.
Así le hemos ido dando la vuelta a todo lo concerniente a los requisitos y las condiciones para que la circulación ciclista sea segura, porque la peatonal parece que lo sea. Reducción de la velocidad, reconocimiento del derecho del ciclista a ocupar el carril que le convenga, permiso para que las bicicletas circulen en contradirección o por espacios peatonales, conveniencia o necesidad de que los ciclistas aporten una formación básica o se provean de su propia protección... y sin embargo nadie habla de los verdaderos causantes de la gravedad de las colisiones que no son otros que los coches.
Querida Directora General de Tráfico, querido Ministro del Interior, queridos representantes del mundo de la bicicleta y queridos portavoces de los peatones dejad de taparos los ojos con estupideces del tamaño del casco o de disputas por el derecho a circular por las aceras: el problema son los coches.
Son los coches en circulación los que ponen en peligro a las personas en las calles de nuestras ciudades. Como en las carreteras. Simplemente con disuadir del uso del coche se combatiría de tal manera la sangría que provoca su circulación que no haría falta pensar en otras medidas complementarias. Con menos coches en circulación habría menor probabilidad de sufrir las consecuencias inevitables de su uso: los accidentes.
Lo que pasa es que esta Dirección General de Tráfico, como este Ministerio, como en general todos los responsables políticos y tecnicos que nos rodean no se pueden permitir ni siquiera sopesar la posibilidad de disuadir del uso del coche porque se juegan demasiado y no quieren reconocerlo.
Porque bastaría con perseguir el cumplimiento de las velocidades, el escrupuloso respeto de los pasos peatonales, de las distancias de seguridad y hacerlo con castigos ejemplares, a la vez que se articularan medidas para hacer que los coches sólo se utilizaran por causa mayor. Con eso, con menos coches en la calzada, el resto de actores de la circulación verían que todo sería más fácil.
El casco o la circulación por aceras o por aceras bici no resuelven el problema, al contrario, lo agravan, porque el primero disuade del uso de la bici y la segunda multiplica la probabilidad de sufrir accidentes graves en los pasos de calzada.
Así le hemos ido dando la vuelta a todo lo concerniente a los requisitos y las condiciones para que la circulación ciclista sea segura, porque la peatonal parece que lo sea. Reducción de la velocidad, reconocimiento del derecho del ciclista a ocupar el carril que le convenga, permiso para que las bicicletas circulen en contradirección o por espacios peatonales, conveniencia o necesidad de que los ciclistas aporten una formación básica o se provean de su propia protección... y sin embargo nadie habla de los verdaderos causantes de la gravedad de las colisiones que no son otros que los coches.
Querida Directora General de Tráfico, querido Ministro del Interior, queridos representantes del mundo de la bicicleta y queridos portavoces de los peatones dejad de taparos los ojos con estupideces del tamaño del casco o de disputas por el derecho a circular por las aceras: el problema son los coches.
Son los coches en circulación los que ponen en peligro a las personas en las calles de nuestras ciudades. Como en las carreteras. Simplemente con disuadir del uso del coche se combatiría de tal manera la sangría que provoca su circulación que no haría falta pensar en otras medidas complementarias. Con menos coches en circulación habría menor probabilidad de sufrir las consecuencias inevitables de su uso: los accidentes.
Lo que pasa es que esta Dirección General de Tráfico, como este Ministerio, como en general todos los responsables políticos y tecnicos que nos rodean no se pueden permitir ni siquiera sopesar la posibilidad de disuadir del uso del coche porque se juegan demasiado y no quieren reconocerlo.
Porque bastaría con perseguir el cumplimiento de las velocidades, el escrupuloso respeto de los pasos peatonales, de las distancias de seguridad y hacerlo con castigos ejemplares, a la vez que se articularan medidas para hacer que los coches sólo se utilizaran por causa mayor. Con eso, con menos coches en la calzada, el resto de actores de la circulación verían que todo sería más fácil.
El casco o la circulación por aceras o por aceras bici no resuelven el problema, al contrario, lo agravan, porque el primero disuade del uso de la bici y la segunda multiplica la probabilidad de sufrir accidentes graves en los pasos de calzada.
lunes, 22 de abril de 2013
Pilladas en el paso de cebra
Hoy me he encontrado, leyendo el periódico, con una breve noticia que recogía dos sucesos que desgraciadamente se están haciendo clásicos y que resumen el estado de las cosas en lo que a ordenación del tráfico se refiere en esta parte del mundo. Una peatona y una ciclista atropelladas en sendos pasos de peatones. Por suerte, ninguna de las víctimas reviste gravedad. Lo que es grave es que este tipo de atropellos se produzcan.
No es lo mismo
Ahora bien, ambos incidentes no son comparables en absoluto. Mientras en el caso de la viandante se trata de un atropello criminal, denunciable y execrable por culpa de un automovilista que ha decidido tomar ventaja en una situación que no lo permitía, en el caso de la ciclista ésta es la víctima propiciatoria de su propio atropello al invadir la calzada por un paso de peatones desde una acera, ambas acciones ilegales y terriblemente peligrosas.
Sin embargo y pese a este carácter diametralmente opuesto, es desafortunadamente demasiado común, por repetido y por esa rancia educación misericorde que tenemos, ponerse del lado del más débil, aunque sea éste el que decida ponerse en peligro de forma gratuita e inconsciente y entonces tendemos, como se deduce de esta noticia, a ponerlos en el mismo rasero y a juzgarlos a ambos inocentes.
Pues no, la inconsciencia no es inocente y la estulticia menos, sobre todo cuando involucra a otros y tiene consecuencias sobre ellos y, de la misma manera que no se nos pasaría por la mente exculpar al conductor que despreocupadamente atropella a la niña que cruzaba por el paso de peatones, no deberíamos compadecernos y perdonar a la ciclista que se arroja desde una acera, esté pintada o no para ciclistas, porque su maniobra tiene consecuencias para ella y para el atropellador que no puede evitarla.
Así pues, basta ya de hacer demagogia con los pobres e infaustos ciclistas que trasgreden la ley para su propio beneficio poniendo en peligro su integridad y la de los demás, aunque caigan atropellados en el intento, porque esto nos va a hacer flaco favor a la hora de defender sus derechos y su dignidad en el futuro.
No es lo mismo
Ahora bien, ambos incidentes no son comparables en absoluto. Mientras en el caso de la viandante se trata de un atropello criminal, denunciable y execrable por culpa de un automovilista que ha decidido tomar ventaja en una situación que no lo permitía, en el caso de la ciclista ésta es la víctima propiciatoria de su propio atropello al invadir la calzada por un paso de peatones desde una acera, ambas acciones ilegales y terriblemente peligrosas.
Sin embargo y pese a este carácter diametralmente opuesto, es desafortunadamente demasiado común, por repetido y por esa rancia educación misericorde que tenemos, ponerse del lado del más débil, aunque sea éste el que decida ponerse en peligro de forma gratuita e inconsciente y entonces tendemos, como se deduce de esta noticia, a ponerlos en el mismo rasero y a juzgarlos a ambos inocentes.
No da igual
Pues no, la inconsciencia no es inocente y la estulticia menos, sobre todo cuando involucra a otros y tiene consecuencias sobre ellos y, de la misma manera que no se nos pasaría por la mente exculpar al conductor que despreocupadamente atropella a la niña que cruzaba por el paso de peatones, no deberíamos compadecernos y perdonar a la ciclista que se arroja desde una acera, esté pintada o no para ciclistas, porque su maniobra tiene consecuencias para ella y para el atropellador que no puede evitarla.
