Estamos anonadados con las prácticas de los monstruos de la venta on-line mundiales por su diligencia y sus precios inigualables. Ahora clicas en la pantalla y adquieres no sólo productos y servicios deseables, sino también inmediatez. El placer se multiplica. Ya no es suficiente con la compulsión, esa satisfacción que dura una docena de latidos en los que la sangre rebota en las sienes haciendo sentirte todopoderoso, ahora puedes decidir cuándo quieres disfrutar de la posesión de tu compra.
Ahora mismo. Oraintxe, que diríamos por aquí. Ara mateix, agora mesmo, right now, tout de suite, ahoritita... da igual el idioma, es ¡ya!
Da igual cómo se monta la tela de araña, pero nos tiene atrapados, encantados, cautivos en una mezcla de ubicuidad, borrachera de abundancia, oportunidad, necesidad... todo ello sucedáneo seguro de una felicidad que no se nos asoma, de una soledad que nos acompaña, de una insatisfacción casi permanente, de una ansiedad que no sabemos saciar. El caso es que triunfa y, para hacerlo, se vale de cualquier medio.
Los grandes monstruos del e-commerce lo saben y siguen apostando a fórmulas que, al final, juegan con abaratar la producción, eliminar la cadena comercial y ser intensivas en un transporte que el mundo sigue manteniendo barato a costa del propio planeta. "Compra y lo puedes disfrutar mañana en tu casa". "Compra y lo tienes en dos horas en tu domicilio". Por arte de magia, porque somos todopoderosos, omnipresentes. Y nosotros compramos. ¡Vaya que si compramos! Y nos lo traen. O lo intentan. Y fracasan, sobre todo, en la entrega terminal. Aunque en realidad no fuera tan urgente. Pero fracasan.
Y fracasan porque no es tan fácil encontrar a la gente en su casa. Y eso provoca una ineficiencia y unos costes en el transporte realmente formidables (eso y las devoluciones, que se producen en casi un 30% de los envíos), lo que ha obligado a dichas empresas y sus socios logísticos y de distribución necesarios a replantear y reinventar la entrega/recogida terminal. Y se han inventado los puntos de entrega concertados, en establecimientos o en taquillas automáticas, donde el destinatario se acerca para recoger su compra o hacer su devolución. Pero no les acaba de funcionar.
Otra fórmula, sobre todo para entregas en zonas de tráfico restringido, es contar con empresas especializadas en dicho trabajo, con formulaciones como microplataformas de distribución de última milla o por simple contratación de servicios. Se ha revelado la más eficiente, la más ecológica y la más amable. Porque trabaja desde la proximidad, que le permite ofrecer un punto de recogida cercano, hacer profusión de viajes en un área relativamente reducida, concertar las entregas, y todo ello con medios amables, vehículos a pedales o con asistencia eléctrica, ligeros y divertidos.
Lo mejor de esta opción, además de que normalmente está promovida por empresas locales con un compromiso y un conocimiento de su entorno y de sus personas incomparables, es que está al alcance de cualquiera, no sólo de los grandes operadores mundiales.
Esta es la clave.
Si Amazon, por nombrar al más conocido de estos operadores, busca soluciones de proximidad y está montando almacenes en el centro de las ciudades y subcontratando servicios al mejor postor porque su demanda de transporte es inabarcable por el sistema de transporte tradicional, ¿por qué los comercios locales, que ya tienen sus establecimientos montados y sus almacenes al lado de sus clientes no pueden proponérselo?
La respuesta es fácil: porque no venden lo suficiente. Pero no es la única.
Igual es que no creen que pueden competir con el fantasma de internet que les tiene acogotados.
Igual es porque siguen anclados en formulaciones obsoletas de venta que se reducen a tener unos metros cuadrados, personal para atenderlos y levantar la verja cada mañana.
Igual es que no son capaces de creer en su diferencia esencial respecto al mundo virtual, que es que ellos son tangibles, que allí puedes tocar, oler, probar el producto y pedir consejo a una persona que puede atenderte y puede entenderte, aunque muchas veces no quiera hacerlo.
Igual es que "Tu tienda de siempre" tiene que reinventarse y eso pasa, entre otras cosas, por estar atenta y ser excelente en el trato personal. Por ser original, única y exclusiva. Por querer a su clientela como a su familia. Por tener personas que atienden y tratan de entender a personas, y les aconsejan si les piden consejo y les ayudan y les acompañan en su decisión de compra.
Igual es que el comercio tradicional tiene que tener una tienda on-line para dar credibilidad a sus productos y servicios.
Igual es que el comercio tradicional tiene que asociarse para algo más que para hacer campañas anodinas y legalar carnets de fidelidad, flores, boletos de tómbola o pagarse la iluminación navideña.
Igual es que el comercio tradicional tiene que actualizarse y competir en servicio, proximidad y tangibilidad con esos monstruos que sólo pueden ofrecer precio, globalidad y virtualidad.
Igual, sólo igual, es que no han sido capaces de preguntárselo a esas personas que entran en su establecimiento. O que no han sabido ofrecerlo a su comunidad en alianzas locales, con otras empresas locales... y siguen esperando a que sus tiendas se llenen porque sí, porque la gente pasea por su calle o simplemente porque las tienen abiertas.
Desde luego, lamentarlo no arregla la situación y pelear contra elefantes con tirachinas es una pérdida de tiempo y energía peor que lamentarlo.
Txita, de la mano del Departamiento de Movilidad del Ayuntamiento de Donostia y San Sebastián Shops y dentro del proyecto Cyclelogistics, ya lo está proponiendo.
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lunes, 6 de marzo de 2017
Sí Amazon puede, tú seguro que puedes
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jueves, 24 de noviembre de 2016
Los comerciantes reaccionarios, la movilidad del siglo pasado y la accesibilidad motorizada garantizada
Que la gestión de la movilidad y del espacio público no es un plato de buen gusto y que es una cuestión no sólo opinable por cualquiera, sino que genera polémicas y resistencias fenomenales, es algo que no se le escapa a nadie. Si a eso le añadimos el carácter congénito de algunas ciudades, reacias a cualquier tipo de cambio, venga de donde venga, es fácil concluir que cualquier intento de cambiar las reglas de juego para poner cortapisas a las enormes facilidades que se le ha dado históricamente al coche, tanto de circulación como de aparcamiento en el centro de las ciudades, puede resultar una ardua tarea.
Así está quedando patente, por ejemplo, en la tentativa del gobierno municipal de Pamplona de poner en valor y consolidar el proceso de restricción del tráfico en el Centro de la ciudad, conocida vulgarmente como peatonalización, que ha generado y está generando una polémica formidable, sobre todo porque no se hace. La pretensión del gobierno municipal no va más allá que tratar de hacer valer las condiciones que deberían regular el acceso al Casco Antiguo, con incursiones excesivas de automóviles aprovechando la connivencia policial. A esa propuesta se han añadido algunas calles del Ensanche, donde el tráfico es más para acortar viajes transversales o para merodear en la más que improbable búsqueda de aparcamiento barato en superficie (dadas las plazas disponibles) que para acceder a estos espacios. Algo que debería haberse hecho hace 10 años, pero que la pusilanimidad de los gobiernos anteriores, defensores a ultranza de favorecer el tránsito rodado, no fueron capaces de hacer.
Pues ante semejante noticia ¿quienes han sido los que han puesto el grito en el cielo? Los mismos de siempre: los comerciantes. Esta vez, ni siquiera los vecinos se han opuesto a una medida que, en las pocas calles en las que más o menos funciona, ha demostrado que revitaliza la ciudad y que cambia el carácter de la calle, al dejar de ser un espacio de circulación, lo cual es bienvenido por todos. Han sido otra vez los comerciantes, o las asociaciones que los representan, los que han vuelto a erigirse en víctimas de las medidas propuestas.
Un comercio que sigue mostrando una cierta fortaleza, teniendo en cuenta los tiempos que corren, pero que sigue obsesionado (al menos sus representantes) en conservar el privilegio de que se contemple la incursión de presuntos compradores automovilistas en las zonas de tráfico restringido, para que puedan acceder cuanto más cerca mejor a sus establecimientos. Unos representantes que son tan osados en sus argumentaciones, que se atreven a vaticinar que la propuesta del Ayuntamiento puede significar el cierre de no pocos establecimientos.
Coincide que muchos de los establecimientos asociados, los más boyantes al menos, se ubican en calles que ya son peatonales. Luego lo que se deduce de sus reivindicaciones es que lo que pretenden es que las calles contiguas a sus zonas protegidas sigan pagando el pato de sus requerimientos, como precio solidario por tener un comercio bien suministrado y con acceso garantizado.
