lunes, 15 de junio de 2015

El cambio que viene... a pedales

Hemos visto que los resultados de las elecciones municipales en muchas de las principales ciudades de nuestro mapa ha significado un cambio radical de color en muchos ayuntamientos y eso, en ciudades con largas trayectorias monocromas, se agradece. Más cuando, para constituirse, han requerido de un proceso de entendimiento entre diferentes fuerzas porque se han acabado las apisonadoras de las mayorías absolutas y eso ha obligado a los candidatos a buscar puntos de encuentro que acercaran propuestas programáticas y voluntades comunes.

Da gusto ver gente nueva en los ayuntamientos. Gente ilusionada con que esta realidad, por más cruel y dramática que se presente, se puede cambiar y también con vocación de ostentar menos y trabajar más y más cerca de la ciudadanía que la generación anterior de políticos que, gracias a la alternancia y a la abulia de casi todos los partidos minoritarios, se habían apoltronado, acostumbrados a repetir las mismas caras y ocupados más en atender su continuidad en las listas cerradas de sus siglas que en lo que realmente deberían ocuparse, que es a gestionar la cosa pública de acuerdo a las demandas ciudadanas.

La alcaldesa de Madrid en bicicleta (Foto: Sergio Pérez)

Esa nueva hornada de políticos, muchos de ellos veteranos y curtidos en batallas sociales, ya le están dando un aire nuevo a la cosa pública, al menos a nivel municipal. Ya se ven los primeros destellos de esas nuevas maneras en las bajadas de sueldos o en la forma de desplazarse a sus obligaciones. Alcaldes y parlamentarios que se desplazan en bicicleta o en transporte público, rompen con una generación de políticos dependientes de sus coches oficiales para hacer cualquier desplazamiento, incluso urbano.

El alcalde de Valencia en bicicleta - Foto: Miguel Lorenzo

Como guiño vale, pero los guiños nunca son suficientes, lo que vale es la mirada, la perspectiva y las actitudes valientes mantenidas en el tiempo. De ahí manarán las actuaciones definidas y decididas que busquen cambiar de escenario, que asuman riesgos, que planteen nuevos retos y que trabajen por conseguirlos. Porque lo fácil es la pose, regalarse unas declaraciones para la galería y hacer posibilismo con etiqueta renovadora.

Ahora es el momento de ser exigentes con los que dicen que pueden cambiar las cosas, ahora es el momento de no conformarse con que el político de turno haga declaraciones con una bicicleta y una sonrisa, ahora es el momento de demandar apuestas atrevidas que vayan más allá de habilitar algún pasillito más para bicis o para buses o de tener un tranvía o buses de mayor capacidad. Si no es a costa de poner en aprietos al coche esto se puede quedar en unas cuantas cosas simpáticas y poco más.

No nos quedemos en las formas, por favor.

martes, 2 de junio de 2015

Mantener a los ciclistas amedrentados

Esa parece que es la estrategia entre muchas instancias en este país de locos en el que vivimos, donde el coche sigue manteniendo un nivel de privilegios que no existe ni en sociedades tercermundistas. El gobierno que lleva ya 5 planes de promoción de la venta de coches nuevos, vía subvención, necesita saber que toda la población comulga con los intereses de una industria que no representa más que el 10% del PIB. Si eso implica meter dosis de miedo respecto a las alternativas a esta opción, no se duda ni un momento en administrarlas secuenciadas, pautadas, como se administran los medicamentos. Si se identifican opciones emergentes, entonces se monta una campaña de acoso y derribo. Mediática, intensiva, lo que haga falta.

La Dirección General de Tráfico del Gobierno de España, dedicada a garantizar que se mantengan intactos los privilegios de los coches y fluida su circulación, ha entendido perfectamente la encomienda y, jugando obscenamente con la herramienta del Reglamento General de Circulación, se ha dedicado durante ya van para 4 años, a lanzar bulos, amenazas y soflamas alrededor de los peligros que acechan o que se contraen en la práctica de la bicicleta, en ciudad y en carretera.

Y han metido el morro en las ciudades, inmiscuyéndose en lo que hasta entonces era un criterio municipal, dando directrices que luego no se convertían en normas, advirtiendo de circunstancias que no iban a consentir o propinando una patada a toda una generación mediante un decreto que hizo obligatorio el uso del casco para menores de 16 años.


Lo que lleva un tiempo circulando son ya palabras mayores, pese a que no sean más que recomendaciones de un grupo de "expertos" al servicio del lobby automovilístico o, en el mejor de los casos, miopes de necesidad. Esa reunión de interesados propusieron la descabellada e inoportuna (o todo lo contrario, dependiendo de cuál sea la perspectiva) batería de medidas para controlar y neutralizar el crecimiento inusitado de la bicicleta de los últimos años.

Licencias, matrículas, seguros, cascos para todos... no se escatiman propuestas de medidas coercitivas que por un lado sirvan para demostrar que eso de la bicicleta es peligroso y por otro para disuadir a muchas personas de usarla o de elegirla por los inconvenientes que conlleva.

Ahora sólo hace falta convencer a la autoridad fiscal en aquella ridícula demanda histórica de que las bicicletas o mejor dicho los ciclistas paguen impuesto de circulación por utilizar las calles y carreteras y por aparcar en suelo público. Tiempo al tiempo que a esta gente aún le quedan agallas y legislatura para esas amenazas y para más.

lunes, 1 de junio de 2015

Zona de exclusión de coches en areas escolares

En el desarrollo orgánico de la Ley Anti-Coche que se debería promulgar en la legislatura entrante o en las Ordenanzas Anti-Coche que pueden servir de puente hasta la aprobación de dicha ley, un punto que reviste especial importancia por su transcendencia generacional y por representar uno de los factores desencadenantes de mayor conflictividad motorizada es el tratamiento especial que debe darse a los entornos de los centros escolares, sobre todo en las horas de entrada y salida.