Así pues, basta ya de hacer demagogia con los pobres e infaustos ciclistas que trasgreden la ley para su propio beneficio poniendo en peligro su integridad y la de los demás, aunque caigan atropellados en el intento, porque esto nos va a hacer flaco favor a la hora de defender sus derechos y su dignidad en el futuro.
martes, 2 de abril de 2013
¿Cómo salvamos a los ciclistas?
Tenemos un problema. Grave. Los coches matan. Y matan ciclistas. Los datos son preocupantes. Aunque en los últimos años las cifras no se han incrementado notablemente, tampoco han disminuido en la misma proporción en la que lo han hecho otros colectivos. Los ciclistas siguen siendo los peor parados en las estadísticas oficiales. La cosa reviste tal gravedad que la Dirección General de Tráfico ha decidido intervenir para poner algún tipo de remedio ante semejante sangría, ahora que ha sido capaz de disminuir las víctimas entre los motorizados.
¿Hay un remedio para proteger a los ciclistas? Desde luego, el asunto es complejo y la casuística lo complica doblemente. Por un lado, tenemos a los ciclistas de carretera, por otro a los que andan por la calzada también en la ciudad y, finalmente, tenemos a los ciclistas que se refugian en ciclovías y en aceras y que evitan sistemáticamente tocar el asfalto por puro pánico. También hay casos mixtos y excepciones a todos ellos. Así pues, es difícil buscar una única solución para todos los casos.
Los ciclistas de carretera siguen sufriendo el acoso y derribo de los automóvilistas que siguen sin entender que la carretera es de todos y que llevar un vehículo más potente no da más derechos sino que, en todo caso, obliga a asumir más responsabilidades y más prevenciones. Sin embargo, todavía se ven demasiadas actitudes temerarias entre los ciclistas: circulando sin luces en condiciones de poca visibilidad, conduciendo imprudentemente en zonas comprometidas, no observando las normas de circulación, etc.
Así pues, y pese a que en muchos casos la culpa es de los automovilistas porque conducen el vehículo mortal, los ciclistas siguen demostrando, en muchos casos, una falta de prevención y de observancia de las normas que hacen necesario un recordatorio de cuáles son los riesgos y cómo pueden evitarse.
¿Qué hacer? Insistir en ambos bandos, haciendo un especial hincapié entre los conductores en vías frecuentemente utilizadas por ciclistas.
Ahora bien, lo que vale para las vías interurbanas no vale muchas veces para la ciudad, porque, mientras una carretera es una línea que une dos puntos, una ciudad es una malla densa e intrincada de vías de distintas categorías, secciones y condiciones que hacen la conducción extremadamente compleja y su regulación aún más. Eso sin hablar de las vías ciclistas exclusivas y de la circulación por y desde aceras. Es fácil resumir el tema en un asunto relativo a las intersecciones, porque es ahí donde más accidentes se producen. Accidentes, atropellos o temeridades, porque de todo hay. Sin embargo, no es tan sencillo.
En el medio urbano, las circunstancias que provocan peligro se multiplican exponencialmente respecto a las de la carretera y, pese a eso, la gravedad de los accidentes no es tan alta, simplemente porque, pese a que las actitudes son mucho más agresivas entre los conductores, se conduce a velocidades mucho más bajas y de una manera infinitamente más atenta a como se hace en carretera abierta. Pero es aquí, en la ciudad compleja, donde la cosa es especialmente difícil de trabajar ya que presenta problemáticas multivectoriales.
Se puede trabajar sobre el colectivo automovilista, inmune a tanta campaña alertadora y a tanto impulso controlador, y recibir la respuesta automática de "son los ciclistas los que se ponen en peligro de manera gratuita" o "son ellos los que incumplen las normas y se la juegan".
Se puede trabajar sobre el variopinto y contradictorio colectivo ciclista y encontrarnos con posiciones contrapuestas y argumentos frontales entre ellos. Los que temen al asfalto más que a la muerte, los que dicen no pisar otra cosa que la calzada, los mixtos, los aprovechados, los valientes, los miedosos, los inconscientes, los prevenidos y los prepotentes, los que sólo circulan por las aceras y, para rematarlo, las mujeres, los niños y los ancianos. Cada cual tiene sus necesidades y exigencias. Ante semejante ensalada el asunto se complica extraordinariamente. Tanto que es casi intratable. Porque lo que vale para unos, no vale para otros y, más que eso, lo ven como una amenaza para su forma de entender la circulación segura.
Nos falta sentido común
No hay pues un remedio, aunque sí hay una forma de afrontar el asunto, dada la gravedad del mismo: sólo el sentido común puede ayudarnos a mejorar todo esto. Ese sentido común que nos falta porque muchos no sabemos de qué hablamos cuando hablamos de bicicletas. Porque lo hemos perdido y ahora no nos acordamos cómo era.
El sentido común es, para empezar, el sentido de la circulación, su ordenación, su normativa. Porque está bien proponer algunas excepciones puntuales, pero lo que debe mandar cuando hablamos de vehículos es la norma universal, la conocida por todos y observada por la inmensa mayoría. Esa que nos recomienda saber manejar el vehículo antes de aventurarnos a andar con él, que nos obliga a circular en un sentido, a ocupar un espacio suficiente, a respetar las distancias de seguridad, a señalizar cuando cambiamos de trayectoria, a respetar las señales y los semáforos, a llevar luces de noche y a entendernos con los demás.
Sólo el sentido común es fácil, todo lo demás es complicado. Un carril bici que no esté implementado en la calzada es una complicación extrema para las partes implicadas en su interpretación y mucho más en el momento del encuentro con el tráfico. Porque es imposible de gestionar. Incluso en calzada es difícil si no deja libertad de movimientos en las intersecciones e incorporaciones. Mucho más si es en contrasentido. La circulación por aceras, por descontado, queda fuera de este juego.
Y una forma distinta de concebir la circulación
Ahora bien, el sentido común no resuelve el problema principal en las ciudades y tampoco lo hace en las vías interurbanas que no es otro que: una configuración del tráfico demasiado orientada al coche en el diseño del viario y su ordenamiento. Vías demasiado rápidas, arcenes inexistentes o poco protegidos y sistemáticamente invadidos, sobre todo en las curvas, semáforos ordenados para velocidades motorizadas, cruces pensados para coches, rotondas sobredimensionadas, aparcamiento irregular, etcétera, etcétera, etcétera.
Mientras no empecemos a cambiar la forma de organizar el tráfico y no contemplemos las circunstancias de los más débiles esta batalla seguirá dejando demasiadas víctimas y seguirá favoreciendo demasiado a los verdaderamente peligrosos.
¿Hay un remedio para proteger a los ciclistas? Desde luego, el asunto es complejo y la casuística lo complica doblemente. Por un lado, tenemos a los ciclistas de carretera, por otro a los que andan por la calzada también en la ciudad y, finalmente, tenemos a los ciclistas que se refugian en ciclovías y en aceras y que evitan sistemáticamente tocar el asfalto por puro pánico. También hay casos mixtos y excepciones a todos ellos. Así pues, es difícil buscar una única solución para todos los casos.
En carretera
Los ciclistas de carretera siguen sufriendo el acoso y derribo de los automóvilistas que siguen sin entender que la carretera es de todos y que llevar un vehículo más potente no da más derechos sino que, en todo caso, obliga a asumir más responsabilidades y más prevenciones. Sin embargo, todavía se ven demasiadas actitudes temerarias entre los ciclistas: circulando sin luces en condiciones de poca visibilidad, conduciendo imprudentemente en zonas comprometidas, no observando las normas de circulación, etc.