Si para preservar unas calles de alta calidad y densidad comercial y hostelera hay que condenar calles adyacentes a sufrir los daños colaterales, se puede deducir fácilmente que la fórmula no es del todo solidaria, ni justa y no promueve el desarrollo de la zona de manera integral. Menos, cuando el Ayuntamiento está poniendo medios para que el suministro esté garantizado y se realice, además, con medios más ecológicos y menos agresivos que como se está haciendo actualmente y los aparcamientos subterráneos están infrautilizados.
Queda por pensar qué pasaría si se revirtiera la propuesta y, a modo de experiencia piloto, se volviera a permitir el tránsito rodado y el estacionamiento indiscriminado en las calles donde se ubican la mayoría de los establecimientos para que la gente, como lo hacíamos en los años 70 y 80, entrara en coche hasta la puerta de la casa, el comercio, el negocio, el bar o el restaurante o diera infinitas vueltas intentando hacerlo. Seguro que entonces sí que se quejaban.
Consuela saber, de todas formas, que, siempre que se han propuesto medidas en este sentido, invariablemente se ha contado con la oposición de este colectivo, lo cual es un indicador inequívoco de que se están haciendo las cosas bien, porque, una vez implementadas, nadie quiere revertir un proceso de estos. Tampoco en Pamplona.
¿No sería mejor que esas asociaciones de comerciantes comenzaran a replantearse su misión y descubrieran que igual el quid de la cuestión de la salud comercial de una ciudad no depende tanto de la movilidad y del espacio público como de responder a las expectativas de la clientela que han cambiado diametralmente y que quizás los comercios no han sabido adaptarse a los nuevos tiempos, no han sabido reinventarse, han perdido atractivo y eso depende mucho más de ellos que lo que están dispuestos a reconocer?
Así está quedando patente, por ejemplo, en la tentativa del gobierno municipal de Pamplona de poner en valor y consolidar el proceso de restricción del tráfico en el Centro de la ciudad, conocida vulgarmente como peatonalización, que ha generado y está generando una polémica formidable, sobre todo porque no se hace. La pretensión del gobierno municipal no va más allá que tratar de hacer valer las condiciones que deberían regular el acceso al Casco Antiguo, con incursiones excesivas de automóviles aprovechando la connivencia policial. A esa propuesta se han añadido algunas calles del Ensanche, donde el tráfico es más para acortar viajes transversales o para merodear en la más que improbable búsqueda de aparcamiento barato en superficie (dadas las plazas disponibles) que para acceder a estos espacios. Algo que debería haberse hecho hace 10 años, pero que la pusilanimidad de los gobiernos anteriores, defensores a ultranza de favorecer el tránsito rodado, no fueron capaces de hacer.
Pues ante semejante noticia ¿quienes han sido los que han puesto el grito en el cielo? Los mismos de siempre: los comerciantes. Esta vez, ni siquiera los vecinos se han opuesto a una medida que, en las pocas calles en las que más o menos funciona, ha demostrado que revitaliza la ciudad y que cambia el carácter de la calle, al dejar de ser un espacio de circulación, lo cual es bienvenido por todos. Han sido otra vez los comerciantes, o las asociaciones que los representan, los que han vuelto a erigirse en víctimas de las medidas propuestas.

Coincide que muchos de los establecimientos asociados, los más boyantes al menos, se ubican en calles que ya son peatonales. Luego lo que se deduce de sus reivindicaciones es que lo que pretenden es que las calles contiguas a sus zonas protegidas sigan pagando el pato de sus requerimientos, como precio solidario por tener un comercio bien suministrado y con acceso garantizado.
Si para preservar unas calles de alta calidad y densidad comercial y hostelera hay que condenar calles adyacentes a sufrir los daños colaterales, se puede deducir fácilmente que la fórmula no es del todo solidaria, ni justa y no promueve el desarrollo de la zona de manera integral. Menos, cuando el Ayuntamiento está poniendo medios para que el suministro esté garantizado y se realice, además, con medios más ecológicos y menos agresivos que como se está haciendo actualmente y los aparcamientos subterráneos están infrautilizados.
Queda por pensar qué pasaría si se revirtiera la propuesta y, a modo de experiencia piloto, se volviera a permitir el tránsito rodado y el estacionamiento indiscriminado en las calles donde se ubican la mayoría de los establecimientos para que la gente, como lo hacíamos en los años 70 y 80, entrara en coche hasta la puerta de la casa, el comercio, el negocio, el bar o el restaurante o diera infinitas vueltas intentando hacerlo. Seguro que entonces sí que se quejaban.
Consuela saber, de todas formas, que, siempre que se han propuesto medidas en este sentido, invariablemente se ha contado con la oposición de este colectivo, lo cual es un indicador inequívoco de que se están haciendo las cosas bien, porque, una vez implementadas, nadie quiere revertir un proceso de estos. Tampoco en Pamplona.
¿No sería mejor que esas asociaciones de comerciantes comenzaran a replantearse su misión y descubrieran que igual el quid de la cuestión de la salud comercial de una ciudad no depende tanto de la movilidad y del espacio público como de responder a las expectativas de la clientela que han cambiado diametralmente y que quizás los comercios no han sabido adaptarse a los nuevos tiempos, no han sabido reinventarse, han perdido atractivo y eso depende mucho más de ellos que lo que están dispuestos a reconocer?
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Lechugas en una carnicería
- Ya tenía ganas de visitar una tienda para vegetarianos - comentaba el otro día un honorable visitante en nuestro garito. Un representante de una de las más prestigiosas marcar de nuestro universo ciclista cercano que vino a espiar con tarjeta de visita. Todo un bicitante.
- Tratar de vender bicicletas y accesorios para el ciclismo urbano en tiendas de bicis deportivas es como vender lechugas en una carnicería.
Interesante analogía.
Se molestan. Los ciclistas urbanos y los deportivos. Al menos, como consumidores. De hecho, no se sienten identificados por más que ambos anden en bici. No tienen nada que ver. Incluso siendo las mismas personas, son facetas aisladas, una suerte de Dr.Jekyll y Mr.Hyde. Distintas actitudes, distintos objetivos, distintas necesidades, que requieren un trato diferenciado. Ni mejores ni peores, distintos.
Hay todavía mucha gente que sigue sorprendiéndose de que haya establecimientos especializados en la bicicleta como medio de locomoción y como medio de transporte incluso en ciudades tan bien surtidas de tiendas de bicis como Pamplona (probablemente la ciudad con mejores tiendas de bicis de todo el mundo por habitante).
Las propias marcas de bicicletas, las fuertes, las poderosas, se encuentran con este problema, con esta disquisición. Es difícil vender comida para vegetarianos en una carnicería. Aunque haya voluntad. Simplemente porque el cliente no se siente identificado, no se siente comprendido por el vendedor. No pasa nada más.
Por eso surgen como setas establecimientos especializados en algo que para las grandes tiendas no pasa de ser una sección más o menos marginal.
- Tratar de vender bicicletas y accesorios para el ciclismo urbano en tiendas de bicis deportivas es como vender lechugas en una carnicería.
Interesante analogía.
Se molestan. Los ciclistas urbanos y los deportivos. Al menos, como consumidores. De hecho, no se sienten identificados por más que ambos anden en bici. No tienen nada que ver. Incluso siendo las mismas personas, son facetas aisladas, una suerte de Dr.Jekyll y Mr.Hyde. Distintas actitudes, distintos objetivos, distintas necesidades, que requieren un trato diferenciado. Ni mejores ni peores, distintos.
Hay todavía mucha gente que sigue sorprendiéndose de que haya establecimientos especializados en la bicicleta como medio de locomoción y como medio de transporte incluso en ciudades tan bien surtidas de tiendas de bicis como Pamplona (probablemente la ciudad con mejores tiendas de bicis de todo el mundo por habitante).
Las propias marcas de bicicletas, las fuertes, las poderosas, se encuentran con este problema, con esta disquisición. Es difícil vender comida para vegetarianos en una carnicería. Aunque haya voluntad. Simplemente porque el cliente no se siente identificado, no se siente comprendido por el vendedor. No pasa nada más.
Por eso surgen como setas establecimientos especializados en algo que para las grandes tiendas no pasa de ser una sección más o menos marginal.
lunes, 10 de diciembre de 2012
Los ciclistas lo hacemos mejor y más veces
Y de una forma más pausada, más tranquila, más amable, más serena, más cercana. Es la condición que nos impone nuestra querida bicicleta, pero también les pasa a los peatones. A los de verdad, a los que caminan. Me refiero a comprar, a consumir, aunque seguro que es extensible a otras facetas de nuestras vidas.
