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miércoles, 29 de enero de 2014

Ciclistas en calles peatonales ¿barra libre o limitaciones?

Está siendo muy aireada la modificación de la ordenanza de tráfico de Vitoria en lo relativo a prohibir la circulación de bicicletas por algunas calles del centro de la ciudad en las horas en las que en ellas se concentra la mayor actividad comercial y la mayor ocupación peatonal. Algo que se presta a la crítica en caliente, pero que hay que analizar con algo más de rigor y profundidad.


Somos ciclistas, como tales somos personas que conducimos vehículos a velocidades moderadas porque nos desplazamos y eso hace que tratemos de optimizar nuestros itinerarios. Nos han dado permiso, por omisión normalmente, para circular en zonas peatonalizadas. La mayoría, cuando lo hacemos tratamos de ser respetuosos y cívicos y hay constancia de que algunos, los menos, cuando ven que la cosa es mínimamente comprometida se bajan de la bici y no tienen ningún problema en caminar unos metros, aunque sean un ciento, para no perturbar la calidad convivencial de estas zonas.

Si esto fuera así mayoritariamente y los que montan en bici estuvieran dispuestos a desmontarse sin más de forma voluntaria en determinadas condiciones no habría problema. Si hubiera cuatro ciclistas tampoco. El problema es que ni la mayoría es capaz de caminar con la bicicleta en la mano, ni hay cuatro ciclistas, ni cuatrocientos, sino que afortunadamente las bicicletas se cuentan por miles. Es ahí donde hay que actuar y hay que hacerlo con tacto pero también con temple y con buen pulso para priorizar donde hay que priorizar: en las personas.

Decía alguien en algún sitio que él no quería ser peatón ni que lo catalogaran como tal cuando caminaba, paseaba o estaba en un lugar público, porque consideraba que dicha clasificación empobrecía su entidad como persona y reducía sus derechos a su mera capacidad de desplazarse o a su contingencia de persona en movimiento. Efectivamente, la gente que está en la calle no son peatones, lo son cuando cruzan una calzada, lo son cuando caminan en un desplazamiento hacia alguna parte, pero no se pueden considerar tales cuando simplemente están disfrutando del espacio público.


Esto lo han entendido perfectamente los responsables de gestionar el espacio público en las ciudades donde hay mucha presencia de ciclistas. ¿Y cómo lo han hecho? Pues simplemente limitando el acceso en bicicleta a las zonas que han querido preservar con ese caracter estancial, recreacional, social, de encuentro y/o de alta densidad comercial.

En esas ciudades está prohibido circular montado en bicicleta por esos espacios peatonales a determinadas horas y está prohibido también aparcar las bicicletas y realmente son dos cosas que se agradecen y que también están severamente perseguidas y no sólo por los agentes de policía local sino por cualquier conciudadano que te intimida con una simple mirada reprobatoria o con un comentario educado.


Aquí, donde la preeminencia peatonal es mucho más fuerte que en esas ciudades y donde la vida de nuestras calles y plazas es mucho más intensa y más rica no podemos caer en la tentación de consentir excesivamente el uso de las bicicletas en las horas de mayor actividad de esas calles porque podemos perder ese carácter que tienen para convertirlas en espacios con tensión circulatoria.

Vitoria lo acaba de instaurar, pero muchas ciudades lo están ya necesitando con urgencia. ¿Significa esto que se está renunciando a una decidida política de promocionar la movilidad sostenible y, dentro de ella, la bicicleta como vehículo clave? En absoluto. Más bien reconoce que hay espacios en los que la circulación no es deseable.

"Partiendo de la premisa de que las aceras y espacios peatonales no son lugares para la circulación de vehículos, la nueva regulación de la movilidad ciclista busca compatibilizar la promoción de la bicicleta como alternativa de movilidad urbana con la preservación de la calidad estancial, la defensa del espacio público en los entornos urbanos y la protección de la movilidad peatonal."

Nada menos sospechoso que esto. Recordemos que la calidad del espacio público y su uso social debe prevalecer sobre la movilidad por más sostenible que esta sea. Maximizar la bicicleta, como el transporte público o como las peatonalizaciones unívocamente es no entender que la ciudad es un sistema complejo y que para hacerla más amable, relacional e inclusiva resulta imprescindible entenderlo... y actuar en consecuencia.

