Lo de que el tiempo, el malo claro, es una de las excusas más recurrentes entre la gente que ve en la bici una opción con más pegas que otra cosa se vende como un tópico fácilmente desmontable por el simple hecho de que en esos países donde la bicicleta se usa de una manera masiva el tiempo no es para nada respetuoso en el invierno (y tampoco en el otoño ni en la primavera).
Sí, es verdad, en Holanda, en Dinamarca y en Alemania hace malo en invierno, y hace frío y hay poca luz, y en Suecia no digamos, y, sin embargo, eso no arredra a nórdicos y centroeuropeos en su empeño de utilizar la bicicleta como medio de transporte. No, eso no es una excusa para ellos. Por eso no debería ser excusa para nosotros tampoco y así lo decimos y repetimos. Lo que pasa es que ellos son vikingos y teutones y nosotros no. Por eso, cuando el frío aprieta y las inclemencias azotan nuestras latitudes, las tropas ciclistas urbanas se diezman. Invariablemente.
Es por eso que hay que insistir en el argumento. Porque esto debe plantearse como una misión, donde los adeptos rebosen convicción, fe en su elección. El hábito hace al monje que dice el refrán. Y el sacrificio no es tanto cuando hay muchos parroquianos haciendo el mismo ejercicio. Eso han debido pensar muchos. Al menos por estos lares.
Lo que sorprende es que este tipo de llamamientos procedan precisamente de esos lugares donde nadie se cuestiona el tema. El ejemplo nos llegó ayer mismo en forma de reto bajo el nombre literal de Día Internacional de ir en Bici al Trabajo en Invierno, que en inglés suena mejor (International Winter Bike to Work Day). Y nos llegó desde el Norte más ciclista.
El reto consiste en geoposicionarte en un mapa global en el que tu aportación, tu gota, es comprometerte a ir en bici al trabajo el viernes 13 de Febrero haga el tiempo que haga. Así de simple... al menos sobre el papel. El gancho es ver un mapa lleno de gotas, tantas como ciclistas que dicen que van a cumplir el reto, tantos como gotas de lluvia o copos de nieve en ese Viernes 13. Se aprovecha la propuesta para hacer una breve encuesta sobre el sujeto y el objeto del reto (perfil de la persona, itinerario, opinión sobre los elementos que más promocionan o motivan los viajes en bici, etc.)
Bonito y con esas pretensiones virales que tanto nos gustan hoy en día. Lo sospechoso es que la invitación a semejante reto es que no provenga de Italia, España, Portugal o Grecia sino de Holanda. ¿Qué mueve a una holandesa a querer hacer cruzada de algo que para ellos es absolutamente normal e incuestionable? Y ¿por qué no se propone un reto parecido en Julio o Agosto donde en el otro hemisferio de este planeta las cosas se ponen más difíciles, al menos en lo que a la meteorología se refiere? ¿O es que la cosa ciclista también es una exclusiva del Norte?
What it Feels Like in Winter Cycling Paradise from Winter Bike to Work Day on Vimeo.
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miércoles, 14 de enero de 2015
En bici al trabajo, también en invierno
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sábado, 11 de octubre de 2014
La ridiculez de ser peatón en Holanda
En general, ser peatón en toda Europa central y del norte está muy denigrado. Su modelo urbanístico disperso, la potencia del transporte público y los perfiles suaves hacen que todo lo que no se afronta al volante, se haga en bici o en transporte colectivo o en una combinación de ambos, dejando el placer de caminar para tramos terminales e islas peatonales de carácter comercial y de ocio.
En Holanda, dada la tremenda incidencia de la bicicleta como vehículo dominante, incluso en las distancias cortas, la marcha a pie áun está más denostada, lo que hace que caminar fuera de las islas peatonales sea a la vez ridículo y casi imposible. Basta con intentarlo. Aceras angostas o inexistentes plagadas de bicicletas aparcadas o abandonadas, o invadidas por los ciclos, con ciclomotores incluídos, cruces indescifrables en los que el peatón tiene que mirar hasta 7 veces para cerciorarse que no va a ser arrollado por, en este orden, bicis, buses, tranvías, coches o camiones y alguna que otra moto que vienen en todas direcciones con cierta superioridad.