Las zonas que acogen centros educativos suelen presentar niveles de saturación motorizada y de violencia vial extremos en las horas punta. Prisas, sustos, maniobras violentas, encontronazos, atropellos, broncas... todo por dejar acceder hasta la puerta a los padres a bordo de sus coches con todo el caos y la agresividad que ello provoca, agudizada en muchos casos por un sentido de sobreprotección mal entendido por parte de muchos padres.


La propuesta es sencilla: prohibir el acceso de los coches en un radio mínimo de 200 metros de las puertas de acceso a los centros educativos en horarios de entrada y salida. Si se consigue, es fácil deducir que sólo por dispersión y por inconveniencia, la fórmula serviría además para mejorar la calidad del espacio circundante a los centros y hacer más agradable y más saludable estos momentos de encuentro y despedida. Sólo con alejar los coches y las segundas filas.

La puesta en práctica es lo complicado. Ya sólo la intención de impedir a los padres acceder en coche se entiende como una afrenta y como una violación de un derecho fundamental inherente a la paternidad o algo así. Cuando ya se pone en marcha, la cosa reviste una problemática mayor ya que de los comentarios y opiniones se suele pasar al enfrentamiento personal y hasta a la descalificación hacia los encargados de velar por el cumplimiento de la medida. Demencial pero cierto.

Nada, de todas formas, que no pase en otros escenarios. Lo grave y preocupante es que en estos desencuentros los niños no son sólo coprotagonistas y sino espectadores de excepción de las actitudes de sus padres y de los padres de sus compañeros, lo cual agudiza el problema porque les ayuda a interiorizar comportamientos que pasan a formar parte de su bagaje personal y que reproducirán en el futuro con emulación casi genética.


martes, 26 de mayo de 2015

Ha llegado la hora de la Ley Anti-Coche

La gente ha dado un paso al frente y se ha plantado ante tanto descaro político y ante tanto desastre social y les ha dicho a los que mandan que ya les vale de echarle jeta y mirar a otro lado como si eso valiera. No. La gente está harta y lo ha demostrado en la calle, pero también en las urnas y le ha dado la vuelta a la tortilla, al menos en este primer plebiscito que afecta sobre todo a lo próximo, a lo cercano, que es donde se puede comprobar de manera tangible si el ánimo de cambio se concreta en medidas y acciones que lo hagan reconocible o es más de lo mismo.

En el ámbito municipal ha llegado el momento de repensar la ciudad, de darle la vuelta a muchas inercias dañinas (aunque interesadas) que han dominado las últimas décadas y de cambiar la estrategia respecto a la disposición, usos y calidad del espacio público. Ha llegado la hora de volver la mirada sobre las calles de una manera diferente a la que se ha hecho los últimos 40 años y revertir las inercias que nos hemos acostumbrado a sufrir en ellas por tratar de favorecer a una minoría dominante: los automovilistas. Hay que devolver las calles a las personas como principales protagonistas y beneficiarios de las mismas.


La Ley Anti-Coche

Pero, dado nuestro carácter poco asertivo y remolón, parece que la única manera de convencernos de que es posible es hacerlo de manera impositiva. Mal pero eficaz. Ya lo demostró la Ley Anti-Tabaco que contó con suficientes detractores y a la que debilitaban argumentos tan importantes como la capacidad recaudadora de este vicio o la terrible arraigo social que se le asociaban, que hacían impensable un éxito ni siquiera relativo de una prohibición tan repentina como tajante. El tiempo les ha dado la razón y se la ha quitado hasta a los sufridos hosteleros que veían cómo aquella ley primero les diseccionaba el establecimiento y luego les obligaba a echar a sus clientes fumadores a la calle. Hoy es el día que no se puede fumar en ningún establecimiento, oficina, instancia de la administración, transporte público, patio de colegio, etcétera, etcétera, etcétera. Y todos lo hemos asumido con absurda naturalidad. 

Así pues, estableciendo un paralelismo tonto pero eficaz para comprenderlo, vamos a jugar a que los coches son los fumadores, que nos están haciendo a los demás sufrir las consecuencias de su vicio (con el pequeño matiz de que ellos además de contaminar necesitan mover toneladas para desplazarse con el peligro y las condiciones que ello requiere) y que los bares son las ciudades, y vamos a hacer una ley que nos ayude a convencerles de que lo suyo no nos lo podemos permitir, por más que a ellos les haga sentirse más interesantes, más poderosos o quéséyoqué.

Podemos hacerlo también de forma progresiva. Primero haciendo un recorte evidente pero no total de su uso (algo así como un día las matrículas pares y otro las impares, eliminando el aparcamiento en superficie) y, después de un periodo corto de adaptación, dar el hachazo y cortar el problema por lo sano. Coches prohibidos en los centros urbanos, aparcamientos disuasorios de pago en los bordes de dichos centros, transporte público más eficiente y oportunidades para que la gente tome las decisiones consecuentes. Y poco a poco hacer la burbuja más grande o hacer más burbujas en una misma ciudad. Y a esperar.

Sólo así podremos. Si no, lamentablemente, no.

viernes, 22 de mayo de 2015

Darle al coche el lugar que se merece

Olvidémonos de todo lo demás. Olvidémonos de su contribución a través de los impuestos que genera, de los puestos de trabajo que mantiene, de los seguros que requiere, de los accidentes que provoca, de los costes sanitarios asociados a su uso, de la contaminación que provoca, del sedentarismo mórbido que produce, de la inseguridad ciudadana que conlleva. Olvidémonos de todo eso y hablemos sólo del espacio que ocupa.

