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lunes, 26 de diciembre de 2016

Libros, humor y pedales

No es una recomendación para el consumo navideño. O quizás sí. Qué más da. Un libro es siempre una buena idea. Más en estos tiempos en los que la palabra impresa ha caído tan bajo. Leer educa. Leer tranquiliza y alimenta el alma y el entendimiento. O los agita. Leer acompaña, reconcilia, hace recapacitar o despierta ilusiones e inquietudes y concita emociones. Leer libros impresos además es agradable al tacto. Mucho más que esos malditos e-books, fríos e insulsos. El papel es cálido y agradable.

Me he decantado por estos tres libros porque me parece que conjugan muy bien, para los tiempos que corren.


La Revolución Silenciosa es un compendio de visiones y referencias del estado de la cosa ciclista en las ciudades, muy bien armado por uno de los periodistas del ciclismo urbano más activos de los últimos años, Dani Cabezas, más conocido por su labor a bordo de Ciclosfera, esa edición gratuita que es una referencia obligada en la dignificación de la bicicleta como medio de locomoción, una revista que desaparece de las tiendas como las chocolatinas de la puerta de un colegio. La Revolución Silenciosa es un libro que se lee sin querer y que transmite la emoción, las preocupaciones, las esperanzas y el compromiso de su autor de una manera ágil y tranquila. Es como si te dieras un paseo en bici con él por esas calles tranquilas de Madrid o de cualquier otra ciudad, y te lo fuera contando. Y te pararas a echar un café o una cervecita y siguieras conversando.

El Manual Ilustrado de Ciclismo Urbano del Gato Peráltez es una obra de arte y debería ser un libro obligatorio en las bibliotecas de colegios e institutos y en las estanterías de las casas que se precien de hacer de la bici una opción de movilidad. Juanítez (Juan García Alberdi) es un cicloactivista comprometido de la nueva hornada de defensores de la bicicleta (éste es de En Bici por Madrid), armados de argumentos, de serenidad, de talante, de elegancia, que han cambiado la dialéctica de la reivindicación y del reduccionismo por los contenidos y la educación ciclocivilizada. El manual aborda, en clave didáctica con toques de humor, los diferentes aspectos que conciernen y afectan al uso de la bicicleta. Sin tratar de aleccionar, sino procurando invitar a su práctica, de manera consciente y respetuosa.

¿Qué es el Humor? es obra de esa pandilla de historietistas que forman Orgullo y Satisfacción y no es más que una colección de 100 ensayos en clave satírica en los que tratan de definir en una viñeta lo que es para ellos el cocido que les alimenta. Un componente esencial para abordar la realidad, sobre todo si ésta no es idílica, que no lo suele ser. Un ingrediente vital para tratar de relativizar o darle la vuelta a las cosas y procurar entenderlas de otra manera, que siempre es posible. Una herramienta mental imprescindible para tratar de abordar los problemas, los disgustos, los desencuentros y los retos que nos propone la vida y que, muchas veces, nos vienen mal dados. No te lo leas del tirón.

Entre los tres reúnen los componentes imprescindibles para hacer que la vida funcione un poco mejor,  con la bicicleta formando parte de la ensalada urbana con fundamento, enjundia y un poco de picante, que lo hace más divertido y le da un gusto especial.

Es verdad que hay poca gente que lee libros y aún menos que se los compra. A veces cuesta pensar cómo sobreviven las librerías. En eso también puedes ser diferente.

Y recuerda, que si te cansas de poseer los libros que un día compraste, los puedes regalar o vender a una tienda como ésta, Iruña Re-Read, cuyas dueñas son además ciclistas convencidas.

martes, 29 de noviembre de 2016

No todo es carril bici en la promoción de la bici

Aunque parezca mentira tener que hacerlo, hay que recordar que los problemas de las personas que quieren utilizar la bicicleta como medio de locomoción no se reducen a la necesidad de que las calles contemplen su circulación o que haya circuitos exclusivos para bicis, sino que hay muchos otros aspectos trascendentales, que por lo general se relegan, porque el discurso pro-bici polariza mucho las reivindicaciones y se concentra en las causas más vistosas, que, por desgracia, son también las más caras y las más difíciles de acometer.


Ahora mismo, muchas ciudades donde se han constituido gobiernos de cambio, de progreso o de la etiqueta local que se haya elegido para definirlos, que muchas veces son gobiernos multipartitos, están enfrascados en este dilema. La bicicleta es vistosa, inocua, barata y conveniente, y el carril bici es una demanda popular bastante universalizada, al menos mediáticamente, así que ¿por qué no? vamos a darle al pueblo una alegría y vamos a hacer vías ciclistas para loor de multitudes, piensan los políticos al mando. Y creen no equivocarse cuando se rodean de la resistencia histórica que ha envejecido reclamando este tipo de facilidades y ahora ven cumplidos sus sueños.

Por atender este tipo de demandas, muchas veces de una manera apresurada y posibilista, los responsables políticos están perdiendo la perspectiva, no sólo de lo que la bicicleta representa en el total de la movilidad y en hacer que esta movilidad sea más amable y más ecológica, sino de lo que la propia bicicleta o, mejor dicho, las personas que la eligen como modo de transporte necesitan. Pero es que llegan a perder el criterio de qué es técnicamente acertado y aporta seguridad y prevalece la necesidad de hacer infraestructuras, sin valorar su idoneidad.

Los carriles bici deberían ser excepcionales en ciudades amables y orientadas a las personas, porque estas ciudades habrían conseguido excluir al automóvil como vehículo dominante en la mayoría de sus calles.

La bicicleta sigue siendo una gran desconocida

En las ciudades donde la bicicleta quedó marginada por la preeminencia que se le quiso dar al automóvil privado durante las décadas de los 60 a los 90 fundamentalmente, que vienen a ser la inmensa mayoría de las ciudades del mundo exceptuando una zona que decidió recuperarla a finales de los 70 en Centroeuropa, hay una cuestión que agrava esta situación: no hay experiencia en el manejo de la bici. Es decir, hay inseguridad y miedo de conducir la bicicleta en algo que no sea un espacio libre de circulación.

Este mal, que es endémico, trata de resolverse sólo a base de infraestructura vial exclusiva, en su mayoría deficiente, estrecha e insegura, o permitiendo la circulación por las aceras. Y se deja de lado todo el aspecto de educación, adiestramiento, sensibilización y corresponsabilización de la gente en sus prácticas circulatorias, porque no es tan vistoso y no tiene tanta trascendencia mediática, cuando es, quizá, lo más importante, sobre todo entre la gente que se está formando.

¿Vías exclusivas o vías inclusivas?

Pero es que también se abandonan otro tipo de facilidades que son tan esenciales o  más como las vías exclusivas para ciclistas, que son el calmado del tráfico, las vías de coexistencia y las vías residenciales. O simplemente calles que no tienen una especial intensidad de tráfico. Muchas veces, el afán por contar estadísticamente con cantidades reseñables de vías segregadas que hagan ver que hay una preocupación por proteger a la gente ciclista, hacen descartar la posibilidad de hacer vías inclusivas, que son mucho más seguras para todas las personas y hacen que la calle sea más amable sin necesidad de separar tráficos.