Esto es tan acusado que, cuando se ponen a hacer una infraestructura moderna e inclusiva, normalmente dirigida a los ciclistas, que son los amos de la pista, se olvidan de las necesidades de los peatones que no son otras que evitar desniveles y otras barreras y buscar la línea recta.
Un ejemplo esclarecedor lo tenemos en una de las últimas superobras espectaculares que han inaugurado en los Países Bajos (y Planos habría que añadir).
Analizado a primera vista, para un lego de la cosa ciclista neerlandesa, sorprende la pendiente que han asignado a los ciclistas en ese tobogán fabuloso. Eso hasta que te das cuenta que los que deben afrontar esas cuestas y encima a puros peldaños. Se aprecia mejor en el video que nos facilita <a class=" />Mark Wagenbuur en su fabuloso blog Bicycle Dutch.
Se puede ver cómo la actividad peatonal se queda en algo recreacional, casi una atracción para menores, un juego, algo así como columpiarse. Una cosa infantil.
En Holanda, dada la tremenda incidencia de la bicicleta como vehículo dominante, incluso en las distancias cortas, la marcha a pie áun está más denostada, lo que hace que caminar fuera de las islas peatonales sea a la vez ridículo y casi imposible. Basta con intentarlo. Aceras angostas o inexistentes plagadas de bicicletas aparcadas o abandonadas, o invadidas por los ciclos, con ciclomotores incluídos, cruces indescifrables en los que el peatón tiene que mirar hasta 7 veces para cerciorarse que no va a ser arrollado por, en este orden, bicis, buses, tranvías, coches o camiones y alguna que otra moto que vienen en todas direcciones con cierta superioridad.
Un ejemplo esclarecedor lo tenemos en una de las últimas superobras espectaculares que han inaugurado en los Países Bajos (y Planos habría que añadir).
Analizado a primera vista, para un lego de la cosa ciclista neerlandesa, sorprende la pendiente que han asignado a los ciclistas en ese tobogán fabuloso. Eso hasta que te das cuenta que los que deben afrontar esas cuestas y encima a puros peldaños. Se aprecia mejor en el video que nos facilita <a class=" />Mark Wagenbuur en su fabuloso blog Bicycle Dutch.
Se puede ver cómo la actividad peatonal se queda en algo recreacional, casi una atracción para menores, un juego, algo así como columpiarse. Una cosa infantil.
domingo, 27 de abril de 2014
A años luz
Que estamos retrasados en el desarrollo de la bicicleta como medio de locomoción es algo que tenemos asimilado. Lo que pasa es que muchas veces sólo somos capaces de fijarnos en las grandes cosas, en las infraestructuras (carriles bici, aparcamientos, etc.) y nos perdemos los detalles. Y muchas veces en los detalles hay quizá más diferencias que en las grandes actuaciones.
Hoy hemos visto esto: un punto de "ciclostop"
Ahí queda eso.
Hoy hemos visto esto: un punto de "ciclostop"
Ahí queda eso.
miércoles, 23 de abril de 2014
Llevando a los niños a pedales
Una parte vital de la logística doméstica es, además de acarrear las compras a casa, transportar a los menores a los distintos lugares a donde les tenemos destinados, empezando por el colegio y acabando por esa interminable carta de actividades en las que hemos decidido los mayores que tienen que invertir su tiempo y nuestro dinero y así, de paso, tenerlos colocados en lugares seguros.