Al final estamos hablando de una decena de calles y sólo durante unas horas, que no condicionan de una manera excesiva la movilidad ciclistas ya que cuentan con alternativas cercanas (o pueden recorrer esas calles a pie con la bici en la mano). Lo que es reprobable es prohibir antes de dejar claras y preparadas las alternativas de circulación, porque muchos ciclistas utilizan esas calles para sus desplazamientos habituales.

sábado, 11 de enero de 2014

¿Hay que gastarse muchos millones para conseguir mejores ciudades?

Hoy ha llegado a nuestros ojos este vídeo fantástico, que recrea la maravilla de la ingeniería civil que ha planeado el Ayuntamiento de Burgos para una de sus avenidas más importantes: la Calle Vitoria.



Algo similar a lo que se ha hecho en muchas ciudades en estas arterias centrales para hacerlas más amables y más vertebradoras de los núcleos urbanos. La obra propone una reconversión de una autopista urbana de cuatro carriles en una vía normal de un carril por sentido y un ridículo carril bici encajonado en el andén central en el que se presupone que el ciclista sólo quiere recorrer esta preciosidad urbanística en sentido longitudinal, reforzando una concepción casi zoológica de la movilidad ciclista, porque no han previsto ninguna escapatoria más allá de los puros pasos peatonales, con la consecuente invasión automática de las aceras ampliadas colindantes. Una estupidez soberana, pero que queda que ni pintada ahí en medio a modo estandarte de la modernidad sostenible.

Mejorable, sin duda, pero a primera vista interesante, aunque lo verdaderamente importante es si es prioritaria a otras actuaciones en el barrio o en la ciudad, dado el coste astronómico de este tipo de obras, sobre todo en tiempos de crisis y de recortes presupuestarios a diestro y siniestro.

En fin, que la respuesta civil, esta vez de los vecinos congregados por las redes sociales, no se ha hecho esperar y por desgracia ha desembocado en incidentes desagradables: una batalla campal.


¿Qué quiere la gente?

Es lo que tiene la remodelación de la ciudad, que genera respuestas. Seguro que a todos estos la mejora de los espacios peatonales, de la eficiencia del transporte público o de la pretendida circulación ciclista no se la trae al pairo, como la mayor calidad del espacio público o los beneficios económicos y sociales que ello conlleva, pero visto así parece que sólo defienden su derecho inalienable de usar el coche en la ciudad de manera prioritaria a cualquier otro modo de transporte y a ellos sólo les preocupa la reducción de carriles y la eliminación de plazas de aparcamiento. Sus carriles, sus plazas de aparcamiento.

Aunque lo verdaderamente preocupante y lamentable no es que se produzcan estas respuestas ante una propuesta de reurbanización, sino que estas sean violentas y acaben con daños en el mobiliario urbano y en los comercios y bajos de esa misma calle que dicen pretender proteger. Esto no es solidaridad, esto no es civismo, esto no es más que brutalidad y no ayuda para nada a argumentar las razones de fondo, que seguro que las hay y algunas seguro que valiosas, ante ese Ayuntamiento por unos cauces más adecuados. Con este tipo de maniobras, casi siempre distorsionadas por unos cuantos energúmenos calentados por actuaciones policiales desmesuradas, sólo se consigue desautorizar la iniciativa popular.



¿Importante o impactante?

Lo que subyace en este tipo de encontronazos entre ayuntamientos y ciudadanía es el criterio de unos y otros sobre lo que es importante en la construcción de una ciudad. Mientras que para los cargos electos suelen resultar más atractivas, dada la perentoriedad de sus puestos, las actuaciones visibles y que dejen huella inequívoca de su paso por el poder, para la ciudadanía suelen ser más importantes los servicios sociales que muchas veces pasan casi inadvertidos para el resto de la opinión pública por no ser tan mediáticos o no ser mediáticos en absoluto.

Normalmente estas diferencias se suelen presentar por parte de las autoridades, aprovechando toda su potencia propagandística, como miopía ciudadana y reaccionarismo a cualquier cambio por parte de vecinos y comerciantes afectados y, aunque se han dado numerosos casos que así lo han atestiguado, generalizar siempre es peligroso, sobre todo cuando el presupuesto es escaso y las necesidades acuciantes.