Hablemos del espacio que ocupa y comparémolos con los ocupantes que desplaza y hagamos un ejercicio de justicia al respecto. Utópico, desde luego, pero tan sólo imaginemos qué pasaría si le damos al coche el espacio proporcional a la gente que desplaza e hiciéramos lo mismo con el resto de los medios de locomoción. Nos sorprenderíamos del resultado.

Sobre todo porque ahora mismo el espacio que hemos concedido a los coches, entre circulación y aparcamiento, ronda, en el mejor de los casos, el 70% del espacio público disponible en nuestras calles (a lo que habría que añadir el espacio habilitado en el subsuelo, pero que en este juego vamos a ignorar). El 70% es mucho, pero, como estamos habituados a vivir en estas condiciones, nos parece normal. Sin embargo, si hacemos un paralelismo y lo extrapolamos a nuestra vivienda, significaría que dedicaríamos el 70% de nuestra casa al coche y viviríamos, comeríamos, cocinaríamos, haríamos nuestras necesidades y dormiríamos en ese exiguo 30% restante. Algo así.


¿Una locura? Pues sí. Así que basta ya de engañarnos con los beneficios del coche cuando nos referimos a su uso urbano. En la ciudad, el coche es el enemigo, es el que no nos deja vivir tranquilos, el que nos obliga a enfrentarnos, el que nos margina, el que nos aplasta, el que nos asfixia, el que nos mata por activa o por pasiva.

¿Por qué entonces seguimos concediéndoles a los coches tantos beneficios, tantos privilegios y tanto espacio a costa de los demás? Sinceramente, no lo sé. Mucho menos cuando las estadísticas indican que hay ciudades donde el coche a quedado relegado a un uso mucho más marginal de lo que mucha gente está dispuesta a reconocer.

En España:

Y en el resto de Europa:


De momento y como punto de partida podríamos empezar a pensar en el reparto proporcional del espacio "per cápita movilizada". A ver qué pasaba. Eso hasta que les aplicáramos la consecuente Ley Anti-Coche, una adaptación de la Ley Anti-Tabaco que tan buenos resultados está dando pese a la incredulidad previa de la mayoría. El coche en las ciudades es un vicio peligroso, pernicioso y mortal de necesidad que hay que extirpar de manera decidida.

lunes, 18 de mayo de 2015

Alcaldables: ni más carril bici, ni bicis fuera de las aceras, lo que hace falta es menos coches

Se acerca la fecha clave para decidir quiénes van a gobernar nuestras ciudades los próximos cuatro años y salen por todos lados encuestas, predicciones, pretensiones y deseos de lo más variopintos para tratar de demostrar que se quieren mejorar nuestras ciudades y ahí las propuestas son de lo más variopintas.

En mi ciudad, el periódico del régimen ha hecho su encuesta y el resultado no podía haber sido más esclarecedor del estado de la cosa en términos de tráfico y de cultura de la movilidad: el carril bici es el principal problema de Pamplona. Y todo el mundo se queda tan fresco, tocando el timbre en sus bicis, el claxon en sus coches y festejando el éxito.


Sin leer el artículo (uno llega a pensar que los artículos no se hacen para que la gente se los lea, sino para dar contenido al titular) se puede llegar a pensar que la gente está tan loca que ha tomado conciencia de que el carril bici, y especialmente el de Pamplona, es una chapuza tan grande que ha pasado a representar el mayor obstáculo para las aspiraciones de movilidad razonable de esta ciudad, pero no. Resulta que lo que la gente encuestada demanda es más basura de ésta hasta inundar toda la ciudad de ella.

Una red segura que nos permita devolver a los ciclistas a su espacio natural: la marginación. No está mal pensado, teniendo en cuenta que la bicicleta es esa mosca molesta que llega en primavera, pero que se está haciendo fuerte al frío y ahora ya nos empieza a incordiar también en invierno. Parece mentira que a estas alturas de siglo XXI todavía andemos tratando de explicar la existencia natural y normal de las bicicletas en la ciudad, más allá de la pura existencia de carriles bici, y sigamos empeñados en seguir justificando la necesidad del uso del coche de manera tan compulsiva como estúpida.


Pues no ciudadanos, no podemos consentir que los que han mandado hasta ahora sigan eligiendo un modelo de ciudad a merced de los coches. Y eso no lo vamos a cambiar haciendo unos carriles bici o expulsando a los ciclistas invasores de las aceras. Eso sólo se consigue de una manera: expulsando coches de las ciudades.

Si no pensamos así y no actuamos en esta dirección, todo lo que conseguiremos es más denigración de la práctica de la bicicleta, multiplicar los riesgos reales de accidente de los ciclistas, demostrar que las bicicletas no son convenientes, todo ello sin dudar en menoscabar la calidad del espacio urbano y la tranquilidad de las personas que tratan de disfrutar de él.

lunes, 4 de mayo de 2015

La bicicleta como sector emergente

Ayer veíamos cómo la Confederación de Empresarios, la CEOE, ignoraba totalmente el potencial económico de la bicicleta a la hora de hacer su estrategia en lo tocante a movilidad sostenible. Normal, la bicicleta sigue siendo pobre y no concentra capitales e inversiones como las obras públicas asociadas a la movilidad o cuentas estratosféricas como la gestión de las concesiones de transporte público. Ni siquiera las cuentas de las bicicletas públicas son llamativas para la patronal.

