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viernes, 24 de julio de 2015

La razón está para darla

A veces nos enredamos en discusiones eternas, que no hacen más que generar violencia, nos enzarzamos en altercados que no van a ninguna parte por tener la razón. Y la razón no existe o es una cosa, cuando menos, subjetiva.

Hoy me ha pasado, por ejemplo. Iba yo en mi bici tranquilamente, haciendo mis pequeñas irregularidades inofensivas y totalmente seguras, cuando he notado en una parte del trayecto que un motorista necesitaba adelantarme, pese a que circulábamos, yo por el centro del único carril, por una zona de aparcamiento que desembocaba en una calle con un stop de escasa visibilidad.


Al incorporarme en el tráfico y viendo que no había moros en la costa yo pensaba atajar cometiendo la ilegalidad de pisar una doble continua cuando he notado que el motorista, harto de ir apenas 20 metros a la miserable velocidad de un ciclista presuntamente distraído, iba a rebasarme y casi colisionamos.

- ¿A dónde vas? - se me ha ocurrido preguntarle, viendo que su maniobra acelerada y excesivamente cercana podía haber motivado que nos chocáramos o que me tirara.

- ¡A dónde vas tú! - me ha contestado no sin razón, pero con excesiva violencia.

- ¡No me pases tan cerca! - y he seguido tranquilamente.

A los 50 metros (todo ha ocurrido en muy poco espacio) he oído una moto que pitaba y un tipo que vociferaba. He parado. No sé cuántas barbaridades he tenido que oír en apenas 15 o 20 segundos. Que yo no podía hacer esa maniobra, que me he comportado como un imbécil y no sé qué más. Todo con una violencia totalmente exagerada.

- Vale, tienes razón.

Y se ha marchado. Cuando apenas había doblado la curva, incorporándose de nuevo al tráfico, me he dado cuenta de que, para saciar su necesidad irrefrenable de reprenderme el motorista ha girado 180º pisando las mismas lineas continuas que habían causado nuestro desencuentro y he pensado para mis entrañas, intentando calmar el escozor que sentía.

- La razón está para darla... la razón está para darla.

domingo, 3 de mayo de 2015

¿El siguiente por favor?

El tema de la movilidad se ha convertido en un lugar común, tanto que cualquiera puede opinar sobre ello y emitir juicios de valor y recomendaciones universales sin el más mínimo pudor. Esto que de por sí puede observarse como algo positivo (que hablen), resulta un tanto sospechoso cuando los que se aúpan al estrado son entidades de un corte tan marcadamente lejano al asunto de cómo nos movemos como el Consejo de Estado o, como ha pasado esta semana, la CEOE.

¿Qué le importa a la Confederación de Empresarios el tema de si la movilidad es más o menos sostenible si no es porque redunde en su resultado empresarial? ¿Qué le hace pronunciarse públicamente en este tema? Y lo que es mejor ¿qué tiene que decir?

Pues la CEOE ha decidido subirse al tren del eufemismo más recurrente en estos tiempos que es el de la sostenibilidad y lo ha hecho esta vez desde el vagón de la movilidad. Y así ha proclamado que es incuestionable la necesidad de reducir el uso de los coches en las ciudades y que hay que apostar por otras fórmulas como la potenciación del transporte privado, sobre todo del tren, del tranvía y del bus y del metro, pero, eso sí, en una gestión privatizada o en el peor de los casos semi-privatizada.


No está mal. Todo suma si de lo que se trata es de restar argumentos a favor de la utilización masiva del coche, sobre todo para trayectos urbanos. Aunque no sabemos bien qué pensarán algunos de sus asociados del tema: industrias del automóvil, del recambio, talleres de reparación, concesionarios, aseguradoras, financieras, funerarias, empresas energéticas, gestores de zonas de aparcamiento restringido, etcétera, etcétera, etcétera. Esta gente no tiene que estar nada contenta con este tipo de declaraciones públicas de sus presuntos representantes.

Lo que ya no resulta tan sospechoso es que la CEOE se haya olvidado de que la gente puede utilizar la bicicleta o caminar para sustituir muchos de esos viajes que actualmente hace en coche, pero esto, dada la circunstancia, casi es mejor para nosotros. Nos hace pasar desapercibidos y nos evita una situación comprometida.

Las bicicletas no representan nada para la CEOE y como mucho son un invitado molesto para la DGT o para el Consejo de Estado y sólo interesa en su versión electrificada, para repartir las migas del suculento pastel del Plan Pima Aire que ha sostenido (esto sí que es sostenibilidad) el sector de la comercialización de coches en este país desde el Ministerio de Medio Ambiente (¡sí señor). Las bicicletas siguen sin ser tenidas en cuenta aunque muchos ciudadanos, cada vez más, hayan decidido elegirla como medio de locomoción urbana, incluso a pesar de que haya sido uno de los pocos sectores emergentes en nuestra economía depauperada gracias a la proliferación de comercios, talleres, distribuidores e iniciativas que tienen a la bicicleta como objeto (empresas de bicicletas públicas, fabricantes de aparcabicis, aseguradoras, etc.).

Somos un grano en el culo. Un culo que sigue echando mucha mierda, un culo que cada vez huele peor porque cada vez trata de digerir más cantidad de basura y cada vez está más empachado. Lo peor es que nos estamos enquistando y no vamos a ser tan fáciles de quitar, si no es con una operación, porque nada indica que este organismo en el que nos encontramos quiera ponerse a dieta y rebajar el consumo de coches y sucedáneos motorizados.

Lo malo es que quizás estemos perdiendo la capacidad de sorprendernos ante los disparates y las estupideces, vengan del frente que vengan, porque cada vez son más frecuentes y más desafortunados. No sabemos quién se pronunciará mañana y cuál será su consejo pero, ¡qué más da! Lo importante es que se hable del tema para que forme parte del universo cultural en el que navegamos, que ya habrá ocasiones para dar un golpe de timón.

¿El siguiente por favor?

miércoles, 8 de abril de 2015

Hacer fácil lo difícil

Hacer fácil lo que ahora mismo resulta difícil. Ese es el gran reto al que nos enfrentamos en este punto de inflexión en el que nos encontramos en los asuntos de la movilidad no motorizada. Hasta ahora todo ha sido poner facilidades al movimiento de vehículos pesados por dentro y fuera de nuestros barrios, pueblos y ciudades. Coches, furgonetas, camiones, buses... todos tenían que llegar a todas partes. Si para ello había que hacer la vida imposible a todos los demás, no se dudaba ni un segundo.


Así se ha ido pervirtiendo el uso del espacio público que, en tan sólo unas décadas, ha pasado de ser el espacio común a ser un espacio al servicio de la movilidad motorizada. El resto de usos y el resto de opciones de movilidad han quedado relegados a un papel secundario que ahora queremos recuperar.