Aparcamientos seguros, por favor

Otro aspecto sorprendentemente olvidado en las políticas de promoción de la bicicleta al uso es el de garantizar el aparcamiento cómodo y seguro para bicicletas. Y no sólo el aparcamiento doméstico, que es esencial para la tenencia de la bici y su conservación, sino aparcamientos en los lugares de máxima afluencia ciclista y, sobre todo, aparcamientos seguros allá donde las bicicletas hacen estancias largas y repetitivas, es decir, en centros de trabajo y en centros educativos.

De hecho, parece incongruente e irresponsable, cuando se trata de fomentar el uso de la bicicleta, consentir la incidencia y la normalización del robo y del vandalismo relacionado con este tipo de vehículos. Que se asuma el robo como algo connatural a la tenencia y utilización de bicicletas es, más que lamentable, siniestro por ser una perversión aceptada por la mayoría de la gente y sobre la que parece que no se puede actuar de una manera suficientemente efectiva.


Si  no dotamos nuestras ciudades de lugares cómodos, seguros y bien localizados para dejar las bicicletas estancias largas con garantías, no acabaremos de dar oportunidades reales a las personas que quieran elegirlas y no acabaremos de dignificar y normalizar su uso, porque estaremos consintiendo que la incidencia del robo y del vandalismo actúen como disuasores del uso de la bici, y está comprobado que son los inconvenientes más importantes que se encuentran los ciclistas cotidianos para mantenerse en la práctica de su elección.

Así pues, nos podemos obcecar en demandar infraestructura segregada para el uso de la bicicleta, pero, si desatendemos estos otros aspectos en su promoción, no conseguiremos consolidar y normalizar la bicicleta como opción natural de movilidad en nuestras ciudades.

jueves, 13 de octubre de 2016

Hay vida más allá del carril bici

Estamos inmersos, continuamos inmersos en el eterno debate de si la bici merece o necesita un espacio exclusivo para circular en nuestras ciudades que no sean las aceras y nos afanamos mucho más en discutirlo que en tratar de circular. Somos incorregibles. Nos gusta discutir. Y si es mucho, mejor.

Parece que separar y dedicar espacios es lo que más seguridad vende, al menos entre la gente que no muestra confianza en el manejo de esa máquina del demonio que es la bicicleta. Es difícil, si no imposible, explicar a un creyente del carril bici que esa separación le hace más vulnerable en las intersecciones e incorporaciones, que permite que los automóviles le sobrepasen más cerca o que le hace seguir itinerarios más largos que si circulara como un vehículo cualquiera.

Esta percepción mayoritaria entre los nuevos adeptos a pedalear sobre dos ruedas es la que anima a las autoridades que pretenden tener una sensibilidad hacia ellos a proyectar carriles separados y exclusivos para bicicletas, sobre todo en las grandes vías de sus ciudades. Tiene su lógica, no vamos a negarlo. Si la gente lo quiere, se lo hacemos. Y todos contentos. Para comprobarlo y justificarlo, basta con hacer una simple encuesta para calmar las conciencias demagógicas.

Y, sin embargo, la inmensa mayoría de nuestras calles no son grandes vías y en ellas la segregación de la circulación ciclista no se puede hacer, sobre todo porque carece de sentido y de espacio disponible. En esas calles que tienen un carril por dirección y en las que, normalmente, está permitido aparcar, la circulación ciclista es segura si se ocupa el centro del carril y se presta atención a las intersecciones. En las demás calles, también lo es, pero en estas es doblemente evidente.


6 razones para circular por el centro del carril

La circulación ciclista por el centro del carril, una práctica que enerva mucho a algunos automovilistas insensatos, es la forma más segura de circular con una bici. Por varios motivos:
  1. Formas parte del tráfico. Eres evidente para el resto de los vehículos. Eres visible y, si señalizas tus maniobras, eres previsible. Así te pueden tener en cuenta, a menos que des con el energúmeno de turno, al que reconocerás por el sonido de su motor o de su bocina, por su mirada huidiza cuando intentes establecer contacto visual con él o por su actitud intimidatoria en los stops, cedas o rotondas. Bastará con evitar la interacción con ellos, que son una minoría insultante, y lo habrás conseguido.
  2. Evitas los sustos de ir por el margen del carril. Apertura de puertas, personas que salen de repente entre dos coches, detrás de un contenedor o que emergen en pasos de cebra al trote o al galope.
  3. Calmas el tráfico. Con lo cual haces un favor al resto de la comunidad. Al ocupar un carril, haces que la velocidad en ese espacio sea la que tú marcas. Ya te darás cuenta de que no vas tan lento como la persona que te siga al volante pretende, porque coincidirás con los mismos vehículos en tu marcha. No sólo les estarás haciendo un favor a los peatones, que podrán cruzar más tranquilos las calles, harás un favor a los propios automovilistas, muchos de los cuales seguro que están buscando un sitio para aparcar y a tu velocidad les va a resultar más sencillo.
  4. Haces masa crítica. Montando con tu bicicleta por el centro del carril recuerdas a todo el mundo, no sólo que tienes el mismo derecho de circular que cualquier otro vehículo, sino que estás ahí para que te vean, para que te tengan en cuenta, para que te respeten. Cuantas más personas hagan lo mismo que tú, las bicicletas serán más normales en el centro de las calles y menos automovilistas se arrogarán la exclusividad de la calzada o se verán animados a invitarte a que te apartes.
  5. Podrás decidir tu itinerario. Esta es la principal ventaja, además de la seguridad. Cuando tu capacidad de circular no depende de la existencia o no de una plataforma exclusiva o de la ausencia total de tráfico descubrirás que eres libre de elegir tu ruta para tu próximo destino con total libertad.
  6. Llegarás antes. Porque decidirás tu itinerario y porque estas calles, salvo que crucen grandes vías, carecen de semáforos y no hay que ir a buscarlas, porque son la mayoría.

Ahora, si quieres, sigue reclamando carriles bici o aceras bici, o circula por las aceras molestando a todo el mundo. Ya sabes lo que te pierdes. 

Ahora, queridas autoridades competentes en la materia, podéis seguir proyectando grandes actuaciones en el viario, de costes astronómicos y podéis seguir dejando a su merced a los bienaventurados que utilicen vuestras infraestructuras ciclistoides en cruces, incorporaciones y rotondas y sintiéndose indefensos en el tráfico y luego lamentaros del resultado. O, mejor que eso, podéis contar cuántas personas circulan antes de vuestra intervención por esas vías y luego contarlas después y elevar el resultado a números absolutos y quedaros tan contentos pensando que gracias a vuestras actuaciones habéis hecho que crezca exponencialmente el número de ciclistas en vuestra ciudad. Si lo hacéis un día de sol en primavera, os saldrá mejor. 

Seguir ignorando qué pasa en el 85 o el 90% de las calles de nuestra ciudad, que son las que no cuentan y nunca contarán con carriles bici, es un ejercicio de irresponsabilidad tan grande como pensar que la gente que se decide a coger una bici y circula por una acera o por un carril bici ha dejado un coche aparcado. No mostrar cómo se debe circular en ellas y adiestrar a nuestra población en ello mientras se vende seguridad en carriles exclusivos tan escasos como cuestionables, es, más que irresponsable, siniestro.

Suerte. La vais a necesitar.

lunes, 27 de abril de 2015

¿Superhéroes, supervillanos o personas normales?