Eludiendo la cuestión de fondo del confinamiento infantil y de la agorafobia que padecemos muchos de los mayores y que infringimos a nuestros pequeños, vamos a tratar del tema no menos escabroso de cómo transportamos a los niños de un sitio a otro y, más que eso, cómo los podríamos transportar si quisiéramos, entre todos, promocionar entornos que dieran oportunidades a las distintas opciones de locomoción por igual.
Podríamos ponernos realmente pesados tratando de argumentar pros, fórmulas, modelos, accesorios, trucos prácticos, sistemas, condiciones y hasta ingeniería civil y social, pero muchas veces es más útil y más sugerente ver unos cuantos ejemplos más o menos llamativos, más o menos fáciles.
Ahí van unos cuantos rescatados de la última visita al país líder en hacerlo a pedales.

Hasta aquí todo muy bien, muy correcto y muy conocido, pero el que se lleva la palma es el vehículo que vi pasar un viernes por la mañana en Nijmegen, no sabiendo bien si estaba suficientemente despierto como para dar crédito a lo que estaba presenciando.
Eludiendo la cuestión de fondo del confinamiento infantil y de la agorafobia que padecemos muchos de los mayores y que infringimos a nuestros pequeños, vamos a tratar del tema no menos escabroso de cómo transportamos a los niños de un sitio a otro y, más que eso, cómo los podríamos transportar si quisiéramos, entre todos, promocionar entornos que dieran oportunidades a las distintas opciones de locomoción por igual.
Podríamos ponernos realmente pesados tratando de argumentar pros, fórmulas, modelos, accesorios, trucos prácticos, sistemas, condiciones y hasta ingeniería civil y social, pero muchas veces es más útil y más sugerente ver unos cuantos ejemplos más o menos llamativos, más o menos fáciles.
Ahí van unos cuantos rescatados de la última visita al país líder en hacerlo a pedales.

Hasta aquí todo muy bien, muy correcto y muy conocido, pero el que se lleva la palma es el vehículo que vi pasar un viernes por la mañana en Nijmegen, no sabiendo bien si estaba suficientemente despierto como para dar crédito a lo que estaba presenciando.
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martes, 22 de abril de 2014
La “ciclologística” ¿una broma pesada?
Venimos de asistir a la conferencia final del proyecto europeo Cyclelogistics, una de esas propuestas que financia la Comisión Europea en uno de sus infinitos tentáculos dedicados a tratar de hacer una Europa más sostenible, al menos de cara a la galería.
Cyclelogistics tenía como empeño tratar de fomentar el uso de las bicicletas de carga para el reparto de mercancías en las ciudades. Algo que muchos llevamos haciendo años con quizá más pena que gloria, y que se hacía y se hace en todas las latitudes del planeta, en algunas por puro subdesarrollo y en otras por tratar de convencerse y convencer a los demás de que es posible reformular el transporte urbano de una manera más ecológica y que, ahí también, las bicicletas en su versión de carga tienen algo que aportar.
En esta conferencia final, en la que se exponían los logros de algunos de los participantes y las reflexiones de otros muchos, lo que pudimos comprobar todos los que nos desplazamos hasta Nijmegen (Países Bajos) es que esto de las “cargo bikes” es todavía un juguete en manos de unos cuantos locos inocentes bienintencionados, pero no va más allá de una cosa pintoresca.
De camino al lugar de la conferencia, tuve la ocasión de departir unos minutos, mientras circulábamos por una de esas “cicloautopistas” en sendas OV Fiets –las bicicletas públicas asociadas al transporte ferroviario holandés-, sobre el asunto con un consultor de ese país. La impresión era compartida: las bicicletas de reparto de mercancías pueden representar tan sólo una pequeña aportación para ayudar a hacer el transporte urbano más sostenible, pero nada más.
Tratar de pensar de otra manera, al menos visto el “estado actual de la cosa” (“the state of art”, que tanto les gusta a todos estos conferenciantes que se reúnen al calor de la financiación pública internacional), es no pisar sobre el terreno.
