Mostrando entradas con la etiqueta globalización. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta globalización. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de marzo de 2017

Sí Amazon puede, tú seguro que puedes

Estamos anonadados con las prácticas de los monstruos de la venta on-line mundiales por su diligencia y sus precios inigualables. Ahora clicas en la pantalla y adquieres no sólo productos y servicios deseables, sino también inmediatez. El placer se multiplica. Ya no es suficiente con la compulsión, esa satisfacción que dura una docena de latidos en los que la sangre rebota en las sienes haciendo sentirte todopoderoso, ahora puedes decidir cuándo quieres disfrutar de la posesión de tu compra.

Ahora mismo. Oraintxe, que diríamos por aquí. Ara mateix, agora mesmo, right now, tout de suite, ahoritita... da igual el idioma, es ¡ya!

Da igual cómo se monta la tela de araña, pero nos tiene atrapados, encantados, cautivos en una mezcla de ubicuidad, borrachera de abundancia, oportunidad, necesidad... todo ello sucedáneo seguro de una felicidad que no se nos asoma, de una soledad que nos acompaña, de una insatisfacción casi permanente, de una ansiedad que no sabemos saciar. El caso es que triunfa y, para hacerlo, se vale de cualquier medio.

Los grandes monstruos del e-commerce lo saben y siguen apostando a fórmulas que, al final, juegan con abaratar la producción, eliminar la cadena comercial y ser intensivas en un transporte que el mundo sigue manteniendo barato a costa del propio planeta. "Compra y lo puedes disfrutar mañana en tu casa". "Compra y lo tienes en dos horas en tu domicilio". Por arte de magia, porque somos todopoderosos, omnipresentes. Y nosotros compramos. ¡Vaya que si compramos! Y nos lo traen. O lo intentan. Y fracasan, sobre todo, en la entrega terminal. Aunque en realidad no fuera tan urgente. Pero fracasan.

Y fracasan porque no es tan fácil encontrar a la gente en su casa. Y eso provoca una ineficiencia y unos costes en el transporte realmente formidables (eso y las devoluciones, que se producen en casi un 30% de los envíos), lo que ha obligado a dichas empresas y sus socios logísticos y de distribución necesarios a replantear y reinventar la entrega/recogida terminal. Y se han inventado los puntos de entrega concertados, en establecimientos o en taquillas automáticas, donde el destinatario se acerca para recoger su compra o hacer su devolución. Pero no les acaba de funcionar.

Otra fórmula, sobre todo para entregas en zonas de tráfico restringido, es contar con empresas especializadas en dicho trabajo, con formulaciones como microplataformas de distribución de última milla o por simple contratación de servicios. Se ha revelado la más eficiente, la más ecológica y la más amable. Porque trabaja desde la proximidad, que le permite ofrecer un punto de recogida cercano, hacer profusión de viajes en un área relativamente reducida, concertar las entregas, y todo ello con medios amables, vehículos a pedales o con asistencia eléctrica, ligeros y divertidos.


Lo mejor de esta opción, además de que normalmente está promovida por empresas locales con un compromiso y un conocimiento de su entorno y de sus personas incomparables, es que está al alcance de cualquiera, no sólo de los grandes operadores mundiales.

Esta es la clave.

Si Amazon, por nombrar al más conocido de estos operadores, busca soluciones de proximidad y está montando almacenes en el centro de las ciudades y subcontratando servicios al mejor postor porque su demanda de transporte es inabarcable por el sistema de transporte tradicional, ¿por qué los comercios locales, que ya tienen sus establecimientos montados y sus almacenes al lado de sus clientes no pueden proponérselo?

La respuesta es fácil: porque no venden lo suficiente. Pero no es la única.

Igual es que no creen que pueden competir con el fantasma de internet que les tiene acogotados.

Igual es porque siguen anclados en formulaciones obsoletas de venta que se reducen a tener unos metros cuadrados, personal para atenderlos y levantar la verja cada mañana.

Igual es que no son capaces de creer en su diferencia esencial respecto al mundo virtual, que es que ellos son tangibles, que allí puedes tocar, oler, probar el producto y pedir consejo a una persona que puede atenderte y puede entenderte, aunque muchas veces no quiera hacerlo.

Igual es que "Tu tienda de siempre" tiene que reinventarse y eso pasa, entre otras cosas, por estar atenta y ser excelente en el trato personal. Por ser original, única y exclusiva. Por querer a su clientela como a su familia. Por tener personas que atienden y tratan de entender a personas, y les aconsejan si les piden consejo y les ayudan y les acompañan en su decisión de compra.

Igual es que el comercio tradicional tiene que tener una tienda on-line para dar credibilidad a sus productos y servicios.

Igual es que el comercio tradicional tiene que asociarse para algo más que para hacer campañas anodinas y legalar carnets de fidelidad, flores, boletos de tómbola o pagarse la iluminación navideña.

Igual es que el comercio tradicional tiene que actualizarse y competir en servicio, proximidad y tangibilidad con esos monstruos que sólo pueden ofrecer precio, globalidad y virtualidad.

