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martes, 24 de febrero de 2015

Recortes de una realidad sangrante

Ojeando la prensa local de estos días se puede comprobar que, ante la ausencia de otras noticias que las relativas a la corrupción y al tiempo, hay poco de que hablar en los medios de comunicación. Por eso vuelven la mirada hacia problemas menores, presuntamente irresolubles o demasiado conocidos y que entretienen a la audiencia por representar lugares comunes donde la gente se siente reconfortada y cualquiera es capaz de emitir juicios, opiniones o despropósitos sin tomar partido.

Y las bicicletas, cómo no, vuelven a ofrecer ese tópico facilón y recurrente que tanto agradece el gran público. Ayer y hoy han sido portada alternativamente de los periódicos locales de mayor tirada en Navarra. Ayer hablando de robos de bicicletas y hoy de accidentes, en general, pero poniendo también el acento en los ciclistas, aunque la portada se la llevaran las rotondas.

Hojeando en páginas centrales compruebo que el análisis de los mayores problemas del tráfico en esta ciudad o, al menos, los que más accidentes generan lo hace un responsable del cuerpo de Policía Municipal de Pamplona y ahí ya se introducen los dos factores más determinantes: las rotondas y los ciclistas que cruzan pasos peatonales.


Esto no sería nada más que la constatación de una realidad sangrante, suficientemente denunciada y sobradamente anunciada desde este mismo espacio y desde otros muchos a lo largo y ancho de este país miserable, al menos con el tratamiento que se le da a los usuarios de la bicicleta por parte de las "autoridades competentes". No daría para más si no fuera por la profundidad con la que, esta vez, se trata el tema y por la prolijidad del interlocutor elegido por el reportero, que se despacha a gusto sobre estos temas.

A nosotros, que lo que nos interesa son las bicis o, quizá más, la visión de la movilidad en general y la perspectiva desde la que se perciben las bicicletas, es una oportunidad para extraer algunos pasajes que ayudan a comprender cuáles son las claves de una realidad que, por más conocida, no se afronta desde el ángulo adecuado.

Que las bicis se presenten como un peligro es parte de esa visión acomplejada y orientada por el dominio del automóvil. Que el accidente más repetido con diferencia entre los que utilizan la bicicleta sea el atropello lateral cuando se cruza un paso de cebra delata la desnaturalización de la práctica ciclista y la renuncia colectiva a la calzada que se ha generalizado, sobre todo entre las personas que se han incorporado recientemente a la utilización de la bicicleta en estas ciudades concebidas para coches.

Ahora bien, siendo todo esto comprensible, lo que no parece es que sea excusable que el determinismo de los que pueden colaborar en cambiar este orden de cosas reduzca el problema a una cuestión de infraestructuras, educación vial o entendimiento entre ciclistas y peatones. Las joyas que involuntariamente nos aporta el responsable de la Policía Municipal no tienen pierde.



Todo en orden:
  1. Es inevitable que los ciclistas, ante la imposibilidad de construir infraestructuras que segreguen su circulación del tráfico, se tengan que refugiar en las aceras.
  2. Hay que disculparles, porque nadie va a tocar el tráfico en esa ciudad consolidada, que para los profanos significa inamovible y para los menos profanos significa "la que no vamos a mover bajo ningún precepto" aunque se pudiera.
Tremenda la lógica aplastante que manejan los poderes establecidos y los agentes que velan por hacer cumplir con la ley que mantiene las cosas inalterables.

Ahora bien, cuando se le pregunta sobre los accidentes registrados en calzada el dato, que queda sumergido en la profundidad del artículo, es demoledor.


Apenas se registran accidentes en calzada y, de éstos, y el responsable municipal no lo dice, la mayoría tienen lugar en las malditas rotondas. Esas que no entiende nadie, ni los automovilistas para las que se diseñaron, pero en las que los ciclistas quedan doblemente desvalidos porque no concurren en igualdad de condiciones y desaparecen en el ángulo muerto de visión de los automovilistas.

Siendo tan claro como grave el panorama ¿por qué no se propone otra solución que la connivencia (que no convivencia) o la educación vial infantil? Pues porque no es labor de la policía proponer sino salvaguardar, probablemente.

