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domingo, 22 de noviembre de 2015

Ciudad 50, ciudad 30, ciudad 20... ciudad cero

Cuando tratamos de identificar los factores que hacen que una calle sea un espacio más o menos seguro, invariablemente acabamos hablando de los coches, de su preeminencia y de la sumisión del resto de usuarios de la calle respecto a esa dominación que invariablemente va asociada a la circulación de vehículos de una tonelada entre personas de a pie o de a pedal.

Ahora bien, ese efecto apisonadora que hace el coche o cualquier vehículo a motor se incrementa proporcionalmente dependiendo de la velocidad a la que éste circule. Primero porque la perspectiva se reduce cuanto mayor es la velocidad. Gráficamente.


Segundo, porque a mayor velocidad, mayor fuerza del golpe y mayor gravedad en el impacto.


Visto lo visto, y teniendo en cuenta que la "velocidad comercial" media de la mayoría de los vehículos en la ciudad consolidada y compacta no suele ser mucho mayor de 20 kms/h (en el mejor de los casos), es fácil concluir que la reducción de la velocidad es un buen instrumento para mejorar la seguridad vial y la habitabilidad de nuestras ciudades.

Ahora bien, ¿cómo se consigue esa reducción de la velocidad? ¿Es la señalización y la vigilancia policial con las consabidas sanciones el único método para lograrlo? ¿Es acaso el más eficaz?

Porque hay otro componente que muchas veces no se tiene en cuenta a la hora de gestionar el espacio público: la circulabilidad de las calles, esto es, las condiciones que reúne la calle para dar la sensación de ser fácilmente transitable a bordo de un vehículo pesado o no. La apariencia hace mucho. Así una calle donde no hay señales, donde la calzada no está perfectamente delimitada y segregada, donde aparecen obstáculos que rompen las líneas, aunque sea visualmente, donde se puede cruzar la calle a pie por cualquier punto, donde los comerciantes exhiben su mercancía en la calle, aunque se pueda circular, se convierte en una calle segura, simplemente porque disuade a los automovilistas de circular a velocidad, pero también porque invita a la gente a invadir ese espacio público alegremente, porque se percibe como un espacio seguro.


De esta manera, cuando conseguimos reducir y calmar el tráfico, y que, aunque no desaparezcan los automóviles su presencia no sea dominante, el efecto inmediato es que la habitabilidad de la calle se incrementa y la vida surge y las interacciones se multiplican. Gráficamente.

Consiguiéndose además el objetivo que debería ser central en la gestión de la movilidad en nuestras ciudades, que es que no haya accidentes o se reduzcan extremadamente y que su gravedad disminuya hasta que no haya víctimas del tráfico. Es lo que se llama la visión cero en la gestión del tráfico.


jueves, 15 de octubre de 2015

Terrorismo vial, terrorismo urbano

Informan una y otra vez los medios de comunicación de masas, esos que sirven para consolidar las principales lineas de pensamiento y para orientar las pautas de la población y sus decisiones, de un repunte en los accidentes de tráfico, sobre todo en entornos urbanos. Y nos dicen que el 70% de esos accidentes se producen tienen lugar en pasos peatonales. Y lo recibimos con naturalidad, casi impasibles, sabedores de que no sólo es una realidad conocida sino que es una realidad asumida. No es extraño que no nos resulte sorprendente, ya que es algo que lleva produciéndose de manera invariable durante las últimas décadas.

Ahora bien, esa impasibilidad no es una actitud que hayamos decidido mantener voluntariamente, ni siquiera conscientemente, es simplemente una consecuencia de las inercias que se nos han ido imponiendo durante muchos años, promovidas por intereses asociados al desarrollo de un modelo urbano, social y económico cuyos pilares básicos han sido el superdesarrollo inmobiliario, financiero, petrolero, automovilístico, que ha fomentado el consumo compulsivo, la especulación, el derroche, la contaminación y la injusticia salvaje.

Hemos aceptado como buenas sus consignas, sus condiciones y sus consecuencias. Y así no nos parece extraño constatar los daños colaterales que dicho sistema conlleva: aislamiento, deslocalización, depredación, desequilibrios graves de la salud, deterioro medioambiental, insolidaridad, injusticia, desigualdades y muerte. Mucha muerte. Muchas muertes.


Muchas muertes y muchas secuelas, tanto directas como indirectas, que hemos asumido como insalvables o, peor que eso, fortuitas. ¿Por qué si no llamamos accidentes a lo que no son sino atropellos, muchos de ellos provocados por negligencias o por temeridades?

Pues porque esto se ha convertido en un estado de excepción permanente impuesto por las autoridades para mantener la tiranía del coche frente a todos los que no lo elijan como medio de transporte. Una tiranía basada en el terror, en la difusión intencionada del miedo al coche. O, mejor que eso, el miedo a contravenir los requerimientos que ese modelo de vida en el que el coche es una de las piedras angulares.

Vender miedo, consentir y ejercer la violencia para condicionar el libre albedrío de la gente y favorecer una opción contra las demás sin escatimar daños colaterales tiene un nombre. Así pues, empecemos a llamar a las cosas por su nombre y dejémonos de eufemismos y anatemas. Esto es terrorismo, terrorismo vial, terrorismo urbano montado para fomentar el uso intensivo del coche y nada más. Un terrorismo que, entre víctimas directas e indirectas, se cobra más de 400.000 muertes prematuras cada año tan sólo en Europa.

¿Cuánto tiempo más estamos dispuestos a soportarlo? ¿Cuánto tiempo más a seguir poniéndonos las orejeras, los cascos, los chalecos reflectantes y vamos a seguir vistiéndonos con esa capa de miedo que nos hace insensibles a otra muerte que no sea la nuestra? ¿Cuánto tiempo más a aguantar amedrentando a nuestros menores y mayores con los peligros de la calle? ¿Cuánto? ¿Otra generación? ¿Dos? ¿Y cuál será el precio de tanto aguante?

viernes, 26 de diciembre de 2014

El exceso de confianza mata

En estas fechas tan entrañables es donde más echamos en falta a los seres queridos. En estos días tan señalados en los que medio mundo se está desplazando para volver a encontrarse con el otro medio y felicitarse por estar allí es cuando los responsables de la seguridad vial doblan esfuerzos para tratar de prevenir la desgracia. Ahí suele estar presta nuestra querida DGT para recordarnos que somos pecadores y mortales y que, al volante, esta conjunción es fatal de necesidad.



Bien. Hace falta recordarlo, aunque estos mensajes emocionantes ya no calan en nuestras frías entendederas. Estamos inmunizados a las advertencias y a los consejos paternalistas. Nos hemos cansado de ser los eternos culpables de nuestras propias desgracias.