Así pues, y pese a que en muchos casos la culpa es de los automovilistas porque conducen el vehículo mortal, los ciclistas siguen demostrando, en muchos casos, una falta de prevención y de observancia de las normas que hacen necesario un recordatorio de cuáles son los riesgos y cómo pueden evitarse.
¿Qué hacer? Insistir en ambos bandos, haciendo un especial hincapié entre los conductores en vías frecuentemente utilizadas por ciclistas.
En ciudad
Ahora bien, lo que vale para las vías interurbanas no vale muchas veces para la ciudad, porque, mientras una carretera es una línea que une dos puntos, una ciudad es una malla densa e intrincada de vías de distintas categorías, secciones y condiciones que hacen la conducción extremadamente compleja y su regulación aún más. Eso sin hablar de las vías ciclistas exclusivas y de la circulación por y desde aceras. Es fácil resumir el tema en un asunto relativo a las intersecciones, porque es ahí donde más accidentes se producen. Accidentes, atropellos o temeridades, porque de todo hay. Sin embargo, no es tan sencillo.
En el medio urbano, las circunstancias que provocan peligro se multiplican exponencialmente respecto a las de la carretera y, pese a eso, la gravedad de los accidentes no es tan alta, simplemente porque, pese a que las actitudes son mucho más agresivas entre los conductores, se conduce a velocidades mucho más bajas y de una manera infinitamente más atenta a como se hace en carretera abierta. Pero es aquí, en la ciudad compleja, donde la cosa es especialmente difícil de trabajar ya que presenta problemáticas multivectoriales.
Se puede trabajar sobre el colectivo automovilista, inmune a tanta campaña alertadora y a tanto impulso controlador, y recibir la respuesta automática de "son los ciclistas los que se ponen en peligro de manera gratuita" o "son ellos los que incumplen las normas y se la juegan".
Se puede trabajar sobre el variopinto y contradictorio colectivo ciclista y encontrarnos con posiciones contrapuestas y argumentos frontales entre ellos. Los que temen al asfalto más que a la muerte, los que dicen no pisar otra cosa que la calzada, los mixtos, los aprovechados, los valientes, los miedosos, los inconscientes, los prevenidos y los prepotentes, los que sólo circulan por las aceras y, para rematarlo, las mujeres, los niños y los ancianos. Cada cual tiene sus necesidades y exigencias. Ante semejante ensalada el asunto se complica extraordinariamente. Tanto que es casi intratable. Porque lo que vale para unos, no vale para otros y, más que eso, lo ven como una amenaza para su forma de entender la circulación segura.
Nos falta sentido común
No hay pues un remedio, aunque sí hay una forma de afrontar el asunto, dada la gravedad del mismo: sólo el sentido común puede ayudarnos a mejorar todo esto. Ese sentido común que nos falta porque muchos no sabemos de qué hablamos cuando hablamos de bicicletas. Porque lo hemos perdido y ahora no nos acordamos cómo era.
El sentido común es, para empezar, el sentido de la circulación, su ordenación, su normativa. Porque está bien proponer algunas excepciones puntuales, pero lo que debe mandar cuando hablamos de vehículos es la norma universal, la conocida por todos y observada por la inmensa mayoría. Esa que nos recomienda saber manejar el vehículo antes de aventurarnos a andar con él, que nos obliga a circular en un sentido, a ocupar un espacio suficiente, a respetar las distancias de seguridad, a señalizar cuando cambiamos de trayectoria, a respetar las señales y los semáforos, a llevar luces de noche y a entendernos con los demás.
Sólo el sentido común es fácil, todo lo demás es complicado. Un carril bici que no esté implementado en la calzada es una complicación extrema para las partes implicadas en su interpretación y mucho más en el momento del encuentro con el tráfico. Porque es imposible de gestionar. Incluso en calzada es difícil si no deja libertad de movimientos en las intersecciones e incorporaciones. Mucho más si es en contrasentido. La circulación por aceras, por descontado, queda fuera de este juego.
Y una forma distinta de concebir la circulación
Ahora bien, el sentido común no resuelve el problema principal en las ciudades y tampoco lo hace en las vías interurbanas que no es otro que: una configuración del tráfico demasiado orientada al coche en el diseño del viario y su ordenamiento. Vías demasiado rápidas, arcenes inexistentes o poco protegidos y sistemáticamente invadidos, sobre todo en las curvas, semáforos ordenados para velocidades motorizadas, cruces pensados para coches, rotondas sobredimensionadas, aparcamiento irregular, etcétera, etcétera, etcétera.
Mientras no empecemos a cambiar la forma de organizar el tráfico y no contemplemos las circunstancias de los más débiles esta batalla seguirá dejando demasiadas víctimas y seguirá favoreciendo demasiado a los verdaderamente peligrosos.
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domingo, 27 de enero de 2013
Peatón, no cruces por el paso de cebra
15 atropellos en 20 días. La ciudad de Pamplona ha sido escenario de un aumento espectacular en los atropellos de peatones. Tanto ha sido así que la Policía Municipal, ha decidido iniciar una campaña sobre el terreno para tratar de resolver el problema.
Hasta aquí todo lógico, pero ¿cómo pueden evitarse los atropellos? La Policía Municipal de Pamplona ha pensado que posicionándose en los pasos de peatones más conflictivos para recordar las responsabilidades de conductores y viandantes. Esto es, que los peatones pasen por estos pasos y que los coches respeten la prioridad de los viandantes.
Lo malo es que, de los 15 atropellos, 13 se han producido precisamente en esos pasos peatonales. Así pues, es difícil adivinar qué más se puede hacer que trabajar para que los conductores sean más respetuosos con las normas de circulación en estos lugares.
¿Cuál es entonces la estrategia? Pues, sencillamente, tratar de repartir la culpa de los atropellos con los peatones, recordándoles que ya no basta con cruzar por los pasos habilitados para ellos sino que ahora tendrán que incrementar sus precauciones a la hora de invadir la calzada asegurándose de que los conductores les hayan visto y extremándolas cuando las condiciones meteorológicas sean adversas ya que paraguas, capuchas y prendas oscuras dificultan su visibilidad y su interacción con los automovilistas.
Según los datos y la estrategia de la Policía podríamos concluir que:
Hasta aquí todo lógico, pero ¿cómo pueden evitarse los atropellos? La Policía Municipal de Pamplona ha pensado que posicionándose en los pasos de peatones más conflictivos para recordar las responsabilidades de conductores y viandantes. Esto es, que los peatones pasen por estos pasos y que los coches respeten la prioridad de los viandantes.
Lo malo es que, de los 15 atropellos, 13 se han producido precisamente en esos pasos peatonales. Así pues, es difícil adivinar qué más se puede hacer que trabajar para que los conductores sean más respetuosos con las normas de circulación en estos lugares.
¿Cuál es entonces la estrategia? Pues, sencillamente, tratar de repartir la culpa de los atropellos con los peatones, recordándoles que ya no basta con cruzar por los pasos habilitados para ellos sino que ahora tendrán que incrementar sus precauciones a la hora de invadir la calzada asegurándose de que los conductores les hayan visto y extremándolas cuando las condiciones meteorológicas sean adversas ya que paraguas, capuchas y prendas oscuras dificultan su visibilidad y su interacción con los automovilistas.
Según los datos y la estrategia de la Policía podríamos concluir que:
- En Pamplona los pasos peatonales son los lugares más peligrosos para cruzar ya que más de un 85% de los atropellos sucedidos este año han tenido lugar en ellos.
- Que en días lluviosos es mejor no salir a la calle en algo que no sea un coche y que, si se hace, es mejor no llevar paraguas y capuchas, porque dificultan las operaciones al cruzar la calle.
