Mostrando entradas con la etiqueta miedo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta miedo. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de diciembre de 2016

Niños sin wifi

Y niñas. Hoy toca hacer un homenaje a las personillas inocentes a las que hemos decidido someter a una especie de secuestro permanente y a las que hemos usurpado su derecho más genuino: el de estar en la calle haciendo lo que les dé la gana con otras personillas de su tamaño sin la vigilancia y la supervisión de sus padres. Y madres.


Hoy toca reconocer que nos hemos equivocado. Que con nuestro miedo y el consiguiente síndrome de sobreprotección, hemos privado a nuestros niños y niñas de disfrutar de la calle, sin condiciones, sin jueces, sin árbitros, sin vigilantes, sin más reglas y más justicia que las que sean capaces de acordar o improvisar.


Los menores se merecen la calle. A su aire. Con su imaginación desbordante. Con su capacidad de hacer un juego de cualquier situación y un juguete de cualquier cosa, cuanto más simple, mejor. Sin calle, los niños y las niñas están desnaturalizados, por más que les colmemos con todo tipo de juguetes y accesorios.


Y el homenaje lo hacemos de la mano de Marta Salas, la chica que saca estas fotos maravillosas, intemporales, que nos hacen recordar lo mejor de nosotros mismos, los años de la inocencia, donde no existía el miedo, donde no hacía falta WhatsApp para quedar, bastaba con ir a buscar a los demás a su casa o a los sitios habituales.


Marta tiene el extraño privilegio de mirar a través de su objetivo con los ojos de una niña que se deja fascinar por los detalles, por las situaciones y que se queda absorta contemplando a otros niños, a otras niñas.


Marta mira sin miedo y sin complejos. Sin ánimo de enjuiciar o interpretar lo que ve. Y eso se deja ver en su fotos. Son directas, sinceras, puras, simples, encantadoras.


De  ella es el título de esta serie de fotos, que forman parte de una exposición, la primera que hace, y que va a estar todo el invierno en el Restaurante Anttonenea en el número 48 de nuestra querida calle San Antón de Pamplona, donde, por cierto, se come de lujo.


Si te apetece volar un rato y mirar las cosas como si volvieras a la infancia, no te pierdas esta oportunidad. Y, si no tienes esa oportunidad, puedes seguirla en Facebook o en Instagram.


O mejor. Si tienes alguna de esas personillas a tu cargo, dale la oportunidad de vivir la mejor edad de su vida sin complejos y sin miedos tontos e infundados. Y pelea por que ellas, esas personitas, conquisten lo que nunca deberían haber perdido: la calle. Y que descubran por sí mismas su realidad y sus sorpresas. No hay tiempo que perder.


jueves, 15 de octubre de 2015

Terrorismo vial, terrorismo urbano

Informan una y otra vez los medios de comunicación de masas, esos que sirven para consolidar las principales lineas de pensamiento y para orientar las pautas de la población y sus decisiones, de un repunte en los accidentes de tráfico, sobre todo en entornos urbanos. Y nos dicen que el 70% de esos accidentes se producen tienen lugar en pasos peatonales. Y lo recibimos con naturalidad, casi impasibles, sabedores de que no sólo es una realidad conocida sino que es una realidad asumida. No es extraño que no nos resulte sorprendente, ya que es algo que lleva produciéndose de manera invariable durante las últimas décadas.

Ahora bien, esa impasibilidad no es una actitud que hayamos decidido mantener voluntariamente, ni siquiera conscientemente, es simplemente una consecuencia de las inercias que se nos han ido imponiendo durante muchos años, promovidas por intereses asociados al desarrollo de un modelo urbano, social y económico cuyos pilares básicos han sido el superdesarrollo inmobiliario, financiero, petrolero, automovilístico, que ha fomentado el consumo compulsivo, la especulación, el derroche, la contaminación y la injusticia salvaje.

Hemos aceptado como buenas sus consignas, sus condiciones y sus consecuencias. Y así no nos parece extraño constatar los daños colaterales que dicho sistema conlleva: aislamiento, deslocalización, depredación, desequilibrios graves de la salud, deterioro medioambiental, insolidaridad, injusticia, desigualdades y muerte. Mucha muerte. Muchas muertes.


Muchas muertes y muchas secuelas, tanto directas como indirectas, que hemos asumido como insalvables o, peor que eso, fortuitas. ¿Por qué si no llamamos accidentes a lo que no son sino atropellos, muchos de ellos provocados por negligencias o por temeridades?

Pues porque esto se ha convertido en un estado de excepción permanente impuesto por las autoridades para mantener la tiranía del coche frente a todos los que no lo elijan como medio de transporte. Una tiranía basada en el terror, en la difusión intencionada del miedo al coche. O, mejor que eso, el miedo a contravenir los requerimientos que ese modelo de vida en el que el coche es una de las piedras angulares.

Vender miedo, consentir y ejercer la violencia para condicionar el libre albedrío de la gente y favorecer una opción contra las demás sin escatimar daños colaterales tiene un nombre. Así pues, empecemos a llamar a las cosas por su nombre y dejémonos de eufemismos y anatemas. Esto es terrorismo, terrorismo vial, terrorismo urbano montado para fomentar el uso intensivo del coche y nada más. Un terrorismo que, entre víctimas directas e indirectas, se cobra más de 400.000 muertes prematuras cada año tan sólo en Europa.

¿Cuánto tiempo más estamos dispuestos a soportarlo? ¿Cuánto tiempo más a seguir poniéndonos las orejeras, los cascos, los chalecos reflectantes y vamos a seguir vistiéndonos con esa capa de miedo que nos hace insensibles a otra muerte que no sea la nuestra? ¿Cuánto tiempo más a aguantar amedrentando a nuestros menores y mayores con los peligros de la calle? ¿Cuánto? ¿Otra generación? ¿Dos? ¿Y cuál será el precio de tanto aguante?

jueves, 6 de agosto de 2015

5 inconvenientes inevitables cuando se trata de promocionar la bici

Cinco, por mencionar algunos.

1. Sois 4 gatos

Es el más repetido, el más pesado y quizá el más difícil de superar. Claro que es también el más lógico de todos. No estaríamos hablando de promocionar algo si ya fuera exitoso, masivo o simplemente algo reconocido. Nunca. Se promociona lo que es minoritario pero se considera interesante por las aportaciones inequívocamente positivas que se le asocian. Es la esencia de la promoción. O al menos así debería ser. Sin embargo, el argumento (excusa más bien) de los responsables de la cosa es que la bicicleta no tiene representatividad, no cuenta con usuarios, masa crítica suficiente para acometer una serie de actuaciones la impulsen de una manera decidida.