Pero el mensaje navideño de hoy no va dirigido a los automovilistas. De esos ya se ocupa el resto del mundo. La advertencia de hoy va para los que se mueven sin motor, esos para los cuales los despistes y las imprudencias se traducen en daños físicos en sus propias carnes. A esos, hay que recordarles que, aunque les asista el derecho y tengan permiso legal, lícito o tácito de hacerse unas cuantas jugadas o pasar por alto el orden establecido a favor del automóvil, deben extremar precauciones y reforzar su atención. Más en estas fechas donde todo el mundo va un poco alocado y más de uno además algo perjudicado.


Tu integridad depende de ti y el exceso de confianza en tu caso, ciclista o caminante, lo pagas más caro que los demás.

Feliz Navidad.

domingo, 19 de octubre de 2014

En bici por la acera, no hay manera (crónicas de un infractor)

Constatado. No hay manera de evitar el ventajismo y la intimidación cuando se circula sistemáticamente por las aceras a bordo de una bicicleta. Se puede conseguir ser cortés y paciente una vez, dos, unas cuantas, pero cuando la cosa se repite y se hace habitual, sale lo mejor de nosotros. Entonces llega el "disculpa" después de haber pasado rozando, el "ring ring" para conseguir que los caminantes estén avisados de vas a pasar como una exhalación, las velocidades crucero prohibitivas, las maniobras casi temerarias para ganar la mano en un paso de peatones...

Todo está justificado por la sempiterna prisa, esa que parece que dé más razón al más rápido y que perjudique siempre al más lento. En las aceras, y más en hora punta, esto es la norma y lo demás son excepciones.


En las aceras la prepotencia se mide, por lo general, en kilómetros hora, en masa movida y en la arrogancia que es consustancial a esas magnitudes agregadas. Negarlo es no querer enfrentarse a la realidad, no haberla observado o mirarla desde el manillar y a pedales. Incluso los ciclistas más modélicos pierden el tono cuando en un mini-sprint o en dos golpes de pedal pueden ganar la posición en una situación embarazosa.

Todo es comprensible, pero eso no lo hace disculpable y mucho menos sostenible. El problema sigue ahí y, cuantos más ciclistas hay, más grave es. Porque las velocidades relativas, las distancias de seguridad, los radios de giro, las trayectorias inerciales hacen que la convivencia en el mismo espacio entre gente que camina y gente que monta en bici sea imposible.


¡Claro que hay gente respetuosa en las aceras! Y gente que es capaz de apearse de la bici, pero son los menos y su excepcionalidad no hace más que confirmar la regla.

Para resolver este mal endémico, son muchos los que abogan por la educación vial, por el recordatorio del respeto debido y la prioridad obligada. No está mal. Pero hay que ser conscientes de que el alcance de las campañas, los cursos y los avisos no logran llegar más que a una mínima parte de una población saturada de mensajes y aburrida de adoctrinamiento y muchas veces no son suficientes para cambiar estas actitudes. Habría que trabajar de una manera unívoca, conjunta y permanente para darle la vuelta a esta tendencia que sigue ganando adeptos en la Ciudad de los Coches, esa que deja alegremente que los más débiles peleen sin cuartel para seguir beneficiando al más poderoso.

Lo cierto es que, incluso tratando de ser exquisitos, la prisa nos obliga y nos empuja a correr y a acelerar y la bici corre y acelera y si lo hace en las aceras lo hace contra los peatones. Los que vivimos en ciudades donde la circulación ciclista por aceras está masificada lo presenciamos a diario, cada hora, en cada momento. Y no, no depende de la edad, del género, de la raza ni de la condición social. Aquí lo hacen todos y de todos los pelajes.

Y digo todo esto porque lo he intentado.

lunes, 6 de octubre de 2014

Un poco más de respeto a los "rojos"

Que los semáforos son una de las enfermedades que han contraído nuestras ciudades en su afán de ser lo más automovilísticas posible, es algo que no merece la pena ser discutido. Que su funcionalidad y su programación están al servicio de la lógica de la circulación motorizada es algo que no se le escapa a nadie. Que el resto de usuarios de las calles lo sufren con esperas y dilaciones estúpidas y desproporcionadas es un tema ya demasiado manido como para que sea relevante.

Pero el colmo de toda esta denigración es que, encima, los automovilistas llevan tiempo tomándose la libertad de saltarse muchos de ellos en rojo como algo natural, con desprecio de las normas, de la seguridad vial y del resto de sus congéneres en general. Prepotencia pura.


Hasta ahora había habido mucha connivencia y relajación a la hora de perseguir y denunciar este tipo de faltas, porque todos habíamos interiorizado que era parte del juego y que estaba tan generalizado que iba a ser muy difícil de atajar, así que lo dejábamos estar y lo vivíamos con la misma resignación que el resto de los males que azotan nuestra sociedad.

Pero el mundo evoluciona y las tecnologías han venido, en muchos casos, a resolver los problemas a donde las personas no podemos o no queremos llegar. Pasó con los radares en los controles de velocidad, ahora llegan los "foto-rojos" que no son otra cosa que sensores que se incorporan a los semáforos y que detectan a los que se los saltan en rojo, algo que ya lleva unos cuantos años funcionando en otras partes.

¿Cuál ha sido el resultado? Abrumador a la vez que bochornoso. En la ciudad donde vivo, una ciudad pequeña y tranquila, uno sólo de estos chivatos tecnológicos ha tenido el mérito de denunciar a 1.214 infractores en apenas 3 meses y medio de servicio. Casi 12 al día en un sólo semáforo.

La reacción no se ha hecho esperar en el ayuntamiento que ha decidido extender este servicio a otros puntos conflictivos de la ciudad con ánimo redoblado por la intervención y la capacidad recaudadora de la dichosa máquina.

lunes, 29 de septiembre de 2014

De OCA a OCA (esto no es un juego)

Hora punta. Un coche medio subido a la acera con los cuatro intermitentes dados, una bici en el suelo y dos personas apoyadas en la valla de protección. No parece que sea un encuentro entre dos viejos conocidos que se hayan puesto a conversar, dejando a un lado sus prisas en medio de la vorágine. Más bien parece que una de ellas se está interesando por la otra que no se encuentra del todo bien. Más gente se acerca.

Esta situación es una vieja conocida entre los que nos desplazamos en las ciudades donde los ciclistas han decidido, solos, invitados por sus ayuntamientos o gracias a la inacción de éstos, circular por las aceras de una manera generalizada, haciendo caso omiso de las normativas, pero haciendo menos caso aún de las prevenciones que hay que tener para hacerlo y no jugarse la vida.


De OCA (Otro Ciclista Accidentado)

El caso es que cada vez nos parece más normal que esos ciclistas pretendidamente prudentes, que buscan su refugio fuera de la calzada, acaben siendo atropellados precisamente cuando cruzan las calles. De estos accidentes hay un montón cada día que no constan en ninguna estadística, simplemente porque no se levanta un atestado o porque no se da parte al seguro y los implicados tratan de entenderse porque ambos tienen algo que perder si no lo hacen.