- Que es mejor no ir vestido de colores oscuros de noche.
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martes, 15 de enero de 2013
Cómprate un muerto...
Es lo que tiene el coche, que mata. Es lo que tiene el paso de cebra, que es el lugar más peligroso para cruzar una carretera. Es lo que tiene la bici, que te la juegas. Nos gusta reafirmarnos en lo que sabemos o en lo que nos dicen que tenemos que saber. Nos ponen los tópicos y las redundancias. Nos sirve para comprobar que las cosas siguen ahí, donde las dejamos estar, por más crueles que éstas sean.
Llevamos unos días tremendos en los que varios peatones y una ciclista han muerto al ser atropellados por coches. Madrid, Murcia, Barcelona, Valencia, Fuerteventura... Más de lo mismo. Lo peor de este tipo de incidentes es que, por mera repetición, nos lleguemos a acostumbrar a ellos.
Lo más grave es que, ante semejantes sucesos, mucha gente demanda tan sólo mayor protección para los más indefensos. ¡Como si fuera posible! ¿A qué se referirán? ¿A pasos de peatones blindados? ¿A carriles bici protegidos con tapias laterales? Pues no. Piden reducción y control de la velocidad y respeto a las distancias de seguridad.
Pues no va a ser suficiente. Hace falta algo más. Por ejemplo, endurecer las penas por infracciones, negligencias y temeridades al volante. Si no somos capaces de ejemplarizar castigando estas conductas entre los verdaderamente peligrosos, los automovilistas, difícilmente podremos conseguir mejorar la situación sangrante en la que nos encontramos.
Pese a que hemos tenido noticia de alguna propuesta dirigida a perseguir alguno de los supuestos que producen mayor letalidad en la práctica automovilística (el Ayuntamiento de Valencia instalará, por ejemplo, cámaras en muchos semáforos para denunciar a los conductores que se los salten en rojo), desgraciadamente también nos ha llegado la resolución del Ministerio de Justicia de indultar a un conductor kamikaze al que habían condenado a trece años de prisión por matar a otro conductor cuando circulaba en dirección contraria por una autopista en 2003 y conmutarle la pena por el pago de 4.000 euros. ¡Demasiado barato!
No se puede consentir más este estado de cosas, esta permisividad hacia los automovilistas criminales, mientras sibilinamente se sigue corresponsabilizando a las víctimas. Los homicidios al volante no pueden quedar impunes y la peligrosidad de muchos automovilistas tampoco.
Llevamos unos días tremendos en los que varios peatones y una ciclista han muerto al ser atropellados por coches. Madrid, Murcia, Barcelona, Valencia, Fuerteventura... Más de lo mismo. Lo peor de este tipo de incidentes es que, por mera repetición, nos lleguemos a acostumbrar a ellos.
Lo más grave es que, ante semejantes sucesos, mucha gente demanda tan sólo mayor protección para los más indefensos. ¡Como si fuera posible! ¿A qué se referirán? ¿A pasos de peatones blindados? ¿A carriles bici protegidos con tapias laterales? Pues no. Piden reducción y control de la velocidad y respeto a las distancias de seguridad.
Pues no va a ser suficiente. Hace falta algo más. Por ejemplo, endurecer las penas por infracciones, negligencias y temeridades al volante. Si no somos capaces de ejemplarizar castigando estas conductas entre los verdaderamente peligrosos, los automovilistas, difícilmente podremos conseguir mejorar la situación sangrante en la que nos encontramos.
Pese a que hemos tenido noticia de alguna propuesta dirigida a perseguir alguno de los supuestos que producen mayor letalidad en la práctica automovilística (el Ayuntamiento de Valencia instalará, por ejemplo, cámaras en muchos semáforos para denunciar a los conductores que se los salten en rojo), desgraciadamente también nos ha llegado la resolución del Ministerio de Justicia de indultar a un conductor kamikaze al que habían condenado a trece años de prisión por matar a otro conductor cuando circulaba en dirección contraria por una autopista en 2003 y conmutarle la pena por el pago de 4.000 euros. ¡Demasiado barato!
No se puede consentir más este estado de cosas, esta permisividad hacia los automovilistas criminales, mientras sibilinamente se sigue corresponsabilizando a las víctimas. Los homicidios al volante no pueden quedar impunes y la peligrosidad de muchos automovilistas tampoco.
martes, 1 de enero de 2013
Los años que viviremos peligrosamente
Peligro. Un término que encierra en sí mismo una bomba, toda una carga de profundidad. Cuando alguien define algo como peligroso, directamente le está asignando un efecto dañino en potencia, que se asocia a una posibilidad cierta de que la cosa acabe mal. Eso, que en sí mismo no entraña mayor maldad, utilizado para poner en cuestión determinadas prácticas se puede volver realmente pernicioso y puede provocar encadenamientos y asociaciones de conceptos que llevan implícitas lógicas tremendistas.
Es lo que le pasa al acto de andar en bici. Está demostrado estadísticamente que la práctica de andar en bici a diario en desplazamientos rutinarios es una de las formas más seguras de desplazarse por el número de contingencias que pueden ocurrirle a la persona que lo hace a lo largo de su vida. El índice de siniestralidad o de accidentalidad es exponencialmente más bajo que, por ejemplo, el que arroja el uso del coche. Y hablamos de estadísticas por kilómetros recorridos, sabiendo que el coche es capaz de recorrer muchos más kilómetros en un solo viaje.
¿Peligro o "periglo"?
Conviene repasar la etimología del término peligro para darse cuenta que su procedencia es bastante más noble y menos siniestra que su producto.
Este es el sustrato ético en el que nos movemos, que va cambiando el sentido del lenguaje y, con él, el de nuestras acciones para orientarlas hacia enfoques interesados en jugar con el miedo, que da muchos más réditos que el libre albedrío y la simple emoción de vivir ensayando, intentanto y arriesgando ¿por qué no?
... pero está lleno de timoratos y son ellos los que dominan las encuestas y se dejan arrastrar por los que los mantienen amedrentados a su merced. Triste pero real. El que arriesga pierde, reza el dicho que sustenta esta teoría.
Sin embargo, sólo el que arriesga gana y la ganancia de la que hablamos cuando hablamos de moverse en bici es realmente importante: beneficios en salud, en tiempo, beneficios económicos, beneficios para nuestro entorno, para los demás, para nuestro trabajo, para nuestra forma de relacionarnos, para nuestro estado de ánimo... demasiado como para no apostar en ello.
Cada vez somos más los que estamos convencidos que una vida sin riesgos es una vida insulsa, que sólo a través del experimento se llega al descubrimiento y que la experiencia es la madre de la ciencia, más si se practica de una manera tan recalcitrante y tan reconfortante como ésta. Bienvenido peligro.
Espero vivir y convivir muchos años peligrosamente, muchos más porque el solo hecho de haber elegido un medio de locomoción activo me dará al menos 5 años más de esperanza de vida que a los pasivos motorizados. Y os aseguro que además de peligroso, va a ser intenso, emocionante y divertido. ¿Quién da más?
Es lo que le pasa al acto de andar en bici. Está demostrado estadísticamente que la práctica de andar en bici a diario en desplazamientos rutinarios es una de las formas más seguras de desplazarse por el número de contingencias que pueden ocurrirle a la persona que lo hace a lo largo de su vida. El índice de siniestralidad o de accidentalidad es exponencialmente más bajo que, por ejemplo, el que arroja el uso del coche. Y hablamos de estadísticas por kilómetros recorridos, sabiendo que el coche es capaz de recorrer muchos más kilómetros en un solo viaje.
