No es una recomendación para el consumo navideño. O quizás sí. Qué más da. Un libro es siempre una buena idea. Más en estos tiempos en los que la palabra impresa ha caído tan bajo. Leer educa. Leer tranquiliza y alimenta el alma y el entendimiento. O los agita. Leer acompaña, reconcilia, hace recapacitar o despierta ilusiones e inquietudes y concita emociones. Leer libros impresos además es agradable al tacto. Mucho más que esos malditos e-books, fríos e insulsos. El papel es cálido y agradable.
Me he decantado por estos tres libros porque me parece que conjugan muy bien, para los tiempos que corren.
La Revolución Silenciosa es un compendio de visiones y referencias del estado de la cosa ciclista en las ciudades, muy bien armado por uno de los periodistas del ciclismo urbano más activos de los últimos años, Dani Cabezas, más conocido por su labor a bordo de Ciclosfera, esa edición gratuita que es una referencia obligada en la dignificación de la bicicleta como medio de locomoción, una revista que desaparece de las tiendas como las chocolatinas de la puerta de un colegio. La Revolución Silenciosa es un libro que se lee sin querer y que transmite la emoción, las preocupaciones, las esperanzas y el compromiso de su autor de una manera ágil y tranquila. Es como si te dieras un paseo en bici con él por esas calles tranquilas de Madrid o de cualquier otra ciudad, y te lo fuera contando. Y te pararas a echar un café o una cervecita y siguieras conversando.
El Manual Ilustrado de Ciclismo Urbano del Gato Peráltez es una obra de arte y debería ser un libro obligatorio en las bibliotecas de colegios e institutos y en las estanterías de las casas que se precien de hacer de la bici una opción de movilidad. Juanítez (Juan García Alberdi) es un cicloactivista comprometido de la nueva hornada de defensores de la bicicleta (éste es de En Bici por Madrid), armados de argumentos, de serenidad, de talante, de elegancia, que han cambiado la dialéctica de la reivindicación y del reduccionismo por los contenidos y la educación ciclocivilizada. El manual aborda, en clave didáctica con toques de humor, los diferentes aspectos que conciernen y afectan al uso de la bicicleta. Sin tratar de aleccionar, sino procurando invitar a su práctica, de manera consciente y respetuosa.
¿Qué es el Humor? es obra de esa pandilla de historietistas que forman Orgullo y Satisfacción y no es más que una colección de 100 ensayos en clave satírica en los que tratan de definir en una viñeta lo que es para ellos el cocido que les alimenta. Un componente esencial para abordar la realidad, sobre todo si ésta no es idílica, que no lo suele ser. Un ingrediente vital para tratar de relativizar o darle la vuelta a las cosas y procurar entenderlas de otra manera, que siempre es posible. Una herramienta mental imprescindible para tratar de abordar los problemas, los disgustos, los desencuentros y los retos que nos propone la vida y que, muchas veces, nos vienen mal dados. No te lo leas del tirón.
Entre los tres reúnen los componentes imprescindibles para hacer que la vida funcione un poco mejor, con la bicicleta formando parte de la ensalada urbana con fundamento, enjundia y un poco de picante, que lo hace más divertido y le da un gusto especial.
Es verdad que hay poca gente que lee libros y aún menos que se los compra. A veces cuesta pensar cómo sobreviven las librerías. En eso también puedes ser diferente.
Y recuerda, que si te cansas de poseer los libros que un día compraste, los puedes regalar o vender a una tienda como ésta, Iruña Re-Read, cuyas dueñas son además ciclistas convencidas.
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lunes, 26 de diciembre de 2016
viernes, 13 de noviembre de 2015
Pamplona ¿comienzo de la era de la desmotorización?
Hace ya más de 4 meses de que se había prendido la fumata blanca en el Ayuntamiento de Pamplona, pero hasta el día de hoy no habíamos tenido pruebas de que el nuevo cuerpo político, que con el concurso de distintas formaciones había sido constituido, hubiera hecho mucho más que declaraciones de buenas intenciones. Hoy se han consumado las primeras decisiones ejecutivas y, para empezar, no parece que aquejen pusilanimidad o falta de determinación.
Pamplona, su ayuntamiento, liderado por su alcalde, ha decidido volver la mirada hacia el peatón, protagonista indiscutible de la vida pública, para darle un papel preponderante también en la movilidad y ha empezado por el principio, es decir, por el centro de la ciudad. Muchos dirán que esto no es nada, que el centro ya estaba peatonalizado, que eso lo había conseguido el gobierno anterior o el anterior, todos del mismo color conservador, pero lo cierto es que la peatonalización implementada en Pamplona era un ejemplo clarísimo de peatonalización en falso, porque dicha condición se infringía sistemáticamente.
Ahora parece que la cosa va en serio, es decir, mediando denuncias (vía cámaras de control de matrículas) a aquellas personas que al volante de sus automóviles invadan las zonas peatonalizadas infringiendo las condiciones que se establezcan. Habrá que ver el detalle de esta macroactuación, pero sus líneas maestras apuntan bien. Mejorar las zonas presuntamente peatonalizadas, ampliar la mancha peatonal hacia otras zonas colindantes y habilitar corredores peatonales de calidad y conectivos, preservando algunos derechos de paso al transporte público y haciendo algunas concesiones a los vecinos residentes.
Sin lugar a dudas son buenas noticias que apuntan cambios cualitativos en el centro de la ciudad, aunque quedan muchos flecos por definir y ajustar, porque ninguna ciudad acaba en su almendra central, por más simbólica que esta sea. Habrá tiempo de hablar de las grandes avenidas, que de momento parece que se mantienen como autopistas urbanas, de permeabilizar los barrios para garantizar su accesibilidad en bicicleta, hoy en día prácticamente imposible si no se utilizan esas grandes avenidas, de soluciones de aparcamiento seguro o de buscar y mejorar las conexiones con el resto de la Comarca, porque Pamplona es una ciudad con una corona metropolitana densa, que forma un continuo urbano indisociable.
Pamplona, su ayuntamiento, liderado por su alcalde, ha decidido volver la mirada hacia el peatón, protagonista indiscutible de la vida pública, para darle un papel preponderante también en la movilidad y ha empezado por el principio, es decir, por el centro de la ciudad. Muchos dirán que esto no es nada, que el centro ya estaba peatonalizado, que eso lo había conseguido el gobierno anterior o el anterior, todos del mismo color conservador, pero lo cierto es que la peatonalización implementada en Pamplona era un ejemplo clarísimo de peatonalización en falso, porque dicha condición se infringía sistemáticamente.
Ahora parece que la cosa va en serio, es decir, mediando denuncias (vía cámaras de control de matrículas) a aquellas personas que al volante de sus automóviles invadan las zonas peatonalizadas infringiendo las condiciones que se establezcan. Habrá que ver el detalle de esta macroactuación, pero sus líneas maestras apuntan bien. Mejorar las zonas presuntamente peatonalizadas, ampliar la mancha peatonal hacia otras zonas colindantes y habilitar corredores peatonales de calidad y conectivos, preservando algunos derechos de paso al transporte público y haciendo algunas concesiones a los vecinos residentes.
"El objetivo de estas modificaciones es impulsar un nuevo modelo de ciudad que priorice al peatón, apostar por un modelo urbanístico que prime la habitabilidad, la sostenibilidad y el equilibrio entre espacios y usos, y poner en valor el centro de la ciudad como lugar de encuentro y convivencia, referencia comercial y seña de identidad de Pamplona.
Además, se quiere fomentar la movilidad sostenible, con el uso del transporte público, la bicicleta y otros medios de transporte alternativos de baja contaminación."Esa es la declaración de guerra que han presentado al unísono el alcalde de Pamplona, Joseba Asiron, el concejal delegado de Seguridad Ciudadana y Convivencia, Aritz Romeo, el concejal delegado de Ecología Urbana y Movilidad, Armando Cuenca, y el inspector del Grupo Tecnológico de la Policía Municipal de Pamplona,Jesús Estanga, los más altos mandos de la cuestión de la movilidad en esta ciudad. Eso acompañado de la potenciación de la Calle Mayor como eje vertebrador del Casco Viejo, con la reconversión de dos inmuebles municipales en centros sociales y culturales, anunciada ayer mismo por el concejal delegado de Ciudad Habitable, Joxe Abaurrea.
Sin lugar a dudas son buenas noticias que apuntan cambios cualitativos en el centro de la ciudad, aunque quedan muchos flecos por definir y ajustar, porque ninguna ciudad acaba en su almendra central, por más simbólica que esta sea. Habrá tiempo de hablar de las grandes avenidas, que de momento parece que se mantienen como autopistas urbanas, de permeabilizar los barrios para garantizar su accesibilidad en bicicleta, hoy en día prácticamente imposible si no se utilizan esas grandes avenidas, de soluciones de aparcamiento seguro o de buscar y mejorar las conexiones con el resto de la Comarca, porque Pamplona es una ciudad con una corona metropolitana densa, que forma un continuo urbano indisociable.
Pero había que empezar por algo, había que dar un golpe de mano y, por el momento, eso es lo que escenifican estas primeras actuaciones propuestas. Enhorabuena pues al nuevo equipo de gobierno municipal.
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lunes, 28 de septiembre de 2015
¿De lo sostenible a lo deseable?
Cuando tratamos el tema de la habitabilidad de las ciudades, hablamos normalmente utilizando eufemismos como sostenibilidad para enmascarar cuestiones más profundos y menos aceptables por las mayorías pasivas tales como ecología, responsabilidad social o daños colaterales de un sistema que esa misma mayoría ha aceptado como incuestionable. Pura conveniencia.
El ordenamiento urbano actual y el modelo de vida que lleva aparejado para la mayoría de la gente son insustituibles. La dispersión urbanística, la deslocalización de las actividades, la utilización masiva del coche, la cesión del espacio público en las ciudades para la circulación y el aparcamiento de automóviles, la subvención a los combustibles, a la construcción y mantenimiento del viario, a la compra de automóviles nuevos son sólo consecuencias de ello.
Eso por no mencionar los costes asociados a este modelo de vida que nos hace sedentarios, consumidores compulsivos, insolidarios y contaminadores extraordinarios. No es de buen gusto recordar las consecuencias sanitarias que asume la sociedad que soporta este modelo, tanto en enfermedades (diabetes, problemas cardiovasculares, problemas respiratorios, stress, cáncer...) como en costes asociados a accidentes (muertes, discapacidades permanentes, tratamientos y rehabilitaciones, daños en infraestructuras urbanas, seguros...).
Este modelo es insostenible. Lo sabemos. La calidad del aire de nuestras ciudades no es soportable, la calidad de la convivencia en nuestras calles tampoco. Sin embargo nadie es lo suficiente valiente para proponer un modelo nuevo. Los más atrevidos, como mucho, plantean medidas que sirven como parches o como acciones llamativas que generan interés y que impactan, pero nadie tiene un verdadero plan de cambiar de modelo, porque todos piensan que el modelo no se puede cambiar (o no se tiene que cambiar).
Por eso se sigue prefiriendo la sostenibilidad a la ecología, porque resulta más suave, más llevadera, más adecuada y menos implicadora. También porque es menos comprometida y eso permite ganar adeptos más fácilmente.
Cuando hablamos de movilidad esto es mucho más patente. Para empezar porque hablamos de movilidad como una cosa aceptada cuando realmente la movilidad es una enfermedad más de este modelo insano que hemos asumido. Tener que movernos para todo es lo que hemos dado por sentado. Porque no hemos sido capaces de conservar la cercanía, la proximidad, esa que nos abastecía y resolvía nuestras necesidades básicas en un entorno inmediato que se abarcaba normalmente andando. Y tampoco parece que seamos capaces de recuperarla, porque nadie lo plantea.
