Mostrando entradas con la etiqueta calles completas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta calles completas. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de diciembre de 2016

Niños sin wifi

Y niñas. Hoy toca hacer un homenaje a las personillas inocentes a las que hemos decidido someter a una especie de secuestro permanente y a las que hemos usurpado su derecho más genuino: el de estar en la calle haciendo lo que les dé la gana con otras personillas de su tamaño sin la vigilancia y la supervisión de sus padres. Y madres.


Hoy toca reconocer que nos hemos equivocado. Que con nuestro miedo y el consiguiente síndrome de sobreprotección, hemos privado a nuestros niños y niñas de disfrutar de la calle, sin condiciones, sin jueces, sin árbitros, sin vigilantes, sin más reglas y más justicia que las que sean capaces de acordar o improvisar.


Los menores se merecen la calle. A su aire. Con su imaginación desbordante. Con su capacidad de hacer un juego de cualquier situación y un juguete de cualquier cosa, cuanto más simple, mejor. Sin calle, los niños y las niñas están desnaturalizados, por más que les colmemos con todo tipo de juguetes y accesorios.


Y el homenaje lo hacemos de la mano de Marta Salas, la chica que saca estas fotos maravillosas, intemporales, que nos hacen recordar lo mejor de nosotros mismos, los años de la inocencia, donde no existía el miedo, donde no hacía falta WhatsApp para quedar, bastaba con ir a buscar a los demás a su casa o a los sitios habituales.


Marta tiene el extraño privilegio de mirar a través de su objetivo con los ojos de una niña que se deja fascinar por los detalles, por las situaciones y que se queda absorta contemplando a otros niños, a otras niñas.


Marta mira sin miedo y sin complejos. Sin ánimo de enjuiciar o interpretar lo que ve. Y eso se deja ver en su fotos. Son directas, sinceras, puras, simples, encantadoras.


De  ella es el título de esta serie de fotos, que forman parte de una exposición, la primera que hace, y que va a estar todo el invierno en el Restaurante Anttonenea en el número 48 de nuestra querida calle San Antón de Pamplona, donde, por cierto, se come de lujo.


Si te apetece volar un rato y mirar las cosas como si volvieras a la infancia, no te pierdas esta oportunidad. Y, si no tienes esa oportunidad, puedes seguirla en Facebook o en Instagram.


O mejor. Si tienes alguna de esas personillas a tu cargo, dale la oportunidad de vivir la mejor edad de su vida sin complejos y sin miedos tontos e infundados. Y pelea por que ellas, esas personitas, conquisten lo que nunca deberían haber perdido: la calle. Y que descubran por sí mismas su realidad y sus sorpresas. No hay tiempo que perder.


domingo, 22 de noviembre de 2015

Ciudad 50, ciudad 30, ciudad 20... ciudad cero

Cuando tratamos de identificar los factores que hacen que una calle sea un espacio más o menos seguro, invariablemente acabamos hablando de los coches, de su preeminencia y de la sumisión del resto de usuarios de la calle respecto a esa dominación que invariablemente va asociada a la circulación de vehículos de una tonelada entre personas de a pie o de a pedal.

Ahora bien, ese efecto apisonadora que hace el coche o cualquier vehículo a motor se incrementa proporcionalmente dependiendo de la velocidad a la que éste circule. Primero porque la perspectiva se reduce cuanto mayor es la velocidad. Gráficamente.


Segundo, porque a mayor velocidad, mayor fuerza del golpe y mayor gravedad en el impacto.


Visto lo visto, y teniendo en cuenta que la "velocidad comercial" media de la mayoría de los vehículos en la ciudad consolidada y compacta no suele ser mucho mayor de 20 kms/h (en el mejor de los casos), es fácil concluir que la reducción de la velocidad es un buen instrumento para mejorar la seguridad vial y la habitabilidad de nuestras ciudades.

Ahora bien, ¿cómo se consigue esa reducción de la velocidad? ¿Es la señalización y la vigilancia policial con las consabidas sanciones el único método para lograrlo? ¿Es acaso el más eficaz?

Porque hay otro componente que muchas veces no se tiene en cuenta a la hora de gestionar el espacio público: la circulabilidad de las calles, esto es, las condiciones que reúne la calle para dar la sensación de ser fácilmente transitable a bordo de un vehículo pesado o no. La apariencia hace mucho. Así una calle donde no hay señales, donde la calzada no está perfectamente delimitada y segregada, donde aparecen obstáculos que rompen las líneas, aunque sea visualmente, donde se puede cruzar la calle a pie por cualquier punto, donde los comerciantes exhiben su mercancía en la calle, aunque se pueda circular, se convierte en una calle segura, simplemente porque disuade a los automovilistas de circular a velocidad, pero también porque invita a la gente a invadir ese espacio público alegremente, porque se percibe como un espacio seguro.


De esta manera, cuando conseguimos reducir y calmar el tráfico, y que, aunque no desaparezcan los automóviles su presencia no sea dominante, el efecto inmediato es que la habitabilidad de la calle se incrementa y la vida surge y las interacciones se multiplican. Gráficamente.

Consiguiéndose además el objetivo que debería ser central en la gestión de la movilidad en nuestras ciudades, que es que no haya accidentes o se reduzcan extremadamente y que su gravedad disminuya hasta que no haya víctimas del tráfico. Es lo que se llama la visión cero en la gestión del tráfico.


lunes, 9 de noviembre de 2015

Apología de las calles compartidas

Ha caído en mis ojos Calles Compartidas (versión 1.0) una fabulosa publicación recién salida del horno de dérive LAB, un grupo de mentes inquietas cuyo objetivo no es otro que "generar conocimiento y mejorar las experiencias de las personas en el espacio, a través de la investigación, intervención y la acción participativa; comentando, anotando, reajustando, re-imaginando y trastornando los establecimientos de la Monocultura". Casi nada.

El documento nos introduce de una manera precisa y amable al concepto de las "calles compartidas" desde una visión más socio-estratégica que puramente tecnicista. No es un manual, no es un ensayo psicosocial, no es un informe ni una guía, pero cumple de alguna manera con los objetivos básicos de todos ellos, aunque sus autores lo califican como la oportunidad de abrir la discusión sobre los retos y oportunidades de dicho modelo.

No voy a desmenuzar el contenido de la publicación que puede leerse y descargarse gratuitamente aquí. Tampoco voy a ahondar en la concepción de la calle y, en general, del espacio público que propone también conocido como espacio compartido, calles de coexistencia o calles completas. Sólo quiero destacar, a modo de resumen, los principales beneficios que conlleva la implementación de esta tipología de calles o la adecuación de calles existentes y su conversión a este modelo.