Quizá tengan razón, seamos cuatro pelados y no nos merezcamos más reconocimiento por más que para nosotros seamos importantes. Sin embargo, si analizamos los números agregados y la evolución en los últimos años, nos daremos cuenta de que es uno de los pocos sectores que, pese a su modestia, ha crecido notablemente y empieza a tener una cierta dimensión.


Más de 3.000 comercios especializados que dan trabajo a alrededor de 15.000 personas es más que una planta automovilística de las que parece que estén salvando el país, más que esas fabulosas cadenas textiles con las que tanto se nos llena la boca como estandartes mundiales, comercios de la bici que facturan más de 1.000 millones de euros (como IKEA, Gamesa, OHL o Endesa, por nombrar algunos), son sólo algunas cifras que dan una idea de la dimensión que va tomando el sector.

Claro que su atomización hace que este sector pueda ser ignorado con alegría. Más cuando, al igual que sus usuarios, sus miembros no son capaces de hacer piña y pedalear juntos, defendiendo intereses comunes, haciendo lobby, como ha quedado demostrado en la reciente disolución de la Plataforma Empresarial de la Bicicleta, que de una manera muy voluntariosa ha tratado de impulsar una iniciativa que empieza a ser relevante tanto económica como socialmente.

Si a esto añadimos el potencial de su crecimiento esperado tanto a nivel urbano como opción de movilidad como en su vertiente turística, sin descartar las posibilidades de los vehículos a pedales para transportar cargas en zonas de tráfico restringido, podremos darnos cuenta de que hay que empezar a prestar algo más de atención a esta pandilla de pirados que se dedican al asunto de la bicicleta como iniciativa empresarial, porque van a empezar a tener una entidad interesante.

Seguiremos avanzando pacientemente en este mundo alocado, como las vacas que ven pasar al tren (de alta velocidad) aparentemente tontas pero con la mirada puesta un poco más allá. Tiempo al tiempo, tiempo al tiempo.

domingo, 3 de mayo de 2015

¿El siguiente por favor?

El tema de la movilidad se ha convertido en un lugar común, tanto que cualquiera puede opinar sobre ello y emitir juicios de valor y recomendaciones universales sin el más mínimo pudor. Esto que de por sí puede observarse como algo positivo (que hablen), resulta un tanto sospechoso cuando los que se aúpan al estrado son entidades de un corte tan marcadamente lejano al asunto de cómo nos movemos como el Consejo de Estado o, como ha pasado esta semana, la CEOE.

¿Qué le importa a la Confederación de Empresarios el tema de si la movilidad es más o menos sostenible si no es porque redunde en su resultado empresarial? ¿Qué le hace pronunciarse públicamente en este tema? Y lo que es mejor ¿qué tiene que decir?

Pues la CEOE ha decidido subirse al tren del eufemismo más recurrente en estos tiempos que es el de la sostenibilidad y lo ha hecho esta vez desde el vagón de la movilidad. Y así ha proclamado que es incuestionable la necesidad de reducir el uso de los coches en las ciudades y que hay que apostar por otras fórmulas como la potenciación del transporte privado, sobre todo del tren, del tranvía y del bus y del metro, pero, eso sí, en una gestión privatizada o en el peor de los casos semi-privatizada.


No está mal. Todo suma si de lo que se trata es de restar argumentos a favor de la utilización masiva del coche, sobre todo para trayectos urbanos. Aunque no sabemos bien qué pensarán algunos de sus asociados del tema: industrias del automóvil, del recambio, talleres de reparación, concesionarios, aseguradoras, financieras, funerarias, empresas energéticas, gestores de zonas de aparcamiento restringido, etcétera, etcétera, etcétera. Esta gente no tiene que estar nada contenta con este tipo de declaraciones públicas de sus presuntos representantes.

Lo que ya no resulta tan sospechoso es que la CEOE se haya olvidado de que la gente puede utilizar la bicicleta o caminar para sustituir muchos de esos viajes que actualmente hace en coche, pero esto, dada la circunstancia, casi es mejor para nosotros. Nos hace pasar desapercibidos y nos evita una situación comprometida.

Las bicicletas no representan nada para la CEOE y como mucho son un invitado molesto para la DGT o para el Consejo de Estado y sólo interesa en su versión electrificada, para repartir las migas del suculento pastel del Plan Pima Aire que ha sostenido (esto sí que es sostenibilidad) el sector de la comercialización de coches en este país desde el Ministerio de Medio Ambiente (¡sí señor). Las bicicletas siguen sin ser tenidas en cuenta aunque muchos ciudadanos, cada vez más, hayan decidido elegirla como medio de locomoción urbana, incluso a pesar de que haya sido uno de los pocos sectores emergentes en nuestra economía depauperada gracias a la proliferación de comercios, talleres, distribuidores e iniciativas que tienen a la bicicleta como objeto (empresas de bicicletas públicas, fabricantes de aparcabicis, aseguradoras, etc.).

Somos un grano en el culo. Un culo que sigue echando mucha mierda, un culo que cada vez huele peor porque cada vez trata de digerir más cantidad de basura y cada vez está más empachado. Lo peor es que nos estamos enquistando y no vamos a ser tan fáciles de quitar, si no es con una operación, porque nada indica que este organismo en el que nos encontramos quiera ponerse a dieta y rebajar el consumo de coches y sucedáneos motorizados.

Lo malo es que quizás estemos perdiendo la capacidad de sorprendernos ante los disparates y las estupideces, vengan del frente que vengan, porque cada vez son más frecuentes y más desafortunados. No sabemos quién se pronunciará mañana y cuál será su consejo pero, ¡qué más da! Lo importante es que se hable del tema para que forme parte del universo cultural en el que navegamos, que ya habrá ocasiones para dar un golpe de timón.