Nos hemos cargado en buena medida el comercio de barrio, los centros educativos de proximidad, incluso hemos alejado los centros de ocio y las oficinas de los núcleos urbanos a polígonos en el extrarradio a los que sólo se puede llegar en coche de una manera juiciosa porque han sido pensados para ello. Y compramos en internet cosas que venden o vendían los comercios en nuestro barrio (o en el de al lado).
¿Cómo vamos a cuestionar movimientos tan recientes? ¿Cómo vamos ahora a convencer a la gente de que deje los suburbios (muchos de ellos lujosos y soportando hipotecas fabulosas) para volverse al centro? Pero, mucho más que eso, ¿quién va a ser el valiente que proponga algo que eche por tierra todo un orden y una lógica tan poderosa como la que sustentó esa centrifugación, esa deslocalización, esa globalización? ¿O es que alguien en su sano juicio va a ponerse a cuestionar la especulación inmobiliaria y financiera, el automovilismo intensivo o el consumo compulsivo como garantes de la bonanza económica y valedores del bienestar y del progreso sociales y personales?
Nadie. Los pocos que están consiguiendo algo en otra dirección lo están haciendo aprovechando resquicios, despistes o concesiones de estos grupos todopoderosos y son conscientes de que, cuando se pongan nerviosos y les den el alto, tendrán que dejar de hacerlo y reverenciarlos sumisamente. La industria petrolera y del automóvil, el sector inmobiliario y el financiero, la lógica de explotar las poblaciones pobres en favor de los ricos siguen ostentando el poder y siguen inculcando el miedo a cambiar de modelo. Y tienen mucho poder y son capaces de dar mucho miedo porque también dominan los medios de comunicación, incluido internet.
Por eso es tan difícil proponer alternativas reales. Es más fácil mirar a otra parte o hacer algo para cubrir el expediente o para calmar conciencias poco exigentes. Un parque, un carril bici o unas bombillas led pueden ser suficientes.
Sin embargo y pese a todo eso, cada vez más gente empieza a cuestionarse este modelo y empieza a atisbar que otra forma de vivir es posible y empiezan a trabajar en hacerla posible. Es lo deseable. Lo que nos gustaría que fuese la ciudad, el barrio, la calle.
El ordenamiento urbano actual y el modelo de vida que lleva aparejado para la mayoría de la gente son insustituibles. La dispersión urbanística, la deslocalización de las actividades, la utilización masiva del coche, la cesión del espacio público en las ciudades para la circulación y el aparcamiento de automóviles, la subvención a los combustibles, a la construcción y mantenimiento del viario, a la compra de automóviles nuevos son sólo consecuencias de ello.
Eso por no mencionar los costes asociados a este modelo de vida que nos hace sedentarios, consumidores compulsivos, insolidarios y contaminadores extraordinarios. No es de buen gusto recordar las consecuencias sanitarias que asume la sociedad que soporta este modelo, tanto en enfermedades (diabetes, problemas cardiovasculares, problemas respiratorios, stress, cáncer...) como en costes asociados a accidentes (muertes, discapacidades permanentes, tratamientos y rehabilitaciones, daños en infraestructuras urbanas, seguros...).
Este modelo es insostenible. Lo sabemos. La calidad del aire de nuestras ciudades no es soportable, la calidad de la convivencia en nuestras calles tampoco. Sin embargo nadie es lo suficiente valiente para proponer un modelo nuevo. Los más atrevidos, como mucho, plantean medidas que sirven como parches o como acciones llamativas que generan interés y que impactan, pero nadie tiene un verdadero plan de cambiar de modelo, porque todos piensan que el modelo no se puede cambiar (o no se tiene que cambiar).
Por eso se sigue prefiriendo la sostenibilidad a la ecología, porque resulta más suave, más llevadera, más adecuada y menos implicadora. También porque es menos comprometida y eso permite ganar adeptos más fácilmente.
Cuando hablamos de movilidad esto es mucho más patente. Para empezar porque hablamos de movilidad como una cosa aceptada cuando realmente la movilidad es una enfermedad más de este modelo insano que hemos asumido. Tener que movernos para todo es lo que hemos dado por sentado. Porque no hemos sido capaces de conservar la cercanía, la proximidad, esa que nos abastecía y resolvía nuestras necesidades básicas en un entorno inmediato que se abarcaba normalmente andando. Y tampoco parece que seamos capaces de recuperarla, porque nadie lo plantea.
Nos hemos cargado en buena medida el comercio de barrio, los centros educativos de proximidad, incluso hemos alejado los centros de ocio y las oficinas de los núcleos urbanos a polígonos en el extrarradio a los que sólo se puede llegar en coche de una manera juiciosa porque han sido pensados para ello. Y compramos en internet cosas que venden o vendían los comercios en nuestro barrio (o en el de al lado).
¿Cómo vamos a cuestionar movimientos tan recientes? ¿Cómo vamos ahora a convencer a la gente de que deje los suburbios (muchos de ellos lujosos y soportando hipotecas fabulosas) para volverse al centro? Pero, mucho más que eso, ¿quién va a ser el valiente que proponga algo que eche por tierra todo un orden y una lógica tan poderosa como la que sustentó esa centrifugación, esa deslocalización, esa globalización? ¿O es que alguien en su sano juicio va a ponerse a cuestionar la especulación inmobiliaria y financiera, el automovilismo intensivo o el consumo compulsivo como garantes de la bonanza económica y valedores del bienestar y del progreso sociales y personales?
Nadie. Los pocos que están consiguiendo algo en otra dirección lo están haciendo aprovechando resquicios, despistes o concesiones de estos grupos todopoderosos y son conscientes de que, cuando se pongan nerviosos y les den el alto, tendrán que dejar de hacerlo y reverenciarlos sumisamente. La industria petrolera y del automóvil, el sector inmobiliario y el financiero, la lógica de explotar las poblaciones pobres en favor de los ricos siguen ostentando el poder y siguen inculcando el miedo a cambiar de modelo. Y tienen mucho poder y son capaces de dar mucho miedo porque también dominan los medios de comunicación, incluido internet.
Por eso es tan difícil proponer alternativas reales. Es más fácil mirar a otra parte o hacer algo para cubrir el expediente o para calmar conciencias poco exigentes. Un parque, un carril bici o unas bombillas led pueden ser suficientes.
Sin embargo y pese a todo eso, cada vez más gente empieza a cuestionarse este modelo y empieza a atisbar que otra forma de vivir es posible y empiezan a trabajar en hacerla posible. Es lo deseable. Lo que nos gustaría que fuese la ciudad, el barrio, la calle.
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lunes, 15 de junio de 2015
El cambio que viene... a pedales
Hemos visto que los resultados de las elecciones municipales en muchas de las principales ciudades de nuestro mapa ha significado un cambio radical de color en muchos ayuntamientos y eso, en ciudades con largas trayectorias monocromas, se agradece. Más cuando, para constituirse, han requerido de un proceso de entendimiento entre diferentes fuerzas porque se han acabado las apisonadoras de las mayorías absolutas y eso ha obligado a los candidatos a buscar puntos de encuentro que acercaran propuestas programáticas y voluntades comunes.
Da gusto ver gente nueva en los ayuntamientos. Gente ilusionada con que esta realidad, por más cruel y dramática que se presente, se puede cambiar y también con vocación de ostentar menos y trabajar más y más cerca de la ciudadanía que la generación anterior de políticos que, gracias a la alternancia y a la abulia de casi todos los partidos minoritarios, se habían apoltronado, acostumbrados a repetir las mismas caras y ocupados más en atender su continuidad en las listas cerradas de sus siglas que en lo que realmente deberían ocuparse, que es a gestionar la cosa pública de acuerdo a las demandas ciudadanas.
Esa nueva hornada de políticos, muchos de ellos veteranos y curtidos en batallas sociales, ya le están dando un aire nuevo a la cosa pública, al menos a nivel municipal. Ya se ven los primeros destellos de esas nuevas maneras en las bajadas de sueldos o en la forma de desplazarse a sus obligaciones. Alcaldes y parlamentarios que se desplazan en bicicleta o en transporte público, rompen con una generación de políticos dependientes de sus coches oficiales para hacer cualquier desplazamiento, incluso urbano.
Como guiño vale, pero los guiños nunca son suficientes, lo que vale es la mirada, la perspectiva y las actitudes valientes mantenidas en el tiempo. De ahí manarán las actuaciones definidas y decididas que busquen cambiar de escenario, que asuman riesgos, que planteen nuevos retos y que trabajen por conseguirlos. Porque lo fácil es la pose, regalarse unas declaraciones para la galería y hacer posibilismo con etiqueta renovadora.
Ahora es el momento de ser exigentes con los que dicen que pueden cambiar las cosas, ahora es el momento de no conformarse con que el político de turno haga declaraciones con una bicicleta y una sonrisa, ahora es el momento de demandar apuestas atrevidas que vayan más allá de habilitar algún pasillito más para bicis o para buses o de tener un tranvía o buses de mayor capacidad. Si no es a costa de poner en aprietos al coche esto se puede quedar en unas cuantas cosas simpáticas y poco más.
No nos quedemos en las formas, por favor.
Da gusto ver gente nueva en los ayuntamientos. Gente ilusionada con que esta realidad, por más cruel y dramática que se presente, se puede cambiar y también con vocación de ostentar menos y trabajar más y más cerca de la ciudadanía que la generación anterior de políticos que, gracias a la alternancia y a la abulia de casi todos los partidos minoritarios, se habían apoltronado, acostumbrados a repetir las mismas caras y ocupados más en atender su continuidad en las listas cerradas de sus siglas que en lo que realmente deberían ocuparse, que es a gestionar la cosa pública de acuerdo a las demandas ciudadanas.
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| La alcaldesa de Madrid en bicicleta (Foto: Sergio Pérez) |
Esa nueva hornada de políticos, muchos de ellos veteranos y curtidos en batallas sociales, ya le están dando un aire nuevo a la cosa pública, al menos a nivel municipal. Ya se ven los primeros destellos de esas nuevas maneras en las bajadas de sueldos o en la forma de desplazarse a sus obligaciones. Alcaldes y parlamentarios que se desplazan en bicicleta o en transporte público, rompen con una generación de políticos dependientes de sus coches oficiales para hacer cualquier desplazamiento, incluso urbano.
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| El alcalde de Valencia en bicicleta - Foto: Miguel Lorenzo |
Como guiño vale, pero los guiños nunca son suficientes, lo que vale es la mirada, la perspectiva y las actitudes valientes mantenidas en el tiempo. De ahí manarán las actuaciones definidas y decididas que busquen cambiar de escenario, que asuman riesgos, que planteen nuevos retos y que trabajen por conseguirlos. Porque lo fácil es la pose, regalarse unas declaraciones para la galería y hacer posibilismo con etiqueta renovadora.
Ahora es el momento de ser exigentes con los que dicen que pueden cambiar las cosas, ahora es el momento de no conformarse con que el político de turno haga declaraciones con una bicicleta y una sonrisa, ahora es el momento de demandar apuestas atrevidas que vayan más allá de habilitar algún pasillito más para bicis o para buses o de tener un tranvía o buses de mayor capacidad. Si no es a costa de poner en aprietos al coche esto se puede quedar en unas cuantas cosas simpáticas y poco más.