Beneficios de las calles compartidas

  • Reiteran la idea básica de que la calles es un espacio público, y por ende debe ser de todos y para disfrute de todos los ciudadanos.
  • Reducen los incidentes viales.
  • Favorecen la interacción en la ciudad de niñas y niños, así como adultos mayores y personas con discapacidad.
  • No segregan el espacio.
  • Enaltecen la jerarquía de la calle.
  • Recuperan la capacidad de configuración de la coreografía social.
  • No sólo favorecen el tránsito y la movilidad, sino que además generan lugares de encuentro.
  • Al activar la vida pública activan la economía local.
  • Los ciudadanos disfrutan y cuidan lo público.
  • Agregan ojos a la calle, mejorando así la seguridad pública.
  • Incrementan la calidad de vida de los ciudadanos y otorgan lugares de bienestar.
  • Aumentan los escenarios culturales de una ciudad.
  • Aumentan el espacio público de una ciudad.
  • Aumentan el tiempo que un ciudadano permanece en el espacio público de una ciudad.
  • Agregan valor al área o barrio en el que se instalen.
  • Atraen nuevos negocios.
  • Ofrecen a los ciudadanos distintos servicios y productos.
  • Desalientan el uso de vehículos motorizados privados e incentivar otros modos de transporte, sobre todo el caminar o andar en bici.
  • El aumento de la demanda por otros modos de transporte favorece la salud pública de un lugar.
  • La disminución de demanda por el uso irracional de los vehículos motorizados particulares, significa una reducción en la emisión de gases contaminantes.
  • Favorecen la integración y fortalecimiento de comunidades.
  • Reducen el tráfico y embotellamiento.
  • Proveen bordes suaves al interior de la ciudad, en opuesto a las barreras y obstáculos que generan las vías tradicionales o las calles segregadas.
  • Reducen la velocidad relativa de las ciudades.
  • Transforman el paradigma de la movilidad.
  • Son escenarios de validación de estrategias de diseño hacia ciudades más humanas.


Es también destacable una forma de trabajar en la aproximación a este modelo que propone el grupo redactor, que se aleja de los postulados elitistas y tecnocráticos y que aboga por tener en cuenta la visión y el criterio basado en la experiencia de los usuarios de la calle, de las personas a las que van destinadas en definitiva. Esta perspectiva resulta especialmente revolucionaria en un ámbito hasta hoy en día reservado a profesionales cualificados con acusada aversión a someter sus proyectos o propuestas a procesos de participación.


Un documento modélico. Un modelo que ha de tenerse en cuenta en la construcción de las ciudades orientadas a las personas. Enhorabuena por el trabajo a los redactores, valentía para acometer los nuevos y emocionantes retos que nos esperan a todo el que se lo proponga.

domingo, 4 de octubre de 2015

Ciclistas por la calzada ¿carne de cañón?

Las bicis no encuentran su sitio en las ciudades que hemos heredado después de haberlas puesto a disposición de los coches durante décadas. No encuentran su sitio aunque sepan que su lugar natural es la calzada. Y no lo encuentran porque mucha gente se ha empeñado en hacernos ver que la calzada es prácticamente un suicidio para los que se lo propongan a bordo de una bici. Nada avala esta teoría, ningún dato, ninguna estadística, ningún estudio y, sin embargo, es una opinión que se ha hecho mayoritaria en la última década y que se ha asumido como un lugar común muy recurrido cuando tratamos el tema de la reinserción de la bicicleta como medio de transporte deseable.


No. La calzada no es especialmente peligrosa para los ciclistas. De hecho, es el lugar más seguro por donde circular. Ahora bien, hay que reconocer que puede resultar un lugar incómodo y hasta molesto, precisamente porque se ha adaptado de tal manera al tráfico motorizado que las bicicletas quedan marginadas y muchas veces despotenciadas. Esto ocurre especialmente en las grandes arterias y en las circunvalaciones, donde las vías sólo contemplan a los automóviles y todos los demás se las tienen que apañar porque están, a priori, excluidos.

En este escenario y teniendo en cuenta que todas las personas que se incorporan a la utilización de la bicicleta son, por lo general, torpes y miedosas hay quienes defienden que hay que ofrecer programas de educación vial para que los ciclistas noveles se hagan con las habilidades básicas para lidiar en el tráfico. Sin embargo, dichos programas son por definición minoritarios y, aunque sus promotores demuestran que son eficaces, no logran cambiar las tendencias mayoritarias que llevan a los usuarios a circular por las aceras.

Desde este blog siempre hemos defendido la necesidad de no perder el derecho y la obligación de circular por la calzada porque la inmensa mayoría de las calles son perfectamente ciclables con sólo contar con la actitud adecuada para hacerlo y la masa crítica es el mejor argumento para conseguir el respeto debido, la visibilidad y la atención deseables.


No obstante, somos igualmente conscientes de que es imperioso cambiar la lógica dominante en nuestras calles para convertirlas en espacios más amables para ser compartidos por las personas y para ello hay que cambiar su fisonomía, su ordenación y su finalidad principal. Lo que hoy en día son calles donde lo más importante es la circulación hay que trabajar para que pasen a ser calles donde está permitido circular respetando siempre al más débil y en primera instancia a las personas que están en la calle (los mal llamados peatones).

Si no se hace es una pretensión pensar que, tal como están las cosas, va a haber gente que opte por la bicicleta, simplemente porque seguirá siendo una opción marginada en un mundo dual: o en vehículo motorizado o a pie.

La tercera vía, la de la segregación necesaria e imprescindible de los ciclistas de toda circulación, si no es de manera excepcional y debidamente justificada, es la que sirve para consolidar el orden establecido y garantizar la exclusividad de la calzada para los automóviles y la exclusión sobreentendida allá donde esa segregación termine, con la consecuente, consabida y consentida invasión de las aceras.

Si no somos capaces de apostar por la calle compartida, por la educación de los automovilistas en el respeto estricto a los más débiles, por la recuperación de los espacios públicos para la convivencia, sólo estaremos parcheando y perpetuando la violencia vial y la tiranía de los automóviles.



martes, 26 de mayo de 2015

Ha llegado la hora de la Ley Anti-Coche

La gente ha dado un paso al frente y se ha plantado ante tanto descaro político y ante tanto desastre social y les ha dicho a los que mandan que ya les vale de echarle jeta y mirar a otro lado como si eso valiera. No. La gente está harta y lo ha demostrado en la calle, pero también en las urnas y le ha dado la vuelta a la tortilla, al menos en este primer plebiscito que afecta sobre todo a lo próximo, a lo cercano, que es donde se puede comprobar de manera tangible si el ánimo de cambio se concreta en medidas y acciones que lo hagan reconocible o es más de lo mismo.

En el ámbito municipal ha llegado el momento de repensar la ciudad, de darle la vuelta a muchas inercias dañinas (aunque interesadas) que han dominado las últimas décadas y de cambiar la estrategia respecto a la disposición, usos y calidad del espacio público. Ha llegado la hora de volver la mirada sobre las calles de una manera diferente a la que se ha hecho los últimos 40 años y revertir las inercias que nos hemos acostumbrado a sufrir en ellas por tratar de favorecer a una minoría dominante: los automovilistas. Hay que devolver las calles a las personas como principales protagonistas y beneficiarios de las mismas.


