Muchas personas se echarán las manos a la cabeza con sólo ver el título. Porque muchas personas siguen pensando que las bicicletas son buenas independientemente de cómo se utilicen, en cualquier cantidad y en cualquier condición. Pues no. Todo tiene sus límites. Resulta complicado reconocerlo desde las filas ciclistas, pero es absolutamente imprescindible darse cuenta de ello antes de que sea demasiado tarde... y el tiempo corre que se las pela cuando las cosas se tuercen.
Muchas personas creen que el modelo de ciudad, el modelo de urbanismo y el modelo de movilidad es el que han desarrollado algunas ciudades del centro de Europa donde las bicicletas se han convertido en el medio de transporte hegemónico en los núcleos urbanos. Se equivocan. Y se equivocan porque sólo ven las virtudes y son incapaces de darse cuenta de los inconvenientes que ello conlleva.
Amsterdam, Copenague, La Haya, Groninga, Munster, Basilea, Friburgo, Estrasburgo o la que se quiera poner como ejemplo, todas adolecen el mismo mal: la tiranía de las bicicletas se vuelve contra los peatones y deteriora la calidad del espacio público en el que se ha conseguido quitar la condición del tráfico. Que el coche lo hiciera de una manera mucho más grave no justifica nada. El mal menor no es aceptable cuando de lo que estamos hablando es de la tranquilidad de las personas y de la cualidad de la calle como lugar de socialización.
Parece que cuestionar el "sobredesarrollo ciclista" sea una especie de sacrilegio cuando se trata de promocionar la bicicleta en ciudades "ciclosubdesarrolladas", pero hay que aprender tanto de los errores propios como de los ajenos y el exceso en esto de las bicicletas puede resultar tan contraproducente como el defecto.
Las ciudades donde la bicicleta ha dominado el espacio urbano sufren las consecuencias en silencio, como un dolor íntimo. En esas ciudades las bicicletas molestan porque ocupan las aceras, porque aparcan de manera desordenada e invasiva, porque yacen en montones muchas veces abandonadas como chatarra... pero más que eso representan una amenaza para la gente que está en la calle paseando, caminando o estando. Porque acaban invadiéndolo todo y acaban condicionando los espacios que deberían estar exentos de circulación.
Lo puede comprobar cualquiera que se desplace a una de estas ciudades con un mínimo de ecuanimidad, pero también empiezan a llegarnos crónicas que así lo atestiguan desde medios relevantes. Claro que pueden ser sospechosas y responder a la amenaza que ya representa la bicicleta a la industria del automóvil, pero hay mucho de verdad detrás de todos estos artículos.
Eso sin contar que en estas ciudades idolatradas, paraíso de ciclistas, los peatones han quedado recluidos en islotes aislados y prácticamente nadie en su sano juicio se desplaza andando en sus trayectos habituales. Aquí sí. Lo que hay que valorar es si es preferible un modelo de preeminencia peatonal, como el que tenemos aquí, o comprometerlo por tratar de injertar la bicicleta sin reducir el espacio y la prepotencia del automóvil en nuestras calles.
Mostrando entradas con la etiqueta Amsterdam. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amsterdam. Mostrar todas las entradas
martes, 10 de diciembre de 2013
domingo, 5 de febrero de 2012
viernes, 3 de febrero de 2012
¡Ciclistas! rojo, amarillo y...
Una gominola para aquellas personas adictas a la ordenación del tráfico ciclista. Daría para hablar horas. Daría para escribir libros. Pero basta con 1 minuto para darse cuenta.
miércoles, 1 de febrero de 2012
24 horas en Amsterdam
Me llevo tres impresiones de una visita acelerada de apenas un día a Amsterdam. Es claro que 24 horas no dan para gran cosa, pero son suficientes para darte cuenta de algo más que el mero hecho de que hay turistas, canales, coffee shops, putas en la calle y un buen monton de gente andando en bicicleta por todos los lados.
Pues sí. Lo que más impresiona de muchas ciudades donde la bici se ha normalizado y se ha masificado como en es el caso de Amsterdam es la sensación de que aquello es poco menos que un basurero de bicicletas. Nos pasa incluso a los que somos auténticos apasionados del rollo. Es una sensación inquietante para alguien para el que ver bicicletas en la calle siempre resulta ilusionante. Montones de bicicletas agolpadas, tiradas, abandonadas o no, obstaculizando aceras, ensuciando calles principales, representan una visión realmente desagradable para una ciudad, y no es que me gusten las ciudades esterilizadas, pero esto es demasiado.