¿El siguiente por favor?

lunes, 27 de abril de 2015

¿Superhéroes, supervillanos o personas normales?

Esa es la cuestión. Estamos tratando de visibilizar a las personas que utilizan la bicicleta en nuestras ciudades y no acertamos. Desde los que pretenden que esto de la bicicleta es algo que comporta una actitud digna de mención y de reconocimiento (los ciclistas valientes) pasando por los que, apelando al miedo, han optado por justificar el uso de la bicicleta en defensa propia y para los que los daños colaterales son despreciables (los cicleatones temerosos), hasta los que defendemos que debe proponerse como una opción sin más, que está al alcance de cualquiera, el caso es que seguimos sin acertar.


¿Cómo vendemos la bicicleta? 

Nos preguntamos una y otra vez, ¿cómo hacemos para convencer a la gente para que la comprenda como una opción natural, fácil y conveniente? Parece que lo que es válido para unos es condenable para otros y, mientras tanto, sigue pasando el tiempo y siguen agravándose las situaciones, afilándose los cuchillos en una u otra dirección y exagerándose los personajes sin conseguir lo que desde un principio se debería haber perseguido y quizá muchos perseguían que es que la gente contemplara la bicicleta como algo deseable.

Los que sospechamos que hay una conspiración para mantener a la bicicleta como algo marginal en favor del coche, creemos que esta situación es la que más les conviene para demostrar no sólo que somos pocos, sino que no estamos bien avenidos ni siquiera entre nosotros mismos. Y es que, efectivamente, es difícil estar de acuerdo cuando hay gente dispuesta a consentir muchas cosas y a pelear sólo por tener favores y no obligaciones. Y así buscamos formulaciones como el pintado de aceras o, en su defecto, el permiso tácito para circular por ellas, o la relajación en el seguimiento de las normas aduciendo que estas están pensadas por y para los automóviles y acabamos siendo héroes para los nuestros y villanos para los demás.


¿Hasta cuándo vamos a mantener esta situación?

Ese es el verdadero problema. Dilatar la situación no tiene más que consecuencias negativas para los usuarios de la bicicleta que seguimos sufriendo los desaires de unos y otros y nos seguimos sintiendo invitados incómodos e incomodados en todos los escenarios, carriles bici incluídos por supuesto.

Si no somos capaces de enfocar todo el asunto de la bicicleta desde una perspectiva más amplia y en el marco de una nueva concepción de la movilidad y de las relaciones vehiculares en el que el coche pierda preponderancia y prepotencia en favor de otras formas de moverse, esto se va a enquistar demasiado y nos vamos a acabar acostumbrando a seguir presionados, perseguidos o aclamados y vitoreados, pero nunca a pasar desapercibidos porque a nadie le sorprenda nuestra presencia.

lunes, 20 de abril de 2015

Queridos ciclistas, vosotros no sois la solución

Hoy, el día después del Día Mundial de la Bicicleta, tenemos malas noticias para vosotras, personas que festejáis la bici: vosotras no sois la solución. Tampoco se puede decir que seáis parte del problema, exactamente, aunque colaboráis con vuestra inocencia en el mantenimiento del mismo. Colaboráis cuando os miráis al ombligo y obviáis al resto del mundo, colaboráis cuando creéis que vuestra sola presencia basta para cambiarlo, colaboráis cuando presuponéis que algo cambia si tú cambias. Y eso no es así, o, al menos, eso no es suficiente.

El día que no haya que celebrar el Día Mundial de la Bicicleta será el verdadero día de la bicicleta, ese en el que la bicicleta sea normal, tanto como lo es hoy en día una lavadora, el televisor, el teléfono móvil o el coche (¿alguien se imagina celebrar el día del coche?), y, con el paso que llevamos, nos va a costar mucho llegar a ese día o, quizá, va a ser imposible si no cambiamos de rumbo.


No, amigos y amigas de las bicicletas, vosotros no podéis cambiar el mundo solos y, si no se producen acontecimientos de mayor dimensión o no se trabaja en supuestos en otra dirección a lo único a lo que podéis aspirar es a ser un invitado molesto en las calles de los demás. Sentimos ser tan aguafiestas, pero más vale ser sinceros que seguir alimentando ilusiones inconsistentes y sueños inalcanzables.

No va a ser suficiente con que ganéis más adeptos, por más convencidos que estos estén, no va a ser suficiente con que logréis que os hagan algunos carriles bici más, o muchos, no va a ser suficiente con que insistáis en enseñar a la gente a andar en bici por la calzada, no va a ser suficiente con que os declaréis insumisos y circuléis por las aceras. Vais a seguir siendo una minoría y os van a seguir tratando como algo marginal.

Mientras no cuestionemos y reduzcamos drásticamente el uso del coche privado y su tiranía, todo lo demás va a ser insuficiente. No hay más. Nos pongamos lo dignos que nos pongamos, hagamos las declaraciones que se nos ocurran, expliquemos por activa y por pasiva las bonanzas de nuestra opción o salgamos una y otra vez a la calle a demostrar que somos un pelotón.

Si no cambiamos las reglas de este juego, si no replanteamos el uso de la calle, si no cambiamos el rumbo de la ordenación del territorio, de la dispersión de los usos, de la zonificación de los actividades, lo nuestro va a ser puro onanismo, buen rollo autocomplaciente, y poco más.