La pregunta del millón sería precisamente esa: ¿hay que gastarse muchos millones para conseguir mejores ciudades y personas más felices? En el caso que nos ocupa podríamos acompañarla de una segunda: ¿sólo las modificaciones urbanísticas son capaces de cambiar la configuración de una ciudad?

Seguiremos atentos a nuestros receptores.

sábado, 7 de septiembre de 2013

La hijap... bici

La propuesta para hoy: un vídeo autocrítico, sarcástico, cinico y descabellado para animar este fin de semana lluvioso que nos hace recordar que el verano está terminando y que viene el otoño rutinario, tristón aunque entrañable.



Vuelta a la cruda realidad, vuelta a la subcultura ciclista, vuelta a la batalla diaria por tratar de reivindicar que esto debe ser normal, ni mejor ni peor, ni demasiado bueno ni necesariamente malo, ni excesivamente condescendiente ni espectacularmente arriesgado. Vuelta a la rueda, vuelta a la calle, vuelta a la Vuelta.

No nos vamos a cansar de pedalear, no nos vamos a cansar de usar la hijap... bici para desplazarnos. Aunque vamos a tratar de hacerlo sin dar mucho por el c***.

Ahora que si estás de andar jod**ndo al personal, entonces esta gente te recomienda que te hagas con esto.



También puedes "decorarte" con alguna de sus "divertidas" camisetas y pegatas en la que recuerdes a la gente que tú estás ahí y cuál es tu condición.


A veces, sacando las cosas de quicio se consigue mucho más que tratando de ser razonable, correcto y formal. A veces.

viernes, 23 de agosto de 2013

Nos falla la tribu

Podemos tener un montón de infraestructuras, podemos escribir un montón de normas, podemos tener policías en cada esquina vigilando por que se cumplan, podemos confinar a nuestros menores en centros de adiestramiento y hacerlos expertos en cualquier cosa, podemos hartarnos de discutir con argumentaciones brillantes, podemos afanarnos por tener grupos de influencia más o menos poderosos, pero hemos perdido lo principal para conseguir que nuestra convivencia, nuestra sociedad, nuestro mundo empezando por nuestra calle, nuestro barrio, nuestra ciudad sean más amables y más confiables: hemos perdido la tribu.

La tribu

Ese ente más o menos concreto y más o menos organizado, pero invariablemente compuesto por personas, Personas con mayúscula que la reconocen y se reconocen en ella. Ese grupo de personas donde lo más importante es lo que no está escrito y cuyas relaciones se basan en la confianza y el respeto, más que en el miedo. Esa tribu en la que los mayores se merecen el reconocimiento por el mero hecho de serlo y en la que los débiles cuentan con la protección de todos sin excepción. Esa tribu en la que cualquiera puede reprenderte por transgredir una de esas leyes no escritas y en la que, cuando eso pasa, tú sabes reconocer que efectivamente estabas fuera de juego y aceptas el aviso.


El mundo cruel

Hoy no. Hoy y aquí la tribu ha desaparecido y sólo cuenta el individuo, al que hemos inculcado una buena dosis de miedo y luego hemos conseguido que se blinde frente a él, al que hemos alimentado con falsas promesas de éxito, confort, posición o trascendencia a base de aislarlo y ponerlo en competencia con los demás, con sus semejantes, hasta convertir a cada individuo en un pequeño monstruo para ellos. Hemos escrito leyes y hemos llenado la calle de vigilantes para hacerlas cumplir. Y es esto lo que hemos conseguido: un mundo impersonal y despersonalizado, que nos mantiene amedrentados en nuestras jaulas de oro.

Hoy en día, lo mejor que te puede pasar cuando pides a alguien que recoja el envoltorio que ha tirado, que no ande en bicicleta por la acera, que deje de mear en la puerta del portal de tu casa, es que te dirijan una mirada despreciativa o que te digan que te metas en tus asuntos.

Así no vamos a ninguna parte. Así no vamos a conseguir nada. Porque siempre va a haber un estúpido, siempre va a haber un capullo que lo va a echar todo por tierra.