La Ley Anti-Coche

Pero, dado nuestro carácter poco asertivo y remolón, parece que la única manera de convencernos de que es posible es hacerlo de manera impositiva. Mal pero eficaz. Ya lo demostró la Ley Anti-Tabaco que contó con suficientes detractores y a la que debilitaban argumentos tan importantes como la capacidad recaudadora de este vicio o la terrible arraigo social que se le asociaban, que hacían impensable un éxito ni siquiera relativo de una prohibición tan repentina como tajante. El tiempo les ha dado la razón y se la ha quitado hasta a los sufridos hosteleros que veían cómo aquella ley primero les diseccionaba el establecimiento y luego les obligaba a echar a sus clientes fumadores a la calle. Hoy es el día que no se puede fumar en ningún establecimiento, oficina, instancia de la administración, transporte público, patio de colegio, etcétera, etcétera, etcétera. Y todos lo hemos asumido con absurda naturalidad. 

Así pues, estableciendo un paralelismo tonto pero eficaz para comprenderlo, vamos a jugar a que los coches son los fumadores, que nos están haciendo a los demás sufrir las consecuencias de su vicio (con el pequeño matiz de que ellos además de contaminar necesitan mover toneladas para desplazarse con el peligro y las condiciones que ello requiere) y que los bares son las ciudades, y vamos a hacer una ley que nos ayude a convencerles de que lo suyo no nos lo podemos permitir, por más que a ellos les haga sentirse más interesantes, más poderosos o quéséyoqué.

Podemos hacerlo también de forma progresiva. Primero haciendo un recorte evidente pero no total de su uso (algo así como un día las matrículas pares y otro las impares, eliminando el aparcamiento en superficie) y, después de un periodo corto de adaptación, dar el hachazo y cortar el problema por lo sano. Coches prohibidos en los centros urbanos, aparcamientos disuasorios de pago en los bordes de dichos centros, transporte público más eficiente y oportunidades para que la gente tome las decisiones consecuentes. Y poco a poco hacer la burbuja más grande o hacer más burbujas en una misma ciudad. Y a esperar.

Sólo así podremos. Si no, lamentablemente, no.

miércoles, 21 de enero de 2015

El todo y las partes

Todos somos parciales. Nadie se escapa a lo de ver la cosa desde su punto de vista, desde su condición, desde su perspectiva. Miramos desde nuestro lado del prisma, sin tener conciencia de que es un prisma y de que no sólo tiene varias caras sino que distorsiona nuestra forma de ver las cosas. Muchas veces esto se interpreta como un mero problema de empatía, de comprensión de las situaciones y de las intenciones de los demás. Pero eso también es hacer reduccionismo de alguna manera.


El escenario donde ocurren las cosas en la ciudad es la calle, lugar de encuentro y desencuentro, y en su faceta más cruel, el tráfico, es donde el problema del "faccionamiento" se agudiza de una manera más palpable.

Somos lo que conducimos, actuamos de acuerdo con nuestra elección de desplazamiento. Punto. No vemos más allá de la discriminación de los pasos peatonales y de la intimidación de los vehículos cuando caminamos, no vemos más allá de la marginación de la bicicleta como vehículo y de la falta de respeto generalizado para con los ciclistas cuando pedaleamos y, en fin, no vemos más que colapsos, semaforizaciones mal coordinadas, listos demasiado listos o torpes demasiado torpes cuando viajamos en un automóvil, cuanto más grande peor.


Pero el problema no es una cuestión de entendimiento, o no sólo es una cuestión de entendimiento, es algo que viene producido más por una falta de concepción de la ciudad como un sistema complejo o como un ecosistema. Aquí es donde la cosa presenta unas lagunas grandes y donde la gente exhibe una ignorancia tremenda y un atrevimiento proporcional a la misma, sobre todo a la hora de interpretar no ya el estado de la cosa urbana sino las posibles soluciones, y no digamos cuando se trata de proponer escenarios deseables. Aquí nadie sale de su miopía interesada.


Y no es culpa de la gente, de las personas, de lo aberrantes que nos hemos hecho de pura alienación asumida, no. Es un problema de cinismo demagógico por parte de los encargados de organizar este cotarro en el que se han convertido nuestras ciudades y más concretamente esa especie de campo de batalla en el que se han convertido nuestras calles.

Los poderes y los poderosos han estado y están muy interesados en mantener este orden de cosas, donde hemos asumido que debemos conculcar nuestro derecho a disfrutar de las calles para convertirlas en espacios de circulación al servicio de un coche que ha permitido la suburbanización de las ciudades, la zonificación de las actividades y la consecuente necesidad de moverse para todo.


Haber renunciado a las calles, haber conculcado el derecho a su disfrute, haber secuestrado a nuestros pequeños y a nuestros mayores, habernos hipermotorizado e hipermovilizado tiene un precio que va más allá de los meros problemas de seguridad vial, contaminación o congestión del tráfico. El verdadero precio de esta tremenda "operación automobiliaria" es que hemos perdido la perspectiva de lo que deberían ser nuestras calles, nuestros barrios y nuestras ciudades y hemos capitulado porque nos hemos creído que el progreso, el bienestar, la sostenibilidad económica y la felicidad consistía precisamente en eso.


Tenemos que trabajar por devolver a nuestros familiares y allegados, a nuestros vecinos, a nuestros ciudadanos, a la gente la inquietud y la conciencia por recuperar las calles para las personas. No es algo urgente, es simplemente importante, necesario, imprescindible por eso hay que hacerlo sin prisa y con ganas, con serenidad y con tesón, con convicción y con firmeza.

Nos vemos en la calle.

martes, 11 de noviembre de 2014

No basta con mirar a otra parte

Parece que se ha impuesto la actitud, sobre todo entre los que nos gobiernan, de mirar a otra parte cuando se enfrentan a una realidad que no les conviene, como si haciéndolo los problemas no existieran o como si dejando correr el tiempo se fueran a resolver, así, por su propio pie. Tremendo error. Sin embargo, no por ser un ejercicio que ha demostrado sobradamente su ineficacia, nuestros mandamases dejan de practicarlo.


Con las bicis se ve claramente. Ante el incremento exponencial de ciclistas y, dada la inoperancia de los encargados en organizar la cosa urbana en lo que al tráfico democrático se refiere, el tema ha ido degenerando en una especie de sálvese quien pueda y ha acabado en que cada uno ha tirado por donde le ha parecido.

No es sorprendente pues que haya ciclistas campando por todos los lados de una manera más o menos justificada y de acuerdo a una lógica que más que aleatoria se convierte en subjetiva. Unos por la calzada, sean cuales sean las condiciones de ésta, otros por los carriles habilitados de manera más o menos aventurada, los más por las aceras infringiendo todas las normas pero buscando un refugio legítimo y todos combinando estas opciones de la manera que mejor le guía su instinto.


¿Las consecuencias? Caos, autojustificaciones, accidentes, crispación, persecución, violencia, indignación, prejuicios... malestar de todas las partes afectadas. Empezando por los propios ciclistas, pero siguiendo por los peatones y por los automovilistas. Nadie entiende realmente qué está sucediendo y por qué no se toman medidas para resolver un entuerto que va tomando dimensiones cada vez mayores. A algunos sólo se les ocurre recurrir a la mano dura contra los infractores, que es lo fácil, pero nada más.

Y es que la pelota lleva demasiado tiempo en el tejado de los gobernantes municipales, regionales y estatales y prácticamente ninguno de ellos la ven o quieren jugarla. Los más atrevidos, que han visto la bicicleta como una ocasión para hacer algo más que oportunismo, han decidido darles un empujón con medidas puramente aditivas (bicis públicas, carriles bici y aparcabicis) pero muy pocos han sabido ver el asunto dentro de la complejidad que entraña la movilidad y, dentro de ella, la movilidad ciclista.

