martes, 30 de septiembre de 2014

Ni contigo ni sin ti

Parece que para muchos de los que nos hallamos inmersos en esto de darle la vuelta a la tortilla en nuestras ciudades y empezar a hacerlas un poco más habitables y un poco menos automovilísticas el principal escollo al que nos enfrentamos lo representan nuestros políticos gobernantes.

Cierto. Nuestra clase política sigue acomodada en una suerte de apoltronamiento que la hace funcionar siempre a remolque de los acontecimientos y muy por detrás de las demandas sociales o de las tendencias emergentes. Debe ser que se han creído que es connatural con su cargo. Ningún político en el gobierno arriesga, ninguno cambia, ninguno apuesta por las minorías, ninguno se anticipa a los acontecimientos, ninguno prevé las consecuencias... Todos se dejan llevar por las inercias. Creen que ahí están los votos y sólo trabajan por los votos.

Así, cuando participan y creen que lideran (ellos siempre creen que lideran) alguna iniciativa que proponga un cambio, lo hacen sólo de cara a la galería, para aparecer modernos en la foto, como una pose, siempre magníficos y magnánimos, condescendientes. Los políticos son, por defecto, así: arribistas, oportunistas y vanidosos. Y creen, como muchos, que la movilidad sostenible es impopular.

Javier Maroto dirigiéndose a un acto político en bicicleta (Foto: El Mundo)

Esto es así siempre que no se encuentren con una contestación social suficientemente organizada, seria, permanente y que se dedique más a hacer propuestas que a reivindicar y quejarse de manera gratuita. Cuando es así, los políticos gobernantes no tienen otro remedio que responder y muchas veces acaban dándose cuenta de que las fórmulas propuestas funcionan y mejoran su gobierno y la realidad objeto de dichas reacciones. Aunque en las ocasiones en las que se visualicen logros tratarán de acaparar toda la atención mediática, atribuyéndose el protagonismo de todo el proceso.

Hay otro elemento que suele jugar un papel decisivo a la hora de cambiar las tornas a los políticos y es un cuerpo técnico, en las propias instituciones donde esos políticos mandan, dispuesto a hacer la labor de cambio desde dentro de la propia administración.

Lo hemos visto en principales procesos que se han ido fraguando a nuestro alrededor. El cambio y la apuesta por la movilidad sostenible y por la bicicleta en San Sebastián no fue una iniciativa de Odón Elorza, como el de Vitoria no lo ha sido de Javier Maroto, aunque ambos se hayan llevado la foto. No. Ellos han sabido encaramarse a lo alto del cambio y han creído capitalizar el éxito del mismo, pero siempre ha habido detrás una demanda social sólida y consistente (Kalapie o Bizikleteroak) y un cuerpo técnico atento y valiente en estas ciudades que ha sabido domar, aconsejar y, por qué no, engañar un poco a sus políticos al mando. Sin estos agentes ninguno de estos procesos hubiera sido posible, o al menos no hubiera sido tan exitoso y se habría quedado en agua de borrajas, como ha pasado en Murcia, en Pamplona o en Valencia, por ejemplo.



Lo que pasa es que al final los verdaderos cambios en la fisionomía y en la forma de definir y ordenar nuestras ciudades están en manos de los políticos que las gobiernan y es por eso por lo que hay que tratar de seducirlos y conquistarlos. Seducir y conquistar a los políticos más que discutir y pelear contra ellos, porque hace falta que la clase política en general y sobre todo la gobernante se dé cuenta de que esto es bueno para las ciudades, bueno para sus ciudadanos y, por tanto, bueno también para ellos.

Es un trabajo duro e ingrato, pero un trabajo imprescindible en el que hay que saber, además, que ellos se van a llevar la gloria y el reconocimiento en caso de que la cosa salga bien. O al menos lo van a hacer ver así. Ahora bien, si ese es el precio, que sea.

lunes, 29 de septiembre de 2014

De OCA a OCA (esto no es un juego)

Hora punta. Un coche medio subido a la acera con los cuatro intermitentes dados, una bici en el suelo y dos personas apoyadas en la valla de protección. No parece que sea un encuentro entre dos viejos conocidos que se hayan puesto a conversar, dejando a un lado sus prisas en medio de la vorágine. Más bien parece que una de ellas se está interesando por la otra que no se encuentra del todo bien. Más gente se acerca.

Esta situación es una vieja conocida entre los que nos desplazamos en las ciudades donde los ciclistas han decidido, solos, invitados por sus ayuntamientos o gracias a la inacción de éstos, circular por las aceras de una manera generalizada, haciendo caso omiso de las normativas, pero haciendo menos caso aún de las prevenciones que hay que tener para hacerlo y no jugarse la vida.


De OCA (Otro Ciclista Accidentado)

El caso es que cada vez nos parece más normal que esos ciclistas pretendidamente prudentes, que buscan su refugio fuera de la calzada, acaben siendo atropellados precisamente cuando cruzan las calles. De estos accidentes hay un montón cada día que no constan en ninguna estadística, simplemente porque no se levanta un atestado o porque no se da parte al seguro y los implicados tratan de entenderse porque ambos tienen algo que perder si no lo hacen.

Para muchos, el ciclista que es arrollado cuando cruza sorpresivamente una calle está pagando un pato que ha ido buscando de forma repetida y procaz, hasta que se lo ha encontrado. Es un juego de probabilidades. Un poco como los peatones que cruzan fuera de los pasos de cebra.

Para otros, el ciclista es una víctima de un orden circulatorio que se ha concebido sólo para beneficiar el tránsito de los automóviles y que no se preocupa por el resto de usuarios de las calles. Los que defienden este postulado normalmente justifican y hasta promueven la ocupación indiscriminada de las aceras como refugio ciclista a falta de infraestructura exclusiva para las bicicletas.

Pero hay unos pocos que sostienen que todo esto no es más que una triste consecuencia de que unos, los que quieren mantener las cosas como están, y los otros, los que quieren andar en bici seguros, no se dan cuenta de que la única manera de resolver esto es tratando de comprender que los ciclistas tienen tanto derecho de ocupar las calles como el resto de vehículos y que hacerlo en el sentido de la circulación y siguiendo sus normas es la forma más segura de que el resto de agentes del tráfico comprendan y respeten sus maniobras.

Foto de ¿Sabes dónde ciclas?

A OCA (Otra Calle Amable)

Esto pasa, por supuesto, por reconsiderar la ordenación del tráfico y, sobre todo, la priorización del tráfico motorizado en la mayoría de nuestras calles y de dar un tratamiento especial a los ciclistas en las calles de tráfico más denso o donde las velocidades relativas sean muy diferenciadas, pero pasa, sobre todo, por redefinir las relaciones vehiculares primando la seguridad de los más vulnerables, apelando al respeto y a la convivencia como mejores herramientas para conseguirlo.