El problema es que esas opciones, básicamente caminar y andar en bici, que deberían ser las más naturales y las más fáciles de ejercer, se han ido convirtiendo en pequeños (o no tan pequeños) retos debido al condicionamiento formidable que supone el ordenamiento de la ciudad al servicio de vehículos pesados y que circulan a velocidades importantes y con los cuales la convivencia, en las condiciones actuales, se plantea cuando menos difícil.

Es por eso que hay que plantearse, más ahora que llegan nuevos turnos políticos, cómo darle la vuelta a esta situación y cambiar las tornas poniendo el objetivo en favorecer a los ciudadanos que optan por moverse de la manera más ecológica posible.


O hacer difícil lo que es fácil

Para ello el reto tiene una doble vertiente, que no se puede afrontar de manera parcial o unilateral: sólo se podrá dar facilidades a los no motorizados poniendo dificultades al tránsito y aparcamiento de los motorizados.

Si no trabajamos desde esta óptica podemos caer en la tentación de hacer políticas timoratas, apocadas, que se reduzcan a ingeniar algunos pasillos angostos e ineficientes y dar la ilusión mediática de que se logran cambios importantes, cuando, en términos generales, se mantienen las mismas condiciones básicas de circulación orientada al tráfico motorizado.

No basta, en esta línea de trabajo, con hacer los centros urbanos peatonales, no basta, tampoco, con implantar una red de carriles bici más o menos densa, ya que, mientras no se deje claro que lo que se persigue es incomodar el tráfico de vehículos a motor, no se actúe sobre él y no se explique claramente cuál es el beneficio que ello conlleva para la sostenibilidad y la mejora de la calidad de la vida urbana, todo se quedará en intentos voluntariosos pero marginales.

Aquí sí que vale tratar de importar experiencias y aquí sí que vale mirar a otros sitios para ver cómo lo han hecho, porque esto aporta una visión de conjunto de la movilidad, que la simple promoción de carriles bici, parques urbanos, peatonalizaciones, aparcamientos masivos para bicicletas o cosas por el estilo no aportan, porque se quedan cojas si no forman parte de una estrategia que trate de cambiar todo el sistema de movilidad de una comunidad.


miércoles, 25 de marzo de 2015

La penatolalidad y la ciclalamidad

Cada día que pasa, cada itinerario que camino, cada trayecto que recorro en una de mis bicis me doy cuenta de que los que hemos apostado por algo que no sea un coche para desplazarnos no somos bienvenidos en esta sociedad. Y no precisamente porque nos lo digan. No. Más bien al contrario. Se encargan de decirnos que están haciendo cosas para que nos sintamos cómodos, para que cada vez más gente se anime a dejar el coche y hacer otras opciones para moverse en la ciudad. Pero es mentira.

Nos penalizan. Nos hacen pasar penurias como la de estar mirando como pasa lentamente un segundero desde el segundo 98 hasta el 3, cuando ya no podemos más porque llevamos cerca de 30 segundos en que no pasan casi coches y nos lanzamos a la calzada arriesgándonos a que un automovilista (de los que entienden que el ámbar es verde o que el rojo reciente les permite dar el acelerón final) nos pegue un susto de muerte y un bocinazo amenazador. O tener que bordear toda una fabulosa rotonda porque a alguien se le ha ocurrido que había que agilizar el tráfico en ese cruce.



Nos someten a calamidades tales como montar secuencias de semáforos que sólo permiten circular por una avenida a 50 kilómetros por hora, ya que, si lo haces a menos, te vas a comer varios semáforos enteritos y, si osas saltarte uno de ellos, van a estar allí con su bocinita y su retintín para recordártelo: "las normas son para todos". Eso o que tienes lo que ellos llaman un carril bici, que no es otra cosa que un vericueto lamentable que te pone en mil y un situaciones incomprensibles y multiplica tu riesgo y el tiempo que tienes que invertir en tu viaje.

Los que caminamos o pedaleamos por la ciudad estamos castigados. Hasta ahora pensaba que sólo estábamos ninguneados, pero cada vez que lo intento, lo vuelvo a comprobar: esto es un castigo. Por no haber sabido elegir, por no apoyar la opción de los más poderosos, de los más convenientes, de los que soportan el peso de la responsabilidad de sostener el sistema, de los que cimentan la economía, el bienestar, la competitividad, el consumo, los impuestos, las cargas sociales, la financiación necesaria para todo ello y el buen nombre de nuestros gobiernos.

Cada vez que no elegimos el coche hundimos un poco el sistema, desestabilizamos un poco la economía, restamos impuestos, ahorramos gastos, dejamos de consumir dinero, tiempo y espacio, dejamos de colaborar en el mantenimiento de todo esto, dejamos de beneficiar a unos pocos en perjuicio de una multitud. Y ellos lo saben y es por eso que se encargan de hacer todo lo posible para que sea una penitencia, una penalidad, una calamidad. 

Fotografías: Adoquines y losetas

lunes, 16 de febrero de 2015

Elecciones que cambian la vida

Estamos inmersos en la vorágine preelectoral, ese proceso que ocupa prácticamente una cuarta parte de la vida política, algo que sólo puede darse en ese mundo ficticio, porque a nadie se le ocurriría hacer ese tipo de paréntesis en la vida real. Paréntesis que dura casi un año y donde toda la actividad de nuestros políticos se reduce a hacer buenos propósitos y a venderlos a la población que tiene que comprarlos a cambio de un voto que es un crédito para cuatro años. A eso, y a desacreditar a los demás.

Ahora nos va a tocar escuchar toda esa colección de buenos deseos, de propuestas de cambio y vamos a creer que todo esto va a depender, otra vez, mucho más de esa clase, la política, de lo que en muchos casos es la realidad. Es decir, que, aunque es innegable la necesidad de delegar la representación en unos cuantos elegidos para que lleven las riendas del aparato del estado y para que tomen las decisiones relevantes en los aspectos colectivos, ¿no es cierto que a veces, muchas veces, los cambios que afectan a nuestras vidas dependen más de nosotros mismos que de los responsables de regir nuestras instituciones y de decidir con qué normas se organizará nuestra sociedad? Entonces ¿por qué descargamos tanta responsabilidad en ellos y tan poca en nosotros mismos?


De decisiones tan aparentemente nimias como elegir de qué manera nos vamos a mover va a depender, en buena parte, nuestro estado físico y anímico, nuestra economía y una de nuestras aportaciones a la ecología urbana. La elección de pedalear o de caminar, en la medida de nuestras posibilidades, puede cambiar nuestra manera de vivir de una manera mucho más decisiva de lo que sospechamos.

