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domingo, 19 de febrero de 2017

No hay cambios reales en movilidad sin consenso social y compromiso ciudadano

Estamos viviendo una época de cambios, aunque algunos sean puramente estéticos, en la forma de gobernar nuestras ciudades. Los nuevos equipos de gobierno, sobre todo aquellos que han sido fruto de coaliciones, están obligados a buscar puntos de encuentro y consensos sobre cuestiones fundamentales. Si a eso añadimos la necesidad de cumplir con las exigencias de participación que marca la ley, mejorada con un cambio de actitud respecto a este aspecto que en muchos casos ha devenido en una suerte de exaltación de los procesos de participación (lo que hay gente que ha denominado como participacionismo) nos encontramos con un escenario en el que cada vez hay más espacios donde ejercitar el derecho a opinar, proponer y discutir algunos asuntos públicos, de los cuales la movilidad es quizás el que más interés suscita y el que más visibilidad pública tiene.


Es este estado de cosas, resulta clave la actitud de los responsables públicos a la hora de mantener el equilibrio entre la imperiosidad, la conveniencia y la vocación a la hora de buscar los consensos necesarios para que la movilidad sea una cuestión que ataña al bien común o para que se convierta en un caramelo que, dada la repercusión mediática y social que conlleva, se instrumentalice como una opción partidista y se utilice a modo de ariete para buscar rentabilidad política, en vez de rentabilidad social.

Es clave para poder asumir nuevos retos, perentorios dada la situación insostenible en la que nos hallamos, que entendamos todos y principalmente los responsables políticos, que los cambios que necesitamos en movilidad no dependen tanto de la determinación y energía de una opción política que trate de demostrar a corto plazo que las cosas están cambiando, como de la necesidad de contar con un consenso político y social que posibilite que este proceso tenga la legitimidad suficiente como para contrarrestar las tentaciones de la alternancia política o los celos partidistas y para que se materialice a lo largo de varias legislaturas.

Tenemos que tener presente que nos encontramos ante un reto que requiere varios lustros de labor continuada tanto en la toma de medidas y la ejecución de actuaciones encaminadas a dificultar el uso del coche como en la misión pedagógica a todos los niveles que requiere un cambio de hábitos como el que se pretende, para empezar a devolver frutos a una ciudad.


La movilidad debe afrontarse como una cuestión de bien común, siendo el bien común un concepto que en general puede ser entendido como aquello de lo que se benefician todos los ciudadanos o como los sistemas sociales, instituciones y medios socio económicos de los cuales todos dependemos que funcionen de manera que beneficien a toda la gente. Y necesitamos que toda la gente o una buena parte de ella entienda que el reto de la movilidad merece la pena.

Y más que la movilidad, la calidad de vida de nuestras ciudades, la sostenibilidad económica y social de las mismas, la habitabilidad del espacio público, la necesidad de que los entornos urbanos sean vivibles, seguros, justos, agradables, interesantes, atractivos, deseables.

Cambios de esta magnitud, de esta profundidad y de semejante dimensión tanto cualitativa como cuantitativa deben ser afrontados y asumidos con un consenso social suficiente que incite y concite la corresponsabilización tanto de todos los agentes sociales y políticos, como de la ciudadanía en general.

Sin consenso a todos los niveles y en todas las direcciones (vertical, horizontal y transversal) un problema como el que tratamos de resolver que depende tanto de mantener líneas de actuación más allá de lo que muchos políticos están dispuestos a mirar y que requieren de la coordinación de distintas áreas municipales, pero que, sobre todo, depende de decisiones personales que suponen cambio de hábitos y rutinas, esto no hay quien lo afronte.

Un consenso que habrá que revisar y refrendar con relativa frecuencia, para no perder el pulso de la ciudad y su ciudadanía, en procesos inclusivos e incluyentes.

lunes, 1 de agosto de 2016

Un plan para reducir el uso del coche

Sin eufemismos, sin medias tintas. Lo que está matando nuestras ciudades y a las personas que en ellas habitan son, entre otras muchas cosas, los coches. Su uso abusivo e injustificado, todas las facilidades que se han puesto para hacerlo y todos los intereses que nos han hecho creer que rodean su utilización deberían ser los objetivos contra los que tendrían que trabajar nuestros ayuntamientos, si realmente fueran responsables. 

Porque los coches no sólo matan en accidentes mortales. Mata la polución que generan. Mata el sedentarismo que llevan asociado. Mata el estrés y la violencia que conllevan. Y mata de una manera mucho más sutil pero mucho más efectiva el espacio y las condiciones que necesitan para desplazarse y que restan habitabilidad a nuestras ciudades. Los coches matan mucho más de lo que nos suponemos o de lo que estamos dispuestos a reconocer, sobre todo porque no hay una mala conciencia en su abuso.

Sin embargo, la atención se desvía fácilmente y eso el poder establecido y los lobbies que lo sustentan saben manejar y modular perfectamente, hasta tal punto que acaban cayendo en su trampa incluso los que se atribuyen el protagonismo del cambio.

Así parece que es más conveniente y tiene más sentido hablar de sostenibilidad que hablar de reducción de elementos nocivos y peligrosos de nuestras ciudades y parece que con mencionar la intención de hacer cualquier cosa en positivo basta para conseguir un efecto directo a la hora de contrarrestar esos elementos nocivos. Pues va a ser que no.


Por ejemplo, la sola mención de querer hacer un carril bici en la calzada parece que ya es un logro por sí misma y que consigue parte del objetivo de reducir el uso del coche. Independiente de cómo y dónde se haga, que no son cuestiones menores, la mera existencia de este tipo de infraestructuras no reduce el uso del coche, aunque consiga incrementar el número de ciclistas, si no se acompaña de medidas específicas encaminadas a hacerlo.

Lo mismo pasa con medidas tales como peatonalizar islotes en la ciudad, reducir la velocidad de circulación o hacer cosas para la galería tales como días de la bici y cosas de esas.

¿Por qué no dejamos de marear la perdiz y engañar a la gente y hablamos de una vez por todas de qué vamos a hacer para reducir el uso del coche primero y luego nos ponemos a planear cómo absorber a todas esas personas que se hayan quedado huérfanas de coche y sean tan estúpidas que no conozcan las alternativas?

¿Por qué en vez de hacer eso tratamos de aparejar todo un sistema perfecto de servicios de transporte público y vías ciclables? ¿No se puede hacer  simultáneamente? ¿No debería hacerse primero lo más urgente y luego ir montando todo el sistema de movilidad?

¿Qué pasa? ¿Cuál es el impedimento? ¿Tanto respeto o miedo nos da incomodar a los intereses que rodean al coche? ¿Y entonces por qué lo están haciendo ciudades tan importantes como Londres, París, Nueva York, Hamburgo o Ámsterdam?

Empiezo a creer, y no soy el único, que la mano negra del coche sigue operando en la sombra y sigue amedrentando a los políticos con sus siniestras herramientas, haciéndoles creer que cualquier movimiento en contra de sus intereses puede ser fatal para la sociedad.

Mientras nuestros políticos no afronten este tema con valentía y desde esta perspectiva, estamos perdidos a merced de las terribles inercias que favorecen el uso del coche y todos los esfuerzos encaminados a favorecer las opciones más sostenibles de movilidad van a quedar difuminados.

jueves, 10 de diciembre de 2015

La Europa de los coches apesta

Hoy cedemos este espacio dedicado a las bicicletas a alguien que nos va a hablar de coches. Alguien que sabe de lo que habla porque lleva toda su vida útil trabajando en una factoría de coches, la misma que es objeto de su reflexión y de su crítica, hasta hace unos meses que decidió dejarla para dar el salto a la vida política de la mano de Podemos. Carlos Couso es parlamentario foral por esa formación política y en este artículo quiere aportar un poco de luz sobre la trampa automovilística en la que estamos metidos (esta vez desde su vertiente industrial y europea).