Hay que volver a replantear de manera pública cuál es la misión de las calles y cuáles son los nuevos escenarios ante los que queremos actuar e interactuar. Es decir, hemos aceptado que las calles se conviertan en espacios de tránsito y aparcamiento para automóviles, renunciando a esos espacios públicos y nos hemos conformado con las aceras para hacer el resto de nuestra vida en la calle, dándole al tráfico una importancia y un predominio tal que, al cabo de apenas 5 décadas, se ha hecho incuestionable. 

Somos capaces de justificar cosas tan graves como el derecho de los automovilistas de acceder a su vivienda, a su trabajo y al resto de sus obligaciones y deseos a bordo de sus automóviles, somos capaces de justificar que los niños no puedan jugar libremente en las calles o desplazarse a edades más que razonables por el miedo a un atropello, somos capaces de justificar que esas aceras exiguas sean invadidas por veladores, merchandising y mobiliario urbano dificultando incluso el tránsito peatonal, somos capaces, en definitiva, de justificar cualquier cosa con tal de no cambiar nada y, sobre todo, de no desfavorecer el uso y el abuso del coche.



Y tiro porque me toca

Ya es hora de empezar a cuestionar este orden en serio. Y hacerlo no es defender la peatonalización de calles o zonas, que también. Cuestionar la "autocracia" de nuestras calles pasa por no estar dispuestos a reconocer el precio que debemos pagar todos porque unos cuantos quieran desplazarse en coche

Y es un precio que no sólo es dinero (para construcción y mantenimiento de carreteras y aparcamientos, para sufragar las consecuencias de los accidentes y en general todos los gastos de salud derivados de un estilo de vida sedentario y agresivo), es también espacio y tiempo.

Espacio público, que es de todos y que está dedicado en su mayoría para el uso disfrute de los automóviles en detrimento del resto de usos y usuarios. Espacio que, además, está terriblemente condicionado por la circulación de esos pesados rinocerontes de a tonelada por cabeza, que nos tienen atemorizados porque sus embestidas son mortales.

Imágenes de Copenhagenize
Pero también tiempo. Porque los tránsitos del resto de usuarios de las calles se ven dilatados en su interacción con el tráfico motorizado. Rotondas que difieren los itinerarios teniendo que describir tremendas circunvalaciones, pasos de peatones excesivamente secuenciados que obligan a quebrar la marcha lineal, semáforos discriminatorios que retardan abusivamente a los caminantes. El tiempo también se lo hemos cedido a los automovilistas para que ellos puedan llegar primero y mejor.

Si no somos capaces de darnos cuenta de todo esto, no podremos cambiarlo, y hay que reconocer que tenemos una gran dificultad para hacerlo precisamente porque hemos sido nosotros mismo los que hemos participado durante décadas en su construcción y en la justificación de los vicios que contraía.

jueves, 25 de septiembre de 2014

¿Un poco de publicidad anti-bici?

Uno no acaba nunca de acostumbrarse a las argucias de la decadente industria del automóvil para vender uno más de sus flamantes coches. Hasta hace unos años les bastaba con vaciar las ciudades de otros coches para hacer ver que ese nuevo modelo surcaba ágil y libre la ciudad. O combinar los mejores paraísos cercanos y lejanos para pisotearlos grácilmente con sus poderosos neumáticos.

De un tiempo a esta parte, se han ido dando cuenta que la ubicuidad, la ligereza, la libertad, la sonrisa, la actitud envidiable y las ventas (en unidades) se las estaban llevando las bicicletas y se las estaban llevando de calle y sin tanto machaque publicitarios. ¿Y qué han hecho? Pues ridiculizar esa opción y demostrar, cómo no, que el coche gana.

El último anuncio de Nissan lo explica en apenas unos segundos. ¡Estremecedor!

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Pedalea que algo queda

Alguien dijo que el movimiento se demuestra andando y no le faltaba razón. A ese y tampoco al que dijo que le juzgaran por sus actos más que por sus palabras. Después de la resaca de la Semana de las Declaraciones de Buenas Intenciones Relacionadas con la Movilidad Sostenible, hoy toca hacer. Y hacer cuesta mucho más que decir, porque las palabras se las lleva el viento con una facilidad pasmosa.

Hoy toca pedalear. Hoy toca caminar. Hoy toca compartir vehículo, público o privado. Hoy toca aguantar al prójimo como queremos que nos aguanten a nosotros. Hoy toca insistir en que otra forma de ciudad es posible, otra forma de desplazarse es recomendable. Hoy toca reivindicar una calle más amable.


La acción es la madre del cordero para cambiar la inercia de las cosas. Tú haz y no digas nada. O haz y di, pero haz. Ya verás el efecto que causas en tu entorno. Mucho más que si andas argumentando todo el rato y dando la chapa con tu verdad y el engaño en el que viven los demás.


Pedalea y déjate ver, demanda tus derechos y hazte acreedor de ellos porque estás ahí, ejerciéndolos, y cumple con tus obligaciones, esas que hacen que señalices tus maniobras, respetes las normas del tráfico y, más que eso, te comportes como un agente más del tráfico.


Es la única manera de que esto cambie: que cada vez haya más gente civilizada andando en bici. Demuestra que eres una de esas personas, disfruta del placer de serlo y contagia a los demás. Y recuerda que la envidia sigue siendo probablemente el principal motor de los cambios personales. Ya lo decía Schopenhauer:
"La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás, muestra cuánto se aburren."

lunes, 22 de septiembre de 2014

Andar en bici es para vagos

Era una sospecha más que fundada, pero queda constatado. Andar a pie es lento y penoso, al menos para desplazarse. Y requiere un esfuerzo que, comparado al de la bici, es mucho mayor. Esta es el primer resultado de la aventura que he iniciado como peatón. La otra es que es mucho más peligroso, sobre todo cuando se trata de cruzar pasos peatonales semaforizados con las orejas abiertas al tráfico en ámbar.

Efectivamente, la bicicleta es rápida, cómoda y fácil, y eso lo ha descubierto cualquiera que la ha probado. Su éxito radica en eso. Y muchas de las personas que se han decidido a utilizarla de manera habitual son gente que anteriormente caminaba y que ya no quiere caminar tanto. El salto modal, el cambio de forma de desplazarse, en ciudades pequeñas y medianas donde mayoritariamente se hace a pie, se produce muchas veces en este sentido y por esta causa tan trivial.



Por eso y porque la bicicleta tiene un alcance mucho mayor, pero mucho, que hace que te puedas proponer viajes o extensiones de viajes mucho más ambiciosos sin apenas esfuerzo. Viajes que nunca te propondrías hacer a pie o en transporte público y difícilmente en coche. Ese es el gran descubrimiento y por eso la bicicleta no puede presentarse como un sustitutivo del coche, de la marcha a pie o de cualquier otra forma de locomoción. Porque es mucho más que eso.

