Y cuando somos pequeños, sobre todo. Imitando, siguiendo los consejos de los que para ti son tu guía y tu modelo. Esa es la principal escuela de ciclismo. Un padre, una madre acompañando a sus pequeños por los itinerarios habituales y dándoles consejos de prevención, mejorando las habilidades básicas, cogiendo confianza.
No hay mejor educación que predicar con el ejemplo y, en esto de la educación vial, la mejor escuela es la calle. No hacen falta profesores ni policías, que serán bienvenidos en el entorno escolar para reforzar los conocimientos y para recordar la presencia de la ley y las consecuencias de su incumplimiento. La educación vial, el civismo en bicicleta se aprende andando en compañía de alguien de confianza. Los padres, los mejores. También valen tíos, abuelos y hermanos mayores, pero es otra cosa.
El ejemplo de una madre, de un padre para un hijo, para una hija es insustituíble. Y el aprendizaje se impregna de una manera natural, como un juego familiar, como una demostración de los menores de una adquisición de habilidades ante sus padres, como una demostración de que ya se van haciendo mayores, autónomos, independientes. Es realmente emocionante para las dos partes y lo que se aprende así no se olvida nunca.
Para empezar, unos cuantos consejos
No tengas prisa.
Circula con el menor delante, para poder ver su evolución y para corregir sus vicios y hacerle consciente de la prevención.
Paciencia.
No te obsesiones con que lo hagan todo perfecto a la vez. Son demasiadas cosas. Es preferible ir paso a paso. Detente las veces que te haga falta y repite amablemente las maniobras.
Paciencia.
Deja que el niño (la niña) te demuestre que ha aprendido. Es mucho más gratificante.
Paciencia.
Prueba primero en circuitos seguros y totalmente apartados del tráfico. Cuando muestren seguridad, no rehuyas las calles tranquilas. Es la mejor manera de salvar el miedo al tráfico y la intimidación del coche.
Paciencia.
Haz itinerarios con sentido y con objetivos interesantes y reales: ir al cole, ir a la piscina, ir a hacer la compra, etc. Así demostrarás el valor como vehículo y no sólo como juguete que tiene la bicicleta.
Vete complicando los escenarios para iros haciendo con todas las situaciones posibles: rotondas, intersecciones, incorporaciones, pasos difíciles.
Enséñale a bajarse de la bici en las aceras y en las zonas peatonales cuando haya mucha gente.
Vivimos en ciudades adaptadas a los coches, donde todo se ha ordenado para favorecer su circulación, su aparcamiento, su
dominio. Todas las facilidades han sido pocas para acondicionar el espacio para que el coche tenga sentido: autopistas
urbanas, rondas exteriores e interiores, grandes playas de aparcamiento, semaforización favorable, discriminación del resto
de medios de transporte, reclusión de los peatones en aceras e islotes peatonales.
En esta ciudad de los coches, los ciclistas no son bienvenidos porque obstaculizan, ralentizan y dificultan el tráfico
fluido. Sin embargo y pese a todas estas condiciones favorables, el coche sigue sin ser el más rápido en la mayoría de los
trayectos urbanos. La más rápida sigue siendo la bicicleta, para sorpresa de propios y extraños y para mayor crispación de
los automovilistas.
¿Por qué? Pues, fundamentalmente, por el aparcamiento. Analizábamos en otra entrada el apropiamiento del espacio que tuvo
lugar en los años 50 para dar cabida y oportunidad a la expansión masiva del coche en nuestras ciudades. La sobreocupación
tanto de la superficie como del subsuelo para dar facilidades a los coches, así como la ordenación del tráfico a favor del coche, no han bastado para hacerlo suficientemente competitivo respecto
a la bicicleta. Tampoco la habilitación de aparcamientos subterráneos de rotación y las zonas de estacionamiento regulado han
servido para nada más que para aumentar las expectativas de los automovilistas e incrementar el tráfico hacia dichas zonas.
La media de tiempo dedicado al aparcamiento en nuestras ciudades ronda los 20 minutos. 20 minutos es lo que le cuesta a una
bicicleta recorrer (paradas de circulaciòn incluidas) 5 kilómetros a paso normal y siguiendo las normas de tráfico. ¿Cómo no
pueden darse cuenta todas las personas que utilizan coches para hacer esos trayectos que pierden mucho más tiempo intentando
aparcar que llegando? Pues por puro hábito.