El conocido como “escándalo Volkswagen” es tan solo una de las aristas de un escándalo político en la Unión Europea -de primera magnitud y muchísimo mayor alcance que el hasta ahora expuesto mediáticamente-, que es el derivado del fraude masivo, consentido, y sostenido -desde hace 6 años por lo menos- en la certificación industrial y el control público de las emisiones de gases de escape de los motores de combustión de los automóviles.


En este fraude a gran escala no solo está implicado el citado grupo alemán de la industria del automóvil, sino toda la industria del sector automovilístico mundial que comercializa sus vehículos en Europa; también las grandes compañías petroleras que han entrado con fuerza como principales accionistas en algunos de los grupos automovilísticos (Qatar Holding 17% de VW); igualmente los gobiernos de los estados que tienen la responsabilidad del control de las emisiones (no solo de CO2, sino también NO, NO2, y otras sustancias, como las químicas sustitutivas del plomo en la gasolina, tres de ellas identificadas como cancerígenas); y sobre todo, también está implicada la Comisión Europea, que –según parece- ya tenía -desde 2009- sobre la mesa varios informes en los que se alertaba de valores anómalos en los motores diésel, e incluso de la existencia de artefactos instalados en los vehículos para ocultar los valores reales en los controles y mediciones, y desde entonces, este máximo organismo político y ejecutivo de la UE, no solo no ha hecho nada por hacer cumplir el Tratado Climático de Copenhague (2009) que desarrolla en este campo el Protocolo de Kioto (1997) para el territorio de la Unión Europea, sino que bajo la presión política del gobierno alemán –fundamentalmente-, incluso ha contribuido a ocultar esta gran estafa que lesiona los derechos de los clientes (consumidores), la salud del conjunto de la población, y acelera el proceso de destrucción medioambiental, y las consecuencias que esto tiene en el cambio climático.

La ONG “Transport & Environment” viene publicando en los últimos años informes precisos sobre toda esta cuestión, siendo uno de los más destacados el publicado sobre la situación en 2014, en el que se explica con claridad que todos los fabricantes de automóviles mienten en relación a las emisiones de gases de los motores de sus vehículos que certifican, algunos incluso por encima del 50%.

La Comisión Europea también tenía toda la información de la situación antes de que estallara el “escándalo Volkswagen”, y además la tenía de primera mano a través del “Joint Research Centre”, que es un centro de investigación propio de la Comisión, y que ya en un informe de 2011 manifestaba que los vehículos diésel testados superaban los niveles de CO2 permitidos por la legislación comunitaria (80 miligramos por kilómetro, tope fijado en 2009 en TCC).

Estos informes, y otros más, a cada momento han sido tachados de poco serios por una industria de la automoción que siempre ha tratado de alargar los plazos de las obligaciones legales y los compromisos adquiridos para el desarrollo de unos motores más limpios que lleven a dejar atrás la época de la combustión de derivados del petróleo. Trabajando a su manera también para silenciar –al menos mediáticamente- a las organizaciones ecologistas que denunciaban la situación del sector en relación a esta cuestión, y para que toda la documentación existente reposara en el fondo de los cajones de los despachos de la Comisión.

El peso de la industria del automóvil en el PIB alemán y europeo, pero fundamental- mente en el alemán, y el control y las presiones que Alemania ejerce sobre los organismos e instituciones políticas europeas ha sido determinante para el sostenimiento de un fraude masivo con el que se han estado alimentando las arcas de los países a los que pertenecen las grandes industrias del automóvil (beneficios empresariales, impuestos, empleo…).

Alemania y Francia fundamentalmente, pero también otros, castigaban “ejemplarmente” a Grecia por su “deuda”, con la connivencia del resto de los gobiernos que les hacen de monaguillos en la UE, mientras al mismo tiempo se lucraban indecentemente con la industria del automóvil, a costa de la salud de la población y el deterioro del medioambiente. El coste de las multas por los incumplimientos y engaños en la certificación industrial, las reclamaciones particulares, el impago de impuestos derivado del engaño, los sucesivos PIVES, etc…, podría alcanzar una cantidad superior a la de cinco deudas griegas, pero aquí se perdona…, y para ello en el seno de la UE se trabaja estos días soterradamente para alcanzar oscuros acuerdos político-industriales con el fin de tapar, de ganar tiempo para que escampe, y para que se olvide.


En toda esta historia el grupo Volkswagen no es el que más contamina, ni el que menos. Aunque sí parece ser uno de los que más ha mentido, por aquello de haber hecho creer que sus motores de combustión de gasolina y diésel eran productos prácticamente ecológicos por sus bajos consumos y emisiones de gases, tratando de justificar así de paso su escasa inversión y desarrollo en otro tipo de motores, quizá sirviendo con ello también a los intereses de su accionista privado más potente, el Qattar Holding (¡grandes vendedores de paraguas! como todo el mundo sabe…), al que le gusta mucho que de momento se sigan viendo enormes dificultades para la implementación de cualquier alternativa al petróleo como alimento de los motores del transporte por carretera.

Señoras y señores, este es el sucio panorama general, aunque les aseguro que por ahora no han visto ni un 10% de la porquería existente. Ya veremos si acabamos viéndolo todo, porque todos los implicados siguen mintiendo, son poderosos, y como siempre, están poniendo todo su empeño y recursos en que no nos enteremos.

Para que luego no nos sorprendamos con el inmovilismo que nos rodea o las medias tintas de muchos políticos respecto a poner restricciones reales a los automóviles.

lunes, 28 de septiembre de 2015

¿De lo sostenible a lo deseable?

Cuando tratamos el tema de la habitabilidad de las ciudades, hablamos normalmente utilizando eufemismos como sostenibilidad para enmascarar cuestiones más profundos y menos aceptables por las mayorías pasivas tales como ecología, responsabilidad social o daños colaterales de un sistema que esa misma mayoría ha aceptado como incuestionable. Pura conveniencia.

El ordenamiento urbano actual y el modelo de vida que lleva aparejado para la mayoría de la gente son insustituibles. La dispersión urbanística, la deslocalización de las actividades, la utilización masiva del coche, la cesión del espacio público en las ciudades para la circulación y el aparcamiento de automóviles, la subvención a los combustibles, a la construcción y mantenimiento del viario, a la compra de automóviles nuevos son sólo consecuencias de ello.


Eso por no mencionar los costes asociados a este modelo de vida que nos hace sedentarios, consumidores compulsivos, insolidarios y contaminadores extraordinarios. No es de buen gusto recordar las consecuencias sanitarias que asume la sociedad que soporta este modelo, tanto en enfermedades (diabetes, problemas cardiovasculares, problemas respiratorios, stress, cáncer...) como en costes asociados a accidentes (muertes, discapacidades permanentes, tratamientos y rehabilitaciones, daños en infraestructuras urbanas, seguros...).

Este modelo es insostenible. Lo sabemos. La calidad del aire de nuestras ciudades no es soportable, la calidad de la convivencia en nuestras calles tampoco. Sin embargo nadie es lo suficiente valiente para proponer un modelo nuevo. Los más atrevidos, como mucho, plantean medidas que sirven como parches o como acciones llamativas que generan interés y que impactan, pero nadie tiene un verdadero plan de cambiar de modelo, porque todos piensan que el modelo no se puede cambiar (o no se tiene que cambiar).


Por eso se sigue prefiriendo la sostenibilidad a la ecología, porque resulta más suave, más llevadera, más adecuada y menos implicadora. También porque es menos comprometida y eso permite ganar adeptos más fácilmente.

Cuando hablamos de movilidad esto es mucho más patente. Para empezar porque hablamos de movilidad como una cosa aceptada cuando realmente la movilidad es una enfermedad más de este modelo insano que hemos asumido. Tener que movernos para todo es lo que hemos dado por sentado. Porque no hemos sido capaces de conservar la cercanía, la proximidad, esa que nos abastecía y resolvía nuestras necesidades básicas en un entorno inmediato que se abarcaba normalmente andando. Y tampoco parece que seamos capaces de recuperarla, porque nadie lo plantea.

Nos hemos cargado en buena medida el comercio de barrio, los centros educativos de proximidad, incluso hemos alejado los centros de ocio y las oficinas de los núcleos urbanos a polígonos en el extrarradio a los que sólo se puede llegar en coche de una manera juiciosa porque han sido pensados para ello. Y compramos en internet cosas que venden o vendían los comercios en nuestro barrio (o en el de al lado).