2. Los de siempre

La vieja guardia de la bicicleta, los incondicionales con una trayectoria reivindicativa dilatada, pueden representar un lastre también importante. Por su maniqueísmo y su visión demasiado exacerbada, su implicación exagerada, su maximalismo, su victimismo heroico, su reincidencia simplista pueden hacer que la cosa cobre tintes demasiado vindicativos, es decir, revanchistas, por despecho después de haber protagonizado tantos años de vocear en el desierto, de ser ignorados, de ser ninguneados. Los históricos pueden ser muy útiles en la retaguardia, pero muchas veces en primera línea pueden resultar contraproducentes. Hacen falta caras nuevas y discursos nuevos.


3. Sota, caballo, rey

O carril bici, aparcabicis y bicis públicas (o biciescuelas o lo que se le ocurra al lumbreras de turno). No. No se trata de hacer unas cuantas cosas vistosas, muchas veces como respuesta a reivindicaciones históricas o a consignas repetidas de manera tontuna durante años. La oportunidad de la bicicleta no reside en unas cuantas fórmulas mágicas. Tampoco es bicis al tren, circulación a contramano o limitación de velocidad a 30 kms/hora. No. Eso son herramientas, algunas herramientas entre muchas que sólo funcionarán si hay una estrategia suficientemente profunda e inequívocamente decidida para cambiar el modelo de movilidad, el modelo urbanístico y el modelo de ordenación del territorio. Si no, no sirven más que para crear una falsa imagen de cambio mientras se permite que todo siga igual y al final no sirve para nada porque no promociona un sistema de movilidad diferente y se queda en algo deslavazado y tonto, que se vuelve contra sus propios principios y acaba penalizando a los más débiles (otra vez más).


4. El peso del coche

Y su inercia. Sus intereses asociados, el poder que representa, la economía que asocia, su posición social, el magnífico lobby que lo sustenta, transnacional, global, bestial. Aquí está el verdadero escollo y el verdadero lastre que arrastramos agradecidos, con estoicismo ejemplar, sufriendo sus consecuencias por ese pretendido bien común que nos aporta o que dice aportarnos el desarrollismo, que ha organizado toda una suerte de trampas asociadas al vehículo motor: trampas inmobiliarias y financieras, que nos tienen condenados a un servilismo que nos tiene cogidos por el bolsillo, que es donde más nos duele.


5. El miedo

Ese sí que es temible. Porque está alimentado por la maquinaria mediática en la que seguimos creyendo sumisos. El miedo es tan fácil de alimentar y es tan potente que es capaz de mantenernos parados, atemorizados ante las consecuencias de cualquier cambio, impidiendo así que cuaje cualquier intento de reorientar una situación que, por otro lado, se está demostrando que es, no sólo insostenible, sino amenazante a corto plazo para la supervivencia de las ciudades y sus habitantes. Atemorizados somos dóciles.


Seamos simplemente conscientes de todos estos inconvenientes y será suficiente para enfocar la cosa de manera cabal y responsable. Pero que no sirvan, nunca, para desanimarnos a cambiar las cosas. Nunca.

jueves, 2 de octubre de 2014

"Por más que lo intento, siempre que monto en bici acabo atropellado"

Era la confesión de un entrañable vecino ayer mismo.

- No sé cómo hago, pero, aunque tomo todo tipo de precauciones y trato de evitar circular por la calzada, utilizo parques, aceras y carriles bici, en cuanto llego a un cruce o a una incorporación y me bajo al asfalto esos metros siempre acabo atropellado o casi. ¿Por qué me pasa eso?

- Pues igual precisamente por eso - le dije, no lo pude evitar.

- ¿Por qué? No te endiendo.

- Por circular siempre fuera del tráfico y pretender que el tráfico lo entienda.

- Ya...

- Hay dos sitios donde los conductores no te ven ni aunque quieran: cuando cruzas un paso de peatones (o de bicis) sin hacer una parada técnica y cuando apareces por el ángulo muerto, sobre todo desde la derecha.

- ¿Y entonces?

- Pues tienes dos: o sigues incomodando peatones y fiándote de los carriles bici y te aseguras de que los conductores (no los coches, que esos no ven) te han visto o pruebas a saltar a la calzada y circulas por el medio del carril que te convenga para tu itinerario y en las rotondas te metes bien en el medio para que te vean, siempre señalizando tus maniobras y mirando al resto de conductores.

- Pero eso me da mogollón de miedo.

- Vale, pero hablamos de tu integridad y esa te debería preocupar más que tus miedos.

- No sé, ya veremos.

martes, 18 de febrero de 2014

¿Qué ciudad hemos preparado para nuestros niños?

¿Y cómo tenemos que adiestrar a nuestros niños para que se adapten a esa ciudad?



Si viendo videos adoctrinadores como éste no se nos ponen los pelos de punta es que somos unos indolentes y unos irresponsables, o que ya nos hemos inmunizado a la basura infantil.

¿De verdad queremos mantener este estado de cosas? ¿De verdad queremos seguir metiendo miedo a nuestros niños? ¿Queremos seguir prohibiéndoles jugar en las aceras? ¿Queremos seguir reprimiéndoles y represaliándoles porque no son capaces de hacerse con el orden que les hemos establecido? ¿De verdad lo queremos? ¿O es que simplemente no creemos que se pueda cambiar?

Esto no es seguridad vial, esto no es educación vial, esto es represión vial.

Basta de semaforitos, basta de niños advertidos, basta ya de meter miedo y de proteger al coche y justificarlo, incluso en los despistes de los automovilistas, basta ya de culpabilizar a los que tendrían que ser los protagonistas de la movilidad y de la vida urbana.

Esto es demasiado siniestro para que nos siga pareciendo normal. 

Si con ese video no os ha sido suficiente, ahí va otra joya de la misma firma. Aquí al miedo, a la protección de la tiranía del coche, a la educación aborregante y maniqueísta hay que sumar la justificación de las prisas y la irascibilidad al volante, la inevitabilidad de la congestión, la incitación al consumo y a la competencia infantil y, no paremos de alucinar... ¡la circulación de las bicicletas por las aceras y la peligrosidad de los peatones!



Luz roja a esta luz verde tristona y atemorizadora que va a hacer de nuestros niños unos zombies a las órdenes de Nancy Agente de Tráfico. No más terror en las aulas.

martes, 4 de febrero de 2014

La historia de Leonard Mead, el último peatón

El peatón 

por Ray Bradbury
Título Original: The Pedestrian 1951

Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando ante él formas de aire frío, como humo de cigarro.

A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. Y pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las paredes interiores de un cuarto, donde aún no habían cerrado las cortinas a la noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde aún no habían cerrado una ventana.

El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo había pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues entonces los perros, en intermitentes jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ruido de los tacos, y se encenderían luces y aparecerían caras, y toda una calle se sobresaltaría ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de noviembre.