Además la bicicleta te permite hacer itinerarios mixtos, combinando carreteras, calles, parques, zonas peatonales y carriles dedicados, siendo el único vehículo que puede hacerlo, lo que hace que su eficiencia sea mucho mayor, pero también que los viajes sean entretenidos por variados y especialmente agradables al aprovechar zonas de interés, tranquilas y de tráfico amable, permitiendo disfrutar de ellas.

Andar en bici cuesta poco, en todos los sentidos. Alejemos pues la idea de que esto es un reto reservado sólo a iniciados y deportistas. Andar a pie sí que cuesta, al menos esfuerzo y tiempo.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Si quitamos la Semana de la Movilidad Sostenible ¿qué nos queda?

Ya está. Ya hemos conseguido justificarnos ante nuestras poblaciones, con unos cuantos jueguecitos y unas cuantas escenificaciones, y convencerles de que hacemos algo por la movilidad para que sea más sostenible. Nos da un poco igual que se lo crean o no. Había que hacerlo porque es parte de la agenda y había que cumplir el expediente. Unos cochecitos eléctricos por aquí, unos talleres infantiles de pretendida seguridad vial por allá, unos automóviles a pedales, unos talleres, una marcha ciclista, un poco de prensa y a otra cosa mariposa. La Semana de la Movilidad Sostenible se ha convertido en un puro trámite que los ayuntamientos se lo han tomado como un evento más en la cargada agenda municipal y punto.

Pero el año tiene 52 semanas, y en las 51 semanas en las que la movilidad sostenible, el coche compartido, la loa al transporte público y la palmadita al peatón o al ciclista no son obligadas porque no tienen foto, es donde se nota cuál es el talante, la actitud, la actuación y la estrategia respecto a este asunto de devolver las calles a las personas y de desautorizar al automóvil a dominar las mismas. Son esas 51 semanas las que valen. La otra es pura comedia.


Hoy empieza la primera semana después de la Semana de la Movilidad Sostenible. Hoy es el primer día para ponerse en marcha para desmotorizar a la gente, para desmovilizarla, para desincentivar el abuso del coche, para ridiculizar el estilo de vida que nos hace dependientes del mismo, para promover el uso de la bici, para aplaudir a los que se desplazan a pie, a los que comparten coche y a los que utilizan el transporte público, para recordar que las calles son para jugar, para pasear, para ir de compras, para divertirse, para encontrarse, para estar y, en última instancia, para desplazarse. O deberían serlo.

Hoy es el primer día para olvidarse del espectáculo y comenzar con las rutinas, vamos, con la realidad. El primer día para empezar a darle la vuelta a esta tortilla que hemos cocinado, donde hemos convencido a la gente de que se vaya del centro de las poblaciones a sitios a los que sólo puede accederse en coche y que, una vez allí, utilicen el coche para todo, gracias a las "facilidades" que les hemos puesto para ello, con todas las dificultades que ello entraña.

Hoy es el primer día para recordar que nuestros viajes no son tan largos ni tan peligrosos y que muchos de ellos, si no todos, podemos hacerlos en algo que no sea un coche privado. Para demostrar que otra ciudad es posible y que eso pasa por habilitar espacios donde caminar y andar en bici sea cómodo y seguro, para ralentizar la marcha del tráfico, para penalizar aún más el aparcamiento a discreción, para disuadir a la gente de que utilice el coche porque sí, para obligar a justificar su uso.

Tenemos 51 semanas de trabajo diario, de decisiones nimias pero vitales, de acción individual y colectiva y de acción política que van a representar mucho más de lo que podemos sospechar y, desde luego, muchísimo más que lo que hemos conseguido dándonos una vuelta por los chiringuitos que nuestras autoridades nos han montado esta Semana de la Movilidad para aleccionarnos de lo que ellos no quieren hacer y quieren que hagamos nosotros contra esa pesada maquinaria que se empeñan en mantener, montada alrededor del uso del automóvil en entorno urbano.

51 semanas no es demasiado tiempo, pero no está mal para empezar.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Yo me hago peatón

Parece que sólo somos capaces de entender la realidad si la diseccionamos, la compartimentamos y la categorizamos. Y si el resultado de todo eso son grupos enfrentados, entonces nos gusta mucho más. En el terreno viscoso de la movilidad esto se entiende perfectamente. La disociación entre los distintos presuntos colectivos, cuya pertenencia se reduce a la elección del modo de desplazarse que hayan hecho en ese momento sus adeptos, se nos presenta como un conflicto irresoluble por ser pretendidamente irreconciliables las posturas de las distintas facciones.

Así se plantea como imposible y por tanto impensable una relación mínimamente satisfactoria entre automovilistas y ciclistas, entre ciclistas y peatones, entre peatones y automovilistas y, si afinamos un poco más, entre los distintos automovilistas (conductores de coches, motos, buses, furgonetas, taxis, camiones, etc.).

Nos sentimos cómodos reconociendo enemigos y comprobando cómo efectivamente la ciudad ante nuestros ojos es una jungla y la calle es un campo de batalla y los que hemos decidido que son los demás son malos y quieren amenazarnos con sus elecciones y sus afecciones. No podemos soportar un mundo fácil y poco agresivo donde la gente se entienda sin más, porque están dispuestos a avenirse y a convivir, porque no quieren buscarse problemas ni ocasionarlos.

Pero lo que más nos molesta reconocer es que cualquier persona de esos que protagonizan esas escenas de crispación soliviantadas pueden cambiar de bando en distintos momentos y que esos momentos se pueden suceder de una manera mucho más seguida de lo que podemos llegar siquiera a sospechar cuando las vemos tan enzarzadas en sus disputas.


Así el peatón más celoso de su condición y que recrimina a un ciclista que le ha pasado a lo que considera una distancia inaceptable, puede haber sido unos minutos antes un automovilista que no ha tenido esa misma consideración igual con ese mismo ciclista. O un automovilista que no puede soportar que un ciclista no respete un semáforo de regulación de paso peatonal, puede que, una vez aparcado, cruce esa misma calle por un sitio cualquiera o igual por ese mismo paso peatonal con el semáforo en rojo. Lo mismo que ese ciclista al que le molestan los peatones, pero que luego de peatón no tiene cuidado. O viceversa.

Somos contradictorios, multipolares y nos gustan los conflictos más que a los niños las piruletas. Nos gusta estar enfadados con el mundo. No todos ni todos por igual, hay gente que empatiza y que se reconoce y reconoce a los demás es esta especie de locura polifacética, pero parece que todavía son una minoría.