Para muchos, el ciclista que es arrollado cuando cruza sorpresivamente una calle está pagando un pato que ha ido buscando de forma repetida y procaz, hasta que se lo ha encontrado. Es un juego de probabilidades. Un poco como los peatones que cruzan fuera de los pasos de cebra.

Para otros, el ciclista es una víctima de un orden circulatorio que se ha concebido sólo para beneficiar el tránsito de los automóviles y que no se preocupa por el resto de usuarios de las calles. Los que defienden este postulado normalmente justifican y hasta promueven la ocupación indiscriminada de las aceras como refugio ciclista a falta de infraestructura exclusiva para las bicicletas.

Pero hay unos pocos que sostienen que todo esto no es más que una triste consecuencia de que unos, los que quieren mantener las cosas como están, y los otros, los que quieren andar en bici seguros, no se dan cuenta de que la única manera de resolver esto es tratando de comprender que los ciclistas tienen tanto derecho de ocupar las calles como el resto de vehículos y que hacerlo en el sentido de la circulación y siguiendo sus normas es la forma más segura de que el resto de agentes del tráfico comprendan y respeten sus maniobras.

Foto de ¿Sabes dónde ciclas?

A OCA (Otra Calle Amable)

Esto pasa, por supuesto, por reconsiderar la ordenación del tráfico y, sobre todo, la priorización del tráfico motorizado en la mayoría de nuestras calles y de dar un tratamiento especial a los ciclistas en las calles de tráfico más denso o donde las velocidades relativas sean muy diferenciadas, pero pasa, sobre todo, por redefinir las relaciones vehiculares primando la seguridad de los más vulnerables, apelando al respeto y a la convivencia como mejores herramientas para conseguirlo.

Hay que volver a replantear de manera pública cuál es la misión de las calles y cuáles son los nuevos escenarios ante los que queremos actuar e interactuar. Es decir, hemos aceptado que las calles se conviertan en espacios de tránsito y aparcamiento para automóviles, renunciando a esos espacios públicos y nos hemos conformado con las aceras para hacer el resto de nuestra vida en la calle, dándole al tráfico una importancia y un predominio tal que, al cabo de apenas 5 décadas, se ha hecho incuestionable. 

Somos capaces de justificar cosas tan graves como el derecho de los automovilistas de acceder a su vivienda, a su trabajo y al resto de sus obligaciones y deseos a bordo de sus automóviles, somos capaces de justificar que los niños no puedan jugar libremente en las calles o desplazarse a edades más que razonables por el miedo a un atropello, somos capaces de justificar que esas aceras exiguas sean invadidas por veladores, merchandising y mobiliario urbano dificultando incluso el tránsito peatonal, somos capaces, en definitiva, de justificar cualquier cosa con tal de no cambiar nada y, sobre todo, de no desfavorecer el uso y el abuso del coche.



Y tiro porque me toca

Ya es hora de empezar a cuestionar este orden en serio. Y hacerlo no es defender la peatonalización de calles o zonas, que también. Cuestionar la "autocracia" de nuestras calles pasa por no estar dispuestos a reconocer el precio que debemos pagar todos porque unos cuantos quieran desplazarse en coche

Y es un precio que no sólo es dinero (para construcción y mantenimiento de carreteras y aparcamientos, para sufragar las consecuencias de los accidentes y en general todos los gastos de salud derivados de un estilo de vida sedentario y agresivo), es también espacio y tiempo.

Espacio público, que es de todos y que está dedicado en su mayoría para el uso disfrute de los automóviles en detrimento del resto de usos y usuarios. Espacio que, además, está terriblemente condicionado por la circulación de esos pesados rinocerontes de a tonelada por cabeza, que nos tienen atemorizados porque sus embestidas son mortales.

Imágenes de Copenhagenize
Pero también tiempo. Porque los tránsitos del resto de usuarios de las calles se ven dilatados en su interacción con el tráfico motorizado. Rotondas que difieren los itinerarios teniendo que describir tremendas circunvalaciones, pasos de peatones excesivamente secuenciados que obligan a quebrar la marcha lineal, semáforos discriminatorios que retardan abusivamente a los caminantes. El tiempo también se lo hemos cedido a los automovilistas para que ellos puedan llegar primero y mejor.

Si no somos capaces de darnos cuenta de todo esto, no podremos cambiarlo, y hay que reconocer que tenemos una gran dificultad para hacerlo precisamente porque hemos sido nosotros mismo los que hemos participado durante décadas en su construcción y en la justificación de los vicios que contraía.

lunes, 12 de mayo de 2014

Preparando a nuestros menores para la guerra de los autos

Porque está claro que esto es una guerra declarada contra las bicicletas. Si no, no se entiende toda la estrategia desplegada para anularlas. Esta guerra empezó hace ya unas décadas en las que se fue fraguando el dominio de los automóviles en nuestras calles, en perjuicio de todos los demás, niños sobre todo. Un dominio basado en el terror y que ha dejado no pocas víctimas en el campo de batalla y demasiados daños colaterales. El otro día se revelaba una de ellas, en un ranking de las ciudades más contaminadas de nuestro entorno entre las que muchas que presumen de verdes ocupaban posiciones cabeceras.

Después de apenas cinco décadas de tiranía y de mezquindad en favor del automóvil, en los últimos años se ha producido un preocupante renacimiento de la bicicleta que tiene obsesionados a los señores del tráfico como una amenaza cierta a su orden. Las bicicletas no son bienvenidas en nuestras ciudades porque molestan. Molestan en un tráfico pesado, violento y organizado para que el coche y sólo el coche funcione. Pero molestan mucho más cuando se refugian en las aceras y zonas peatonales porque reproducen esa misma agresividad contra los indefensos peatones (muchos de ellos previos automovilistas agresivos).


Así las cosas, la táctica no se hizo esperar y los señores del tráfico decidieron recurrir a su argumento más eficaz: el miedo. Sembrando miedo entre la población se puede culpabilizar a los ciclistas de su propia siniestralidad y castigarles a protegerse como si sus lesiones fueran poco menos que autoinfringidas. Soberbio.

Primero las medidas fueron encaminadas a separar a las bicicletas del tráfico, de la calzada, atrincherándolas en corredores donde, si no se la jugaban intentando circular por ellas, lo hacían cuando se cruzaban con el tráfico motorizado o hacían peligrar a los caminantes porque se habían hecho a base de pintar rayas en las aceras. Eso no tuvo el efecto disuasorio deseado sino más bien el contrario y animó a mucha gente a montar en bicicleta de una manera más o menos incosciente.