No podemos acarrear grandes cargas, no necesitamos justificar nuestro desplazamiento porque no nos cuesta hacerlo, no vamos estresados, no somos tan compulsivos como los automovilistas, porque lo tenemos todo más a mano, más accesible y podemos parar cuando nos dé la gana y donde nos de la gana. Pero eso nos permite ser más racionales, màs detallistas, valorar más los consejos de nuestros tenderos, dedicar más tiempo a elegir, hacer más visitas.
No es una opinión, hay una certeza demostrada de que esto funciona así, por más que muchos comerciantes, todavía la mayoría en algunas partes sigan aferrados a la creencia y a la imposición de que sólo a través de dar facilidades de aparcamiento a los coches, si puede ser en rotación mejor, conseguirán mantener su clientela. Y de hecho aceptan a regañadientes fórmulas como las de las peatonalizaciones siempre que garanticen el acceso y el aparcamiento automovilístico. De otra manera, se consideran presas fáciles de las grandes superficies y de los centros comerciales que ofrecen este tipo de facilidades, cuando no están totalmente organizados para los coches.
El último estudio que demuestra esta evidencia proviene de una de las sociedades más autodependientes del planeta, la estadounidense. Aunque quizá el estado de Oregón no sea el más representativo, porque es el que más y con mejor resultado ha apostado por la movilidad ciclista, al menos en su capital, Portland. Es precisamente un estudio realizado para el Instituto de Investigación y Educación para el Transporte de Oregón el que saca estas conclusiones, después de hacer un seguimiento a más de 20.000 personas a pie de calle, entrevistándolos en supermercados, restaurantes, bares y tiendas.
De acuerdo con este estudio, los automovilistas siguen llevando la voz cantante en los supermercados, establecimientos diseñados precisamente para hacer la compra en coche, donde, curiosamente, no marcan una diferencia importante respecto al resto de grupos modales. En el resto de comercios objeto de este estudio, peatones, ciclistas y usuarios del transporte público compran más al cabo del mes que los deseados automovilistas.
Pero no es el único estudio de estas características que llega a esta conclusión. Hay muchos otros estudios que ya lo habían dicho referenciados en otros escenarios. Uno igualmente revelador se presentó hace ya 10 años en la Universidad de Aalborg (Dinamarca).
Un dato a tener en cuenta cuando argumentemos aquello de si los ciclistas "son" o "no son" en la configuración de la ciudad deseable. Otro mito que tiene que caer es que el coche es sinónimo de poder adquisitivo y que la bicicleta es sólo para pobres indeseables para nuestros comerciantes y hosteleros. Nada más lejos de la realidad.
No podemos acarrear grandes cargas, no necesitamos justificar nuestro desplazamiento porque no nos cuesta hacerlo, no vamos estresados, no somos tan compulsivos como los automovilistas, porque lo tenemos todo más a mano, más accesible y podemos parar cuando nos dé la gana y donde nos de la gana. Pero eso nos permite ser más racionales, màs detallistas, valorar más los consejos de nuestros tenderos, dedicar más tiempo a elegir, hacer más visitas.
No es una opinión, hay una certeza demostrada de que esto funciona así, por más que muchos comerciantes, todavía la mayoría en algunas partes sigan aferrados a la creencia y a la imposición de que sólo a través de dar facilidades de aparcamiento a los coches, si puede ser en rotación mejor, conseguirán mantener su clientela. Y de hecho aceptan a regañadientes fórmulas como las de las peatonalizaciones siempre que garanticen el acceso y el aparcamiento automovilístico. De otra manera, se consideran presas fáciles de las grandes superficies y de los centros comerciales que ofrecen este tipo de facilidades, cuando no están totalmente organizados para los coches.
El último estudio que demuestra esta evidencia proviene de una de las sociedades más autodependientes del planeta, la estadounidense. Aunque quizá el estado de Oregón no sea el más representativo, porque es el que más y con mejor resultado ha apostado por la movilidad ciclista, al menos en su capital, Portland. Es precisamente un estudio realizado para el Instituto de Investigación y Educación para el Transporte de Oregón el que saca estas conclusiones, después de hacer un seguimiento a más de 20.000 personas a pie de calle, entrevistándolos en supermercados, restaurantes, bares y tiendas.
Pero no es el único estudio de estas características que llega a esta conclusión. Hay muchos otros estudios que ya lo habían dicho referenciados en otros escenarios. Uno igualmente revelador se presentó hace ya 10 años en la Universidad de Aalborg (Dinamarca).
Un dato a tener en cuenta cuando argumentemos aquello de si los ciclistas "son" o "no son" en la configuración de la ciudad deseable. Otro mito que tiene que caer es que el coche es sinónimo de poder adquisitivo y que la bicicleta es sólo para pobres indeseables para nuestros comerciantes y hosteleros. Nada más lejos de la realidad.
martes, 2 de octubre de 2012
La verdadera revolución de las bicicletas
Nos henos querido creer que la revolución de las bicicletas era una especie de comunión planetaria, una eclosión global, cuando en nuestro entorno inmediato no pasaba de un mero juego estadístico amañado de alguna manera por unos cuantos interesados en que aquello diera unos resultados (que para eso sirve la estadística). Gente que usa la bici arrebañada en millones, usos de los sistemas de bicicletas públicas, número estimado de bicicletas disponibles en los hogares, participantes en masas críticas o fiestas de la bici o puro conteo de frikis por hora en puntos estratégicamente seleccionados de la ciudad. Todo se presentaba en magnitudes megalomaníacas con tal de demostrar por pura extrapolación que esto iba viento en popa.
Hoy se han hecho públicas las cifras de las ventas de bicicletas en Italia en 2011 y las sospechas de esa emoción exultante y muchas veces infundada se empiezan a hacer realidad. En Italia ese año se vendieron más bicicletas que coches.
Llamémoslo crisis, llamémoslo economía doméstica, llamémoslo tendencia, el caso es que estas cifras ya no son tan relativas. La bicicleta se está imponiendo día a día. Por juego, por ocio, por deporte y por transporte, y eso no se puede relativizar. Poco a poco, inexorablemente, el renacimiento de este vehículo es un hecho constatable, a pesar de todas las dificultades con las que está contando para desarrollarse.
Sin ayudas, sin subsidios, sin inversión, sin educación, sin cultura, sin respeto, sin planificación, sin más. Por la pura elección de personas individuales, por su convicción, por su sentido común, por su inteligencia.
¿Cuánto más vamos a seguir dando alas al coche y subsidiando su declive?
Hoy se han hecho públicas las cifras de las ventas de bicicletas en Italia en 2011 y las sospechas de esa emoción exultante y muchas veces infundada se empiezan a hacer realidad. En Italia ese año se vendieron más bicicletas que coches.
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Fuente: La Repubblica |
Llamémoslo crisis, llamémoslo economía doméstica, llamémoslo tendencia, el caso es que estas cifras ya no son tan relativas. La bicicleta se está imponiendo día a día. Por juego, por ocio, por deporte y por transporte, y eso no se puede relativizar. Poco a poco, inexorablemente, el renacimiento de este vehículo es un hecho constatable, a pesar de todas las dificultades con las que está contando para desarrollarse.
Sin ayudas, sin subsidios, sin inversión, sin educación, sin cultura, sin respeto, sin planificación, sin más. Por la pura elección de personas individuales, por su convicción, por su sentido común, por su inteligencia.
¿Cuánto más vamos a seguir dando alas al coche y subsidiando su declive?
miércoles, 19 de septiembre de 2012
El día que San Miguel se puso el casco
Mencionábamos ayer la participación de Induráin en una marcha ciclista hasta las fauces de la factoría de Volkswagen en Pamplona, como una representación del tributo al Rey Coche en una desafortunada, por llamarlo de alguna manera, inauguración de la Semana de la Movilidad Sostenible.
Hoy vamos a detenernos un momento en un detalle, que, como todo en la vida pública de estos animales mediáticos que son los ídolos deportivos y los políticos, no fue para nada improvisado. Se trata de esa foto buscada de las personalidades participantes en la fastuosa marcha ajustándose el casco para regocijo de participantes y reporteros presentes.
Este acto que para muchas personas representará una nadería y que para otras será una demostración inequívoca de ejemplar responsabilidad y de prevención, no es sino una jugada burda, otra, para consolidar una estrategia encaminada a denigrar el uso de la bicicleta en la ciudad. La polémica del casco, con actos como éste, queda zanjada por los medios más potentes con los que cuenta esta sociedad, los de comunicación de masas.