Esa es la cuestión. Estamos tratando de visibilizar a las personas que utilizan la bicicleta en nuestras ciudades y no acertamos. Desde los que pretenden que esto de la bicicleta es algo que comporta una actitud digna de mención y de reconocimiento (los ciclistas valientes) pasando por los que, apelando al miedo, han optado por justificar el uso de la bicicleta en defensa propia y para los que los daños colaterales son despreciables (los cicleatones temerosos), hasta los que defendemos que debe proponerse como una opción sin más, que está al alcance de cualquiera, el caso es que seguimos sin acertar.


¿Cómo vendemos la bicicleta? 

Nos preguntamos una y otra vez, ¿cómo hacemos para convencer a la gente para que la comprenda como una opción natural, fácil y conveniente? Parece que lo que es válido para unos es condenable para otros y, mientras tanto, sigue pasando el tiempo y siguen agravándose las situaciones, afilándose los cuchillos en una u otra dirección y exagerándose los personajes sin conseguir lo que desde un principio se debería haber perseguido y quizá muchos perseguían que es que la gente contemplara la bicicleta como algo deseable.

Los que sospechamos que hay una conspiración para mantener a la bicicleta como algo marginal en favor del coche, creemos que esta situación es la que más les conviene para demostrar no sólo que somos pocos, sino que no estamos bien avenidos ni siquiera entre nosotros mismos. Y es que, efectivamente, es difícil estar de acuerdo cuando hay gente dispuesta a consentir muchas cosas y a pelear sólo por tener favores y no obligaciones. Y así buscamos formulaciones como el pintado de aceras o, en su defecto, el permiso tácito para circular por ellas, o la relajación en el seguimiento de las normas aduciendo que estas están pensadas por y para los automóviles y acabamos siendo héroes para los nuestros y villanos para los demás.


¿Hasta cuándo vamos a mantener esta situación?

Ese es el verdadero problema. Dilatar la situación no tiene más que consecuencias negativas para los usuarios de la bicicleta que seguimos sufriendo los desaires de unos y otros y nos seguimos sintiendo invitados incómodos e incomodados en todos los escenarios, carriles bici incluídos por supuesto.

Si no somos capaces de enfocar todo el asunto de la bicicleta desde una perspectiva más amplia y en el marco de una nueva concepción de la movilidad y de las relaciones vehiculares en el que el coche pierda preponderancia y prepotencia en favor de otras formas de moverse, esto se va a enquistar demasiado y nos vamos a acabar acostumbrando a seguir presionados, perseguidos o aclamados y vitoreados, pero nunca a pasar desapercibidos porque a nadie le sorprenda nuestra presencia.

lunes, 13 de abril de 2015

El ciclista valiente no es conveniente

Seguimos aquejando un mal endémico en las sociedades donde los coches siguen ostentando el dominio de la calle en la que queremos reintroducir la bicicleta: el mal del ciclista valiente. El ciclista valiente es esa persona aguerrida que se enfrenta al tráfico en su condición de vehículo, asumiendo las diferencias con dignidad, carácter y actitud. Sabe perfectamente que ese tráfico al que dice pertenecer está organizado a favor de los coches o, más en general, de los vehículos motorizados, pero insiste en confluir con ellos y de hecho cree comportarse como ellos, aunque ni lo consigue por volúmen, peso, aceleración y velocidad, ni ellos le reconocen como un igual y actúan en consecuencia, menospreciándolo.


Esto que muchos lo han interiorizado como normal, e incluso deseable, no deja de ser una señal clara de que hemos consentido que esto pase durante demasiado tiempo, tanto que no creemos que se pueda cambiar y, entonces, no queremos cambiarlo.

El ciclista valiente es un elemento que es igual de contraproducente en muchos casos para la proposición de un ordenamiento diferente (más protectivo y más inclusivo) que el ingeniero que regula el tráfico y que cree que todo se puede resolver con semaforizaciones inteligentes, turborrotondas y carriles dedicados.


Está claro que hay que educar a toda la gente, desde el colegio y desde el entorno familiar, en que la calle es de todos y que las bicicletas tienen el mismo derecho, aunque deberían tener más, de circular por ellas libremente y con seguridad, ocupando el espacio que precisen para hacerlo y exigiendo un respeto a los demás, el mismo que es exigible a ellas, pero en una sociedad en la que el coche sigue representando tanto con esto no es suficiente.

Porque a lo que hay que dedicar mayor esfuerzo educativo, empezando desde la más tierna infancia, es a que la lógica del coche tiene que ser desmontada en favor de la lógica de las personas y que, mientras esto no se produzca, todos seremos víctimas de una ordenación urbana que no busca más que saciar la avidez de espacio y de velocidad de los coches y sus sucedáneos. Ahora bien, habrá qué determinar cómo se hace esto.


Porque el ciclista valiente no va a ser capaz de acabar con los gigantes por su mera presencia o por su testarudez y lo peor es que parece que no vaya a colaborar mucho desde su perspectiva a reducir el número de gigantes. De hecho, esta visión caballeresca y casi beligerante no va a ayudar a cambiar este orden de cosas sino, quizá, y sólo digo quiza, vaya a servir para consolidarla un poco más si cabe y para reforzar la idea de que los ciclistas pueden convivir sin problemas y pueden seguir sufriendo la tiranía de los coches en las ciudades.

Por cierto, yo soy uno de esos ciclistas valientes.

martes, 27 de enero de 2015

Acabemos con el "perdona pero no te he visto"

Hoy han sido dos los testimonios del famoso "perdona que no te he visto". Ciclistas atropellados por conductores que sólo ven automóviles y no se ocupan de nada que no sea un paciente peatón (o ciclista) esperando sumisamente su permiso para continuar su marcha por un paso de cebra, por una zona peatonal con tránsito regulado, por una rotonda o por un carril bici. 

El caso es que es el accidente más común, más repetido y más grave entre los que no usan un pesado vehículo a motor para desplazarse, porque incluso los motoristas sufren muchas veces las consecuencias de su fragilidad y su capacidad de colarse entre el pesado tráfico pesado.


A los peatones, desearles suerte en su próxima aventura en un paso que no esté semaforizado. Para los ciclistas, el consejo es más complejo.
Queridos ciclistas y queridas bicicleteras,
Los automovilistas no os ven. No os ven porque no os miran. Ellos (y ellas) no miran bicicletas, ni peatones, sólo miran automóviles y sólo calculan en términos automovilísticos. 
No os empecinéis en que la razón os asiste y majaderías por el estilo porque la carrocería que os jugáis vosotros es vuestra carne y vuestros huesos. No insistáis en vuestros derechos, que aunque escritos y reconocidos, cuando no son respetados no os van a asistir en el siniestro.
Para vosotros, ciclistas, el consejo es la desconfianza. Desconfiad de que os hayan visto hasta que no estéis seguros de que os van a ceder, desconfiad de que van a respetar las normas aunque aparentemente su seguimiento sea inequívoco, desconfiad de vuestra destreza y capacidad de sortear inconvenientes.
Por desgracia, este mundo todavía está demasiado orientado a favorecer la práctica automovilística y vosotros sois unos invitados incómodos en un mundo pesado, acelerado, estridente y violento. Curiosamente vosotros, ligeros, ágiles, silenciosos y discretos sois los molestos, porque ellos tienen todo montado a su favor.
Sin duda todo esto irá cambiando, pero, mientras tanto, manteneros alerta, redoblar la atención, ser más prudentes de lo que os aconseje vuestro sentido común, haceros visibles y aseguraros de que os ven, porque, si no, las consecuencias más graves las vais a sufrir vosotros en vuestras carnes.
Gracias y suerte a pedales.

miércoles, 14 de enero de 2015

En bici al trabajo, también en invierno

Lo de que el tiempo, el malo claro, es una de las excusas más recurrentes entre la gente que ve en la bici una opción con más pegas que otra cosa se vende como un tópico fácilmente desmontable por el simple hecho de que en esos países donde la bicicleta se usa de una manera masiva el tiempo no es para nada respetuoso en el invierno (y tampoco en el otoño ni en la primavera).