¿Cómo vamos a cuestionar movimientos tan recientes? ¿Cómo vamos ahora a convencer a la gente de que deje los suburbios (muchos de ellos lujosos y soportando hipotecas fabulosas) para volverse al centro? Pero, mucho más que eso, ¿quién va a ser el valiente que proponga algo que eche por tierra todo un orden y una lógica tan poderosa como la que sustentó esa centrifugación, esa deslocalización, esa globalización? ¿O es que alguien en su sano juicio va a ponerse a cuestionar la especulación inmobiliaria y financiera, el automovilismo intensivo o el consumo compulsivo como garantes de la bonanza económica y valedores del bienestar y del progreso sociales y personales?

Nadie. Los pocos que están consiguiendo algo en otra dirección lo están haciendo aprovechando resquicios, despistes o concesiones de estos grupos todopoderosos y son conscientes de que, cuando se pongan nerviosos y les den el alto, tendrán que dejar de hacerlo y reverenciarlos sumisamente. La industria petrolera y del automóvil, el sector inmobiliario y el financiero, la lógica de explotar las poblaciones pobres en favor de los ricos siguen ostentando el poder y siguen inculcando el miedo a cambiar de modelo. Y tienen mucho poder y son capaces de dar mucho miedo porque también dominan los medios de comunicación, incluido internet.

Por eso es tan difícil proponer alternativas reales. Es más fácil mirar a otra parte o hacer algo para cubrir el expediente o para calmar conciencias poco exigentes. Un parque, un carril bici o unas bombillas led pueden ser suficientes.

Sin embargo y pese a todo eso, cada vez más gente empieza a cuestionarse este modelo y empieza a atisbar que otra forma de vivir es posible y empiezan a trabajar en hacerla posible. Es lo deseable. Lo que nos gustaría que fuese la ciudad, el barrio, la calle.

martes, 2 de diciembre de 2014

Pamplona ¿ciudad sostenible?

Ya está, Pamplona ha sido premiada con el distintivo de ciudad más sostenible según los premios que otorga la Fundación Forum Ambiental con el apoyo del Ministerio de Medio Ambiente y de Ecoembes. Un honor. Sobre todo después de haber perdido la Capitalidad Verde Europea a manos de nuestros vecinos vitoriano-gasteiztarras.

Una de las ciudades con más metros cuadrados de césped en parques intraurbanos por cabeza de Europa y con más kilómetros de vías ciclabilizadas contabilizadas por habitante de este país tenía que hacerse con un galardón que se lo reconociera y al final ha encontrado su recompensa. Bien. Objetivo cumplido.

No sé cómo lo habrán hecho en gestión del agua, de los resíduos y en ahorro energético, pero lo que es en movilidad, si lo que han hecho es sostenible y galardonable, estamos apañados.

Pamplona, por más que se adorne de todos los aditamentos de lo que se entiende por movilidad sostenible (peatonalizaciones, carriles bici, bicis públicas, zonas de aparcamiento restringido, semanas de la movilidad, campañas y tal) no ha conseguido ni por asomo el objetivo central de dicha misión: reducir el uso del automóvil privado en los tránsitos urbanos.

Pamplona sigue siendo una ciudad donde el coche no sólo campa a sus anchas, sino que en los últimos años su uso se ha visto potenciado. Las avenidas principales siguen estando a su merced, las calles secundarias también, incluso las zonas peatonalizadas siguen siendo invadidas sistemáticamente por coches, ante la negligencia policial. La gestión de los aparcamientos, tanto en superficie como subterráneos, siempre ha ido más dirigida a atraer viajes que a disuadirlos. La oferta de aparcamientos de rotación en zona peatonalizada es monumental y todo el calmado de tráfico se ha limitado a desarticular una zona 30 y reconvertirla en un montón de calles con la velocidad limitada a esa velocidad, pero donde el coche sigue gozando de una prioridad tácita.


El Ayuntamiento de Pamplona no ha sabido impulsar la bicicleta como medio de transporte y se ha limitado a habilitar un montón de aceras a base de pintar unas líneas en ellas para permitir la circulación ciclista como medida más notable. Es cierto que ha habilitado carriles bici en las urbanizaciones nuevas y algunos de ellos son pasables (siempre con las salvedades de los encuentros con la calzada), pero en la ciudad consolidada ha hecho auténticos pasillos estrechos y peligrosos, que confinan a los ciclistas y los denigran obligándoles a circular en unas condiciones penosas y a describir unos itinerarios imposibles.


Pero es que el Ayuntamiento de Pamplona tampoco ha sabido gestionar  la movilidad peatonal de una manera eficiente y de calidad. Su acción se reduce a hacer peatonalizaciones deficientes, ya que, en la mayoría de ellas los vehículos a motor siguen teniendo demasiada presencia, a habilitar unos cuantos ascensores para salvar desniveles, de los cuales el único que verdaderamente se utiliza cuenta con un fabuloso parking sin regular a su pie y construir carísimos parques a modo de refugios, pero las personas que caminan siguen estando marginados en aceras estrechas que describen itinerarios muchas veces excesivamente dilatorios.

Eso por no hablar de la gestión del Parque Fluvial, del que tanto presumen y que en la capital navarra no pasa de ser una banda estética de verdín más o menos urbanizada esquilmando los márgenes del Río Arga, donde los peatones sufren el acoso ciclista, por no haberse sabido prevenir su utilización masiva como pulmón no motorizado y transversal de la ciudad. Igual ha pasado en el resto de parques y corredores verdes, exceptuando quizá la Vuelta del Castillo y los nuevos de Trinitarios y Kosterapea, donde las vias ciclistas son más que cuestionables. Lamentable.


Sólo desde hace un año, sospechosamente, dentro de la estrategia de Agenda 21 de revisión de los indicadores de sostenibilidad (¡que en movilidad cuenta con una comparativa 1992-2004!), han consentido en proponer un Observatorio de la Bicicleta (que no de la movilidad, que de esa no quieren oir hablar fuera de la Semana) donde, con una presencia dominante de personal municipal y con carácter puramente consultivo, se hace voluntarismo pro-bici, siempre empujados por una oposición política mayoritaria que les conmina, vía plenaria, a realizar algunas actuaciones puntuales tales como el estudio de ampliación de la oferta de aparcamientos cerrados para bicicletas o la reciente reconfiguración de uno de sus accesos al centro.

Esta labor, al menos en lo que a movilidad respecta, no puede ser nunca merecedora de nada más que de una crítica contundente. Quede constancia.

lunes, 24 de febrero de 2014

Bienvenidos al Apocalipsis

Muchas veces no somos conscientes de qué estamos hablando cuando nos referimos a cosas tan cotidianas como la luz, el transporte, la comida o el dinero. Nuestra ignorancia y la descontextualización de cada uno de esos elementos fundamentales para nuestra vida nos hace trivializar su importancia o reducirla a una mera repetición de tópicos. La ignorancia es atrevida y, más que eso, es pasto de reduccionismos demagógicos que sólo ayudan a mantener el orden establecido mediante falsas expectativas e intoxicación con miedo de cualquier opción alternativa a dicho orden.

Por eso cuando oímos algunas voces que tratan de alertarnos sobre la autoconsunción del mundo, las tachamos rápidamente de apocalípticas o maltusianas, ridiculizándolas utilizando lugares comunes y sofismas sin base alguna, pero que por pura repetición acabamos creyéndonos, y así las desactivamos y las silenciamos rápidamente.

Hoy toca hacer un ejercicio de información para la conciencia sobre el futuro que nos espera si seguimos a este ritmo de destrucción planetaria. Este fabuloso vídeo didáctico encierra una densidad de información y de lógica científica, que será difícil que no explote dentro de las cabezas que sean capaces de querer entender el mensaje que encierra.