Ahora mismo no hay experiencia, por más que las bicicletas de carga no hayan desaparecido de la faz de las ciudades europeas. Y no hay experiencia porque nadie, o casi nadie, se toma esto en serio. No hay tecnología, no hay modelos de gestión, no hay política sostenida de fomento, no hay políticos a la altura de las circunstancias. Nos movemos en un puro mar de ilusiones, proyectos piloto y prototipos, casi todos subvencionados por entes públicos.
Las empresas que nos estamos jugando el tipo y los garbanzos en esto estamos sufriendo las consecuencias. Bicicletas de carga endebles, motorizaciones deficientes, políticos poco convencidos y operadores que sólo quieren deshacerse de los marrones, contribuyen a que lo que podía ser una interesante contribución para zonas condicionadas y condicionables (cascos antiguos y zonas peatonalizadas sobre todo) no pase de ser un trabajo casi indigno.
Falta fundamento
¿Por qué está pasando todo esto? Porque se está improvisando, porque nadie está apostando por ello en serio.
Porque la industria de los “pedelecs”, las bicicletas de pedaleo asistido, no va más allá de hacer vehículos para pasajeros. Los pocos vehículos de carga a pedales que se ven son meros “rickshaws” electrificados con motores chinos, mientras Panasonic, Bosch and company siguen mirando sólo hacia el “electrociclista” utilitario o deportivo.
Porque la normativa sigue siendo ridícula y pretende que la misma asistencia (250 vatios) sirva para desplazar a una persona en una bici que puede pesar 25 kilos, que a esa misma persona, un triciclo que perfectamente puede pesar 200 kg y una carga de otros tantos y en España, por ejemplo, no permite llevar intermitentes o sirenas.
Porque los políticos y los gestores de las ciudades no se atreven a restringir aún más el tráfico motorizado en los centros urbanos, y no se atreven a hacer una “zona cero emisiones” donde sólo se puedan utilizar vehículos amables y limpios y cerrar el acceso a todos los demás, como lo hacen en sus edificios oficiales y sedes institucionales, donde sólo se puede llegar a la estafeta correspondiente y luego hay un servicio de reparto interno.
Porque los operadores de carga, esos que manejan la mercancía y que forman grupos transnacionales, no quieren hacer nada al respecto, no quieren “soltar su carga” más allá de un poco de “publicidad verde” que les prestigie ante sus clientes, cada vez más dispersos y más atomizados y cada vez más sensibles a la propaganda.
Escepticismo e ilusión
Por eso hay que ser escépticos. Porque si los propios holandeses, daneses o alemanes no están apostando por ello en serio, países muchos de ellos donde la bicicleta se utiliza masivamente y donde todo está montado a favor de la bici, ¿qué vamos a hacer los pobres diablos del sur?
Pero el escepticismo no nos puede dejar inmóviles sino que nos tiene que servir para ser realistas sobre el momento en el que vivimos, ser cautos en nuestras expectativas y concienzudos con nuestras iniciativas. Porque, curiosamente, las mejores propuestas, las más exitosas, las más ambiciosas y las más avanzadas provienen de los extremos de la Europa Ciclista, en nuestro caso de Suecia, de Britannia y de Hispania, en Catalunya, Euskadi, Navarra o la República Popular de Valladolid. De la mano de Move by Bike, Outspoken Delivery, VanAPedal, Txita, Oraintxe o Xiclo aprenderemos mucho más de las posibilidades de este sector que de toda esa partida de cerebros agradecidos que se afanan más en dorarse la píldora unos a otros que en creer que pueden cambiar las cosas, aunque sea poco a poco, y apostar por ello.
Seguiremos peleando, seguiremos pedaleando. Seguiremos “ciclologizando” y seguiremos “ciclologistizando” lo que nos sea posible, lo que alcancemos.