Estamos tan habituados, tan viciados a viajar confortablemente en nuestras cabinas acondicionadas que somos capaces de
obviar aspectos tan rotundos como el tiempo y así, somos capaces de negarlo, engañándonos con argumentos como el que ha potenciado la
dispersión urbanística, que vendía casas a 15 minutos del centro del la ciudad, siempre contando que se recorrían en coche y
siempre descontando el tiempo de aparcamiento.
Nos contaba el otro día una chica que había descubierto que, gracias a la bicicleta, su trayecto habitual, que hasta entonces lo
hacía en bus o andando, se le había acortado 20 minutos. ¡20 minutos de regalo en cada viaje eran 80 minutos al día! Pongamos
que exagerara y que tan sòlo fueran 15. La bicicleta le permitía disponer de 1 hora más al día para ella. Este era su
argumento. Ese y que llegaba más despierta, más activa, más contenta. Verídico. Sus compañeras sonreían incrédulas, pero la
miraban envidiosas.
Hoy la cosa ha tenido su intríngulis. Tocaba convencer a un curso de estudiantes de automoción de que la bici es más conveniente que el coche y que el oficio que estaban aprendiendo (estos eran de chapa y pintura) lo iban a tener que aprender muy bien porque, si todo salía de acuerdo con nuestros planes, la competencia se iba a poner muy dura. Difícil tarea sin duda. Para más inri, a las 3 de la tarde, justo después de comer y en un centro que, para acceder, hay que salvar una cuesta con rampas del 10%. Y, para rematarlo, después les enseñaríamos lo fácil que es la mecánica de mantenimiento de la bici. Tanto que cada uno se la podía hacer en su casa prácticamente sin herramienta y con unos conocimientos que se adquirían en una hora. ¿El marco? Un taller de mecánica del automóvil. ¿Surrealista? ¿Contradictorio? No. Simplemente un reto. A ello nos hemos dedicado toda la tarde.
¿Cuál es la principal virtud de la bicicleta?
Sin duda su sencillez. Sencillez de manejo, sencillez de desplazamientos, sencillez mecánica, sencillez de presupuestos, sencillez a la hora de relacionarse con los demás. La bici es sencilla. He ahí su potencial. Cualquiera puede hacerse con una bici. Cualquiera. Ese ha sido el centro de la argumentación y probablemente ese ha sido el éxito de la jornada.
Unos estudiantes que hacen todo un ciclo formativo durante varios años para comprender los entresijos de la complejidad mecánica de un automóvil son, probablemente, los que mejor pueden comprender y valorar la simplicidad de un vehículo como la bicicleta y a los que más puede sorprender su eficiencia basada en la fuerza humana, dos ruedas y unos mecanismos de palanca y transmisión realmente básicos, fundamentales.
El esfuerzo en este caso consiste más en saber llegar a un público que, de salida, se presentaba apático, adormecido y escéptico, por no decir desinteresado, que en tratar de darle la vuelta a los tópicos y ampliar la información disponible, muchas veces basada en arquetipos comerciales, en un modelo que premia el consumo, la apariencia y la posición social y donde la bicicleta todavía no ocupa el lugar que se merece.
No creo que ninguno de los participantes en los talleres de hoy vayan a cambiar sus hábitos de movilidad. Estos ya están maleados. Lo único que me parece interesante es aportarles información valiosa y argumentos de calidad que les sirvan, al menos, para darse cuenta de las consecuencias que tienen las decisiones que toman y las que van a tomar en el futuro a la hora de moverse y para poder valorar y respetar a los que hagan otras opciones y utilicen otros medios para desplazarse.
No lo podemos diferir más. No tenemos derecho a tener a nuestros menores encorsetados por más tiempo. Hay que darles la confianza que nos dieron a nosotros a su edad en ciudades que eran, sin duda, más peligrosas.
Llevamos demasiado tiempo inculcando miedo y ofreciendo protección a nuestros menores, para tenerlos controlados, cazados, domesticados. Pero ellos son salvajes, les encanta asilvestrarse y, más que eso, les encanta ir a su aire, sin supervisores, sin vigilantes. Creemos, y quizá no nos falte algo de razón, que dándoles cuerda van a desbocarse y por eso mantenemos la rienda tensa y nos autojustificamos diciendo que es el sino de nuestro tiempo y que, cuando todo el mundo hace lo mismo, es mejor seguir la corriente, para que los nuestros no sean los raros.