Damos por supuesto que la inmensa mayoría de la gente sólo es capaz de ver lo que es capaz de creer, pero eso no debe desanimarnos en nuestra tarea de hacer viral un mensaje cuya esperanza se base en la inteligencia de cada persona para cuidarse de sí misma, más que en que el poder concentrado en unas pocas vaya a ocuparse o preocuparse de todos nosotros. Así pues, bienvenidos al principio del final de la era del petróleo y larga vida a un futuro más prometedor.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El coche, la vaca sagrada del capitalismo

Conocido es cómo el antropólogo Marvin Harris analizó el fenómeno de las vacas sagradas de la India y la prohibición de matarlas por respeto a la vida. Descubría con datos económicos que detrás de la religión había todo un sistema de subsistencia basado en la eficiencia, bastante más excelente que las componendas de un capitalismo que insistía una y otra vez en sacrificar los animales como solución al problema del hambre.


Demostraba que el despilfarro del modelo energético del coche o de la agroindustria intensiva superaba con creces lo que millones de vacas pudieran gastar, y concluía su artículo con una comparación que apuntaba a este modelo insostenible: "Si desean ver una verdadera vaca sagrada, salgan a la calle y observen el automóvil de la familia".

Encontrado por sorpresa en un periódico de ayer como argumento contra la política de movilidad local, escrito por Víctor Abárzuza. Un placer.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

¡Más madera!

Es lo que parecen estar esperando muchos a nuestro alrededor. Que vuelvan los tiempos locos, que sigamos devorando las ciudades, nuestro entorno y el planeta otra vez con la voracidad de los años pasados. Parece que fuera la única manera de recuperar la confianza social, económica y casi me atrevería a decir que personal. Es normal, llevamos tanto tiempo arrastrados por la vorágine que ya no se nos ocurre que otra forma de hacer las cosas sea posible, o recomendable.


Un ejemplo lo tenemos en las ciudades y en su organización del espacio al servicio de la tiranía del automóvil. Ahora que la falta de actividad ha dejado las infraestructuras sobredimensionadas infrautilizadas, cuando no obsoletas, en vez de aprovechar la oportunidad que representa la disminución del tráfico para reconfigurar ese orden y empezar a construir lo que debería ser un nuevo modelo de movilidad, nos empecinamos en esperar que vuelva el tráfico a los niveles que justificaron esas dimensiones. Las declaraciones del concejal del Ayuntamiento de Málaga en este sentido no dejan lugar a dudas.

El problema es que no es un caso aislado. En la mayoría de las ciudades los encargados de gestionar el tráfico siguen aferrados al modelo de hipermotorización y, aunque no sean tan explícitos o no lo publiquen abiertamente, siguen aprovechando estos momentos de crisis para, en vez de reconocer que otra cosa es posible, demostrar que el tráfico fluye perfectamente por las arterias urbanas y que no hay riesgo alguno de colapso y se siguen preparando para una deseada subida del caudal de automóviles, como símbolo inequívoco de recuperación, de retorno a la senda del progreso y del crecimiento inevitable e inexorable.


Lo peor es que ni siquiera a nivel planetario las grandes potencias, encabezadas por China, están dispuestas a reconocer que este camino a lo único que nos lleva es a la destrucción del mundo. En la reunión de las Naciones Unidas en torno al Cambio Climático hemos sabido que no sólo no se va a revisar el deficiente Protocolo de Kioto sino que se ha incrementado la cantidad de CO2 emitida en un 60%, respecto a ese índice. Todo sea por el progreso. ¡Más madera, por favor! ¡Que no pare la máquina!


lunes, 29 de abril de 2013

Si conduces tu coche solo....

Vivimos tiempos difíciles. Para muchos la situación es tan angustiosa que es comparable a un estado de excepción o un ambiente pre-bélico, un ambiente de guerra, financiera y económica pero guerra en definitiva. En este escenario donde la llamada a la austeridad se ha generalizado como única fórmula para afrontar las dificultades, el asunto energético cobra una preeminencia sobre otros.

Con una balanza energética altamente deficitaria, con una economía energéticamente dependiente, con un consumo energético disparatado y con un estilo de vida que no está poniendo en cuestión este tipo de desmanes, debería ser lógica una reacción responsable por parte de los estados dirigida a hacer reflexionar a la ciudadanía respecto a las consecuencias que todo esto tiene en el estrangulamiento de nuestros países.

Y así podrían tener sentido campañas de corte propagandístico dirigidas a controlar este despilfarro energético apelando a la conciencia colectiva. Igual que hicieron los estadounidenses en vísperas de la Segunda Guerra Mundial alertando a sus conciudadanos de que conducir sólos un coche suponía un derroche energético comparable a darle fuerza al enemigo.


Hoy el enemigo quizá no sea tan personalizable, pero hoy igualmente conducir un coche en solitario sin motivo justificado no deja de ser una forma de alimentar este monstruo que consume espacio y energía de una manera insaciable, este monstruo que se cobra más víctimas que muchas guerras y deja muertos y heridos a diario, este monstruo que atemoriza a todos en la calle, que intimida a los demás, este monstruo que además nos hace dependientes del poder de las corporaciones energéticas y de los grupos financieros que les dan cobertura.

Conducir un coche solo sin una justificación suficiente e inevitable, en este escenario, representa así una irresponsabilidad tremenda en una sociedad que necesita reorganizarse, pero representa además una tiranía respecto a las libertades de los demás y una forma de poner en compromiso su seguridad. Así pues, y aunque la imagen de Hitler quizá no represente estos valores, cabría reeditar este tipo de mensajes que llaman a compartir los viajes en coche. Pero también podrían reformularse en otros que incentivaran al uso de medios no motorizados, como la bicicleta.


Gracias a JuanCris Ortiz por la inspiración.

miércoles, 6 de febrero de 2013

La ignorancia no nos librará de sus consecuencias

Dicen que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento. Vale. Sin embargo, resulta más caro ignorar la trampa y son igual de ineludibles sus consecuencias, si no mayores. Vivimos sometidos a toda una serie de vicios, más o menos consentidos, más o menos voluntarios y creemos que con ignorar los efectos que conllevan podremos evitar sus consecuencias. Vamos lo que se llama "hacer el avestruz", "mirar a otra parte".

Esta actitud que es evidente en la arena política actual, pero que se podría extrapolar a cualquier otro campo, empezando por la economía o el medio ambiente, es especialmente dramática cuando toca a nuestra vida directamente, en primera persona, y seguimos queriendo ponernos las orejeras de la ignorancia.

Leo hoy que la salud de los menores viene ya condicionada por el aire que respiran sus padres, especialmente sus madres, y que en zonas contaminadas los bebés pesan menos que en zonas más saludables y eso condiciona su vulnerabilidad frente a todo tipo de afecciones de la salud. Esto es, que antes de nacer, ya están condicionados por el ambiente.

Foto robada de Valencia en Bici

Las famosas micropartículas en suspensión cuyos máximos se negocian en los foros en los que se debate sobre la calidad del aire y que nos parece un asunto científico, casi irrelevante para los legos, son las responsables de nuestra salud antes incluso de que vengamos a este mundo cruel y emocionante. Eso y el estrés, los hábitos alimenticios y la saludabilidad de nuestros progenitores, hacen tanto como el dichoso código genético a la hora de condicionarnos para toda la vida.

Parece agorero e incluso determinista, pero todavía hay gente que se mantiene ajena a esto, como si no fuera con ellos esta guerra, como si fueran asuntos para los demás, como si no le fuera a salpicar. Pues esto salpica, y mucho. Por eso merece la pena mojarse a fondo y remangarse para intentar mejorar la calidad del mundo en el que vivimos, aunque sea en lo que podemos hacer por nosotros mismos y que puede aportar algo a los demás. Evitar usar el coche es, sin duda, una de esas cosas que representará un gran paso para nosotros y un pequeño paso para los demás..

Porque ¿alguien puede decirme quién es el principal responsable de las emisiones de esas micropartículas así como de los gases que contaminan nuestro aire?

domingo, 13 de enero de 2013

¿Somos conformistas o tontos?