Por eso yo me voy a hacer peatón. Como si no lo hubiera sido toda la vida o como si toda la gente no fuéramos peatones, porque, precisamente, el peatón no es una categoría que se reconozca a sí misma, simplemente porque es una condición natural inherente a la persona. Me voy a hacer peatón y voy a ejercer de peatón porque soy ciclista vocacional y compulsivo, y aunque trato de poner todos los sentidos cuando pedaleo, pero estoy seguro de que no lo acabo de hacer bien.

Me voy a hacer peatón y voy a andar... y voy a tratar de entenderlo y de entenderme. Entenderme cuando no espere en los pasos peatonales regulados por semáforos en esas esperas eternas sin coches a la vista. Entenderme cuando me cruce despistadamente ante cualquier impulso tonto y una bicicleta o un "runner" me atropelle sin querer. Entenderme cuando esté pasando el rato en una plaza y entre un energúmeno al volante infringiéndolo todo y me hierva la sangre pero no vaya a decirle nada. Entenderme cuando un repartidor utilice toda la acera ante la falta de un carga y descarga más a mano y me amenace con una mirada desafiante.

Creo que ser peatón va a ser emocionante. Ya os contaré.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Superhéroes, necesitamos superhéroes

Cuando algo se visualiza como un reto casi inalcanzable, donde existen unas barreras importantísimas, una percepción de peligrosidad extrema y una pusilanimidad generalizada, lo que hace falta para realizarlo es un superhéroe.

Los superhéroes pueden hacer lo que el común de los mortales no puede. Muchas veces porque no lo intenta. Muchas veces porque no se lo cree. Necesitamos más superhéroes, muchos superhéroes. Aunque realmente lo que necesitamos es que cualquiera se convierta en un superhéroe, simplemente porque se crea lo que está haciendo, le ponga mucha energía y un montón de ilusión. Eso hará cambiar las cosas.

Para ejemplo un botón, o, más bien, un montón de estrellas que dentro del programa del mismo nombre, STARS (Sustainable Travel Accreditation and Recognition for Schools), trata de demostrar que se puede ir al cole en bici, aunque sea en una ciudad tan pretendidamente imposible como Madrid. Y lo demuestran con hechos y con mucho gusto, por cierto.

Ole!! Ole!! Ole!! en bici voy al cole... from José Rossi on Vimeo.

Enhorabuena por la iniciativa y que la fuerza acompañe a todo aquella persona que, como ha ocurrido en este colegio madrileño, ya lo hace, se lo ha propuesto o se lo quiere proponer. Es mucho más fácil de lo que parece. Tenemos demasiados monstruos y demasiado bien alimentados, pero ni son tan feroces ni pueden tanto contra la voluntad personal individual.

Tú puedes ser tu propio superhéroe. Y el nuestro. Inténtalo.

lunes, 1 de septiembre de 2014

La Eurobici es como la Eurozona: desigual

Recién aterrizados de la feria de las bicicletas por excelencia, el Eurobike, donde no hay nada novedoso pero que es donde se hacen los negocios de compraventa de bicis y accesorios más importantes del continente, la única constatación que hemos extraído esta vez en nuestra apresurada visita es que ni siquiera en la Europa de las Bicis hay bicis, en la ciudad, salvo en contadas excepciones.

Alguna vez hemos tenido la oportunidad de analizar esta visión, aunque de una manera simplista, diferenciando Norte y Sur y sacando pecho por nuestras conquistas en desplazamientos no motorizados frente a su liderazgo en masa crítica ciclista, pero es que ni siquiera eso es del todo cierto si hacemos excepción de Holanda. Lo demás en la Europa de las Bicis, la Eurobici, son reductos más o menos extensos, más o menos promocionados y por supuesto, siempre extremadamente llanos. Los Münster, Groninga, Copenhagen, Friburgo, Basilea, Munich, Lyon, etc.

Esta vez, además de empacharnos de bicicletas en esa superferia de la industria de las dos ruedas, hemos comprobado que no es así y que no va a serlo en muchos años o quizá nunca, nos pongamos como nos pongamos y que, de hecho, hay casos sangrantes en la supuesta Eurobici donde las bicicletas molestan más que en nuestras siempre entredichas ciudades. Hay que hacer justicia, las cosas no son tan bonitas por ahí arriba. A los hechos me remito.

De "Estrasbici"...

La primera visita, después de dos jornadas en las que acabamos exhaustos de ver bicis en expositores, fue Estrasburgo. Esa preciosa ciudad capital de la Alsacia francesa y sede del Parlamento Europeo bañada por el Rhin, el río que más bicicletas recoge de Europa (muchas más que el Danubio o el Loira). Estrasburgo es la típica ciudad ciclista. Tiene de todo, pero, sobre todo, tiene ciclistas.


Una ciudad que hace recordar mucho a Utrech y de alguna manera también a Amsterdam, con sus canales, sus carriles bici y sus centros históricos plagados de turistas. Estrasburgo es plana y tiene un tamaño abarcable, con un nivel de dispersión urbanística aceptable, lo que la hace perfecta para la bicicleta. Y así lo han entendido sus ciudadanos y muchos visitantes.


Con una población de unos 300.000 habitantes repartidos en 88 km² hacen que las distancias sean óptimas para la bici, cuenta con toda la parafernalia ciclista: una densa red de carriles bici de más de 500 kilómetros, una buena colección de calles con doble sentido ciclista, un parque de bicicletas públicas asombroso (4.400) y algunos servicios punteros, como un parking vigilado de pago en la estación de 450 plazas. Bien.


En Estrasburgo, le han puesto dificultades a los coches, pero han cometido de manera repetida todos los errores más frecuentes en las ciudades donde los ciclistas campan a sus anchas. A saber: permitir o sufrir la invasión constante de aceras y de espacios reservados a los peatones con gran intensidad de tránsito peatonal, hacer infraestructuras deficientes de manera posibilista y dejar mucha chatarra en la calle en forma de bicicletas abandonadas. Ideal para los que sólo quieren bicis, lamentable para todos los demás.

Estrasburgo, la sede del Parlamento Europeo, es un paraíso ciclista.

... a "Stuttcar"

A tan sólo 100 kilómetros lineales de eso que podríamos denominar una ciudad ideal para las bicis está Stuttgart, y Stuttgart es otra cosa. Basta con salir de la estación central, la Hauptbahnhof, para comprobarlo. En la ciudad de los caballos, no hay lugar para las bicis. Sería un insulto en la sede central de Mercedes-Benz y Porsche. En Stuttgart hay coches. Cochazos, más bien.


Coches por todos los lados, coches que rugen desafiantes, coches que avanzan por grandes avenidas y que cruzan la ciudad gracias a túneles y aparcamientos subterráneos disponibles por todos los lados. Bueno, por todos menos por Königstrasse, la gran arteria peatonal que disecciona la ciudad desde la estación ofreciendo un oasis para que los automovilistas disfruten de un espacio para su ocio comercial.