Cyclelogistics tenía como empeño tratar de fomentar el uso de las bicicletas de carga para el reparto de mercancías en las ciudades. Algo que muchos llevamos haciendo años con quizá más pena que gloria, y que se hacía y se hace en todas las latitudes del planeta, en algunas por puro subdesarrollo y en otras por tratar de convencerse y convencer a los demás de que es posible reformular el transporte urbano de una manera más ecológica y que, ahí también, las bicicletas en su versión de carga tienen algo que aportar.
En esta conferencia final, en la que se exponían los logros de algunos de los participantes y las reflexiones de otros muchos, lo que pudimos comprobar todos los que nos desplazamos hasta Nijmegen (Países Bajos) es que esto de las “cargo bikes” es todavía un juguete en manos de unos cuantos locos inocentes bienintencionados, pero no va más allá de una cosa pintoresca.
De camino al lugar de la conferencia, tuve la ocasión de departir unos minutos, mientras circulábamos por una de esas “cicloautopistas” en sendas OV Fiets –las bicicletas públicas asociadas al transporte ferroviario holandés-, sobre el asunto con un consultor de ese país. La impresión era compartida: las bicicletas de reparto de mercancías pueden representar tan sólo una pequeña aportación para ayudar a hacer el transporte urbano más sostenible, pero nada más.
Tratar de pensar de otra manera, al menos visto el “estado actual de la cosa” (“the state of art”, que tanto les gusta a todos estos conferenciantes que se reúnen al calor de la financiación pública internacional), es no pisar sobre el terreno.
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| Foto de familia de la plana mayor de Cyclelogistics, mientras un participante prueba un juguete |
Ahora mismo no hay experiencia, por más que las bicicletas de carga no hayan desaparecido de la faz de las ciudades europeas. Y no hay experiencia porque nadie, o casi nadie, se toma esto en serio. No hay tecnología, no hay modelos de gestión, no hay política sostenida de fomento, no hay políticos a la altura de las circunstancias. Nos movemos en un puro mar de ilusiones, proyectos piloto y prototipos, casi todos subvencionados por entes públicos.
Las empresas que nos estamos jugando el tipo y los garbanzos en esto estamos sufriendo las consecuencias. Bicicletas de carga endebles, motorizaciones deficientes, políticos poco convencidos y operadores que sólo quieren deshacerse de los marrones, contribuyen a que lo que podía ser una interesante contribución para zonas condicionadas y condicionables (cascos antiguos y zonas peatonalizadas sobre todo) no pase de ser un trabajo casi indigno.
Falta fundamento
¿Por qué está pasando todo esto? Porque se está improvisando, porque nadie está apostando por ello en serio.
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| Receso en la conferencia adornado con cargo bikes: mesa, cafetería y puesto de arenques |
Porque la industria de los “pedelecs”, las bicicletas de pedaleo asistido, no va más allá de hacer vehículos para pasajeros. Los pocos vehículos de carga a pedales que se ven son meros “rickshaws” electrificados con motores chinos, mientras Panasonic, Bosch and company siguen mirando sólo hacia el “electrociclista” utilitario o deportivo.
Porque la normativa sigue siendo ridícula y pretende que la misma asistencia (250 vatios) sirva para desplazar a una persona en una bici que puede pesar 25 kilos, que a esa misma persona, un triciclo que perfectamente puede pesar 200 kg y una carga de otros tantos y en España, por ejemplo, no permite llevar intermitentes o sirenas.
Porque los políticos y los gestores de las ciudades no se atreven a restringir aún más el tráfico motorizado en los centros urbanos, y no se atreven a hacer una “zona cero emisiones” donde sólo se puedan utilizar vehículos amables y limpios y cerrar el acceso a todos los demás, como lo hacen en sus edificios oficiales y sedes institucionales, donde sólo se puede llegar a la estafeta correspondiente y luego hay un servicio de reparto interno.