Basta de lamentaciones

Pero el problema no acaba con lamentarse. Nunca las lamentaciones han resuelto ningún problema. Esto hay que volver a montarlo. Porque ya nos estamos dando cuenta de que no funciona, de que nos han disgregado para tenernos dispersos, aislados, desasistidos y temerosos, impotentes, y esto se ha convertido en una merienda de negros.

Así pues, hay que volver la vista a nuestro entorno inmediato, empezando por la familia ampliada, por nuestras relaciones de confianza, para volver a montar una tribu que se respete a sí misma. Sólo así podremos construir un mundo mejor. Más cívico, más empático, más sociable, más entrañable, más seguro, más divertido, más humano. Un mundo donde los niños vuelvan a jugar en las calles.

Gracias a Melilla ConBici por la inspiración.

jueves, 15 de agosto de 2013

"Yo voy a seguir siendo un capullo"

"Me da igual lo que hagáis y lo que dejéis de hacer. No voy a cambiar nada y vosotros no vais a cambiarme a mi. Seguiré haciendo lo que me de la gana. Vaya en coche, a pie, en bici o en lo que quiera. Me da risa todo vuestro rollo ese del respeto, de la sostenibilidad y tal. Dais pena. Si me salto un semáforo, un paso de peatones, ando en bici por la acera, me pongo borde con algún imbécil o cruzo sin mirar es mi problema y el de nadie más. Yo correré con las consecuencias, no vosotros. Gracias por el intento, pero no ha servido".

Igual no así de literal, pero mucha, mucha gente todavía está en esa perspectiva en el asunto de la movilidad, por mencionar uno."Si no me pillan, me lo paso todo por el mismísimo..."


Esta es probablemente la cuestión más importante por la cual no podemos conquistar mejores niveles de seguridad, respeto o pura educación vial, por no decir civil, en nuestro entorno y por lo cual asuntos como el de la movilidad, entre otros, se hallan anclados en el siglo veinte. Estamos rodeados de una partida de desaprensivos que no piensan más que en su ombligo, en su interés, en su ventaja y se las apañan para acomodar todo su entorno a su estilo.

Estúpidos envalentonados en movimiento, que ponen patas arriba, con su sola intervención, todo el juego de la convivencia y, además, la sensación de seguridad que produce. Da igual que anden en bici, a pie, en coche, en moto, que conduzcan un bus, un tren o un avión. Lo echan todo a perder con su participación, son nefastos para los demás.

La pregunta es ¿qué hacer con ellos?

jueves, 13 de junio de 2013

No estamos preparados para convivir

Raro es el día en que no se publique un testimonio en el que se exponga una queja de alguien que ha sufrido un caso de agresión en una actividad de circulación urbana. Un peatón que se queja de que los coches no respetan los pasos de cebra o los límites de velocidad o de que los ciclistas no son cívicos, un automovilista que se queja de que peatones y ciclistas no cumplen las normas de circulación (por lo general pensadas desde una lógica automovilística) o un ciclista que se queja de que los automovilistas le intimidan o que los peatones no respetan las vías ciclistas. Un indicador inequívoco de que no estamos preparados para convivir en la calle.

No estamos educados en la convivencia, sólo en hacer valer nuestros derechos, e infligirlos sobre los demás. Porque no estamos educados en la libertad, como no lo estamos en la solidaridad o en la democracia. Nos gusta más tener derechos que obligaciones. Y a quién no. Pero el problema es que cuando los derechos son concurrentes y compiten entre ellos, lo que debería preservar libertades se vuelve agresivo sobre los demás.


En la circulación urbana esto es evidente y especialmente preocupante. Hemos demarcado de tal manera el espacio público, el terreno común, para segmentarlo y asignárselo a cada tipo de usuario, dependiendo del medio en el que se desplace, que las líneas que delimitan los usos se han convertido en auténticas fronteras que favorecen más el conflicto que ayudan a las distintas personas en la labor de preservar el derecho a ejercer su opción de movilidad en la ciudad.