Que Miguel Induráin, San Miguel, se coloque un casco y haga ostentación del mismo, significa en términos mediáticos la consagración de este gesto y sepulta cualquier intento de polemizar al respecto. Miguel Induráin, que el viernes y tampoco por casualidad, hacía una aparición estelar en el Expobike, de la mano de, ni más ni menos, que Doña Esperanza Aguirre (hasta ayer Presidenta de la Comunidad de Madrid) para bendecir esta feria (organizada curiosamente por su hermana en las mismas fechas que la decana Festibike), ayer se enfundaba un casco para alegría de los congregados, en presencia de su propio hermano Prudencio, que resulta que es Director del Instituto Navarro de Deporte y Juventud..
No parece que haga falta profundizar más en el asunto, como en la omnipresencia de esos nefastos chalecos reflectantes de coche a plena luz del día. Esto está hablado, está apalabrado, está decidido: andar en bici en la ciudad es peligroso, incómodo... inconveniente. Vale como juguete, vale como deporte y vale como ocio, pero no como vehículo.
Por cierto, para los que duden de la integridad de los personajes, Miguel Induráin no utiliza casco para sus desplazamientos urbanos en bicicleta, que por cierto son frecuentes. Tampoco usa chaleco salvavidas reflectante.
Hoy vamos a detenernos un momento en un detalle, que, como todo en la vida pública de estos animales mediáticos que son los ídolos deportivos y los políticos, no fue para nada improvisado. Se trata de esa foto buscada de las personalidades participantes en la fastuosa marcha ajustándose el casco para regocijo de participantes y reporteros presentes.
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Miguel Induráin se ajusta el casco ante la atenta mirada de su hermano Pruden |
Este acto que para muchas personas representará una nadería y que para otras será una demostración inequívoca de ejemplar responsabilidad y de prevención, no es sino una jugada burda, otra, para consolidar una estrategia encaminada a denigrar el uso de la bicicleta en la ciudad. La polémica del casco, con actos como éste, queda zanjada por los medios más potentes con los que cuenta esta sociedad, los de comunicación de masas.
Que Miguel Induráin, San Miguel, se coloque un casco y haga ostentación del mismo, significa en términos mediáticos la consagración de este gesto y sepulta cualquier intento de polemizar al respecto. Miguel Induráin, que el viernes y tampoco por casualidad, hacía una aparición estelar en el Expobike, de la mano de, ni más ni menos, que Doña Esperanza Aguirre (hasta ayer Presidenta de la Comunidad de Madrid) para bendecir esta feria (organizada curiosamente por su hermana en las mismas fechas que la decana Festibike), ayer se enfundaba un casco para alegría de los congregados, en presencia de su propio hermano Prudencio, que resulta que es Director del Instituto Navarro de Deporte y Juventud..
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Esperanza Aguirre "compite" con Miguel Induráin en la carrera mediática de Ifema contra Festibike |
No parece que haga falta profundizar más en el asunto, como en la omnipresencia de esos nefastos chalecos reflectantes de coche a plena luz del día. Esto está hablado, está apalabrado, está decidido: andar en bici en la ciudad es peligroso, incómodo... inconveniente. Vale como juguete, vale como deporte y vale como ocio, pero no como vehículo.
Por cierto, para los que duden de la integridad de los personajes, Miguel Induráin no utiliza casco para sus desplazamientos urbanos en bicicleta, que por cierto son frecuentes. Tampoco usa chaleco salvavidas reflectante.
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lunes, 3 de septiembre de 2012
La Europa de las Bicis no nos quiere
Para esos todopoderosos centroeuropeos, los de aquí abajo somos poco menos que unos simpaticos trogloditas subdesarrollados en esto de las bicicletas no deportivas y, por eso, se permiten el lujo de despreciarnos. No somos una potencia, no representamos un objetivo en su lógica de mercado, no quieren intervenirnos, simplemente nos ignoran.
No lo digo por decir. Cuando te acercas a un interlocutor, representante de la industria de la bicicleta de cualquiera de esos países poderosos, léase Alemania y Holanda principalmente, y les cuentas de dónde vienes y tu interés por sus productos, estos te miran con una sonrisa de esas que sólo ellos saben poner y que a ti te da para atrás porque sabes lo que significa.
Y se quedan tan panchos. Y tú que puedes ser un distribuidor importante, un comerciante experto o un agente potencial, te quedas con dos palmos de narices y te dan ganas de soltarles un "pues que os lo comáis con patatas", pero te sobrepones y les plantas tu sonrisa, en la que ellos adivinan estupidez envidiosa, pasas y sigues con el juego comercial.
La Europa de las Bicis, con mayúsculas mayestáticas, no entiende al Sur, aunque muchos de ellos veraneen aquí o tengan planes de retiro o incluso de vida aquí. Simplemente les hacemos gracia. No entienden que el Sur tiene un potencial que ya no lo tiene el Norte, que esto es mucho más ciclable, que aquí acompaña el sol muchas más horas que allí. Pero que aquí no valen sus bicis aunque sí sus accesorios. Porque aquí hay más cuestas, menos carriles bici, las ciudades son más intrincadas, el paisaje más atractivo y la gente es más pequeña y sabe menos inglés y prácticamente nada de alemán. Por eso se permiten mirarnos por encima del hombro.
Esta prepotencia es más producto de la reluctancia cultural, de la disparidad de formas de vida, y de la poca predisposición a empatizar con algo que no quieren entender, porque siguen pensando que van a venir los ingleses o mejor los americanos y les van a comprar un montón, porque en el fondo les admiran, porque son rubios o pelirrojos y hablan como ellos, o al menos eso creen.
En fin, llamarme envidioso, pero creo que estos teutones y sus enojados vecinos se pierden un buen festín, por no saber sembrar y por estar sólo para recoger, o para recaudar, o para dominar que es lo que les gusta.
Allá ellos. Ellos se lo pierden. A ver cuánto les dura.
No lo digo por decir. Cuando te acercas a un interlocutor, representante de la industria de la bicicleta de cualquiera de esos países poderosos, léase Alemania y Holanda principalmente, y les cuentas de dónde vienes y tu interés por sus productos, estos te miran con una sonrisa de esas que sólo ellos saben poner y que a ti te da para atrás porque sabes lo que significa.
"Toda España vende lo que una tienda de Frankfurt"
Y se quedan tan panchos. Y tú que puedes ser un distribuidor importante, un comerciante experto o un agente potencial, te quedas con dos palmos de narices y te dan ganas de soltarles un "pues que os lo comáis con patatas", pero te sobrepones y les plantas tu sonrisa, en la que ellos adivinan estupidez envidiosa, pasas y sigues con el juego comercial.
La Europa de las Bicis, con mayúsculas mayestáticas, no entiende al Sur, aunque muchos de ellos veraneen aquí o tengan planes de retiro o incluso de vida aquí. Simplemente les hacemos gracia. No entienden que el Sur tiene un potencial que ya no lo tiene el Norte, que esto es mucho más ciclable, que aquí acompaña el sol muchas más horas que allí. Pero que aquí no valen sus bicis aunque sí sus accesorios. Porque aquí hay más cuestas, menos carriles bici, las ciudades son más intrincadas, el paisaje más atractivo y la gente es más pequeña y sabe menos inglés y prácticamente nada de alemán. Por eso se permiten mirarnos por encima del hombro.
Esta prepotencia es más producto de la reluctancia cultural, de la disparidad de formas de vida, y de la poca predisposición a empatizar con algo que no quieren entender, porque siguen pensando que van a venir los ingleses o mejor los americanos y les van a comprar un montón, porque en el fondo les admiran, porque son rubios o pelirrojos y hablan como ellos, o al menos eso creen.
En fin, llamarme envidioso, pero creo que estos teutones y sus enojados vecinos se pierden un buen festín, por no saber sembrar y por estar sólo para recoger, o para recaudar, o para dominar que es lo que les gusta.
Allá ellos. Ellos se lo pierden. A ver cuánto les dura.
jueves, 8 de marzo de 2012
¿Qué podemos hacer para que roben más bicis?
Vivimos un momento histórico en general que se caracteriza por lo descabellado de las propuestas que se hacen y por lo desafortunado de aquellas que se eligen para resolver los problemas o mejorar las situaciones actuales. En un mundo que ha perdido el sentido común y que se mueve por el puro sensacionalismo, las propuestas salidas de madre han copado las agendas de nuestros excelsos gestores. Así pues, ahí va una para el aparato pro-bici: necesitamos promocionar el robo de bicis. O, cuando menos, no perseguirlo de una manera muy contumaz, que viene a ser lo mismo.