Porque los operadores de carga, esos que manejan la mercancía y que forman grupos transnacionales, no quieren hacer nada al respecto, no quieren “soltar su carga” más allá de un poco de “publicidad verde” que les prestigie ante sus clientes, cada vez más dispersos y más atomizados y cada vez más sensibles a la propaganda.
Escepticismo e ilusión
Por eso hay que ser escépticos. Porque si los propios holandeses, daneses o alemanes no están apostando por ello en serio, países muchos de ellos donde la bicicleta se utiliza masivamente y donde todo está montado a favor de la bici, ¿qué vamos a hacer los pobres diablos del sur?
Pero el escepticismo no nos puede dejar inmóviles sino que nos tiene que servir para ser realistas sobre el momento en el que vivimos, ser cautos en nuestras expectativas y concienzudos con nuestras iniciativas. Porque, curiosamente, las mejores propuestas, las más exitosas, las más ambiciosas y las más avanzadas provienen de los extremos de la Europa Ciclista, en nuestro caso de Suecia, de Britannia y de Hispania, en Catalunya, Euskadi, Navarra o la República Popular de Valladolid. De la mano de Move by Bike, Outspoken Delivery, VanAPedal, Txita, Oraintxe o Xiclo aprenderemos mucho más de las posibilidades de este sector que de toda esa partida de cerebros agradecidos que se afanan más en dorarse la píldora unos a otros que en creer que pueden cambiar las cosas, aunque sea poco a poco, y apostar por ello.
Seguiremos peleando, seguiremos pedaleando. Seguiremos “ciclologizando” y seguiremos “ciclologistizando” lo que nos sea posible, lo que alcancemos.
martes, 25 de febrero de 2014
¿Hablamos de intersecciones?
Últimamente se le ha dado mucho eco a un video explicando una pretendida solución al problema de la seguridad de la circulación ciclista en las intersecciones, el punto fatídico, sobre todo cuando hablamos de vías segregadas, que parece que es la definitiva.
Protected Intersections For Bicyclists from Nick Falbo on Vimeo.
No es fácil abordar el tema de las intersecciones sin antes discutir sobre la necesidad y las características de las vías segregadas. Lo es mucho menos si de las vías ciclistas exclusivas de las que hablamos son las que se han hecho en la mayoría de las ciudades que no sean holandesas o danesas. Para empezar, porque en esos paises ha habido un proceso histórico que optó, aprovechando la crisis del petróleo de los años 70 y la fuerza que tenían los movimientos sociales en aquellos años, por presionar para desbancar al coche como medio de transporte dominante en los centros urbanos y reconstruir las calles para promover el uso de la bicicleta.
Sin hacer esto, sin despotenciar al coche, sin desincentivarlo, sin restarle espacio de circulación y aparcamiento, sin estrechar sus vías es difícil hablar de duplicar el viario. Lo explica muy bien Mark Wagenbuur en Bicycle Dutch.
Con el ancho de vía disponible, con estructuras urbanas como las que se dan en esos paises y, sobre todo, con esa determinación por disuadir al uso del coche y potenciar el transporte y la bicicleta y con tan pocos peatones desplazándose, las vías dedicadas resultan mucho más fáciles de implementar en unas ciertas condiciones de mínimos, aunque esas condiciones son difícilmente extrapolables.
Sin estas condiciones, hablar de "reparar intersecciones" se convierte en un ejercicio de trapecismo poco recomendable pero al que muy poca gente pro-bici está dispuesta a renunciar, o lo que es lo mismo, tratar de resolver intersecciones sin antes validar los estándares y los criterios de implementación de las vías ciclistas es una equivocación fundamental.
En un país donde habría que desmantelar el 80% de los carriles bici que se han hecho, hablar de los cruces de los mismos es perverso. Hacerlo sin plantear cada caso, cada tramo, cada intersección, cada alternativa incluída en primer lugar la posibilidad de circular por el centro del carril en la calzada es ladino.