De hecho, la inmensa mayoría de nuestros regidores (y muchas asociaciones) han dado la tarea por cumplida una vez que han comprobado que se ha incrementado el número de usuarios de la bicicleta en sus distritos, según ellos gracias a esas medidas.

Resulta lamentable recordar que esto no es suficiente y que el problema de la movilidad ciclista (y mucho menos el de la movilidad en general) no acaba ni se resuelve cuando se incrementa el número de sus adeptos, y tampoco cuando se reduce el número de automovilistas, aunque sean buenos indicadores.

La solución al problema de la movilidad pasa por recuperar una visión de la ciudad que busque democratizar el espacio público, que persiga garantizar la igualdad de derechos y oportunidades para los ciudadanos a la hora de acceder y disponer de dicho espacio público para los distintos usos para los que debería servir, además de para desplazarse y aparcar un vehículo privado. 

Sin esta visión y sin este objetivo, todo serán medidas parciales que muchas veces no servirán más que para enfrentar usos, cuando no a los usuarios, dependiendo de la opción que elijan.

En una sociedad responsable no deberíamos consentir que se sigan produciendo tratos preferenciales en la utilización del espacio público, cuando los grandes beneficiarios de estas desigualdades son los que más perjuicios y más peligrosidad provocan.

lunes, 29 de septiembre de 2014

De OCA a OCA (esto no es un juego)

Hora punta. Un coche medio subido a la acera con los cuatro intermitentes dados, una bici en el suelo y dos personas apoyadas en la valla de protección. No parece que sea un encuentro entre dos viejos conocidos que se hayan puesto a conversar, dejando a un lado sus prisas en medio de la vorágine. Más bien parece que una de ellas se está interesando por la otra que no se encuentra del todo bien. Más gente se acerca.

Esta situación es una vieja conocida entre los que nos desplazamos en las ciudades donde los ciclistas han decidido, solos, invitados por sus ayuntamientos o gracias a la inacción de éstos, circular por las aceras de una manera generalizada, haciendo caso omiso de las normativas, pero haciendo menos caso aún de las prevenciones que hay que tener para hacerlo y no jugarse la vida.


De OCA (Otro Ciclista Accidentado)

El caso es que cada vez nos parece más normal que esos ciclistas pretendidamente prudentes, que buscan su refugio fuera de la calzada, acaben siendo atropellados precisamente cuando cruzan las calles. De estos accidentes hay un montón cada día que no constan en ninguna estadística, simplemente porque no se levanta un atestado o porque no se da parte al seguro y los implicados tratan de entenderse porque ambos tienen algo que perder si no lo hacen.

Para muchos, el ciclista que es arrollado cuando cruza sorpresivamente una calle está pagando un pato que ha ido buscando de forma repetida y procaz, hasta que se lo ha encontrado. Es un juego de probabilidades. Un poco como los peatones que cruzan fuera de los pasos de cebra.

Para otros, el ciclista es una víctima de un orden circulatorio que se ha concebido sólo para beneficiar el tránsito de los automóviles y que no se preocupa por el resto de usuarios de las calles. Los que defienden este postulado normalmente justifican y hasta promueven la ocupación indiscriminada de las aceras como refugio ciclista a falta de infraestructura exclusiva para las bicicletas.

Pero hay unos pocos que sostienen que todo esto no es más que una triste consecuencia de que unos, los que quieren mantener las cosas como están, y los otros, los que quieren andar en bici seguros, no se dan cuenta de que la única manera de resolver esto es tratando de comprender que los ciclistas tienen tanto derecho de ocupar las calles como el resto de vehículos y que hacerlo en el sentido de la circulación y siguiendo sus normas es la forma más segura de que el resto de agentes del tráfico comprendan y respeten sus maniobras.

Foto de ¿Sabes dónde ciclas?

A OCA (Otra Calle Amable)

Esto pasa, por supuesto, por reconsiderar la ordenación del tráfico y, sobre todo, la priorización del tráfico motorizado en la mayoría de nuestras calles y de dar un tratamiento especial a los ciclistas en las calles de tráfico más denso o donde las velocidades relativas sean muy diferenciadas, pero pasa, sobre todo, por redefinir las relaciones vehiculares primando la seguridad de los más vulnerables, apelando al respeto y a la convivencia como mejores herramientas para conseguirlo.

Hay que volver a replantear de manera pública cuál es la misión de las calles y cuáles son los nuevos escenarios ante los que queremos actuar e interactuar. Es decir, hemos aceptado que las calles se conviertan en espacios de tránsito y aparcamiento para automóviles, renunciando a esos espacios públicos y nos hemos conformado con las aceras para hacer el resto de nuestra vida en la calle, dándole al tráfico una importancia y un predominio tal que, al cabo de apenas 5 décadas, se ha hecho incuestionable. 

Somos capaces de justificar cosas tan graves como el derecho de los automovilistas de acceder a su vivienda, a su trabajo y al resto de sus obligaciones y deseos a bordo de sus automóviles, somos capaces de justificar que los niños no puedan jugar libremente en las calles o desplazarse a edades más que razonables por el miedo a un atropello, somos capaces de justificar que esas aceras exiguas sean invadidas por veladores, merchandising y mobiliario urbano dificultando incluso el tránsito peatonal, somos capaces, en definitiva, de justificar cualquier cosa con tal de no cambiar nada y, sobre todo, de no desfavorecer el uso y el abuso del coche.



Y tiro porque me toca

Ya es hora de empezar a cuestionar este orden en serio. Y hacerlo no es defender la peatonalización de calles o zonas, que también. Cuestionar la "autocracia" de nuestras calles pasa por no estar dispuestos a reconocer el precio que debemos pagar todos porque unos cuantos quieran desplazarse en coche

Y es un precio que no sólo es dinero (para construcción y mantenimiento de carreteras y aparcamientos, para sufragar las consecuencias de los accidentes y en general todos los gastos de salud derivados de un estilo de vida sedentario y agresivo), es también espacio y tiempo.

Espacio público, que es de todos y que está dedicado en su mayoría para el uso disfrute de los automóviles en detrimento del resto de usos y usuarios. Espacio que, además, está terriblemente condicionado por la circulación de esos pesados rinocerontes de a tonelada por cabeza, que nos tienen atemorizados porque sus embestidas son mortales.

Imágenes de Copenhagenize
Pero también tiempo. Porque los tránsitos del resto de usuarios de las calles se ven dilatados en su interacción con el tráfico motorizado. Rotondas que difieren los itinerarios teniendo que describir tremendas circunvalaciones, pasos de peatones excesivamente secuenciados que obligan a quebrar la marcha lineal, semáforos discriminatorios que retardan abusivamente a los caminantes. El tiempo también se lo hemos cedido a los automovilistas para que ellos puedan llegar primero y mejor.