Sí, estamos entrando en periodo de elecciones y hay muchas esperanzas puestas en los cambios que pueden suceder a las mismas, pero no tratemos de descargar toda la responsabilidad de los cambios que pueden afectar a nuestras vidas en los políticos, porque estaremos perdiendo la oportunidad de hacer cambios personales que pueden ser tan decisivos o más que los que necesitamos en nuestra sociedad y en nuestras instituciones.

Así pues, caminemos y pedaleemos, rodemos. Cuanto más mejor y cuantos más mejor. Mejor para todos y mejor para cada uno. Así de simple. Para ese tipo de elecciones, por suerte, no necesitamos del concurso de los políticos.

lunes, 2 de febrero de 2015

Con 4 copos de nieve basta

Vivimos esta semana un temporal de los de antaño. Unos días en los que la nieve nos visita y nos hace recordar que todo lo que no sea calzada se pone impracticable. La nieve deja al descubierto la realidad más cruel y más ingrata de las ciudades en las que sólo importan los automóviles.



Basta una tarde de nieve de la buena, de esa que cuaja y deja todo más blanco que la leche para darnos cuenta de lo miserables que son las opciones de movilidad que no sean motorizadas, por calzada y, además, potentes.

En esos días en los que las calles se quedan reducidas a la mínima expresión circulatoria, la discriminación de los más lentos se hace más patente que nunca. Ahí es cuando todos los medios se vuelven a poner a disposición de los automóviles y donde todos los demás sufren pacientemente su miseria.

Aquí es donde queda claro que eso de la movilidad no motorizada es un camelo y donde se puede obviar incluso a la mayoría de la población (que se desplaza a pie), sin que ello suponga nada. Las excusas son múltiples: no hay medios suficientes, los medios más eficaces son motorizados y sólo pueden actuar en calzada, los peatones prefieren utilizar medios motorizados o los ciclistas, en su sano juicio, dejarán la bicicleta para mejor ocasión.

No les falta razón, vista la situación y entendido que esto no va a cambiar de la noche a la mañana, la gente sufre con resignación su humillación. Hemos entendido el mensaje: no son buenos tiempos para algo que no sean coches. Al menos en estas latitudes.

Porque curiosamente en otras latitudes, en países y en ciudades donde nieva más y dónde tienen mucho más invierno y menos luz que nosotros, han buscado soluciones y han invertido en garantizar oportunidades para todos los modos, independientemente de por dónde se desplacen.

domingo, 1 de febrero de 2015

La insumisión, ciclistas, es el primer paso hacia la revolución urbana

La rebeldía, el inconformismo, la transgresión de las leyes que nos discriminan, que nos ponen en peligro, que nos despotencian, que hacen que nuestra opción de movilidad se vea cercenada y reducida a una colección de situaciones descabelladas, de refugios ficticios, de desencuentros con peatones, con automovilistas, con otros ciclistas y hasta con nosotros mismos al sentirnos estúpidos tratando de seguir unas indicaciones absurdas... parece que es el único camino lógico, aunque no resulte sensato decirlo.

Y parece que es el camino que muchos a nuestro alrededor han decidido tomar, para desánimo de los que creen que el orden establecido es el único orden posible y que dejar las cosas como están es la única manera de que todo funcione.


Pues no, queridísimos conservacionistas de la tiranía del automóvil, vuestro orden no es el del resto, vuestras reglas no nos valen a los ciclistas, ni a los peatones, ni a los niños que quieren jugar, ni a la gente que quiere disfrutar de la calle libremente y con seguridad. Y no sólo no nos valen y por eso tantas y tantas veces no las seguimos, adrede, sino que no nos vamos a conformar y vamos a seguir transgrediéndolas y vamos a fomentar que se haga, hasta que consigamos que se cambien.

No hay otra forma de darle la vuelta a esto. Porque ya lo hemos intentado por la vía de la obediencia, de la paciencia, de la esperanza y hasta de la súplica, pero no ha funcionado. Siempre os las componéis, los "autoinmovilistas" para devolver las aguas a su cauce y velar por que los coches sigan siendo los dominadores de las calles y de las carreteras.

Con prudencia, con prevención, con instinto de conservación pero con determinación, con descaro y con elegancia, sigamos infringiendo esa ley que no nos recoge, que no nos incluye, que no nos comprende y que no nos ayuda a andar más seguros y a entendernos con los demás.

Hasta que la ley del tráfico, la ley de la tiranía del automóvil, la ley de la ocupación de la calle por los más fuertes, la ley de la velocidad y el peso siga vigente y nos someta, lo único que nos queda es la insumisión. Asumiremos las consecuencias de saltarnos algunos semáforos, de aprovecharnos de algunos pasos peatonales, de atajar por diagonales, de hacer algún contrasentido, de no llevar casco y de ocupar más espacio del que se presupone que tenemos asignado.

No hay otra si queremos que esto cambie, que se produzca una verdadera revolución urbana, una revolución en la forma de entender el espacio público, una revolución que busque el bien común. la igualdad de oportunidades, la accesibilidad universal y la democratización de la calle y de la sociedad en general.

martes, 9 de diciembre de 2014

Mea culpa

Hoy ha tocado caerse. Un perro se ha cruzado de noche en mi camino en un parque por una vía asfaltada y nos hemos dado un buen sopapo los dos. Los dos con pronóstico leve. Los dos con un buen susto en el cuerpo. Bueno, los tres, que el dueño del can también se ha llevado su soponcio. Hemos pasado revista y hemos dado por buenas mis brechas y el revolcón. Adiós gracias.


Hasta aquí todo correcto, desafortunado pero correcto. Lo malo es lo que viene después del calentón y no precisamente los dolores de las contusiones, las inflamaciones o el escozor. No. Lo malo es cuando le empiezas a dar vueltas al asunto: a tu imprudencia, al riesgo asumido inconscientemente en la elección del itinerario, a las consecuencias que podía haber tenido el golpe en la cabeza o una caída más violenta. En fin, la capacidad de dramatización, lo tremendistas que nos ponemos, sobre todo cuando presentamos nuestro incidente a nuestros hijos, a nuestras parejas, a nuestros compañeros. Bueno a esos menos, que están curados de espanto.

La vida es riesgo y el riesgo es vida. Todavía me late el corazón a toda velocidad cuando lo pienso y ya han pasado algunas horas. Hay que ponerse las pilas y, muchas veces, un buen susto te las pone mucho más que muchos consejos y mucha prevención.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

No hay carril bici bueno...