Sí, es verdad, en Holanda, en Dinamarca y en Alemania hace malo en invierno, y hace frío y hay poca luz, y en Suecia no digamos, y, sin embargo, eso no arredra a nórdicos y centroeuropeos en su empeño de utilizar la bicicleta como medio de transporte. No, eso no es una excusa para ellos. Por eso no debería ser excusa para nosotros tampoco y así lo decimos y repetimos. Lo que pasa es que ellos son vikingos y teutones y nosotros no. Por eso, cuando el frío aprieta y las inclemencias azotan nuestras latitudes, las tropas ciclistas urbanas se diezman. Invariablemente.


Es por eso que hay que insistir en el argumento. Porque esto debe plantearse como una misión, donde los adeptos rebosen convicción, fe en su elección. El hábito hace al monje que dice el refrán. Y el sacrificio no es tanto cuando hay muchos parroquianos haciendo el mismo ejercicio. Eso han debido pensar muchos. Al menos por estos lares.

Lo que sorprende es que este tipo de llamamientos procedan precisamente de esos lugares donde nadie se cuestiona el tema. El ejemplo nos llegó ayer mismo en forma de reto bajo el nombre literal de Día Internacional de ir en Bici al Trabajo en Invierno, que en inglés suena mejor (International Winter Bike to Work Day). Y nos llegó desde el Norte más ciclista.


El reto consiste en geoposicionarte en un mapa global en el que tu aportación, tu gota, es comprometerte a ir en bici al trabajo el viernes 13 de Febrero haga el tiempo que haga. Así de simple... al menos sobre el papel. El gancho es ver un mapa lleno de gotas, tantas como ciclistas que dicen que van a cumplir el reto, tantos como gotas de lluvia o copos de nieve en ese Viernes 13. Se aprovecha la propuesta para hacer una breve encuesta sobre el sujeto y el objeto del reto (perfil de la persona, itinerario, opinión sobre los elementos que más promocionan o motivan los viajes en bici, etc.)

Bonito y con esas pretensiones virales que tanto nos gustan hoy en día. Lo sospechoso es que la invitación a semejante reto es que no provenga de Italia, España, Portugal o Grecia sino de Holanda. ¿Qué mueve a una holandesa a querer hacer cruzada de algo que para ellos es absolutamente normal e incuestionable? Y ¿por qué no se propone un reto parecido en Julio o Agosto donde en el otro hemisferio de este planeta las cosas se ponen más difíciles, al menos en lo que a la meteorología se refiere? ¿O es que la cosa ciclista también es una exclusiva del Norte?

What it Feels Like in Winter Cycling Paradise from Winter Bike to Work Day on Vimeo.

domingo, 4 de enero de 2015

¿Qué luz es más importante en una bici?

- Buenas, quería una luz para mi bicicleta. ¿Me podría decir cuál es la más importante? Esta pregunta se repite una y otra vez en los establecimientos de venta de accesorios ciclistas. Parece una estupidez pero encierra todo un mundo detrás. Para empezar discrimina las luces, que en cualquier vehículo deberían ser al menos dos grupos (delanteras y traseras) y las reduce a uno, con todo lo que ello conlleva. Al tratar de dirimir esta primera cuestión nos damos cuenta de la falta de conciencia que tienen muchos ciclistas de lo importante que es ser vistos en la oscuridad.

Los ciclistas que sólo quieren luz delante y no detrás son, normalmente ciclistas de acera o de carril bici y buscan en la luz una especie de bocina que anuncie su llegada. Los que sólo quieren luz trasera (una minoría) son ciclistas de asfalto que necesitan ofrecer una baliza a los automovilistas para que les respeten.

Dos realidades tristes pero, por desgracia, repetidas y la primera amparada hasta hace poco por la ley, que, actualmente exige a los ciclistas llevar un faro delantero de luz blanca, luz de posición trasera y un reflector trasero. De hecho, mucha gente con las luces sólo busca cumplir la ley y no está pensando en su integridad más que de una forma indirecta.


Luego está la pregunta de las preguntas.

- ¿La quieres para ver o para que te vean?

Otro escalofrío debería recorrernos el espinazo a los que lo preguntamos, conscientes que las de "para que te vean" muchas veces son meros señuelos intermitentes que valdrían para poco más que para decorar un árbol de navidad, pero a los que mucha gente se encomienda como garantes de su seguridad. Lo de "ver" también suele tener su enjundia, porque los hay que quieren algo casi hiriente para el resto de usuarios de sus espacio (en defensa propia, claro) y lo que buscan es ir dando fogonazos a la gente como el que va por la selva dando machetazos para abrirse paso entre la maleza.

Y luego está lo de colocarlas. Porque pareciera que las luces sean un incordio y haga falta explicar casi antes de ponerlas cómo se quitan, como si fueran unos guantes. Ahi está el trabajo de convencer a la gente que anda en bici a diario de que las luces deben formar parte estructural de la bici. Lo de explicar que hay luces con dinamo, para estas personas, es un trabajo baldío, tratar de introducirles en las dinamos integradas en el buje de la rueda delantera más que ciencia ficción es algo así como un chiste.

Hay mucho trabajo por hacer para conseguir que empiece a imperar el sentido común entre un colectivo de bicicleteros, predominantemente novatos, pero mayoritariamente inconscientes, a juzgar por lo que se puede presenciar en nuestras calles. Inculcarles la conciencia de la prevención no debería ser un trabajo policial en una sociedad avanzada y responsable.

Las luces son tu salvaguarda en la oscuridad. Las luces y los elementos reflectantes. No escatimes en un buen par de luces. Y, por favor, no le pongas dos ridiculeces a tu bici sólo para cumplir con la ley, la ley no va a iluminar tu camino ni va a apercibir al resto de gente que circula por la calle de si llegas o te vas. Pero lo que no te a a evitar la ley es un buen susto o un disgusto por ir a oscuras y a ciegas a bordo de tu bici.

Busca luces buenas, que iluminen en la oscuridad, que se dejen ver también de lado, que te posicionen en el tráfico y que no se apaguen cuando te paras. Y luego extrema precauciones, porque, en la oscuridad, cada vehículo viaja por el túnel que le ofrece su luz, como caballería con orejeras, y muchas veces no pueden ver más allá de lo que éstas le iluminan, salvo que sea otra luz.

Ten luces. Es por ti. Luego ya si son de pilas, de baterías recargables, magnéticas o de dinamo será lo de menos. En el manillar, en la horquilla, en la tija o en la parrilla, ten luces y vive la bida.

domingo, 19 de octubre de 2014

En bici por la acera, no hay manera (crónicas de un infractor)

Constatado. No hay manera de evitar el ventajismo y la intimidación cuando se circula sistemáticamente por las aceras a bordo de una bicicleta. Se puede conseguir ser cortés y paciente una vez, dos, unas cuantas, pero cuando la cosa se repite y se hace habitual, sale lo mejor de nosotros. Entonces llega el "disculpa" después de haber pasado rozando, el "ring ring" para conseguir que los caminantes estén avisados de vas a pasar como una exhalación, las velocidades crucero prohibitivas, las maniobras casi temerarias para ganar la mano en un paso de peatones...