En Stuttgart no hay apenas bicicletas, tan sólo unos pocos locos, como los que puede haber en Santander, por poner un ejemplo cercano y fresco. Unos cuantos ciclistas deportivos, otros tantos ciclopaseantes que aprovechan los circuitos que han habilitado en el flamante pasillo verde que rodea la estación, flanqueado, eso sí, por estupendas autopistas urbanas. Y eso que han hecho algunos de los deberes: poner unos cuantos carriles bici, unas cuantos permisos excepcionales, unos cuantos aparcabicis y unas flamantes bicis públicas pagadas por la compañía de trenes, la Deutsche Bahn.


En Stuttgart los peatones están denigrados fuera de estos exiguos límites. Cruzar una de estas grandes avenidas a pie se convierte en un ejercicio de paciencia o bien en una aventura. En Stuttgart, en esa Alemania donde la gente respeta los pasos peatonales, la gente cruza esas autopistas por donde puede, transgrediendo la ley. Practican el "jaywalking". Insólito. Y habilitan pasos dando continuidad a las calles transversales. Como jabalíes en el campo.


Stuttgart, la sede de la Daimler y de Porsche es un paraíso automovilista. Ah, y está llena de colinas.

Una realidad bipolar

Esas dos ciudades, esos dos modelos de movilidad, la que propone el golpe de pedal y la que fomenta el golpe de acelerador, son sólo dos ejemplos triviales de las distintas velocidades que en lo que a movilidad toca están presentes y representadas en esta Europa que no tiene empacho en mirar a otra parte cuando le interesa. En un sitio le ponen dificultades al coche y en otro, al lado, le dan alas.

Simplemente para que no nos creamos que ellos son los buenos y nosotros una partida de cafres incompetentes. Nada más lejos de la realidad. Aquí todavía tenemos la mejor proporción de desplazamientos peatonales de Europa y esa no es una tercera vía, ese es el camino ideal.

sábado, 23 de agosto de 2014

Estrategas de la bicicleta

Regresamos satisfechos de un par de jornadas intensas en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander, donde ha tenido lugar un curso monográfico sobre la bicicleta que bajo el título Vías para ciclistas ¿realidad o ficción? Ha servido para poner sobre la palestra, una vez más, la situación de la bicicleta desde diferentes perspectivas y para debatir y cuestionar algunos aspectos que rodean a un desarrollo que tiene distintos niveles, distintas velocidades y distintas particularidades dependiendo del escenario en el que está teniendo lugar.

Lo que ha quedado claro, después de dos jornadas donde el debate y el diálogo han sido tan ricos o más que muchas ponencias, es que la bicicleta está madurando en nuestro entorno y se está consolidando como una opción de movilidad y que está empezando a superar esa adolescencia alocada y calenturienta y empieza a tener un poso interesante. Empieza.

Hemos pasado ya los tiempos de las actuaciones puntuales, de las oportunidades de oro, de las bicis públicas del IDAE, de la emoción después de años de reivindicaciones sin eco, de la tontuna. Ahora que hay algunas cosas hechas, más mal que bien, pero que se pueden ver y se pueden explicar, toca hacer evaluación y sentar las bases para que el desarrollo de la opción ciclista se consolide en nuestras ciudades y en las conexiones entre ellas. En esas ciudades en las que algunos de sus responsables creen que han hecho la tarea porque han sembrado unos cuantos carriles bici, unos cuantos aparcabicis o unas cuantas bicis públicas.


La necesidad de una Estrategia de la Bicicleta

Ha llegado el momento de hacer una Estrategia de la Bicicleta, con mayúsculas. Un plan común que marque objetivos a medio y largo plazo y que aborde los distintos campos en los que la bicicleta tiene que representar una herramienta que contribuya a hacer que nuestro entorno sea más amable, más agradable, más sensato y más divertido.

Una Estrategia que dibuje un mapa y que incardine a la bicicleta en las distintas áreas de actuación en las que debe ser tenida en cuenta y debe sumar. Una Estrategia inteligente e interesante, deseable pero alcanzable, ambiciosa pero lógica. Una Estrategia incluyente y participada.

Debemos ser capaces, todos los que trabajamos por que la bicicleta tenga oportunidades, de sumar fuerzas y apoyar la elaboración de un marco común de actuación, que persiga unas líneas y trate de alcanzar unos objetivos y que, sobre todo, coordine y aproveche los esfuerzos puntuales para que no queden aislados y generen sinergias y para que los asuntos relacionados con el desarrollo de la bicicleta como medio de transporte superen estúpidos apropiamientos, oportunismos, atribuciones y protagonismos tontos.

Hemos de ser conscientes de que no hay un único modelo de movilidad ciclista y que lo que hace falta, ahora que la crisis a azotado la lógica imperante en las últimas décadas, es tratar de tener un consenso que mire más allá de localismos, púlpitos y celos y que defina qué es lo que tiene que pasar en los próximos años para que la bicicleta consolide una tendencia que ya es una realidad y que trabaje desde los distintos ámbitos afectados para conseguirlo.



Terrenos de juego múltiples y simultáneos

Necesitamos para ello superar diferencias y protagonismos tontos y contar con todos los que se quieran sumar y que puedan aportar: desde usuarios a fabricantes, desde funcionarios a profesionales, desde políticos a técnicos, desde comerciantes a periodistas, desde planificadores a trabajadores, desde jóvenes a mayores. Esto va más allá de un simple organismo (sin despreciar la importancia de los organismos), debería ser casi un movimiento. Y no debería ser compulsivo, ni convulsivo. O más bien sí, pero siempre teniendo en cuenta unos principios y sin perder el norte. 

Debería ser más bien un juego donde deberían jugar muchos participantes y que tuviera lugar de manera natural en los distintos terrenos en los que la bicicleta pinta y debe pintar mucho más: en la escuela, en la consulta médica, en la mesa de la cocina, en el comedor, en la cafetería, en la calle, en el despacho, en el Parlamento, en el pleno del ayuntamiento, en la judicatura, en la prensa, en una conversación... en cualquier parte y promovida por cualquiera, sin permiso.