¿Peligro o "periglo"?
Conviene repasar la etimología del término peligro para darse cuenta que su procedencia es bastante más noble y menos siniestra que su producto.
La palabra peligro viene del latín periculum (prueba, tentativa, ensayo y después también riesgo), que, primero como "periglo", acabó conformándose en el vocablo actual. La palabra latina se forma sobre la raíz indoeuropea per- (intentar, arriesgar) que da verbos en latín como experiri (ensayar, experimentar) y vocablos como peritus, peritia, experientia o experimentum, que han dado lugar a perito, pericia, experiencia o experimento.Así, lo que empezó siendo un ejercicio de tentativa, de ensayo, de experiencia, ha degenerado con el transcurso del tiempo y con el concurso de los intereses de los que alimentan la cadena del miedo en algo dañino, evitable, desaconsejable, maligno.
Este es el sustrato ético en el que nos movemos, que va cambiando el sentido del lenguaje y, con él, el de nuestras acciones para orientarlas hacia enfoques interesados en jugar con el miedo, que da muchos más réditos que el libre albedrío y la simple emoción de vivir ensayando, intentanto y arriesgando ¿por qué no?
El mundo es de los valientes...
... pero está lleno de timoratos y son ellos los que dominan las encuestas y se dejan arrastrar por los que los mantienen amedrentados a su merced. Triste pero real. El que arriesga pierde, reza el dicho que sustenta esta teoría.
Sin embargo, sólo el que arriesga gana y la ganancia de la que hablamos cuando hablamos de moverse en bici es realmente importante: beneficios en salud, en tiempo, beneficios económicos, beneficios para nuestro entorno, para los demás, para nuestro trabajo, para nuestra forma de relacionarnos, para nuestro estado de ánimo... demasiado como para no apostar en ello.
Cada vez somos más los que estamos convencidos que una vida sin riesgos es una vida insulsa, que sólo a través del experimento se llega al descubrimiento y que la experiencia es la madre de la ciencia, más si se practica de una manera tan recalcitrante y tan reconfortante como ésta. Bienvenido peligro.
Espero vivir y convivir muchos años peligrosamente, muchos más porque el solo hecho de haber elegido un medio de locomoción activo me dará al menos 5 años más de esperanza de vida que a los pasivos motorizados. Y os aseguro que además de peligroso, va a ser intenso, emocionante y divertido. ¿Quién da más?
jueves, 1 de noviembre de 2012
¿Qué está haciendo la policía por las bicicletas?
Nadie en su sano juicio espera gran cosa de los cuerpos de seguridad en lo que respecta a la promoción del uso de la bicicleta y, sin embargo, juegan o deberían jugar un papel importante, decisivo en dicha promoción, porque son los encargados de velar por que la calle funcione de acuerdo con las reglas del juego marcadas y bajo los principios de la seguridad, la convivencia y el respeto mutuo.
En el caso de la bicicleta, hay algunos aspectos que son centrales para garantizar su funcionalidad: por un lado está la seguridad ante el robo, por otro el respeto del código de circulación, sobre todo en lo tocante a vigilancia de los límites de velocidad y de las preferencias de paso. Aquí la policía puede y debe cobrar un protagonismo decisivo en el mantenimiento del orden y la persecución de aquellos que lo contravengan.
Sin embargo, la realidad es otra, al menos en esta parte del mundo. La policía, orientada por la autoridad competente, se ha dedicado a mirar a otra parte en todo lo relacionado con la bicicleta, y esta inacción, que se las prometía muy felices, se ha vuelto decididamente contra la bicicleta como concepto y contra sus usuarios.
Robos
La experiencia nos ha enseñado que, de unos años a esta parte, los robos de bicicletas se han multiplicado en nuestros pueblos y ciudades, para desesperación de sus dueños, representando una de las claves decisivas para que la gente abandone la bicicleta como medio de locomoción. Ante este incremento de robos ¿que está haciendo la policía? Poco o nada.
Es verdad que, de vez en cuando, vemos una noticia simpática en la que un cuerpo de policía se ha incautado de una partida de bicicletas robadas y que ha detenido a algún malhechor, pero ¿que pása después?
Entendemos que los cuerpos de seguridad de todos los rangos y jurisdicciones estén más ocupados en perseguir el crimen a otros niveles y en velar por el orden en otras esferas, pero ¿por qué los ayuntamientos y los gobiernos asumen como inevitable una incidencia del robo contra vehículos privados tan alta y creciente a la vez que tratan de promocionar su uso por otras líneas presupuestarias?
Velocidades, distancias de seguridad y prioridades de paso
Otra cosa, mucho más sangrante y que se está cobrando víctimas físicas entre los conductores de bicicletas, son las relativas al uso abusivo e imprudente del coche, sobre todo en lo que respecta al respeto a las velocidades, a las distancias de seguridad y al respeto de las prioridades de paso. Muchos automovilistas, demasiados, no cumplen estas normas de manera reincidente, poniendo en juego la seguridad del resto de usuarios de las calles y carreteras, y muchos, demasiados, siguen quedando impunes.
Esto ha ido desvariando hasta tal extremo que muchos automovilistas se sienten inmunes y se dedican a amedrentar a los que obstaculizan su circulación. Los ciclistas son, sin duda, los que más entorpecen su marcha ágil y agresiva.
Pero este mal no es exclusivo de los automovilistas. También hay muchos ciclistas que han decidido tomarse la ley por su cuenta y, aprovechando la connivencia policial, dedicarse por norma a transgredir el reglamento de circulación y a invadir espacios peatonales, valiéndose del timbre o no, y reproducir la prepotencia y la falta de empatía de esos automovilista insolentes en los espacios que comparten, legal e ilegalmente, con los demás, lo que ha acabado con la tranquilidad de prácticamente todas las aceras y gran parte de las zonas peatonalizadas, y con la estereotipación de los ciclistas como subversivos insurgentes.
¿Por qué las policías municipales, autonómicas, nacional y la guardia civil no hacen nada por evitarlo? ¿Es que no les importa nada lo que ocurra con los ciclistas? ¿Es que las bicicletas no merecen su atención?
Parece que el problema no es tan sencillo y que el calado del asunto es mucho más hondo. Se podría resumir en que estamos sufriendo las consecuencias de que todavía hay demasiada pleitesía al automóvil en esta parte del mundo y parte de esa pleitesía consiste en mantener una cierta permisividad respecto a todo aquello que siga favoreciéndolo. Los ciclistas en las aceras son buena prueba de ello, los peatones denigrados son sólo una de sus repercusiones.
Merece la pena, llegados a este extremo, recordar que los policías son meros funcionarios que no hacen sino lo que les ordenan desde instancias políticas, que son las que deciden qué se hace, qué no y cómo se hace. Así pues, habrá que achacar la responsabilidad de todo este entuerto a quienes de verdad son acreedores de la misma, que no son sino los políticos gobernantes encargados del asunto y sus cuerpos técnicos adjuntos, que son los que están marcando el rumbo de esta deriva.
Ni siquiera lo más sensibles al tema de la bicicleta, los que se agrupan en la Red de Ciudades por la Bicicleta, están acertando con las estrategias comunes. Continúan dándo pábulo y fondos a toda una colección de cantamañanas y prestidigitadores que les venden pócimas mágicas para todo esto sin necesidad de mojarse nada más que el bolsillo.