Para conseguirlo vamos a recomendar a la gente utilizar candados de baja seguridad (sirgas, cadenas de ferretería, pitones baratos) que además son baratos, ligeros y fáciles de violar, con lo cual no obligamos a los cacos a llevar útiles caros, complicados o pesados.
También vamos a invitar a la gente a que cande sus bicicletas de manera negligente (una rueda basta, o sólo el sillín, a algún elemento fácilmente removible o a nada, etc.) y sólo cuando se pongan especialmente pesados en que quieren candar su bici.
Vamos a colocar aparcabicis en lugares poco visibles, discretos y donde no queden demasiado expuestos los amantes de lo ajeno, para que así puedan trabajar con comodidad y sin agobios.
Vamos a dar una cobertura legal suficiente al tema del robo de bicis, de manera que sea difícilmente demostrable, enjuiciable y condenable su ejercicio y los sufridos ladrones no cumplan penas y sólo pasen el duro trago de ser denunciados y, como mucho, tener antecedentes con faltas que ya es bastante teniendo en cuenta lo ingrato y lo expuesto de su trabajo.
No vamos a habilitar aparcamientos cerrados, vigilados y seguros porque no tienen ningún sentido, ya que, como de todos es bien sabido, las bicicletas necesitan dormir y estar aparcadas a la intemperie a merced de cualquiera que quiera comprobar cualquier cosa en ellas. Si no les gustara tanto el aire libre no las hubieran hecho descapotables.
No vamos a perseguir el robo y mucho menos el comercio de bicicletas robadas porque es algo menor, que no hace economía, que conllevaría unos gastos increíbles para unos frutos muy pequeños y que, además, nadie está demandando porque, en el fondo, todo el mundo sabe que está en la naturaleza de las bicicletas en la ciudad que estas sean robadas de vez en cuando.
Y tampoco vamos a hacer ninguna campaña de prevención en la que informemos suficientemente de todo esto porque no ha lugar y porque no tendría ningún beneficio social remarcable.
Ya pensaremos si puede resultar conveniente instruir a los ladrones sobre los métodos más rápidos y más eficientes para violar los distintos sistemas de seguridad que se utilizan en las bicicletas, aunque quizá sea demasiado caro y el sector ha demostrado un nivel de autoaprendizaje y competencia suficiente.
Básicamente, para afianzar el resto de medidas que se han ido poniendo en juego en el escenario biciclista nacional, esto es: bicicletas públicas, aparcabicis espectaculares y registros de bicicletas. Y, además, para vender un buen montón de bicicletas y de candados y así ganamos todos.
Esto, que dicho así puede parecer una temeridad incendiaria, no es más que el resultado de aplicar una lógica burda al estado de la cosa tal como ha ido derivando hasta nuestros días.
Así, la bicicleta pública se ha implantado con el efecto llamada de poder contar con una bicicleta de manera prácticamente gratuita para evitar así todas las incomodidades de la utilización de una bicicleta particular en propiedad: guarderío, mantenimiento, vandalismo y, sobre todo, robo. O lo que es lo mismo, con las bicicletas públicas vendidas como servicio de transporte público, el ayuntamiento baja la guardia y evita atender otras necesidades de los ciclistas privados como aparcamiento seguro y persecución del robo y del vandalismo.
La imposibilidad de montar sistemas de bicis públicas en zonas residenciales y periféricas ha dado lugar a una nueva fórmula espectacular: el aparcabicis ostentoso. En diversas formulaciones, con todo el atrevimiento desorbitado posible, que en eso estamos.
El tercer gran invento en este escenario descabellado es la introducción de los registros y marcajes de bicicletas, más o menos agresivos, más o menos difundidos, más o menos improvisados, como herramienta para disuadir del robo y trabajar en la recuperación de las bicicletas sustraídas. Mediante chapas, pegatinas inviolables, chips milagrosos y un registro informático más o menos público, la promesa en este caso es que ningún ladrón mínimamente razonable (no sé cuántos ladrones razonables hay operando por aquí) va a osar robar una bici marcada y que ningún policía (de los municipios con el sistema en marcha) va a dejar de perseguir y preocuparse por constatar que las bicis marcadas están en manos de sus dueños legítimos, coordinándose celosamente con sus semejantes en otros municipios y en otros cuerpos policiales. Estos sistemas necesitan, por defición, la contribución de los ladrones, si cuya imprescindible labor, cuanto más masiva mejor, no tendrían sentido.
Eso y el cuento ese de que cuantas más bicis se roben más bicis se venderán que es otro silogismo que parte de un supuesto equivocado que es el de la reposición necesaria. Normalmente una bici robada da lugar a una disyuntiva: comprar una bici barata (2ª mano o básica) o renunciar a la aventura bici (lo cual se produce con mucha más frecuencia de la que creemos). Candados por suerte sí se venden más y cada vez de más calidad, lo cual es un buen indicador del grado de madurez de la población ciclista y de la importancia que va ganando la bici como vehículo utilitario de primera necesidad.
Todo este aparato hay que mantenerlo de alguna manera funcionando. Así pues, sigamos por el camino de no atajar los problemas de una manera directa y sigamos haciendo de esto un circo complicado, caro, inexplicable y dependiente de la confabulación de un montón de actores, y seguiremos complicando algo que era muy sencillo y muy barato (sobre todo para las arcas públicas que, según nos cuentan, no están más que para recortarse) para beneficio de unos cuantos y entretenimiento del público congregado.
¿Cómo vamos a hacerlo?
Para conseguirlo vamos a recomendar a la gente utilizar candados de baja seguridad (sirgas, cadenas de ferretería, pitones baratos) que además son baratos, ligeros y fáciles de violar, con lo cual no obligamos a los cacos a llevar útiles caros, complicados o pesados.
También vamos a invitar a la gente a que cande sus bicicletas de manera negligente (una rueda basta, o sólo el sillín, a algún elemento fácilmente removible o a nada, etc.) y sólo cuando se pongan especialmente pesados en que quieren candar su bici.
Vamos a colocar aparcabicis en lugares poco visibles, discretos y donde no queden demasiado expuestos los amantes de lo ajeno, para que así puedan trabajar con comodidad y sin agobios.
Vamos a dar una cobertura legal suficiente al tema del robo de bicis, de manera que sea difícilmente demostrable, enjuiciable y condenable su ejercicio y los sufridos ladrones no cumplan penas y sólo pasen el duro trago de ser denunciados y, como mucho, tener antecedentes con faltas que ya es bastante teniendo en cuenta lo ingrato y lo expuesto de su trabajo.
No vamos a habilitar aparcamientos cerrados, vigilados y seguros porque no tienen ningún sentido, ya que, como de todos es bien sabido, las bicicletas necesitan dormir y estar aparcadas a la intemperie a merced de cualquiera que quiera comprobar cualquier cosa en ellas. Si no les gustara tanto el aire libre no las hubieran hecho descapotables.
No vamos a perseguir el robo y mucho menos el comercio de bicicletas robadas porque es algo menor, que no hace economía, que conllevaría unos gastos increíbles para unos frutos muy pequeños y que, además, nadie está demandando porque, en el fondo, todo el mundo sabe que está en la naturaleza de las bicicletas en la ciudad que estas sean robadas de vez en cuando.
Y tampoco vamos a hacer ninguna campaña de prevención en la que informemos suficientemente de todo esto porque no ha lugar y porque no tendría ningún beneficio social remarcable.
Ya pensaremos si puede resultar conveniente instruir a los ladrones sobre los métodos más rápidos y más eficientes para violar los distintos sistemas de seguridad que se utilizan en las bicicletas, aunque quizá sea demasiado caro y el sector ha demostrado un nivel de autoaprendizaje y competencia suficiente.
¿Para qué lo haremos?
Básicamente, para afianzar el resto de medidas que se han ido poniendo en juego en el escenario biciclista nacional, esto es: bicicletas públicas, aparcabicis espectaculares y registros de bicicletas. Y, además, para vender un buen montón de bicicletas y de candados y así ganamos todos.
Esto, que dicho así puede parecer una temeridad incendiaria, no es más que el resultado de aplicar una lógica burda al estado de la cosa tal como ha ido derivando hasta nuestros días.
Así, la bicicleta pública se ha implantado con el efecto llamada de poder contar con una bicicleta de manera prácticamente gratuita para evitar así todas las incomodidades de la utilización de una bicicleta particular en propiedad: guarderío, mantenimiento, vandalismo y, sobre todo, robo. O lo que es lo mismo, con las bicicletas públicas vendidas como servicio de transporte público, el ayuntamiento baja la guardia y evita atender otras necesidades de los ciclistas privados como aparcamiento seguro y persecución del robo y del vandalismo.