"Ya está", dirán algunos, "ya tenéis el carril bici como queríais". Pues no. No es tan sencillo. Principalmente porque los que otorgan este tipo de facilidades no van a ser ni por casualidad usuarios de las mismas y no hacen más que dibujar algo que sólo el papel es capaz de sostener y luego contratar a alguna empresa capaz de ejecutarlo. Nadie lo pone en la palestra para discutirlo porque ese tipo de procesos sólo sirven para cuestionar la profesionalidad de los titulados y para retrasar la ejecución de las obras.

Hablamos en este caso de un carril bici en una de las cuestas que da acceso a la ciudad amurallada de Pamplona, una demanda antigua que, después de mucha batalla callada, se ha hecho realidad con una medida salomónica y tirando a barata, por no llamarla pobre, porque el "estamos en crisis" sirve de excusa para no hacer las cosas ni siquiera dignamente.

Para entenderlo hay que tener en cuenta que Pamplona es una ciudad a la que, por el norte, sólo puede accederse escalando sus murallas por las pocas puertas que se han abierto en ellas. Cuestas empinadas donde confluye todo el tráfico y que, en hora punta, se convierten en embudos terribles a los que incorporarse en bicicleta es, más que aventurado, temerario. Adosadas por unas aceras miserables en las que los ciclistas solos o invitados por el propio Ayuntamiento se pelean de una manera denigrante por unos espacios impropios, indignos y peligrosos con unos peatones que perplejos y resignados sufren las consecuencias.

El carril bici que se ha hecho en la embocadura de la Avenida Guipúzcoa, también conocida como Cuesta de San Lorenzo, se va a estrenar en breve, probablemente esta misma semana, y va a servir para conectar el Centro con el flamante parque de Trinitarios y con el barrio de la Rotxapea, al pie de la muralla.

La actuación la podemos resumir en la eliminación de dos carriles de circulación motorizada y la habilitación, con ese espacio, de una vía para bicicletas y una ampliación de una acera que era poco más que un bordillo donde circulaban peatones y ciclistas "refugiados" en dos direcciones.

¿La valoración? Mala. Un carril bici estrecho para ser en pendiente, con los ciclistas bajando entre peatones y ciclistas que suben, con unas defensas insuficientes hechas con bolardos de plástico, con distancia de defensa del tráfico motorizado insuficiente y con una acera duplicada en el puro asfalto, con una conexión espantosa con su carril homónimo en el Parque de Trinitarios (otra chapuza soberana). En fin, que no ofrece soluciones de calidad para los presuntos beneficiarios, pero que mejora una situación insostenible.

... excepto el que sirve para desmontar una autopista urbana

Del resultado, como vemos discutible, nos quedamos con el hito que representa al ser el primer desmantelamiento de una autopista urbana en la capital navarra. Con eso, en una ciudad de corte acusadamente automovilista es, para empezar, más que suficiente.



El efecto no se ha hecho esperar. Colas de coches (de a 1 pasajero y pico por carrocería) y algún bus y taxi atrapado. Mal, pero, como decía el responsable de la difunta y deficiente Area de Movilidad del Ayuntamiento de Pamplona, "esto dura un par de días, hasta que la gente espabila y elige un recorrido alternativo".


Las reacciones también se han sucedido y las opiniones gratuitas se han apresurado en hacerse oir. No podía ser de otra manera. La gente no quiere cambios, prefiere seguir soportando el estado de las cosas aunque ese estado les reprima, les impida disfrutar del espacio público, les condicione los itinerarios o beneficie sólo a una minoría frente a los demás.

Veremos cómo funciona en el tiempo, qué efecto llamada hace, cuántos usuarios congrega y, más en perspectiva, qué nuevas oportunidades promoverá, qué itinerarios consolidará y qué supondrá todo ello en la concepción de una ciudad que, ahora mismo, todavía es demasiado autocéntrica y demasiado despótica con la movilidad no motorizada. Demos tiempo al tiempo y exijamos mientras tanto su mejora y su extrapolación a otros puntos de esta ciudad o de otras donde se reproducen las mismas condiciones.

miércoles, 9 de julio de 2014

Una cuestión de detalle

Hay cosas sutiles, decisiones puntuales, presuntas nimiedades que marcan el ritmo de los cambios o consiguen el efecto contrario. Son pequeñeces que escapan al conocimiento y al entendimiento del vulgo pero que definen la política dándole un cariz progresista o un matiz conservador. En prensa resultan igual de efectistas y para el público ignorante son equivalentes, pero a las élites no se les escapan estas cuestiones porque suponen un antes y un después y marcan rumbos o consolidan la inmovilidad más recalcitrante.

Un ejemplo lo tenemos en las calles 30. Para el común de los mortales una calle 30 es una calle en la que la velocidad está limitada a un máximo de 30 kms/hora y nada más. Si hablamos de equidad a la hora de gestionar las opciones de movilidad es una buena medida dentro de un montón. Bien y punto.


Pues no. Mírate tú por dónde, no es lo mismo una calle con la velocidad simplemente limitada a 30 por unos discos que informan de ello en las embocaduras, que una calle dentro de una zona 30. ¿Pijoterío? Nada de eso. He aquí la diferencia.

Una Zona 30, según la DGT, es un área urbana conformada por “vías de estar”, que corresponden a entornos urbanos más amables y tranquilos en los que los ciudadanos desarrollan sus actividades sin la presión del tráfico y cuya velocidad máxima de circulación es de 30 Km/h, a las que se accede desde vías más dedicadas a la distribución del tráfico rodado, “vías de pasar”.

Las zonas 30 deben de caracterizarse por tener un tráfico básicamente de destino, es decir, que garanticen el acceso a viviendas y actividades terciarias en ellas, pero en ningún caso, soportar tráfico de paso. Una zona 30 debe presentar una visión homogénea de los diferentes elementos que la conforman. Lo recomendable es realizar una intervención completa introduciendo las modificaciones urbanísticas necesarias para todas las vías contenidas en la zona.


Una calle con una señal de 30 kms/hora es, solamente, una calle que cuenta con una limitación de velocidad. No tiene un tratamiento de promoción peatonal, no busca la mal llamada "prioridad invertida" según la cual hay una "discriminación positiva" (otro eufemismo nefasto) hacia los más frágiles, es decir, hacia los no motorizados, empezando por los peatones. No hay un tratamiento socializador de la calle, no hay una búsqueda del calmado del tráfico. Hay una mera señal que limita la velocidad máxima de circulación. Nada más.


Así pues, no se trata de ninguna sutileza sino de un concepto de calle, de zona, de ciudad en definitiva, orientada hacia el tráfico (y cuando decimos tráfico, nos estamos refiriendo al tráfico motorizado) o una calle, una zona, una ciudad orientada a las personas, como lugar de encuentro, como espacio social y socializador. No es un detalle. Bien es cierto que a los conformistas, a esos a los que les vale con cualquier cosa, un disco con un 30 dentro les parece estupendo, como uno azul con una bici dentro. Pero en estas nimiedades es donde está la enjundia de las cosas bien hechas o los apaños para salir del paso.