Así hemos visto reproducirse las fórmulas de bicicletas públicas como la solución al problema del guarderío y seguridad de la bici, los sistemas de registro de bicicletas como herramientas disuasorias del robo y otras gamberradas como la de habilitar zonas 30 y zonas de convivencia a 20 ksm/hora y luego no vigilar el cumplimiento escrupuloso de estas condiciones. Los más atrevidos equipan alguna brigada de policías montados en bicicleta, para así dar a entender que están por la labor y que pueden cazar a los ciclistas infractores en las zonas peatonales. La mayoría de estas médidas son meramente estéticas, puro "bikewashing".
La paravigilancia de la bici
Ante semejante inoperancia, hay gente que ha empezado a promover iniaciativas de distinta índole para tratar de denunciar esta problemática y compensarla, aunque sea testimonialmente. Así empiezan a surgir propuestas ingeniosas como los bicibuscadores, los cazavelocidades y otros piratas que se dedican a recoger a los infractores en vídeo y colgarlos... en internet. Son los "bicilantes" de la calle. Algo quijotesco, por genuína y disparatadamente ibérico.
Es la ciudad sin ley para la bicicleta y aquí cada uno se las ingenia como puede... ¿por cuánto tiempo?
En el caso de la bicicleta, hay algunos aspectos que son centrales para garantizar su funcionalidad: por un lado está la seguridad ante el robo, por otro el respeto del código de circulación, sobre todo en lo tocante a vigilancia de los límites de velocidad y de las preferencias de paso. Aquí la policía puede y debe cobrar un protagonismo decisivo en el mantenimiento del orden y la persecución de aquellos que lo contravengan.
Sin embargo, la realidad es otra, al menos en esta parte del mundo. La policía, orientada por la autoridad competente, se ha dedicado a mirar a otra parte en todo lo relacionado con la bicicleta, y esta inacción, que se las prometía muy felices, se ha vuelto decididamente contra la bicicleta como concepto y contra sus usuarios.
Robos
La experiencia nos ha enseñado que, de unos años a esta parte, los robos de bicicletas se han multiplicado en nuestros pueblos y ciudades, para desesperación de sus dueños, representando una de las claves decisivas para que la gente abandone la bicicleta como medio de locomoción. Ante este incremento de robos ¿que está haciendo la policía? Poco o nada.
Es verdad que, de vez en cuando, vemos una noticia simpática en la que un cuerpo de policía se ha incautado de una partida de bicicletas robadas y que ha detenido a algún malhechor, pero ¿que pása después?
Entendemos que los cuerpos de seguridad de todos los rangos y jurisdicciones estén más ocupados en perseguir el crimen a otros niveles y en velar por el orden en otras esferas, pero ¿por qué los ayuntamientos y los gobiernos asumen como inevitable una incidencia del robo contra vehículos privados tan alta y creciente a la vez que tratan de promocionar su uso por otras líneas presupuestarias?
Velocidades, distancias de seguridad y prioridades de paso
Otra cosa, mucho más sangrante y que se está cobrando víctimas físicas entre los conductores de bicicletas, son las relativas al uso abusivo e imprudente del coche, sobre todo en lo que respecta al respeto a las velocidades, a las distancias de seguridad y al respeto de las prioridades de paso. Muchos automovilistas, demasiados, no cumplen estas normas de manera reincidente, poniendo en juego la seguridad del resto de usuarios de las calles y carreteras, y muchos, demasiados, siguen quedando impunes.
Esto ha ido desvariando hasta tal extremo que muchos automovilistas se sienten inmunes y se dedican a amedrentar a los que obstaculizan su circulación. Los ciclistas son, sin duda, los que más entorpecen su marcha ágil y agresiva.
Aceras, timbres y asedio peatonal
Pero este mal no es exclusivo de los automovilistas. También hay muchos ciclistas que han decidido tomarse la ley por su cuenta y, aprovechando la connivencia policial, dedicarse por norma a transgredir el reglamento de circulación y a invadir espacios peatonales, valiéndose del timbre o no, y reproducir la prepotencia y la falta de empatía de esos automovilista insolentes en los espacios que comparten, legal e ilegalmente, con los demás, lo que ha acabado con la tranquilidad de prácticamente todas las aceras y gran parte de las zonas peatonalizadas, y con la estereotipación de los ciclistas como subversivos insurgentes.
¿Por qué ocurre todo esto?
¿Por qué las policías municipales, autonómicas, nacional y la guardia civil no hacen nada por evitarlo? ¿Es que no les importa nada lo que ocurra con los ciclistas? ¿Es que las bicicletas no merecen su atención?
Parece que el problema no es tan sencillo y que el calado del asunto es mucho más hondo. Se podría resumir en que estamos sufriendo las consecuencias de que todavía hay demasiada pleitesía al automóvil en esta parte del mundo y parte de esa pleitesía consiste en mantener una cierta permisividad respecto a todo aquello que siga favoreciéndolo. Los ciclistas en las aceras son buena prueba de ello, los peatones denigrados son sólo una de sus repercusiones.
Merece la pena, llegados a este extremo, recordar que los policías son meros funcionarios que no hacen sino lo que les ordenan desde instancias políticas, que son las que deciden qué se hace, qué no y cómo se hace. Así pues, habrá que achacar la responsabilidad de todo este entuerto a quienes de verdad son acreedores de la misma, que no son sino los políticos gobernantes encargados del asunto y sus cuerpos técnicos adjuntos, que son los que están marcando el rumbo de esta deriva.
Ni siquiera lo más sensibles al tema de la bicicleta, los que se agrupan en la Red de Ciudades por la Bicicleta, están acertando con las estrategias comunes. Continúan dándo pábulo y fondos a toda una colección de cantamañanas y prestidigitadores que les venden pócimas mágicas para todo esto sin necesidad de mojarse nada más que el bolsillo.
Así hemos visto reproducirse las fórmulas de bicicletas públicas como la solución al problema del guarderío y seguridad de la bici, los sistemas de registro de bicicletas como herramientas disuasorias del robo y otras gamberradas como la de habilitar zonas 30 y zonas de convivencia a 20 ksm/hora y luego no vigilar el cumplimiento escrupuloso de estas condiciones. Los más atrevidos equipan alguna brigada de policías montados en bicicleta, para así dar a entender que están por la labor y que pueden cazar a los ciclistas infractores en las zonas peatonales. La mayoría de estas médidas son meramente estéticas, puro "bikewashing".
Ante semejante inoperancia, hay gente que ha empezado a promover iniaciativas de distinta índole para tratar de denunciar esta problemática y compensarla, aunque sea testimonialmente. Así empiezan a surgir propuestas ingeniosas como los bicibuscadores, los cazavelocidades y otros piratas que se dedican a recoger a los infractores en vídeo y colgarlos... en internet. Son los "bicilantes" de la calle. Algo quijotesco, por genuína y disparatadamente ibérico.
Es la ciudad sin ley para la bicicleta y aquí cada uno se las ingenia como puede... ¿por cuánto tiempo?
domingo, 28 de octubre de 2012
¿Cuánto vale no respetar un paso de cebra?
Hora punta. Llueve copiosamente. Un cruce comrpometido. Un coche no respeta un paso de peatones y ocurre la desgracia. Hay un chaval en el suelo. Atropellado.
Hasta aquí, todo normal. Otro atropello fruto de la prisa, el estrés y la negligencia de muchos conductores. Lo verdaderamente preocupante ocurre después. El cruce se colapsa en unos segundos y todo el mundo empieza a tocar la bocina, a indignarse, a sacar las cosas de quicio.
Afortunadamente, parece que el golpe no reviste mayor gravedad. El joven se levanta aturdido, ayudado por otros peatones. El conductor del coche finalmente se baja a interesarse por la víctima y explica al muchacho que no le oye:
- Perdona, no te he visto.