Perdón por interrumpir la resaca de la fiesta.

lunes, 13 de abril de 2015

El ciclista valiente no es conveniente

Seguimos aquejando un mal endémico en las sociedades donde los coches siguen ostentando el dominio de la calle en la que queremos reintroducir la bicicleta: el mal del ciclista valiente. El ciclista valiente es esa persona aguerrida que se enfrenta al tráfico en su condición de vehículo, asumiendo las diferencias con dignidad, carácter y actitud. Sabe perfectamente que ese tráfico al que dice pertenecer está organizado a favor de los coches o, más en general, de los vehículos motorizados, pero insiste en confluir con ellos y de hecho cree comportarse como ellos, aunque ni lo consigue por volúmen, peso, aceleración y velocidad, ni ellos le reconocen como un igual y actúan en consecuencia, menospreciándolo.


Esto que muchos lo han interiorizado como normal, e incluso deseable, no deja de ser una señal clara de que hemos consentido que esto pase durante demasiado tiempo, tanto que no creemos que se pueda cambiar y, entonces, no queremos cambiarlo.

El ciclista valiente es un elemento que es igual de contraproducente en muchos casos para la proposición de un ordenamiento diferente (más protectivo y más inclusivo) que el ingeniero que regula el tráfico y que cree que todo se puede resolver con semaforizaciones inteligentes, turborrotondas y carriles dedicados.


Está claro que hay que educar a toda la gente, desde el colegio y desde el entorno familiar, en que la calle es de todos y que las bicicletas tienen el mismo derecho, aunque deberían tener más, de circular por ellas libremente y con seguridad, ocupando el espacio que precisen para hacerlo y exigiendo un respeto a los demás, el mismo que es exigible a ellas, pero en una sociedad en la que el coche sigue representando tanto con esto no es suficiente.

Porque a lo que hay que dedicar mayor esfuerzo educativo, empezando desde la más tierna infancia, es a que la lógica del coche tiene que ser desmontada en favor de la lógica de las personas y que, mientras esto no se produzca, todos seremos víctimas de una ordenación urbana que no busca más que saciar la avidez de espacio y de velocidad de los coches y sus sucedáneos. Ahora bien, habrá qué determinar cómo se hace esto.


Porque el ciclista valiente no va a ser capaz de acabar con los gigantes por su mera presencia o por su testarudez y lo peor es que parece que no vaya a colaborar mucho desde su perspectiva a reducir el número de gigantes. De hecho, esta visión caballeresca y casi beligerante no va a ayudar a cambiar este orden de cosas sino, quizá, y sólo digo quiza, vaya a servir para consolidarla un poco más si cabe y para reforzar la idea de que los ciclistas pueden convivir sin problemas y pueden seguir sufriendo la tiranía de los coches en las ciudades.

Por cierto, yo soy uno de esos ciclistas valientes.

miércoles, 8 de abril de 2015

Hacer fácil lo difícil

Hacer fácil lo que ahora mismo resulta difícil. Ese es el gran reto al que nos enfrentamos en este punto de inflexión en el que nos encontramos en los asuntos de la movilidad no motorizada. Hasta ahora todo ha sido poner facilidades al movimiento de vehículos pesados por dentro y fuera de nuestros barrios, pueblos y ciudades. Coches, furgonetas, camiones, buses... todos tenían que llegar a todas partes. Si para ello había que hacer la vida imposible a todos los demás, no se dudaba ni un segundo.


Así se ha ido pervirtiendo el uso del espacio público que, en tan sólo unas décadas, ha pasado de ser el espacio común a ser un espacio al servicio de la movilidad motorizada. El resto de usos y el resto de opciones de movilidad han quedado relegados a un papel secundario que ahora queremos recuperar.

El problema es que esas opciones, básicamente caminar y andar en bici, que deberían ser las más naturales y las más fáciles de ejercer, se han ido convirtiendo en pequeños (o no tan pequeños) retos debido al condicionamiento formidable que supone el ordenamiento de la ciudad al servicio de vehículos pesados y que circulan a velocidades importantes y con los cuales la convivencia, en las condiciones actuales, se plantea cuando menos difícil.

Es por eso que hay que plantearse, más ahora que llegan nuevos turnos políticos, cómo darle la vuelta a esta situación y cambiar las tornas poniendo el objetivo en favorecer a los ciudadanos que optan por moverse de la manera más ecológica posible.


O hacer difícil lo que es fácil

Para ello el reto tiene una doble vertiente, que no se puede afrontar de manera parcial o unilateral: sólo se podrá dar facilidades a los no motorizados poniendo dificultades al tránsito y aparcamiento de los motorizados.

Si no trabajamos desde esta óptica podemos caer en la tentación de hacer políticas timoratas, apocadas, que se reduzcan a ingeniar algunos pasillos angostos e ineficientes y dar la ilusión mediática de que se logran cambios importantes, cuando, en términos generales, se mantienen las mismas condiciones básicas de circulación orientada al tráfico motorizado.

No basta, en esta línea de trabajo, con hacer los centros urbanos peatonales, no basta, tampoco, con implantar una red de carriles bici más o menos densa, ya que, mientras no se deje claro que lo que se persigue es incomodar el tráfico de vehículos a motor, no se actúe sobre él y no se explique claramente cuál es el beneficio que ello conlleva para la sostenibilidad y la mejora de la calidad de la vida urbana, todo se quedará en intentos voluntariosos pero marginales.