Sin embargo, todos los que confirmamos, otra vez más, esta realidad no podemos quedarnos callados presenciando el deterioro de la situación ciclista y el confinamiento al que quieren someter a las personas que usan la bici, como si fuera lo más natural, siempre tratando de preservar la tiranía del tráfico automovilístico.

viernes, 3 de agosto de 2012

¿Seremos capaces de darle la vuelta a la tortilla?

Muchas veces nos sentimos cómodos quejándonos, asumiendo el papel de víctimas, soñando con un mundo mejor por más que nos parezca inalcanzable y lamentándonos de no tenerlo. Una forma de culpabilizar al mundo que nos pone. Porque somos un poco penitentes, creemos en el sufrimiento como camino para la virtud, somos un poco masocas.

Pero ¿qué pasaría realmente si la cosa fuera al revés? ¿No reproduciríamos los mismos vicios y no infringiríamos las mismas amenazas a los demás al sentirnos poderosos? Ayer me llegó, gracias a Sabine, este fantástico video en el que plantean ese escenario de una manera risueña, infantil, para reproducir, dándole la vuelta a los personajes, una situación por desgracia demasiado conocida. La de la intimidación del fuerte, la lógica de la cadena depredatoria de la circulación, en la que el vehículo grande se come al vehículo chico.



Fantásticos esos cochecitos asustadizos circulando por sus carriles coche, con sus desperfectos y todo. Ese amor imposible entre el bicicleto y la coche. Ese accidente contra la cargo bike en la rotonda del terror. Y la reconciliación final. Entrañable historia con moraleja y todo. Un video que propone la convivencia y que se aprovecha de la estética del éxito filmográfico de "Cars" (ese producto de la factoría Disney que ensalza la cultura automovilista americana) para presentar un escenario reconocible e intentar darle la vuelta.

La experiencia de los últimos años nos enseña que, cuando ocurre al contrario y la bicicleta es la dominante también actúa con la misma prepotencia en muchos casos, en demasiados. La cosa es tan sangrante que muchos hemos sido los que nos hemos dedicado a denunciarlo las veces que haga falta.

Hoy he tenido noticia de otra iniciativa que llega desde Guadalajara para dar fe de la existencia de  "cicleatones" arrogantes e impunes también en aquel lado del Atlántico. Una más. El autor los denomina "ciclocafres" y les dedica este pequeño video comentado.



Visto lo visto ¿alguien cree sinceramente que seremos capaces de darle la vuelta a esta tortilla que ya empieza a oler a quemado?

domingo, 10 de junio de 2012

¿Cuánto hay que proteger a los ciclistas?

Leo con cierta inquietud en una minúscula nota en el periódico local que otro ciclista ha sido atropellado en una rotonda. Otro. En una rotonda. O en un ramal o en un cruce. Siempre en los mismos sitios. Siempre en las mismas circunstancias. La invisibilidad del ciclista se multiplica en estos lugares concebidos sólo para mejorar la eficiencia de los automóviles y donde los que no lo son sufren las consecuencias, que además suelen ser invariablemente graves dada la indefensión de éstos.

Es fácil caer en la tentación victimista de demandar sobreprotección de los ciclistas ante este tipo de noticias. Es fácil generalizar y caer en la reducción del problema para argumentar la necesidad de un viario exclusivo para este tipo de vehículo sin carrocería, sin licencia y sin seguro. Es fácil hacer una manifestación exhibicionista para escenificar la vulnerabilidad de las personas que andan en bici y exigir respeto y educación. Lo que no es tan fácil es saber discriminar dónde y por qué los ciclistas necesitan ser defendidos.

¿Cuándo, dónde y cómo?

Las rondas, las superavenidas, las rotondas, los cruces semaforizados con giros en ámbar, los entronques sobredimensionados, las soluciones implementadas en muchas ciudades con magnitudes y características propias de autopistas son las que más condicionan los tránsitos de los "no motorizados" en el medio urbano. Son estas megainfraestructuras las que más ponen en juego la convivencia de los ciclistas con el resto del tráfico. Es aquí donde hay que actuar y donde hay que recordar las reglas del juego: el respeto debido, el derecho indiscutible, la distancia de seguridad y, por qué no, la segregación.