Así pues, se puede parchear si lo que se tiene es decente, pero cuando lo que se tiene es indecente lo que hay que hacer es replantearse la cosa desde el principio y establecer cuándo, cómo y por qué hay que hacer las cosas y sobre todo qué requisitos previos han de reunirse.
Por cierto, ni siquiera en países tan civilizados, tan ciclistas, con tantas vías ciclistas y tan pocos coches y peatones estas maravillas de la ingeniería civil acaban con los fatídicos accidentes en las intersecciones, que siguen siendo el caballo de batalla de la siniestralidad ciclista, así que mejor no pensar qué pasaría en nuestras ciudades si sometemos a nuestros peatones a tantos cruces y a los automovilistas, que no ceden ni al que está parado, a tener en cuenta tantas interacciones.
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No es fácil abordar el tema de las intersecciones sin antes discutir sobre la necesidad y las características de las vías segregadas. Lo es mucho menos si de las vías ciclistas exclusivas de las que hablamos son las que se han hecho en la mayoría de las ciudades que no sean holandesas o danesas. Para empezar, porque en esos paises ha habido un proceso histórico que optó, aprovechando la crisis del petróleo de los años 70 y la fuerza que tenían los movimientos sociales en aquellos años, por presionar para desbancar al coche como medio de transporte dominante en los centros urbanos y reconstruir las calles para promover el uso de la bicicleta.
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| Manifestación anticoche de la Cyclist Union en Copenague (1982) |
Con el ancho de vía disponible, con estructuras urbanas como las que se dan en esos paises y, sobre todo, con esa determinación por disuadir al uso del coche y potenciar el transporte y la bicicleta y con tan pocos peatones desplazándose, las vías dedicadas resultan mucho más fáciles de implementar en unas ciertas condiciones de mínimos, aunque esas condiciones son difícilmente extrapolables.
Sin estas condiciones, hablar de "reparar intersecciones" se convierte en un ejercicio de trapecismo poco recomendable pero al que muy poca gente pro-bici está dispuesta a renunciar, o lo que es lo mismo, tratar de resolver intersecciones sin antes validar los estándares y los criterios de implementación de las vías ciclistas es una equivocación fundamental.
En un país donde habría que desmantelar el 80% de los carriles bici que se han hecho, hablar de los cruces de los mismos es perverso. Hacerlo sin plantear cada caso, cada tramo, cada intersección, cada alternativa incluída en primer lugar la posibilidad de circular por el centro del carril en la calzada es ladino.
Así pues, se puede parchear si lo que se tiene es decente, pero cuando lo que se tiene es indecente lo que hay que hacer es replantearse la cosa desde el principio y establecer cuándo, cómo y por qué hay que hacer las cosas y sobre todo qué requisitos previos han de reunirse.
Por cierto, ni siquiera en países tan civilizados, tan ciclistas, con tantas vías ciclistas y tan pocos coches y peatones estas maravillas de la ingeniería civil acaban con los fatídicos accidentes en las intersecciones, que siguen siendo el caballo de batalla de la siniestralidad ciclista, así que mejor no pensar qué pasaría en nuestras ciudades si sometemos a nuestros peatones a tantos cruces y a los automovilistas, que no ceden ni al que está parado, a tener en cuenta tantas interacciones.
lunes, 3 de septiembre de 2012
La Europa de las Bicis no nos quiere
Para esos todopoderosos centroeuropeos, los de aquí abajo somos poco menos que unos simpaticos trogloditas subdesarrollados en esto de las bicicletas no deportivas y, por eso, se permiten el lujo de despreciarnos. No somos una potencia, no representamos un objetivo en su lógica de mercado, no quieren intervenirnos, simplemente nos ignoran.
No lo digo por decir. Cuando te acercas a un interlocutor, representante de la industria de la bicicleta de cualquiera de esos países poderosos, léase Alemania y Holanda principalmente, y les cuentas de dónde vienes y tu interés por sus productos, estos te miran con una sonrisa de esas que sólo ellos saben poner y que a ti te da para atrás porque sabes lo que significa.