En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando hacia el oeste, hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que le lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de Navidad. Podía sentir la luz fría que entraba y salía, y todas las ramas cubiertas de nieve invisible. El señor Mead escuchaba satisfecho el débil susurro de sus zapatos blandos en las hojas otoñales, y silbaba quedamente una fría canción entre dientes, recogiendo ocasionalmente una hoja al pasar, examinando el esqueleto de su estructura en los raros faroles, oliendo su herrumbrado olor.

− Hola, los de adentro − les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras− . ¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella loma?

La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona, invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra compañía que los cauces secos de los ríos, las calles.

− ¿Qué pasa ahora? − les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera− . Las ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario? 

¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de la luna? El señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más. Trastabilló en un saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las hierbas y las flores. Luego de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había encontrado a otra persona que se paseara como él. 


Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad. Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de insectos. Los coches escarabajos corrían hacia lejanas metas tratando de pasarse unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero ahora estas carreteras eran como arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna. 

Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una manzana de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por la luz. 

Una voz metálica llamó: 

− Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva! 

Mead se detuvo. 

− ¡Arriba las manos! 
− Pero... − dijo Mead. 
− ¡Arriba las manos, o dispararemos! 

La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad de tres millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes, en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas.

− ¿Su nombre? − dijo el coche de policía con un susurro metálico. 

Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres. 

− Leonard Mead − dijo. 
− ¡Más alto! 
− ¡Leonard Mead! 
− ¿Ocupación o profesión? 
− Imagino que ustedes me llamarían un escritor. 
− Sin profesión − dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo.

La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por una aguja. 

− Sí, puede ser así − dijo. 

No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo ocurría ahora en casa como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente. 

− Sin profesión − dijo la voz de fonógrafo, siseando− . ¿Qué estaba haciendo afuera? 
− Caminando − dijo Leonard Mead. 
− ¡Caminando! 
− Sólo caminando − dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara. 
− ¿Caminando, sólo caminando, caminando? 
− Sí, señor. 
− ¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué? 
− Caminando para tomar aire. Caminando para ver. 
− ¡Su dirección! 
− Calle Saint James, once, sur. 
− ¿Hay aire en su casa, tiene usted acondicionador de aire, señor Mead? 
− Sí. 
− ¿Y tiene usted televisor? 
− No. 
− ¿No? 

Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación. 

− ¿Es usted casado, señor Mead? 
− No. 
− No es casado − dijo la voz de la policía detrás del rayo brillante. 

La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises y silenciosas. 

− Nadie me quiere − dijo Leonard Mead con una sonrisa. 
− ¡No hable si no le preguntan! 

Leonard Mead esperó en la noche fría.

− ¿Sólo caminando, señor Mead? 
− Sí. 
− Pero no ha dicho para qué. 
− Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente. 
− ¿Ha hecho esto a menudo? 
− Todas las noches durante años.

El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que zumbaba débilmente. 

− Bueno, señor Mead − dijo el coche. 
− ¿Eso es todo? − preguntó Mead cortésmente. 
− Sí − dijo la voz− . Acérquese. − Se oyó un suspiro, un chasquido. La portezuela trasera del coche se abrió de par en par− . Entre
− Un minuto. ¡No he hecho nada! 
− Entre. 
− ¡Protesto! 
− Señor Mead... 

Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho. Cuando pasó junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche. 

− Entre. 

Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un pequeño calabozo, una cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico; olía a demasiado limpio y duro y metálico. No había allí nada blando. 

− Si tuviera una esposa que le sirviera de coartada... − dijo la voz de hierro− . Pero... 
− ¿Hacia dónde me llevan? 

El coche titubeó, dejó oir un débil y chirriante zumbido, como si en alguna parte algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas bajo ojos eléctricos. 

− Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas. 

Mead entró. La puerta se cerró con un golpe blando. El coche policía rodó por las avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces. 

Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa más en una ciudad de casas oscuras. Pero en todas las ventanas de esta casa había una resplandeciente claridad amarilla, rectangular y cálida en la fría oscuridad. 

− Mi casa − dijo Leonard Mead. 

Nadie le respondió. 

El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las calles desiertas con las aceras desiertas, sin escucharse ningún otro sonido, ni hubo ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre.

Fin

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Lo del casco ya da asco

Y nos tiene acogotados. Toda esta estrategia que no acaba de parir una norma para regular la circulación ciclista que lleva la Dirección General de Tráfico española manteniendo durante ya van para 3 años simplemente apesta. Apesta porque está sirviendo de táctica dilatoria para desviar la atención sobre las cuestiones principales que afectan a las personas que quieren moverse libremente por las ciudades eligiendo la mejor opción para sus desplazamientos y nos está paralizando con sus amenazas infantiloides desaprovechando los mejores momentos que hemos vivido en muchos años para proponer cambios.

Y huele porque han ventilado demasiado la mierda

Una táctica de derechas sin duda en su formato más genuino y recalcitrante: sembrar miedo para mantener las cosas como están y utilizar todo el aparato mediático para amplificar el mensaje de manera que no se oiga nada más.

Crónicas de accidentes en los que los ocupantes de las bicicletas no llevaban casco, informes sobre estudios reveladores de la conveniencia de utilizar casco por la protección que aporta, ruedas de prensa,  declaraciones y puestas en escena que alimenten el monstruo... todo al servicio de mantener la calma y seguir conduciendo un coche y demostrar no sólo que la bicicleta es incómoda y lenta, sino que es peligrosa y, por tanto, inconveniente. Peligrosa para sus usuarios por supuesto, pero peligrosa también para los intereses de los peatones y cómo no de sus protegidos automovilistas.

Sólo pensar que mucha gente está volviendo la vista sobre las pobres bicis y está abandonando sus coches les provoca una tremenda desazón. Por eso están tan obsesionados en demostrar que la bicicleta no es un juguete sino que es poco menos que un arma en manos de incautos. Por eso nos quieren vestir como payasos y nos quieren coronar con un casco obligatorio. Para que se nos vea.


Ignoremos sus intenciones y dediquémonos a lo nuestro

Lo malo no es eso. A eso se puede objetar, como objetamos en su día al servicio militar obligatorio. De hecho, todos los ayuntamientos más o menos cabales e involucrados en la promoción de la bicicleta, aunque sea de forma testimonial, ya han declarado su intención de no someterse a esta norma y no aplicarla en sus dominios (ya veremos qué pasa si se cumplen las amenazas).

Lo malo es que no estamos haciendo el resto de los deberes porque nos tienen amedrentados con sus amenazas. Los deberes que no son otros que implantar e inculcar la bicicleta desde la infancia, en los colegios, en los institutos, en la calle, solucionar los problemas que tiene la mayoría para aparcar sus bicicletas de manera segura, enseñar a la gente a ser más autónomos con sus bicicletas, etcétera.