Estamos viendo como todo a nuestro alrededor se derrumba y nos mantenemos impertérritos mirando la debacle, en parte atónitos, en parte incrédulos, en parte incapaces de hacer nada más que mirar. Y aún pensamos que todo este desastre servirá para algo, porque "no hay mal que por bien no venga" y todo eso. Somos espectadores, queremos serlo, nos va bien así.

La crisis nos va a hacer la tarea y nos vamos a quedar tan contentos. Con un paro aterrador, con unas expectativas económicas y sociales tétricas, con una clase política vergonzosa, con un panorama internacional pésimo, aún somos capaces de conformarnos y verle la parte buena a todo esto.

Pasa con los temas de la movilidad sostenible y sus consecuencias ambientales. Ahora resulta que la inactividad de tanta gente y la angustia económica de muchas familias, que lleva aparejada esta bajada de producción industrial y de actividad comercial, ha supuesto una reducción en el uso del coche y un aumento de opciones por la bicicleta, y nos parece un triunfo.


¿Lo estamos consiguiendo?

Congratularnos porque estamos consiguiendo ciertas cotas de movilidad sostenible y de calidad ambiental urbana a costa de hacer insostenible todo lo demás es penoso. Sería un logro si se hubiera conseguido gracias a decisiones responsables dirigidas a ello y no debido a situaciones irreversibles, obligadas y muchas veces casi insoportables. No hay ningún mérito en ello, no hay estrategia, no hay modelo.

Así pues, no seamos tan mentecatos de enorgullecernos de que gracias a esta debacle socioeconómica y política en la que nos hallamos inmersos estamos haciendo los deberes que jamás hubiéramos hecho motu proprio y, sobre todo, a costa de la miseria de mucha gente, de demasiada, y continuemos exigiendo y ejerciendo un cambio sostenido hacia un modelo de sociedad distinta, donde las ciudades, los trabajos y la formación prioricen en las personas.

lunes, 14 de mayo de 2012

¿Se pinchará la burbuja de la bicicleta urbana?

Llevamos unos años tratando de creernos que nadie sabía nada de que eso que se ha dado en llamar la "burbuja inmobiliaria" era tan dañina y nos iba a condenar a pagar los platos rotos durante tantos años, a costa incluso de nuestros propios empleos.¡Almas cándidas! Eso o interesados maquiavelistas que estaban forrándose a costa de la estulticia general.

No sé en qué grupo se pretenderá alistar cada uno, pero me temo que en los asuntos de la bicicleta la situación, como no podía ser de otra forma, se reproduce. Creando falsas expectativas y acelerando procesos, se han perpetrado grandes operaciones a modo de "carriles bici" (por llamarlos de alguna manera) y de "bicis públicas" (por llamarlas también de algún modo), con financiaciones ocultas, con formulaciones megalíticas, con grupos de interés aparejados, con grandes aparatos mediáticos, con toda suerte de ilusión propagandística y con la bendición de la sostenibilidad reinante, nos han metido goles históricos como los de que "esto lo hacemos en un par de legislaturas" o que "el que no se monte a este carro se queda fuera de juego".

Hemos visto correr milllones de euros para montar todo este tinglado con auténtica alegría y nos ha dado igual. O peor, nos ha parecido bien. Y a los que se atrevían a poner en cuestión el asunto los han dilapidado sus propios colegas, por no estar al día en los tiempos que corren, por no estar a favor de la Bici (aunque también fueran ciclistas). De hecho, muy pocas voces se han mantenido firmes para criticar las actuaciones realizadas en pro de la bici, por más sangrantes y deficientes que estas fueran.


¿Ciclistas criticando medidas pro-bici?

Nadie ha puesto en tela de juicio los presupuestos desorbitados que se han consumido en carriles bici, la mayoría de ellos deficientes, inútiles o peligrosos. Nadie ha denunciado el pastón que se ha derrochado en bicicletas públicas, que jamás de los jamases se hubieran destinado a cualquier otra invención sobrevenida como lo fueron en su día. Nadie ha cuestionado que no se estuvieran dedicando los mismos presupuestos a calmar el tráfico, a introducir la bicicleta en los centros educativos, a impulsar programas para fomentar los desplazamientos en bici a los centros de trabajo, a proveer a los usuarios de soluciones de aparcamiento seguras y cómodas, a fomentar la intermodalidad, a prestar bicicletas a públicos  objetivo o a enseñar a la gente a andar en bici. Nadie o casi nadie, que para la gente que se ha puesto a cantar las alabanzas del carril-chapuza-bici-pública, viene a ser lo mismo.

Estamos ante un proceso realmente siniestro de lavado de cara de nuestros responsables políticos y muchos de los cívicos que entraña una irresponsabilidad histórica de una dimensiones realmente gigantes que está condenando el desarrollo adecuado y sensato de la bicicleta como medio de locomoción urbano y que, sobre todo, está impidiendo sentar las bases de una manera sólida y estable, para garantizar su crecimiento.

¿Cuánto tiempo seguiremos aparejando esta operación bici mientras miramos a otra parte y seguimos consolidando la lógica motorizante y la denigración de los espacios públicos? ¿Cuánto tiempo vamos a seguir soportando el deterioro de nuestras ciudades como espacios para vivir?

Somos unos inconscientes capaces de condenar el deterioro planetario, el económico, el político o el social, mientras, a la vez, reproducimos las mismas injusticias, negligencias y tratos de favor cuando se trata de lo nuestro, de nuestras opciones. La bicicleta, entendida como instrumento de "green washing" (lavado de cara verde), puede convertirse en un arma de doble filo, que sirva para dar cobertura a muchos vicios adquiridos de la hipermovilidad motorizada y para agredir la tranquilidad de los espacios públicos relacionales.


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sábado, 7 de enero de 2012

El otro lado existe... y tiene sus planes

A veces, a fuerza de repetirnos una y otra vez los mismos argumentos, las mismas posiciones, las mismas ilusiones, los mismos proyectos, acabamos olvidándonos que los demás existen y que también tienen sus argumentos, sus ilusiones y sus proyectos. Hablo por supuesto del mundo del coche y todo el aparato que alenta sus proposiciones. En el otro mundo, el que ve las cosas desde el salpicadero, protegido por carrocería y lunas, también hay gente, mucha gente, y tienen sus planes.


Hace unos días estuve leyendo con atención un informe editado a todo lujo por Drive World, una publicación financiada por una poderosa industria del sector de la automoción alemana, en la que a modo de compendio se presentaba un panorama del estado de la cosa en la movilidad mundial y, por otro lado, se aportaban algunas de sus grandes soluciones al tema.

Ante ediciones de esta índole hay que tener unas ciertas defensas. Por lo pronto, un papel de semejante calidad, unas tapas tornasoladas, unas fotografías a página completa, una maquetación oxigenada... huele a mucho envoltorio para poco regalo. Al leer sus artículos, sorprende la profundidad del análisis que se hace respecto a la movilidad, a la sostenibilidad, al colapso de las grandes urbes y a los retos que hay que afrontar.
Por las coincidencias del cibermundo estos días me he encontrado este documento de otra megacompañía de automóviles que bajo el título Driving Life recoge sus apuestas para los retos que se nos presentan en la movilidad futura.

El problema viene cuando se atreven a proponer su gran solución: el automóvil, o, más concretamente, la electromovilidad. Eso y seguir implementando nuevas vías o viales que lleguen a todos los extremos del mundo mundial, incluidos desiertos, y que accedan a todos los rincones de nuestras ciudades, y, donde no quepan más, entonces se soterran o se sobreelevan. Todo ello acompañado, por supuesto, de toda una demostración de tecnología punta con la que van a equiparlo de manera segura, eficiente, interactiva y confortable. Perfecto.

Algo similar ocurre con la guía que editó el IDAE bajo el nombre PROBICI en la que, después de hacer un análisis brillante del panorama de la bicicleta en España, de las motivaciones que inducen o desincentivan a la utilización de la bicicleta, de las distintas opciones y medidas que se pueden utilizar y que se utilizan para impulsar su uso, acaban concluyendo que las bicicletas públicas son la herramienta perfecta para organizar el fomento de la bicicleta. Y luego dedican el resto de la guía a desarrollar toda una metodología para su implementación y optimización. Casi nada.