La imposibilidad de montar sistemas de bicis públicas en zonas residenciales y periféricas ha dado lugar a una nueva fórmula espectacular: el aparcabicis ostentoso. En diversas formulaciones, con todo el atrevimiento desorbitado posible, que en eso estamos.
El tercer gran invento en este escenario descabellado es la introducción de los registros y marcajes de bicicletas, más o menos agresivos, más o menos difundidos, más o menos improvisados, como herramienta para disuadir del robo y trabajar en la recuperación de las bicicletas sustraídas. Mediante chapas, pegatinas inviolables, chips milagrosos y un registro informático más o menos público, la promesa en este caso es que ningún ladrón mínimamente razonable (no sé cuántos ladrones razonables hay operando por aquí) va a osar robar una bici marcada y que ningún policía (de los municipios con el sistema en marcha) va a dejar de perseguir y preocuparse por constatar que las bicis marcadas están en manos de sus dueños legítimos, coordinándose celosamente con sus semejantes en otros municipios y en otros cuerpos policiales. Estos sistemas necesitan, por defición, la contribución de los ladrones, si cuya imprescindible labor, cuanto más masiva mejor, no tendrían sentido.
Eso y el cuento ese de que cuantas más bicis se roben más bicis se venderán que es otro silogismo que parte de un supuesto equivocado que es el de la reposición necesaria. Normalmente una bici robada da lugar a una disyuntiva: comprar una bici barata (2ª mano o básica) o renunciar a la aventura bici (lo cual se produce con mucha más frecuencia de la que creemos). Candados por suerte sí se venden más y cada vez de más calidad, lo cual es un buen indicador del grado de madurez de la población ciclista y de la importancia que va ganando la bici como vehículo utilitario de primera necesidad.
Todo este aparato hay que mantenerlo de alguna manera funcionando. Así pues, sigamos por el camino de no atajar los problemas de una manera directa y sigamos haciendo de esto un circo complicado, caro, inexplicable y dependiente de la confabulación de un montón de actores, y seguiremos complicando algo que era muy sencillo y muy barato (sobre todo para las arcas públicas que, según nos cuentan, no están más que para recortarse) para beneficio de unos cuantos y entretenimiento del público congregado.
jueves, 1 de marzo de 2012
Hoy cierro el blog
Porque no aguanto más que la gente, esa pandilla de interesados y aprovechados, pirateen mis artículos sin pedirme permiso. Porque no soporto que no me idolatren por el esfuerzo que hago todos los días por ser un profeta del rollo del que escribo. Porque nadie contrata mis servicios ni me paga por lo que hago o lo que me gustaría hacer. Porque muchos atrevidos ponen en cuestión mis opiniones. Lo cierro y punto.
Eso ha debido pensar David Hembrow, uno de los autores más sagrados y consagrados de la defensa del carril bici holandés a ultranza, que hasta ayer publicaba A View from the Cycle Path (una mirada desde el carril bici), uno de los blogs más exitosos del mundillo pro-bici cibernético. David se ha enfadado y se ha quedado con el balón, porque era suyo, y ha dejado a todo su batallón de seguidores sin juguete, así por las malas. El caso, que se ha preocupado en explicar en la única entrada a la que se puede acceder, es sangrante, aunque no por eso sea menos habitual.

David, un cestero inglés emigrado al paraíso neerlandés para convertirse en misionero de la causa carrilbicista en el universo mundial angloparlante y guía turístico del tema, resulta que no ha conseguido ni desde el exilio ser profeta en su tierra natal y se ha rebotado por las falsas promesas de algunas de las principales entidades del rollo ciclista, a saber: la LCC, la ETA y la ECF, o lo que es lo mismo, la London Cycling Campaign, la Environmental Transport Association y la European Cyclists' Federation.
No vale la pena entrar en detalles, porque son bastante nimios, una pataleta, lo que sí se merece unas líneas es la reacción de este blogger afrentado. Pretender que los contenidos de un blog o la simple actividad creativa que se publica abiertamente en la red son algo más que un ejercicio de altruismo divulgativo, más o menos exitoso y más o menos íntegro y responsable, es pedirle demasiado a internet. Perder la noción de esto y correr el riesgo de endiosarse es todo uno.
Hay que saber cuál es el sentido de escribir cada día o cada semana o cada mes. Para el que escribe. Y luego ser responsable respecto de lo que se publica. Reclamar derechos de autor, presuponer que necesariamente tus lectores son tus clientes, exigir integridad en este mar de piratas es haber perdido el norte. Todo tiene un sentido y todo tiene un momento, y es comprensible que si el objetivo de un blog era puramente mercantilista es lógico que este se clausure cuando no da los réditos esperados.
Yo sigo creyendo que esto se hace porque sí, porque uno cree que es interesante, emocionante y útil. Si no, es mejor plegar. David Hembrow ha plegado despechado como una figura del toreo, que uno nunca sabe si es una retirada definitiva o si es un brindis al sol a modo de órdago farolero.
Le echaremos de menos. Una lástima ¿El siguiente por favor?
Eso ha debido pensar David Hembrow, uno de los autores más sagrados y consagrados de la defensa del carril bici holandés a ultranza, que hasta ayer publicaba A View from the Cycle Path (una mirada desde el carril bici), uno de los blogs más exitosos del mundillo pro-bici cibernético. David se ha enfadado y se ha quedado con el balón, porque era suyo, y ha dejado a todo su batallón de seguidores sin juguete, así por las malas. El caso, que se ha preocupado en explicar en la única entrada a la que se puede acceder, es sangrante, aunque no por eso sea menos habitual.

David, un cestero inglés emigrado al paraíso neerlandés para convertirse en misionero de la causa carrilbicista en el universo mundial angloparlante y guía turístico del tema, resulta que no ha conseguido ni desde el exilio ser profeta en su tierra natal y se ha rebotado por las falsas promesas de algunas de las principales entidades del rollo ciclista, a saber: la LCC, la ETA y la ECF, o lo que es lo mismo, la London Cycling Campaign, la Environmental Transport Association y la European Cyclists' Federation.

Hay que saber cuál es el sentido de escribir cada día o cada semana o cada mes. Para el que escribe. Y luego ser responsable respecto de lo que se publica. Reclamar derechos de autor, presuponer que necesariamente tus lectores son tus clientes, exigir integridad en este mar de piratas es haber perdido el norte. Todo tiene un sentido y todo tiene un momento, y es comprensible que si el objetivo de un blog era puramente mercantilista es lógico que este se clausure cuando no da los réditos esperados.
Yo sigo creyendo que esto se hace porque sí, porque uno cree que es interesante, emocionante y útil. Si no, es mejor plegar. David Hembrow ha plegado despechado como una figura del toreo, que uno nunca sabe si es una retirada definitiva o si es un brindis al sol a modo de órdago farolero.
Le echaremos de menos. Una lástima ¿El siguiente por favor?
miércoles, 1 de febrero de 2012
24 horas en Amsterdam
Me llevo tres impresiones de una visita acelerada de apenas un día a Amsterdam. Es claro que 24 horas no dan para gran cosa, pero son suficientes para darte cuenta de algo más que el mero hecho de que hay turistas, canales, coffee shops, putas en la calle y un buen monton de gente andando en bicicleta por todos los lados.
Pues sí. Lo que más impresiona de muchas ciudades donde la bici se ha normalizado y se ha masificado como en es el caso de Amsterdam es la sensación de que aquello es poco menos que un basurero de bicicletas. Nos pasa incluso a los que somos auténticos apasionados del rollo. Es una sensación inquietante para alguien para el que ver bicicletas en la calle siempre resulta ilusionante. Montones de bicicletas agolpadas, tiradas, abandonadas o no, obstaculizando aceras, ensuciando calles principales, representan una visión realmente desagradable para una ciudad, y no es que me gusten las ciudades esterilizadas, pero esto es demasiado.
Y no me estoy refiriendo precisamente bancos para sentarse, no. En la capital neerlandesa, purgatorio financiero de buena parte de Europa, no hay locales ocupados por entidades financieras. O al menos no en las calles principales, ni en las secundarias del centro de la ciudad. No es una cosa que sorprenda a primera vista porque no los echas de menos. Es algo que te das cuenta en segunda instancia. De hecho, lo que sorprende, como en muchas ciudades europeas, es la cantidad y la calidad del comercio urbano, y, sobre todo, del comercio independiente. Creo sinceramente que una cosa va de la mano de la otra. Cuando el interés especulador y la falta de conciencia municipal permitieron que las entidades financieras y las aseguradoras coparan los mejores locales de nuestros centros urbanos, empezamos a firmar una pequeña sentencia de muerte al comercio local y, de paso, a nuestras calles principales. Sólo las grandes franquicias podrían competir por el precio e, incluso con eso, la actividad acabaría a las 3 de la tarde, amén de que los escaparates de unas y otras no aportaran nada a la calle.