No nos quedemos en las formas, por favor.
lunes, 16 de febrero de 2015
Elecciones que cambian la vida
Estamos inmersos en la vorágine preelectoral, ese proceso que ocupa prácticamente una cuarta parte de la vida política, algo que sólo puede darse en ese mundo ficticio, porque a nadie se le ocurriría hacer ese tipo de paréntesis en la vida real. Paréntesis que dura casi un año y donde toda la actividad de nuestros políticos se reduce a hacer buenos propósitos y a venderlos a la población que tiene que comprarlos a cambio de un voto que es un crédito para cuatro años. A eso, y a desacreditar a los demás.
Ahora nos va a tocar escuchar toda esa colección de buenos deseos, de propuestas de cambio y vamos a creer que todo esto va a depender, otra vez, mucho más de esa clase, la política, de lo que en muchos casos es la realidad. Es decir, que, aunque es innegable la necesidad de delegar la representación en unos cuantos elegidos para que lleven las riendas del aparato del estado y para que tomen las decisiones relevantes en los aspectos colectivos, ¿no es cierto que a veces, muchas veces, los cambios que afectan a nuestras vidas dependen más de nosotros mismos que de los responsables de regir nuestras instituciones y de decidir con qué normas se organizará nuestra sociedad? Entonces ¿por qué descargamos tanta responsabilidad en ellos y tan poca en nosotros mismos?
De decisiones tan aparentemente nimias como elegir de qué manera nos vamos a mover va a depender, en buena parte, nuestro estado físico y anímico, nuestra economía y una de nuestras aportaciones a la ecología urbana. La elección de pedalear o de caminar, en la medida de nuestras posibilidades, puede cambiar nuestra manera de vivir de una manera mucho más decisiva de lo que sospechamos.
Sí, estamos entrando en periodo de elecciones y hay muchas esperanzas puestas en los cambios que pueden suceder a las mismas, pero no tratemos de descargar toda la responsabilidad de los cambios que pueden afectar a nuestras vidas en los políticos, porque estaremos perdiendo la oportunidad de hacer cambios personales que pueden ser tan decisivos o más que los que necesitamos en nuestra sociedad y en nuestras instituciones.
Así pues, caminemos y pedaleemos, rodemos. Cuanto más mejor y cuantos más mejor. Mejor para todos y mejor para cada uno. Así de simple. Para ese tipo de elecciones, por suerte, no necesitamos del concurso de los políticos.
Ahora nos va a tocar escuchar toda esa colección de buenos deseos, de propuestas de cambio y vamos a creer que todo esto va a depender, otra vez, mucho más de esa clase, la política, de lo que en muchos casos es la realidad. Es decir, que, aunque es innegable la necesidad de delegar la representación en unos cuantos elegidos para que lleven las riendas del aparato del estado y para que tomen las decisiones relevantes en los aspectos colectivos, ¿no es cierto que a veces, muchas veces, los cambios que afectan a nuestras vidas dependen más de nosotros mismos que de los responsables de regir nuestras instituciones y de decidir con qué normas se organizará nuestra sociedad? Entonces ¿por qué descargamos tanta responsabilidad en ellos y tan poca en nosotros mismos?
De decisiones tan aparentemente nimias como elegir de qué manera nos vamos a mover va a depender, en buena parte, nuestro estado físico y anímico, nuestra economía y una de nuestras aportaciones a la ecología urbana. La elección de pedalear o de caminar, en la medida de nuestras posibilidades, puede cambiar nuestra manera de vivir de una manera mucho más decisiva de lo que sospechamos.
Sí, estamos entrando en periodo de elecciones y hay muchas esperanzas puestas en los cambios que pueden suceder a las mismas, pero no tratemos de descargar toda la responsabilidad de los cambios que pueden afectar a nuestras vidas en los políticos, porque estaremos perdiendo la oportunidad de hacer cambios personales que pueden ser tan decisivos o más que los que necesitamos en nuestra sociedad y en nuestras instituciones.
Así pues, caminemos y pedaleemos, rodemos. Cuanto más mejor y cuantos más mejor. Mejor para todos y mejor para cada uno. Así de simple. Para ese tipo de elecciones, por suerte, no necesitamos del concurso de los políticos.
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viernes, 6 de febrero de 2015
El ciclista, el "flow" y las reglas de los coches
Parece que, cuando se cuestionan las normas, se levantan ampollas y el solo hecho de mencionar una cierta rebeldía se interpreta como una apología de la temeridad y de la falta de respeto y una justificación del incivismo. Cuidado. Cuidado con confundir respeto con legalidad y cuidado con asociar norma vigente (u orden establecido) con seguridad y ejemplaridad.
Vivimos en unas ciudades y en unas calles que se han decidido acondicionar al uso prioritario de los coches, relegando cualquier otro uso a un segundo plano. En esas estructuras viales formidables que hemos adaptado para que los coches y sólo los coches funcionen, los demás tienen que vérselas y deseárselas para circular, estar, jugar, pasear o lo que quiera hacerse en ese espacio público.
Es por eso que, cuando tratamos de interpretar cómo debemos los ciclistas actuar o comportarnos en ese medio, necesitemos explicar demasiado y demasiadas veces las mismas cosas. Porque lo de "respetar las normas" se queda corto cuando lo que se trata de explicar es cómo debe hacer un ciclista para circular seguro en medio del tráfico, cómo debe posicionarse en incorporaciones, rotondas y ramales, qué debe hacer para afrontar con garantías un cruce desde una vía segregada o, el colmo, cómo debe actuar si lo que trata de hacer es aprovechar un paso peatonal.
Nos ponemos nerviosos con la sola mención de la insumisión a la ley porque consideramos que bastante denostados estamos los ciclistas como colectivo como para, encima, tratar de aconsejar que se relativicen algunas normas que son tan rígidas como lo requieren los coches. Los semáforos son el ejemplo más sangrante de ordenamiento sólo en clave automovilística.
Sin embargo algunos inconscientes seguimos y seguiremos recomendando prácticas ilegales como interpretar los semáforos de regulación peatonal como meros pasos de peatones, hacer de las incorporaciones hacia la derecha meros cedas el paso o utilizar con respeto los pasos peatonales para hacer más seguros algunos giros, por ejemplo.
¿Por qué? Porque son seguras y porque la bicicleta necesita fluir. El "flow" que diría un rapero es la clave de la eficiencia de la bicicleta. Un ciclista no puede estar parando y arrancando continuamente como lo hacen los coches porque requiere demasiado esfuerzo físico y pierde su esencia y su eficacia. Es por eso que las ciudades cuadriculadas y con semáforos prácticamente en cada cruce de calles son especialmente malas para las bicis. Barcelona a la cabeza.
Muchos interpretarán esta actitud como egoísta, "ciclocéntrica", chulesca o simplemente incívica y provocadora, pero lo harán porque dan por sentado que infringir o relativizar una norma significa incumplir todas y que eso sólo sirve para alentar a los energúmenos y dar cobertura a cualquier desmán a bordo de una bicicleta.
No. Deberíamos poner el respeto por encima de la ley y recurrir a la ley sólo ante una falta clara de respeto. En todos y cada uno de los casos. Porque, de lo contrario, estaremos maximizando y sacralizando normas que, muchas veces, han sido formuladas para recoger los intereses y las exigencias y para garantizar la seguridad vial de tan sólo unos cuantos ciudadanos.
Las bicis no son coches y las normas de circulación y la regulación del tráfico están fundamentalmente concebidas para los coches o para el concurso eficiente de los coches. Tampoco son peatones, hermanos menores del tráfico, sometidos a las condiciones de los motorizados. Si no entendemos esto no estaremos siendo justos y ecuánimes en el tratamiento de estos vehículos humanos que son las bicicletas.
Por cierto, algunas de estas "ilegalidades" a las que nos referimos ya están permitidas en algunos países lejanos como Francia, por ejemplo. Imaginaros que eso ha ocurrido así sólo porque ellos son mucho más civilizados que nosotros, no porque hay un historial de muchos años de ciclistas infringiendo cortésmente esas normas.
Vivimos en unas ciudades y en unas calles que se han decidido acondicionar al uso prioritario de los coches, relegando cualquier otro uso a un segundo plano. En esas estructuras viales formidables que hemos adaptado para que los coches y sólo los coches funcionen, los demás tienen que vérselas y deseárselas para circular, estar, jugar, pasear o lo que quiera hacerse en ese espacio público.
Es por eso que, cuando tratamos de interpretar cómo debemos los ciclistas actuar o comportarnos en ese medio, necesitemos explicar demasiado y demasiadas veces las mismas cosas. Porque lo de "respetar las normas" se queda corto cuando lo que se trata de explicar es cómo debe hacer un ciclista para circular seguro en medio del tráfico, cómo debe posicionarse en incorporaciones, rotondas y ramales, qué debe hacer para afrontar con garantías un cruce desde una vía segregada o, el colmo, cómo debe actuar si lo que trata de hacer es aprovechar un paso peatonal.
Nos ponemos nerviosos con la sola mención de la insumisión a la ley porque consideramos que bastante denostados estamos los ciclistas como colectivo como para, encima, tratar de aconsejar que se relativicen algunas normas que son tan rígidas como lo requieren los coches. Los semáforos son el ejemplo más sangrante de ordenamiento sólo en clave automovilística.
Sin embargo algunos inconscientes seguimos y seguiremos recomendando prácticas ilegales como interpretar los semáforos de regulación peatonal como meros pasos de peatones, hacer de las incorporaciones hacia la derecha meros cedas el paso o utilizar con respeto los pasos peatonales para hacer más seguros algunos giros, por ejemplo.
¿Por qué? Porque son seguras y porque la bicicleta necesita fluir. El "flow" que diría un rapero es la clave de la eficiencia de la bicicleta. Un ciclista no puede estar parando y arrancando continuamente como lo hacen los coches porque requiere demasiado esfuerzo físico y pierde su esencia y su eficacia. Es por eso que las ciudades cuadriculadas y con semáforos prácticamente en cada cruce de calles son especialmente malas para las bicis. Barcelona a la cabeza.
Muchos interpretarán esta actitud como egoísta, "ciclocéntrica", chulesca o simplemente incívica y provocadora, pero lo harán porque dan por sentado que infringir o relativizar una norma significa incumplir todas y que eso sólo sirve para alentar a los energúmenos y dar cobertura a cualquier desmán a bordo de una bicicleta.
No. Deberíamos poner el respeto por encima de la ley y recurrir a la ley sólo ante una falta clara de respeto. En todos y cada uno de los casos. Porque, de lo contrario, estaremos maximizando y sacralizando normas que, muchas veces, han sido formuladas para recoger los intereses y las exigencias y para garantizar la seguridad vial de tan sólo unos cuantos ciudadanos.
Las bicis no son coches y las normas de circulación y la regulación del tráfico están fundamentalmente concebidas para los coches o para el concurso eficiente de los coches. Tampoco son peatones, hermanos menores del tráfico, sometidos a las condiciones de los motorizados. Si no entendemos esto no estaremos siendo justos y ecuánimes en el tratamiento de estos vehículos humanos que son las bicicletas.