Si no somos capaces de darnos cuenta de todo esto, no podremos cambiarlo, y hay que reconocer que tenemos una gran dificultad para hacerlo precisamente porque hemos sido nosotros mismo los que hemos participado durante décadas en su construcción y en la justificación de los vicios que contraía.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Yo me hago peatón

Parece que sólo somos capaces de entender la realidad si la diseccionamos, la compartimentamos y la categorizamos. Y si el resultado de todo eso son grupos enfrentados, entonces nos gusta mucho más. En el terreno viscoso de la movilidad esto se entiende perfectamente. La disociación entre los distintos presuntos colectivos, cuya pertenencia se reduce a la elección del modo de desplazarse que hayan hecho en ese momento sus adeptos, se nos presenta como un conflicto irresoluble por ser pretendidamente irreconciliables las posturas de las distintas facciones.

Así se plantea como imposible y por tanto impensable una relación mínimamente satisfactoria entre automovilistas y ciclistas, entre ciclistas y peatones, entre peatones y automovilistas y, si afinamos un poco más, entre los distintos automovilistas (conductores de coches, motos, buses, furgonetas, taxis, camiones, etc.).

Nos sentimos cómodos reconociendo enemigos y comprobando cómo efectivamente la ciudad ante nuestros ojos es una jungla y la calle es un campo de batalla y los que hemos decidido que son los demás son malos y quieren amenazarnos con sus elecciones y sus afecciones. No podemos soportar un mundo fácil y poco agresivo donde la gente se entienda sin más, porque están dispuestos a avenirse y a convivir, porque no quieren buscarse problemas ni ocasionarlos.

Pero lo que más nos molesta reconocer es que cualquier persona de esos que protagonizan esas escenas de crispación soliviantadas pueden cambiar de bando en distintos momentos y que esos momentos se pueden suceder de una manera mucho más seguida de lo que podemos llegar siquiera a sospechar cuando las vemos tan enzarzadas en sus disputas.


Así el peatón más celoso de su condición y que recrimina a un ciclista que le ha pasado a lo que considera una distancia inaceptable, puede haber sido unos minutos antes un automovilista que no ha tenido esa misma consideración igual con ese mismo ciclista. O un automovilista que no puede soportar que un ciclista no respete un semáforo de regulación de paso peatonal, puede que, una vez aparcado, cruce esa misma calle por un sitio cualquiera o igual por ese mismo paso peatonal con el semáforo en rojo. Lo mismo que ese ciclista al que le molestan los peatones, pero que luego de peatón no tiene cuidado. O viceversa.

Somos contradictorios, multipolares y nos gustan los conflictos más que a los niños las piruletas. Nos gusta estar enfadados con el mundo. No todos ni todos por igual, hay gente que empatiza y que se reconoce y reconoce a los demás es esta especie de locura polifacética, pero parece que todavía son una minoría.

Por eso yo me voy a hacer peatón. Como si no lo hubiera sido toda la vida o como si toda la gente no fuéramos peatones, porque, precisamente, el peatón no es una categoría que se reconozca a sí misma, simplemente porque es una condición natural inherente a la persona. Me voy a hacer peatón y voy a ejercer de peatón porque soy ciclista vocacional y compulsivo, y aunque trato de poner todos los sentidos cuando pedaleo, pero estoy seguro de que no lo acabo de hacer bien.

Me voy a hacer peatón y voy a andar... y voy a tratar de entenderlo y de entenderme. Entenderme cuando no espere en los pasos peatonales regulados por semáforos en esas esperas eternas sin coches a la vista. Entenderme cuando me cruce despistadamente ante cualquier impulso tonto y una bicicleta o un "runner" me atropelle sin querer. Entenderme cuando esté pasando el rato en una plaza y entre un energúmeno al volante infringiéndolo todo y me hierva la sangre pero no vaya a decirle nada. Entenderme cuando un repartidor utilice toda la acera ante la falta de un carga y descarga más a mano y me amenace con una mirada desafiante.

Creo que ser peatón va a ser emocionante. Ya os contaré.

domingo, 1 de junio de 2014

La batalla de las Navas de Tolosa

La Reconquista. Ese fue el motivo de esa famosa contienda en la que se recuerda la expulsión del dominio musulmán de tierras ibéricas y la hegemonía de las fuerzas cristianas. Nada que loar, nada que exculpar, pura constatación.

Gracias o por culpa de semejante hazaña muchas de nuestras ciudades cuentan con calles que recuerdan ese hito histórico. En mi ciudad la Calle Navas de Tolosa es una de las mejores representaciones del dominio histórico del automóvil sobre los parroquianos de a pie, por lo cual se puede (y se debería) convertir en una de las candidatas a la Reconquista Peatonal y Ciclista. Toda una concurrencia de simbología.

Navas de Tolosa antes de la motorización - Fuente: Navarra en el pasado

El peatón, ese ser paciente, sufrido, acostumbrado a vivir de la misericordia de los señores del automóvil, acostumbrado a hacer recorridos penitentes por pasos de cebra retranqueados, rotondas interminables y aceras llenas de ciclistas, acostumbrado a renunciar a sus derechos hasta límites impensables, está llamado a ser el gran protagonista en la Reconquista de la habitabilidad de los espacios públicos, de las calle, en lo que llamaremos la Batalla de la Calle Navas de Tolosa.

Navas de Tolosa en la proto-motorización (1965) - Foto extraída de Memorias del viejo Pamplona

La Calle Navas de Tolosa de mi ciudad presenta el mismo perfil y los mismos síntomas de sobremotorización, discriminación peatonal y depredación circulatoria que muchas otras. Una calle céntrica, clave para el acceso de las personas de los barrios más poblados de la localidad al Centro de la ciudad. Una calle que discurre por uno de los corredores abiertos en la todavía dominante muralla que aún se conserva para orgullo de propios y asombro de extraños. Una calle que es Camino, una calle que se le ha dado a los coches aunque no les sirva realmente para entrar ni para salir.

La Calle Navas de Tolosa tiene 6 carriles: 2 de aparcamiento y 4 de circulación, cuenta con las aceras más transitadas de toda la ciudad. Un conector entre varias de las autopistas urbanas centrales de esta ciudad. Un corredor donde a las bicicletas se les ha señalizado el camino invadiendo la acera y describiendo un recorrido imposible que muere en un contrasentido.

Navas de Tolosa hiper-motorizada (actualidad) - Foto de Pamplona calle a calle

La Batalla de las Navas de Tolosa debería producirse cuanto antes y debería perseguir su peatonalización para dejar de ser un muro motorizado y pasar a ser un paseo exclusivo para medios no motorizados, acceso al Centro, al Casco Viejo, al Paseo Sarasate y al Parlamento. Como se hace en las fiestas patronales, fechas en las que curiosamente la ciudad multiplica sus peatones y también los automovilistas y en los que se puede renunciar a esta autopista, lo que representa una prueba inequívoca de su carácter prescindible.

No debería ser una guerra cruenta (nunca tan humillante como la que se está produciendo en esas aceras) pese al empeño de nuestras autoridades automovilistas de pertrecharnos para la batalla con cascos, chalecos, bocinas y luces de combate. Debería ser más un proceso lógico, deseable y deseado, pero...