Y ahí queda todo. En un susto. No tiene más consecuencias. Podría haber sido más grave. Podría haber sido fatal. Pero no lo ha sido. Y entonces... no pasa nada. Nada.
Es lamentable que estas cosas sigan sucediendo con semejante naturalidad, con total impunidad, sin consecuencias. Bueno, en realidad con demasiadas consecuencias. La mayoría de los peatones son atropellados en pasos peatonales. Y no pasa nada. Sólo cuando hay víctimas graves. Mientras tanto se sigue defendiendo la presunción de inocencia del automovilista, que sale indemne en la mayoría de los casos.
No respetar un paso peatonal debería considerarse una de las infraccones más graves en el Código de Circulación y más perseguidas por los vigilantes de la ley, por su peligrosidad y porque pone en compromiso la seguridad de los más débiles en los lugares donde éstos cuentan con prioridad absoluta, además de por ser, simplemente, una de las causas que mayor siniestralidad genera. Sin embargo, algunos ayuntamientos han decidido responsabilizar a los peatones de los accidentes, como víctimas propiciatorias. Demencial.
¿Cuánto más vamos a soportar esta sangría? ¿Cuánto más vamos a seguir mirando a otra parte mientras siguen cayendo víctimas inocentes? Y la que es mejor ¿cómo se para todo esto? ¿Es responsabilizando al peatón? Hay países donde los pasos peatonales se respetan escrupulosamente. Curiosamente muchos son los mismos en los que se respeta a los ciclistas. ¿Cómo lo han conseguido?
Hasta aquí, todo normal. Otro atropello fruto de la prisa, el estrés y la negligencia de muchos conductores. Lo verdaderamente preocupante ocurre después. El cruce se colapsa en unos segundos y todo el mundo empieza a tocar la bocina, a indignarse, a sacar las cosas de quicio.
Afortunadamente, parece que el golpe no reviste mayor gravedad. El joven se levanta aturdido, ayudado por otros peatones. El conductor del coche finalmente se baja a interesarse por la víctima y explica al muchacho que no le oye:
- Perdona, no te he visto.
Y ahí queda todo. En un susto. No tiene más consecuencias. Podría haber sido más grave. Podría haber sido fatal. Pero no lo ha sido. Y entonces... no pasa nada. Nada.
Es lamentable que estas cosas sigan sucediendo con semejante naturalidad, con total impunidad, sin consecuencias. Bueno, en realidad con demasiadas consecuencias. La mayoría de los peatones son atropellados en pasos peatonales. Y no pasa nada. Sólo cuando hay víctimas graves. Mientras tanto se sigue defendiendo la presunción de inocencia del automovilista, que sale indemne en la mayoría de los casos.
No respetar un paso peatonal debería considerarse una de las infraccones más graves en el Código de Circulación y más perseguidas por los vigilantes de la ley, por su peligrosidad y porque pone en compromiso la seguridad de los más débiles en los lugares donde éstos cuentan con prioridad absoluta, además de por ser, simplemente, una de las causas que mayor siniestralidad genera. Sin embargo, algunos ayuntamientos han decidido responsabilizar a los peatones de los accidentes, como víctimas propiciatorias. Demencial.
¿Cuánto más vamos a soportar esta sangría? ¿Cuánto más vamos a seguir mirando a otra parte mientras siguen cayendo víctimas inocentes? Y la que es mejor ¿cómo se para todo esto? ¿Es responsabilizando al peatón? Hay países donde los pasos peatonales se respetan escrupulosamente. Curiosamente muchos son los mismos en los que se respeta a los ciclistas. ¿Cómo lo han conseguido?
martes, 9 de octubre de 2012
¿Estamos protegiendo al frágil?
Llevamos muchos años tratando de identificar las claves de la seguridad vial urbana y en todo este tiempo hemos hecho todo tipo de juegos malabares para intentar explicar y prevenir la movilidad motorizada, tratando de exculpar de alguna manera a los sufridos automovilistas del fracaso en el balance de accidentados en nuestras ciudades.
Así se ha ido organizando todo el ordenamiento del tráfico y se han ido orquestando toda una serie de medidas con el único objetivo de reducir la siniestralidad automovilística. Y se ha conseguido. Los accidentes de coches se han reducido en la última década de una manera ostensible.
No sorprende en absoluto que una política tan centrada en la seguridad de los automovilistas de buenos resultados para ese colectivo. Lo malo es que los daños colaterales de dicha estrategia los sufren los paganos de siempre, es decir, los no motorizados.
Caen más peatones inocentes que infractores
Uno de los datos más sorprendentes resulta del análisis de la siniestralidad peatonal. Curiosamente y en contra de lo que suele aducir la opinión pública gratuita, los peatones son atropellados en las condiciones que prevé la normativa como las más seguras para sus tránsitos, esto es, en los pasos de cebra.
No se registran accidentes ciclistas por alcance
Lo que también resultará sorprendente para aquellas personas que defienden que la circulación en bicicleta por la calzada es peligrosísima es que, dentro de las tipologías analizadas, no tenga un apartado específico el atropello por alcance, es decir, desde detrás.
¿Será porque no hay ninguno?¿O será simplemente que es una causa marginal? El caso es que eso demuestra que el miedo a compartir calzada es injustificado y que los ciclistas siguen siendo atrapados en intersecciones e incorporaciones, da igual que de dónde procedan.
El análisis sería mucho más rico y seguro que más dilucidador si se hubieran desmenuzado más las cifras y se hubiera realizado un análisis semejante al que se ha hecho con los infaustos peatones respecto a la ilegalidad de las maniobras. Seguro que las conclusiones hubieran sido palmarias: la circulación por aceras y carriles totalmente segregados provocan la mayoría de los accidentes por imprudencia temeraria y maniobras ilegales. Nos quedaremos sin saberlo, por el momento.
Lo que resulta alarmante aunque no sorprendente, son los datos porcentuales de la siniestralidad repartida por modos en las distintas ciudades. Ciudades a la cabeza de la defensa a ultranza del coche y de la denigración de la circulación ciclista y peatonal se llevan la palma en accidentes de peatones y ciclistas, y, de entre ellas, destaca de una manera excesiva Pamplona, plaza desde la que se escribe este blog.
¿Cómo se puede reducir el número y la gravedad de los accidentes de los no motorizados?
No por decirlo más veces deja de ser menos cierto: el día que en la gestión del tráfico se moderen las velocidades y se persiga a los infractores seguro que los resultados no serán los mismos. Si además se controla y se persigue la invasión repentina de ciclistas de manera transversal al flujo del tráfico, las cifras seguro que se reducen de manera importante.
Mientras eso no se produzca y los automóviles sean los dueños de la ciudad e incumplan sistemáticamente las limitaciones de velocidad y las obligaciones de ceder y respetar los pasos no motorizados y mientras los ciclistas sigan accediendo temerariamente a la calzada de manera imprevisible, esto seguirá siendo una sangría incontenible.
Aunque siempre encontraremos quienes enmascaren estas evidencias con juegos estadísticos sospechosos y acusen a los que les contradigan de poco veraces o tendenciosos. Es lo que tiene la estadística, que es tan interpretable...
Así se ha ido organizando todo el ordenamiento del tráfico y se han ido orquestando toda una serie de medidas con el único objetivo de reducir la siniestralidad automovilística. Y se ha conseguido. Los accidentes de coches se han reducido en la última década de una manera ostensible.
No sorprende en absoluto que una política tan centrada en la seguridad de los automovilistas de buenos resultados para ese colectivo. Lo malo es que los daños colaterales de dicha estrategia los sufren los paganos de siempre, es decir, los no motorizados.