En el resto del espacio urbano la circulación en bicicleta es segura si el sujeto que conduce la bicicleta sabe comportarse, sabe interactuar y sabe identificar los escenarios y las situaciones. Así pues, alejemos la idea paradigmática de que los ciclistas, como especie protegida, deben de contar con un medio seguro y exclusivo para sobrevivir y para reproducirse en cautividad porque, en la inmensa mayoría de los casos, ese medio ya existe y se llama calle.

Visto de esta manera, el asunto es relativamente sencillo y se reduce a identificar esas megainfraestructuras y buscar las mejores soluciones a cada caso. Huyendo de las fórmulas hechas con plantilla y metidas con calzador, huyendo de soluciones posibilistas y de chapuzas improvisadas para salir del paso, huyendo de mallas y redes que no hacen sino generar una expectativa de protección necesaria y exigible que nunca se puede completar porque no hay espacio público disponible ni lo habrá.

Bastará con hacer un mapa de la ciudad, como se ha hecho en algunas ciudades, donde se recojan las calles tranquilas y donde se identifiquen y se localicen los puntos negros y los trayectos comprometidos. Y habrá que ponerse manos a la obra (no confundir obra con construcción) para resolverlos de la manera más natural y más segura posible desde la perspectiva de la bicicleta.

Todo lo demás es un juego obsceno, descabellado y auto-utopista que no hace sino retrasar la reconquista de las ciudades para las personas y la concurrencia de la bicicleta en las mismas de una manera natural y razonable, justificando acciones tan sangrantes como la invasión de las aceras y la discriminación de los viandantes.

El peligro de la sobreprotección

Porque si maximizamos la protección corremos el peligro de la sobreprotección cuyas consecuencias pueden ser más negativas porque puede llegar a rebajar las defensas de la especie protegida, crearle un espacio profiláctico antinatural en el que la percepción de confianza haga a sus especímenes más vulnerables ante el riesgo, a la vez que les haga convertirse en depredadores de especies más débiles en su reserva.

lunes, 24 de octubre de 2011

Hoy me ha vuelto a pasar

Lo de siempre. En nuestro camino mañanero, hemos ido a coincidir con uno de esos kamikafres que tanto abundan para desgracia de los demás en nuestras calles. Y hemos ido a dar con él en el peor momento: hora punta, acceso congestionado y entrada a rotonda difícil de gestionar. No se puede elegir peor. Este energúmeno ha decidido represaliar con su propio coche a golpe de acelerador y carrocería nuestro atrevimiento de "colarnos" en el tráfico para ganar las posiciones delanteras en la incorporación y, después, con toda nuestra desfachatez, ocupar un carril en la rotonda hasta la salida correspondiente.

No lo ha podido soportar y, como la justicia en esto del tráfico motorizado este tipo de animales la resuelve in situ a fuerza de intimidación, pues ha ocurrido lo esperado: nos ha rebasado por aceleración y nos ha pasado a menos de un metro para, con una demostración de poderío, hacerse con nuestra posición para después seguir su trayectoria. Como no hemos entendido su maniobra, hemos esperado tan sólo 20 metros y en la salida de la misma rotonda, que también estaba colapsada por unos cuantos estúpidos peatones que se interponían en el camino cruzando impasibles por un paso de peatones, nos hemos acercado a la ventanilla y le hemos preguntado qué pretendía hacer con semejante idiotez. La contestación ha sido tajante: "Si tú no me hubieras adelantado donde no podías... ".

Foto tomada de aquí

Por suerte, la cosa no ha pasado de un susto y de un cruce de impresiones desafortunado. Sin embargo, al rato hemos recapacitado en voz alta y no podíamos salir de nuestro asombro. Aquél insensato nos ha amenazado con su coche a dos personas que íbamos en una bici indefensos: una persona mayor (que entra dentro de toda lógica, al menos de la suya) y a un niño que pedaleaba atónito a la altura de su parachoques. Después de intentar explicárselo a mi copiloto, me he dado cuenta de que muchas veces es difícil no perder los papeles con este tipo de anormales al volante.