Pero lo peor es que nadie se está dando cuenta que estos años que estamos pasando en el hoyo son los mejores para proponer alternativas al coche, simplemente porque, al haber menos actividad y menos vorágine consumista, hay menos tráfico. La reducción de tráfico ha sido más que proporcional a la recesión y nos ha puesto en un escenario excelente para deconstruir las ciudades y sus conurbaciones y hacerlas más amables para otros modos de desplazamiento que no sean motorizados. El tráfico ha descendido hasta un 20% en muchas ciudades y eso representa una oportunidad inmejorable. Pero la estamos perdiendo entretenidos en responder a su juego, que ya ha conseguido colarnos a las bicis en las aceras y que nos sigue amenazando con cascos, luces y reflectantes.

Si no lo hacemos, somos estúpidos.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Por qué no usaré casco cuando vaya en bici por mi ciudad, aunque sea obligatorio

Artículo extraído del blog en bici por madrid y escrito por Villarramblas

Antes de pensar que me he vuelto loco, les ruego lean mis motivos y verán que esta decisión es cabal. Sé que algunos me pondrán a parir, porque sólo leerán el titular (un saludo a mis amigos de meneame.net). En todo caso, no espero que nadie comparta esta decisión. Lo escribo una vez para no tener que contarlo cien. 

Hay dos maneras de no romperse la crisma: una es llevar un buen casco si hacemos algo peligroso, la otra es evitar el peligro. Ambas son respetables, yo he elegido la segunda cuando uso mi bici para desplazarme. Sé que muchos de ustedes piensan que eso no es posible, que la bici es demasiado insegura como para poder elegir no tener riesgos. Lo cierto es que sí podemos elegir, pero todavía poca gente lo sabe.

Llevo tres años colaborando como redactor en este blog en el que miles de lectores entran y cuentan sus propuestas, consejos y problemas. También cuentan sus accidentes, y eso es una información valiosísima de primera mano que no conoceremos jamás por los atestados policiales, que no se hacen públicos. Los accidentes ciclistas siguen pautas predecibles, aquí y en todo el mundo (donde sí se publican estudios sobre los atestados) y se pueden evitar con sencillos consejos. Incluso en esas caídas tontas que siempre pueden pasar tenemos capacidad para minimizar los daños y no sólo los de la cabeza, sino los de todo el cuerpo. Basta con ir suficientemente despacio y tener espacio a nuestro alrededor para poder esquivar imprevistos o poderse caer en un suelo libre de obstáculos, sin mayores consecuencias que alguna contusión.

Sé que hay ciclistas que les gusta correr, ir por terrenos accidentados, usar vías ciclistas demasiado estrechas, o incluso saltarse semáforos. En esos casos, el golpe es probable y me parece totalmente cabal llevar un casco para amortiguar el impacto si sucede en la cabeza. Pero déjenme elegir no participar en esas actividades de riesgo. Las calles de mi ciudad no tienen ramas ni farolas en medio de la calzada contra las que abrirse la cabeza, y jamás circulo cerca de un bordillo por ese motivo.



¿Y los otros vehículos? pensaran ustedes. Porque uno puede ser cuidadoso con su bici, pero no puede controlar los coches que hay a su alrededor y que causan bastantes más accidentes a los ciclistas que las caídas propias. Afortunadamente, la gran mayoría de conductores no quiere problemas y procuran no chocar conmigo si les ayudo. Basta con ser predecible y visible, algo que se consigue respetando las normas básicas de circulación, usar luces de noche y situándose en el centro del carril en la calzada, aunque a alguno de ustedes le choque. Aunque crean que los accidentes los causan conductores desaprensivos o ciclistas locos, les sorprenderá saber que casi siempre se trata de coches que circulan correctamente y de ciclistas que creen hacer lo correcto pero no siguen estas dos reglas, a veces por desinformación, y a veces por obligaciones que las normas de tráfico imponen a los ciclistas contra toda lógica y contradiciendo las normas básicas, como circular en el ángulo ciego de un camión que va a girar.

Sí, lo sé. No me olvido de ese pequeño grupo de descerebrados al volante ante los que es imposible defenderse, ni siquiera cuando caminamos por un paso de cebra, y de los que leemos en prensa cada pocos días en la sección de Sucesos. ¿Puede ayudarme un casco en situaciones así de extremas? Sí, sin duda. Al igual que le puede ayudar a usted si es el peatón que tiene la desgracia de cruzarse en el camino de la violencia vial. Porque esos casos ya no son accidentes. Igual que una agresión sexual no es un accidente, ni lo es un disparo a bocajarro. Es violencia consciente contra el prójimo.

Y lo terrible es que estamos siendo cómplices de esta violencia cuando miramos hacia otro lado, o lo que es peor, cuando al enterarnos de noticias así, las despachamos con un frívolo "es que la víctima debería de haber llevado casco", sólo porque la víctima iba en bici. Me parece una degeneración moral extrema que se culpabilice a la víctima que no se acoraza frente a su agresor. Es algo que no tengo que explicar si se trata de un ciudadano atropellado, y me sonroja tener que hacerlo cuando ese ciudadano ha decidido subirse a una bicicleta.

No señores, quiero poder pasear por mi ciudad sin tener que defenderme de otros ciudadanos.  Y rechazo firmemente cualquier ley que me considere un delincuente por ello.

Dentro de unos días el Congreso se reunirá para debatir el futuro de la bici en el Reglamento de Circulación. No se hablará de ninguna medida para evitar caídas y atropellos. Sólo se decidirá si ir en bici sin casco es merecedor de sanción. Si finalmente se aprueba esa medida no la voy a acatar.
 
Sé que la gente de mi alrededor me preguntará el porqué. Y me advertirán del peligro que supone desobedecer esa ley. No, amigos míos: el peligro es el mismo con ley y sin ella. Lo único que me juego es el dinero de una multa, y acepto pagar por mi desobediencia civil. La alternativa sería tragar con un reglamento que responsabiliza a la víctima de la conducción irresponsable de otros, y no quiero ser cómplice de esa barbaridad.

Cada vez hay más gente que se está dando cuenta del gran error que supondría tener una ley así, aunque hay quien todavía la defiende como modelo de comportamiento para los más jóvenes. Si usted piensa que mi desobediencia puede ser un mal ejemplo ante futuras generaciones, le pregunto: ¿Es ese el futuro que quiere para la ciudad en la que vive? ¿Quiere enseñar a sus hijos que estamos construyendo una sociedad donde no será posible usar una bici sin miedo a los demás?

Les propongo caminar hacia otro escenario: una ciudad en el que todos, incluso los niños, podamos usar la bici sin tener que defendernos de nuestros vecinos. Ese es el objetivo que debemos tener presente: hacer de la ciudad un lugar suficientemente civilizado para que el casco no sea necesario.