Pasa en todas las ciudades que han cercenado la libertad de movimientos a los coches. Sorprende que en calles llenas de gente destaque la campana del tranvía sobre todo el murmullo humano. Y no es precisamente porque la gente aquí sea especialmente silenciosa o discreta, también ocurre en ciudades como Sevilla donde la algaravía es mucho mayor. El silencio es algo que no se valora suficientemente en la sociedad motorizada. Estamos tan habituados a la contaminación acústica, que, cuando nos la quitan, es como cuando se apaga la lavadora en la cocina de nuestras casas: nos quedamos maravillados por lo agradable que es el silencio.
No me gustaría dejar para otro momento el asunto de la presencia de las bicis, así que ahí va una pequeña muestra de lo que pudimos recoger en 24 horas de exposición.
Resíduos desagradables
Pues sí. Lo que más impresiona de muchas ciudades donde la bici se ha normalizado y se ha masificado como en es el caso de Amsterdam es la sensación de que aquello es poco menos que un basurero de bicicletas. Nos pasa incluso a los que somos auténticos apasionados del rollo. Es una sensación inquietante para alguien para el que ver bicicletas en la calle siempre resulta ilusionante. Montones de bicicletas agolpadas, tiradas, abandonadas o no, obstaculizando aceras, ensuciando calles principales, representan una visión realmente desagradable para una ciudad, y no es que me gusten las ciudades esterilizadas, pero esto es demasiado.
Falta de bancos
Y no me estoy refiriendo precisamente bancos para sentarse, no. En la capital neerlandesa, purgatorio financiero de buena parte de Europa, no hay locales ocupados por entidades financieras. O al menos no en las calles principales, ni en las secundarias del centro de la ciudad. No es una cosa que sorprenda a primera vista porque no los echas de menos. Es algo que te das cuenta en segunda instancia. De hecho, lo que sorprende, como en muchas ciudades europeas, es la cantidad y la calidad del comercio urbano, y, sobre todo, del comercio independiente. Creo sinceramente que una cosa va de la mano de la otra. Cuando el interés especulador y la falta de conciencia municipal permitieron que las entidades financieras y las aseguradoras coparan los mejores locales de nuestros centros urbanos, empezamos a firmar una pequeña sentencia de muerte al comercio local y, de paso, a nuestras calles principales. Sólo las grandes franquicias podrían competir por el precio e, incluso con eso, la actividad acabaría a las 3 de la tarde, amén de que los escaparates de unas y otras no aportaran nada a la calle.
El silencio
Pasa en todas las ciudades que han cercenado la libertad de movimientos a los coches. Sorprende que en calles llenas de gente destaque la campana del tranvía sobre todo el murmullo humano. Y no es precisamente porque la gente aquí sea especialmente silenciosa o discreta, también ocurre en ciudades como Sevilla donde la algaravía es mucho mayor. El silencio es algo que no se valora suficientemente en la sociedad motorizada. Estamos tan habituados a la contaminación acústica, que, cuando nos la quitan, es como cuando se apaga la lavadora en la cocina de nuestras casas: nos quedamos maravillados por lo agradable que es el silencio.
No me gustaría dejar para otro momento el asunto de la presencia de las bicis, así que ahí va una pequeña muestra de lo que pudimos recoger en 24 horas de exposición.
martes, 27 de diciembre de 2011
Acepta el reto de la bicicleta como transporte
Uno de los distribuidores más conscientes en el tema del ciclismo urbano en España, Bike Tech, ha lanzado un gran reto planetario en la plataforma Endomondo: el Bicycle Commuter Challenge 2012. El asunto es ver quién es el que hace más kilómetros en bicicleta como medio de transporte y puede acreditarlo navegando con su smartphone. La fórmula es sencilla, sólo tienes que tener un teléfono con internet y querer jugar, para ello tienes que darte de alta en Endomondo y basta. Los premios los pone Bike Tech en material para el ciclista urbano de primera calidad: Ortlieb, Brooks, Axa o Brompton.
Ahora bien, lo más interesante de esta propuesta no es el concurso en sí sino más bien la voluntad de un mero comerciante de material para el ciclista urbano de enredar a la gente con algo que sea actual, moderno e implicador y que incorpore la bicicleta a las últimas tecnologías virtuales y a las redes sociales.
Eso y la posibilidad de competir contra uno mismo, viendo tus evoluciones, tus estadísticas, tus "aportaciones" a tu bienestar.
Es quizá más esto lo que motiva este artículo, no querer tener más rivales con viajes seguramente más "competitivos" que los míos. Espero que haya categorías que incluyan inclemencias, constancia, transporte de niños o transporte de mercancías para tener alguna chance en esto...
Quedan pocos días para que comience. Aún estás a tiempo de ganarme. Ja, ja, ja...
Eso y la posibilidad de competir contra uno mismo, viendo tus evoluciones, tus estadísticas, tus "aportaciones" a tu bienestar.
Es quizá más esto lo que motiva este artículo, no querer tener más rivales con viajes seguramente más "competitivos" que los míos. Espero que haya categorías que incluyan inclemencias, constancia, transporte de niños o transporte de mercancías para tener alguna chance en esto...
Quedan pocos días para que comience. Aún estás a tiempo de ganarme. Ja, ja, ja...
martes, 3 de mayo de 2011
La bici vende
La bicicleta incorpora glamour, estilo, armonía, alegría, naturalidad, cercanía, sensualidad, dinamismo, modernidad, jovialidad, salud... pon una bicicleta en tu vida y en tu propuesta y verás como se convierte en algo atractivo.
Aunque sea algo ya conocido, está demostrado que los espacios amables, las zonas peatonales, las areas de acceso no motorizado bien concebidas impulsan el comercio de una manera importante, lejos de lo que defendían los postulados del siglo pasado, según los cuales a los clientes había que facilitarles el aparcamiento para sus automóviles en medio de la zona comercial (o en su subsuelo) porque, de no ser así, nadie se iba a proponer ir de comprar sin su coche.
Son muchas las ciudades que han podido comprobarlo. Esta semana las noticias positivas venían de Córdoba, antes ya habíamos tenido noticias de Sevilla, Vitoria o Badajoz entre otras. Mientras tanto, en otras partes de todavía seguimos conviviendo con una rancia cultura autocomercial que se mantiene fuerte en muchas plazas como Plasencia, Tudela , Avilés o Albacete.
La idea es dar un paso más allá de la simple desmotorización de determinados espacios que mantiene la lógica del acceso motorizado (aparcamientos subterráneos y zonas azules) y apostar por hacer políticas de revitalización comercial de esas zonas, incorporando elementos urbanísticos de calidad que busquen la utilización de los espacios con vocación relacional, contando con la colaboración de un buen transporte público y tratando de evitar la ocupación de los mejores locales por entidades y negocios que no aportan nada a la actividad social como son oficinas burocráticas, bancos y aseguradoras.
Además hay que desterrar la idea de que el verdadero consumidor va en coche. Está demostrado que la gente que se desplaza en bicicleta compra más que la que lo hace en coche, lo cual desbarata ese estereotipo del ciclista como hippie pobre.
Muchas marcas punteras ya se han lanzado a ello. Un ejemplo estupendo recomendado por Gonzalo es este anuncio de una tienda de Nueva York, que utiliza una bicicleta como complemento esencial para componer un mensaje comercial impecable.
Además hay que aprovechar y explotar las virtudes que tiene la bicicleta como elemento de comunicación y adornar las entradas de los comercios y los escaparates con artículos ciclistas que aporten todas esas características a nuestra propuesta comercial.

Sólo siendo capaces de reinventar la ciudad desde una lógica alejada de las exigencias de los 10 metros cuadrados de parking y de las autopistas urbanas podremos intentar revitalizar sus centros neurálgicos y hacerlos más agradables, más seguros, más atractivos y con mayor potencial económico y social.
Reconquistar espacios destinados a los coches para dárselos a las personas. Una fórmula simple, aunque no sencilla. Así lo explicaba el ilustre arquitecto urbanista danés Jan Gehl:
En el mismo sentido, leía la semana pasada un interesante artículo en This Big City que se titulaba Cómo las calles peatonales pueden impulsar la economía.