Todo está justificado por la sempiterna prisa, esa que parece que dé más razón al más rápido y que perjudique siempre al más lento. En las aceras, y más en hora punta, esto es la norma y lo demás son excepciones.


En las aceras la prepotencia se mide, por lo general, en kilómetros hora, en masa movida y en la arrogancia que es consustancial a esas magnitudes agregadas. Negarlo es no querer enfrentarse a la realidad, no haberla observado o mirarla desde el manillar y a pedales. Incluso los ciclistas más modélicos pierden el tono cuando en un mini-sprint o en dos golpes de pedal pueden ganar la posición en una situación embarazosa.

Todo es comprensible, pero eso no lo hace disculpable y mucho menos sostenible. El problema sigue ahí y, cuantos más ciclistas hay, más grave es. Porque las velocidades relativas, las distancias de seguridad, los radios de giro, las trayectorias inerciales hacen que la convivencia en el mismo espacio entre gente que camina y gente que monta en bici sea imposible.


¡Claro que hay gente respetuosa en las aceras! Y gente que es capaz de apearse de la bici, pero son los menos y su excepcionalidad no hace más que confirmar la regla.

Para resolver este mal endémico, son muchos los que abogan por la educación vial, por el recordatorio del respeto debido y la prioridad obligada. No está mal. Pero hay que ser conscientes de que el alcance de las campañas, los cursos y los avisos no logran llegar más que a una mínima parte de una población saturada de mensajes y aburrida de adoctrinamiento y muchas veces no son suficientes para cambiar estas actitudes. Habría que trabajar de una manera unívoca, conjunta y permanente para darle la vuelta a esta tendencia que sigue ganando adeptos en la Ciudad de los Coches, esa que deja alegremente que los más débiles peleen sin cuartel para seguir beneficiando al más poderoso.

Lo cierto es que, incluso tratando de ser exquisitos, la prisa nos obliga y nos empuja a correr y a acelerar y la bici corre y acelera y si lo hace en las aceras lo hace contra los peatones. Los que vivimos en ciudades donde la circulación ciclista por aceras está masificada lo presenciamos a diario, cada hora, en cada momento. Y no, no depende de la edad, del género, de la raza ni de la condición social. Aquí lo hacen todos y de todos los pelajes.

Y digo todo esto porque lo he intentado.

jueves, 2 de octubre de 2014

"Por más que lo intento, siempre que monto en bici acabo atropellado"

Era la confesión de un entrañable vecino ayer mismo.

- No sé cómo hago, pero, aunque tomo todo tipo de precauciones y trato de evitar circular por la calzada, utilizo parques, aceras y carriles bici, en cuanto llego a un cruce o a una incorporación y me bajo al asfalto esos metros siempre acabo atropellado o casi. ¿Por qué me pasa eso?

- Pues igual precisamente por eso - le dije, no lo pude evitar.

- ¿Por qué? No te endiendo.

- Por circular siempre fuera del tráfico y pretender que el tráfico lo entienda.

- Ya...

- Hay dos sitios donde los conductores no te ven ni aunque quieran: cuando cruzas un paso de peatones (o de bicis) sin hacer una parada técnica y cuando apareces por el ángulo muerto, sobre todo desde la derecha.

- ¿Y entonces?

- Pues tienes dos: o sigues incomodando peatones y fiándote de los carriles bici y te aseguras de que los conductores (no los coches, que esos no ven) te han visto o pruebas a saltar a la calzada y circulas por el medio del carril que te convenga para tu itinerario y en las rotondas te metes bien en el medio para que te vean, siempre señalizando tus maniobras y mirando al resto de conductores.

- Pero eso me da mogollón de miedo.

- Vale, pero hablamos de tu integridad y esa te debería preocupar más que tus miedos.

- No sé, ya veremos.

domingo, 27 de abril de 2014

A años luz

Que estamos retrasados en el desarrollo de la bicicleta como medio de locomoción es algo que tenemos asimilado. Lo que pasa es que muchas veces sólo somos capaces de fijarnos en las grandes cosas, en las infraestructuras (carriles bici, aparcamientos, etc.) y nos perdemos los detalles. Y muchas veces en los detalles hay quizá más diferencias que en las grandes actuaciones.

Hoy hemos visto esto: un punto de "ciclostop"



Ahí queda eso.

jueves, 10 de abril de 2014

La ciudad que defiende al peatón es una ciudad ciclista

Pues sí hay una ciudad en el mundo cuyo símbolo más famoso es un icono peatonal. Es Berlín y su Ampelmännchen, el hombrecillo del semáforo, ese personaje que representa a la vez la memoria histórica de una ciudad bipolar en la que Occidente quiso eliminar la imaginería del Este (ese hombrecillo sólo habitaba en los semáforos del Berlín oriental) y el reconocimiento y la reivindicación popular de un simpático enanito con sombrero que nadie quería que desapareciese. 


Esa ciudad que ha decidido defender la imagen del peatón como uno de sus símbolos más identificativos es una ciudad ciclista y no precisamente por sus infraestructuras, y decididamente no lo es por sus bicicletas públicas, ni siquiera porque haya conseguido alejar el coche de sus centros neurálgicos. Berlín es una ciudad ciclista porque allí la gente va en bici de manera habitual a los sitios. Y lo hace con total naturalidad.


Ayuda mucho que sea una ciudad plana como la palma de una mano. Ayuda también que se haya hecho complicada la circulación en coche en algunas zonas. Sin embargo Berlín sigue siendo una ciudad bicéfala, multicéfala, sin un centro histórico, sin un único punto de referencia sobre el que organizar una mancha peatonal, por ejemplo, y eso ha favorecido el desarrollo del vehículo a pedales.


Ayuda también su carácter bohemio, neohippie, posmoderno, hipster o como se le quiera etiquetar. Berlin es una ciudad dinámica, joven, descreída, descarada, desmitificadora, y la bicicleta en ese escenario ha cuajado, como no podía ser de otra manera.


Basta asomarse a la calle en una de esas mañanas metálicas para comprobarlo. Bicicletas en las calles, bicicletas en los patios, bicicletas en las estaciones, bicicletas en las escuelas y en los centros de trabajo, y muchas bicicletas desplazándose, desplazando a mayores y menores, mujeres y hombres, tranquilos y apresurados, despistados y atentos.







Esta ciudad amable y dinámica, entrañable y fría, cercana y distante, es una ciudad donde la gente que se desplaza en bici está comprendida, está integrada, está normalizada y todo eso se ha hecho sin alardes de infraestructuras, sin ostentación mediática, sin prepotencia, sin propaganda, sin más.


Y lo ha hecho con un respeto escrupuloso de los derechos y de los espacios de los peatones. Con sus excepciones, pero siempre desde el reconocimiento de los verdaderos protagonistas de la calle que son las personas. Hay una imagen que quizá simbolice y resuma esta cualidad y esta calidad. Una imagen que resume también el entendimiento entre ciclistas y peatones.


domingo, 16 de marzo de 2014

¿Les interesa el ciclismo urbano a los ciclistas deportivos?

