miércoles, 22 de octubre de 2014
Reflejos de una luz cegadora
Lo mismo ocurre con el entendimiento y las fuentes de conocimiento. La capacidad de comprender depende de la cantidad y de la calidad de la información a la que nos exponemos. Cuando nos enfrentamos a algo demasiado denso o demasiado caudaloso, nuestra capacidad de comprensión se bloquea por saturación. Hay que procurar entonces distanciarse de la fuente y empezar a masticar cada trozo de información para poder digerirlo y no empacharnos.
Con el fabuloso documento que han presentado algunas de nuestras mejores lumbreras en lo que a movilidad se refiere bajo el título de Las Cuentas Ecológicas del Transporte pasa un poco eso. Que de tan denso, tan prolijo y tan profundo, nos deja deslumbrados, aturdidos intentando desgranarlo, intentando comprenderlo.
Este informe, que pone de relieve los vicios y los vacíos que presenta el análisis de la contabilidad de los gastos relacionados con el transporte, contando todos los medios y los modos de transportar, ha sido editado, como no podía ser de otra manera, por Ecologistas en Acción y puede leerse y descargarse aquí.
Su lectura es espesa a pesar de haber sido redactado con un estilo impecable, propio de maestros como Alfonso Sanz y todo el equipo de Gea21, lo que hace que requiera un interés especializado. Pero hay detalles y apartados que son realmente reveladores y arrojan luz sobre cuestiones que son tan obvias como olvidadas.
Hemos seleccionado unos pocos gráficos, a modo de aperitivo, que nos parecen especialmente ilustrativos y clarificadores de una realidad que nos cansamos en denunciar de manera argumentativa, pero sobre la que hacen falta datos e imágenes esclarecedoras. Estos son sólo algunas de las más significativas.
Que sirvan para abrir boca. Porque hay tantos bocados como estos que podríamos empacharnos si intentamos ingerirlos de una sola sentada.
En letra, nos quedamos con este extracto recogido en las conclusiones del documento:
sábado, 14 de julio de 2012
La Vuelta o la bicicleta como negocio publicitario
Es precisamente ese inicio lo que más llama la atención, por indignante. Esa flamante llegada de los protagonistas en un fabuloso coche familiar, imprescindible para poder disfrutar de sus bicicletas con alegría desbordante y con una ñoñería exultante. Esa mezcla de bici de esparcimiento y bici de competición, junto con algunas dosis de paisajismo estándar son las características tópicas de este tipo de eventos magníficos.
Confieso que soy ciclista de retransmisión. Lo he sido siempre, desde niño. La afición a la bicicleta como deporte, como espectáculo, también me llama, de una manera distinta al ciclismo utilitario, de una manera distinta al cicloturismo, pero me gusta. Me gusta ver ciclismo de competición en la tele. Creo que es un espectáculo deportivo impresionante, aunque los "affaires" que le rodean lo hayan devaluado mucho en los últimos años.
Es quizá por esa esquizofrenia ciclista que padezco que no soporto bien esa mezcla de churras con merinas que propone la maquinaria de hacer dinero del "ciclismo evento" que es Unipublic. Porque Unipublic, como otras empresas del ramo, no creen en la bicicleta como medio de transporte ni siquiera en su versión más lúdica y más trivial. Creen en la bicicleta como negocio. Legítimo, por supuesto, pero nada más. No hay promoción de la bicicleta en la Vuelta a España, ni siquiera hay promoción del ciclismo deportivo de base. No hay apoyo a los clubes locales, a los que muchas veces utilizan como parte de su voluntariado. No hay nada de eso.
Lo que sí que hay es expolio de las arcas públicas para financiarse. A razón de 2 euros por navarro declarados (1.200.000 € o 200.000.000 de las futuras pesetas) para sufragar los aires de grandeza de los unos y los otros. Pero todo sea por alimentar la megalomanía y por mantener a la gente entretenida con más circo. Total los ciclistas, como las bicicletas, ya seguirán surgiendo por generación expontánea, como lo han hecho toda la vida por estas tierras feroces.
jueves, 28 de junio de 2012
¿Cuánto pagarías por pagar menos por circular?
