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lunes, 29 de abril de 2013

Si conduces tu coche solo....

Vivimos tiempos difíciles. Para muchos la situación es tan angustiosa que es comparable a un estado de excepción o un ambiente pre-bélico, un ambiente de guerra, financiera y económica pero guerra en definitiva. En este escenario donde la llamada a la austeridad se ha generalizado como única fórmula para afrontar las dificultades, el asunto energético cobra una preeminencia sobre otros.

Con una balanza energética altamente deficitaria, con una economía energéticamente dependiente, con un consumo energético disparatado y con un estilo de vida que no está poniendo en cuestión este tipo de desmanes, debería ser lógica una reacción responsable por parte de los estados dirigida a hacer reflexionar a la ciudadanía respecto a las consecuencias que todo esto tiene en el estrangulamiento de nuestros países.

Y así podrían tener sentido campañas de corte propagandístico dirigidas a controlar este despilfarro energético apelando a la conciencia colectiva. Igual que hicieron los estadounidenses en vísperas de la Segunda Guerra Mundial alertando a sus conciudadanos de que conducir sólos un coche suponía un derroche energético comparable a darle fuerza al enemigo.


Hoy el enemigo quizá no sea tan personalizable, pero hoy igualmente conducir un coche en solitario sin motivo justificado no deja de ser una forma de alimentar este monstruo que consume espacio y energía de una manera insaciable, este monstruo que se cobra más víctimas que muchas guerras y deja muertos y heridos a diario, este monstruo que atemoriza a todos en la calle, que intimida a los demás, este monstruo que además nos hace dependientes del poder de las corporaciones energéticas y de los grupos financieros que les dan cobertura.

Conducir un coche solo sin una justificación suficiente e inevitable, en este escenario, representa así una irresponsabilidad tremenda en una sociedad que necesita reorganizarse, pero representa además una tiranía respecto a las libertades de los demás y una forma de poner en compromiso su seguridad. Así pues, y aunque la imagen de Hitler quizá no represente estos valores, cabría reeditar este tipo de mensajes que llaman a compartir los viajes en coche. Pero también podrían reformularse en otros que incentivaran al uso de medios no motorizados, como la bicicleta.


Gracias a JuanCris Ortiz por la inspiración.

sábado, 8 de diciembre de 2012

La cuenta de la vieja... bicicleta

Mucho se habla, en este complicado discurso de la sostenibilidad, de los costes asociados al uso masivo del coche para los desplazamientos habituales. Se cruzan cuentas de los daños ambientales, del incremento de problemas de salud, de los costes asignables al tiempo improductivo de los colapsos de tráfico, de los asociados a la explotación y consumo de los combustibles, de la economía global y de escala que fomenta la deslocalización y el transporte intensivo, de todo lo que cuesta la construcción y el mantenimiento de toda la red viaria... y nos olvidamos de la cuenta de la vieja.

Es la cuenta de la vieja la importante, porque es la que nos hacemos todos y cada uno en nuestras casas, mal que bien, y sobre la que podemos tomar decisiones nosotros. Y es esa cuenta la que canta, o cantaría si nos la hiciéramos. Pero no la hacemos, porque, de la misma manera que hemos interiorizado hasta obviarlos aspectos tan centrales como el espacio y el tiempo, como hemos visto en artículos precedentes, el dinero, el adorado dinero también se relativiza si de lo que estamos hablando es de nuestro querido e irreemplazable coche.

¿Quién sabe cuánto cuesta mantener un coche?

Muy poca gente. La gente trata de ignorarlo para seguir sufragando uno de los grandes vicios de nuestra civilización, mientras se lo pueda permitir. La realidad sin embargo nos enseña que la cuenta del coche es, en la mayoría de los hogares de este mundo desarrollado, una de las más importantes en las economías domésticas.

Si sumamos el coste de reposición, los gastos de mantenimiento, las cuotas de aparcamiento, los impuestos y tasas, los seguros, el consumo de combustible y una partida para imprevistos (roces, averías y pequeños desperfectos, multas, etc.), hablando de un coche utilitario medio, ese que casi no se ve en nuestras carreteras, la cuenta nunca es inferior a los 300 euros al mes. Más de 3.000 euros al año.

Fuente: Microinspire

¿Y cuánto cuesta mantener una bici?

Teniendo en cuenta los mismos conceptos y contando con que la mayoría de los usuarios de la bicicleta, actualmente y por desgracia, no suelen ocuparse del mantenimiento y  reparaciones de sus bicicletas, una bicicleta utilitaria media puede salir a unos 20 euros al mes, contemplando que se puede llegar a pagar algo por aparcarla, cosa que no suele ser habitual.

De acuerdo con estas cifras y teniendo en cuenta que, en muchos casos, las distancias no representan ningún inconveniente y el ahorro en tiempo puede ser importante, la decisión parecería sencilla.

Entonces ¿por qué tan pocas personas son capaces de prescindir de sus coches en sus trayectos diarios?

Habría que asociar esta cuestión al síndrome de dependencia del automóvil en el que se encuentra sumida nuestra sociedad, que ha civilizado a sus gentes y ha urbanizado sus asentamientos contando siempre con el coche, hasta tal punto, que ha hecho la cosa prácticamente irreversible e innegociable.