No es un asunto simple, desde luego, pero eso no debe desilusionarnos.

martes, 29 de julio de 2014

Carta de una bicicleta a un coche

Estimado amigo,
Permíteme que hoy te escriba sobre las cosas que hace tiempo quiero hablarte. No sé si habrás notado que contigo estoy molesta, pero lo cierto es que se me hace difícil nuestra convivencia. Por ejemplo, nunca he comprendido porque cuando voy por la calle me pitas para que me aparte, alegando que ocupo demasiado. Yo, por más que me miro, me parece que estoy delgadita y que si alguien ocupa demasiado espacio como para adelantarme eres precisamente tú… Con toda esa carcasa que te rodea no me extraña que no puedas pasar por ninguna parte…

Ilustración: Ricard Efa (http://gmbtz.blogspot.com.es/)
Y además, todo sea dicho, eres un patoso… ¡Por favor! ¡Nunca he visto a nadie tan patoso como tú! Siempre en línea recta,  como si no hubieran cosas para hacer en una ciudad… Pregúntale sino al peatón, el rey de la ciudad. Fíjate en él: ahora adelante, ahora gira a la derecha a hablar con un conocido, ahora hace un paso atrás para leer un cartel, después giro de 180 grados para mirar un escaparate…Hay tantas cosas a hacer en una ciudad, tantos estímulos a los que responder, que tú con tu aparatosidad pareces un elefante entrando en una cristalería.
Sólo debes verte cuando decides parar (aparcar, en tu caso), el gran espectáculo que tienes que hacer cada vez: te dejamos grandes espacios para que estaciones (ya sea en la calle o en enormes agujeros subterráneos especialmente construidos para ti), pero aún con la grandiosidad de éstos a ti te parecen pequeños. Y para meterte en ellos te vas moviendo como un pato hacia adelante y hacia detrás hasta que consigues encajonarte…
Detesto tu soberbia cuando aparcas sobre la acera, aunque sólo sea para poco rato. El privilegio de ir de puerta a puerta sólo lo tiene el rey -el peatón- y yo, la reina -la bicicleta (te recuerdo que soy la reina desde que las ciudades se hicieron demasiado grandes como para ir a todas partes a pie). Tú no puedes ir de puerta a puerta: tú cuando llegas allá donde quieres, debes primero buscar un aparcamiento. Apuntarte al privilegio de peatones y bicicletas resulta no sólo acaparador, sino a su vez usurpador de nuestros espacios… Pero, ¡mira por dónde!, gracias a las aceras y a los carriles bici siempre te parece que hay un espacio suplementario esperándote para que cuando vayas a hacer una gestión puedas aparcar justo delante.
Y todo esto todavía sería poco si no nos impusieras tus reglas del juego. ¿Qué me dices de las calles de sentido único? ¡Los peatones no se plantean que las calles tengan ningún sentido! Fíjate, sino, en las calles para peatones: ¿puedes adivinar algún orden o concierto en sus itinerarios? Pues, de manera similar nos sucede a las bicicletas. Pero tú, con tu torpeza y necesidad de moverte en línea recta, impones a todas las calles estrechas (y no tan estrechas) un único sentido de circulación, obligándonos a las bicicletas a que juguemos tu juego y enfadándote si nos ves pasar por tu lado en contra sentido… pero ¿en contra de qué sentido? Será de tu sentido, del sentido que os habéis inventado los aparatosos, pero no en contra del sentido común de la ciudad. Los sentidos de circulación son un juego que resulta ajeno al espacio urbano, dónde el rey y la reina siempre seguimos la lógica del camino más corto.
¿¿¿Y el juego de los semáforos??? ¡¡¡Esta sí que es buena!!! ¿Te imaginas una zona para peatones con semáforos para que peatones y ciclistas se pararan todos detrás de una línea?  Los peatones y las bicicletas nos regulamos solos y nuestros cruces suceden espontáneamente. Es a velocidades más grandes cuando hay que regular los cruces con stops, ceda el paso y semáforos, derivándose que correr exige tener que parar después y, por lo tanto, perder buena parte del tiempo ganado. O hasta me atrevería a decir que mientras se está parado ante un semáforo en rojo se pierde más tiempo del que se ha supuestamente  ganado mientras se corría, cosa que explicaría el porqué las bicicletas llegamos antes que vosotros cuando nos saltamos los semáforos. Por lo tanto, ¿qué sentido tiene correr por dentro de una ciudad? ¿Qué sentido tiene que lleves un motor que te permite ir a 50 km/h pero que no te ahorra tiempo? ¿Qué sentido tiene que todo el mundo se pare ante unos semáforos puestos inicialmente para que tú pudieras correr por la ciudad, si no ahorras tiempo a nadie y no eres el primero en llegar a los sitios?  ¿Qué demonios hacemos todos plantados ante unas lucecitas rojas?
Ahora bien, ¿sabes que es lo peor de todo? Es el hecho de que la ciudad viva en una burbuja llena de sentimiento de peligro por riesgo de accidentes, de ruido, humo y con falta de espacio para el disfrute de las personas. Y aunque me dijeras que a veces sí que ahorras un poco de tiempo y que cualquier pequeña ganancia de tiempo lo justifica todo en esta sociedad, entonces te diría que si tanto valoras los minutos y los segundos computaras también el tiempo que podríamos ahorrarnos en una ciudad segura donde los niños jugaran solos en las calles sin necesidad de apuntarlos a extra escolares o buscarles canguros (dinero que se traducen en tiempo de trabajo), sin necesidad de acompañarlos cada día a la escuela, sin necesidad de tanta farmacia y tanto médico por problemas respiratorios, etc.
Amigo mío, ¿te has planteado alguna vez salir de tu carcasa y vivir la ciudad desde fuera de tu trinchera? Quizás te sorprendería descubrir que todo aquello que vives como obstáculos a diestro y siniestro, elementos móviles que nunca se sabe en qué dirección se moverán, son personas que se saludan y que reconocen en los otros posibles amigos o conocidos. Pero tú, en los otros, sobre todo reconoces molestos obstáculos que no te dejan correr, y en vez de dedicarles un hola amistoso, les regalas una bocanada de humos y el rugir de tu motor a cuatro palmos de la cara…¡Muy bonito!
Ya ves, amigo mío, que no acabo de entender tus supuestos atractivos… porque si después de todo esto que te he dicho yo viera que fueras saludable, o fuente de calma y tranquilidad, todavía te podría entender. Pero, contrariamente, a menudo te veo enfadado, nervioso y desprendiendo agresividad. ¿Qué gracia o beneficio tienes, pues? Cuando te anuncias en la televisión siempre apareces corriendo en medio de desiertos, mares, montañas, en horizontes muy amplios y lejanos… nada que estorbe tu libertad, ¡que tanto pregonas sin cesar! Pero, ¿no has visto que tu cotidianidad es muy diferente? Rodeado de pisos y casas, por calles que a tí te resultan estrechas, parado absurdamente ante una luz roja o atrapado en medio de un atasco provocado por tus mismos semejantes… Verdaderamente, sólo tienes razón de ser en tu soledad, como en los anuncios… porque si todos los coches decidierais salir a la vez ¡no podríais ni moveros de la puerta del garaje!
En cambio, déjame que te diga que las bicicletas podemos salir todas juntas a la vez porque no atascaríamos nada. No dependemos de lo que hagan las otras para poder circular. No dependemos de parar en una gasolinera y pagar por un combustible para poder avanzar. No quedamos fácilmente atrapadas ante un pequeño obstáculo porque lo podemos esquivar. Y avanzando adelante, arriba y abajo, sentimos el corazón latir y el viento pasar. ¿No es todo esto más parecido a la libertad?
Pero antes de despedirme, déjame confesarte que los dos tenemos un gran cosa en común. ¿Sabes cuál es? Pues que los dos creamos adicción… Aquél quién nos conoce queda fácilmente atrapado en nuestros encantos y ya no sabe cómo desprenderse de nosotros… porque tanto existe quién hasta el pan va a comprar en coche, como quién lo hace en bicicleta… Una vez se nos conoce, ¡a todos les gustamos! Por lo tanto, no dudes que yo te pediré ayuda cuando esté enferma, cuando tenga que cargar objetos pesados, cuando quiera ir lejos donde no llegan ni el tren ni el autobús… Pero, para el resto de desplazamientos, ¿qué te parece si tú empiezas a usarme? Ya lo verás, sólo tienes que probarlo unas pocas veces y ya estarás enganchado… Es cuestión de dejar de lado aquello siempre conocido y probar algo nuevo… ¡Y ya verás que rápido te BICIarás!
Un abrazo,
Tu bicicleta.
Màrius Navazo trabaja en planificación urbana y ordenación del territorio. Forma parte de Gea21 (www.gea21.com).
Este post recogido de La Ciudad Viva es una versión mejorada y corregida del artículo original: NAVAZO, M (2007)Carta d’una bicicleta a un cotxe,  Revista Mobilitat Sostenible i Segura nº 41, Associació per a la Promoció del Transport Públic.