Por cierto, algunas de estas "ilegalidades" a las que nos referimos ya están permitidas en algunos países lejanos como Francia, por ejemplo. Imaginaros que eso ha ocurrido así sólo porque ellos son mucho más civilizados que nosotros, no porque hay un historial de muchos años de ciclistas infringiendo cortésmente esas normas.
domingo, 1 de febrero de 2015
La insumisión, ciclistas, es el primer paso hacia la revolución urbana
La rebeldía, el inconformismo, la transgresión de las leyes que nos discriminan, que nos ponen en peligro, que nos despotencian, que hacen que nuestra opción de movilidad se vea cercenada y reducida a una colección de situaciones descabelladas, de refugios ficticios, de desencuentros con peatones, con automovilistas, con otros ciclistas y hasta con nosotros mismos al sentirnos estúpidos tratando de seguir unas indicaciones absurdas... parece que es el único camino lógico, aunque no resulte sensato decirlo.
Y parece que es el camino que muchos a nuestro alrededor han decidido tomar, para desánimo de los que creen que el orden establecido es el único orden posible y que dejar las cosas como están es la única manera de que todo funcione.
Pues no, queridísimos conservacionistas de la tiranía del automóvil, vuestro orden no es el del resto, vuestras reglas no nos valen a los ciclistas, ni a los peatones, ni a los niños que quieren jugar, ni a la gente que quiere disfrutar de la calle libremente y con seguridad. Y no sólo no nos valen y por eso tantas y tantas veces no las seguimos, adrede, sino que no nos vamos a conformar y vamos a seguir transgrediéndolas y vamos a fomentar que se haga, hasta que consigamos que se cambien.
No hay otra forma de darle la vuelta a esto. Porque ya lo hemos intentado por la vía de la obediencia, de la paciencia, de la esperanza y hasta de la súplica, pero no ha funcionado. Siempre os las componéis, los "autoinmovilistas" para devolver las aguas a su cauce y velar por que los coches sigan siendo los dominadores de las calles y de las carreteras.
Con prudencia, con prevención, con instinto de conservación pero con determinación, con descaro y con elegancia, sigamos infringiendo esa ley que no nos recoge, que no nos incluye, que no nos comprende y que no nos ayuda a andar más seguros y a entendernos con los demás.
Hasta que la ley del tráfico, la ley de la tiranía del automóvil, la ley de la ocupación de la calle por los más fuertes, la ley de la velocidad y el peso siga vigente y nos someta, lo único que nos queda es la insumisión. Asumiremos las consecuencias de saltarnos algunos semáforos, de aprovecharnos de algunos pasos peatonales, de atajar por diagonales, de hacer algún contrasentido, de no llevar casco y de ocupar más espacio del que se presupone que tenemos asignado.
No hay otra si queremos que esto cambie, que se produzca una verdadera revolución urbana, una revolución en la forma de entender el espacio público, una revolución que busque el bien común. la igualdad de oportunidades, la accesibilidad universal y la democratización de la calle y de la sociedad en general.
Y parece que es el camino que muchos a nuestro alrededor han decidido tomar, para desánimo de los que creen que el orden establecido es el único orden posible y que dejar las cosas como están es la única manera de que todo funcione.
Pues no, queridísimos conservacionistas de la tiranía del automóvil, vuestro orden no es el del resto, vuestras reglas no nos valen a los ciclistas, ni a los peatones, ni a los niños que quieren jugar, ni a la gente que quiere disfrutar de la calle libremente y con seguridad. Y no sólo no nos valen y por eso tantas y tantas veces no las seguimos, adrede, sino que no nos vamos a conformar y vamos a seguir transgrediéndolas y vamos a fomentar que se haga, hasta que consigamos que se cambien.
No hay otra forma de darle la vuelta a esto. Porque ya lo hemos intentado por la vía de la obediencia, de la paciencia, de la esperanza y hasta de la súplica, pero no ha funcionado. Siempre os las componéis, los "autoinmovilistas" para devolver las aguas a su cauce y velar por que los coches sigan siendo los dominadores de las calles y de las carreteras.
Con prudencia, con prevención, con instinto de conservación pero con determinación, con descaro y con elegancia, sigamos infringiendo esa ley que no nos recoge, que no nos incluye, que no nos comprende y que no nos ayuda a andar más seguros y a entendernos con los demás.
Hasta que la ley del tráfico, la ley de la tiranía del automóvil, la ley de la ocupación de la calle por los más fuertes, la ley de la velocidad y el peso siga vigente y nos someta, lo único que nos queda es la insumisión. Asumiremos las consecuencias de saltarnos algunos semáforos, de aprovecharnos de algunos pasos peatonales, de atajar por diagonales, de hacer algún contrasentido, de no llevar casco y de ocupar más espacio del que se presupone que tenemos asignado.
No hay otra si queremos que esto cambie, que se produzca una verdadera revolución urbana, una revolución en la forma de entender el espacio público, una revolución que busque el bien común. la igualdad de oportunidades, la accesibilidad universal y la democratización de la calle y de la sociedad en general.
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miércoles, 21 de enero de 2015
El todo y las partes
Todos somos parciales. Nadie se escapa a lo de ver la cosa desde su punto de vista, desde su condición, desde su perspectiva. Miramos desde nuestro lado del prisma, sin tener conciencia de que es un prisma y de que no sólo tiene varias caras sino que distorsiona nuestra forma de ver las cosas. Muchas veces esto se interpreta como un mero problema de empatía, de comprensión de las situaciones y de las intenciones de los demás. Pero eso también es hacer reduccionismo de alguna manera.
El escenario donde ocurren las cosas en la ciudad es la calle, lugar de encuentro y desencuentro, y en su faceta más cruel, el tráfico, es donde el problema del "faccionamiento" se agudiza de una manera más palpable.
Somos lo que conducimos, actuamos de acuerdo con nuestra elección de desplazamiento. Punto. No vemos más allá de la discriminación de los pasos peatonales y de la intimidación de los vehículos cuando caminamos, no vemos más allá de la marginación de la bicicleta como vehículo y de la falta de respeto generalizado para con los ciclistas cuando pedaleamos y, en fin, no vemos más que colapsos, semaforizaciones mal coordinadas, listos demasiado listos o torpes demasiado torpes cuando viajamos en un automóvil, cuanto más grande peor.
Pero el problema no es una cuestión de entendimiento, o no sólo es una cuestión de entendimiento, es algo que viene producido más por una falta de concepción de la ciudad como un sistema complejo o como un ecosistema. Aquí es donde la cosa presenta unas lagunas grandes y donde la gente exhibe una ignorancia tremenda y un atrevimiento proporcional a la misma, sobre todo a la hora de interpretar no ya el estado de la cosa urbana sino las posibles soluciones, y no digamos cuando se trata de proponer escenarios deseables. Aquí nadie sale de su miopía interesada.
Y no es culpa de la gente, de las personas, de lo aberrantes que nos hemos hecho de pura alienación asumida, no. Es un problema de cinismo demagógico por parte de los encargados de organizar este cotarro en el que se han convertido nuestras ciudades y más concretamente esa especie de campo de batalla en el que se han convertido nuestras calles.
Los poderes y los poderosos han estado y están muy interesados en mantener este orden de cosas, donde hemos asumido que debemos conculcar nuestro derecho a disfrutar de las calles para convertirlas en espacios de circulación al servicio de un coche que ha permitido la suburbanización de las ciudades, la zonificación de las actividades y la consecuente necesidad de moverse para todo.
Haber renunciado a las calles, haber conculcado el derecho a su disfrute, haber secuestrado a nuestros pequeños y a nuestros mayores, habernos hipermotorizado e hipermovilizado tiene un precio que va más allá de los meros problemas de seguridad vial, contaminación o congestión del tráfico. El verdadero precio de esta tremenda "operación automobiliaria" es que hemos perdido la perspectiva de lo que deberían ser nuestras calles, nuestros barrios y nuestras ciudades y hemos capitulado porque nos hemos creído que el progreso, el bienestar, la sostenibilidad económica y la felicidad consistía precisamente en eso.
Tenemos que trabajar por devolver a nuestros familiares y allegados, a nuestros vecinos, a nuestros ciudadanos, a la gente la inquietud y la conciencia por recuperar las calles para las personas. No es algo urgente, es simplemente importante, necesario, imprescindible por eso hay que hacerlo sin prisa y con ganas, con serenidad y con tesón, con convicción y con firmeza.
Nos vemos en la calle.
El escenario donde ocurren las cosas en la ciudad es la calle, lugar de encuentro y desencuentro, y en su faceta más cruel, el tráfico, es donde el problema del "faccionamiento" se agudiza de una manera más palpable.
Somos lo que conducimos, actuamos de acuerdo con nuestra elección de desplazamiento. Punto. No vemos más allá de la discriminación de los pasos peatonales y de la intimidación de los vehículos cuando caminamos, no vemos más allá de la marginación de la bicicleta como vehículo y de la falta de respeto generalizado para con los ciclistas cuando pedaleamos y, en fin, no vemos más que colapsos, semaforizaciones mal coordinadas, listos demasiado listos o torpes demasiado torpes cuando viajamos en un automóvil, cuanto más grande peor.
Pero el problema no es una cuestión de entendimiento, o no sólo es una cuestión de entendimiento, es algo que viene producido más por una falta de concepción de la ciudad como un sistema complejo o como un ecosistema. Aquí es donde la cosa presenta unas lagunas grandes y donde la gente exhibe una ignorancia tremenda y un atrevimiento proporcional a la misma, sobre todo a la hora de interpretar no ya el estado de la cosa urbana sino las posibles soluciones, y no digamos cuando se trata de proponer escenarios deseables. Aquí nadie sale de su miopía interesada.
Y no es culpa de la gente, de las personas, de lo aberrantes que nos hemos hecho de pura alienación asumida, no. Es un problema de cinismo demagógico por parte de los encargados de organizar este cotarro en el que se han convertido nuestras ciudades y más concretamente esa especie de campo de batalla en el que se han convertido nuestras calles.
Los poderes y los poderosos han estado y están muy interesados en mantener este orden de cosas, donde hemos asumido que debemos conculcar nuestro derecho a disfrutar de las calles para convertirlas en espacios de circulación al servicio de un coche que ha permitido la suburbanización de las ciudades, la zonificación de las actividades y la consecuente necesidad de moverse para todo.
Haber renunciado a las calles, haber conculcado el derecho a su disfrute, haber secuestrado a nuestros pequeños y a nuestros mayores, habernos hipermotorizado e hipermovilizado tiene un precio que va más allá de los meros problemas de seguridad vial, contaminación o congestión del tráfico. El verdadero precio de esta tremenda "operación automobiliaria" es que hemos perdido la perspectiva de lo que deberían ser nuestras calles, nuestros barrios y nuestras ciudades y hemos capitulado porque nos hemos creído que el progreso, el bienestar, la sostenibilidad económica y la felicidad consistía precisamente en eso.
Tenemos que trabajar por devolver a nuestros familiares y allegados, a nuestros vecinos, a nuestros ciudadanos, a la gente la inquietud y la conciencia por recuperar las calles para las personas. No es algo urgente, es simplemente importante, necesario, imprescindible por eso hay que hacerlo sin prisa y con ganas, con serenidad y con tesón, con convicción y con firmeza.
Nos vemos en la calle.
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viernes, 2 de enero de 2015
No me da la gana
No me da la gana de creerme eso de que la bicicleta es la hermana menor de la movilidad.
No me da la gana de tener que entender y seguir unas normas de tráfico que no están pensadas más que para coches.
No me da la gana de tragar con la basura que se está vendiendo como infraestructuras y facilidades para ciclistas.
No me da la gana de asumir que parte del precio de utilizar la bicicleta en la ciudad es que tengan que robarte una de vez en cuando.
No me da la gana de renunciar a las ventajas que me aporta la bicicleta por tratar de seguir un orden que ha pensado gente que nunca ha utilizado una bici ni la utilizará.