Y se quedan tan panchos. Y tú que puedes ser un distribuidor importante, un comerciante experto o un agente potencial, te quedas con dos palmos de narices y te dan ganas de soltarles un "pues que os lo comáis con patatas", pero te sobrepones y les plantas tu sonrisa, en la que ellos adivinan estupidez envidiosa, pasas y sigues con el juego comercial.
La Europa de las Bicis, con mayúsculas mayestáticas, no entiende al Sur, aunque muchos de ellos veraneen aquí o tengan planes de retiro o incluso de vida aquí. Simplemente les hacemos gracia. No entienden que el Sur tiene un potencial que ya no lo tiene el Norte, que esto es mucho más ciclable, que aquí acompaña el sol muchas más horas que allí. Pero que aquí no valen sus bicis aunque sí sus accesorios. Porque aquí hay más cuestas, menos carriles bici, las ciudades son más intrincadas, el paisaje más atractivo y la gente es más pequeña y sabe menos inglés y prácticamente nada de alemán. Por eso se permiten mirarnos por encima del hombro.
Esta prepotencia es más producto de la reluctancia cultural, de la disparidad de formas de vida, y de la poca predisposición a empatizar con algo que no quieren entender, porque siguen pensando que van a venir los ingleses o mejor los americanos y les van a comprar un montón, porque en el fondo les admiran, porque son rubios o pelirrojos y hablan como ellos, o al menos eso creen.
En fin, llamarme envidioso, pero creo que estos teutones y sus enojados vecinos se pierden un buen festín, por no saber sembrar y por estar sólo para recoger, o para recaudar, o para dominar que es lo que les gusta.
Allá ellos. Ellos se lo pierden. A ver cuánto les dura.
No lo digo por decir. Cuando te acercas a un interlocutor, representante de la industria de la bicicleta de cualquiera de esos países poderosos, léase Alemania y Holanda principalmente, y les cuentas de dónde vienes y tu interés por sus productos, estos te miran con una sonrisa de esas que sólo ellos saben poner y que a ti te da para atrás porque sabes lo que significa.
"Toda España vende lo que una tienda de Frankfurt"
Y se quedan tan panchos. Y tú que puedes ser un distribuidor importante, un comerciante experto o un agente potencial, te quedas con dos palmos de narices y te dan ganas de soltarles un "pues que os lo comáis con patatas", pero te sobrepones y les plantas tu sonrisa, en la que ellos adivinan estupidez envidiosa, pasas y sigues con el juego comercial.
La Europa de las Bicis, con mayúsculas mayestáticas, no entiende al Sur, aunque muchos de ellos veraneen aquí o tengan planes de retiro o incluso de vida aquí. Simplemente les hacemos gracia. No entienden que el Sur tiene un potencial que ya no lo tiene el Norte, que esto es mucho más ciclable, que aquí acompaña el sol muchas más horas que allí. Pero que aquí no valen sus bicis aunque sí sus accesorios. Porque aquí hay más cuestas, menos carriles bici, las ciudades son más intrincadas, el paisaje más atractivo y la gente es más pequeña y sabe menos inglés y prácticamente nada de alemán. Por eso se permiten mirarnos por encima del hombro.
Esta prepotencia es más producto de la reluctancia cultural, de la disparidad de formas de vida, y de la poca predisposición a empatizar con algo que no quieren entender, porque siguen pensando que van a venir los ingleses o mejor los americanos y les van a comprar un montón, porque en el fondo les admiran, porque son rubios o pelirrojos y hablan como ellos, o al menos eso creen.
En fin, llamarme envidioso, pero creo que estos teutones y sus enojados vecinos se pierden un buen festín, por no saber sembrar y por estar sólo para recoger, o para recaudar, o para dominar que es lo que les gusta.
Allá ellos. Ellos se lo pierden. A ver cuánto les dura.
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