De hecho, no debe ser tan tonto el asunto cuando un Ayuntamiento tan retraído para desincentivar el uso y recortar los derechos del coche como el de Pamplona ha reculado y ha reconvertido las zonas 30 de nuestra ciudad en meras calles con velocidad limitada a 30. Por algo será.


Para la próxima fechoría de este estilo, recomendamos modificar también las señales de salida de la zona 30 porque si no la gente se ve envuelta en confusiones tontas y viajes astrales raros.

Saludos cordiales.

miércoles, 23 de abril de 2014

Llevando a los niños a pedales

Una parte vital de la logística doméstica es, además de acarrear las compras a casa, transportar a los menores a los distintos lugares a donde les tenemos destinados, empezando por el colegio y acabando por esa interminable carta de actividades en las que hemos decidido los mayores que tienen que invertir su tiempo y nuestro dinero y así, de paso, tenerlos colocados en lugares seguros.

Eludiendo la cuestión de fondo del confinamiento infantil y de la agorafobia que padecemos muchos de los mayores y que infringimos a nuestros pequeños, vamos a tratar del tema no menos escabroso de cómo transportamos a los niños de un sitio a otro y, más que eso, cómo los podríamos transportar si quisiéramos, entre todos, promocionar entornos que dieran oportunidades a las distintas opciones de locomoción por igual.

Podríamos ponernos realmente pesados tratando de argumentar pros, fórmulas, modelos, accesorios, trucos prácticos, sistemas, condiciones y hasta ingeniería civil y social, pero muchas veces es más útil y más sugerente ver unos cuantos ejemplos más o menos llamativos, más o menos fáciles.

Ahí van unos cuantos rescatados de la última visita al país líder en hacerlo a pedales.



Hasta aquí todo muy bien, muy correcto y muy conocido, pero el que se lleva la palma es el vehículo que vi pasar un viernes por la mañana en Nijmegen, no sabiendo bien si estaba suficientemente despierto como para dar crédito a lo que estaba presenciando.


jueves, 13 de marzo de 2014

Al sol, bicicletas

Hoy toca una de hedonismo. Para los que vivimos en el lado oscuro, el sol invernal nos resulta doblemente reconfortante por escaso. Después de unos meses duros y unas últimas semanas borrascosas, por fin ha habido una tregua en las inclemencias y el sol lleva luciendo unos días seguidos y se ha hecho notar en la moral de la gente y en la ocupación de las calles.


La gente se ha echado a la calle con alegría inusitada, tratando de aprovechar el momento, el armisticio meteorológico, y, además de las habituales, las bicicletas ocasionales se han atrevido otra vez a salir con sus pasajeros a bordo, felices, nerviosos por haber perdido el hábito pero emocionados de su atrevimiento y de las sensaciones que reviven.

Después de la tormenta siempre sale el sol y con el sol llegan los caracoles y las bicicletas se multiplican.


Fotos: Adoquines y losetas.

domingo, 23 de febrero de 2014

Multa por exceso de velocidad

Ya sabemos lo desquiciada que está la cosa con la bicicleta en este país de locos en el que vivimos, pero nunca está de más constatar hasta dónde pueden llegar los que tienen que hacer cumplir las normas en su celo a la hora de desempeñar su labor.

Cuando una ordenanza recoge un artículo que limita la velocidad de circulación de las bicicletas a 10 kms/h en una zona urbana, normalmente un paseo compartido con peatones, todo el mundo entiende que se trata más de una recomendación que persigue la buena convivencia entre ciudadanos en un lugar de uso intensivo y de gran atractivo, que de un límite exacto que se va a vigilar escrupulosamente.

Pues no. No al menos en Málaga, como muestra este testimonio (de Julio del año pasado), que sin conocer más concretamente las circunstancias del suceso no puede pasar de ser una anécdota, pero que deja claro cuál es el nivel de subdesarrollo ciclista y de abstrusismo en el que nos movemos.

Un oyente se dirige al Facebook del programa de radio "Levántate y Cárdenas" y deja esto:

"Hola Cárdenas, 

Te sigo desde Crónicas, y me pareces un gran periodista y, lo más importante, que eres independiente y dices las cosas claras quien sea, tenga el puesto que tenga. Por eso te voy a informar de que ayer en Málaga, cuando iba paseando por el Paseo Marítimo en mi bicicleta tranquilamente, una pareja de la policía local, que también iban en bicicleta, me pararon ante mi sorpresa. 

Cuando me pidieron mi DNI y me expusieron el motivo por el cuál habían interrumpido mi marcha, no podía salir de mi asombro creyendo que me estaban tomando el pelo o bien me estaban grabando desde algún lugar. 
Me multaron con 60€ por ir a más de...-prepárate- 10km/h. ¿Les pregunté que qué aparato o quién determinaba la velocidad a la que iba una bicicleta? y me respondió...-que su cuenta kilómetros de su bicicleta-. 

Entonces le pregunté de nuevo, que quién no tenga cuenta kilómetros en su bicicleta no puede pasear por el paseo marítimo, y me respondió que no, que tendría que ir por la carretera. En fin, el colmo recaudatorio del Ayuntamiento de Málaga. Porque he dejado de ir a trabajar a mi oficina en coche porque han puesto todos los aparcamientos del centro y sus alrededores de zona azul de pago, con lo cual tomé la decisión de irme en bicicleta. Ahora multan a las personas por pasear en bicicleta a más de 10km/h, cuando no hay forma científica de calcular la velocidad. 

Por favor te ruego que des eco informativo de este suceso, al menos que sirva de antecedente para otras personas y para que sepa el resto de España el afán recaudatorio que se vive por Málaga. Gracias, y sigue así Cárdenas!!!"


Para echarse a llorar... sobre todo porque ese Paseo Marítimo de Málaga arrastra un triste historial que deja cuenta de la crispación entre peatones y ciclistas desde hace años. Más o menos el mismo que el resto de paseos en todas nuestras ciudades. Una muestra más de que están todavía demasiado orientadas al coche, que siguen penalizando a los ciclistas y los recluyen, con su consentimiento, en zonas de carácter estancial. Una vergüenza. Otra.

viernes, 20 de septiembre de 2013

La Semana de la Movilidad Inamovible

Estamos acostumbrados a celebraciones. Nos gusta eso del Día o de la Semana de. Nos reconforta saber que con una participación simbólica, con un donativo, cumplimos con las principales misiones que hay por hacer en nuestro mundo. Y nos lo creemos.