No nos damos cuenta de que la calle es un espacio común que, si estuviéramos dispuestos, debería ser un lugar de encuentro, de socialización, de comercio, de esparcimiento o de tránsito y, sin embargo, lo hemos convertido, en su mayor parte, en meras vías de circulación con carriles estancos: muchos para coches, menos para peatones y apenas algunos para otros medios de transporte, sean públicos y colectivos o privados e individuales.

La obsesión por la segmentación del espacio público es tal que, cuando tratamos de incorporar nuevos medios de transporte, la única opción que se le ocurre a la mayoría es buscar un corredor específico para ellos, en vez de tratar de compartir los espacios disponibles y priorizar sus usos. El caso de las bicicletas es patente y actual.

Sin embargo, es en la capacidad de convivir, de respetarse, de compartir los espacios y los usos de estos priorizando en la necesidad de mejorar la calidad de los mismos para su disfrute colectivo, en la que reside la posibilidad de hacer concurrir a los distintos medios de locomoción y de conseguir que las calles, nuestras calles, sean accesibles, amables y humanas.


Pero no nos queremos dar cuenta de ello. O no podemos, porque no hemos sido preparados para ello y por eso nos dedicamos constantemente a sufrir y hacer sufrir las consecuencias de ello a nuestros semejantes. Es difícil pensar que otro orden de cosas sea posible en una sociedad que no quiere oir hablar de civismo, de respeto, de convivencia o de humanidad porque está obsesionada todavía por el individualismo, la competitividad y la impersonalización como herramientas que garantizan el éxito.

Mientras no seamos capaces de replantear esta lógica imperante y prestar más atención a las cuestiones relacionales y a la búsqueda del bien común y de la buena convivencia, renunciando en parte a derechos selectivos por preservar los comunes, no estaremos en disposición de trabajar por construir ciudades donde en las calles sean protagonistas las personas, sean quienes sean y vayan en lo que vayan montadas.

La pregunta es ¿cuánto tiempo estaremos dispuestos a renunciar a esa ciudad de las personas por perpetuar la ciudad del tráfico?

domingo, 17 de febrero de 2013

Los peatones pierden Independencia

Con mayúscula. Porque la Independencia, el libre albedrío, la capacidad de pasear descuidadamente parece que no se acaba de comprender como un derecho civil en muchas de nuestras ciudades. En Zaragoza, por ejemplo. Una de las ciudades donde más ciclistas te puedes encontrar en las aceras y los paseos de todo el panorama estatal.


En Zaragoza llevan unos cuantos años dando a entender a su población que algo está cambiando en términos de movilidad. Grandes peatonalizaciones, obras faraónicas para introducir el tranvía y reconfigurar el centro neurálgico de la ciudad, calmado de tráfico prácticamente en todas las calles de ese centro, carriles bici, bicicletas públicas.

Pues bien, en esa ciudad, la columna vertebral se denomina precisamente Paseo de Independencia y, merced a todo este proceso, se había vuelto a convertir en un verdadero Paseo, después de muchas décadas de haber sido una Avenida para los coches. Así los zaragozanos habían recuperado el carácter original de dicha vía, e incluso la habían mejorado, ya que, originalmente, el Paseo era un gran andén central y ahora aprovechaba mucho mejor la vida comercial de los porches para dejar la parte central para el tranvía y una exigua calzada de un carril para los vehículos, bicicletas incluídas, a 30 kms/hora. Toda una conquista, una reconquista o, simplemente, un logro.

¿Perfecto? Pues no. Porque los cicleatones han hecho caso omiso de dicha indicación de circular por la calzada calmada y han seguido campando por las aceras, tanto, que han acabado por convencer a los responsables municipales (aunque más que responsables quizá debiéramos llamarles tan solo electos) de pintar una acera bici restando espacio a los peatones, para ordenar la cosa.


De nada parece que van a valer las movilizaciones ejemplificantes de Pedalea, de nada parece que va a servir la pataleta que se han llevado los peatones denunciada por Acera Peatonal, porque en este circo de políticos pusilánimes y de ciudadanos irresponsables, impunes y prepotentes la ley la escriben los más descarados, los que se aprovechan del civismo de los demás y de la buena voluntad de la gente. Así nos va.