Aunque sea algo ya conocido, está demostrado que los espacios amables, las zonas peatonales, las areas de acceso no motorizado bien concebidas impulsan el comercio de una manera importante, lejos de lo que defendían los postulados del siglo pasado, según los cuales a los clientes había que facilitarles el aparcamiento para sus automóviles en medio de la zona comercial (o en su subsuelo) porque, de no ser así, nadie se iba a proponer ir de comprar sin su coche.
Son muchas las ciudades que han podido comprobarlo. Esta semana las noticias positivas venían de Córdoba, antes ya habíamos tenido noticias de Sevilla, Vitoria o Badajoz entre otras. Mientras tanto, en otras partes de todavía seguimos conviviendo con una rancia cultura autocomercial que se mantiene fuerte en muchas plazas como Plasencia, Tudela , Avilés o Albacete.
La idea es dar un paso más allá de la simple desmotorización de determinados espacios que mantiene la lógica del acceso motorizado (aparcamientos subterráneos y zonas azules) y apostar por hacer políticas de revitalización comercial de esas zonas, incorporando elementos urbanísticos de calidad que busquen la utilización de los espacios con vocación relacional, contando con la colaboración de un buen transporte público y tratando de evitar la ocupación de los mejores locales por entidades y negocios que no aportan nada a la actividad social como son oficinas burocráticas, bancos y aseguradoras.
Además hay que desterrar la idea de que el verdadero consumidor va en coche. Está demostrado que la gente que se desplaza en bicicleta compra más que la que lo hace en coche, lo cual desbarata ese estereotipo del ciclista como hippie pobre.
Muchas marcas punteras ya se han lanzado a ello. Un ejemplo estupendo recomendado por Gonzalo es este anuncio de una tienda de Nueva York, que utiliza una bicicleta como complemento esencial para componer un mensaje comercial impecable.
Además hay que aprovechar y explotar las virtudes que tiene la bicicleta como elemento de comunicación y adornar las entradas de los comercios y los escaparates con artículos ciclistas que aporten todas esas características a nuestra propuesta comercial.
Sólo siendo capaces de reinventar la ciudad desde una lógica alejada de las exigencias de los 10 metros cuadrados de parking y de las autopistas urbanas podremos intentar revitalizar sus centros neurálgicos y hacerlos más agradables, más seguros, más atractivos y con mayor potencial económico y social.
Reconquistar espacios destinados a los coches para dárselos a las personas. Una fórmula simple, aunque no sencilla. Así lo explicaba el ilustre arquitecto urbanista danés Jan Gehl:
En el mismo sentido, leía la semana pasada un interesante artículo en This Big City que se titulaba Cómo las calles peatonales pueden impulsar la economía.
miércoles, 5 de enero de 2011
Antes las bicicletas duraban más...
La obsolescencia planificada. Menudo término. Hasta ahora lo llamábamos: "Cada vez hacen las cosas para que duren menos a posta". Creo que viene a ser lo mismo. Yo me acuerdo que, antes, cuando invertías en algo estabas convencido de que era un valor seguro, que te iba a durar. Y hablo de bicis, claro.
Yo me acuerdo de cuando las bicicletas valían un buen dinero, pero también me acuerdo que se compraban para toda la vida. Y se iban montando, y mejorando. Con cariño. Porque duraban. Y nos enseñaban a cuidarlas, a mimarlas, a quererlas, porque nos iban a transportar durante muchos años, a muchos sitios. Me acuerdo de aquellos cuadros de acero de tubería Reynolds y Columbus, que hoy en día se cotizan en el mercado "fixie". Y los componentes: Campagnolo, Zeus, Sachs, Simplex, Arius, Mafac, Regina, Weinmann o Stronglight. Y muchos más.
Pero hubo un momento clave en la industria de la bicicleta. Un momento donde todo eso se empezó a acabar. Fue el fatídico tiempo de los contenedores. Que todavía hoy subsiste y amenaza con permanecer. Recuerdo trágicamente el día que descubrí que los dos artesanos que todavía fabricaban bicicletas en mi ciudad también se habían lanzado a ello.
¿Por qué?
Por precio y por comodidad. Era la gallina de los huevos de oro. Y hoy en día todavía lo es. Comprar allí a precio de risa y vender aquí a precio de mercado. Un chollo. Y todos dejaron de fabricar aquí y se pusieron a mirar a Oriente. Y vinieron los Reyes Magos. Claro que sí. Y dejaron un buen montón de regalos, que rápidamente fueron dilapidados aquí. Y pronto fueron a por más. Cada vez más. Felices, contentos. Y se lo comieron con perdices. Una y otra vez.
Recuerdo que antes no había tanta nanotecnología en una bicicleta y que las piezas eran caras. Pero llegaron los japoneses y desarrollaron unas tecnologías con las que nuestros italianos, franceses, españoles, alemanes o ingleses no pudieron competir. Y se hicieron con el mercado. Y al cabo de unos pocos años empezó la vorágine. Modelos nuevos cada año, piezas sin recambios y, lo más grave, cada vez funcionaban mejor y cada vez duraban menos.
Hasta hoy. Lo que pasa hoy es una vergüenza. No puede ser que las piezas duren 5 años y luego haya que cambiarlas completas. Y que todo venga de paises donde la mano de obra se retribuye a unos precios de risa y se trabaja en unas condiciones de miedo. Y todo favorecido por un transporte barato alimentado por un combustible a precio de ganga. Taiwan, China, Vietman, Camboya... ya no sabemos de dónde proceden. Y mucho menos quiénes son los capitales para los que estamos trabajando.
Triste pero real. Así, no es extraño que ahora una bicicleta con tecnología punta no cueste más de 300 euros. Insólito. Vergonzoso. Y mientras tanto aquí se siguen deslocalizando las empresas que fueron una referencia generacional y un modelo de industrialización.
¿Es esto movilidad sostenible?
Más vale que aún nos quedan algunas empresas que siguen manteniéndose en contra de estas corrientes devastadoras. Yo uso una bicicleta Brompton con sillín Brooks y cubiertas Schwalbe, con una bolsa Ortlieb y luces Busch&Müller, por ejemplo.

Pero hubo un momento clave en la industria de la bicicleta. Un momento donde todo eso se empezó a acabar. Fue el fatídico tiempo de los contenedores. Que todavía hoy subsiste y amenaza con permanecer. Recuerdo trágicamente el día que descubrí que los dos artesanos que todavía fabricaban bicicletas en mi ciudad también se habían lanzado a ello.
¿Por qué?
Por precio y por comodidad. Era la gallina de los huevos de oro. Y hoy en día todavía lo es. Comprar allí a precio de risa y vender aquí a precio de mercado. Un chollo. Y todos dejaron de fabricar aquí y se pusieron a mirar a Oriente. Y vinieron los Reyes Magos. Claro que sí. Y dejaron un buen montón de regalos, que rápidamente fueron dilapidados aquí. Y pronto fueron a por más. Cada vez más. Felices, contentos. Y se lo comieron con perdices. Una y otra vez.
Recuerdo que antes no había tanta nanotecnología en una bicicleta y que las piezas eran caras. Pero llegaron los japoneses y desarrollaron unas tecnologías con las que nuestros italianos, franceses, españoles, alemanes o ingleses no pudieron competir. Y se hicieron con el mercado. Y al cabo de unos pocos años empezó la vorágine. Modelos nuevos cada año, piezas sin recambios y, lo más grave, cada vez funcionaban mejor y cada vez duraban menos.
Hasta hoy. Lo que pasa hoy es una vergüenza. No puede ser que las piezas duren 5 años y luego haya que cambiarlas completas. Y que todo venga de paises donde la mano de obra se retribuye a unos precios de risa y se trabaja en unas condiciones de miedo. Y todo favorecido por un transporte barato alimentado por un combustible a precio de ganga. Taiwan, China, Vietman, Camboya... ya no sabemos de dónde proceden. Y mucho menos quiénes son los capitales para los que estamos trabajando.
Triste pero real. Así, no es extraño que ahora una bicicleta con tecnología punta no cueste más de 300 euros. Insólito. Vergonzoso. Y mientras tanto aquí se siguen deslocalizando las empresas que fueron una referencia generacional y un modelo de industrialización.
¿Es esto movilidad sostenible?
Más vale que aún nos quedan algunas empresas que siguen manteniéndose en contra de estas corrientes devastadoras. Yo uso una bicicleta Brompton con sillín Brooks y cubiertas Schwalbe, con una bolsa Ortlieb y luces Busch&Müller, por ejemplo.
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