Pero ¿les hemos preguntado a ellos? ¿Nos hemos preocupado en saber qué piensan los menores a las mismas edades a las que nosotros campábamos a nuestras anchas por toda la ciudad? No. Ese es el truco. Así tenemos la certeza. Total, son niños y no saben lo que quieren. Nosotros sí.
Llevo unos cuantos años preguntándoselo en diversos centros de primaria y secundaria y obtengo invariablemete la misma respuesta: "Mis padres no me dejarían". Los motivos sólo los sospechan. Los jóvenes de nuestro tiempo viven mayoritariamente en los resquicios de libertad que les dejan sus padres, sin disfrutar plenamente de su condición de chavales y chavalas, sin insolencia, sin tener la oportunidad de equivocarse, de cagarla aunque sea un poco. Y somos tan estúpidos que creemos que esa falsa seguridad con la que los algodonamos les va a dar el éxito en el futuro.
Pues me temo que no. Que la confianza sólo se adquiere con autonomía, sólo se adquiere en la incertidumbre, sólo se adquiere en la capacidad de gestionar el riesgo, en la capacidad de superar el miedo. Para eso, como para muchas otras cosas, la bicicleta se revela como una gran herramienta. Porque ayuda a afianzarse, a relacionarse con los demás en el uso de la calle, a adquirir destreza, a defender los derechos con dignidad, a saber disculparse, a conquistar la independencia personal, a ganar autonomía. Apartar a nuestros chicos y chicas de sus bicis a una edad es quitarles todo eso.
No seamos tan irresponsables, dejemos que los niños y los jóvenes descubran el mundo por sus propios medios y démosles herramientas para ello, porque si no este sobreproteccionismo va a tener unas consecuencias terroríficas y nos va a tocar presenciarlas y sufrirlas a los mismos que lo hemos ido alimentando. Y si no al tiempo.
No en vano yo me acuerdo que, en aquellos tiempos cada vez más lejanos, la gente que provenía de un estilo de educación más proteccionista, los que tenían menos calle, eran los más peligrosos de todos. Por su ansiedad, por su falta de juicio, de sentido común. Y eran los que se pegaban los tortazos más grandes. En bici también.
Lanzaba hace un par de días la consigna de que "El paraíso ciclista no existe" animando a hacer una labor introspectiva de revalorización de lo que tenemos cerca y de lo que debemos conservar antes de lanzarnos a imitar modelos de otras latitudes. Hoy redundo en ello. Resulta difícil remontar el vuelo después de una noticia como la de ayer, pero es, hoy más que nunca, imprescindible.
No podemos esperar a que se reconfigure todo nuestro entorno para empezar a vivir a nuestro estilo o a cambiar nuestros hábitos. Hay que interactuar en una realidad para cambiarla y, sobre todo en bicicleta, el movimiento se demuestra andando. Por donde se pueda y como se pueda. Primero con pasos titubeantes, después con pedaleo decidido, con prudencia, con dignidad, con seguridad, con respeto, siendo visibles, ocupando un espacio, el que nos merecemos, porque tenemos derecho y porque nos hemos hecho acreedores ya que nuestra forma de desplazarnos es beneficiosa para todos.
Empezando por nosotros mismos. Andar en bici asiduamente da tono vital, muscular y mental, da karma. No os voy a decir que da felicidad, pero sí da bienestar, buen punto. No es la primera vez que mantengo una conversación con alguien que se incorpora a esto de la bicicleta como medio de locomoción habitual y afirma que lo más positivo es la forma en la que llega a su actividad: despierto, activo, tranquilo y con una sonrisa. Los que antes iban en coche o en bus son los que más promulgan esta visión.
Tampoco soy el único que hace conteos en sus trayectos habituales y, en mi histórico, las personas que se mueven en bicicleta se han multiplicado por 3 en los últimos años. Así pues, es más una cuestión de tiempo, de pura comunicación de experiencias, de envidia de ese ciclista que fluye cuando el tráfico se colapsa, de onda expansiva y de masa crítica (de la de todos los días) que esto vaya para adelante de una manera irremediable. Mucho más que a base de grandes infraestructuras, de bicicletas públicas, de registro de bicicletas, de semanas del asunto y de campañas institucionales magníficas. ¿Un millón más para 2015? Eso se consigue por pura inercia.