He recibido una invitación para escribir en un blog dedicado exclusivamente al ciclismo deportivo, de competición para más señas, para mantener una sección sobre esto que nos viene ocupando en Bicicletas, ciudades, viajes... desde que iniciamos esta aventura hace ya cuatro años.

¿Qué hace un pirado del ciclismo urbano y del cicloturismo de viajes participando en un sitio dirigido a los "ruteros"? ¿Pero es que a esa gente les interesa algo más que el rendimiento, los resultados, seguir a sus ídolos, el peso y los componentes de su bicicleta, el porcentaje de grasa corporal, el desnivel acumulado de su próximo reto o el horario de retransmisión de la próxima prueba UCI Pro Tour? Os sorprenderíais.

Los ciclistas, todos los ciclistas tienen algo en común: se desplazan en bicicleta. Esto que parece una obviedad no lo es tanto. Para empezar a todos los que andamos en bici, andemos como andemos, cuando andemos y con el objetivo que lo hagamos, nos meten en el mismo saco. Los ciclistas somos ciclistas por el mero hecho de circular en una bicicleta y eso nos hace pertenecer a una casta, que no es comparable con ningún otro tipo de personas en desplazamiento. Ni siquiera los motoristas están tan categorizados.


Es tristemente así. Los ciclistas somos ciclistas y eso nos convierte en una especie concreta y determinada, un colectivo, para el resto de los mortales. Al menos en esta parte del mundo. Formamos parte de ese grupo de ciudadanos que pedalea y que engrosa una estadística que, hasta el momento, sólo preocupa a los demás en el incremento de su accidentalidad, lo cual muchos se han encargado en traducir en peligrosidad y aprovechar para sembrar miedo alrededor de la bicicleta. Los ciclistas sufren una siniestralidad que ha aumentado en los últimos años y que tiene preocupado, primero a los propios "practicantes", pero después al resto de la sociedad y, sobre todo, a los responsables de gestionar el tráfico encabezados por la DGT, a los que quiere imponer una legalidad constrictiva y culpabilizadora. Este es un punto de encuentro entre los ciclistas con independencia de su origen, condición u objetivos.

Pero hay otro aspecto que nos une a la mayoría de los ciclistas, es que circulamos en algún momento de nuestros itinerarios por espacios urbanos. Si las carreteras están pensadas y diseñadas para que circulen los coches, la cosa en las ciudades es mucho más acusada, hasta puntos donde los ciclistas no sólo no son bienvenidos sino que se juegan el tipo. Los trayectos urbanos y sobre todo los accesos a los mismos son los puntos más comprometidos para los que andamos en bici. Las entradas y salidas de las ciudades, las grandes rondas, circunvalaciones, conectores, autovías y autopistas urbanas con sus dimensiones extraordinarias, con su ordenación orientada al automóvil, representan las mayores dificultades para la práctica del ciclismo.

Por último, hay una realidad que es incuestionable y es que las personas con hábito de andar en bicicleta son más proclives a utilizarla como medio de locomoción urbano. Da igual que hayan entrenado para competir, que hayan orientado sus objetivos en el rendimiento, que sean unos locos del mountain bike, del BMX o del cicloturismo, unos pistards o unos hachas del ciclocross. Todos dominan un vehículo que les puede servir de transporte en la ciudad y en un número muy alto acaban haciéndolo.

domingo, 23 de febrero de 2014

Multa por exceso de velocidad

Ya sabemos lo desquiciada que está la cosa con la bicicleta en este país de locos en el que vivimos, pero nunca está de más constatar hasta dónde pueden llegar los que tienen que hacer cumplir las normas en su celo a la hora de desempeñar su labor.

Cuando una ordenanza recoge un artículo que limita la velocidad de circulación de las bicicletas a 10 kms/h en una zona urbana, normalmente un paseo compartido con peatones, todo el mundo entiende que se trata más de una recomendación que persigue la buena convivencia entre ciudadanos en un lugar de uso intensivo y de gran atractivo, que de un límite exacto que se va a vigilar escrupulosamente.

Pues no. No al menos en Málaga, como muestra este testimonio (de Julio del año pasado), que sin conocer más concretamente las circunstancias del suceso no puede pasar de ser una anécdota, pero que deja claro cuál es el nivel de subdesarrollo ciclista y de abstrusismo en el que nos movemos.

Un oyente se dirige al Facebook del programa de radio "Levántate y Cárdenas" y deja esto:

"Hola Cárdenas, 

Te sigo desde Crónicas, y me pareces un gran periodista y, lo más importante, que eres independiente y dices las cosas claras quien sea, tenga el puesto que tenga. Por eso te voy a informar de que ayer en Málaga, cuando iba paseando por el Paseo Marítimo en mi bicicleta tranquilamente, una pareja de la policía local, que también iban en bicicleta, me pararon ante mi sorpresa. 

Cuando me pidieron mi DNI y me expusieron el motivo por el cuál habían interrumpido mi marcha, no podía salir de mi asombro creyendo que me estaban tomando el pelo o bien me estaban grabando desde algún lugar. 
Me multaron con 60€ por ir a más de...-prepárate- 10km/h. ¿Les pregunté que qué aparato o quién determinaba la velocidad a la que iba una bicicleta? y me respondió...-que su cuenta kilómetros de su bicicleta-. 

Entonces le pregunté de nuevo, que quién no tenga cuenta kilómetros en su bicicleta no puede pasear por el paseo marítimo, y me respondió que no, que tendría que ir por la carretera. En fin, el colmo recaudatorio del Ayuntamiento de Málaga. Porque he dejado de ir a trabajar a mi oficina en coche porque han puesto todos los aparcamientos del centro y sus alrededores de zona azul de pago, con lo cual tomé la decisión de irme en bicicleta. Ahora multan a las personas por pasear en bicicleta a más de 10km/h, cuando no hay forma científica de calcular la velocidad. 

Por favor te ruego que des eco informativo de este suceso, al menos que sirva de antecedente para otras personas y para que sepa el resto de España el afán recaudatorio que se vive por Málaga. Gracias, y sigue así Cárdenas!!!"


Para echarse a llorar... sobre todo porque ese Paseo Marítimo de Málaga arrastra un triste historial que deja cuenta de la crispación entre peatones y ciclistas desde hace años. Más o menos el mismo que el resto de paseos en todas nuestras ciudades. Una muestra más de que están todavía demasiado orientadas al coche, que siguen penalizando a los ciclistas y los recluyen, con su consentimiento, en zonas de carácter estancial. Una vergüenza. Otra.

viernes, 21 de febrero de 2014

Ir, venir, entrar, salir, circular en bici sin jugársela

Ese es el objetivo y muchas veces depende mucho más de nosotros de lo que somos capaces de admitir. Andar en bici es fácil, es cómodo, es agradable y eso hace que muchas veces viajemos excesivamente relajados y bajemos nuestros niveles de atención. Es parte del juego, pero no reparamos en que nosotros somos mucho más vulnerables que el resto de vehículos y podemos ser muy agresivos sin quererlo con la gente que anda a pie.


Las distracciones en bicicleta pueden salirnos caras. Hay que ser conscientes de ello y no confiarnos en exceso nunca. Incluso si dominamos la bicicleta y tenemos muchos años de experiencia, no estamos libres de tener un despiste.