Igual, sólo igual, es que no han sido capaces de preguntárselo a esas personas que entran en su establecimiento. O que no han sabido ofrecerlo a su comunidad en alianzas locales, con otras empresas locales... y siguen esperando a que sus tiendas se llenen porque sí, porque la gente pasea por su calle o simplemente porque las tienen abiertas.

Desde luego, lamentarlo no arregla la situación y pelear contra elefantes con tirachinas es una pérdida de tiempo y energía peor que lamentarlo.


Txita, de la mano del Departamiento de Movilidad del Ayuntamiento de Donostia y San Sebastián Shops y dentro del proyecto Cyclelogistics, ya lo está proponiendo.

lunes, 3 de septiembre de 2012

La Europa de las Bicis no nos quiere

Para esos todopoderosos centroeuropeos, los de aquí abajo somos poco menos que unos simpaticos trogloditas subdesarrollados en esto de las bicicletas no deportivas y, por eso, se permiten el lujo de despreciarnos. No somos una potencia, no representamos un objetivo en su lógica de mercado, no quieren intervenirnos, simplemente nos ignoran.

No lo digo por decir. Cuando te acercas a un interlocutor, representante de la industria de la bicicleta de cualquiera de esos países poderosos, léase Alemania y Holanda principalmente, y les cuentas de dónde vienes y tu interés por sus productos, estos te miran con una sonrisa de esas que sólo ellos saben poner y que a ti te da para atrás porque sabes lo que significa.

"Toda España vende lo que una tienda de Frankfurt"

Y se quedan tan panchos. Y tú que puedes ser un distribuidor importante, un comerciante experto o un agente potencial, te quedas con dos palmos de narices y te dan ganas de soltarles un "pues que os lo comáis con patatas", pero te sobrepones y les plantas tu sonrisa, en la que ellos adivinan estupidez envidiosa, pasas y sigues con el juego comercial.


La Europa de las Bicis, con mayúsculas mayestáticas, no entiende al Sur, aunque muchos de ellos veraneen aquí o tengan planes de retiro o incluso de vida aquí. Simplemente les hacemos gracia. No entienden que el Sur tiene un potencial que ya no lo tiene el Norte, que esto es mucho más ciclable, que aquí acompaña el sol muchas más horas que allí. Pero que aquí no valen sus bicis aunque sí sus accesorios. Porque aquí hay más cuestas, menos carriles bici, las ciudades son más intrincadas, el paisaje más atractivo y la gente es más pequeña y sabe menos inglés y prácticamente nada de alemán. Por eso se permiten mirarnos por encima del hombro.

Esta prepotencia es más producto de la reluctancia cultural, de la disparidad de formas de vida, y de la poca predisposición a empatizar con algo que no quieren entender, porque siguen pensando que van a venir los ingleses o mejor los americanos y les van a comprar un montón, porque en el fondo les admiran, porque son rubios o pelirrojos y hablan como ellos, o al menos eso creen.

En fin, llamarme envidioso, pero creo que estos teutones y sus enojados vecinos se pierden un buen festín, por no saber sembrar y por estar sólo para recoger, o para recaudar, o para dominar que es lo que les gusta.

Allá ellos. Ellos se lo pierden. A ver cuánto les dura.

martes, 5 de abril de 2011

En tierra de nadie

Me hago eco de un artículo de Ezra Goldman en el sugerente blog Our Own Two Wheels (Nuestras Dos Ruedas) en el que se pregunta: ¿Deberíamos Copenhagenaguizar Ciudad del Cabo? El artículo se centra en las diferencias insalvables entre el universo suprabicicletero centroeuropeo y el mundo inframovilizado africano. En las diferentes perspectivas históricas, en las distintas ópticas culturales, en la contraposición del papel de la mujer en uno y otro mundo... y también el de la bicicleta, claro.

Teniendo en cuenta la distancia entre una y otra realidad, el autor se cuestiona si es oportuno o conveniente proponer el modelo centroeuropeo para cualquier escenario. Y acierta al considerar que eso no sólo no tiene por qué funcionar, sino que resulta más adecuado y más efectivo plantear relaciones entre iguales o entre parecidos, que aspirar todos a un modelo que sólo ha demostrado funcionar en un espacio muy concreto. Y lo enmarca en el último Velo-city de Sevilla, en el que quedaron patentes estas diferencias en varias interlocuciones plenarias.

Comparto su punto de vista. Creo que el intento de "copenhaguizar" o "amsterdamizar" el mundo, sea este el que sea, es más una pretensión que una posibilidad realista.

Estar en medio de dos mundos y no aspirar a ninguno de ellos

Nosotros, que vivimos en tierra de nadie, es decir, al Sur del Norte y al Norte del Sur, no nos escapamos de esta lógica. Por eso no podemos obsesionarnos con mirar al Norte como si de ahí nos fuera a venir todo lo bueno y despreciar al Sur, como históricamente hemos hecho, sin tomar conciencia de que nosotros también somos Sur y Norte a la vez. Y esa es nuestra principal virtud... y nuestra ventaja.