De todas maneras, hay un montón de iniciativas que, bien organizadas, pueden tener unos resultados realmente espectaculares en poco tiempo, pero que van para largo. Un ejemplo: la Ikastola Salbatore Mitxelena de Zarautz. Otro: el colegio Landako Eskola de Durango. Y, como estos, muchos más. Que hacen que eso de andar en bici (o pie) sea cada vez más terrenal, menos divino.
No se trata de ser más pesimista de la cuenta, tampoco es un ejercicio de realismo recalcitrante. El asunto se reduce a comprender que el reto no es tanto intentar reproducir un sistema determinado sino más bien tratar de entender las circunstancias en las que nos desenvolvemos y actuar de acuerdo con objetivos alcanzables, óptimos relativos, metas volantes.
Para entenderlo mejor, tenemos este video del inefable defensor del modelo holandés markenlei
Esto a muchos les parecerá algo idílico, deseable, utópico casi por inalcanzable. Sin embargo, no soy el único que piensa que detrás de estas secuencias hay algo triste, lánguido, anodino, insulso. No sé si es el ambiente aséptico, los espacios vacíos, las grandes distancias, las trayectorias rectilíneas, la formalidad de los jóvenes, o todo junto. A todos esos que ansían conseguir este tipo de mundo ideal yo les recomiendo que hagan dos cosas: la primera visitar estos espacios in situ durante un tiempo y, después, emigrar allá si les gusta más esa forma de vivir que la de aquí.
Eso ha hecho por ejemplo el autor de este otro video, David Hembrow, el ciclista inglés netherlandista:
Él al menos supo darse cuenta a tiempo de lo que quería y, lejos de perder la vida y la paciencia intentando transplantar una forma de vivir de un sitio a otro con otro estilo y otra idiosincrasia, decidió emigrar y hacerse más papista que el papa, enseñando al mundo el camino de la virtud que no es otro que el "carril bici holandés".
No voy a ser yo el que se atreva a enjuiciar si este modelo es el más adecuado para los Países Bajos, lo que me parece una estupidez es la actitud de muchos de mis paisanos, emperrados en imitar este ejemplo pase lo que pase, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. El malinchismo es muy propio de estas tierras, donde estamos demasiado acostumbrados a despreciar lo que tenemos, ignorar nuestras virtudes y nuestros aciertos y renunciar a nuestra forma de entender la vida para intentar adoptar cualquier otro modelo como mejor, con tal de que venga desde fuera.
Lo verdaderamente peligroso de esta forma de pensar, es que somos capaces de destrozar un tesoro que ya tenemos por intentar alcanzar un espejismo, sin tratar de entender que igual es peor que lo que ya teníamos, simplemente porque nos gusta despreciarnos, creernos menos y alegrarnos del error propio para alabar el éxito ajeno. ¡Qué le vamos a hacer!
Lo mejor es enemigo de lo bueno
Acabo de volver de un viaje relámpago al sur de Alemania, donde la bicicleta tiene una presencia importante, donde hay muchas infraestructuras disponibles para los ciclistas, donde en ciudades y pueblos se ha desterrado a los coches de los centros urbanos y a los propios ciclistas de las zonas peatonales, zonas que gozan de una salud comercial realmente envidiable. Y sin embargo, algo me ha dejado frío, y no ha sido precisamente la climatología que ha sido espectacular.
Lo que creo que me ha dejado así ha sido el exceso de orden, el exceso de formalidad, de limpieza, pulcritud diría yo. Esta suerte de profilaxis generalizada y de sistematización de todo es simplemente sosa, y eso que estábamos en verano. Con medio metro de nieve no quiero ni imaginármelo. Esas ciclocarreteritas paralelas perfectas, de cuento, una fantasía en medio de un paisaje tan impecable que tiene algo de inhumano, de despersonalizado, que lo hace casi siniestro.
La sensación es que todo ese orden, además de resultar subyugador, no deja de ser algo para alemanes o para suizos. Nosotros no somos tan impecables. Y me parece que el reto verdaderamente emocionante es convencerse de que, además, no queremos serlo. Y no simplemente porque no vayamos a ser capaces de organizarnos y mantenerlo, sino, mucho más que por eso, porque lo nuestro puede que sea mejor. Nuestra sociedad ruidosa, un poco anárquica, menos desinfectante, más relacional, más interactiva, un poco irrespetuosa, un poco irresponsable, pero mucho más alegre, más imprevisible, más divertida y más cálida: ese es nuestro verdadero tesoro.