No me da la gana de resignarme a ser un invitado entre coches y peatones y tener que estar dando explicaciones todo el día.
No me da la gana de estar callado esperando a que esto cambie.
No me da la gana de tener que entender y seguir unas normas de tráfico que no están pensadas más que para coches.
No me da la gana de tragar con la basura que se está vendiendo como infraestructuras y facilidades para ciclistas.
No me da la gana de renunciar a las ventajas que me aporta la bicicleta por tratar de seguir un orden que ha pensado gente que nunca ha utilizado una bici ni la utilizará.
No me da la gana de resignarme a ser un invitado entre coches y peatones y tener que estar dando explicaciones todo el día.
No me da la gana de estar callado esperando a que esto cambie.
lunes, 15 de diciembre de 2014
¿Por qué volvemos a hablar de bicicletas?
Se aprecia un interés renovado por las bicicletas en las últimas semanas. Parece que queremos retomar el tema, siempre caliente y siempre discutido, de devolver las bicis a su espacio natural, la calzada. Parece que nos preocupa su seguridad. Parece que queremos dotar a nuestras ciudades de aparcamientos suficientes y suficientemente dotados, para bicicletas claro. Parece que nos preocupa el incremento en la incidencia de los robos de estos vehículos y montamos dispositivos y grupos de investigación al respecto. Parece que los medios de comunicación se quieren hacer eco de todo esto de una manera aparentemente ecuánime. Algo pasa.
Perdón por la desconfianza pero, cuando llevamos tantos años dándonos con la puerta en las narices al reivindicar los derechos de los ciclistas y la conveniencia de promocionar este medio de transporte, no es de extrañar que mostremos un cierto recelo ante semejante interés. Nos cuesta creer que las bicicletas sean bienvenidas así porque sí. Nos cuesta creer que los mismos que las han ninguneado durante tantos años ahora se interesen por ellas. Nos cuesta. Y mucho.
Por eso cuando participamos en los foros a los que nos convocan seguimos estando un poco tensos. Nos tenéis que perdonar pero no lo podemos evitar. No podemos evitar que algo nos huela raro después de todo este tiempo.
¿A qué se debe ese interés inusitado, esas prisas por demostrar una preocupación por los ciclistas? ¿Por qué ahora? ¿Qué ha cambiado? ¿Qué objetivos se persiguen con ello? ¿Obedece a alguna estrategia que desconozcamos?
Esperemos que no responda sólo al ánimo de escenificar un impulso que cumpla el expediente ante los medios y sus audiencias, pero nos va a costar ver otra cosa precisamente porque nos encontramos en todo ese proceso preelectoral que ya nos ha acostumbrado a presenciar este tipo de farsas tan obscenas como fingidas.
Veremos en qué quedan todos estos movimientos. Mientras tanto, no hay que desaprovechar ninguna oportunidad y puede ser el momento de capitalizar esta atención para proponer nuevos retos que midan el interés y seguir demostrando, sobre nuestras bicis, que nuestra opción va más allá de oportunismos y requiere más atención que unos cuantos artículos en prensa, algunas declaraciones voluntaristas o unas cuantas convocatorias autocomplacientes.
Porque seguimos echando en falta un tratamiento serio de la bicicleta como vehículo de pleno derecho y, por qué no, con algunos privilegios dado lo que aporta a la construcción de una ciudad amable y vivible, volveremos a hablar de bicicletas las veces que sea necesario.
Un saludo y nuestros mejores deseos para el año entrante.
Perdón por la desconfianza pero, cuando llevamos tantos años dándonos con la puerta en las narices al reivindicar los derechos de los ciclistas y la conveniencia de promocionar este medio de transporte, no es de extrañar que mostremos un cierto recelo ante semejante interés. Nos cuesta creer que las bicicletas sean bienvenidas así porque sí. Nos cuesta creer que los mismos que las han ninguneado durante tantos años ahora se interesen por ellas. Nos cuesta. Y mucho.
Por eso cuando participamos en los foros a los que nos convocan seguimos estando un poco tensos. Nos tenéis que perdonar pero no lo podemos evitar. No podemos evitar que algo nos huela raro después de todo este tiempo.
¿A qué se debe ese interés inusitado, esas prisas por demostrar una preocupación por los ciclistas? ¿Por qué ahora? ¿Qué ha cambiado? ¿Qué objetivos se persiguen con ello? ¿Obedece a alguna estrategia que desconozcamos?
Esperemos que no responda sólo al ánimo de escenificar un impulso que cumpla el expediente ante los medios y sus audiencias, pero nos va a costar ver otra cosa precisamente porque nos encontramos en todo ese proceso preelectoral que ya nos ha acostumbrado a presenciar este tipo de farsas tan obscenas como fingidas.
Veremos en qué quedan todos estos movimientos. Mientras tanto, no hay que desaprovechar ninguna oportunidad y puede ser el momento de capitalizar esta atención para proponer nuevos retos que midan el interés y seguir demostrando, sobre nuestras bicis, que nuestra opción va más allá de oportunismos y requiere más atención que unos cuantos artículos en prensa, algunas declaraciones voluntaristas o unas cuantas convocatorias autocomplacientes.
Porque seguimos echando en falta un tratamiento serio de la bicicleta como vehículo de pleno derecho y, por qué no, con algunos privilegios dado lo que aporta a la construcción de una ciudad amable y vivible, volveremos a hablar de bicicletas las veces que sea necesario.
Un saludo y nuestros mejores deseos para el año entrante.
lunes, 1 de diciembre de 2014
Era todo broma, amigos y amigas ciclistas
A veces se te queda cara de tonto cuando tratas de analizar por qué se han hecho (y se hacen) tantas chapuzas en las actuaciones que pretendidamente iban encaminadas a beneficiar el uso de la bicicleta. Tratas de creer que es fruto de la inexperiencia propia de países donde las bicicletas dejaron de formar parte del imaginario colectivo, dando paso a todo el universo de la "autodominación", esa que ha marginado al resto de modos de transporte en favor única y exclusivamente de aquellas personas que elijan el coche como medio de locomoción.
Los bienintencionados, los confiados o simplemente los inocentes hemos creído ver una incapacidad entre los gestores de la cosa pública y entre muchos de sus asesores allegados, pero va a ser algo más porque ni así se entiende tanta torpeza. Parece mentira que en un mundo donde el conocimiento y la experiencia se propaga de una manera tan viral los responsables de hacer facilidades para bicicletas hayan sido tan tercos como para desoir todo y hayan insistido una y otra vez en cometer errores.
Es por esto que, cuando pasa el tiempo y se suceden los despropósitos de manera tan obstinadamente reincidente, la conclusión que se extrae es inevitable: se hacen adrede.
No puede ser otra. Todas las barbaridades que se han hecho para las bicis, empezando por la mayoría de los carriles bici, siguiendo por la implantación de bicicletas públicas en ciudades no aptas para novatos y acabando por las campañas de promoción, se han concebido para demostrar que esto de la bici es ridículo, sobre todo comparado con el coche.
Porque cuando se hace algo con un poco más de criterio, sea de manera consciente o involuntaria, se puede observar cómo la cosa funciona y consigue el objetivo de incrementar el número de bicicletas y, lo que es más importante, disuadir del uso del coche al hacerlo más incómodo. Bien sea a través del calmado de tráfico, como de la desmotorización de areas urbanas, de la reducción de zonas de aparcamiento, de los peajes urbanos o de carriles bici y aparcamientos bien estructurados en zonas especialmente conflictivas.
¿Por qué entonces, a la vista de los resultados, no se siguen utilizando estas herramientas y se retorna a la denigración y la desnaturalización de la bicicleta? Pues va a ser porque es intencionado.
De hecho muchos de los responsables que continúan en sus cargos y otros tantos ya retirados lo confiesan abiertamente. Nadie creía que lo de la bici iba en serio, creían que era una broma pesada, una tendencia pasajera, una demanda marginal, una locura tonta. Y seguían actuando, como si no pasara nada, para favorecer a toda costa al coche.
Es hora de cambiar estas tornas. Aunque, a la vista de la inacción por parte de los políticos y de muchos técnicos y de su falta de olfato, va a haber que esperar a un cambio cualitativo entre los encargados de gestionar la cosa pública, para que sean capaces de mirar a otra parte que no sean los intereses creados y para que sean capaces de mantener el pulso firme para construir una realidad más humana, más democrática y más saludable en todos los sentidos. Seguiremos empujando en ese sentido.
Los bienintencionados, los confiados o simplemente los inocentes hemos creído ver una incapacidad entre los gestores de la cosa pública y entre muchos de sus asesores allegados, pero va a ser algo más porque ni así se entiende tanta torpeza. Parece mentira que en un mundo donde el conocimiento y la experiencia se propaga de una manera tan viral los responsables de hacer facilidades para bicicletas hayan sido tan tercos como para desoir todo y hayan insistido una y otra vez en cometer errores.
Es por esto que, cuando pasa el tiempo y se suceden los despropósitos de manera tan obstinadamente reincidente, la conclusión que se extrae es inevitable: se hacen adrede.
No puede ser otra. Todas las barbaridades que se han hecho para las bicis, empezando por la mayoría de los carriles bici, siguiendo por la implantación de bicicletas públicas en ciudades no aptas para novatos y acabando por las campañas de promoción, se han concebido para demostrar que esto de la bici es ridículo, sobre todo comparado con el coche.
Porque cuando se hace algo con un poco más de criterio, sea de manera consciente o involuntaria, se puede observar cómo la cosa funciona y consigue el objetivo de incrementar el número de bicicletas y, lo que es más importante, disuadir del uso del coche al hacerlo más incómodo. Bien sea a través del calmado de tráfico, como de la desmotorización de areas urbanas, de la reducción de zonas de aparcamiento, de los peajes urbanos o de carriles bici y aparcamientos bien estructurados en zonas especialmente conflictivas.
¿Por qué entonces, a la vista de los resultados, no se siguen utilizando estas herramientas y se retorna a la denigración y la desnaturalización de la bicicleta? Pues va a ser porque es intencionado.
De hecho muchos de los responsables que continúan en sus cargos y otros tantos ya retirados lo confiesan abiertamente. Nadie creía que lo de la bici iba en serio, creían que era una broma pesada, una tendencia pasajera, una demanda marginal, una locura tonta. Y seguían actuando, como si no pasara nada, para favorecer a toda costa al coche.
Es hora de cambiar estas tornas. Aunque, a la vista de la inacción por parte de los políticos y de muchos técnicos y de su falta de olfato, va a haber que esperar a un cambio cualitativo entre los encargados de gestionar la cosa pública, para que sean capaces de mirar a otra parte que no sean los intereses creados y para que sean capaces de mantener el pulso firme para construir una realidad más humana, más democrática y más saludable en todos los sentidos. Seguiremos empujando en ese sentido.
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martes, 11 de noviembre de 2014
No basta con mirar a otra parte
Parece que se ha impuesto la actitud, sobre todo entre los que nos gobiernan, de mirar a otra parte cuando se enfrentan a una realidad que no les conviene, como si haciéndolo los problemas no existieran o como si dejando correr el tiempo se fueran a resolver, así, por su propio pie. Tremendo error. Sin embargo, no por ser un ejercicio que ha demostrado sobradamente su ineficacia, nuestros mandamases dejan de practicarlo.
