El otro día la gente de Valencia en Bici, sin lugar a dudas una de las asociaciones más visibles del panorama estatal, compartía esta sugerente imagen como una de las candidatas para tratar de reivindicar la demanda de un carril exclusivo para los ciclistas en una de las fabulosas rondas con que cuenta esta ciudad tan orientada al coche. Abstrayéndome de la circunstancia concreta de esta ronda e incluso de la problemática grave que sufren los valencianos a manos de unos políticos que lejos de conservar, que ya sería bastante, continúan promoviendo el uso del coche, me he permitido hacer un ejercicio didáctico con la imagen. Un ejercicio gráfico que plantea una reflexión sobre el apropiamiento del espacio público para la circulación.
Punto de partida
Partimos de un modelo de calle donde todo
el espacio principal de circulación se le ha cedido al coche, que domina el tráfico y condiciona la habitabilidad de la ciudad y los itinerarios de los demás, fundamentalmente de los peatones. En dicho modelo, conviven dos formulaciones: por un lado, las grandes avenidas (como la que inspira el cartel), auténticas autopistas urbanas, donde se prioriza la capacidad de la vía y su velocidad y se ordena todo el tráfico para darle prioridad a la misma; por otro lado, las avenidas donde se permite el aparcamiento, calles no tan arteriales, pero de primer rango también.
Introducimos el transporte público
En esta ciudad, donde los ciclistas no existían o suponían una minoría desdeñable,
el gran reto histórico fue y es dar facilidades al transporte público para hacerlo competitivo garantizando velocidades comerciales razonables. Para ello se decidió, en esas calles principales, avenidas multicarril todas ellas, detraer un carril a los automóviles privados para dárselo en exclusiva al transporte público. Una decisión controvertida y muy contestada en algunas ciudades.
Esto supuso y supone un gran avance y una extraordinaria comodidad para los usuarios del transporte público, aunque en las calles con aparcamiento exige eliminar unas cuantas plazas para poder habilitar las paradas y las interacciones con los coches aparcando y saliendo suelen conllevar retrasos y dificultades a los buses.
Llegan las bicis
En este escenario cambiante y en el momento de mayor auge del coche como paradigma de la movilidad, llegan las bicis para enredarlo todo y alguien decide que la mejor manera de protegerlas es adjudicarles también un carril a ellas. Veamos lo que ocurre.
Por un lado, están las
grandes avenidas sin coches aparcados, donde, independientemente de la existencia o no de carriles dedicados al transporte público, la cosa no reviste dificultades. Se pinta y punto. Normalmente carriles estrechos, sin defensas, donde tan sólo el adelantamiento entre ciclistas se puede convertir en una maniobra penosa.
¿Cómo funciona? Pues lo que en el papel se sostiene y hasta queda bonito, en la realidad es un infierno para los ciclistas. Porque lo que en la recta no entraña ningún problema, salvando el aparcamiento y la carga y descarga irregulares, en las intersecciones se hace ingobernable y los ciclistas son víctimas de atrapamientos de una manera sistemática. Esto, en el caso de interacción con buses, que tienen que acceder a las aceras para coger y dejar a sus pasajeros, multiplica las vicisitudes de los ciclistas.
Veamos cuáles son los casos en las
calles con aparcamiento.
El modelo preferido por nuestros munícipes es el conocido como
acera bici (no confundir con la infausta acera ciclable que no cuenta
con plataforma propia). La acera bici que se ha impuesto en nuestras
ciudades, muchas veces restando espacio a la circulación motorizada,
aparta a los ciclistas del tráfico y normalmente los sube a nivel de las
aceras para defenderlos de sus teóricos depredadores.
¿Cómo funciona? Pues otra vez lo que sobre el papel se sostiene en la realidad es un fracaso porque genera toda una serie de entuertos que devienen en situaciones peligrosas y al final consiguen, por un lado, condicionar los tránsitos peatonales, que se ven invadidos por ciclistas, y, por otro, incrementar exponencialmente el riesgo de los ciclistas en las intersecciones. Eso sin contar con que normalmente son bidireccionales lo cual multiplica todos estos inconvenientes.
La otra opción, es el carril bici en calzada, quitándoselo al coche para dárselo así, sin más, a las bicis. Es el
carril bici puro y duro.
¿Cómo funciona? Pues básicamente mal también, porque, además de que hay que darle una banda de seguridad de al menos un metro para que los pasajeros de los coches puedan abrir las puertas sin invadir el espacio ciclista, cosa que muchos implementadores ignoran, las operaciones de aparcamiento y las segundas filas suelen dejar el carril bici inutilizado y al ciclista desprotegido y despotenciado.
¿No hay solución para las bicis?
Visto así, no habría ninguna solución o la única solución posible sería compartir el tráfico, lo cual no es aceptable para la mayoría de la gente, ciclistas incluídos. Entonces ¿no hay solución posible?
Veamos lo que hacen en
"la ciudad de las bicicletas" con sus arterias principales. En las grandes ciudades centroeuropeas, donde las bicis han ganado históricamente cotas de uso realmente significativas y siempre después de haber condicionado y desincentivado el uso del coche de manera determinante, la fórmula elegida muchas veces recurre a la exigencia de contar con
andenes, para posibilitar el acceso de los usuarios a los medios de transporte colectivos.
En esas ciudades, muchas de ellas con más tranvías que autobuses en los centros urbanos, las avenidas no cuentan con posibilidad de aparcamiento y el transporte público corre por el carril de la izquierda dejando a los pasajeros en un
andén central. Esto posibilita liberar el arcén para las bicicletas y, aunque los atrapamientos siguen estando presentes, la circulación de las bicicletas es, por lo general más amable que cuando conviven con el transporte público.
Otra posibilidad es habilitar
andenes laterales, que sirven tanto cuando no se puede articular un transporte público que pueda descargar por la izquierda o cuando no existe tal transporte público y se permite el aparcamiento lateral.
Los andenes, no obstante,
dificultan terriblemente los tránsitos peatonales y, en el caso de andenes laterales,
comprometen a los ciclistas extraordinariamente en las intersecciones, incluso si son semaforizadas. Esto además de que
convierten las operaciones de carga y descarga en retos imposibles.
Arrinconar al coche
Cualquiera de estas posibilidades requiere además del
acochinamiento del coche de una manera increíble, lo cual es absolutamente inviable en nuestras ciudades, dada la dependencia del coche que hemos asumido y que ha generado la configuración urbanística de las mismas y la zonificación y deslocalización de las actividades que padecemos y que seguimos fomentando. Pero, incluso si fuera posible o donde sea posible ¿cuánto espacio requeriría?
¿Hay espacio para tanto?
Sin embargo, cualquiera de estas formulaciones presupone que la calle cuenta con espacio suficiente para ello y que el espacio es fácilmente disponible para adjudicárselo a uno u otro modo, y esto muchas veces no es así de fácil, porque
el espacio es finito y la voluntad política y social es débil ante inercias tan potentes y tan coercitivas como la que nos ha impuesto durante varias décadas el coche.
Menos coches, más educación
Así pues, y tratando de ser posibilista, esto de mejorar la seguridad en la circulación de las bicicletas en ciudades consolidadas no es tan sencillo como habilitar un carril para ellas y requiere de
un esfuerzo más general que debe ir dirigido mucho más en poner cortapisas a los coches y en educar a toda la población en el respeto del más débil al circular, empezando por los automovilistas, que en establecer pasillos exclusivos y ya está.
P.D.: Gracias a la gente de Valencia en Bici por la inspiración y suerte con la reivindicación.