Esta vez es la Semana de la Movilidad. Aunque sabemos de sobra que no se está haciendo prácticamente nada por cambiar el estado de las cosas en lo que a la movilidad urbana se refiere, nos gusta comulgar con el eslogan que propone: "La ciudad sin mi coche". Un eslogan que, ya de entrada, encierra un cierto vicio en su enunciado, porque presupone que todo el mundo tiene un coche en propiedad. Falso.

Pero la mayor falsedad de la Semana de la Movilidad y la política de movilidad de la práctica totalidad de las ciudades de nuestro entorno no es esa. La mayor falsedad es que nadie se está proponiendo en serio restar coches y viajes motorizados en nuestros pueblos y ciudades. Parece que fuera una especie de traición al estado de bienestar, al confort personal y hasta al desarrollo económico conquistados las décadas pasadas.


Es por eso que la mayoría de nuestros políticos no se atreven a hacer nada que perjudique el uso y el abuso de los automóviles en los núcleos urbanos y, cuando se proponen hacer alguna actuación que teóricamente beneficia a otros modos, lo hacen de cara a la galería. Así tenemos una buena colección de chapuzas en forma de carriles bici, aceras invadidas, bicicletas públicas, zonas azules y peatonalizaciones dotadas de fabulosos aparcamientos subterráneos que no hacen sino un efecto llamada. Porque nadie en su sano juicio osaría limitar el acceso de los coches al centro.

Y sin embargo cada vez más gente anda en bicicleta. A pesar de que todo el desarrollo ciclista se ha hecho a costa de invadir zonas peatonales y condicionar el libre albedrío que define a las mismas, convirtiéndolas en espacios de circulación. Esto es especialmente preocupante en las aceras. Haber propuesto oficialmente la invasión de las aceras por las bicicletas está teniendo unas consecuencias realmente graves en ciudades como las nuestras con un marcado carácter peatonal.

La gente que camina, pasea o simplemente está, que es la mayoría, a la que no se ha dudado en agraviarla por no molestar el tráfico rodado, está pagando el pato de esta política de movilidad y está sufriendo las consecuencias más importantes, aunque las más graves se las estén llevando esos ciclistas de acera al ser atropellados sistemáticamente en pasos peatonales y en pasos de acera bici.

No parece que nada de esto tenga visos de cambiar, al menos esencialmente, porque nadie tiene la más mínima intención de desincentivar el uso del coche. Así pues dejarnos a algunos que no participemos en esta mascarada y que tratemos de luchar por la movilidad eficiente, saludable, democrática e igualitaria, pero también por la proximidad, por la accesibilidad y por la rehumanización de nuestras ciudades.

martes, 23 de julio de 2013

Miedo al medio: una estrategia equivocada

El medio es el fin. Esta debería haber sido la consigna que centrara la misión de mejorar las ciudades para sus habitantes. El medio ambiente, el espacio común a preservar, a mejorar, a reconquistar después de años de haber renunciado al mismo en favor de su uso meramente circulatorio o de aparcamiento.

La calle es el medio, la calle debe ser el fin. Y sin embargo, hemos consentido que se usurpe ese espacio y que se prostituya su función para dar cobertura a las necesidades que los automóviles han ido exigiendo durante todo un siglo. Y creíamos que así nos iba bien.

Lo que no sospechábamos mientras rendíamos pleitesía al todopoderoso automóvil es hasta qué punto iban a llegar sus exigencias o que éstas eran simplemente insaciables y que iban a cambiar drástica y casi irreversiblemente las condiciones de esa calle hasta hacerla casi exclusiva para el uso y el abuso automovilístico.

Tanto es así que ahora, después de tantas décadas de dominio, ocupación e intimidación, ya nos parece normal y hasta justificable aducir miedo a la calle, al tráfico cuando nos proponemos andar en bici, a pie, en moto o en patines. Miedo al medio.

Foto: Victor Bezrukov

Y por eso nos conformamos con las veredas, con las esquinas, con los márgenes de las calles. Y andamos peleando en ellos como si no pudiera ser de otra manera. Porque hemos renunciado al medio, al centro de la calle, al centro del carril.

Nos hemos hecho marginales, miserables, abyectos. Y así nos parece también normal mendigar un pequeño espacio donde sea para que nos dejen circular a nosotros también en exclusividad, como si fuera lo mejor que se pudiera conseguir. Una red de pasillos en vez de hacernos acreedores del derecho de usar la calle con dignidad y con entera libertad, por el medio.

¿Hasta cuándo vamos a seguir compadeciéndonos? ¿Hasta cuándo vamos a seguir perpetuando este orden de cosas? ¿Hasta cuándo vamos a seguir pagando las consecuencias?

jueves, 11 de julio de 2013

¿Y si no hubiera coches?

No. No nos ha vencido la ola de calor ni hemos sido abducidos por una secta de antiautomovilistas depravados. La cuestión es ¿qué pasaría con los ciclistas, los peatones, las aceras, los cascos, las ordenanzas y las leyes si no hubiera tantos coches?

¿A qué viene eso si no vamos a poder quitarlos? Pues sencillamente a tratar de analizar la realidad y la estrategia deseable sin trabajar condicionados por la predominancia y la prepotencia que le hemos concedido al automóvil. ¿Por qué? Porque es el propio automóvil y su uso excesivo el que supedita y coarta cualquier planteamiento y el que condena muchas veces a priori la objetividad y la neutralidad de las líneas de actuación posibles. Sólo si somos capaces de concebir la tesitura en la que nos encontramos y las propuestas que nos gustaría formular para sentar las bases de nuestras relaciones y nuestras ciudades en el futuro sin la influencia devastadora y fenomenal de los automóviles, estaremos en disposición de hacer algo que merezca la pena. Si no, siempre estaremos concediendo el dominio al automóvil y proponiendo actuaciones marginales. No es tanto una cuestión de ser valientes como de ser consecuentes.

Si queremos que caminar y utilizar la bicicleta se conviertan en modos preponderantes en la movilidad urbana ¿por qué no somos capaces de visualizar las condiciones objetivo y seguimos dejándonos influenciar tanto por los condicionantes presentes?

Mackinac, "la ciudad sin coches" - Foto tomada de Wikipedia

Por ejemplo: en todo lo tocante a la circulación y el casco. ¿Por qué seguimos consintiendo e incluso promoviendo un estilo circulatorio denigrante para las bicis y para los peatones? ¿Por qué seguimos aceptando las vías ciclistas que se siguen perpetrando en nuestros municipios? ¿Por qué seguimos tragándonos estadísticas de accidentalidad y seguimos protegiéndonos como si fuera algo inevitable o fuera propio de nuestra actividad? ¿Por qué no nos estamos rebelando como peatones y como ciclistas ante semejante ignominia? ¿Por qué seguimos tragando con argumentos como el del miedo, el del peligro y el del riesgo si ninguno de ellos está provocado por los modos de desplazarnos que hemos elegido sino por lo coches?