Con las bicis se ve claramente. Ante el incremento exponencial de ciclistas y, dada la inoperancia de los encargados en organizar la cosa urbana en lo que al tráfico democrático se refiere, el tema ha ido degenerando en una especie de sálvese quien pueda y ha acabado en que cada uno ha tirado por donde le ha parecido.
No es sorprendente pues que haya ciclistas campando por todos los lados de una manera más o menos justificada y de acuerdo a una lógica que más que aleatoria se convierte en subjetiva. Unos por la calzada, sean cuales sean las condiciones de ésta, otros por los carriles habilitados de manera más o menos aventurada, los más por las aceras infringiendo todas las normas pero buscando un refugio legítimo y todos combinando estas opciones de la manera que mejor le guía su instinto.
¿Las consecuencias? Caos, autojustificaciones, accidentes, crispación, persecución, violencia, indignación, prejuicios... malestar de todas las partes afectadas. Empezando por los propios ciclistas, pero siguiendo por los peatones y por los automovilistas. Nadie entiende realmente qué está sucediendo y por qué no se toman medidas para resolver un entuerto que va tomando dimensiones cada vez mayores. A algunos sólo se les ocurre recurrir a la mano dura contra los infractores, que es lo fácil, pero nada más.
Y es que la pelota lleva demasiado tiempo en el tejado de los gobernantes municipales, regionales y estatales y prácticamente ninguno de ellos la ven o quieren jugarla. Los más atrevidos, que han visto la bicicleta como una ocasión para hacer algo más que oportunismo, han decidido darles un empujón con medidas puramente aditivas (bicis públicas, carriles bici y aparcabicis) pero muy pocos han sabido ver el asunto dentro de la complejidad que entraña la movilidad y, dentro de ella, la movilidad ciclista.
De hecho, la inmensa mayoría de nuestros regidores (y muchas asociaciones) han dado la tarea por cumplida una vez que han comprobado que se ha incrementado el número de usuarios de la bicicleta en sus distritos, según ellos gracias a esas medidas.
Resulta lamentable recordar que esto no es suficiente y que el problema de la movilidad ciclista (y mucho menos el de la movilidad en general) no acaba ni se resuelve cuando se incrementa el número de sus adeptos, y tampoco cuando se reduce el número de automovilistas, aunque sean buenos indicadores.
Sin esta visión y sin este objetivo, todo serán medidas parciales que muchas veces no servirán más que para enfrentar usos, cuando no a los usuarios, dependiendo de la opción que elijan.
En una sociedad responsable no deberíamos consentir que se sigan produciendo tratos preferenciales en la utilización del espacio público, cuando los grandes beneficiarios de estas desigualdades son los que más perjuicios y más peligrosidad provocan.
Con las bicis se ve claramente. Ante el incremento exponencial de ciclistas y, dada la inoperancia de los encargados en organizar la cosa urbana en lo que al tráfico democrático se refiere, el tema ha ido degenerando en una especie de sálvese quien pueda y ha acabado en que cada uno ha tirado por donde le ha parecido.
No es sorprendente pues que haya ciclistas campando por todos los lados de una manera más o menos justificada y de acuerdo a una lógica que más que aleatoria se convierte en subjetiva. Unos por la calzada, sean cuales sean las condiciones de ésta, otros por los carriles habilitados de manera más o menos aventurada, los más por las aceras infringiendo todas las normas pero buscando un refugio legítimo y todos combinando estas opciones de la manera que mejor le guía su instinto.
¿Las consecuencias? Caos, autojustificaciones, accidentes, crispación, persecución, violencia, indignación, prejuicios... malestar de todas las partes afectadas. Empezando por los propios ciclistas, pero siguiendo por los peatones y por los automovilistas. Nadie entiende realmente qué está sucediendo y por qué no se toman medidas para resolver un entuerto que va tomando dimensiones cada vez mayores. A algunos sólo se les ocurre recurrir a la mano dura contra los infractores, que es lo fácil, pero nada más.
Y es que la pelota lleva demasiado tiempo en el tejado de los gobernantes municipales, regionales y estatales y prácticamente ninguno de ellos la ven o quieren jugarla. Los más atrevidos, que han visto la bicicleta como una ocasión para hacer algo más que oportunismo, han decidido darles un empujón con medidas puramente aditivas (bicis públicas, carriles bici y aparcabicis) pero muy pocos han sabido ver el asunto dentro de la complejidad que entraña la movilidad y, dentro de ella, la movilidad ciclista.
De hecho, la inmensa mayoría de nuestros regidores (y muchas asociaciones) han dado la tarea por cumplida una vez que han comprobado que se ha incrementado el número de usuarios de la bicicleta en sus distritos, según ellos gracias a esas medidas.
Resulta lamentable recordar que esto no es suficiente y que el problema de la movilidad ciclista (y mucho menos el de la movilidad en general) no acaba ni se resuelve cuando se incrementa el número de sus adeptos, y tampoco cuando se reduce el número de automovilistas, aunque sean buenos indicadores.
La solución al problema de la movilidad pasa por recuperar una visión de la ciudad que busque democratizar el espacio público, que persiga garantizar la igualdad de derechos y oportunidades para los ciudadanos a la hora de acceder y disponer de dicho espacio público para los distintos usos para los que debería servir, además de para desplazarse y aparcar un vehículo privado.
Sin esta visión y sin este objetivo, todo serán medidas parciales que muchas veces no servirán más que para enfrentar usos, cuando no a los usuarios, dependiendo de la opción que elijan.
En una sociedad responsable no deberíamos consentir que se sigan produciendo tratos preferenciales en la utilización del espacio público, cuando los grandes beneficiarios de estas desigualdades son los que más perjuicios y más peligrosidad provocan.
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martes, 30 de septiembre de 2014
Ni contigo ni sin ti
Parece que para muchos de los que nos hallamos inmersos en esto de darle la vuelta a la tortilla en nuestras ciudades y empezar a hacerlas un poco más habitables y un poco menos automovilísticas el principal escollo al que nos enfrentamos lo representan nuestros políticos gobernantes.
Cierto. Nuestra clase política sigue acomodada en una suerte de apoltronamiento que la hace funcionar siempre a remolque de los acontecimientos y muy por detrás de las demandas sociales o de las tendencias emergentes. Debe ser que se han creído que es connatural con su cargo. Ningún político en el gobierno arriesga, ninguno cambia, ninguno apuesta por las minorías, ninguno se anticipa a los acontecimientos, ninguno prevé las consecuencias... Todos se dejan llevar por las inercias. Creen que ahí están los votos y sólo trabajan por los votos.
Así, cuando participan y creen que lideran (ellos siempre creen que lideran) alguna iniciativa que proponga un cambio, lo hacen sólo de cara a la galería, para aparecer modernos en la foto, como una pose, siempre magníficos y magnánimos, condescendientes. Los políticos son, por defecto, así: arribistas, oportunistas y vanidosos. Y creen, como muchos, que la movilidad sostenible es impopular.
Esto es así siempre que no se encuentren con una contestación social suficientemente organizada, seria, permanente y que se dedique más a hacer propuestas que a reivindicar y quejarse de manera gratuita. Cuando es así, los políticos gobernantes no tienen otro remedio que responder y muchas veces acaban dándose cuenta de que las fórmulas propuestas funcionan y mejoran su gobierno y la realidad objeto de dichas reacciones. Aunque en las ocasiones en las que se visualicen logros tratarán de acaparar toda la atención mediática, atribuyéndose el protagonismo de todo el proceso.
Hay otro elemento que suele jugar un papel decisivo a la hora de cambiar las tornas a los políticos y es un cuerpo técnico, en las propias instituciones donde esos políticos mandan, dispuesto a hacer la labor de cambio desde dentro de la propia administración.
Lo hemos visto en principales procesos que se han ido fraguando a nuestro alrededor. El cambio y la apuesta por la movilidad sostenible y por la bicicleta en San Sebastián no fue una iniciativa de Odón Elorza, como el de Vitoria no lo ha sido de Javier Maroto, aunque ambos se hayan llevado la foto. No. Ellos han sabido encaramarse a lo alto del cambio y han creído capitalizar el éxito del mismo, pero siempre ha habido detrás una demanda social sólida y consistente (Kalapie o Bizikleteroak) y un cuerpo técnico atento y valiente en estas ciudades que ha sabido domar, aconsejar y, por qué no, engañar un poco a sus políticos al mando. Sin estos agentes ninguno de estos procesos hubiera sido posible, o al menos no hubiera sido tan exitoso y se habría quedado en agua de borrajas, como ha pasado en Murcia, en Pamplona o en Valencia, por ejemplo.
Lo que pasa es que al final los verdaderos cambios en la fisionomía y en la forma de definir y ordenar nuestras ciudades están en manos de los políticos que las gobiernan y es por eso por lo que hay que tratar de seducirlos y conquistarlos. Seducir y conquistar a los políticos más que discutir y pelear contra ellos, porque hace falta que la clase política en general y sobre todo la gobernante se dé cuenta de que esto es bueno para las ciudades, bueno para sus ciudadanos y, por tanto, bueno también para ellos.
Es un trabajo duro e ingrato, pero un trabajo imprescindible en el que hay que saber, además, que ellos se van a llevar la gloria y el reconocimiento en caso de que la cosa salga bien. O al menos lo van a hacer ver así. Ahora bien, si ese es el precio, que sea.
Cierto. Nuestra clase política sigue acomodada en una suerte de apoltronamiento que la hace funcionar siempre a remolque de los acontecimientos y muy por detrás de las demandas sociales o de las tendencias emergentes. Debe ser que se han creído que es connatural con su cargo. Ningún político en el gobierno arriesga, ninguno cambia, ninguno apuesta por las minorías, ninguno se anticipa a los acontecimientos, ninguno prevé las consecuencias... Todos se dejan llevar por las inercias. Creen que ahí están los votos y sólo trabajan por los votos.
Así, cuando participan y creen que lideran (ellos siempre creen que lideran) alguna iniciativa que proponga un cambio, lo hacen sólo de cara a la galería, para aparecer modernos en la foto, como una pose, siempre magníficos y magnánimos, condescendientes. Los políticos son, por defecto, así: arribistas, oportunistas y vanidosos. Y creen, como muchos, que la movilidad sostenible es impopular.
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| Javier Maroto dirigiéndose a un acto político en bicicleta (Foto: El Mundo) |
Esto es así siempre que no se encuentren con una contestación social suficientemente organizada, seria, permanente y que se dedique más a hacer propuestas que a reivindicar y quejarse de manera gratuita. Cuando es así, los políticos gobernantes no tienen otro remedio que responder y muchas veces acaban dándose cuenta de que las fórmulas propuestas funcionan y mejoran su gobierno y la realidad objeto de dichas reacciones. Aunque en las ocasiones en las que se visualicen logros tratarán de acaparar toda la atención mediática, atribuyéndose el protagonismo de todo el proceso.
Hay otro elemento que suele jugar un papel decisivo a la hora de cambiar las tornas a los políticos y es un cuerpo técnico, en las propias instituciones donde esos políticos mandan, dispuesto a hacer la labor de cambio desde dentro de la propia administración.
Lo hemos visto en principales procesos que se han ido fraguando a nuestro alrededor. El cambio y la apuesta por la movilidad sostenible y por la bicicleta en San Sebastián no fue una iniciativa de Odón Elorza, como el de Vitoria no lo ha sido de Javier Maroto, aunque ambos se hayan llevado la foto. No. Ellos han sabido encaramarse a lo alto del cambio y han creído capitalizar el éxito del mismo, pero siempre ha habido detrás una demanda social sólida y consistente (Kalapie o Bizikleteroak) y un cuerpo técnico atento y valiente en estas ciudades que ha sabido domar, aconsejar y, por qué no, engañar un poco a sus políticos al mando. Sin estos agentes ninguno de estos procesos hubiera sido posible, o al menos no hubiera sido tan exitoso y se habría quedado en agua de borrajas, como ha pasado en Murcia, en Pamplona o en Valencia, por ejemplo.