Cuando todo se ha organizado a tu alrededor para que tu casa, tu trabajo, tu centro comercial, tu polideportivo, el colegio de tus hijos, sus actividades y tu ocio se encuentran disociados y distantes de tal manera que no puede accederse a ellos prácticamente más que en coche, entonces tu economìa tiene que estar dispuesta a asumir la cuenta que ello conlleva y lo mejor que puedes hacer es asumirlo y no recriminártelo.

Así no resulta tan extraño que la gente haya interiorizado estas cifras astronómicas e incluso se hayan provisto de más de un automóvil por familia, multiplicando dicho coste por mantener un estilo de vida y un bienestar que se disfruta con orgullo, cuando no con cierta ostentación.

¿Qué harías con 3.000 euros más al año?

Es difícil darle la vuelta a todo este tinglado, porque se ha potenciado con absoluta determinación, sin escatimar medios y sin tener en cuenta las consecuencias de todo ello. Y eso es algo que de una manera definitiva va a condenarnos durante unos cuantos años, porque habremos comprometido demasiados presupuestos públicos y privados a mantener todo este cotarro.


Sin embargo puede resultar útil recordar esta cuenta, sobre todo en los tiempos que corren donde habrá que sopesar cualquier esfuerzo económico. De hecho, parece que mucha gente ya se ha empezado a dar cuenta de ello, porque los desplazamientos masivos se están reduciendo de una manera significativa. Es de suponer entonces que, conocer lo que se está ahorrando cada familia por kilómetro no recorrido pueda servir para aliviar el síndrome de abstinencia del coche. Ayudaría mucho, por ejemplo, saber que puedes ahorrar 2.800 euros al año cambiando tus hábitos de transporte.

Teniendo en cuenta estas cifras ¿por qué no permitirse el lujo de utilizar bicicletas en condiciones que cuenten con aparcamientos seguros en condiciones aunque haya que pagar algo más por ello?

En fin, seguiremos insistiendo. Mientras tanto que cada uno repase sus cuentas y las saque en la sobremesa si tiene agallas.

Fuente: Cedex

viernes, 7 de diciembre de 2012

La más rápida del lugar

Vivimos en ciudades adaptadas a los coches, donde todo se ha ordenado para favorecer su circulación, su aparcamiento, su dominio. Todas las facilidades han sido pocas para acondicionar el espacio para que el coche tenga sentido: autopistas urbanas, rondas exteriores e interiores, grandes playas de aparcamiento, semaforización favorable, discriminación del resto de medios de transporte, reclusión de los peatones en aceras e islotes peatonales.

En esta ciudad de los coches, los ciclistas no son bienvenidos porque obstaculizan, ralentizan y dificultan el tráfico fluido. Sin embargo y pese a todas estas condiciones favorables, el coche sigue sin ser el más rápido en la mayoría de los trayectos urbanos. La más rápida sigue siendo la bicicleta, para sorpresa de propios y extraños y para mayor crispación de los automovilistas.


¿Por qué? Pues, fundamentalmente, por el aparcamiento. Analizábamos en otra entrada el apropiamiento del espacio que tuvo lugar en los años 50 para dar cabida y oportunidad a la expansión masiva del coche en nuestras ciudades. La sobreocupación tanto de la superficie como del subsuelo para dar facilidades a los coches, así como la ordenación del tráfico a favor del coche, no han bastado para hacerlo suficientemente competitivo respecto a la bicicleta. Tampoco la habilitación de aparcamientos subterráneos de rotación y las zonas de estacionamiento regulado han servido para nada más que para aumentar las expectativas de los automovilistas e incrementar el tráfico hacia dichas zonas.


Recordemos que 1 de cada 3 viajes urbanos que realizamos recorren distancias inferiores a los 3 kilómetros, y 1 de cada 2 inferiores a 5, distancias en las cuales las bicicletas son el medio de transporte más competitivo siendo rigurosos en la medición de los tiempos. ¿Por qué? Porque no aparcan o, dicho de otra manera, porque pueden llegar prácticamente hasta la puerta sin necesidad de aventurarse durante unos cuantos minutos en la búsqueda de aparcamiento.


La media de tiempo dedicado al aparcamiento en nuestras ciudades ronda los 20 minutos. 20 minutos es lo que le cuesta a una bicicleta recorrer (paradas de circulaciòn incluidas) 5 kilómetros a paso normal y siguiendo las normas de tráfico. ¿Cómo no pueden darse cuenta todas las personas que utilizan coches para hacer esos trayectos que pierden mucho más tiempo intentando aparcar que llegando? Pues por puro hábito.


Estamos tan habituados, tan viciados a viajar confortablemente en nuestras cabinas acondicionadas que somos capaces de obviar aspectos tan rotundos como el tiempo y así, somos capaces de negarlo, engañándonos con argumentos como el que ha potenciado la dispersión urbanística, que vendía casas a 15 minutos del centro del la ciudad, siempre contando que se recorrían en coche y siempre descontando el tiempo de aparcamiento.


Nos contaba el otro día una chica que había descubierto que, gracias a la bicicleta, su trayecto habitual, que hasta entonces lo hacía en bus o andando, se le había acortado 20 minutos. ¡20 minutos de regalo en cada viaje eran 80 minutos al día! Pongamos que exagerara y que tan sòlo fueran 15. La bicicleta le permitía disponer de 1 hora más al día para ella. Este era su argumento. Ese y que llegaba más despierta, más activa, más contenta. Verídico. Sus compañeras sonreían incrédulas, pero la miraban envidiosas.