Visto lo visto, los señores del tráfico, esos que no van a hacer nada por reducir el uso del coche, han decidido penalizar a los ciclistas y obligarles a utilizar casco para sus desplazamientos. Así, porque sí, porque los ciclistas, como los automovilistas, como los peatones y como los que se caen en la bañera de su casa sufren demasiados traumatismos craneoencefálicos, muchos de ellos fatales. Qué empeño. Único país en Europa y uno de los pocos en todo el mundo.

Ante la contestación social y la reacción de todos los estamentos a nivel europeo, lo que iba a ser una ley universal, se ha quedado en un castigo sólo para los menores, a los que, bajo la presunción de querer protegerlos, les obliga a utilizar casco hasta los 16 años. Como si a partir de esa edad fueran inmunes o como si la mayor parte de las víctimas, quitando las que se producen en periodo vacacional, no fueran mayores de 25 o como si los más peligrosos no fueran esos ciclistas noveles, mayores, inseguros e inconscientes... o como si a los ciclistas no les atropellaran coches. Por favor.

En fin, seguiremos batallando en esta guerra cruel que penaliza a los débiles y protege a los fuertes, que premia a los agresores y condena a las víctimas, que prefiere no tener calles que dejar de desplazarse en coche. Eso pese a que muchos ayuntamientos (entre los que se encuentran los de Sevilla, Barcelona, Vitoria, Zaragoza, Donostia o Pamplona, por ejemplo), en ese proceso de discriminación legal, hayan aprobado por mayoría una declaración contra la obligación del uso del casco, que ahora tratan de olvidar. Somos ruines, somos miserables, somos cobardes, somos conservadores y no dejaremos de serlo, aunque suframos las consecuencias en nuestras propias carnes.

martes, 18 de febrero de 2014

¿Qué ciudad hemos preparado para nuestros niños?

¿Y cómo tenemos que adiestrar a nuestros niños para que se adapten a esa ciudad?



Si viendo videos adoctrinadores como éste no se nos ponen los pelos de punta es que somos unos indolentes y unos irresponsables, o que ya nos hemos inmunizado a la basura infantil.

¿De verdad queremos mantener este estado de cosas? ¿De verdad queremos seguir metiendo miedo a nuestros niños? ¿Queremos seguir prohibiéndoles jugar en las aceras? ¿Queremos seguir reprimiéndoles y represaliándoles porque no son capaces de hacerse con el orden que les hemos establecido? ¿De verdad lo queremos? ¿O es que simplemente no creemos que se pueda cambiar?

Esto no es seguridad vial, esto no es educación vial, esto es represión vial.

Basta de semaforitos, basta de niños advertidos, basta ya de meter miedo y de proteger al coche y justificarlo, incluso en los despistes de los automovilistas, basta ya de culpabilizar a los que tendrían que ser los protagonistas de la movilidad y de la vida urbana.

Esto es demasiado siniestro para que nos siga pareciendo normal. 

Si con ese video no os ha sido suficiente, ahí va otra joya de la misma firma. Aquí al miedo, a la protección de la tiranía del coche, a la educación aborregante y maniqueísta hay que sumar la justificación de las prisas y la irascibilidad al volante, la inevitabilidad de la congestión, la incitación al consumo y a la competencia infantil y, no paremos de alucinar... ¡la circulación de las bicicletas por las aceras y la peligrosidad de los peatones!



Luz roja a esta luz verde tristona y atemorizadora que va a hacer de nuestros niños unos zombies a las órdenes de Nancy Agente de Tráfico. No más terror en las aulas.

lunes, 17 de febrero de 2014

A la penúltima ¿va la vencida?

Una más. Otra más. Otra carta de un peatón indignado. Contra los ciclistas de acera temerarios e impunes. Contra la generalizada permisividad y connivencia de los que deberían estar atajando estas conductas y a estos conductores que van sembrando el terror por las aceras. Otra llamada de atención utilizando el altavoz de los medios de comunicación. Otro testimonio desesperado ante la relajación de las normas más básicas que garantizan la convivencia en la calle. Otra voz que clama. La última. La penúltima.


Unas cuantas veces a la semana nos toca leer cartas de estas. Con distintos tonos, desde distintos lugares, en distintos medios. Lo que es invariable es el mensaje: la acera no puede ser un lugar de circulación. Da igual de qué vehículos hablemos, da igual lo pretendidamente amables que los consideremos, lo que es inevitable es que, en cuanto las aceras y algunas zonas peatonales de carácter estancial son circuladas por bicicletas, patines y otros artilugios que aceleran la marcha de las personas, dichos espacios pierden su condición tranquila y despreocupada y se convierten en lugares donde la gente está tensionada y donde la libertad de movimientos y el estilo azaroso e imprevisible propio de las personas en la calle se ven coartados.

¿Hasta cuándo? ¿Cuándo será la vencida?

Parece que el camino andado en los últimos años no va a ayudar a enfocar el asunto porque se ha desquiciado de tal manera que ya no sabemos por dónde empezar, porque no nos acordamos de cuál era el orden de prioridades. Y no es una pura cuestión de educación para la convivencia, no. Eso es reducir el problema a un enfrentamiento entre débiles en los márgenes de la calle y consolidar el dominio del tráfico motorizado en el centro de la ordenación de nuestras ciudades.

Mientras sigamos consintiendo que esto se produzca y no reivindiquemos la reducción del tráfico motorizado y de la oferta de aparcamiento y la ralentización de la circulación residual, esta carta, cualquier carta siempre será la penúltima.

jueves, 30 de enero de 2014

La prisa no es buena consejera

Leyendo un artículo sobre las ciudades que se han agregado al movimiento Cittaslow (ciudad lenta) y la forma de entender la vida urbana que promueven, uno no puede menos que volver la vista hacia su entorno y reconocer que las prisas nos tienen presos y nos han hecho dependientes. Correr para todo se ha convertido en nuestra forma de entender la vida: lo urgente antes que lo importante o, casi mejor, todo urgente.

Y así vivimos atropellados y atropellando, estresados y estresando, agobiados y agobiando, perseguidos y persiguiendo. Nos encanta el último minuto y nos pone mucho más el minuto que le sigue. Nos hemos hecho a la violencia del acelerador, a la prisa aborregada y temeraria, a increpar a los demás porque nosotros no llegamos, a echar la culpa al mundo y cargar contra todos simplemente porque nos han hecho perder un segundo, dos o doce.

Nadie pretende cambiar toda una ciudad en un espacio corto de tiempo, nadie propone nada más que un guiño a la lentitud, a la desaceleración, a hacer las cosas con gusto, a detenerse para poder percibir los detalles, a reflexionar un momento o dos antes de lanzarse a la acción vertiginosa, a perder el tiempo y disfrutar del viaje, de las labores a las que nos encomendamos.