¿Hasta cuándo vamos a mantener esta actitud abyecta y condescendiente con la forma de vivir que nos está haciendo la vida imposible?

No hay que irse hasta la Isla de Mackinac en Michigan para comprobarlo. Cualquier ciudad en fiestas es un ejemplo más que suficiente de que otro orden de cosas es posible. La mía lo está ahora y es una gozada.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Los ciclistas lo hacemos mejor y más veces

Y de una forma más pausada, más tranquila, más amable, más serena, más cercana. Es la condición que nos impone nuestra querida bicicleta, pero también les pasa a los peatones. A los de verdad, a los que caminan. Me refiero a comprar, a consumir, aunque seguro que es extensible a otras facetas de nuestras vidas.


No podemos acarrear grandes cargas, no necesitamos justificar nuestro desplazamiento porque no nos cuesta hacerlo, no vamos estresados, no somos tan compulsivos como los automovilistas, porque lo tenemos todo más a mano, más accesible y podemos parar cuando nos dé la gana y donde nos de la gana. Pero eso nos permite ser más racionales, màs detallistas, valorar más los consejos de nuestros tenderos, dedicar más tiempo a elegir, hacer más visitas.


No es una opinión, hay una certeza demostrada de que esto funciona así, por más que muchos comerciantes, todavía la mayoría en algunas partes sigan aferrados a la creencia y a la imposición de que sólo a través de dar facilidades de aparcamiento a los coches, si puede ser en rotación mejor, conseguirán mantener su clientela. Y de hecho aceptan a regañadientes fórmulas como las de las peatonalizaciones siempre que garanticen el acceso y el aparcamiento automovilístico. De otra manera, se consideran presas fáciles de las grandes superficies y de los centros comerciales que ofrecen este tipo de facilidades, cuando no están totalmente organizados para los coches.


El último estudio que demuestra esta evidencia proviene de una de las sociedades más autodependientes del planeta, la estadounidense. Aunque quizá el estado de Oregón no sea el más representativo, porque es el que más y con mejor resultado ha apostado por la movilidad ciclista, al menos en su capital, Portland. Es precisamente un estudio realizado para el Instituto de Investigación y Educación para el Transporte de Oregón el que saca estas conclusiones, después de hacer un seguimiento a más de 20.000 personas a pie de calle, entrevistándolos en supermercados, restaurantes, bares y tiendas.

De acuerdo con este estudio, los automovilistas siguen llevando la voz cantante en los supermercados, establecimientos diseñados precisamente para hacer la compra en coche, donde, curiosamente, no marcan una diferencia importante respecto al resto de grupos modales. En el resto de comercios objeto de este estudio, peatones, ciclistas y usuarios del transporte público compran más al cabo del mes que los deseados automovilistas.


Pero no es el único estudio de estas características que llega a esta conclusión. Hay muchos otros estudios que ya lo habían dicho referenciados en otros escenarios. Uno igualmente revelador se presentó hace ya 10 años en la Universidad de Aalborg (Dinamarca).

Un dato a tener en cuenta cuando argumentemos aquello de si los ciclistas "son" o "no son" en la configuración de la ciudad deseable. Otro mito que tiene que caer es que el coche es sinónimo de poder adquisitivo y que la bicicleta es sólo para pobres indeseables para nuestros comerciantes y hosteleros. Nada más lejos de la realidad.

jueves, 18 de octubre de 2012

¿Movilidad sostenible? Gracias, pero no

Ese parece ser el mensaje invariable cuando hablamos de cambio de hábitos, de alternativas al automóvil, de construir una ciudad cercana y amable, de enseñar a nuestros menores a valorar todo ello. Lo hemos atestiguado en el proceso vigente que se vive en mi pueblo con el transporte colectivo motorizado y gratuito al colegio.

El concepto de movilidad sostenible, como bien explica un concejal progresista de mi pueblo, hay que dejarlo para el carril bici y hay que olvidarse de aplicarlo para las cosas importantes, donde la seguridad está en juego. La seguridad es más importante que nada y, hablando de desplazamientos obligados y si son niños más, la seguridad sólo se garantiza en tanque, o en cualquier otro tipo de vehículo blindado, a motor por supuesto, sea éste bus o coche. Simplemente porque hay otros tanques y es la única manera de estar en igualdad de condiciones. Y ahí lo sostenible es el transporte colectivo, y lo demás es simplemente impresentable. Da igual que la distancia a recorrer sean 200 o 2.000 metros. Y al que no quiera darse por enterado, le van a poner al día rápido.

Pues no, señoras y señores, la movilidad sostenible o mejor los desplazamientos amables no consisten (o no deberían consistir) en hacer un carril bici y ver cuántos ciclistas pasan, sino en tratar de evitar el uso indiscriminado de los vehículos a motor para viajes que no lo exijan y apostar por otros medios siempre que se pueda, y, si no se puede, cambiar las cosas y acondicionar el espacio y las reglas del juego para que se pueda. Y prestar la mayor atención a los viajes obligados y a los centros de actividad, que son los que los generan, para buscar alternativas y promocionarlas. Todo lo demás es un paripé y es un inmovilismo que nos deja anclados en la dependencia del automóvil, y además condiciona el resto de desplazamientos, haciéndolos poco convenientes, y reduce la disponibilidad de espacios públicos y la calidad de los mismos.


¿Cambiar "las cosas"?

El problema es que nadie (o casi nadie) en su fuero interno, en la intimidad de su vida doméstica, en su momento de decisión está dispuesto a cambiar "las cosas", simplemente porque creen que no depende de uno mismo que "las cosas" cambien y, también, que "las cosas" como están no están tan mal porque ya nos hemos hecho a ellas.

Todos, absolutamente todos, tenemos vicios inconfesables, todos cometemos faltas de manera consciente y voluntaria, todos creemos que lo hacemos de manera excepcional y por eso estamos disculpados, todos creemos que lo nuestro no es tan grave, que es perdonable... y seguimos haciéndolo. Invariablemente. Hasta que nos dan el alto. Hasta que nos ponen dificultades y se ponen serios para hacérnoslas cumplir. Hasta que nos cazan y nos hacen pagar por ello. Sólo entonces somos capaces de cambiar nuestros hábitos, a regañadientes, y luego somos capaces de descubrir que otro mundo es posible y hasta presumir de que nuestra aportación es importante.

¿Hipocresía? No. Puro acomodamiento. Somos deterministas y acomodaticios porque nos va bien siéndolo, y luego somos capaces de quejarnos de lo que estamos construyendo a nuestro alrededor cuando, por pura acumulación, la cosa degenera o cuando nos toca a nosotros.