viernes, 11 de julio de 2014

Pon un OVNI en tu vida

Si estás cansado de soportar y ejercer la violencia vial, si ya no aguantas más viajar encerrado en un vehículo blindado, si no puedes con el aire viciado, el aliento de tu vecino en el transporte colectivo o con el olor corporal de algunas personas por la mañana o en tu camino de vuelta a casa, es que necesitas poner un OVNI en tu vida.

Otro Vehículo No Intimidador

Un OVNI te dará la oportunidad de disfrutar de tus viajes cotidianos y también de los extraordinarios, un OVNI te hará sentirte libre, sin ataduras, ligero, como si volaras. Pero lo que va a conseguir tu OVNI sobre todo es que aportes, con tu forma de desplazarte, un granito más para conseguir que tu ciudad, tu pueblo, tu barrio, tu calle, tu entorno sea un poco más agradable, más amable, más divertido, más limpio.


Tú y todos esos extraterroristas que habéis decidido desplazaros a pedales lo vais a conseguir y nadie os lo va a agradecer, nadie más que vosotros mismos, comprobando cómo vuestras vidas a bordo de vuestras naves espaciales vuelven a ser divertidas, intensas, infantiles, emocionantes y, por que no, un poco arriesgadas y excéntricas. No te importe que te miren raro, como si fueras un alienígena, la mayor parte de las veces no va a ser producto más que de su envidia.

Pon un OVNI en tu vida y deja el moterrorismo, si puedes. Sí, puedes.

miércoles, 9 de julio de 2014

Una cuestión de detalle

Hay cosas sutiles, decisiones puntuales, presuntas nimiedades que marcan el ritmo de los cambios o consiguen el efecto contrario. Son pequeñeces que escapan al conocimiento y al entendimiento del vulgo pero que definen la política dándole un cariz progresista o un matiz conservador. En prensa resultan igual de efectistas y para el público ignorante son equivalentes, pero a las élites no se les escapan estas cuestiones porque suponen un antes y un después y marcan rumbos o consolidan la inmovilidad más recalcitrante.

Un ejemplo lo tenemos en las calles 30. Para el común de los mortales una calle 30 es una calle en la que la velocidad está limitada a un máximo de 30 kms/hora y nada más. Si hablamos de equidad a la hora de gestionar las opciones de movilidad es una buena medida dentro de un montón. Bien y punto.


Pues no. Mírate tú por dónde, no es lo mismo una calle con la velocidad simplemente limitada a 30 por unos discos que informan de ello en las embocaduras, que una calle dentro de una zona 30. ¿Pijoterío? Nada de eso. He aquí la diferencia.

Una Zona 30, según la DGT, es un área urbana conformada por “vías de estar”, que corresponden a entornos urbanos más amables y tranquilos en los que los ciudadanos desarrollan sus actividades sin la presión del tráfico y cuya velocidad máxima de circulación es de 30 Km/h, a las que se accede desde vías más dedicadas a la distribución del tráfico rodado, “vías de pasar”.

Las zonas 30 deben de caracterizarse por tener un tráfico básicamente de destino, es decir, que garanticen el acceso a viviendas y actividades terciarias en ellas, pero en ningún caso, soportar tráfico de paso. Una zona 30 debe presentar una visión homogénea de los diferentes elementos que la conforman. Lo recomendable es realizar una intervención completa introduciendo las modificaciones urbanísticas necesarias para todas las vías contenidas en la zona.


Una calle con una señal de 30 kms/hora es, solamente, una calle que cuenta con una limitación de velocidad. No tiene un tratamiento de promoción peatonal, no busca la mal llamada "prioridad invertida" según la cual hay una "discriminación positiva" (otro eufemismo nefasto) hacia los más frágiles, es decir, hacia los no motorizados, empezando por los peatones. No hay un tratamiento socializador de la calle, no hay una búsqueda del calmado del tráfico. Hay una mera señal que limita la velocidad máxima de circulación. Nada más.


Así pues, no se trata de ninguna sutileza sino de un concepto de calle, de zona, de ciudad en definitiva, orientada hacia el tráfico (y cuando decimos tráfico, nos estamos refiriendo al tráfico motorizado) o una calle, una zona, una ciudad orientada a las personas, como lugar de encuentro, como espacio social y socializador. No es un detalle. Bien es cierto que a los conformistas, a esos a los que les vale con cualquier cosa, un disco con un 30 dentro les parece estupendo, como uno azul con una bici dentro. Pero en estas nimiedades es donde está la enjundia de las cosas bien hechas o los apaños para salir del paso.

De hecho, no debe ser tan tonto el asunto cuando un Ayuntamiento tan retraído para desincentivar el uso y recortar los derechos del coche como el de Pamplona ha reculado y ha reconvertido las zonas 30 de nuestra ciudad en meras calles con velocidad limitada a 30. Por algo será.


Para la próxima fechoría de este estilo, recomendamos modificar también las señales de salida de la zona 30 porque si no la gente se ve envuelta en confusiones tontas y viajes astrales raros.