Y por supuesto, el día que me apunte a una ruta por los montes donde las piedras y las caídas son frecuentes, no tengan duda que llevaré casco. Mi decisión de no usarlo en ciudad no está reñida con el sentido común.

viernes, 23 de agosto de 2013

Nos falla la tribu

Podemos tener un montón de infraestructuras, podemos escribir un montón de normas, podemos tener policías en cada esquina vigilando por que se cumplan, podemos confinar a nuestros menores en centros de adiestramiento y hacerlos expertos en cualquier cosa, podemos hartarnos de discutir con argumentaciones brillantes, podemos afanarnos por tener grupos de influencia más o menos poderosos, pero hemos perdido lo principal para conseguir que nuestra convivencia, nuestra sociedad, nuestro mundo empezando por nuestra calle, nuestro barrio, nuestra ciudad sean más amables y más confiables: hemos perdido la tribu.

La tribu

Ese ente más o menos concreto y más o menos organizado, pero invariablemente compuesto por personas, Personas con mayúscula que la reconocen y se reconocen en ella. Ese grupo de personas donde lo más importante es lo que no está escrito y cuyas relaciones se basan en la confianza y el respeto, más que en el miedo. Esa tribu en la que los mayores se merecen el reconocimiento por el mero hecho de serlo y en la que los débiles cuentan con la protección de todos sin excepción. Esa tribu en la que cualquiera puede reprenderte por transgredir una de esas leyes no escritas y en la que, cuando eso pasa, tú sabes reconocer que efectivamente estabas fuera de juego y aceptas el aviso.


El mundo cruel

Hoy no. Hoy y aquí la tribu ha desaparecido y sólo cuenta el individuo, al que hemos inculcado una buena dosis de miedo y luego hemos conseguido que se blinde frente a él, al que hemos alimentado con falsas promesas de éxito, confort, posición o trascendencia a base de aislarlo y ponerlo en competencia con los demás, con sus semejantes, hasta convertir a cada individuo en un pequeño monstruo para ellos. Hemos escrito leyes y hemos llenado la calle de vigilantes para hacerlas cumplir. Y es esto lo que hemos conseguido: un mundo impersonal y despersonalizado, que nos mantiene amedrentados en nuestras jaulas de oro.

Hoy en día, lo mejor que te puede pasar cuando pides a alguien que recoja el envoltorio que ha tirado, que no ande en bicicleta por la acera, que deje de mear en la puerta del portal de tu casa, es que te dirijan una mirada despreciativa o que te digan que te metas en tus asuntos.

Así no vamos a ninguna parte. Así no vamos a conseguir nada. Porque siempre va a haber un estúpido, siempre va a haber un capullo que lo va a echar todo por tierra.

Basta de lamentaciones

Pero el problema no acaba con lamentarse. Nunca las lamentaciones han resuelto ningún problema. Esto hay que volver a montarlo. Porque ya nos estamos dando cuenta de que no funciona, de que nos han disgregado para tenernos dispersos, aislados, desasistidos y temerosos, impotentes, y esto se ha convertido en una merienda de negros.

Así pues, hay que volver la vista a nuestro entorno inmediato, empezando por la familia ampliada, por nuestras relaciones de confianza, para volver a montar una tribu que se respete a sí misma. Sólo así podremos construir un mundo mejor. Más cívico, más empático, más sociable, más entrañable, más seguro, más divertido, más humano. Un mundo donde los niños vuelvan a jugar en las calles.

Gracias a Melilla ConBici por la inspiración.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Los seguros no aseguran la inseguridad ciclista

De hecho lo que les interesa es que cada vez haya más accidentes. Lo que pasa es que saben venderlo. Vender lo de que la bicicleta es peligrosa y demostrarlo con hechos, con datos agregados. Las estadísticas de accidentes son para las aseguradoras auténticas campañas publicitarias. 

Ahora hay varias de esas siniestras empresas empecinadas en vender seguros a los ciclistas, para regocijo del grupo de influencia que protege los intereses del automóvil. Claro. Como parte integrante de esa apisonadora del sistema que es el lobby automovilístico, colabora de manera interesada (ese es el fin del lobby) para presentar los datos relativos al incremento de accidentes ciclistas así en bruto, que es como más impresionan, para argumentar su necesidad (y de paso la necesidad de que las cosas sigan por este camino, el bueno).

Esto ya sería en sí mismo suficiente para merecer un comentario reprobatorio, pero lo que hay detrás de esta maniobra (piensa mal y acertarás) es la manera de inculpar e incriminar a los ciclistas en sus propios accidentes, aunque en la mayoría de ellos participen solamente como víctimas. La concurrencia de culpas al no ir protegido por un seguro, por un casco o por lo siguiente que se les antoje, servirá para disminuir la responsabilidad del automovilista y, seguramente, para reducir también sus penas e indemnizaciones. Magistral. Para muestra un botón.

¿Venderían las aseguradoras seguros para actividades que fueran realmente inseguras?

Pero, aunque todo esto sea repulsivo (lo de vender miedo más que lo de tratar de colocarnos otra póliza que es legítimo) lo que debe resultarnos sospechoso es que las aseguradoras no hayan calculado el riesgo que asumen con esta maniobra. O lo que es lo mismo ¿quién se metería a vender seguros en los que la probabilidad de indemnizar fuera muy alta? Pues eso, precisamente eso es lo que nos hace deducir que las aseguradoras han calculado: que el riesgo de accidentarse en bici, aunque muy publicitado, es realmente bajo comparado con el número de usuarios, incluso con las facilidades para el accidente que se han implementado en nuestras ciudades en los últimos años. Por eso es un negocio.

Así pues, los seguros no garantizan la seguridad del ciclista pero tampoco demuestran su inseguridad, más bien al contrario. Lo que sí hacen es intentar incrementar la sensación o la percepción de inseguridad (mientras no cuentes con una de sus pólizas) y eso va calando en el público en general y es ahí donde tienen mucho que ganar.

Mientras tanto, el ABC de Sevilla dedica un buen espacio a mostrar los resultados de la que probablemente sea la ciudad con más siniestralidad ciclista de este país, de paso que hace una apología del casco. ¿A quién va dirigida esta noticia?¿Qué trata de mostrar o de demostrar? Que cada uno saque sus conclusiones.

martes, 13 de agosto de 2013

Cambiar el miedo por respeto

Nos hemos acomodado a la lógica del miedo. No es extraño porque el miedo es muy rentable para muchas personas y sobre todo para muchos grupos de poder. Inculcar miedo es la mejor y más irracional forma de mantener a la gente atenazada, expectante, ansiosa por que se lo calmen con cualquier remedio. El miedo es el arma más potente y el poder lo sabe y lo ejerce.

Nos han metido el miedo hasta las entrañas, que es donde mejor se acomoda, y así han conseguido que evitemos pensar, que no atendamos a la lógica, que seamos incapaces de discernir. Porque el miedo no nos deja.