Tropas ciclistas caminan por una calle con sus perceptivos cascos, luces y timbres de aviso

lunes, 12 de mayo de 2014

Preparando a nuestros menores para la guerra de los autos

Porque está claro que esto es una guerra declarada contra las bicicletas. Si no, no se entiende toda la estrategia desplegada para anularlas. Esta guerra empezó hace ya unas décadas en las que se fue fraguando el dominio de los automóviles en nuestras calles, en perjuicio de todos los demás, niños sobre todo. Un dominio basado en el terror y que ha dejado no pocas víctimas en el campo de batalla y demasiados daños colaterales. El otro día se revelaba una de ellas, en un ranking de las ciudades más contaminadas de nuestro entorno entre las que muchas que presumen de verdes ocupaban posiciones cabeceras.

Después de apenas cinco décadas de tiranía y de mezquindad en favor del automóvil, en los últimos años se ha producido un preocupante renacimiento de la bicicleta que tiene obsesionados a los señores del tráfico como una amenaza cierta a su orden. Las bicicletas no son bienvenidas en nuestras ciudades porque molestan. Molestan en un tráfico pesado, violento y organizado para que el coche y sólo el coche funcione. Pero molestan mucho más cuando se refugian en las aceras y zonas peatonales porque reproducen esa misma agresividad contra los indefensos peatones (muchos de ellos previos automovilistas agresivos).


Así las cosas, la táctica no se hizo esperar y los señores del tráfico decidieron recurrir a su argumento más eficaz: el miedo. Sembrando miedo entre la población se puede culpabilizar a los ciclistas de su propia siniestralidad y castigarles a protegerse como si sus lesiones fueran poco menos que autoinfringidas. Soberbio.

Primero las medidas fueron encaminadas a separar a las bicicletas del tráfico, de la calzada, atrincherándolas en corredores donde, si no se la jugaban intentando circular por ellas, lo hacían cuando se cruzaban con el tráfico motorizado o hacían peligrar a los caminantes porque se habían hecho a base de pintar rayas en las aceras. Eso no tuvo el efecto disuasorio deseado sino más bien el contrario y animó a mucha gente a montar en bicicleta de una manera más o menos incosciente.


Visto lo visto, los señores del tráfico, esos que no van a hacer nada por reducir el uso del coche, han decidido penalizar a los ciclistas y obligarles a utilizar casco para sus desplazamientos. Así, porque sí, porque los ciclistas, como los automovilistas, como los peatones y como los que se caen en la bañera de su casa sufren demasiados traumatismos craneoencefálicos, muchos de ellos fatales. Qué empeño. Único país en Europa y uno de los pocos en todo el mundo.

Ante la contestación social y la reacción de todos los estamentos a nivel europeo, lo que iba a ser una ley universal, se ha quedado en un castigo sólo para los menores, a los que, bajo la presunción de querer protegerlos, les obliga a utilizar casco hasta los 16 años. Como si a partir de esa edad fueran inmunes o como si la mayor parte de las víctimas, quitando las que se producen en periodo vacacional, no fueran mayores de 25 o como si los más peligrosos no fueran esos ciclistas noveles, mayores, inseguros e inconscientes... o como si a los ciclistas no les atropellaran coches. Por favor.

En fin, seguiremos batallando en esta guerra cruel que penaliza a los débiles y protege a los fuertes, que premia a los agresores y condena a las víctimas, que prefiere no tener calles que dejar de desplazarse en coche. Eso pese a que muchos ayuntamientos (entre los que se encuentran los de Sevilla, Barcelona, Vitoria, Zaragoza, Donostia o Pamplona, por ejemplo), en ese proceso de discriminación legal, hayan aprobado por mayoría una declaración contra la obligación del uso del casco, que ahora tratan de olvidar. Somos ruines, somos miserables, somos cobardes, somos conservadores y no dejaremos de serlo, aunque suframos las consecuencias en nuestras propias carnes.

martes, 18 de febrero de 2014

¿Qué ciudad hemos preparado para nuestros niños?

¿Y cómo tenemos que adiestrar a nuestros niños para que se adapten a esa ciudad?



Si viendo videos adoctrinadores como éste no se nos ponen los pelos de punta es que somos unos indolentes y unos irresponsables, o que ya nos hemos inmunizado a la basura infantil.

¿De verdad queremos mantener este estado de cosas? ¿De verdad queremos seguir metiendo miedo a nuestros niños? ¿Queremos seguir prohibiéndoles jugar en las aceras? ¿Queremos seguir reprimiéndoles y represaliándoles porque no son capaces de hacerse con el orden que les hemos establecido? ¿De verdad lo queremos? ¿O es que simplemente no creemos que se pueda cambiar?

Esto no es seguridad vial, esto no es educación vial, esto es represión vial.

Basta de semaforitos, basta de niños advertidos, basta ya de meter miedo y de proteger al coche y justificarlo, incluso en los despistes de los automovilistas, basta ya de culpabilizar a los que tendrían que ser los protagonistas de la movilidad y de la vida urbana.

Esto es demasiado siniestro para que nos siga pareciendo normal. 

Si con ese video no os ha sido suficiente, ahí va otra joya de la misma firma. Aquí al miedo, a la protección de la tiranía del coche, a la educación aborregante y maniqueísta hay que sumar la justificación de las prisas y la irascibilidad al volante, la inevitabilidad de la congestión, la incitación al consumo y a la competencia infantil y, no paremos de alucinar... ¡la circulación de las bicicletas por las aceras y la peligrosidad de los peatones!



Luz roja a esta luz verde tristona y atemorizadora que va a hacer de nuestros niños unos zombies a las órdenes de Nancy Agente de Tráfico. No más terror en las aulas.

miércoles, 29 de enero de 2014

Ciclistas en calles peatonales ¿barra libre o limitaciones?

Está siendo muy aireada la modificación de la ordenanza de tráfico de Vitoria en lo relativo a prohibir la circulación de bicicletas por algunas calles del centro de la ciudad en las horas en las que en ellas se concentra la mayor actividad comercial y la mayor ocupación peatonal. Algo que se presta a la crítica en caliente, pero que hay que analizar con algo más de rigor y profundidad.


Somos ciclistas, como tales somos personas que conducimos vehículos a velocidades moderadas porque nos desplazamos y eso hace que tratemos de optimizar nuestros itinerarios. Nos han dado permiso, por omisión normalmente, para circular en zonas peatonalizadas. La mayoría, cuando lo hacemos tratamos de ser respetuosos y cívicos y hay constancia de que algunos, los menos, cuando ven que la cosa es mínimamente comprometida se bajan de la bici y no tienen ningún problema en caminar unos metros, aunque sean un ciento, para no perturbar la calidad convivencial de estas zonas.

Si esto fuera así mayoritariamente y los que montan en bici estuvieran dispuestos a desmontarse sin más de forma voluntaria en determinadas condiciones no habría problema. Si hubiera cuatro ciclistas tampoco. El problema es que ni la mayoría es capaz de caminar con la bicicleta en la mano, ni hay cuatro ciclistas, ni cuatrocientos, sino que afortunadamente las bicicletas se cuentan por miles. Es ahí donde hay que actuar y hay que hacerlo con tacto pero también con temple y con buen pulso para priorizar donde hay que priorizar: en las personas.