Esa debe ser la verdadera ambición de cualquiera. Saber reconocer sus circunstancias y potenciarlas. Sin complejos. El problema es que, en el tema de las bicicletas, por aquí no sólo vivimos acomplejados sino que somos patológicamente envidiosos y por ello nos gusta despreciar lo nuestro sólo porque es eso, nuestro. Y en vez de tomar conciencia de nuestras particularidades y construir desde ellas poniendo en valor nuestras diferencias, nos dedicamos a importar modelos de otros lugares o desarrollar inventos espectaculares que nos hagan catapultarnos a ese mundo deseado, sin sospechar que lo que igual estamos haciendo es sólo columpiarnos.

Obviar esto es hacer gala de una miopía ignorante. La misma que nos permite despreciar a los peatones, nuestro gran tesoro, y a la cultura relacional propia de nuestras latitudes por tratar de perseguir una ilusión de utopía ciclista, sin darnos cuenta de que igual no es tan interesante tener más y más gente en bicicleta como que menos y menos gente que necesite atravesar las ciudades en sus coches.

Así pues, estemos orgullosos de lo que tenemos y luchemos por conseguir que nuestro mundo sea mejor y dejemos de embobarnos mirando lo de los demás como si fuera mejor que lo nuestro. Enseñemos a los nórdicos a compactar ciudades y a vivir más en la calle y admiremos su orden y sus conquistas sociales, igual que debemos admirar la austeridad y el calor humano de nuestros vecinos más al Sur, pero, por favor, hagámoslo con dignidad, con serenidad y con inteligencia. Si no estaremos perdiendo el tiempo, la oportunidad... y el dinero.

miércoles, 5 de enero de 2011

Antes las bicicletas duraban más...

La obsolescencia planificada. Menudo término. Hasta ahora lo llamábamos: "Cada vez hacen las cosas para que duren menos a posta". Creo que viene a ser lo mismo. Yo me acuerdo que, antes, cuando invertías en algo estabas convencido de que era un valor seguro, que te iba a durar. Y hablo de bicis, claro.

Yo me acuerdo de cuando las bicicletas valían un buen dinero, pero también me acuerdo que se compraban para toda la vida. Y se iban montando, y mejorando. Con cariño. Porque duraban. Y nos enseñaban a cuidarlas, a mimarlas, a quererlas, porque nos iban a transportar durante muchos años, a muchos sitios. Me acuerdo de aquellos cuadros de acero de tubería Reynolds y Columbus, que hoy en día se cotizan en el mercado "fixie". Y los componentes: Campagnolo, Zeus, Sachs, Simplex, Arius, Mafac, Regina, Weinmann o Stronglight. Y muchos más.

Pero hubo un momento clave en la industria de la bicicleta. Un momento donde todo eso se empezó a acabar. Fue el fatídico tiempo de los contenedores. Que todavía hoy subsiste y amenaza con permanecer. Recuerdo trágicamente el día que descubrí que los dos artesanos que todavía fabricaban bicicletas en mi ciudad también se habían lanzado a ello.

¿Por qué?

Por precio y por comodidad. Era la gallina de los huevos de oro. Y hoy en día todavía lo es. Comprar allí a precio de risa y vender aquí a precio de mercado. Un chollo. Y todos dejaron de fabricar aquí y se pusieron a mirar a Oriente. Y vinieron los Reyes Magos. Claro que sí. Y dejaron un buen montón de regalos, que rápidamente fueron dilapidados aquí. Y pronto fueron a por más. Cada vez más. Felices, contentos. Y se lo comieron con perdices. Una y otra vez.

Recuerdo que antes no había tanta nanotecnología en una bicicleta y que las piezas eran caras. Pero llegaron los japoneses y desarrollaron unas tecnologías con las que nuestros italianos, franceses, españoles, alemanes o ingleses no pudieron competir. Y se hicieron con el mercado. Y al cabo de unos pocos años empezó la vorágine. Modelos nuevos cada año, piezas sin recambios y, lo más grave, cada vez funcionaban mejor y cada vez duraban menos.

Hasta hoy. Lo que pasa hoy es una vergüenza. No puede ser que las piezas duren 5 años y luego haya que cambiarlas completas. Y que todo venga de paises donde la mano de obra se retribuye a unos precios de risa y se trabaja en unas condiciones de miedo. Y todo favorecido por un transporte barato alimentado por un combustible a precio de ganga. Taiwan, China, Vietman, Camboya... ya no sabemos de dónde proceden. Y mucho menos quiénes son los capitales para los que estamos trabajando.

Infografía de Francesco Franchi

Triste pero real. Así, no es extraño que ahora una bicicleta con tecnología punta no cueste más de 300 euros. Insólito. Vergonzoso. Y mientras tanto aquí se siguen deslocalizando las empresas que fueron una referencia generacional y un modelo de industrialización.



¿Es esto movilidad sostenible?

Más vale que aún nos quedan algunas empresas que siguen manteniéndose en contra de estas corrientes devastadoras. Yo uso una bicicleta Brompton con sillín Brooks y cubiertas Schwalbe, con una bolsa Ortlieb y luces Busch&Müller, por ejemplo.