Dicen algunos que no se gastarían nunca mucho en una bicicleta porque no merece la pena, porque la bicicleta está condenada a ser robada o maltratada, que mejor no arriesgar, que para moverse por la ciudad no hace falta nada especial, que con cualquier hierro vale.
El otro día una chica nos explicó que ella había contabilizado los ahorros reales en euros contantes y sonantes que le había producido el uso de la bicicleta que había comprado tan sólo ocho meses antes, no sin dudas y ampliando su presupuesto inicial por hacerse con una bici ciertamente de calidad. Ella, como tantos otros, combinaba el coche y el transporte público en sus tránsitos urbanos habituales. Su sorpresa había sido mayúscula al analizar sus cuentas.
En tan sólo ocho meses, había amortizado su bicicleta y ya le estaba produciendo beneficios económicos, además de los consabidos en su estado de forma tanto físico como anímico, su puntualidad, su autoestima. Nos contaba que, ahora que la había amortizado, ya podían robársela, cosa improbable dadas las medidas que toma contra ello. Además, al haber invertido en una bicicleta buena, esta le iba a durar mucho más, teniendo en cuenta la calidad de sus componentes, así que esperaba unos réditos realmente insospechados.
Sácate tus cuentas y, por favor, no seas rata cuando te toque invertir en tu bicicleta, porque ella te lo devolverá con creces. En estos tiempos de incertidumbre económica la bici se presenta como un valor seguro... y en alza.
miércoles, 28 de diciembre de 2011
El coste de oportunidad
Pero ¿por qué hemos de ser los más pobres los más mirados a la hora de gastar cuando todo el mundo ha despilfarrado y aun despilfarra a manos llenas sin ningún tipo de control ni miramiento cuando nuestras inversiones son las migajas de los grandes pasteles? Pues precisamente por eso. Uno de los argumentos de la bicicleta es su economía y hay que ser especialmente celosos, cautos y ejemplares cuando hablemos de presupuestos para la bicicleta, sobre todo cuando hablemos de magnitudes decentes y hagamos comparaciones.
Que la cultura del dispendio y del pelotazo hubiera echado raices a nuestro alrededor tampoco nos daba crédito en los años de las vacas gordas. Porque con lo que jugábamos y con lo que jugamos es con la desvirtuación de la bici y eso es muy grave.
Hace unos días corrió por la web un artículo sobre el fracaso de algunos sistemas de bicicletas públicas en Cataluña. Lejos de analizar el tema en profundidad, la noticia venía a justificar la eficiencia o ineficiencia de los sistemas, de acuerdo con un modelo pretendidamente exitoso como es el de Barcelona, sólo por número de usuarios e intensidad de usos, nunca por viajes evitados en coche, nunca por las oportunidades perdidas por haberse metido en esta batalla.
En la sociedad de los hechos consumados sólo somos capaces de visualizar y tratar de justificar la idoneidad de las inversiones realizadas contabilizando su rentabilidad en valores absolutos. Esto levanta toda sospecha porque no son comparables más que con sí mismos y además, apoyados en estadísticas sesgadas y debidamente interpretadas, es fácil demostrar lo adecuado de las operaciones.
¿Y si... ?
Pero ¿qué pasaría si pudieramos comparar resultados con inversiones alternativas?
Volviendo al tema de las bicis públicas ¿qué habría pasado si todos los millones que se han invertido en los sistemas de bicicletas públicas se hubieran destinado a otro tipo de proyectos? Por ejemplo ¿qué habría pasado si se hubieran regalado bicicletas por el mismo valor? ¿Y si se hubieran cedido en préstamos de larga duración? ¿Y si se hubieran destinado a formar personas para que estuvieran mejor preparadas para el ejercicio de la bicicleta? ¿Y si se hubieran dedicado a habilitar aparcamientos seguros para bicicletas? ¿Y si se hubieran construido casas de la bicicleta? ¿Qué habría pasado?