Lo que pasa es que al final los verdaderos cambios en la fisionomía y en la forma de definir y ordenar nuestras ciudades están en manos de los políticos que las gobiernan y es por eso por lo que hay que tratar de seducirlos y conquistarlos. Seducir y conquistar a los políticos más que discutir y pelear contra ellos, porque hace falta que la clase política en general y sobre todo la gobernante se dé cuenta de que esto es bueno para las ciudades, bueno para sus ciudadanos y, por tanto, bueno también para ellos.
Es un trabajo duro e ingrato, pero un trabajo imprescindible en el que hay que saber, además, que ellos se van a llevar la gloria y el reconocimiento en caso de que la cosa salga bien. O al menos lo van a hacer ver así. Ahora bien, si ese es el precio, que sea.
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domingo, 21 de septiembre de 2014
Si quitamos la Semana de la Movilidad Sostenible ¿qué nos queda?
Ya está. Ya hemos conseguido justificarnos ante nuestras poblaciones, con unos cuantos jueguecitos y unas cuantas escenificaciones, y convencerles de que hacemos algo por la movilidad para que sea más sostenible. Nos da un poco igual que se lo crean o no. Había que hacerlo porque es parte de la agenda y había que cumplir el expediente. Unos cochecitos eléctricos por aquí, unos talleres infantiles de pretendida seguridad vial por allá, unos automóviles a pedales, unos talleres, una marcha ciclista, un poco de prensa y a otra cosa mariposa. La Semana de la Movilidad Sostenible se ha convertido en un puro trámite que los ayuntamientos se lo han tomado como un evento más en la cargada agenda municipal y punto.
Pero el año tiene 52 semanas, y en las 51 semanas en las que la movilidad sostenible, el coche compartido, la loa al transporte público y la palmadita al peatón o al ciclista no son obligadas porque no tienen foto, es donde se nota cuál es el talante, la actitud, la actuación y la estrategia respecto a este asunto de devolver las calles a las personas y de desautorizar al automóvil a dominar las mismas. Son esas 51 semanas las que valen. La otra es pura comedia.
Hoy empieza la primera semana después de la Semana de la Movilidad Sostenible. Hoy es el primer día para ponerse en marcha para desmotorizar a la gente, para desmovilizarla, para desincentivar el abuso del coche, para ridiculizar el estilo de vida que nos hace dependientes del mismo, para promover el uso de la bici, para aplaudir a los que se desplazan a pie, a los que comparten coche y a los que utilizan el transporte público, para recordar que las calles son para jugar, para pasear, para ir de compras, para divertirse, para encontrarse, para estar y, en última instancia, para desplazarse. O deberían serlo.
Hoy es el primer día para olvidarse del espectáculo y comenzar con las rutinas, vamos, con la realidad. El primer día para empezar a darle la vuelta a esta tortilla que hemos cocinado, donde hemos convencido a la gente de que se vaya del centro de las poblaciones a sitios a los que sólo puede accederse en coche y que, una vez allí, utilicen el coche para todo, gracias a las "facilidades" que les hemos puesto para ello, con todas las dificultades que ello entraña.
Hoy es el primer día para recordar que nuestros viajes no son tan largos ni tan peligrosos y que muchos de ellos, si no todos, podemos hacerlos en algo que no sea un coche privado. Para demostrar que otra ciudad es posible y que eso pasa por habilitar espacios donde caminar y andar en bici sea cómodo y seguro, para ralentizar la marcha del tráfico, para penalizar aún más el aparcamiento a discreción, para disuadir a la gente de que utilice el coche porque sí, para obligar a justificar su uso.
Tenemos 51 semanas de trabajo diario, de decisiones nimias pero vitales, de acción individual y colectiva y de acción política que van a representar mucho más de lo que podemos sospechar y, desde luego, muchísimo más que lo que hemos conseguido dándonos una vuelta por los chiringuitos que nuestras autoridades nos han montado esta Semana de la Movilidad para aleccionarnos de lo que ellos no quieren hacer y quieren que hagamos nosotros contra esa pesada maquinaria que se empeñan en mantener, montada alrededor del uso del automóvil en entorno urbano.
51 semanas no es demasiado tiempo, pero no está mal para empezar.
Pero el año tiene 52 semanas, y en las 51 semanas en las que la movilidad sostenible, el coche compartido, la loa al transporte público y la palmadita al peatón o al ciclista no son obligadas porque no tienen foto, es donde se nota cuál es el talante, la actitud, la actuación y la estrategia respecto a este asunto de devolver las calles a las personas y de desautorizar al automóvil a dominar las mismas. Son esas 51 semanas las que valen. La otra es pura comedia.
Hoy empieza la primera semana después de la Semana de la Movilidad Sostenible. Hoy es el primer día para ponerse en marcha para desmotorizar a la gente, para desmovilizarla, para desincentivar el abuso del coche, para ridiculizar el estilo de vida que nos hace dependientes del mismo, para promover el uso de la bici, para aplaudir a los que se desplazan a pie, a los que comparten coche y a los que utilizan el transporte público, para recordar que las calles son para jugar, para pasear, para ir de compras, para divertirse, para encontrarse, para estar y, en última instancia, para desplazarse. O deberían serlo.
Hoy es el primer día para olvidarse del espectáculo y comenzar con las rutinas, vamos, con la realidad. El primer día para empezar a darle la vuelta a esta tortilla que hemos cocinado, donde hemos convencido a la gente de que se vaya del centro de las poblaciones a sitios a los que sólo puede accederse en coche y que, una vez allí, utilicen el coche para todo, gracias a las "facilidades" que les hemos puesto para ello, con todas las dificultades que ello entraña.
Hoy es el primer día para recordar que nuestros viajes no son tan largos ni tan peligrosos y que muchos de ellos, si no todos, podemos hacerlos en algo que no sea un coche privado. Para demostrar que otra ciudad es posible y que eso pasa por habilitar espacios donde caminar y andar en bici sea cómodo y seguro, para ralentizar la marcha del tráfico, para penalizar aún más el aparcamiento a discreción, para disuadir a la gente de que utilice el coche porque sí, para obligar a justificar su uso.
Tenemos 51 semanas de trabajo diario, de decisiones nimias pero vitales, de acción individual y colectiva y de acción política que van a representar mucho más de lo que podemos sospechar y, desde luego, muchísimo más que lo que hemos conseguido dándonos una vuelta por los chiringuitos que nuestras autoridades nos han montado esta Semana de la Movilidad para aleccionarnos de lo que ellos no quieren hacer y quieren que hagamos nosotros contra esa pesada maquinaria que se empeñan en mantener, montada alrededor del uso del automóvil en entorno urbano.
51 semanas no es demasiado tiempo, pero no está mal para empezar.
sábado, 23 de agosto de 2014
Estrategas de la bicicleta
Regresamos
satisfechos de un par de jornadas intensas en la Universidad
Internacional Menéndez Pelayo de Santander, donde ha tenido
lugar un curso monográfico sobre la bicicleta que bajo el título Vías para
ciclistas ¿realidad o ficción? Ha servido para poner sobre la palestra, una vez
más, la situación de la bicicleta desde diferentes perspectivas y para debatir
y cuestionar algunos aspectos que rodean a un desarrollo que tiene distintos
niveles, distintas velocidades y distintas particularidades dependiendo del
escenario en el que está teniendo lugar.
Lo que
ha quedado claro, después de dos jornadas donde el debate y el diálogo han sido
tan ricos o más que muchas ponencias, es que la bicicleta está madurando en
nuestro entorno y se está consolidando como una opción de movilidad y que está
empezando a superar esa adolescencia alocada y calenturienta y empieza a tener
un poso interesante. Empieza.
Hemos
pasado ya los tiempos de las actuaciones puntuales, de las oportunidades de oro,
de las bicis públicas del IDAE, de la emoción después de años de
reivindicaciones sin eco, de la tontuna. Ahora que hay algunas cosas hechas, más mal que bien, pero que se pueden ver
y se pueden explicar, toca hacer evaluación y sentar las bases para que el
desarrollo de la opción ciclista se consolide en nuestras ciudades y en las
conexiones entre ellas. En esas
ciudades en las que algunos de sus responsables creen que han hecho la tarea
porque han sembrado unos cuantos carriles bici, unos cuantos aparcabicis o unas
cuantas bicis públicas.
Ha
llegado el momento de hacer una Estrategia de la Bicicleta , con
mayúsculas. Un plan común que marque objetivos a medio y largo plazo y que
aborde los distintos campos en los que la bicicleta tiene que representar una
herramienta que contribuya a hacer que nuestro entorno sea más amable, más
agradable, más sensato y más divertido.
Una Estrategia que dibuje un mapa y que
incardine a la bicicleta en las distintas áreas de actuación en las que debe
ser tenida en cuenta y debe sumar. Una Estrategia inteligente e interesante,
deseable pero alcanzable, ambiciosa pero lógica. Una Estrategia incluyente y
participada.
Debemos ser capaces, todos los que trabajamos
por que la bicicleta tenga oportunidades, de sumar fuerzas y apoyar la
elaboración de un marco común de actuación, que persiga unas líneas y trate de
alcanzar unos objetivos y que, sobre todo, coordine y aproveche los esfuerzos
puntuales para que no queden aislados y generen sinergias y para que los
asuntos relacionados con el desarrollo de la bicicleta como medio de transporte
superen estúpidos apropiamientos, oportunismos, atribuciones y protagonismos tontos.
Hemos de ser conscientes de que no hay un único modelo de movilidad ciclista y que lo que hace falta, ahora que la crisis a
azotado la lógica imperante en las últimas décadas, es tratar de tener un
consenso que mire más allá de localismos, púlpitos y celos y que defina qué es
lo que tiene que pasar en los próximos años para que la bicicleta consolide una
tendencia que ya es una realidad y que trabaje desde los distintos ámbitos
afectados para conseguirlo.
Terrenos de juego múltiples y simultáneos
Terrenos de juego múltiples y simultáneos
Necesitamos para ello superar diferencias y
protagonismos tontos y contar con todos los que se quieran sumar y que puedan
aportar: desde usuarios a fabricantes, desde funcionarios a profesionales,
desde políticos a técnicos, desde comerciantes a periodistas, desde
planificadores a trabajadores, desde jóvenes a mayores. Esto va más allá de un simple organismo (sin despreciar la importancia de los organismos), debería ser
casi un movimiento. Y no debería ser compulsivo, ni convulsivo. O más bien sí, pero siempre teniendo en cuenta unos principios y sin perder el norte.
Debería ser más bien un juego donde deberían jugar muchos participantes y que tuviera lugar de manera natural en los distintos terrenos en los que la bicicleta pinta y debe pintar mucho más: en la escuela, en la consulta médica, en la mesa de la cocina, en el comedor, en la cafetería, en la calle, en el despacho, en el Parlamento, en el pleno del ayuntamiento, en la judicatura, en la prensa, en una conversación... en cualquier parte y promovida por cualquiera, sin permiso.