Aquí sí que vale tratar de importar experiencias y aquí sí que vale mirar a otros sitios para ver cómo lo han hecho, porque esto aporta una visión de conjunto de la movilidad, que la simple promoción de carriles bici, parques urbanos, peatonalizaciones, aparcamientos masivos para bicicletas o cosas por el estilo no aportan, porque se quedan cojas si no forman parte de una estrategia que trate de cambiar todo el sistema de movilidad de una comunidad.


lunes, 30 de marzo de 2015

Una nueva forma de entender la movilidad, la ciudad y la ciclabilidad

Se nos llena la boca cuando mencionamos la movilidad sostenible, como si con sólo nombrarla cambiaran algo las cosas, y lo único que conseguimos es desvirtuar su verdadero contenido por puro desgaste, por reiteración. Es tanto así que basta que cualquiera diga que algo es positivo para esa sostenibilidad de la movilidad para que inmediatamente se convierta en un preceptor de ello, cuando igual es el primer convencido en que no hay nada que hacer.

Pasa un poco lo mismo con la ciclabilidad. Cualquier cosa es buena si es en nombre de la ciclabilidad, no importa qué, no importa dónde, no importa cómo. De hecho, el significado de la ciclabilidad se ha estrechado tanto que ha pasado a representar, en la mayoría de los casos, la colección de actuaciones más o menos deslavazadas y oportunistas que tienen a la bici como objeto: exiguos e inconexos carriles bici, ridículas bicis pública propagandísticas y pobres e inseguros aparcabicis salteados por la ciudad.

Nadie (o muy poca gente) habla de la bicicleta en términos de vehículo, más que digno, de pleno derecho. Es ahí donde hay que poner el acento y cambiar el discurso pobretón, mendiguista y posibilista que ha acompañado muchas veces a la promoción de la bicicleta a otro que hable de una opción de movilidad deseable en toda su dimensión.

Hay que empezar a hablar del desarrollo de la bicicleta en condiciones de plenitud y dejarnos de pamplinas conformistas. Así hay que empezar a darle la vuelta a la movilidad y cambiar su inercia de autojustificación en busca de conceptos que expresen mejor lo que se quiere conseguir, lejos de eufemismos y lugares comunes.

Proximidad en vez de deslocalización

Lo primero de lo que hay que empezar a hablar en serio es de la promoción de la proximidad, esa que evita o simplifica viajes y que nos hace menos dependientes de medios mecanizados (con o sin motor). La recuperación de la vida de barrio debería ser un objetivo prioritario para nuestros urbanistas y para nuestros gobernantes. Ese barrio con servicios, dotaciones y atractivos suficientes para satisfacer plenamente las necesidades de sus habitantes y donde se pueda hacer todo sin tener que utilizar el coche para desplazarse.

Hemos vivido muchas décadas de espaldas a esta concepción, despreciándola incluso, en favor de una promesa de ubicuidad que nos permitía, gracias al automóvil, vivir lejos y desplazarnos ágilmente por vías fabulosas que, procedentes de los extrarradios cada vez más dispersos y más lejanos, atravesaban la ciudad en forma grandes autopistas, y accedían a zonas industriales, centros comerciales y de servicios, donde había posibilidad de aparcar a discreción donde lo necesitáramos. Ahora empezamos a atisbar que esto es insostenible. Es hora de darle la vuelta a esta lógica.

Permeabilidad contra las barreras automovilistas

La primera labor en este camino hacia una nueva manera de entender la movilidad es permitir pasos francos y dignos a través de las mayores barreras que se han construido contra los que optaban por moverse sin motor: las rondas y las autopistas urbanas. Estas infraestructuras hechas en la edad dorada de la promoción del coche han supuesto las mayores dificultades para el resto de modos de movilidad, tanto porque excluían de facto a todo el que no fuera motorizado, por su sección, su estructura, su capacidad y las velocidades medias de circulación que promocionaban, sino que se han convertido en fronteras infranqueables y han fracturado la continuidad de muchos itinerarios peatonales y/o ciclistas.

Hay que pensar cómo habilitar pasos de calidad, conectivos y agradables que faciliten el paso a través de estas autovías para garantizar el tránsito de los no motorizados por donde debería haber discurrido.


Accesibilidad y conectividad, no sólo meras vías exclusivas

Al final, lo que hay que perseguir, más que una red más o menos dispersa y más o menos exclusiva para cada medio de transporte, es garantizar la accesibilidad segura y la conectividad directa de los distintos modos. Y aquí la bicicleta no va a necesitar en muchos casos de la construcción de vías exclusivas, sino de adaptar y aprovechar corredores que cumplan los requisitos exigibles para que su tránsito sea ágil, amable y seguro.

Esto habrá de hacerse, en muchos casos, en detrimento de las facilidades que se han dado a los coches y, en muchos otros, aprovechando o mejorando rutas que habrá que compartir con los peatones, siempre garantizando el mutuo respeto entre ambos modos, cosa que sólo se consigue con anchuras suficientes o con separación de vías cuando la velocidad relativa o la densidad de usuarios lo justifique.

Eficiencia y calidad en lugar de posibilismo

Así acabaremos valorando los medios deseables y entre ellos la bicicleta en términos de eficiencia real y no tanto de su mera posibilidad de uso. Porque posibilitar el uso de un medio de transporte en condiciones penosas es condenarlo a una utilización minoritaria, sólo reservada para usuarios convencidos, excluyendo al resto de usuarios potenciales.