Y no me estoy refiriendo precisamente bancos para sentarse, no. En la capital neerlandesa, purgatorio financiero de buena parte de Europa, no hay locales ocupados por entidades financieras. O al menos no en las calles principales, ni en las secundarias del centro de la ciudad. No es una cosa que sorprenda a primera vista porque no los echas de menos. Es algo que te das cuenta en segunda instancia. De hecho, lo que sorprende, como en muchas ciudades europeas, es la cantidad y la calidad del comercio urbano, y, sobre todo, del comercio independiente. Creo sinceramente que una cosa va de la mano de la otra. Cuando el interés especulador y la falta de conciencia municipal permitieron que las entidades financieras y las aseguradoras coparan los mejores locales de nuestros centros urbanos, empezamos a firmar una pequeña sentencia de muerte al comercio local y, de paso, a nuestras calles principales. Sólo las grandes franquicias podrían competir por el precio e, incluso con eso, la actividad acabaría a las 3 de la tarde, amén de que los escaparates de unas y otras no aportaran nada a la calle.
Pasa en todas las ciudades que han cercenado la libertad de movimientos a los coches. Sorprende que en calles llenas de gente destaque la campana del tranvía sobre todo el murmullo humano. Y no es precisamente porque la gente aquí sea especialmente silenciosa o discreta, también ocurre en ciudades como Sevilla donde la algaravía es mucho mayor. El silencio es algo que no se valora suficientemente en la sociedad motorizada. Estamos tan habituados a la contaminación acústica, que, cuando nos la quitan, es como cuando se apaga la lavadora en la cocina de nuestras casas: nos quedamos maravillados por lo agradable que es el silencio.
No me gustaría dejar para otro momento el asunto de la presencia de las bicis, así que ahí va una pequeña muestra de lo que pudimos recoger en 24 horas de exposición.
Resíduos desagradables
Pues sí. Lo que más impresiona de muchas ciudades donde la bici se ha normalizado y se ha masificado como en es el caso de Amsterdam es la sensación de que aquello es poco menos que un basurero de bicicletas. Nos pasa incluso a los que somos auténticos apasionados del rollo. Es una sensación inquietante para alguien para el que ver bicicletas en la calle siempre resulta ilusionante. Montones de bicicletas agolpadas, tiradas, abandonadas o no, obstaculizando aceras, ensuciando calles principales, representan una visión realmente desagradable para una ciudad, y no es que me gusten las ciudades esterilizadas, pero esto es demasiado.
Falta de bancos
Y no me estoy refiriendo precisamente bancos para sentarse, no. En la capital neerlandesa, purgatorio financiero de buena parte de Europa, no hay locales ocupados por entidades financieras. O al menos no en las calles principales, ni en las secundarias del centro de la ciudad. No es una cosa que sorprenda a primera vista porque no los echas de menos. Es algo que te das cuenta en segunda instancia. De hecho, lo que sorprende, como en muchas ciudades europeas, es la cantidad y la calidad del comercio urbano, y, sobre todo, del comercio independiente. Creo sinceramente que una cosa va de la mano de la otra. Cuando el interés especulador y la falta de conciencia municipal permitieron que las entidades financieras y las aseguradoras coparan los mejores locales de nuestros centros urbanos, empezamos a firmar una pequeña sentencia de muerte al comercio local y, de paso, a nuestras calles principales. Sólo las grandes franquicias podrían competir por el precio e, incluso con eso, la actividad acabaría a las 3 de la tarde, amén de que los escaparates de unas y otras no aportaran nada a la calle.
El silencio
Pasa en todas las ciudades que han cercenado la libertad de movimientos a los coches. Sorprende que en calles llenas de gente destaque la campana del tranvía sobre todo el murmullo humano. Y no es precisamente porque la gente aquí sea especialmente silenciosa o discreta, también ocurre en ciudades como Sevilla donde la algaravía es mucho mayor. El silencio es algo que no se valora suficientemente en la sociedad motorizada. Estamos tan habituados a la contaminación acústica, que, cuando nos la quitan, es como cuando se apaga la lavadora en la cocina de nuestras casas: nos quedamos maravillados por lo agradable que es el silencio.
No me gustaría dejar para otro momento el asunto de la presencia de las bicis, así que ahí va una pequeña muestra de lo que pudimos recoger en 24 horas de exposición.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