Espero que en ese Observatorio de la Bicicleta las aguas vuelvan a su cauce y las bicicletas vuelvan a la calzada pacificada en Independencia, porque la riada de ciclistas de acera en Zaragoza es verdaderamente un problema de orden público.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Me encanta la gente que amenaza con dejar la bici

Me resultan simpáticos. La mayoría son tíos, las mujeres no amenazan con ese tipo de cosas, simplemente las hacen o no. Pero los que nos amenazan a los demás con que si algo en su universo inmediato, sobrevenido y autocomplaciente cambia (o lo que es lo mismo aceras y carriles bici deficientes) volverán a coger el coche como si se tratara de volverse a las armas me provocan.


Probablemente son los mismos que cuando circulan en bici, muchos con chaleco y casco, por zonas peatonales van dando la paliza con el timbre y pasan rozando a los peatones sin reducir la velocidad. Los mismos que, aferrados a su manillar, son incapaces de desmontar, incluso en situaciones comprometidas. Los mismos que van propinando sustos cuando aparecen desde una acera, sin frenar, en una calzada donde nadie les espera y luego hacen aspavientos y dicen maldiciones alegando un derecho que sólo debe asistirles a ellos.

Creerme si os digo que este tipo de usuarios de la bicicleta, esos que amenazan con volverse al coche, sobran en nuestras ciudades y creerme también que, a bordo de un coche, van a ser igual de irrespetuosos y de insolentes que en sus bicicletas.

No es ese el camino para reivindicar la necesidad de la bicicleta en la ciudad, como no lo son la mayoría de los carriles bici que se han perpetrado en nuestras ciudades. La vía, la verdadera vía ciclista es la educación, el civismo, el respeto y la empatía. Todo lo demás vale de bien poco.

domingo, 3 de junio de 2012

El ciclista ejemplar

¿Qué debe hacer una persona para ser considerada ejemplar en la práctica del ciclismo urbano cotidiano? ¿Cómo catalogaríamos a un individuo sobre una montura de dos ruedas implusada a pedales como modélico en su ejercicio ciclista? Ahí va un intento de categorizar algo tan difícil como la conducta humana para definir la virtud en relación con el uso de la bicicleta como medio de transporte urbano. Para facilitar la comprensión y, teniendo en cuenta que hablamos del camino de la virtud, lo formularemos a modo de decálogo, para redondear, como los mandamientos.

1. Sabe manejar su bicicleta

Algo más que mantener el equilibrio. Es capaz de circular manteniendo una línea, es capaz de soltar una mano para indicar sin miedo, es capaz de girarse y volverse sin perder el control, es capaz de sortear un obstáculo, bajar o subir un escalón, frenar en curva, anticipar las maniobras en mojado, acompañar sus movimientos, balancear el peso, cargar algo con facilidad, tocar un bordillo y seguir sin problemas. Andar en bici en la ciudad es algo más que saber mantenerse en dos ruedas. Requiere de una serie de habilidades.

2. Tiene su bici a punto

Conoce los mecanismos básicos que hacen que una bicicleta sea segura y los mantiene en buen estado. Se preocupa porque su bicicleta tenga a punto las ruedas, los frenos y los cambios. La mantiene razonablemente limpia y engrasada. La tiene puesta a su gusto, de acuerdo con la postura que quiere llevar. Y cuando algo le suena raro no tiene ninguna duda en acercarse a su taller de confianza, donde le conocen y saben que para él la bici es algo más que un juguete, es su medio de transporte, y le tratan de acuerdo a eso, porque ha elegido un taller sensible a sus inquietudes y capaz de responder a sus exigencias.

3. Se relaciona de manera natural con los demás

No trata de demostrar nada, porque cree que no hay nada que demostrar. El ciclista ejemplar utiliza una bicicleta y, de la misma manera que para él es totalmente natural, espera que para los demás lo sea y así lo hace ver. No tiene problemas con automovilistas, con moteros, con conductores de tranporte público y mucho menos con peatones. Porque actúa de manera tranquila, callada, armónica, educada y empática.



4. Cumple las normas del tráfico

Conoce y sigue la ley del tráfico. Porque sabe que jugar al mismo juego que juegan todos hace que sea mucho más seguro, mucho más previsible. No quiere sorpresas inoportunas así que procura no darlas tampoco. Se permite algunas relajaciones, siempre hechas con mucho tacto y cuando la ocasión lo permite: pasar un semáforo de regulación peatonal después de haber cedido el paso a los peatones, adelantarse en los semáforos de intersección unos metros para mejorar su posición y su visibilidad, por ejemplo.