Es atención de lo que hablamos, nunca de miedo, ni de estrés, simple atención. Poner los sentidos en lo que se hace, que es conducir un vehículo impulsado por nuestra propia fuerza. No hablamos tampoco de exigir infraestructuras específicas para nuestra circulación, ni de cambiar las normas, no hablamos de tener un trato preferencial, de ir vestidos como árboles de navidad, de tocar un timbre o llevar luces de 1000 lumens. No. Esto es mucho más sencillo y más natural.


Cada día somos más los que nos movemos a diario montando bicicletas en espacios comunes con otros usuarios de las calles y las carreteras, eso hace que, por un lado se nos perciba más, pero por otro sirve para incrementar la estadística de número de ciclistas siniestrados y eso sólo ayuda a empeorar nuestra imagen y sembrar dudas y justificar miedos irracionales.

Y eso depende muchas veces de nosotros mismos. Muchas más de las que nos queremos creer. Y depende de que lo asumamos y actuemos en consecuencia para poder exigir a continuación el respeto a que somos merecedores como ciudadanos de plenos derechos y la persecución de las actitudes temerarias e intimidatorias sobre todo por parte de algunos automovilistas, muchos todavía por desgracia.

Si no empezamos por nuestra prevención, no estaremos legitimados para exigir protección.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Ciclistas de ciudad ¿nos hacen falta héroes?

¿Presentar a los ciclistas cotidianos como héroes sirve para promocionar el uso de la bicicleta o sólo vale para alimentar el ego de los pocos valientes que ya son practicantes? ¿Y sirve para promocionar el uso de la bicicleta como medio de locomoción o más bien la presenta al público como una actividad marginal reservada para unos pocos elegidos? ¿Andar en bicicleta por la ciudad es una proeza? Y aunque lo llegue a ser en algunos casos ¿es conveniente presentarlo como tal?

Esa es la cuestión ante iniciativas como la que presentábamos hace unos días de RyderState a nivel privado o como lo que propone el Cyclescheme británico, que es el programa de fomento de la bicicleta como vehículo para desplazamientos laborales.

Si RyderState proponía el reto de convertirte en el gobernador ciclista de tu territorio, el programa Super Commuter lo que busca es una docena de líderes, condes ciclistas de los 12 territorios en los que han dividido Britannia.

Propuestas como estas son sintomáticas de una falta de normalización de la bicicleta, de que la bicicleta y el ciclista urbano son una casta y que el intento de dignificarla y de promocionarla se queda en algo minoritario, endogámico por no llamarlo sectario.

Para movilizar a la gente hacia la bicicleta quizá son más adecuadas imágenes y visiones menos radicales de la misma. El verdadero reto en esto de que la gente se incline hacia la bicicleta consiste precisamente en lo contrario: se trata de hacer ver que la bicicleta es fácil y está al alcance de cualquiera, sin una preparación especial, sin facultades sobrehumanas, sin necesidad de ostentar un arrojo o un menosprecio del riesgo especiales, lejos de concursos, de conquistas, de demostraciones espectaculares, con naturalidad.



¿Demasiado normales?

lunes, 27 de enero de 2014

Bicicletas y pobretonería

En la difícil labor de normalizar el uso de la bicicleta en ciudades y sociedades donde no sólo se ha perdido el hábito de utilizarla sino que ha caído en un cierto descrédito, cambiar el estereotipo del ciclista como paria de la movilidad va a costar bastante más de lo que algunos presumen.

Asociar la bicicleta a la falta de recursos, si no a la falta casi de dignidad, está mucho más asentado y consolidado en el imaginario colectivo de lo que parece en primera instancia. Al menos en lo que se refiere a ella como medio de transporte. Elegir la bicicleta como vehículo urbano sigue siendo una opción que todavía cuenta con todos los ingredientes de la marginalidad.


El ciclista marginal es un ciclista indigno

Una persona que quiere moverse por una de nuestras ciudades todavía pertenece a una minoría marginada. Lo es cuando decide hacerse con una bicicleta porque hay muy pocos sitios donde le sepan aconsejar cuál es la que necesita (aunque por suerte cada vez hay más). Lo es cuando le toca resolver por dónde va a hacer sus itinerarios habituales porque normalmente la línea recta, la directa, está reservada para el tráfico motorizado. Lo es cuando tiene que tomar la decisión de aparcar la bicicleta, allá donde vaya o de donde venga, porque lo más que va a encontrar son unos simples aparcabicis en la pura calle clavados al suelo. Lo es cuando le roban la bicicleta y piensa en denunciarla con más optimismo que otra cosa y todo el mundo le recuerda que su elección comportaba ese riesgo. Como el de una caída, como el de un atropello, como el de la intimidación que muchos automovilistas se verán obligados a ejercer ante tu torpeza en el tráfico.


Bastaría con este bagaje sociocultural para desacreditar y desilusionar a cualquiera, pero la miseria del ciclista no acaba aquí. La perspectiva que tiene de la bicicleta la mayor parte de nuestra clase política no va más allá de una visión caritativa del asunto. "Dar algo a los ciclistas" es en lo más que piensan nuestros electos tanto cuando están al mando de la nave como cuando pelean desde la oposición.

Al final la cosa está tan asumida que hasta la propia sociedad ciclista se ha acostumbrado a esa lógica de las conquistas y celebran cada pequeña batalla como un triunfo: un aparcamiento, unos metros de ciclovía, una salida en prensa, la instalación de unas bicis públicas o cualquier otro acontecimiento por menor que este sea.

El problema es que todo esto dista mucho de la realidad de las personas que están en disposición de tomar decisiones trascendentales respecto a su movilidad. Al menos las que pueden permitírselo. Estas personas parten de supuestos diversos, pero normalmente ya tienen asignado un presupuesto a la movilidad y no suele ser un presupuesto menor. Muchos cuentan con un coche dedicado a ese fin con todos los gastos que supone de mantenimiento, uso y aparcamiento o con un gasto asumido para el transporte público.


¿Por qué entonces seguimos asociando la elección "bicicleta" a una opción puramente económica?

Consultados los usuarios de otros países donde, por su trayectoria histórica, la bicicleta no ha perdido su normalidad y su decencia y sigue formando parte de las opciones disponibles, la mayoría de los que eligen la bicicleta lo hacen por una mera cuestión de practicidad. La bici es rápida y fácil. Punto. Lo demás es accesorio. Cuenta mucho que en las ciudades de esos países las bicicletas hayan formado parte del paisaje urbano y hayan participado en la configuración de la movilidad en las mismas por pura presencia.

Allí la gente está acostumbrada a que se les entienda, a que se les respete, a que se les habiliten espacios seguros para circular y para aparcar (muchas veces pagando, por supuesto), a que personas de cualquier origen, edad, sexo y orientación política conduzca bicicletas con normalidad. A nadie le llama la atención nada relacionado con las bicicletas, porque las bicicletas siempre han estado allí, son parte de la ciudad.

Mucho van a tener que cambiar las cosas aquí para alcanzar niveles mínimos de decencia, pero donde hace falta un cambio diametral no es tanto en las infraestructuras sino en la forma de pensar en la bicicleta que tenemos por estas latitudes. Mientras sigamos pensando en la bici como en algo marginal, por más compasión que le queramos administrar, la opción ciclista no dejará de ser una proeza y un reto, cuando no algo indigno o miserable.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Los hay que no tienen luces

Parece mentira pero siguen existiendo "iluminados" que circulan de noche sin luces. ¿Incautos? ¿Confiados? Simplemente idiotas. De la idiocia más consagrada que es esa que menosprecia los riesgos y luego se lamenta de las consecuencias. Ese tipo de idiotas, por desgracia, siguen siendo demasiado numerosos en nuestro entorno.