Decía alguien en algún sitio que él no quería ser peatón ni que lo catalogaran como tal cuando caminaba, paseaba o estaba en un lugar público, porque consideraba que dicha clasificación empobrecía su entidad como persona y reducía sus derechos a su mera capacidad de desplazarse o a su contingencia de persona en movimiento. Efectivamente, la gente que está en la calle no son peatones, lo son cuando cruzan una calzada, lo son cuando caminan en un desplazamiento hacia alguna parte, pero no se pueden considerar tales cuando simplemente están disfrutando del espacio público.


Esto lo han entendido perfectamente los responsables de gestionar el espacio público en las ciudades donde hay mucha presencia de ciclistas. ¿Y cómo lo han hecho? Pues simplemente limitando el acceso en bicicleta a las zonas que han querido preservar con ese caracter estancial, recreacional, social, de encuentro y/o de alta densidad comercial.

En esas ciudades está prohibido circular montado en bicicleta por esos espacios peatonales a determinadas horas y está prohibido también aparcar las bicicletas y realmente son dos cosas que se agradecen y que también están severamente perseguidas y no sólo por los agentes de policía local sino por cualquier conciudadano que te intimida con una simple mirada reprobatoria o con un comentario educado.


Aquí, donde la preeminencia peatonal es mucho más fuerte que en esas ciudades y donde la vida de nuestras calles y plazas es mucho más intensa y más rica no podemos caer en la tentación de consentir excesivamente el uso de las bicicletas en las horas de mayor actividad de esas calles porque podemos perder ese carácter que tienen para convertirlas en espacios con tensión circulatoria.

Vitoria lo acaba de instaurar, pero muchas ciudades lo están ya necesitando con urgencia. ¿Significa esto que se está renunciando a una decidida política de promocionar la movilidad sostenible y, dentro de ella, la bicicleta como vehículo clave? En absoluto. Más bien reconoce que hay espacios en los que la circulación no es deseable.

"Partiendo de la premisa de que las aceras y espacios peatonales no son lugares para la circulación de vehículos, la nueva regulación de la movilidad ciclista busca compatibilizar la promoción de la bicicleta como alternativa de movilidad urbana con la preservación de la calidad estancial, la defensa del espacio público en los entornos urbanos y la protección de la movilidad peatonal."

Nada menos sospechoso que esto. Recordemos que la calidad del espacio público y su uso social debe prevalecer sobre la movilidad por más sostenible que esta sea. Maximizar la bicicleta, como el transporte público o como las peatonalizaciones unívocamente es no entender que la ciudad es un sistema complejo y que para hacerla más amable, relacional e inclusiva resulta imprescindible entenderlo... y actuar en consecuencia.

Al final estamos hablando de una decena de calles y sólo durante unas horas, que no condicionan de una manera excesiva la movilidad ciclistas ya que cuentan con alternativas cercanas (o pueden recorrer esas calles a pie con la bici en la mano). Lo que es reprobable es prohibir antes de dejar claras y preparadas las alternativas de circulación, porque muchos ciclistas utilizan esas calles para sus desplazamientos habituales.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Peatones y ciclistas en el punto de mira

Defender la supremacía del coche. Ese es el objetivo principal que tiene la Dirección General de Tráfico española. Para los que aún anden despistados. Por eso no podemos esperar que esta institución vaya a cambiar nada que no sea en beneficio de los automovilistas. Lo que sí podemos esperar y comprobar es que con el viejo argumento de la seguridad vial, de lo que traten de convencernos es de que todos tenemos un poco de culpa cuando somos atropellados, porque lo que es incuestionable e inamovible es el reinado del coche en la calle. Vamos, que los coches sólo pasaban por allí y nosotros nos cruzamos en su camino.

Así las campañas de la DGT rezuman ese poso que deja clara la superioridad del coche sobre el resto de medios de transporte y, de alguna manera, su presunta inocencia en la inseguridad y en la violencia vial que sufrimos en nuestras calles. La campaña monográfica sobre la bicicleta que presentaron no dejaba ningún tipo de dudas a este respecto.



Esto es lo literal. Ciclistas ridículos, con actitudes pueriles, presentados como insensatos, invitados incómodos a los que soportar, lentos, patosos, testarudos. Gente a la que domesticar, que debe llevar hasta lo que no está aprobado todavía como obligatorio.

Y castigar al infractor

Pero hay una vertiente mucho más taimada y profunda en la que nuestra DGT trabaja de manera infatigable: el castigo ejemplar. Ese que hace escarmentar y que se puede utilizar para exhibir públicamente las conductas indeseables para su escarnio. ¿Parte de su trabajo? Sí, pero resulta sospechoso cuando dirige su objetivo a los más débiles, a los que, por lo general, se llevan la peor parte en un accidente.

Esta semana hemos tenido noticia de una campaña de estas características que ha tenido lugar en varias localidades de Navarra.

Una policía local controla el paso de los peatones (Diario de Navarra)

Aquí la DGT de la mano de la Polícía Local, ha decidido castigar esta vez a los peatones. Y no le ha temblado el pulso a la hora de establecer las multas: 200 euros por cruzar un paso con semáforo en rojo y 100 por hacerlo fuera de un paso de cebra. Así, el titular se lo llevan las denuncias, aunque la proporción de infractores respecto a la muestra sea irrisoria, que sería la verdadera noticia. En concreto, en Navarra, de 10.677 viandantes controlados se han denunciado a ¡13! ¡Qué te parece! ¡Un 0,12 %! ¡Uno de cada 820! Ridículo.

Lo más lamentable de este tipo de campañas es que al resto de la población nos parecen lógicas y hasta recomendables. Hay que domesticar a los que transgreden las normas. Lo que no nos damos cuenta es que estamos cayendo en su trampa que es la que legitima el orden establecido sin reparar es que es un orden totalmente ventajoso para el coche y que discrimina hasta extremos impensables a los demás.

En vez de tratar de comprender qué motiva esas infracciones

Si en vez de seguir su lógica según la cual el orden establecido es el bueno y el recomendable y cualquiera que no lo siga tiene que ser escarmentado, fuéramos capaces de verlo desde una óptica más conciliadora en la que primara la convivencia y las calles se entendieran como espacios de tránsito multimodal y como lugares pensados prioritariamente para las personas, este tipo de problemáticas se trabajarían desde una perspectiva diferente.

¿Por qué los peatones cruzan con el semáforo en rojo o fuera de los pasos peatonales? ¿Por qué las bicicletas andan por las aceras? ¿Por qué no quieren parar en los cruces? ¿Es sólo porque son una partida de suicidas que no valoran en nada su integridad? ¿O lo hacen sólo para molestar?


Si en vez de enfocar las cosas desde ese ángulo tratáramos de entender que quizá todo está demasiado orientado a que el coche funcione y el tráfico fluya y que para conseguirlo hemos condenado al resto de usuarios de la calle a hacer paradas ridículas, itinerarios penosos o hemos creado barreras que sólo son franqueables por pasos quizá demasiado distantes unos de otros o simplemente mal diseñados, quizá fuéramos capaces de cuestionar este orden y trabajar por hacer ciudades con calles más permeables, más accesibles, más seguras, más amables, más pensadas en las personas que en los coches.