5. Es escrupulosamente respetuoso con los demás

Esta es la clave de su éxito. Respeta y te respetarán. Todas las personas tienen derecho a utilizar las calles para desplazarse, pero este derecho tiene un límite: la libertad de los demás, sus derechos. Saberlo te hace ser más contemplativo, más educado, más cívico, pero a la vez más digno, más determinado y más convencido de lo que haces, de que puedes hacerlo y de cómo funcionan las cosas mejor. Por eso evita los enfrentamientos, los bocinazos, los timbrazos. Porque sabe que no llevan a ninguna parte. Porque sabe que no mejoran las cosas.

6. Es visible

Se hace ver. De día y de noche. Ocupa un espacio suficiente allá donde circula, un espacio seguro, aquél que le aleja de las zonas de riesgo como bordillos, puertas y obstáculos. Y se asegura de que los demás le hayan visto antes de hacer una maniobra comprometida, que siempre señaliza para que los demás sepan qué trata de hacer. Por eso mira a los ojos de los demás, para estar seguro de que le han visto. Si no está seguro no sale. De noche usa luces "de las de ver", que le permiten circular con seguridad como un vehículo más en las zonas iluminadas y también en las más oscuras. Y lleva elementos reflectantes, sobre todo en su bici.

7. Es predecible

Señaliza. No acaba de entender como todavía hay mucha gente que no señaliza cuando circula en bici. Es su principal salvaguarda. Anunciar el giro sacando un brazo, con eso basta y con eso se mejora increíblemente la seguridad en los cruces y rotondas. Con suficiente antelación, para que quede claro lo que quiere hacer. Nunca actúa por sorpresa, nunca hace un giro brusco si no es para evitar una sorpresa, nunca circula en zigzag. Y no es porque no sepa, es porque sabe que su integridad depende de que sean bien interpretadas sus intenciones.

8. Es digno

Conoce sus derechos y los ejerce con dignidad. Le sorprende cómo mucha gente viaja apocada en su bici, casi pidiendo perdón por circular en determinados espacios, por ocupar un espacio. Cree que la bicicleta merece más reconocimiento, pero juega con las reglas que están escritas y trata de hacerlo con orgullo y humildad, pero sabiéndose amparado por la ley.

9. Sabe interpretar los distintos escenarios

No es lo mismo andar en un espacio compartido con los peatones, en una calle secundaria, en una gran avenida o en una carretera local o nacional, así que sabe extremar precauciones e interactuar en los distintos escenarios respetando las reglas de la convivencia. Así sabe ser cauto, guardar las distancias de seguridad, entender las trayectorias de las demás personas en movimiento y hacerse entender en las distintas circunstancias. Nunca irá intimidando peatones, invadiendo los espacios de seguridad de los automóviles, haciendo adelantamientos por la derecha, haciendo cruzadas inverosímiles o frenadas espectaculares.

10. Sabe anticiparse

Y siempre tratará de prever los acontecimientos. Para eso la bici le da una ventaja respecto a los demás modos de transporte. Su altura, su visibilidad, la ausencia de una carrocería, la versatilidad, la agilidad, la flexibilidad que le aporta le confieren una posición privilegiada para ver las cosas unos segundos antes que los demás y poder actuar antes de que sobrevengan. Eso y prestar toda la atención a la conducción, hacerlo con todos los sentidos. Por eso nunca lleva auriculares, ni elementos que condicionen su visión, por eso siempre conduce con las dos manos en el manillar y con un calzado que le permita un buen contacto con los pedales. Porque sabe que de todo eso depende su seguridad también. Y con eso no se juega.

El ciclista ejemplar no es una especie en vías de extinción, ni pertenece la nueva generación venidera, tampoco es un especimen concreto, simplemente no existe, es un modelo, es un arquetipo, es un ideal. De que cada vez más gente crea que este ciclista ejemplar es el modelo a seguir dependerá la seguridad, el reconocimiento y el respeto de las personas que circulan en bicicleta a diario.