Si hiciéramos las cosas con más calma seguro que no perdíamos tanto tiempo discutiendo, intentando convencer a los demás de nuestras proposiciones, simplemente porque seríamos capaces de escuchar lo que estaban diciendo esos demás y tendríamos un momento para tratar de entenderlos, tratar de entenderenos antes de emprenderla. Cederíamos más y nos avendríamos a razones mejor. Seguro.

Lo que pasa es que no queremos, quizá porque creemos, o nos han hecho creer, que la velocidad es el camino y que vivir apresurados es más interesante, importante o intenso que hacerlo con sosiego.

La movilidad en general adolece de esta enfermedad de una manera muy aguda y la bicicleta es víctima y verdugo en ese contexto. La gente no quiere ralentizarse, no quiere ceder el paso, no quiere reconocer el derecho prioritario al más débil, no quiere renunciar a su posición aunque sea el fruto de muchos años de tiranía y de despotismo sobre ruedas. Y así vivimos nuestras opciones, desde una lógica según la cual puede el más fuerte y donde la prisa es excusa para agredir a los demás. Lo que llamamos la depredación circulatoria.

Los últimos acontecimientos que más nos han tenido entretenidos los últimos días relacionados con la movilidad y la movilización son un síntoma inequívoco de que tratar de acelerar procesos y de meter las cosas con calzador no funciona, menos ahora que la gente se lo piensa dos veces porque no está el horno para muchos bollos. Lo hemos visto en Burgos, lo estamos viendo ahora en Vitoria. Proyectos y propuestas que teóricamente deberían servir para construir ciudad y para mejorar la calidad de los espacios públicos, se vuelven contra sus mentores simplemente porque tratan de acelerarse de manera sospechosamente imperiosa.

Si somos capaces de dejarnos de amenazas, de prácticas intimidatorias, de proyectos inaplazables y de otras vainas y empezamos a escuchar a los encausados, a dialogar y a negociar, seguro que seremos capaces de resolver los problemas de una manera más consensuada y más satisfactoria, y descubriremos que, aunque nos cueste algo más, los avances serán más decididos, más decisivos y más duraderos.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Peatones ¿una especie a proteger?

Sí. Eso es lo que afirmaba el otro día el titular del periódico regional de mayor tirada de esta parte de la tierra en su portada, haciendo referencia a una serie de medidas que el Gobierno de Navarra va a tomar para mejorar la seguridad de los viandantes frente a los coches sobre todo en los pasos peatonales. Nada nuevo.

Lo que sí es nuevo es la forma de presentar a un colectivo que, como tal, no existe porque representa a la mayoría de la ciudadanía y la mayoría no necesita representantes porque es diversa, no es consciente de su pertenencia a un colectivo y por tanto no tiene sentido grupal. Todo eso está reservado para las minorías. Ahora bien ¿qué nos ha llevado a tener que declarar especie protegida a la mayoría de la gente anónima que camina por las calles?

La transposición prodigiosa

Presentar a una parte de la fauna como especie protegida es, entre otras cosas, reconocer su indefensión, su fragilidad y su exposición a sus depredadores y a los peligros que acechan su extinción. Y es esto lo que sorprende: que la mayoría de nuestros congéneres se encuentren en peligro de extinción porque unos cuantos hayan decidido utilizar tanques para desplazarse habitualmente, incluso cuando no les hacen falta, y puedan aplastar a los demás, al parecer, inexorablemente.

Dar por sentado este estado de cosas nos lleva a tratar de remediar las consecuencias en vez de trabajar sobre las causas. Y así nos gusta buscar soluciones tales como calmar el tráfico, defender los pasos peatonales, semaforizar, hacer reductos peatonales a modo de reservas o, en último extremo, culpabilizar a las propias víctimas de sus despistes o de sus actitudes negligentes. Todo por no cuestionar el uso que se hace de los coches. Somos tremendos.

¿Defender a la mayoría de una minoría?

Hemos sido capaces de llevar las cosas hasta tal extremo en nuestra ofuscación por tratar de justificar la motorización que ahora nos encontramos preocupados por defender a la mayoría de unos cuantos. Y nos parece normal, nos parece correcto e incluso bueno. Somos terribles.

Sería justificable si habláramos de una minoría, como son los ciclistas, y estudiáramos su excepcionalidad y su supuesta exposición a sus depredadores, como lo han hecho los británicos ante la última oleada de ciclistas muertos en Londres, pero incluso puestos en esta tesitura serían discutibles medidas tales como atrincherarse en las aceras, tomando a los peatones como rehenes. Pero hacerlo poniendo a la mayoría como víctimas es demencial, aunque no menos real.


La única situación en la que se trata de proteger a la sociedad civil en su mayoría de unos cuantos asesinos es la guerra o el terrorismo. ¿Son semejantes? Pues quizá mucho más de lo que estamos dispuestos a reconocer, quizá porque es una realidad que hemos hecho demasiado cotidiana y convivimos con ella con naturalidad impasible. De hecho, terrorismo, guerra y motorización tienen en común que unos cuantos con muchos medios tratan de amedrentar a los demás imponiendo su idiosincrasia violentamente, para arrebatarles su espacio y dominarlo.

¿Condición humana?

¿Homo homini lupus? ¿El hombre es un lobo para el hombre? Pues parece que sí. ¿Si no cómo se entiende la actitud de unos cuantos ciclistas invadiendo alegremente y no sin cierta insolencia los espacios de la mayoría peatonal? Somos lo peor.

miércoles, 7 de agosto de 2013

La estupidez del ciclista peatonal

Llevamos unos cuantos años, demasiados, presenciando la invasión sistemática de las aceras por parte de ciclistas que, aduciendo miedo al tráfico motorizado, han decidido ignorar la ley y ocupar los espacios reservados para los peatones para circular en bicicleta.

Desde siempre los ciclistas se han valido de las aceras como escapatorias o atajos, para evitar puntos especialmente conflictivos o itinerarios con circunvalaciones exageradas. Hasta ahora esto se hacía con la conciencia de que se estaba trasgrediendo la ley y molestando a las personas que ocupaban esos espacios con pleno derecho, pero de un tiempo a esta parte la cosa ha cobrado un cariz distinto.

Si hasta hace unos años al ciclista trasgresor se le pillaba en renuncio, éste se disculpaba y asumía su infracción de la mejor manera posible (aunque siempre haya habido excepciones deshonrosas) pero nunca osaba contestar o ponerse chulo, porque sabía que estaba fuera de lugar y eso quedaba, como mucho, reservado para las disputas en la calzada.

Mal de muchos...