¿Clientelismo o miopía?

Está claro que es fácil hacer diagnósticos sobre los hechos y las realidades que nos rodean una vez se han producido, pero a la hora de hacer pronósticos, proyecciones o propuestas la cosa se vuelve más peliaguda, arriesgada, más comprometida y, al final, todos acaban en el más de lo mismo.

¿Solucionamos los problemas de la movilidad?


Las cuentas les salen. Son muchos los que esperan que el coche eléctrico nos va a venir a solucionar los problemas de movilidad. Sólo porque es eléctrico y porque no emite gases. Como si el principal problema en nuestras ciudades se redujera a la contaminación. Obviando el problema de la disposición (mejor diríamos apropiación o usurpación) de espacio público que demanda el coche de baja ocupación. Obviando la congestión. Obviando el problema de la peligrosidad, la inseguridad y la violencia vial que genera. Obviando la dependencia energética. Obviando la ordenación urbanística que obliga a depender de vehículos motorizados para acceder a determinados espacios. Obviando, sobre todo, que son los mismos que han causado estos problemas los que pretendemos que ahora nos los solucionen.

Es lo que tiene el reduccionismo, que es capaz de resolver los problemas simplificándolos y sólo atendiéndolos de manera parcial y esperando que la adición de los distintos sumandos dé el mismo resultado. Lo mismo ocurre con los que piensan que el mero hecho de que haya más bicicletas en la calle va a resolver el problema de la movilidad, de la seguridad o de la sostenibilidad de nuestras ciudades.

El problema es precisamente ese: que la sostenibilidad depende más de restas que de intentar sumar más en un ecosistema que no admite ni lo que ya tiene agregado. Así que, si sólo estamos intentando incorporar elementos, por esencialmente inocuos que parezcan a simple vista, no ofrecerán ningún tipo de solución hasta que no se demuestre que restan usos y vehículos nocivos de nuestras ciudades, y eso, señoras y señores, está por demostrarse. Mucho más en el asunto del coche eléctrico, pero también en el tema de la "bici porque sí".

Abandonemos el discurso del bueno o malo y empecemos a argumentar sobre lo que mejora la situación y lo que no la mejora.

Por suerte y pese a todos los intentos de introducirlos por parte de ministerios, gobiernos regionales y ayuntamientos, el coche eléctrico no ha cuajado y sus ventas no son ni siquiera testimoniales.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Refundemos la aldea local

Nos han enseñado aquello de "piensa globalmente y actúa localmente" para reaccionar ante los males que nuestras actitudes y acciones personales pueden hacer en la expoliación del planeta, hemos vivido en la aldea global felices de creernos los dueños y conocedores del mundo, hemos participado en la globalización de una manera más o menos consciente, más o menos interesada, hemos favorecido la deslocalización de las actividades y de la producción amparados en nuestras miserias o en nuestra avidez de tenerlo todo ya y a un precio de escándalo.

En este camino, hemos despreciado a nuestro proveedor local, hemos ninguneado al productor de aquí, hemos descalificado al artesano de casa, llamándole usurero y ladrón, hemos ignorado a nuestro vecino desconfiando de sus intenciones y nos hemos ido a la conchinchina a por las cosas que teníamos aquí, en nuestro pueblo. Todavía vivimos en eso, aprovechando vuelos baratos, comprando en cualquier parte del mundo, obviando el hecho de que el petróleo barato, la acumulación de capitales y la explotación laboral allá donde no tenemos que presenciarla son los que estan alimentando y favoreciendo todo este rollo.

Mirarse al ombligo propio... y al del vecino

Pero ha llegado un momento en que todo esto va a hacer crak (si es que no lo ha hecho ya suficientemente), y luego vendrán las lamentaciones. Antes de que todo eso ocurra hay que ponerse manos a la obra y hay que volver a verse las caras. Las conocidas, las de siempre y las nuevas, las de todas aquellas personas que estén dispuestas a que una buena parte de todo esto dependa de nosotros y que no estemos esperando a que alguien decida por nosotros. No es una cuestión de miedo, tampoco una visión apocalíptica del asunto, es más bien una cuestión práctica, de apostar por lo cercano, por lo tangible, por lo comprobable, por aquello en lo que detrás hay personas conocidas y reconocibles, que se responsabilizan y responden por lo que hacen, porque se la juegan y por tanto les importa lo que hacen y lo hacen bien.


Es hora de volver la mirada al pueblo, al barrio, a la calle que conocemos y que se ha convertido en nuestra gran desconocida, porque hemos decidido "libremente" aislarnos en un mundo lejano, intangible y diferido, donde nos hemos sentido seguros, poderosos y protagonistas, pero donde no pintamos nada de nada. Hay que volver a enfundarse la boina y salir a mirarse a la cara, con ilusión, con propuestas, con optimismo, con ganas de pintar, de aportar, de hacer, de construir, de arrimar el hombro para que todo esto no se vaya a la mierda sin creer al menos que hemos hecho algo por ello. Y plantear alianzas, pactos, compromisos, sin esperar a que vengan grandes salvadores, visionarios o profetas, antes de acabar convertidos en auténticos anacoretas de nuestra civilización.

No es tanto cuestión de recuperar el tiempo perdido, como de trabajar en la creación de nuevas oportunidades que den pie a nuevos escenarios donde seamos más protagonistas que espectadores de algo que nos ocupa y nos preocupa en primera persona: nuestras propias vidas. Con honestidad, con honradez, con dedicación y con implicación.

Nos vemos.

viernes, 28 de octubre de 2011

Meterle mano al coche

Mucho se habla en estos últimos años de recuperar las ciudades para las personas, gestionar mejor el espacio público y devolverle al ciudadano el placer de disfrutar de un hábitat urbano más limpio, más respetuoso, más relacional y más atractivo. Muchas actuaciones responden a esta estrategia y, de entre ellas, una clave pasa por condicionar, cuando no penalizar, el uso indiscriminado y abusivo del coche en la ciudad, mediante la famosa fórmulación de la gestión de la demanda y la promoción de una oferta más competitiva y más atractiva de modos de transporte más limpios, más eficientes y que demanden menos ocupación de espacio público. Hasta aquí, todo es lógico. ¿Pero es razonable?

Es fácil promulgar un nuevo orden, proponer toda una serie de medidas en positivo que alienten la elección de los modos de transporte personal deseables pero ¿se puede hacer esto sin restar oportunidades al coche? Difícilmente.

Entonces, ¿qué resultados podemos esperar de las políticas de movilidad que se limitan a incrementar la oferta de modos de transporte sin restar opciones al coche? ¿O es que basta con peatonalizar los cascos históricos, habilitar unos cuantos caminos para bicicletas absolutamente deficientes, reducir las velocidades de circulación, establecer áreas de aparcamiento de pago e incrementar la oferta de transporte público, y a la vez proponer más aparcamientos de rotación en el mismo centro urbano y seguir promocionando la dispersión de la población y la deslocalización de las actividades?

Parece descabellado proponer a la misma generación a la que hemos convencido durante décadas de que vivir en el extrarradio, moverse en un coche, trabajar en un polígono, comprar en un centro comercial y divertirse en un centro de ocio era lo mejor a lo que se podía aspirar, que ahora abandonen ese modelo sólo porque alguien ha llegado a la conclusión de que no nos lo podemos permitir, que es insostenible. ¿La misma generación que aprendió a meter mano en el coche ahora pretendemos que renuncien a él? No sé, creo que es de locos tan sólo intentarlo.



¿Cómo hacerlo?

Sin embargo, resulta imprescindible proponer actuaciones que vayan encaminadas a sustituir viajes de coche y a recuperar el espacio cedido para el uso del tránsito motorizado, para disponer de él para su aprovechamiento colectivo. Y eso pasa por:
  1. Incrementar la presión fiscal sobre la compra, tenencia y uso del coche.
  2. Reducir el número de carriles dedicados a los vehículos a motor privados así como la sección de los mismos. 
  3. Ralentizar su circulación priorizando las de otros modos.
  4. Suprimir plazas de aparcamiento, especialmente de rotación. 
  5. Habilitar soluciones de transporte de mercancías alternativas para reducir la concurrencia y la ocupación de las calles para las operaciones de carga y descarga. 
En definitiva, se trata de reducir la presencia de vehículos a motor en la ciudad mediante medidas desincentivadoras de su uso y mediante la disminución de oportunidades de circulación y aparcamiento, que hagan que el automóvil sea menos práctico y más caro que otros modos en la ciudad y por lo tanto menos conveniente.