Como esos otros que no señalizan sus maniobras o los que cruzan una calzada perpendicularmente, tengan derecho de paso o no, sin asegurarse de que son vistos.

Son ese tipo de gente que cree que tiene una inmunidad especial cuando montan en bicicleta que les hace ser algo así como inmortales, o poco menos. Idiotas. Y no sólo por ellos, que allá penas, idiotas porque nos hacen quedar a todos los demás a su altura por extensión. Idiotas porque menosprecian las consecuencias que su estupidez puede conllevar en su entorno. Idiotas porque no valoran la fatalidad que suponen para los inocentes que les atropellen. Muchos de estos idiotas son los que están engrosando las estadísticas de siniestralidad ciclista.

Atajar cuanto antes y cuanto más contundentemente este tipo de negligencias temerarias es una labor prioritaria para prevenir accidentes entre usuarios de bicicletas y mejorar la tan manida y tan tergiversada seguridad ciclista. ¿Cuántas veces habrá que repetirlo?

"No dejes que un poco de oscuridad te impida pedalear"

jueves, 28 de noviembre de 2013

Volver a aprender a montar en bici

Si creías que sabías montar en bicicleta simplemente porque lo habías hecho durante los últimos 10, 20, 30 ó 40 años sin ningún tipo de inconveniente o con los normales cuando te mueves por una ciudad, tengo malas noticias para ti. Las cosas han cambiado. Y mucho.

Si creías que manejarte con soltura en el tráfico, elegir tu itinerario más conveniente, hacerte con un sitio en la calzada, mostrarte visible y predecible para los demás, negociar bien las curvas, las rotondas y las intersecciones, saber anticipar las situaciones comprometidas o hacer maniobras de última instancia era suficiente para desplazarte a bordo de tu bicicleta en la ciudad, olvídalo.


Ahora las cosas ya no son como eran. Ahora tienes que aprender a andar por las aceras y por los carriles que antes evitabas por encontrarlos peligrosos, ahora tu velocidad está limitada a 20 kms/hora en estos y a 10 en los espacios peatonales. Ahora tienes que aprender a conducir en baldosas, losetas y otros firmes sin agarre, hacer maniobras en ángulo recto, acceder a pasos peatonales desde trayectorias imposibles, sortear peatones anárquicos e impertinentes, farolas, marquesinas o árboles.

Ahora vas a necesitar un casco para poder afrontar todos esos nuevos riesgos a los que te vas a exponer. Casco y un montón de paciencia, además de una buena cuenta corriente, porque van a perseguirte, van a acosarte y, cuando te pesquen, van crujirte a multas. Multas a tutiplén: por circular fuera del carril donde haya carril aunque sea intransitable, por hablar por el móvil, por no llevar timbre, por pasar cerca de los peatones, por tener conductas incívicas o imprudentes, sea lo que sea lo que eso signifique en el momento en que te paren.

Pero déjame que te diga que igual vas a tener suerte. Quizá te roben la bici en los próximos días o quizá, y sólo digo quizá, te veas involucrado en lo que se llama un accidente que no es otra cosa que la consecuencia natural de todas estas novedades que, para cuando te quieras enterar, será demasiado tarde. Con o sin casco porque me han dicho que el dichoso casco no sirve prácticamente para nada más que para evitar ese coscorrón que difícilmente te hubieras dado si hubieras seguido haciendo las cosas como sabías.

Estate atento. Porque todo esto que te he contado igual cambia en unas pocas semanas. A peor, me temo.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Manuales de supervivencia para ciclistas

Estamos teniendo noticias de la publicación de unos cuantos catecismos para ciclistas urbanos, resúmenes de recomendaciones para aquellas personas que quieran utilizar la bicicleta en la ciudad. Eso aparte de las ya habituales diatribas en los medios de comunicación escritos, tanto de firmas reconocidas como de autores anónimos. Cuando esto sucede, nunca es coincidencia. Es la prueba de que algo ocurre con los ciclistas urbanos y que es algo grave.

Vamos a atender hoy a las propuestas que provienen de las filas ciclistas. Tenemos por un lado a los que tratan de convencernos de que sólo la calzada y el respeto del código de circulación son el único camino posible para circular con seguridad en bicicleta. Sus máximos representantes: la Biciescuela Granada. Su fabuloso manual lo podéis consultar aquí.

Por otro lado y a modo de recomendaciones tenemos un par de propuestas: una, la de La Ciclería, una empresa zaragozana con vocación social y una interesante actividad formativa, y otra, la de Bizikleteroak, una de las asociaciones más activas y más cabales del panorama estatal. Ambas tratan de ayudar a contemporizar un poco en la insoportable situación en la que empiezan a encontrarse en las ciudades en las que operan, donde los ciclistas urbanos y sus prácticas han acabado por soliviantar a propios y a extraños.

¿Qué nos mueve a proponer manuales para el uso de la bici?

No vamos a entrar a valorar la conveniencia o la calidad de los distintos manuales o lo más o menos acertado de sus recomendaciones, porque cada maestrillo tiene su librillo y en esto de la bicicleta en la ciudad, por desgracia, hay doctrinas y doctrinarios para todos los gustos. Lo que nos tiene que hacer reflexionar es la necesidad concurrente de distintos colectivos distantes y no pertenecientes a un mismo movimiento de hacer estos manuales.

¿Tan mal ven su entorno y a sus convecinos y convecinas? Sin duda. Claro que para todos ellos es parte esencial de su misión instruir a sus usuarios, pero parece que hay algo más. Desde luego, ayuda mucho que la normativa relativa a la circulación ciclista sea deficiente y se esté dilatando angustiosamente la aprobación del nuevo Reglamento General de Circulación. Pero hay algo más.

Hay demasiados ciclistas en las aceras y demasiados ciclistas accidentados

La razón de fondo que subyace detrás de todas estas propuestas y las de otras entidades es la necesidad improrrogable de intervenir en una situación insostenible: la práctica del ciclismo en acera y en carriles bici deficientes y sus consecuencias, básicamente, el malestar de los peatones y la gran accidentalidad de los ciclistas sobre todo en las intersecciones con la calzada.

Quizá la cosa de la bicicleta no sea tan sencilla en las condiciones en las que hemos decidido proponerla, es decir, sin poner cortapisas a los coches y sin cambiar la estructura y ordenación del tráfico tal y como había sido concebido para ellos. Pero parece que unos manuales y unos manifiestos no vayan a ser suficientes para resolver el asunto. Como tampoco lo van a ser los cursos de adiestramiento ni las campañas que muchos han iniciado estos últimos años.

Esto requiere algo más y es cuestionar de verdad el coche como paradigma de la movilidad urbana y tomar medidas que de verdad disuadan de su uso, lo que generará espacios, oportunidades y condiciones para que otros modos de desplazamiento sean posibles y su conducción sea natural, intuitiva, cómoda y segura. Mientras tanto, todo se quedará en iniciativas testimoniales e intentos bienaventurados. Nos vale como parche pero no arregla las causas del pinchazo.