Pese a eso, seguimos creyendo que en la calzada la mayoría de los conductores son cada vez más respetuosos y cada vez hay más oportunidades para comprobarlo, porque el tráfico cada vez es más calmado. Ahora bien, esto no es óbice para que se trabaje en resolver los puntos negros en las ciudades para mejorar la seguridad de ciclistas y peatones. Esto es: avenidas, cuestas, rondas y rotondas, además de algunos cruces. Además de trabajar, desde la más tierna infancia (con el coche así se hace) en inculcar buenos hábitos y el conocimiento de derechos, precauciones y habilidades en el uso de la bici con mayor atención que la que se dedica al coche, ya que no hay que olvidar nunca que la mayoría de los menores pueden desplazarse en bicicleta y es el primer vehículo que van a poseer.

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miércoles, 14 de septiembre de 2011

¿Quién inventó las rotondas?

No es que sea una cuestión central, pero ando dándole vueltas al tema desde hace tiempo al tema. Las rotondas y las rondas representan auténticas barreras para los que andamos en bici y es donde se producen la mayoría de los accidentes graves en la ciudad.

Esto no es nada nuevo. Lo que me sorprende es que ni siquiera respondan a las exigencias de los coches. Porque no lo hacen. Las rotondas, que se inventaron para mejorar la seguridad de las intersecciones, para eliminar semáforos y para conseguir que el tráfico fluya y se redistribuya naturalmente, provocan la mayor parte de los accidentes, sustos y encontronazos de la circulación en el ámbito urbano.

No hablo de las minirotondas de un solo carril, que no presentan ningún tipo de dificultad y ayudan a comprender la prioridad de circulación. Las que preocupan más son esas megarotondas de varios carriles donde la gente se aventura a introducirse no sabiendo realmente si va a salir indemne ni por la salida que espera tomar. Y no ya porque no sepa interpretarlas, sino por el sinfín de vicisitudes que se pueden suceder en tan sólo unos centenares de metros. Salidas desde el carril interior, adelantamientos kamikazes, entradas de ruleta rusa y, lo mejor, embudos que hay que resolver en décimas de segundo porque muchas de ellas tienen menos carriles que las vías que conectan y obligan a decidir la entrada a base de agarrarse fuerte y pisar.

En la prensa de mi pueblo llevan dos días dedicados a investigar el estado de la cosa en relación con estos inventos y la sensación que se extrae de los artículos es que los automovilistas son los mayores detractores de estas infraestructuras. Infraestructuras que, dicho sea de paso, han obligado, en muchos casos y dada la envergadura de las mismas, a hacer obras de reforma para ofrecer unas ratoneras que hagan posible el paso peatonal y ciclista. Porque esos malditos parias de la sociedad también querían llegar al otro lado de la rotonda y los urbanistas que las diseñaron no habían pensado en ello sobre el papel.


Leo en Wikipedia que las rotondas se concibieron inicialmente como islas peatonales, para mejorar su seguridad al afrontar algunos cruces multidireccionales. Ahora son ellas  las que aislan a los peatones formando fabulosas barreras que muchas veces sólo sirven de soporte de propuestas florales o monumentales más que discutibles.

Los ciclistas, esos empecinados en conducir vehículos de segunda, también han encontrado en estas estructuras uno de los escollos más difíciles de gestionar en su devenir urbano, ya que su aceleración, su volumen y su fragilidad los hacen víctimas seguras en caso de accidente. Para ellos, algunas ingenierías han trabajado duramente y han propuesto soluciones cuando menos rocambolescas e imposibles de gestionar y entender por los sufridos automovilistas que bastante tienen con entenderse entre ellos sin colisionar.


En fin. Creo que el "rotondismo" ha sido y es otro de los peores movimientos que se han inventado al servicio de la movilidad motorizada que más daño han hecho a los no motorizados, condicionando sus itinerarios, alargándolos y haciéndolos más peligrosos.

Claro que esto "los de allá arriba" ya lo han resuelto. Maravillas de la ciencia civil:



Los de esta parte, los subdesarrollados, seguiremos intentando ayudar a los pobres ciclistas a interpretar las rotondas en código ciclista...


para tratar de afrontarlas con la mayor seguridad posible.