Saludos cordiales.

lunes, 7 de julio de 2014

Lo anterior, lo siguiente y el más allá del ciclismo urbano

A fuerza de cometer errores garrafales de una manera preocupantemente reincidente en esto de tratar de reintroducir la bicicleta en el medio urbano, muchos han llegado a creer que se han conquistado bastiones hasta hace unos años inexpugnables para los pedaleantes. Nos hemos aburrido de criticar de manera repetida y casi hasta la extenuación todas las chapuzas de las que hemos sido testigos y nos hemos hastiado de recordar las terribles consecuencias que han tenido a lo largo de estos años, sobre todo en forma de accidentes con víctimas inocentes y confiadas, pero parece que no ha servido para nada o para casi nada.

Es cierto que sólo ve el que puede ver, pero no es menos cierto que sólo puede ver el que quiere y hay todavía demasiada gente mirando a otra parte a nuestro alrededor mientras cada vez más personas apuestan por la bicicleta y se aventuran a pedalear por nuestras ciudades y pueblos de una manera más o menos inconsciente. Y esto es grave, porque el número de accidentes ciclistas crecen preocupantemente. Quizá no lo hagan de manera exponencial, ni siquiera en muchos casos será proporcional, pero todavía se siguen repitiendo los mismos sucesos, porque no se hace nada para remediarlo y esto nos tiene que hacer reflexionar y actuar, para cambiar este orden de cosas y procurar unas ciudades más amables con las bicicletas.

Pero todavía hay demasiada gente pensando que lo siguiente, lo que tiene que venir son los tan ansiados carriles bici, en red, cuanto más tupida mejor y cuanto más segregados mejor, y esto es un mito que hay que cambiar, porque ha demostrado que por sí sólo no consigue más que incrementar el número de ciclistas y su percepción de seguridad, pero no reduce la peligrosidad de los itinerarios cicilistas y, lo que es peor, no reduce la accidentalidad de los pedaleantes ni la gravedad de los accidentes.

Hay que mirar más allá, hay que salirse del torrente y ver la riada desde fuera, para darnos cuenta de que las infraestructuras por sí mismas no hacen gran cosa y menos si no cumplen unos requisitos mínimos de seguridad en su construcción, como es el caso de la inmensa mayoría de las que nos rodean.


Lo que de verdad retrae a la gente de andar en bicicleta en nuestras ciudades no es la ausencia de carriles bici ni la posible prohibición de la circulación de los biciclos por las aceras. No. Lo que de verdad echa para atrás a la gente que quiere desplazarse en bicicleta en sus itinerarios urbanos es ver y comprobar cómo la ciudad está dominada por el tráfico motorizado y cómo nadie quiere cuestionar esta tiranía. Eso y que la incidencia de los robos de bicicletas cada vez es mayor (no hay más que ver cuántos candados se venden hoy en día comparados con los de hace tan sólo 5 años).

Esto es lo que nadie parece querer reconocer y nadie parece querer ver en serio. O muy pocos, demasiado pocos. No habrá ciclismo urbano si no nos lo tomamos tan en serio como el automovilismo urbano o como el transporte público urbano, con la diferencia de que el presupuesto proporcional es astronómicamente más pequeño. Y no lo habrá porque hasta entonces el tema de la bicicleta en la ciudad para nuestros responsables no será más que un juego con el que hacer un poco de propaganda y lavarse la cara ante sus conciudadanos.

Bicis en la escuela, bicis en la educación secundaria y superior, bicis en el trabajo, policías en bici, funcionarios en bici, directivos en bici, señoras y señoritas en bici, y niños, muchos niños, bicis para ir de compras, bicis para salir por ahí a dar una vuelta, programas para introducir la bicicleta en todos esos ámbitos, buenos aparcamientos para todos esos menesteres y un buen montón de publicidad del rollito ciclista y, para el que quiera, una colección de bicicletas públicas que no sean demasiadas ni demasiado aparatosas y ya veréis la diferencia.

Entonces si queréis hablamos de carriles bici, de avenidas bici, de autopistas bici y de lo que se os antoje. Hasta entonces, y mientras no pongamos en cuestión el ordenamiento orientado al automovilismo nos vemos en las páginas de sucesos o en las fotos de los anuncios de un mundo mejor.

Un abrazo y feliz navidad.

miércoles, 2 de julio de 2014

¿Culpabilidad o seguridad?

Creo que vamos a seguir necesitando expresarnos en espacios como este hasta que seamos capaces de ir construyendo un mundo que garantice la seguridad de las personas en sus desplazamientos independientemente del medio de locomoción que utilicen. Y, por desgracia, parece que vamos a necesitar bastante tiempo y buenas dosis de paciencia y de comprensión para lograrlo.

Comprensión de que no bastan infraestructuras y leyes. Comprensión de que esto no se hace sin respeto a las personas por encima de derechos y obligaciones. Comprensión de que la prevención y la empatía deben conformar el eje central del trabajo y de que eso no se hace sin educación, sin civismo.

Pongamos un caso bien conocido por los que estamos atentos a los accidentes ciclistas y preocupados por sus consecuencias y su creciente incidencia: un ciclista es arrollado por un vehículo motorizado al tratar de cruzar, montado, un paso de peatones. El resultado: el ciclista se lleva la peor parte y, en muchos casos, además es culpable del incidente.


¿Cuál es la reacción habitual ante este tipo de sucesos? Normalmente, después de superar el morbo propio de cualquier acontecimiento violento y de conocer el alcance de los daños personales, determinar la culpabilidad (a veces incluso antes de preocuparnos por las víctimas). A continuación lo más frecuente suele ser emitir un juicio gratuito, generalizando y ejemplarizando. Como si la legalidad fuera suficiente para justificar o resolver el asunto.

La pregunta es ¿es más importante conocer o determinar la culpabilidad de estos sucesos o tratar de prevenirlos y evitarlos, priorizando en la integridad de las personas? ¿Una perogrullada? Ya. Pero el problema es que en la mayoría de los casos estamos más ocupados en tratar de dilucidar la culpabilidad, normalmente atendiendo a una ley que puede ser tan absurda como para proteger a los que se abalanzan sin ningún tipo de prevención y se ponen en riesgo de una manera más o menos inconsciente, que a tratar de resolver el problema y buscar la reducción de las víctimas, por más derechos que les asistan.

Mientras sigamos siendo tan estúpidos como para pensar que la seguridad de los ciclistas depende del miedo, de una infraestructura más o menos miserable o de la ley y la vigilancia de su cumplimiento, seguiremos consolidando una situación que cada vez se hace más grave y seguiremos evitando solucionarla, atajando las causas principales que la provocan, a saber: la predominancia insoportable del tráfico motorizado en nuestras calles, la falta de respeto que garantice una convivencia amable y, sobre todo, la insensatez de muchos a la hora de garantizar su propia integridad.

Hasta entonces seguiremos presenciando estos incidentes en los que seguirán cayendo víctimas, víctimas propiciatorias, donde el beneficiado es sin duda el tráfico motorizado segregado. Y lo seguiremos haciendo de una manera cada vez más indolente, con la indolencia que provoca el acostumbramiento a este tipo de sucesos.