Ahora bien, eso sólo debe ser el principio de un cambio más profundo y a más largo plazo. Un cambio que persiga:
  1. Frenar la dispersión del urbanismo.
  2. Repoblar los centros urbanos.
  3. Proteger el comercio de proximidad. 
  4. Fomentar la relocalización de las actividades, haciendo especial hincapié en devolver los servicios, el comercio y las actividades culturales y de ocio a los centros urbanos. 
  5. Promover los centros educativos de barrio.
  6. Y facilitar la vida en la calle.
Sólo así podremos conseguir que nuestras ciudades sean más habitables, más vivas, más tranquilas, más seguras y más limpias. Ahora bien ¿quién está realmente trabajando en este sentido?

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miércoles, 28 de septiembre de 2011

Si no lo creo, no lo veo

Es lo que hacemos la mayoría de los humanos respecto a lo divino y lo mundano. No es ya suficiente que no sea tangible, comprobable y no me lo pongan en los morros cuando miro para allá, para que consideremos que algo no existe. Es peor. Es más bien al revés. Aquel famoso tomasiano "Si no lo veo, no lo creo" que representaba el escepticismo de aquel santo varón, hoy en día ha sido sustituído por el "Si no lo creo, no lo veo" en el cual es la incredulidad la que nos hace ignorantes.

Un ejemplo: el cambio climático. Otro: la movilidad sostenible. Otro: la crisis del petróleo. Uno peor: el decrecimiento económico. Hoy en día, en esta sociedad sectarizada, proselitista y seguidista, la gente necesita creer en algo para poder ver. Si no están ciegos. La capacidad de discernimiento está mediatizada por la intencionalidad reconocible, la recomendación expresa o el congraciamiento con nuestros parroquianos de facción.

Ayer por ejemplo se publicaban los datos de los niveles de contaminación de micropartículas de las principales ciudades del mundo y se ha ilustrado en un mapa de contaminación mundial. Ninguna sorpresa a nivel planetario. Estamos a la cabeza de esto de la microcontaminación. Y sin embargo nadie está preocupado. Y no es porque esas micropartículas no sean nocivas, que lo son y mucho, ni siquiera porque no se puedan ver a simple vista, es porque todavía hay demasiada gente que, por no creer en eso, no se preocupa y es capaz de ignorarlo con toda tranquilidad, sin inmutarse.


No es un mirar a otra parte, es más que eso. Es buscar cualquier explicación para contrarrestar este rollo verde. El progreso, el desarrollo, el bienestar, la riqueza, todo ese dogmatismo occidentaloide que nos hace creer que todo motor debe contaminar y que no hay bienestar sin daños colaterales. Así que esto de la contaminación, que los visionarios lo relacionan con una suerte de apocalipsis climática es de jipis reaccionarios. Eso es al menos lo que argumenta el negacionismo que todavía sustenta el orden económico y político dominantes a nuestro alrededor. El mismo que nos ha dejado expectantes mirando a la pantalla, creyendo que los tiempos pasados van a volver, porque "con frasco vivíamos mejor", porque todos chupábamos de él.

En el asunto de las dos ruedas ocurre un poco lo mismo. Los talibanes del carril bici, la bici pública y todo lo que brille es oro han vendido tanto progresismo ciclista a través de la obra pública y del pelotazo de constructoras y multinacionales que se han olvidado de que la verdadera revolución ciclista se hubiera producido de cualquier manera y nos habríamos ahorrado muchos disgustos y un buen montón de millones. Pero vete tú y cuéntaselo. No ven. No pueden ver. No creen. Simplemente se niegan a creer en ello. Y su arrogancia, que no conoce límites, les permite considerar a las víctimas (accidentados y discriminados) como daños colaterales necesarios para la conquista final: la ciudad ciclista. 

No nos queda nada para explotar tanto globo sonda, correr tanto tupido velo y apagar tanto fuego artificial que nos tienen absortos, hipnotizados, espeluznados, aturdidos, olvidándonos de lo esencial, lo simple y lo barato. Lo bueno de la bicicleta es que da fondo, así que seguiremos pedaleando.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Viva la Pepa

Estamos a punto de sumergirnos en la celebración colectiva de la movilidad. Durante toda una semana tendremos la oportunidad de presenciar y participar en toda una serie de escenificaciones más o menos ingeniosas, la mayoría simplemente ingenuas, en las que podremos hacer una demostración gratuita de buenos propósitos cuyo objetivo no es más que ese: la pura representación.


Lo que pasa inadvertido a la inmensa mayoría emocionada es que todo este circo tiene gato encerrado. Y es que el propio término de movilidad conlleva la asunción necesaria e ineludible de tener que moverse para todo como condición de partida, y es ahí donde todo el asunto de la sostenibilidad (otro término obsceno por definición) hace aguas. Mientras no cuestionemos esto, que hemos aceptado alegremente como axioma, no nos podremos dar cuenta de cómo podremos resolverlo (si es que de verdad queremos hacerlo). Es la promoción de la movilidad la que nos ha dejado como estamos y nos ha condionado el futuro. Y es precisamente el ejercicio masivo y compulsivo de la  movilidad, la llamada "hipermovilidad", la que nos tiene atenazados, obnubilados, moviéndonos de un lado para otro como gallinas descabezadas.


Y es que, hasta que no cambiemos la perspectiva y prioricemos en la proximidad y en la accesibilidad como objetivos deseables, esto no va a ser más que un juego perverso. Un juego en el que nosotros somos meros espectadores, y en el que cuestiones como el compromiso con el clima, la revitalización de las ciudades, la mejora en la seguridad vial, el ahorro energético, la disminución de la contaminación, la recuperación de espacios públicos para su disfrute colectivo, el impulso del comercio local, en definitiva, la reconfiguración de las ciudades, son tareas reservadas para expertos, para técnicos, para gobiernos y para los poderes fácticos.

Para este juego no nos quieren, para eso no nos necesitan y para eso tienen los 358 días restantes del año. Sin molestas intromisiones de los civiles sin cualificar, o de los cualificados que no han sido invitados. Es entonces cuando se corta el bacalao, es entonces cuando se hacen los grandes proyectos, es entonces cuando se deciden los usos del suelo, las expansiones urbanísticas, las reurbanizaciones, con sus recalificaciones y sus apaños. Entonces los procesos de participación, las exposiciones públicas y la opinión pública no son sino inconvenientes que no hacen más que ralentizar la ejecución y diferir el beneficio, que cuanto más pingüe sea, mejor.

No es que haya que condenar la cosa. Es más bien que hace falta constatar que esto es un paripé masivo con pretensiones de universal o cuando menos planetario. Por lo demás, que viva la Pepa (o la Virgen de Guadalupe), pero que no viva tan lejos, por favor. 

sábado, 10 de septiembre de 2011

El paraíso ciclista no existe

No se trata de ser más pesimista de la cuenta, tampoco es un ejercicio de realismo recalcitrante. El asunto se reduce a comprender que el reto no es tanto intentar reproducir un sistema determinado sino más bien tratar de entender las circunstancias en las que nos desenvolvemos y actuar de acuerdo con objetivos alcanzables, óptimos relativos, metas volantes.

Para entenderlo mejor, tenemos este video del inefable defensor del modelo holandés markenlei



Esto a muchos les parecerá algo idílico, deseable, utópico casi por inalcanzable. Sin embargo, no soy el único que piensa que detrás de estas secuencias hay algo triste, lánguido, anodino, insulso. No sé si es el ambiente aséptico, los espacios vacíos, las grandes distancias, las trayectorias rectilíneas, la formalidad de los jóvenes, o todo junto. A todos esos que ansían conseguir este tipo de mundo ideal yo les recomiendo que hagan dos cosas: la primera visitar estos espacios in situ durante un tiempo y, después, emigrar allá si les gusta más esa forma de vivir que la de aquí.