Orgullo sin inmovilismo miope
No quiero que se entienda que este orgullo patrio nos debe eximir de intentar mejorar y cambiar muchas cosas. No. Claro que hay que cambiar muchas y centrales, entre ellas el uso masivo e irracional del coche para desplazamientos urbanos ridículos. Pero no hay que perder la perspectiva cuando intentemos montar tranvías, carriles bici e islas peatonales en una suerte de segregacionismo obsesivo porque sí, sino que debemos centrar nuestros esfuerzos en intentar conservar la masa crítica peatonal y la ciudad compacta por encima de cualquier otro objetivo. Acercar las cosas, mezclar los usos, rehabitar los cascos urbanos, rozarse un poco más, para conocer a la gente de tu calle, saludarla, relacionarse y que los niños anden un poco más a su aire, y los mayores también. Formar parte de nuestro mundo. Sin asustarnos de ello, sin miedo.
Claro que la bicicleta en este escenario puede jugar un papel importante, pero no tratemos de injertar un modelo de una manera absolutista, aunque funcione muy bien en otra parte del mundo, porque igual descubrimos que no toma y nos cargamos nuestro árbol con los frutos que nos podían haber alimentado si lo hubiéramos sabido cuidar, abonar y regar adecuadamente.
El pasado día mencionaba una exposición itinerante del CENEAM que bajo el nombre de "Caperucita camina sola" planteaba, de una manera bastante siniestra, la problemática de la autonomía infantil. Hoy he conocido esta auténtica joya que ha producido Almansa en Bici. Mucho más vital, más alegre, más natural, más amable, más fácil, sin tanto miedo, sin "coche feroz", sin la "necesidad ineludible" de proponer carriles bici, sin amaneramiento. Así da gusto. Enhorabuena.
Una bici cambia el mundo from acalmansa on Vimeo.
Este tipo de documentos deberían incorporarse de una manera obligatoria en la enseñanza primaria a nivel estatal. Esto y una educación vial menos orientada al coche, cursos para consolidar las habilidades de nuestros menores para ser más autónomos con sus bicicletas... y a pie.
Otra vez sobre lo mismo: la coincidencia de horarios y de itinerarios. Y sus consecuencias: la congestión, los embotellamientos, los atascos, el estrés, la agresividad, la impotencia, la frustración. Nos hacemos a todo. A todo. Es la naturaleza humana. Adaptativa. Es la cultura de la privación, del sufrimiento, del "quien algo quiere, algo le cuesta".
¿Las causas? De sobra conocidas: la dispersión geográfica, el urbanismo expansivo, la deslocalización de las actividades, la excesiva dependencia del coche privado y privativo... la movilidad. En el fondo: el miedo, una distorsión de la idea de bienestar, de confort, de calidad de vida, de seguridad. Estamos locos y queremos estarlo. Aunque nos cueste mucho. Y no sólo dinero. Varios estudios ya nos han enseñado que gran parte de los conductores están frustrados con el modo de desplazarse a sus ocupaciones y eso les provoca ansiedad. Nada nuevo.
¿Qué hacemos para resolverlo?
Se barajan muchas fórmulas para combatir la concentración excesiva de viajes: potenciar la mayor ocupación de los coches, fomentar el teletrabajo, escalonar horarios, promocionar el uso del transporte colectivo y, en último caso, utilizar la bicicleta. Siempre en último caso. Como si fuera descabellado.
La cosa es que, sobre el papel, todo funciona, pero la realidad de la gestión de la demanda de movilidad (así es como se llama) es cruel. Y triste. Muy poca gente está dispuesta a hacer algo que no sea individual, privativo y discrecional. Esto es: coche individual. O en el mejor de los casos: moto. Y nadie mira a la bicicleta. Como si hacerlo fuera una locura.
La bicicleta privada (con la pública es imposible) ofrece la única oportunidad real de dar soluciones a este problema. Sobre todo en los grandes centros de actividad y en ciudades que, por su configuración, no pueden contar con transporte público de alta capacidad. Y este es un asunto serio. Vital. Pero nadie quiere afrontarlo con la determinación que requiere.
¿Es tan complicado dar oportunidades a la bici?