Pues sólo en Barcelona se hubieran podido regalar del orden de 40.000 bicicletas al año, que si se hubieran prestado ya conformarían una flota de apenas 200.000 bicicletas y habrían alimentado a los talleres de bicis locales con sus chequeos y mantenimientos. Sin los problemas que presentan estos servicios en la redistribución, caídas del sistema, ocupación del espacio o falta de disponibilidad. ¿Cómo lo hubiéramos llamado? Despropósito. ¿Cómo lo llamamos? Servicio público.
En vez de eso seguimos ocupados intentando optimizar lo ejecutado como si fuera irreversible, en vez de tratar de valorar inversiones alternativas, nuevas vías. Y trabajamos sólo en los supuestos en los que dichos sistemas se mantienen y se busca elementos complementarios. La guía que editó IDAE para la implantación de las bicis públicas de forma masiva así lo explicaba. Y a lo que había sido esencial hasta la llegada de estas invenciones le llamaba medidas complementarias. Y lo que no había existido hasta entonces era lo principal. Y tragamos.
Algo similar pasa con las aceras bici bidireccionales y con la inmensa mayoría de los carriles bici que se han implementado en nuestras ciudades. No se ha valorado nunca el coste de oportunidad o, por decirlo de otra manera, la idoneidad de la inversión. Simplemente se ha hecho, más mal que bien, y ahora toca justificarlo. Nunca desmantelar. Nunca. Nunca explorar otras vías de manera alternativa. Nunca. Si está hecho, esta hecho, y eso vale mucho más que cualquier otra cosa. Es incuestionable.
De hecho, a veces basta con hacerse con los servicios de algún mago de los números para que haga alguna estimación espectacular y así todo queda respaldado con el incomparable valor de los números. Y mejor si son redondos y cuanto más grandes mejor.
O, si no, podemos comparar los costes de la bicicleta con los costes del transporte público y quedarnos tan anchos. Como si los viajes en sistemas de bicicletas públicas por los absurdos carriles bici y aceras hechas en nuestras ciudades fueran comparables con los de buses, metros o trenes, cuando tan sólo han suplantado a las bicicletas con el argumento de la seguridad y la ubicuidad, pero para viajes de última milla, que no sustituyen la mayoría de las veces sino viajes peatonales atentando además con éstos.
Y mientras tanto seguimos desvirtuando la bicicleta. Algo que era por esencia sencillo, barato, asequible, que prácticamente se autofinanciaba, ha pasado a ser algo complicado, costoso, pesado, aparatoso y diferido, porque para practicarla hacen falta toda una serie de carísimas y complejísimas infraestructuras. Demecial. Real.
martes, 17 de mayo de 2011
Tiempos pasados nunca podrán ser mejores
Parar el tiempo ¿sueño o pesadilla?
Una vez soñé que, cada vez que miraba un reloj, éste, agradecido, me regalaba un segundo. Al principio la sensación confieso que tenía su punto inquietante. Era una especie de segunda oportunidad instantánea. Imposible de aprovechar y, quizá por eso, emocionante. No me daba cuenta, mientras soñaba, que en realidad cada vez que miraba a ese artilugio generoso perdía el mismo segundo que él me regalaba. El problema empezó a surgir cuando aquel guiño se convirtió en una verdadera marcha atrás y el segundero empezó a retroceder. Os puedo asegurar que la sensación fue angustiosa, deseperada... una pesadilla.
En la vida real ocurre algo de lo mismo. Todos nos llenamos recordando el pasado sin darnos cuenta que es un espejismo, una colección de fogonazos que han quedado felizmente impresos en nuestra memoria. Una memoria que, por su propia naturaleza autosuficiente, es selectiva y lo filtra todo. Para engañarnos. Si no lo hiciera, nuestra vida sería insoportable.
Pretender volver a atrás es, más que una ilusión, un ejercicio antinatural. Tratar de paralizar el tiempo significa la muerte. Incluso en el mundo de las ideas. Así pues, dejemos de mirar a la realidad que nos rodea como si el mundo pudiera dejar de girar y habituémonos a la nueva coyuntura. Crisis, estancamiento, austeridad no son situaciones negativas, son realidades que, por turbulentas, representan oportunidades de construir la realidad de acuerdo a una lógica nueva, distinta, mejor.