Lo que pasa ahora es que ha habido un incremento tan importante de ciclistas noveles, alentados por campañas y con la connivencia de las autoridades, que las aceras han pasado de ser un refugio excepcional a convertirse en el lugar habitual de circulación para muchos. Es comprensible el interés de muchas personas en no compartir el lugar natural de circulación de estos vehículos que es la calzada, porque, por un lado, protege a todos esos que han elegido la plataforma equivocada para circular y, por otro, porque preserva la calzada de manera más exclusiva para los automóviles. La decisión de implementar muchas de las vías ciclistas en aceras no ha hecho más que empeorar el panorama.

Ciclista "corriendo" en el encierro de Estella de ayer (ver noticia)

Pero el colmo de esta situación lo representa la actitud prepotente que, de manera creciente, muchos “ciclistas peatonales” exhiben para con sus vecinos. Descaro, intimidación, chulería y hasta enfrentamiento directo, no son señales de otra cosa que de la estupidez que rodea todo este proceso de promoción de la bicicleta en el que estamos envueltos y que de alguna manera les asiste en su sinrazón, policías municipales incluidas obviando el cumplimiento de la ley.

No sé cuánto más vamos a ser capaces de soportar y consentir esta situación de irresponsabilidad colectiva y de falta de respeto, pero cuanto más tiempo pase, más grave se hará y más difícil de recomponer.

lunes, 29 de julio de 2013

La acera es un carril bici que el ayuntamiento aún no ha pintado

Acera Peatonal nos comparte estas dos evidencias de que el asunto de la circulación de las bicicletas por las aceras es en Zaragoza (como en muchas otras ciudades españolas) un tema que cada vez es más preocupante.



Sin comentarios.

domingo, 28 de julio de 2013

Flotador obligatorio hasta los 18 años

¿Se imaginan? Sería un escándalo. Pero ¿por qué? ¿No se están dando demasiados casos de personas ahogadas entre los bañistas? ¿O es que ahogarse está comprendido entre los riesgos inherentes al “bañismo”? O casco obligatorio para los peatones o para los pasajeros de los automóviles si son menores de edad, porque está demostrado que la probabilidad de tener una lesión en la cabeza es mayor que, por ejemplo, andando en bici.

No. Ha de ser a los ciclistas o, mejor, a los que andan en bici, porque para los ciclistas ya se hizo obligatorio hace unos años (único país en Europa) aunque no haya servido para reducir la siniestralidad entre el colectivo. Los que andan en bici en este país han de ser castigados ejemplarmente por su atrevimiento y qué mejor que martirizarlos haciéndoles cargar con medio melón todo el día con la excusa de que así se autoprotegen o, mejor, “les autoprotegemos”.


Este Estado, el Estado Protector, ha decidido, desoyendo cualquier normativa europea y las recomendaciones de usuarios y expertos de dentro y fuera de sus fronteras, poner flotador a todos los ciclistas en vez de calmar la marejada que tiene montada en el tráfico urbano o enseñarles a nadar con prudencia y destreza. Sobre todo a los menores de edad, que serán los que decidan dentro de unos años. Creen que con eso van a salvar alguna vida y sospechan que con eso van a disuadir a algún alma cándida de utilizar la bicicleta. O a muchas, que es como mejor se reducen los accidentes. De hecho, si no anduviera nadie en bicicleta, nadie sería atropellado.

Es como si para prevenir que la gente se ahogue, en vez de enseñarles a nadar, se les obligara a llevar un flotador “salvavidas”. ¿Cuántos bañistas habría?

Este país ha perdido el Norte a la hora de gestionar la realidad de la bicicleta, tanto en medio urbano como fuera de él, y ha decidido desmarcarse del resto del mundo, inventándose un nuevo marco normativo que resulta más que sospechoso. En vez de disuadir a la gente de que utilice el automóvil y reordenar las ciudades para reducir la peligrosidad vial, van y castigan a los que intentan aportar, con su práctica, un poco de calma en el tráfico.

Está claro que las bicicletas no interesan, que las personas que nos movemos en bicicleta no interesamos, porque se quiere mantener a toda costa el dominio del automóvil en las ciudades intacto. El problema, el verdadero problema y la causa de la gravedad de los mal llamados accidentes en nuestras ciudades siguen siendo los automóviles, su velocidad y su tiranía en la ordenación vial. Hasta que no nos demos cuenta de esto, todas estas medidas no serán más que parches molestos que no pararán la sangría en la estamos envueltos.

viernes, 12 de julio de 2013

Lamentarlo no es suficiente

Aunque es lo menos que se puede hacer al conocer la terrible noticia de la consecuencia fatal de un atropello que se produjo hace unos días cuando un coche arrolló a unos chavales que circulaban por un carril bici de Corella, la ciudad que más ha apostado por este tipo de infraestructuras de toda Navarra.

Faltan las palabras para expresar la angustia que nos sobrecoge a todos los que estamos todos los días trabajando y peleando por que la gente utilice cada vez más la bicicleta como medio de locomoción, de manera segura, sobre todo entre los más jóvenes.

Lejos de tratar de analizar las particularidades concretas del caso, tarea reservada a la Policía Foral de Navarra, un cuerpo que nos consta que ha hecho un esfuerzo especial en los últimos años en relación con la seguridad vial de los ciclistas, especialmente entre los escolares, el suceso reviste una especial relevancia por las circunstancias que lo rodean.

Lugar del suceso (Foto de Diario de Navarra)

Por un lado, un grupo de menores que circulan despreocupadamente en sus bicicletas por una calle de un pueblo mediano disfrutando de su periodo vacacional. Una calle que, además, cuenta con un carril bici. Una calle secundaria donde no haría falta semejante infraestructura pero que el celo y la vehemencia de muchos corellanos, especialmente los Biciclistas de Corella, consiguió que se implementara, para mejorar la visibilidad de los ya numerosos ciclistas urbanos.

Por otro, un automovilista joven que viaja confiado, sin atender demasiado a lo que sucede, porque normalmente no sucede nada.

Y, de repente, se produce el desastre. Un golpe fatal. Y en un segundo todo cambia y la normalidad se convierte en tragedia.

¿Qué más se puede hacer?

Desde luego lamentarse no sirve para arreglar nada. Para evitar que esto se vuelva a producir no basta con quejarse, por más alto y más veces que se haga. Hay que hacer algo más.

Está claro que no es una cuestión de carriles bici. Tampoco es una cuestión de si el chaval llevaba casco o no. O de si iban más o menos despistados. O de si ya casi era de noche y quizá no iban provistos de luces. No basta con eso.

Para prevenir futuros accidentes, sobre todo en medio urbano, no queda otra que trabajar sobre los automovilistas con mucha más contundencia que la que se está aplicando en la actualidad. Hay que remarcar una y otra vez la responsabilidad tremenda que se asume al conducir un coche, mucho más cuando se hace en poblaciones y hay que recordar que el peligro, el verdadero peligro en los accidentes lo aportan los automóviles, que con un simple golpe pueden resultar mortales.