Nos luciría de otra manera el pelo si en vez de habernos dejado vencer por el miedo, hubiéramos sido capaces de fundamentar los cimientos de nuestras relaciones sociales en el respeto. Respeto, que no obligación u obediencia.


El respeto nace del reconocimiento y la aceptación del otro como un individuo pleno ante el que debemos profesar una consideración en el objetivo de que dicha consideración sea mutua, recíproca. Así pues, el respeto parte de una visión empática de la dignidad y de una necesidad de reconocer para ser reconocido. Es una óptica mucho más ética y un fundamento mucho más sólido que el del miedo si lo que buscamos es la convivencia y el entendimiento.

Es ahí donde debería estar el quid de la cuestión en cualquier aspecto social que contemplemos. Es ahí donde debería estar el quid de la cuestión en la movilidad, en la circulación, en el tráfico, en el desplazamiento de personas. Si fuéramos capaces de reconocer que no hay automovilistas, ciclistas, peatones o motoristas, hay personas.

El respeto a las personas no se fundamenta en ninguna ley escrita, no hace falta una normativa, ni una policía que vigile su cumplimiento. Porque el respeto es una manera de entender las relaciones humanas, donde las personas, cada persona es lo más importante y lo más incuestionable.

Lo que pasa es que el respeto no se imparte ni se reparte (como el miedo), el respeto se inculca y se merece, hay que conquistarlo, hay que ganárselo y es ahí donde tenemos una carencia fundamental. Hemos perdido el valor del respeto hacia las personas y hacia todo lo demás y es por eso por lo que nos hemos dejado vencer por el miedo y por lo que ahora necesitamos normas que establezcan rayas de las que no pasarnos y vigilantes que nos obliguen a cumplirlas y nos castiguen cuando no lo hagamos.

Es así de lamentable. Y también es así de grave, porque es una dinámica muy difícil de cambiar. Para recuperar el respeto vamos a necesitar varias generaciones, para perderlo ha bastado con una.

jueves, 18 de julio de 2013

Sembrar miedo alrededor de la bici

Presentar el uso de la bicicleta como algo riesgoso, aventurado, casi peregrino en condiciones normales es un empeño en el que anda enfrascada demasiada gente. Demostrar que el tráfico es peligroso e indeseable para los ciclistas, dar eco y amplificar cualquier noticia o suceso por anecdótico que sea siempre que sirva para mantener latente la fragilidad del ciclista: un golpe, una caída tonta, un atropello, una gamberrada, un robo... todo sirve para reforzar la idea de que la bicicleta es insegura y su utilización temeraria.

Medios de comunicación, investigaciones médicas, estadísticas de accidentalidad, encuestas y consejos procedentes de aseguradoras, imágenes de bancos, anuncios de refrescos, campañas de compañías telecomunicaciones o de lencería, todos utilizan la bicicleta como recurso y como reclamo, pero siempre para vender una realidad bucólica, bohemia o baladí, bobalicona en definitiva. Porque todos ellos saben, y eso bucea en nuestro subconsciente gracias a sus sibilinos mensajes, que la realidad es otra: la realidad es cruel y peligrosa. Sobre todo para los que toman la descabellada decisión de tirarse a la calle en bici.


Pero ¿a quién beneficia vender que la bici es peligrosa?

Esa inocente e inofensiva máquina que se mueve a pedales. Pues sí, esa es la que por el mero hecho de montarla nos pone en peligro. Acojonante y, sin embargo, real para algunos.

Los primeros encargados en vender esta idea, curiosamente, son muchos pretendidos precursores y proselitistas de la bici. Son ellos los que, gracias a la ñoñería y la mojigatez de planteamientos tales como que un anciano o un niño nunca podrían enfrentarse al tráfico de los endiablados automovilistas, nos quieren convencer de que la única oportunidad que tiene un ciclista de sobrevivir es alejado del tráfico. Da igual por donde pero lejos de los malvados coches, camiones y autobuses, además de las innombrables motos, que se pelean por arrollarles a la que se pongan delante de ellos. Y así promulgan la construcción de vías ciclistas exclusivas separadas de ese tráfico y, por qué no, la circulación por aceras.

De esta visión participan, como no podía ser de otra manera, los grupos que forman el lobby del automóvil. Así asociaciones de conductores, autoescuelas, aseguradoras y, por supuesto, constructores de vehículos y accesorios, compañías petroleras, gestores del tráfico y otros cuerpos para-automovilísticos.

Perpetuar la idea de que el tráfico rodado, pesado, agresivo y dominante es inherente a la sociedad, a la ciudad y a la movilidad interurbana es, pues, una misión que sirve para consolidar e incrementar, si cabe, la tiranía del automóvil como uno de los ejes centrales que sustentan un sistema basado en la dispersión. la deslocalización, la globalización, la hipermovilidad, el consumo y la agresión.

Ignorar esto o presentar lo contrario como marginal o ridículo es prácticamente lo mismo y sólo sirve para alimentar el monstruo insaciable del automovilismo. Dar cobertura a esta cultura del miedo es participar en este circo, aunque vendamos bicicletas.

Carriles bici, cascos, chalecos reflectantes, timbres y otras vainas del estilo sólo son juguetería al servicio del dominio del coche en nuestras vidas. Aténganse a las consecuencias.



Lectura recomendada

sábado, 13 de julio de 2013

No hace falta tomar tantos riesgos...

... para tener un accidente.

Este es el eslogan que ha utilizado la asociación de aseguradoras francesas para alertar a los ciclistas de que tomen sus precauciones para evitar accidentes, mostrando la cara más impresentable de sus actitudes. Y este es el video que han editado para la ocasión. Una buena pieza.



Visitando la web que han hecho para la campaña nos encontramos además con una revisión de las situaciones donde más frecuentemente los ciclistas se ponen en riesgo y con unas recomendaciones para cada caso.

Riesgo #1 - Comerse una puerta


Recomendación: circula por el centro del carril


Riesgo #2 - Menospreciar la intersección


Recomendación: sigue las normas y especial atención


Riesgo #3 - Saltarse un semáforo en rojo


Recomendación: respeta las señales y semáforos


Riesgo #4 - Atraparse en el ángulo muerto


Recomendación: sé consciente de que no te ven


Riesgo #5 - Circular a oscuras sin luces


Recomendación: hazte ver


Aunque siempre nos quedará vender miedo

Todo bien si no llegan a caer, como no podía ser de otra manera, en la debilidad en la que interesadamente caen todas las aseguradoras: magnificar los riesgos y sobredimensionar las prevenciones. Así en el apéndice de la página nos adornan con datos que les sirven para demostrar que andar en bici es peligroso e incluso mortal y que luces, reflectantes, timbre y casco son algo más que recomendables, como, y eso no les hace falta decirlo porque se sobreentiende, un buen seguro de vida y otro de responsabilidad civil. O varios. Total tarde o temprano te la vas a dar...

sábado, 29 de junio de 2013

Algo zumba en mi cabeza mientras pedaleo

Debe ser que ya son demasiadas cosas las que hay que tener en cuenta y demasiadas responsabilidades las que hay que asumir cuando se anda en bici, que me tienen obsesionado. Que una maniobra mal entendida dé al traste con mis expectativas, que un coche invada mi espacio vital y acabe yo siendo el culpable por haber cometido la temeridad de compartir mi derecho a circular con él, que un peatón soliviantado quiera ajusticiarme así de repente por todos los inconvenientes que otros ciclistas hayan podido ocasionarle. Puede que sea todo eso. O puede que no.