La movilidad sostenible en este estado de cosas no es más que un puro engaño para mantener las conciencias tranquilas y para hacer ver que se cumple el expediente, mientras se siguen manteniendo "las cosas" como estaban en lo esencial. Así pues ¿Movilidad sostenible? No, gracias.

domingo, 14 de octubre de 2012

Hay otro camino

El caso del Colegio Mendialdea de Berriozar ha alcanzado la cota más alta de la irresponsabilidad colectiva, tratando de defender a ultranza el transporte escolar subvencionado. Lo que empezó siendo una pura pataleta a un recorte que, aunque no suficientemente argumentado, no deja de ser razonable si lo analizamos detenidamente, ha ido derivando en un asunto sobre el que se ha pronunciado oficialmente el Ayuntamiento de Berriozar, el Defensor del Pueblo de Navarra y que ha acabado en el Parlamento navarro como moción mayoritaria de toda la oposición.

Hablamos de un gasto de 230.000 euros al año para transladar a varios cientos de escolares que se desplazan poco más de un kilómetro, en el peor de los casos, en un pueblo de 9.000 habitantes.

Las razones argumentadas:
  1. Que es un servicio que se lleva prestando y sufragando durante 30 años.
  2. Que el itinerario es peligroso.
La primera razón no merece ningún análisis, pero la segunda si lo merece. Definir el itinerario como peligroso, simplemente porque quiere justificarse la necesidad de un servicio de transporte colectivo motorizado, es un ejercicio que, en este caso, raya la demagogia. Argüir que lo es porque hay que cruzar una carretera general y transitar por una zona industrial es ignorar las alternativas y, por tanto, falsear la realidad.


Para empezar, no toda la población vive al otro lado de la travesía que, aunque mantiene la categoría de carretera nacional, está muy condicionada: los pasos peatonales que no están semaforizados, están elevados y pintados de rojo y blanco para alertar y reducir la velocidad de los automóviles que circulan por ella.

En segundo lugar, hay un itinerario paralelo seguro y separado del propuesto por los demandantes que, además, se implementó por el mismo Ayuntamiento que ahora denuncia el tema hace apenas dos años. Se trata de un paso sobre la vía del tren gracias a una pasarela peatonal y ciclista que da acceso al colegio por unos caminos pavimentados que evitan atravesar una zona industrial que, además de desagradable, es casi intransitable de manera digna. Un itinerario que, además, cuenta con una acera bici hasta dicha pasarela más que aceptable. Un recorrido agradable y seguro.

Foto de Aitonak

Lo malo de este itinerario, lo que tiene realemente preocupados a los padres y madres de este centro, es que sólo puede hacerse a pie o en bici, y eso es lo verdaderamente peligroso, inconveniente, impresentable, indigno y, por lo tanto, inasumible. Nadie está dispuesto a que ningún niño vaya de casa al colegio en algo que no sea un vehículo motorizado. Eso es lo cómodo, y en eso se están gastando 1.000 euros al día.


Es preocupante la forma como se están llevando a cabo la mayoría de los recortes en los servicios sociales en los últimos meses por unos gobernantes obsesionados en contener los presupuestos de cualquier manera, pero no es menos preocupante lo que subyace detrás de reivindicaciones como estas, es decir, lo indiscutible de la propuesta y, más que eso, la ausencia de alternativas al incuestionable transporte motorizado.

Hay algo que es innegociable en nuestra sociedad: la seguridad de los menores. Pero de ahí a asociarla, en el caso de la movilidad, al transporte motorizado y desestimar cualquier alternativa como inviable hay un trayecto realmente grande. Sobre todo porque es el propio transporte motorizado el que hace peligroso ese itinerario. La sobreprotección a que sometemos a nuestros menores llega a unas cotas de insostenibilidad absolutamente espeluznantes. Tanto que ya no les permitimos desplazarse andando o en bici si no van permanentemente vigilados y acompañados por sus mayores, sean estos padres, profesores, monitores o cualquier sustituto de éstos. Y muchas veces ni así.

Estamos construyendo una sociedad, una forma de vivir alimentada por el miedo y las consecuentes inseguridad y protección, que favorece el enclaustramiento de nuestros niños y niñas, su aislamiento, la constante supervisión de los mismos, que están deviniendo en un sedentarismo y una atrofia infantil realmente preocupantes.

No quiero pensar qué hubiera pasado si, aprovechando la "oportunidad" que representaba este recorte, las apymas, en vez de defender a capa y espada el servicio de transporte en bus a perpetuidad, se hubieran organizado para llevar a los niños andando o en bici, con el apoyo de un Ayuntamiento que alardea de favorecer la movilidad sostenible.

lunes, 1 de octubre de 2012

Volver a las andadas

Está claro que para lo único que va a servir esta crisis, hasta el momento, es para replantearnos algunos de nuestros hábitos lujosos. El pilates, el cine o el vermú están pasando estragos para sobrevivir en estos tiempos aciagos. Pero también está disminuyendo notablemente el uso del coche en los viajes urbanos. En parte porque se está convirtiendo en una práctica inasumible para muchas economías domésticas, al precio que está el combustible y el aparcamiento, y en mucha mayor parte por la caída en picado de la población activa. El paro desmoviliza mucho y desmotoriza mucho más.

Sin embargo, nada apunta a que estas circunstancias estén empujando a cambiar el orden de las cosas. Al menos en lo que respecta a la movilidad urbana, la reducción en el tráfico motorizado no se está aprovechando para reconfigurar la circulación de personas y dar oportunidades a los modos que están creciendo exponencialmente. Moverse a pie o en bici siguen siendo formas de transportarse desprestigiadas en la mayoría de nuestras ciudades. Indeseables.


Como muestra el botón minúsculo pero simbólico de los padres y madres del colegio de mi pueblo que, ante la retirada del transporte colectivo subvencionado para un trayecto inferior a 2 kilómetros, se resisten a que sus hijos caminen o vayan en bici a clase porque, además de peligroso, les parece ignominioso.

La generación que estamos sobreprotegiendo, gracias a este tipo de elecciones comodonas, va a sufrir las consecuencias de una forma de vida demasiado pasiva, sedentaria y viciada. Los datos de la salud infantil son cada vez más preocupantes y son tan fáciles de remediar como cambiar los hábitos de movilidad en los viajes que lo permitan y los estudios de movilidad nos dicen que la mayoría de los tránsitos urbanos que realizamos permitirían utilizar modos no motorizados.

Volver a andar, amigas y amigos, no es una forma de regresión sino un paso adelante decisivo para recuperar la ciudad de las personas saludables. A pie o en bici. Basta con eso.