Esto no entra en los planes de la Dirección General de Tráfico ni en el de la práctica totalidad de las Policías Municipales, porque su misión precisamente es hacer que se cumpla el orden. Así pues, si queremos que algo cambie, no tratemos de explicárselo a los que están para que esto funcione. Ya estáis avisados.

domingo, 27 de octubre de 2013

¿Es posible impulsar la bici sin desincentivar el uso del coche?

Bicis en las aceras, bicis en los caminos bici, bicis en los paseos, bicis en los parques, bicis en los jardines... y en la calzada sólo coches. Hay excepciones pero son escasas. El desarrollo de la bici como opción de movilidad en nuestras ciudades se ha hecho a costa de los peatones pero ¿por qué?

Pues porque ha sido un juego, un juguete en manos de unos políticos medrosos y cortos de miras, que han querido utilizar la bicicleta para escenificar un teatro de sostenibilidad, contando con unas cuantas marionetas que han visto que la ocasión la pintan calva y que su diosa bicicleta era merecedora de un reconocimiento histórico pendiente. Todos ellos estaban de acuerdo en una cosa: cuantas más bicicletas en la calle, mejor.


Ecosistema urbano y movilidad

Lo que no tenían en cuenta es que la ciudad como ecosistema y la movilidad como uno de sus vectores más importantes no funciona por simple adición sino que requiere de una visión de conjunto y que la maldita sostenibilidad (ese fabuloso sucedáneo de la innombrable ecología) no se consigue añadiendo items sino, fundamentalmente, compensando los desajustes y tratando de contrarrestar las componentes que hacen que ese monstruo devorador de energía y generador de tensiones ambientales y sociales tremendas en el que vivimos la mayoría de las personas hoy en día, se haga algo más amable, más eficiente y menos agresivo.

En términos de movilidad (otro eufemismo fatal que no ha servido más que para priorizar la necesidad de moverse por encima del derecho a la accesibilidad y a la deseable proximidad) la ciudad es el escenario de las opciones que la gente ha ido tomando para desplazarse. Así hay gente que utiliza para moverse automóviles, transporte colectivo, bicicletas o lo hace a pie. Son opciones y no son estancas, es decir, una misma persona puede desplazarse en distintos medios de transporte de acuerdo a sus distintos viajes. Otra cosa que nos cuesta un montón comprender.

La mano invisible y sus intereses

En el sistema de la movilidad cuenta de una manera decisiva la estrategia de incentivación de unos medios frente a otros, que normalmente viene diseñada por los gobernantes conveniente presionados por los grupos de interés económico, los tan temidos "lobbies", con sus amenazas y sus promesas de progreso, desarrollo y sobre todo riqueza infinita. De los objetivos que se plantean esos grupos de poder depende la configuración de las calles y sus desequilibrios.

La cosa entendida así ya no parece tan limpia y tan inocente, porque en realidad no lo es. La realidad es siniestra e interesada y la maquinaria del poder no entiende de sofismas ambientalistas ni de quimeras sociológicas. Esas son causas para el necesario contestatarismo que afianza, con su marginalidad y su fragilidad, la lógica aplastante del poder. Dominante.


Es ese poder y los gobiernos que le bailan el ritmo el que ha ido decidiendo introducir, incentivar y acabar imponiendo el uso del automóvil privado como opción deseable para los desplazamientos habituales de la ciudadanía. El mismo poder que ha fomentado la dispersión geográfica que ha acabado con la posibilidad de utilizar otros medios, que ha construido asentamientos sólo accesibles en coche, que ha diseminado los centros de actividad para despotenciar al transporte colectivo, sobre todo el público, y que ha disuadido a la gente de ir a pie o en bici a sus destinos habituales. El mismo que ha ido configurando la ciudad y sus conectores dimensionándolos a escala coche y haciéndolos poco atractivos para los no motorizados.

Ese poder y sus lacayos no han tenido empacho en diseccionar cuantas veces ha sido necesario la ciudad consolidada, esa a la que recurren como algo inviolable cuando se pretende redistribuir los espacios en busca de oportunidades para otros usos, para ofrecérsela en bandeja al coche en forma de avenidas y aparcamientos rápidos y seguros.

En esas ciudades surcadas de grandes viales a la medida de los coches, en las que se puede aparcar por doquier, en las que se puede llegar prácticamente a cualquier parte al volante, ahora pretendemos meter las bicis, sin poner en cuestión su arquitectura y mucho menos los motivos que fundamentaron dicha configuración.

Así jugamos a hacer vericuetos para las bicis para consuelo de muchos, que se conforman con cualquier cosa, y para indignación del resto. Y alentamos a la gente para que los use y para que tema utilizar sus bicicletas en la calzada, porque es muy peligrosa para todo aquel que no posea un motor. Y así los ciclistas acaban circulando por las aceras y los coches no encuentran molestias en la calzada.

¿Qué se puede hacer con esto?

Pues, básicamente, hay dos alternativas: no hacer nada y dejar que la cosa desvaríe hacia donde sea menos hacia el detrimento de los intereses automovilistas o bien empezar a deconstruir la ciudad de los coches. Lo primero es lo que se está haciendo en la mayoría de las ciudades, lo segundo es el reto y un reto que se antoja difícil pero no imposible. 


El reto: deconstruir la ciudad de los coches

El reto consiste en ir haciendo el coche cada vez más inconveniente para los viajes urbanos, por supuesto, pero el verdadero reto, la reválida, consistirá, por encima de eso, en recuperar las ciudades para los ciudadanos. Sobre todo los centros urbanos. Hay que reurbanizarlos como espacios de convivencia, pero, más que eso, hay que devolverles su categoría de centros de actividades (y no solamente comerciales), de ocio, de encuentro y de vida.

Para ello será necesario impulsar una decidida estrategia que ataque la desertización de los centros urbanos, con políticas que busquen la ocupación de todas las viviendas que se encuentran vacías, penalizando las que no se ocupen. Pero será necesario también devolver las oficinas a los centros urbanos, para que vuelva a haber actividad económica, más allá de la comercial o la depauperada hostelera, favoreciendo a las que se ubiquen otra vez allí.

Este tipo de medidas devendrán en una reincardinación de más personas en el centro, pero en un nuevo centro, reconfigurado para que el acceso en coche sea penoso, cuando no imposible. Ayudarán a recomponer un transporte público que ahora se ahoga intentando dar cobertura en zonas dispersas y a centros de actividad deslocalizados y periféricos. Pero sobre todo servirán para mostrar una forma diferente de convivencia en la que la marcha a pie y las bicicletas dominarán las calles y donde las personas prevalecerán sobre los vehículos. 

Sin mayores actuaciones, sin desembolsos inalcanzables, sin cirugía urbana, sin hacer pasillos imposibles, sin grandes campañas mediáticas, sin bicicletas públicas ni otras vainas. Allí se impondrá el sentido común, la practicidad, y ahí la bicicleta se volverá incomparable y se impondrá en recorridos medios, para ceder el paso a los peatones en las distancias cortas.


Es un reto difícil, porque venimos de unos años, sobre todo los últimos, en los que se ha hecho lo contrario con avidez enfermiza, pero esos tiempos de la excavadora, el ladrillo y el fajo de billetes afortunadamente han pasado y ahora hay que mirar a lo que viene y a lo que se puede hacer... y deshacer.