Puede que sea que ya son demasiadas estupideces viniendo de todos los lados las que nos asedian a los que pedaleamos, que nos han acabado por calentar la cabeza tanto que la sola mención de tu intención, tu decisión o tu simple práctica de dar a los pedales requiera más esfuerzo argumentativo entre tus semejantes que cualquier otra decisión de las que tomes habitualmente, aunque aquella no les afecte y estas sí. Porque tu seguridad, tu irresponsabilidad o tu temeridad curiosamente ha pasado a preocuparles a ellos mucho más que a ti mismo, por lo visto. O puede que no.


Puede que sea que me chirría ya demasiado que tengas que justificarte por cuestiones que ni siquiera se han consumado, como el potencial uso obligatorio del casco en la ciudad, y que mucha gente ya da por hechas, simplemente porque hay demasiados intereses en presentar a la bicicleta como algo intrínsecamente peligroso.

El caso es que algo zumba en mi cabeza cada vez que pedaleo, aunque empiezo a sospechar que algo tiene que ver con el casco de prueba que me ha regalado Intel que, desarrollando un proyecto estudiantil de la Escuela de Arte de San Francisco, es capaz de detectar los coches que se aproximan con un agradable zumbido en la parte del cráneo por la que vienen. Acojonante.

Look System Concept from gnoren on Vimeo.

lunes, 28 de enero de 2013

El miedo a la bici no es libre

Difícil asunto el del miedo. Cualquiera está dispuesto a justificar sus miedos como legítimos, como irracionales y subjetivos, así que proponerse trabajar con el miedo es asumir una labor de carácter psicológico, cuando no psiquiátrico. Sin embargo, la mayoría de las veces, debería ser suficiente con demostrar que el miedo es infundado, porque la realidad así lo atestigua.

El miedo es un holograma
Es lo que le pasa a la bici. La mayoría de la gente que no anda en bici aduce miedo cuando se le propone hacerlo. Miedo al tráfico, miedo a los coches. Sin embargo, nadie habla de miedo a los conductores, porque los coches, el tráfico, no se mueven solos.

La respuesta invariable es que los datos dicen lo contrario, incluso en ciudades donde hay muy pocas bicicletas y muchos coches y donde el respeto a los más débiles no alcanza los mínimos exigibles en una sociedad que presume de ser desarrollada. Sobre todo cuando hablamos de circular en la dirección del tráfico rodado, evitando aceras e incluso carriles bici. Andar en bici en la ciudad no es arriesgado, mucho menos peligroso.

Cierto. En circulación urbana, prácticamente no se registran atropellos de ciclistas por alcance, esto es, arrollados. No quiere decir que no los haya, pero representan una minoría casi despreciable (ningún atropello lo es) comparada con la cantidad y la gravedad de los que ocurren cuando esas personas que aducen miedo al tráfico, circulando por aceras y ciclovías, irrumpen en ese tráfico desde trayectorias perpendiculares u oblicuas.

¿Qué es entonces lo que alimenta el miedo a la bicicleta?

Pues simplemente una mezcla de incultura, inexperiencia, pereza y unas buenas dosis de inmovilismo interesado que nos sigue empujando hacia el coche como paradigma de la movilidad urbana.

La explotación de los combustibles, la industria pesada que mueve, la construcción oportunista, el transporte intensivo, la deslocalización especulativa, la gestión de las grandes infraestructuras, la clase política aprovechada y las instituciones lastradas... todavía hay demasiados intereses alrededor de que la gente se mueva en coche y todavía hay mucha ignorancia respecto a quienes son los verdaderos beneficiados de ello, que son los que tratan de conservarlo como está y que son los que nos venden el miedo a todo lo que no sea eso que quieren mantener.

Seguiremos insistiendo.


Artículos relacionados 
- Miedo ¿inseguridad, peligro... o interés?
- Tener miedo al miedo

domingo, 20 de enero de 2013

Amaxofobia, la oportunidad

El telediario oficial ha recogido en su sesión de noche una noticia de esas que no se sabe bien con qué criterio se incluyen en el sumario, pero que te caen así, como minirreportaje de fondo, con testimonios incluídos. La amaxofobia o miedo a conducir ha sido la que se ha injertado hoy entre desgracia y desgracia.

La amaxofobia es como se denomina la patología que recoge el miedo a conducir en forma de crisis ansiedad. Razonable pensarán algunos, marginal opinarán otros, deleznable seguro que habrá algunos que defiendan. El caso es que la noticia presenta esta afección como algo mucho más común de lo que muchos sospechamos. Dicen que la amaxofobia la sufren, en sus distintos niveles de agudeza, uno de cada tres conductores.


Una de cada tres personas que conducen sufren esta dolencia y no se recogen todos los casos de miedo a la conducción. Terrible, terrorífico. ¡Y aún nos siguen vendiendo la experiencia de conducir como una experiencia incomparabla! ¡Pues vaya si lo es! Y, sin embargo, continúan sin querer desmantelar toda la lógica de la motorizzación, de la deslocalización, de la dispersión, de la zonificación y la alegría de la hipermovilidad porque creen que sigue representando el fundamento de esta maltrecha economía que hace aguas por los cuatro costados.

Y no sólo eso. Todavía sigue habiendo intrépidos irresponsables que siguen comerciando con el miedo de los ciclistas y el que tienen que tener los peatones como se les ocurra compartir el espacio, su espacio, el espacio de todos con esos que lo hacen desde detrás de un volante y a golpe de acelerador.

Es el miedo a conducir lo que hay que seguir fomentando y alimentando. No precisamente la citada amaxofobia, que no deja de ser una desgracia personal, sino más bien el miedo hacia una práctica que nos cuesta mucho a todos y que debería estar desaconsejado. Como fumar, como molestar a tus vecinos, como amenazar a los demás. El miedo nunca es bueno, porque es irracional, pero sí lo es la sensación de alerta y angustia por la presencia de un peligro o mal, sea real o imaginario.