Caen más peatones inocentes que infractores
Uno de los datos más sorprendentes resulta del análisis de la siniestralidad peatonal. Curiosamente y en contra de lo que suele aducir la opinión pública gratuita, los peatones son atropellados en las condiciones que prevé la normativa como las más seguras para sus tránsitos, esto es, en los pasos de cebra.
No se registran accidentes ciclistas por alcance
Lo que también resultará sorprendente para aquellas personas que defienden que la circulación en bicicleta por la calzada es peligrosísima es que, dentro de las tipologías analizadas, no tenga un apartado específico el atropello por alcance, es decir, desde detrás.
¿Será porque no hay ninguno?¿O será simplemente que es una causa marginal? El caso es que eso demuestra que el miedo a compartir calzada es injustificado y que los ciclistas siguen siendo atrapados en intersecciones e incorporaciones, da igual que de dónde procedan.
El análisis sería mucho más rico y seguro que más dilucidador si se hubieran desmenuzado más las cifras y se hubiera realizado un análisis semejante al que se ha hecho con los infaustos peatones respecto a la ilegalidad de las maniobras. Seguro que las conclusiones hubieran sido palmarias: la circulación por aceras y carriles totalmente segregados provocan la mayoría de los accidentes por imprudencia temeraria y maniobras ilegales. Nos quedaremos sin saberlo, por el momento.
Lo que resulta alarmante aunque no sorprendente, son los datos porcentuales de la siniestralidad repartida por modos en las distintas ciudades. Ciudades a la cabeza de la defensa a ultranza del coche y de la denigración de la circulación ciclista y peatonal se llevan la palma en accidentes de peatones y ciclistas, y, de entre ellas, destaca de una manera excesiva Pamplona, plaza desde la que se escribe este blog.
¿Cómo se puede reducir el número y la gravedad de los accidentes de los no motorizados?
No por decirlo más veces deja de ser menos cierto: el día que en la gestión del tráfico se moderen las velocidades y se persiga a los infractores seguro que los resultados no serán los mismos. Si además se controla y se persigue la invasión repentina de ciclistas de manera transversal al flujo del tráfico, las cifras seguro que se reducen de manera importante.
Mientras eso no se produzca y los automóviles sean los dueños de la ciudad e incumplan sistemáticamente las limitaciones de velocidad y las obligaciones de ceder y respetar los pasos no motorizados y mientras los ciclistas sigan accediendo temerariamente a la calzada de manera imprevisible, esto seguirá siendo una sangría incontenible.
Aunque siempre encontraremos quienes enmascaren estas evidencias con juegos estadísticos sospechosos y acusen a los que les contradigan de poco veraces o tendenciosos. Es lo que tiene la estadística, que es tan interpretable...
viernes, 14 de septiembre de 2012
Estarás contento ¿verdad?
Es el comentario que he oído hoy varias veces.
- Tanto blog y tanto artículo... ya lo has conseguido. Te parecerá bonito ¿no?
No entiendo.
- ¿A qué te refieres?
- A que ahora no nos van a dejar andar por las aceras, como recomiendas tú. ¿Y por dónde quieren que andemos?
- ¿En serio? ¿Dónde lo pone?
- Pues en los paneles de información del Ayuntamiento ¡menuda campañita! ¿No la has visto?
Salgo inmediatamente cámara en mano a recoger pruebas. Efectivamente están ahí, en la cara que es visible sólo desde la acera.
- ¿No decías que había que aprender a andar con la bici en la mano? Pues ahí lo tienes.
Cuesta creerlo pero es verdad. Ahí está ese personaje fantasmagórico con el casco puesto andando con la bici de una manera realmente difícil, poco natural y ocupando demasiado espacio, como quien anda con un caballo, pero el mensaje es literal.
Un poco más adelante descubro que el mismo espectro es el protagonista de esta campaña ejemplarizante para los ciclistas.
La campaña en sí misma parecería a primera instancia correcta, pero encierra una serie de perversiones que merece la pena analizar.
La pregunta es:
En estos mismos términos imperativos, paternalistas, tratándoles como irresponsables, recordándoles sus obligaciones:
- Tanto blog y tanto artículo... ya lo has conseguido. Te parecerá bonito ¿no?
No entiendo.
- ¿A qué te refieres?
- A que ahora no nos van a dejar andar por las aceras, como recomiendas tú. ¿Y por dónde quieren que andemos?
- ¿En serio? ¿Dónde lo pone?
- Pues en los paneles de información del Ayuntamiento ¡menuda campañita! ¿No la has visto?
Salgo inmediatamente cámara en mano a recoger pruebas. Efectivamente están ahí, en la cara que es visible sólo desde la acera.
- ¿No decías que había que aprender a andar con la bici en la mano? Pues ahí lo tienes.
Cuesta creerlo pero es verdad. Ahí está ese personaje fantasmagórico con el casco puesto andando con la bici de una manera realmente difícil, poco natural y ocupando demasiado espacio, como quien anda con un caballo, pero el mensaje es literal.
Un poco más adelante descubro que el mismo espectro es el protagonista de esta campaña ejemplarizante para los ciclistas.
La campaña en sí misma parecería a primera instancia correcta, pero encierra una serie de perversiones que merece la pena analizar.
- Para empezar sobreentiende la imperiosidad del casco, su obligatoriedad, cosa que todavía está estudiándose, pese a las desafortunadas declaraciones del Ministro de Interior.
- Luego, da por sentado que el ciclista puede cruzar un paso de peatones en el sentido de los viandantes, cuando esto, por ley y por ordenanza, es una práctica irregular.
- En tercer lugar, da carta de naturaleza a la desafortunada fórmula de las "aceras señalizadas" que no son otra cosa de una herramienta posibilista y altamente riesgosa de acondicionar como espacios de convivencia calles que no lo permiten.
- Recrea el victimismo peatonal, ilustrado en la imagen de esa niña que saluda agarrada de la mano de su mayor vigilante que la libra del peligro apartándose de la trayectoria del ciclista, en una acera donde deberían andar despreocupados por tener prioridad.
- En este sentido, ahonda también en la falta de autonomía de los niños.
- Utiliza el imperativo como forma verbal, de forma que más que consejos, se enuncian órdenes. En ningún momento se utiliza fórmulas asertivas, que inviten o trabajen sobre los aspectos positivos.
- Además resulta msógina (o cuando menos machista) y sesgada al representar al ciclista como un chico jóven y con aspecto de estudiante, identificando así aólo a una parte de las personas que andan en bici.
La pregunta es:
¿Cuándo se dirigirá una campaña a los automovilistas?
En estos mismos términos imperativos, paternalistas, tratándoles como irresponsables, recordándoles sus obligaciones:
- La calle es de todos, debes respetar el derecho de los demás a moverse.
- Cede el paso y respeta escrupulosamente los pasos peatonales.
- Adelanta utilizando otro carril o espera a hacerlo hasta que puedas respetar una distancia mínima de 1,5 metros cuando se trate de ciclistas y motoristas.
- No increpes a otros conductores. No utilices el claxon. No seas agresivo. No intimides a los demás.
- Respeta las limitaciones de velocidad y las distancias de seguridad.
- Pon todos los sentidos en la conducción, no te despistes con móviles, navegadores, música a alto volúmen o conversaciones con los pasajeros.
- Recuerda que tus imprudencias pueden resultar graves e incluso mortales y no precisamente para ti.
- Ah, y ponte casco. El riesgo de sufrir lesiones cerebrales es elevadísimo en caso de accidente. Y obliga a tus pasajeros a que se lo pongan también.
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