Sólo si es posible circular y aparcar en plenas condiciones, la bicicleta podrá demostrar sus capacidades reales, ya que, ahora mismo, por imposibilidad o por reunir unas condiciones lamentables, la bicicleta es especialmente lenta y poco eficiente, además de insegura, incómoda, lo que la hace menos competitiva de lo que debería ser y, por lo tanto, menos conveniente. Al menos como nos la han vendido.

viernes, 27 de marzo de 2015

No somos parte del problema, somos parte de la solución

Somos unos maestros en esto de traspasar la responsabilidad de los problemas que nos aquejan a los demás. Dicho de otro modo, nosotros nunca tenemos la culpa de lo que nos pasa, siempre buscamos a alguien a quien echársela. Es más fácil de comprender, más cómodo. Esta forma de transferencia cobra una gravedad especialmente preocupante cuando hablamos de movilidad.

Que cada uno ve la movilidad según le va en ella es algo que, por más que lo repitamos, no deja de ser menos cierto. Cada uno, desde su trinchera, desde su óptica, trata de explicar su circunstancia inculpando al resto de agentes de la movilidad.

Así los automovilistas tratan de echarle la culpa de su problema a los otros, siendo los otros los responsables de su penuria y aquí caben todos: desde ingenieros, hasta políticos, pasando por policías, pero lo que más les ofusca es ver un ciclista en su camino o uno cruzándose en su camino, éste ya da igual que sea ciclista que peatón.


A los ciclistas les pasa tres cuartos de lo mismo. Ven a los demás como responsables de sus penurias y aquí les da lo mismo político, técnico, agente de la ley, automovilistas o sus más acérrimos enemigos: los peatones. Esos peatones que se interponen en sus trayectorias, en sus maniobras, en sus atajos y en sus jugarretas. Eso por no hablar de esos que caminan por las vías ciclistas. Esos son lo peor y se merecen sus peores acusaciones.

Si les preguntamos a los peatones, obtendremos una visión semejante. Los demás tienen la culpa de sus miserias, pero se ensañarán especialmente con los ciclistas por pura novedad y por su presunta inmunidad ante sus faltas y flagrante invasión de sus espacios.

No nos damos cuenta de que mientras el terreno en el que jugamos esté concebido tan a favor de los coches, por no decir exclusivamente a favor de los coches, los demás no estaremos en igualdad de condiciones y que sin equidad cualquier juicio que se haga será parcial, secundario y redundará en agudizar el problema, ya que no seremos capaces mirarlo en perspectiva y seguiremos entretenidos enzarzados en nuestras pequeñas batallas individuales y en nuestros tristes enfrentamientos personales, padeciendo el dominio apisonador y aterrador de los coches sin ser conscientes más que de nuestras tristes peripecias anónimas. Miopía que interesará a los que ostentan el poder. Aquello de que el árbol no nos deja ver el bosque, mejorado con eso otro de que vemos más la paja en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro.

Pues no. No somos parte del problema. Cuando montamos en bici y cuando caminamos somos parte de la solución. Que nos quede claro. Porque estas opciones, cada vez que las ejercitamos, aportan un granito a los demás, a la construcción de esa ciudad sostenible, orientada a las personas más que al tráfico, donde la calle es el lugar común más valioso y que hay que recuperar para su disfrute.

miércoles, 25 de marzo de 2015

La penatolalidad y la ciclalamidad

Cada día que pasa, cada itinerario que camino, cada trayecto que recorro en una de mis bicis me doy cuenta de que los que hemos apostado por algo que no sea un coche para desplazarnos no somos bienvenidos en esta sociedad. Y no precisamente porque nos lo digan. No. Más bien al contrario. Se encargan de decirnos que están haciendo cosas para que nos sintamos cómodos, para que cada vez más gente se anime a dejar el coche y hacer otras opciones para moverse en la ciudad. Pero es mentira.

Nos penalizan. Nos hacen pasar penurias como la de estar mirando como pasa lentamente un segundero desde el segundo 98 hasta el 3, cuando ya no podemos más porque llevamos cerca de 30 segundos en que no pasan casi coches y nos lanzamos a la calzada arriesgándonos a que un automovilista (de los que entienden que el ámbar es verde o que el rojo reciente les permite dar el acelerón final) nos pegue un susto de muerte y un bocinazo amenazador. O tener que bordear toda una fabulosa rotonda porque a alguien se le ha ocurrido que había que agilizar el tráfico en ese cruce.



Nos someten a calamidades tales como montar secuencias de semáforos que sólo permiten circular por una avenida a 50 kilómetros por hora, ya que, si lo haces a menos, te vas a comer varios semáforos enteritos y, si osas saltarte uno de ellos, van a estar allí con su bocinita y su retintín para recordártelo: "las normas son para todos". Eso o que tienes lo que ellos llaman un carril bici, que no es otra cosa que un vericueto lamentable que te pone en mil y un situaciones incomprensibles y multiplica tu riesgo y el tiempo que tienes que invertir en tu viaje.

Los que caminamos o pedaleamos por la ciudad estamos castigados. Hasta ahora pensaba que sólo estábamos ninguneados, pero cada vez que lo intento, lo vuelvo a comprobar: esto es un castigo. Por no haber sabido elegir, por no apoyar la opción de los más poderosos, de los más convenientes, de los que soportan el peso de la responsabilidad de sostener el sistema, de los que cimentan la economía, el bienestar, la competitividad, el consumo, los impuestos, las cargas sociales, la financiación necesaria para todo ello y el buen nombre de nuestros gobiernos.

Cada vez que no elegimos el coche hundimos un poco el sistema, desestabilizamos un poco la economía, restamos impuestos, ahorramos gastos, dejamos de consumir dinero, tiempo y espacio, dejamos de colaborar en el mantenimiento de todo esto, dejamos de beneficiar a unos pocos en perjuicio de una multitud. Y ellos lo saben y es por eso que se encargan de hacer todo lo posible para que sea una penitencia, una penalidad, una calamidad. 

Fotografías: Adoquines y losetas