Tenemos suerte, más del 85% de las personas que sufren esta fobia son mujeres y son ellas las que van a cambiar este mundo.

jueves, 17 de enero de 2013

Segréguenme por favor

Segrégueme político de turno, segrégueme por favor, necesito que me segregue para sentirme mejor. Para sentirme más seguro, para olvidar a los del motor, que me aterran con su ronquido, que me asustan con su acelerador. Segréngueme todos juntos, segréguenme sin pudor, que llegado el momento, caeré en la intersección.

Parece que el cuerpo técnico del BACC, esa asociación con aires de consultoría que opera en el País Catalá, ha decidido pasarse a la abnegación segregacionista amparado en la herramienta más genuinamente populista: la encuesta.

Hemos dicho muchas veces que las encuestas no son fiables porque son una mera extrapolación de una declaración de intenciones, porque no son vinculantes y además son especialmente atrevidas porque son gratuítas en todos los sentidos. Salir con encuestas prescribiendo soluciones es como coger un megáfono y empezar a soltar consignas. Pensar que las consignas son compromisos ineludibles o propuestas serias de solución viene a ser lo mismo que dar crédito a respuestas más o menos mprovisadas y más o menos bienaventuradas o posibilistas.

Lo grave es que una de las asociaciones que ha destacado por su seriedad, por su metodismo y, sobre todo, por su ecuanimidad a la hora de pronunciarse públicamente se ha dejado llevar por la necesidad de hacer titulares y mantenerse en la palestra.

Dice esa consulta que los cicloencuestados barcelonitas demandan mayor protección y eso lo concretan en más cantidad de protectores de plástico, de goma o de lo que quiera que sean en los carriles bici. Nadie por lo visto, ha sido capaz de ahondar un poco en el tema y explotar otros datos, estos sí más ciertos, como son los relativos a dónde se producen los accidentes ciclistas en la ciudad condal.


¿Cuántos de vosotros habéis circulado por uno de esos carriles protegidos por esos separadores discontínuos, muchos de ellos con forma de barra de pan y dispuestos en diagonal? Y si lo habéis hecho o lo hacéis habitualmente ¿os transmiten más seguridad que los carriles normales con dos líneas contínuas a la izquierda? Permitirme otra pregunta ¿cómo gestionáis los giros al lado contrario al que estáis protegidos en esas calles con varios carriles?

Oye, y ya puestos a pedir ¿por qué no pedir bolardos, vallas de separación o tapias a ambos lados de cada carril bici? ¿Y por qué no calles sin posibilidad de giro para los motorizados? Con eso conseguiríamos la profilaxis total de los ciclistas en circulación. ¿Por qué no mejor hacer líneas subterráneas o sobreelevadas exclusivas para ciclistas?

En fin, seguimos haciendo de esto un circo.

P.D.: Escribiendo desde la ciudad con defensas de calatorado peraltadas a 45 grados.

Artículos relacionados
- La muerte en el carril bici
- Mierda

martes, 1 de enero de 2013

Los años que viviremos peligrosamente

Peligro. Un término que encierra en sí mismo una bomba, toda una carga de profundidad. Cuando alguien define algo como peligroso, directamente le está asignando un efecto dañino en potencia, que se asocia a una posibilidad cierta de que la cosa acabe mal. Eso, que en sí mismo no entraña mayor maldad, utilizado para poner en cuestión determinadas prácticas se puede volver realmente pernicioso y puede provocar encadenamientos y asociaciones de conceptos que llevan implícitas lógicas tremendistas.


Es lo que le pasa al acto de andar en bici. Está demostrado estadísticamente que la práctica de andar en bici a diario en desplazamientos rutinarios es una de las formas más seguras de desplazarse por el número de contingencias que pueden ocurrirle a la persona que lo hace a lo largo de su vida. El índice de siniestralidad o de accidentalidad es exponencialmente más bajo que, por ejemplo, el que arroja el uso del coche. Y hablamos de estadísticas por kilómetros recorridos, sabiendo que el coche es capaz de recorrer muchos más kilómetros en un solo viaje.

Riesgo de accidente asociado a diversos medios de transporte (base=100),
 “Metodologia d'avaluació de propostes en l'àmbit de la mobilitat ocupacional”, 
Generalitat de Catalunya, Consell de Treball, Econòmic i Social de Catalunya, 2008.
 
Según estos datos, andar en bici es hasta 30 veces más seguro que viajar en coche y, sin embargo, la práctica ciclista se cataloga invariablemente como peligrosa y el hecho de conducir un coche, por más que es el provocador de la mayoría de los siniestros (también de los ciclistas), nadie lo define como peligroso.

¿Peligro o "periglo"?

Conviene repasar la etimología del término peligro para darse cuenta que su procedencia es bastante más noble y menos siniestra que su producto.
La palabra peligro viene del latín periculum (prueba, tentativa, ensayo y después también riesgo), que, primero como "periglo", acabó conformándose en el vocablo actual. La palabra latina se forma sobre la raíz indoeuropea per- (intentar, arriesgar) que da verbos en latín como experiri (ensayar, experimentar) y vocablos como peritus, peritia, experientia o experimentum, que han dado lugar a perito, pericia, experiencia o experimento.
Así, lo que empezó siendo un ejercicio de tentativa, de ensayo, de experiencia, ha degenerado con el transcurso del tiempo y con el concurso de los intereses de los que alimentan la cadena del miedo en algo dañino, evitable, desaconsejable, maligno.

Este es el sustrato ético en el que nos movemos, que va cambiando el sentido del lenguaje y, con él, el de nuestras acciones para orientarlas hacia enfoques interesados en jugar con el miedo, que da muchos más réditos que el libre albedrío y la simple emoción de vivir ensayando, intentanto y arriesgando ¿por qué no?

El mundo es de los valientes...

... pero está lleno de timoratos y son ellos los que dominan las encuestas y se dejan arrastrar por los que los mantienen amedrentados a su merced. Triste pero real. El que arriesga pierde, reza el dicho que sustenta esta teoría.

Sin embargo, sólo el que arriesga gana y la ganancia de la que hablamos cuando hablamos de moverse en bici es realmente importante: beneficios en salud, en tiempo, beneficios económicos, beneficios para nuestro entorno, para los demás, para nuestro trabajo, para nuestra forma de relacionarnos, para nuestro estado de ánimo... demasiado como para no apostar en ello.

Cada vez somos más los que estamos convencidos que una vida sin riesgos es una vida insulsa, que sólo a través del experimento se llega al descubrimiento y que la experiencia es la madre de la ciencia, más si se practica de una manera tan recalcitrante y tan reconfortante como ésta. Bienvenido peligro.


Espero vivir y convivir muchos años peligrosamente, muchos más porque el solo hecho de haber elegido un medio de locomoción activo me dará al menos 5 años más de esperanza de vida que a los pasivos motorizados. Y os aseguro que además de peligroso, va a ser intenso, emocionante y divertido. ¿Quién da más?