Eso ha hecho por ejemplo el autor de este otro video, David Hembrow, el ciclista inglés netherlandista:



Él al menos supo darse cuenta a tiempo de lo que quería y, lejos de perder la vida y la paciencia intentando transplantar una forma de vivir de un sitio a otro con otro estilo y otra idiosincrasia, decidió emigrar y hacerse más papista que el papa, enseñando al mundo el camino de la virtud que no es otro que el "carril bici holandés".

No voy a ser yo el que se atreva a enjuiciar si este modelo es el más adecuado para los Países Bajos, lo que me parece una estupidez es la actitud de muchos de mis paisanos, emperrados en imitar este ejemplo pase lo que pase, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. El malinchismo es muy propio de estas tierras, donde estamos demasiado acostumbrados a despreciar lo que tenemos, ignorar nuestras virtudes y nuestros aciertos y renunciar a nuestra forma de entender la vida para intentar adoptar cualquier otro modelo como mejor, con tal de que venga desde fuera.

Lo verdaderamente peligroso de esta forma de pensar, es que somos capaces de destrozar un tesoro que ya tenemos por intentar alcanzar un espejismo, sin tratar de entender que igual es peor que lo que ya teníamos, simplemente porque nos gusta despreciarnos, creernos menos y alegrarnos del error propio para alabar el éxito ajeno. ¡Qué le vamos a hacer!

Lo mejor es enemigo de lo bueno

Acabo de volver de un viaje relámpago al sur de Alemania, donde la bicicleta tiene una presencia importante, donde hay muchas infraestructuras disponibles para los ciclistas, donde en ciudades y  pueblos se ha desterrado a los coches de los centros urbanos y a los propios ciclistas de las zonas peatonales, zonas que gozan de una salud comercial realmente envidiable. Y sin embargo, algo me ha dejado frío, y no ha sido precisamente la climatología que ha sido espectacular.


Lo que creo que me ha dejado así ha sido el exceso de orden, el exceso de formalidad, de limpieza, pulcritud diría yo. Esta suerte de profilaxis generalizada y de sistematización de todo es simplemente sosa, y eso que estábamos en verano. Con medio metro de nieve no quiero ni imaginármelo. Esas ciclocarreteritas paralelas perfectas, de cuento, una fantasía en medio de un paisaje tan impecable que tiene algo de inhumano, de despersonalizado, que lo hace casi siniestro.

La sensación es que todo ese orden, además de resultar subyugador, no deja de ser algo para alemanes o para suizos. Nosotros no somos tan impecables. Y me parece que el reto verdaderamente emocionante es convencerse de que, además, no queremos serlo. Y no simplemente porque no vayamos a ser capaces de organizarnos y mantenerlo, sino, mucho más que por eso, porque lo nuestro puede que sea mejor. Nuestra sociedad ruidosa, un poco anárquica, menos desinfectante, más relacional, más interactiva, un poco irrespetuosa, un poco irresponsable, pero mucho más alegre, más imprevisible, más divertida y más cálida: ese es nuestro verdadero tesoro.

Orgullo sin inmovilismo miope

No quiero que se entienda que este orgullo patrio nos debe eximir de intentar mejorar y cambiar muchas cosas. No. Claro que hay que cambiar muchas y centrales, entre ellas el uso masivo e irracional del coche para desplazamientos urbanos ridículos. Pero no hay que perder la perspectiva cuando intentemos montar tranvías, carriles bici e islas peatonales en una suerte de segregacionismo obsesivo porque sí, sino que debemos centrar nuestros esfuerzos en intentar conservar la masa crítica peatonal y la ciudad compacta por encima de cualquier otro objetivo. Acercar las cosas, mezclar los usos, rehabitar los cascos urbanos, rozarse un poco más, para conocer a la gente de tu calle, saludarla, relacionarse y que los niños anden un poco más a su aire, y los mayores también. Formar parte de nuestro mundo. Sin asustarnos de ello, sin miedo.


Claro que la bicicleta en este escenario puede jugar un papel importante, pero no tratemos de injertar un modelo de una manera absolutista, aunque funcione muy bien en otra parte del mundo, porque igual descubrimos que no toma y nos cargamos nuestro árbol con los frutos que nos podían haber alimentado si lo hubiéramos sabido cuidar, abonar y regar adecuadamente.

miércoles, 8 de junio de 2011

Cómo centripetar después de haber centrifugado tanto

Sabrosa cuestión. Ahora que expertos de todo el mundo comienzan a reconocer que el problema principal que aquejan nuestras ciudades es una progresiva degeneración de sus centros urbanos motivada por su creciente desertización, ahora que los anteriores expertos habían conseguido vaciar los centros de nuestras localidades para llenar los extrarradios, ahora que nuestros responsables se sentían orgullosos de contar con unas vistosas zonas peatonales llenas de franquicias, bancos y aseguradoras (los únicos capaces de pagar los precios de la especulación inmobiliaria), ahora que habíamos conseguido clonar las ciudades y las urbanizaciones y nos daba igual estar en Pamplona, en Huelva, en Cartagena, en A Coruña o en Hospitalet, justo ahora los visionarios tardíos de todo el mundo descubren que se habían equivocado.

Después de varias décadas de fomentar la dispersión, el alejamiento, la relativización de la distancia y el tiempo si se recorre en coche gracias a las autopistas urbanas e interurbanas y a la profusión de aparcamientos sobredimensionados, después de varias décadas de descentralización de las actividades, de satelización de las mismas en áreas especializadas, de deslocalización progresiva, de desubicación, después de todo este proceso de centrifugación de todo, ahora queremos volver la vista a los centros urbanos.


Parece que el truco consiste en descubrir siempre una fórmula nueva. Antes eran los unifamiliares, los centros comerciales, los complejos de ocio, los centros de negocios, las ciudades sectoriales (la del transporte, la alimentaria, la de la seguridad, la de la innovación, la de la tecnología...), los aparcamientos de rotación, las zonas azules, verdes, naranjas y rojas, los carriles bici. Ahora es la revitalización de los cascos históricos, el fomento del comercio local especializado, la mezcla de usos, la rehabilitación de viviendas, la revalorización del espacio público, la reivindicación de la proximidad...


Ahora que otros llevan años "rellenando" los centros de sus ciudades para tratar de conseguir que sean más eficientes, más vitales, más atractivas, más humanas, más sostenibles a lo largo y ancho de Europa, ahora van nuestros expertos y se desayunan precisamente con eso. Menudo descubrimiento. Justo ahora que habían conseguido todo lo contrario.

Ahora, después de tantos esfuerzos, después de tantas promesas, después de tantos argumentos, después de tantas inversiones, después de tanto despilfarro para dispersar a la gente, para alejarla de su trabajo, para imposibilitar la crianza sin desplazamientos apresurados desde un espacio protegido hasta el siguiente... va a ser muy difícil convencerles de que vamos a intentar lo contrario sin pestañear. Con la gente hipotecada hasta las cejas, dependiente de su coche, en medio de una volatilidad laboral, empresarial y económica acuciante, tratar de convencer a alguien de que todo esto no ha sido más que una broma pesada es más que difícil, peligroso, terriblemente peligroso.



Hemos hecho demasiado por favorecer la diáspora de la población para ahora venderles una recompensa por el retorno así, de repente. Ni siquiera la idiotización progresiva y concienzuda de esa población a través de la intervención de los medios de comunicación va a ser suficiente para a la misma gente a la que convencimos para que se fueran de que vuelvan. La inercia es demasiado pesada, demasiado potente, demasiado interesada.

Después de haber lavado nuestras cabezas con un programa de centrifugado intensivo que ha dejado secos los centros de nuestras ciudades, ahora no va a funcionar tan fácil el "centripetado", ni siquiera aunque lo patrocine El Corte Inglés, dueño y señor de los centros de muchas ciudades.