Pues no. Es fácil. Y barato. Para dar oportunidades reales a la bicicleta hay que resolver dos problemas claves: los itinerarios y los aparcamientos. O lo que es lo mismo: la accesibilidad y la seguridad.
1. Itinerarios seguros Buscar, acondicionar y promover itinerarios seguros a los principales centros de actividad (polígonos empresariales, centros educativos, centros hospitalarios, etc.). No necesariamente carriles bici. Rutas de tráfico tranquilo, sendas dedicadas, visibles, iluminadas, limpias y conectivas.
2. Aparcamientos seguros Y también aparcamientos, que no aparcabicis. Aparcamientos seguros, cómodos, cubiertos y vigilados. Donde dejar la bicicleta durante toda una jornada con garantías. Y, para el que quiera rematarlo, taquillas y vestuarios para los "valientes" que se lo propongan.
¿Qué conseguiríamos?
Los efectos pueden ser devastadores. Además de las consabidas ventajas para el usuario (salud, economía) y para la sociedad (descongestión, menor contaminación) son realmente importantes las ventajas para la propia actividad productiva:
puntualidad,
mejora de la productividad,
reducción de las bajas,
reducción del estrés,
ahorro empresarial en costes por kilómetraje y por oferta de aparcamiento,
mejora de la habitabilidad en el entorno de los centros de actividad...
Nunca segundas partes fueron buenas. De hecho que vuelva a tratar el tema ya de por sí es malo, significa que el problema sigue ahí y la solución no se vislumbra.
En una entrada anterior hablaba sobre la necesidad imperiosa de tomar a la bicicleta en serio, si realmente se persigue que ésta sea una alternativa al coche. Hacen falta todo tipo de servicios a disposición de los ciclistas cotidianos para que la población perciba de una manera inequívoca que es una apuesta real y no una mera operación de maquillaje. Uno principal es ofrecer garantías de seguridad contra el robo de la bicicleta.
En estas semanas desde entonces ha aparecido una noticia que habla de otro elemento disuasorio del robo. La pudimos ver en el periódico Las Provincias (la imagen pertenece a dicho artículo). Otro invento: el chip prodigioso. Se trata de un sistema de identificación y localización de bicicletas desarrollado por el Instituto Tecnológico de Metalmecánica (AIMME) de Valencia. Parece interesante, pero, otra vez más se está trabajando desde la perspectiva de que las bicicletas van a seguir siendo robadas de cualquier manera y que la necesidad está en buscar modos de recuperarlas. Así, demostrando la eficiencia de estos sistemas, se logrará disuadir a los ladrones de robar bicicletas "con protección". Es el mismo supuesto que maneja el marcaje y registro de bicicletas. Algo que depende además de una labor policial decidida y bien coordinada entre los distintos municipios y entre los distintos cuerpos policiales.
Pero ¿por qué no se trabaja sobre la protección y la seguridad en el aparcamiento de bicicletas?
Y no se trata solo de aparcamientos públicos vigilados y cubiertos en los puntos de mayor atracción de viajes de nuestras ciudades (sería realmente fácil proponer la sustitución de una plaza de aparcamiento subterráneo por 10 o 12 plazas para bicicletas y cobrar proporcionalmente).
Hay que resolver los problemas de muchas personas que no cuentan con espacio suficiente en sus domicilios para guardar sus bicicletas de manera cómoda. Aparcamientos colectivos domésticos, como los que gestiona en Pamplona Bigarren Eskua recogiendo una iniciativa promovida por Oraintxe hace ya más de 10 años. Soluciones apropiadas en zonas y barrios con dificultades.
Aparcamiento empleados Oraintxe
Pero es igualmente imprescindible trabajar para que los centros de actividad, aquellos sitios donde la gente va a ocupar su jornada diariamente, cuenten con espacios idóneos para aquellos que deciden desplazarse en bicicleta hasta allí. Aparcamientos, taquillas, vestuarios. En colegios, institutos, universidades, empresas, centros hospitalarios, instituciones...
Aparcamiento empleados Findus en Marcilla (Navarra)
Hasta que no consigamos resolver este problema, no estaremos ofreciendo unas garantías básicas para que desplazarse en bicicleta no solo suponga un reto por cuestiones de seguridad vial, sino que represente un riesgo excepcional de que tu bicicleta continúe allí cuando salgas. Y no podemos depender del último invento magnífico para conseguirlo.