Si queremos que nuestros pueblos y ciudades sirvan para ser vividos de manera segura y amable, necesitamos darnos cuenta de que los coches son los mayores obstáculos ante los que nos encontramos. Para conseguir que la gente disfrute de ese espacio común que es la calle, tendremos que desincentivar el uso del automóvil para algo que no sea imprescindible y está demostrado que la mayoría de los viajes que se hacen en coche en nuestras poblaciones, más si son medianas o pequeñas, son viajes que se podían haber hecho en cualquier otro modo.

Hasta que no seamos capaces de hacerlo, nos seguiremos encontrando con este tipo de desgracias con mayor o menor frecuencia. Lamentablemente.

domingo, 10 de marzo de 2013

Fomentando la depredación circulatoria

Presenciamos incrédulos lo que está pasando en nuestras calles, fruto de la futilidad de las medidas de impulso de los modos de transporte sostenible y de una rancia educación civil. Coches pitando e intimidando a bicis y motos, bicis tocando el timbre a peatones en las aceras y soportando el que los coches intenten amedrentarlas, motos colándose en el tráfico y sobreviviendo al mismo a base de malabares y peatones sufriendo las consecuencias. La circulación en nuestras ciudades hemos querido que se convierta en un mero ejercicio de subsistencia, fundamentado en que cada uno se busque la vida de la mejor manera posible y que, en caso de concurrencia, siempre el más fuerte puede.

Lo hemos visto durante todas estas décadas en las que hemos permitido y promovido el uso y el abuso del coche en nuestras ciudades. El coche ha acabado dominando el espacio público y las relaciones viales de tal manera que cuando ha resurgido la bicicleta por una pura cuestión de necesidad evolutiva, se ha decidido que era mejor inhabilitarla de las calzadas y discriminarla a las aceras o a ridículos carriles bici con tal de no tocar en nada el orden y el espacio cedido a los automóviles. Aunque ello supusiera la conminación de los peatones en las aceras.


Ahora andamos dirimiendo si una acera de 3 metros es demasiado ancha para los peatones y que, con esas dimensiones, las bicis caben perfectamente. Andamos también discutiendo si un chaval o chavala de 14, 13 ó 12 años está hecho para morir en la calzada o para amedrentar peatones por las aceras, ahora, eso sí, respetando la distancia de seguridad de 1 metro a los edificios, porque a esos, como a los coches, no hay quien los mueva de su sitio. ¿Alguien ha pensado cuánto espacio le queda a los peatones en una acera de 3 metros si a esos ciclistas les hacemos circular a un metro de las fachadas en dos direcciones y necesitan un espacio de al menos 1,50 metros para cruzarse? Aunque fuera de 4 ó 5 metros y no tuviera árboles, farolas, papeleras, bancos o marquesinas sería difícil. Eso sin valorar las diferencias de velocidad de circulación entre unos y otros

Está claro que la estrategia de tomar como rehenes a los peatones para conseguir las futuras conquistas ciclistoides ha dado sus frutos, aunque parece que es un arma de doble filo mucho más peligrosa de lo que lo que muchos alucinados de la "promoción de la bici caiga quien caiga" habían calculado. Es un paso intermedio argüirán los más clarividentes hasta conseguir el espacio y el reconocimiento que merecemos que los peatones deberán comprender y apoyar por el bien de la movilidad sostenible. Pero, ¿alguien les ha consultado? Y lo que es mejor aún ¿alguien sabe hasta cuándo?

Es una pena, por no decir una vergüenza, que la circulación en nuestras calles muchos ciclistas sólo sean capaces de proponerla en estos términos, es decir, aduciendo miedo o amenazando, o haciendo las dos cosas simultáneamente. Todo para que les habiliten unos pasilllitos exclusivos en los que sentirse protegidos.

Aunque lo consiguiéramos ¿alguien ha pensado qué pasará en los carriles bici entre los ciclistas lentos e inseguros y los ciclistas rápidos y prepotentes? ¿Y entre los que usan bicis normales y los que usan bicis potenciadas con electricidad? ¿Nadie ha prestado atención a lo que ocurre en esos países donde hay carriles bici por todos los lados y donde se permite por ellos circular a los ciclomotores? Pues mirad.



El respeto no es algo que se consigue acochinando al más débil, sino teniendo un mínimo de dignidad para hacer valer los derechos que se tienen en el espacio común y estando dispuestos a reconocer los derechos de los demás de la misma manera.

miércoles, 13 de febrero de 2013

La cadena siempre se rompe por el eslabón más débil

Pero todavía hay demasiada gente que se empeña en ignorarlo. En el juego de la movilidad el más débil es siempre el mismo: el peatón. Pero todavía hay demasiada gente que se afana en desviar la atención sobre esta evidencia, tratando de despistar a la opinión pública y tratando de repartir la culpa de los atropellos que estos sufren en sus carnes, con graves consecuencias, cuando no fatales.

Campañas, informes, investigaciones y noticias sueltas, acompañadas un mar de opiniones que respaldan este enfoque centrado en defender los intereses de los más fuertes y su dominio sobre la circulación. Esto está montado así y estas son las consecuencias.

Culpabilizar al más débil es tan sólo la punta de un iceberg de mucho mayor calado: toda una sociedad organizada durante 50 años alrededor de la potenciación de uso masivo del coche como motor del desarrollo de una forma de vivir basada en la movilidad. Dispersión urbanística, deslocalización de las actividades, zonificación de las actividades, periferización de los centros de interés, todo ha ido dirigido a hacernos dependientes del coche como único medio de poder acceder a todos esos espacios que se han ido configurando en el entorno urbano y periurbano.


Las bicicletas en este juego se han quedado atrapadas en terreno de nadie y han sufrido el redimensionamiento del viario que ha promovido el uso de las grandes vías, rondas y circunvalaciones en detrimento de las calles normales y corrientes donde resultaban verdaderamente competitivas y la priorización de la circulación motorizada en dichas vías gracias a semaforizaciones totalmente descompensadas y a exiguos pasos y veredas para los más débiles.

Pero también los ciclistas han aprovechado su victimismo para infligir un castigo sobre los peatones, escudándose en su indefensión frente a los coches para invadir las aceras, acosando voluntaria o involuntariamente a los transeúntes, presionándoles, tensando la cadena. Y encima han tenido la desfachatez de reconocer que no lo iban a dejar de hacer hasta que no cambiaran las cosas en la calzada. Tanto ha sido así que, en muchas ciudades, la mayoría de la circulación ciclista se produce en las aceras, con total impunidad y, para colmo, con una cierta prepotencia por parte de los ciclistas peatonalizados o cicleatones.

Eso cuando no contaban con vías exclusivas para bicicletas. Porque, cuando las había, entonces la prepotencia desvariaba en chulería sin más, o con su correspondiente carga de cinismo.