Y sin embargo, nos aferramos a la sospecha de que, si algo nos pareció bueno, puede volver y hacerse eterno. Y ese es el gran lastre de nuestra sociedad, sobre todo en tiempos difíciles como los que vivimos. La incapacidad de reacción. Incluso entre sectores y personas para las que esta crisis demencial de cemento, ladrillo, especulación y basura financiera no ha sido tan devastadoral Se ha contagiado la sensación de fracaso y de quiebra y se ha paralizado la actividad. ¿Si no es tu guerra por qué te empeñas también en ser víctima de la misma? Así no hay manera de sobrevivir. Nos dejamos contagiar por el pesimismo, de la misma manera que cuando la burbuja inmobiliaria y el despilfarro público guiaban nuestra economía a todos nos parecía que éramos también sospechosamente ricos y nos podíamos permitir cualquier derroche aunque tuvieramos que endeudarnos por encima de nuestras posibilidades.

Ahora que parece que hemos querido empezar a enterarnos de que la vaca no da más de sí, parece que basta con lamentarse y esperar.Mejor pensamos como aquel premio Nobel que hace un siglo dijo algo así como: Ahora que no tenemos dinero, tendremos que pensar. Me parece realmente inspirador.
En mi reloj el tiempo de las cementeras y los bancos ha pasado y es la hora de valorar lo pequeño, lo cercano, lo humano.
martes, 30 de noviembre de 2010
Esto nos va a salir caro... muy caro
A todos. A los ciudadanos contribuyentes, que al final son los usuarios y los paganos. Y no hablo de las multas e indemnizaciones que han empezado a resultar de sentencias de juicios a ciclistas que han atropellado a peatones en las aceras. Tampoco en las sanciones astronómicas que algunas ciudades están proponiendo para atajar actitudes incívicas o inadecuadas de los ciclistas. No. Con la alegría con la que se están haciendo las cosas, esto va a tener unas consecuencias importantes, bastante más importantes que estos casos aislados. Y las vamos a pagar, por supuesto.
Nos va a salir cara la pretensión de muchos ayuntamientos de contar con una red de vías ciclistas. Ambición cuestionable por tratar de desdoblar el viario para cada tipo de vehículo que se quiere incluir en la circulación como si no hubiera otra forma de que circulen seguros. Vías para coches, para autobuses, para tranvías, para bicicletas y para peatones, paralelas pero con inevitables, inverosímiles e incomprensibles estrechamientos, confluencias, cruces y finales.
Nos va a salir caro el intento de justificar un sistema de transporte público individual que no se reequilibra, que no compensa viajes en coche y cuyas concesiones, costes, emisiones y financiaciones son poco menos que opacos o inconfesables. Las bicicletas públicas.
Nos va a costar mucho recompensar a los peatones de los agravios a los que les estamos sometiendo de manera sistemática integrando la circulación de bicicletas en plataformas peatonales con la sospechosa excusa de querer defenderlas de su espacio natural, la calzada.
Nos va a resultar realmente penoso tratar de entender esta multiplicidad de criterios, normativas, casuísticas y excepciones que hemos sido capaces de generar a la luz y como consecuencia de muchas chapuzas realizadas alocadamente y con objetivos de notoriedad política y social.
Pero lo peor del caso es que, para cuando nos queramos dar cuenta, la situación habrá tomado un cariz tan insostenible y unas inercias tan espeluznantes, que hará que volver las tornas se convierta en un trabajo más arduo y más costoso que seguir con la sangría y dejarlo correr.
Y no se van a conseguir los objetivos
Esto es:
- mejorar la funcionalidad de la bicicleta como medio de locomoción,
- reducir la accidentabilidad por kilómetro recorrido,
- reducir los robos y el vandalismo contra las bicicletas,
- disminuir el número de viajes en coche (aunque sea eléctrico) en los centros de valor urbano,
- hacer ciudadanos y ciudadanas más conscientes, que, con sus opiniones y decisiones, participen en la configuración de su entorno
- en definitiva, hacer ciudades más habitables, más sociales, más seguras y más divertidas.
Por lo visto esto no era lo importante. O no era lo más interesante. Estamos en temporada de elecciones.