Triste realidad la que vivimos, en la que cada uno defiende sólo el juego según le va en él y nadie se ocupa en trabajar por hacer ciudades más habitables, más vitales y más potentes. Sigamos rompiendo eslabones en esta cadena que cada vez nos constriñe y nos condena más y luego lamentémonos de las consecuencias.

miércoles, 30 de enero de 2013

Hazte un favor, no me toques la bocina

Querido automovilista:

Cada vez que me veas circular delante tuya por una calle cualquiera de la ciudad piensa que gracias a mi tú tienes más espacio para circular, tienes mejores oportunidades para aparcar, respiras un aire un poco mejor, pagas un poco menos de sanidad pública, mantienes tu carretera menos desgastada a pesar de que mis impuestos la pagan igual que los tuyos, y, sobre todo, la ciudad, tu ciudad, mi ciudad, es un poco más tranquila, un poco más amable, un poco menos violenta, un poco más segura.


Así pues, querido automovilista, cada vez que me veas circular delante tuya, hazte un favor, no me toques la bocina, no te enfurezcas porque no circulo al límite de la velocidad permitida, no te castigues pensando que estoy retrasando tu importante viaje, no presupongas que estoy ahí sólo para fastidiarte, no consideres mi elección como despreciable o ridícula, porque, si mucha gente decidiera dejar de utilizar el coche para alguno de esos viajes que no lo requieren, este mundo sería mucho más habitable, más duradero, más humano. Hazte un favor, no lo hagas.

Gracias. De nada.

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martes, 15 de enero de 2013

Cómprate un muerto...

Es lo que tiene el coche, que mata. Es lo que tiene el paso de cebra, que es el lugar más peligroso para cruzar una carretera. Es lo que tiene la bici, que te la juegas. Nos gusta reafirmarnos en lo que sabemos o en lo que nos dicen que tenemos que saber. Nos ponen los tópicos y las redundancias. Nos sirve para comprobar que las cosas siguen ahí, donde las dejamos estar, por más crueles que éstas sean.

Llevamos unos días tremendos en los que varios peatones y una ciclista han muerto al ser atropellados por coches. Madrid, Murcia, Barcelona, Valencia, Fuerteventura... Más de lo mismo. Lo peor de este tipo de incidentes es que, por mera repetición, nos lleguemos a acostumbrar a ellos.


Lo más grave es que, ante semejantes sucesos, mucha gente demanda tan sólo mayor protección para los más indefensos. ¡Como si fuera posible! ¿A qué se referirán? ¿A pasos de peatones blindados? ¿A carriles bici protegidos con tapias laterales? Pues no. Piden reducción y control de la velocidad y respeto a las distancias de seguridad.

Pues no va a ser suficiente. Hace falta algo más. Por ejemplo, endurecer las penas por infracciones, negligencias y temeridades al volante. Si no somos capaces de ejemplarizar castigando estas conductas entre los verdaderamente peligrosos, los automovilistas, difícilmente podremos conseguir mejorar la situación sangrante en la que nos encontramos.

Pese a que hemos tenido noticia de alguna propuesta dirigida a perseguir alguno de los supuestos que producen mayor letalidad en la práctica automovilística (el Ayuntamiento de Valencia instalará, por ejemplo, cámaras en muchos semáforos para denunciar a los conductores que se los salten en rojo), desgraciadamente también nos ha llegado la resolución del Ministerio de Justicia de indultar a un conductor kamikaze al que habían condenado a trece años de prisión por matar a otro conductor cuando circulaba en dirección contraria por una autopista en 2003 y conmutarle la pena por el pago de 4.000 euros. ¡Demasiado barato!


No se puede consentir más este estado de cosas, esta permisividad hacia los automovilistas criminales, mientras sibilinamente se sigue corresponsabilizando a las víctimas. Los homicidios al volante no pueden quedar impunes y la peligrosidad de muchos automovilistas tampoco.

domingo, 23 de diciembre de 2012

No basta con 30 km/h o 1,5 metros

No es una cuestión de medidas. No es una cuestión de normativa. No. Reducir la velocidad a 30 kms/hora no va a ser suficiente, ni demandar el respeto de la distancia de seguridad de 1,5 metros al adelantar. No basta con eso. Porque no es una cuestión de leyes, sino de respeto.

Vemos esperanzado al mundo occidental reclamando la universalización de la limitación de la velocidad en vías urbanas secundarias y zonas residenciales a 30 kms/hora como si eso fuera a ser el revulsivo que fuera a devolver la seguridad a nuestras calles. Pues va a ser que no. Con eso no va a ser suficiente, nos van a volver a engañar con una campaña fácil de vender, con otra iniciativa ciudadana más que sumar a tantas.

La seguridad en las calles sólo será posible cuando seamos capaces de renunciar a nuestros coches para desplazamientos ridículos, cuando seamos capaces de empatizar con lo demás y de comprender que la calle es el gran lugar de todos que tenemos que preservar y que tenemos que proteger como espacio de encuentro, de disfrute y de vida social, y cuando seamos capaces de perseguir de manera tenaz y de castigar con contundencia a todo aquel que no siga estas pautas.


Pasa lo mismo en las carreteras. Nos parece que con recordar y exigir la distancia de seguridad vamos a acabar con las negligencias, los despistes, las temeridades, las prepotencias y las estupideces de muchos, de tantos, que provocan tantas muertes y tantas desgracias propias y ajenas y nos quedamos tan anchos.

Lo que nos pasa es que somos una cuadrilla de conformistas bienaventurados, que nos convencen con un guiño, aunque luego sepamos que no están con nosotros y que todas esas normas se las va a pasar todo el mundo por el forro porque lo que interesa es preservar el dominio del coche y punto.


Es el coche, el maldito coche, su omnipresencia y su omnipotencia lo que hace que todos los demás no podamos vivir tranquilos en las calles, incluso ni cuando necesitamos utilizarlo. Y es un problema cultural. Está todo tan desmandado a favor del coche que cualquier campañita nos hace albergar la ilusión de que es suficiente y no son más que migajas. Migajas. Como la inmensa mayoría de las medidas e infraestructuras que han implementado en nuestras ciudades. Migajas para tenernos contentos.

Hasta que no seamos capaces de reducir el tráfico, de seducir para que la gente deje de elegir el coche para viajes que no lo exigen, de quitar coches en movimiento y aparcados ocupando nuestras calles, apropiándose de ellas, hasta que no seamos capaces de frenar de manera contumaz la prepotencia y la agresividad al conducir, hasta que no castiguemos de manera ejemplar y notoria este tipo de actitudes, hasta entonces todo lo demás será consolarnos con males menores.

Con nuestros mejores deseos, firma la iniciativa y también la petición. Eso no quita.

¡Feliz Navidad!