Debería ser más bien un juego donde deberían jugar muchos participantes y que tuviera lugar de manera natural en los distintos terrenos en los que la bicicleta pinta y debe pintar mucho más: en la escuela, en la consulta médica, en la mesa de la cocina, en el comedor, en la cafetería, en la calle, en el despacho, en el Parlamento, en el pleno del ayuntamiento, en la judicatura, en la prensa, en una conversación... en cualquier parte y promovida por cualquiera, sin permiso.
lunes, 7 de julio de 2014
Lo anterior, lo siguiente y el más allá del ciclismo urbano
A fuerza de cometer errores garrafales de una manera preocupantemente reincidente en esto de tratar de reintroducir la bicicleta en el medio urbano, muchos han llegado a creer que se han conquistado bastiones hasta hace unos años inexpugnables para los pedaleantes. Nos hemos aburrido de criticar de manera repetida y casi hasta la extenuación todas las chapuzas de las que hemos sido testigos y nos hemos hastiado de recordar las terribles consecuencias que han tenido a lo largo de estos años, sobre todo en forma de accidentes con víctimas inocentes y confiadas, pero parece que no ha servido para nada o para casi nada.
Es cierto que sólo ve el que puede ver, pero no es menos cierto que sólo puede ver el que quiere y hay todavía demasiada gente mirando a otra parte a nuestro alrededor mientras cada vez más personas apuestan por la bicicleta y se aventuran a pedalear por nuestras ciudades y pueblos de una manera más o menos inconsciente. Y esto es grave, porque el número de accidentes ciclistas crecen preocupantemente. Quizá no lo hagan de manera exponencial, ni siquiera en muchos casos será proporcional, pero todavía se siguen repitiendo los mismos sucesos, porque no se hace nada para remediarlo y esto nos tiene que hacer reflexionar y actuar, para cambiar este orden de cosas y procurar unas ciudades más amables con las bicicletas.
Pero todavía hay demasiada gente pensando que lo siguiente, lo que tiene que venir son los tan ansiados carriles bici, en red, cuanto más tupida mejor y cuanto más segregados mejor, y esto es un mito que hay que cambiar, porque ha demostrado que por sí sólo no consigue más que incrementar el número de ciclistas y su percepción de seguridad, pero no reduce la peligrosidad de los itinerarios cicilistas y, lo que es peor, no reduce la accidentalidad de los pedaleantes ni la gravedad de los accidentes.
Hay que mirar más allá, hay que salirse del torrente y ver la riada desde fuera, para darnos cuenta de que las infraestructuras por sí mismas no hacen gran cosa y menos si no cumplen unos requisitos mínimos de seguridad en su construcción, como es el caso de la inmensa mayoría de las que nos rodean.

Lo que de verdad retrae a la gente de andar en bicicleta en nuestras ciudades no es la ausencia de carriles bici ni la posible prohibición de la circulación de los biciclos por las aceras. No. Lo que de verdad echa para atrás a la gente que quiere desplazarse en bicicleta en sus itinerarios urbanos es ver y comprobar cómo la ciudad está dominada por el tráfico motorizado y cómo nadie quiere cuestionar esta tiranía. Eso y que la incidencia de los robos de bicicletas cada vez es mayor (no hay más que ver cuántos candados se venden hoy en día comparados con los de hace tan sólo 5 años).
Esto es lo que nadie parece querer reconocer y nadie parece querer ver en serio. O muy pocos, demasiado pocos. No habrá ciclismo urbano si no nos lo tomamos tan en serio como el automovilismo urbano o como el transporte público urbano, con la diferencia de que el presupuesto proporcional es astronómicamente más pequeño. Y no lo habrá porque hasta entonces el tema de la bicicleta en la ciudad para nuestros responsables no será más que un juego con el que hacer un poco de propaganda y lavarse la cara ante sus conciudadanos.
Bicis en la escuela, bicis en la educación secundaria y superior, bicis en el trabajo, policías en bici, funcionarios en bici, directivos en bici, señoras y señoritas en bici, y niños, muchos niños, bicis para ir de compras, bicis para salir por ahí a dar una vuelta, programas para introducir la bicicleta en todos esos ámbitos, buenos aparcamientos para todos esos menesteres y un buen montón de publicidad del rollito ciclista y, para el que quiera, una colección de bicicletas públicas que no sean demasiadas ni demasiado aparatosas y ya veréis la diferencia.
Entonces si queréis hablamos de carriles bici, de avenidas bici, de autopistas bici y de lo que se os antoje. Hasta entonces, y mientras no pongamos en cuestión el ordenamiento orientado al automovilismo nos vemos en las páginas de sucesos o en las fotos de los anuncios de un mundo mejor.
Un abrazo y feliz navidad.
Es cierto que sólo ve el que puede ver, pero no es menos cierto que sólo puede ver el que quiere y hay todavía demasiada gente mirando a otra parte a nuestro alrededor mientras cada vez más personas apuestan por la bicicleta y se aventuran a pedalear por nuestras ciudades y pueblos de una manera más o menos inconsciente. Y esto es grave, porque el número de accidentes ciclistas crecen preocupantemente. Quizá no lo hagan de manera exponencial, ni siquiera en muchos casos será proporcional, pero todavía se siguen repitiendo los mismos sucesos, porque no se hace nada para remediarlo y esto nos tiene que hacer reflexionar y actuar, para cambiar este orden de cosas y procurar unas ciudades más amables con las bicicletas.
Pero todavía hay demasiada gente pensando que lo siguiente, lo que tiene que venir son los tan ansiados carriles bici, en red, cuanto más tupida mejor y cuanto más segregados mejor, y esto es un mito que hay que cambiar, porque ha demostrado que por sí sólo no consigue más que incrementar el número de ciclistas y su percepción de seguridad, pero no reduce la peligrosidad de los itinerarios cicilistas y, lo que es peor, no reduce la accidentalidad de los pedaleantes ni la gravedad de los accidentes.
Hay que mirar más allá, hay que salirse del torrente y ver la riada desde fuera, para darnos cuenta de que las infraestructuras por sí mismas no hacen gran cosa y menos si no cumplen unos requisitos mínimos de seguridad en su construcción, como es el caso de la inmensa mayoría de las que nos rodean.

Lo que de verdad retrae a la gente de andar en bicicleta en nuestras ciudades no es la ausencia de carriles bici ni la posible prohibición de la circulación de los biciclos por las aceras. No. Lo que de verdad echa para atrás a la gente que quiere desplazarse en bicicleta en sus itinerarios urbanos es ver y comprobar cómo la ciudad está dominada por el tráfico motorizado y cómo nadie quiere cuestionar esta tiranía. Eso y que la incidencia de los robos de bicicletas cada vez es mayor (no hay más que ver cuántos candados se venden hoy en día comparados con los de hace tan sólo 5 años).
Esto es lo que nadie parece querer reconocer y nadie parece querer ver en serio. O muy pocos, demasiado pocos. No habrá ciclismo urbano si no nos lo tomamos tan en serio como el automovilismo urbano o como el transporte público urbano, con la diferencia de que el presupuesto proporcional es astronómicamente más pequeño. Y no lo habrá porque hasta entonces el tema de la bicicleta en la ciudad para nuestros responsables no será más que un juego con el que hacer un poco de propaganda y lavarse la cara ante sus conciudadanos.
Bicis en la escuela, bicis en la educación secundaria y superior, bicis en el trabajo, policías en bici, funcionarios en bici, directivos en bici, señoras y señoritas en bici, y niños, muchos niños, bicis para ir de compras, bicis para salir por ahí a dar una vuelta, programas para introducir la bicicleta en todos esos ámbitos, buenos aparcamientos para todos esos menesteres y un buen montón de publicidad del rollito ciclista y, para el que quiera, una colección de bicicletas públicas que no sean demasiadas ni demasiado aparatosas y ya veréis la diferencia.
Entonces si queréis hablamos de carriles bici, de avenidas bici, de autopistas bici y de lo que se os antoje. Hasta entonces, y mientras no pongamos en cuestión el ordenamiento orientado al automovilismo nos vemos en las páginas de sucesos o en las fotos de los anuncios de un mundo mejor.
Un abrazo y feliz navidad.
domingo, 11 de mayo de 2014
Lo bueno, si breve...
Esta semana participamos en una sesión de presentaciones meteóricas de proyectos que
tuvo lugar en Pamplona en su tercera edición. En tan sólo 20 diapositivas de 20
segundos, 9 ponentes dimos a conocer lo que estábamos haciendo y lo que
queríamos hacer a un público inmediato. Sin barreras, sin protocolo, sin más
armas que la elocuencia y unas pocas imágenes con la que ilustrarla. Un
descubrimiento.
Es lo
que se llama el método Pecha Kucha. Un invento que sirve para dar
posibilidad a una audiencia a conocer muchas experiencias en muy poco tiempo,
presentadas con agilidad y de una manera más que concisa, sintética. Pecha
Kucha ensalza la cultura de lo efímero, de lo inmediato, de lo breve, esa que
no puede aburrir porque no tiene tiempo para hacerlo, esa que obliga al que expone
a no irse por las ramas, a no regodearse con soliloquios.
![]() |
| Diseño: Pan de Molde |
Puede
resultar un tanto superficial a primera vista, un formato que no permite
profundizar, debatir ni masticar demasiado, que se traga y ya está, que no va
más allá de ser un mero bombardeo, pero después de haber presenciado las 5
primeras exposiciones, el público está excitado, entregado y dispuesto a más.
Esto es lo emocionante y este es el valor de esta fórmula.
Al cabo
de 9 presentaciones de precisamente 6 minutos y 40 segundos cada una, o lo que
es lo mismo, después de poco más de una hora de oír las propuestas de 9
proyectos no puedes dejar de sonreír al comprobar el efecto subyugante que
produce tanta intensidad, tanto dinamismo y tanta energía utilizada para dar a
conocer cuál es la ilusión que te lleva a comunicar y cuál es el efecto que tu
mensaje produce en un público receptivo. Espectacular.
Los
grandes congresos y convenciones son propuestas normalmente endogámicas,
acontecimientos pomposos sometidos a unas obligaciones protocolarias donde rara
vez se sorprende a la audiencia y donde muchas veces se aburre con ponencias
anodinas, excesivamente pretenciosas o simplemente insulsas. Esto no.
Por eso
triunfa Pecha Kucha, por lo mismo que lo hace Facebook o Twitter. Porque tienes
que ser capaz de condensar todo tu ingenio y abreviarlo al máximo para ofrecer
una pastilla que se trague y produzca un efecto inmediato.
Busca
tu Pecha Kucha local y, si no lo encuentras, organízalo tú mismo y verás qué
efecto tan excitante produce enterarse en primera persona de lo que ocurre en
tu entorno contado por sus protagonistas en poco más de lo que cuesta contar un
chiste.
Por
cierto, enhorabuena a todos los organizadores de estos eventos. Se acabó el tiempo.
jueves, 27 de febrero de 2014
Ahora ya puedes dar por el QR
La presión progresiva a la que estamos sometiendo a nuestros sufridos automovilistas está generando un malestar comprensible entre los que han representado el bastión del desarrollo durante las últimas décadas que les ha sumido en una esquizofrenia de incomprensión en la que va tomando cuerpo una rebeldía que alberga la opción de la insumisión como lógica.
Si esa gente que aceptó en su día el reto inmobiliario y automovilístico de la dispersión como la mejor elección posible y se entrampó en ello para el resto de su vida con todas las consecuencias, satisfecha por estar haciendo las cosas bien y de acuerdo a lo que los tiempos exigían, ahora se encuentra con que las nuevas tendencias urbanoides apuestan por procurar desincentivar el uso del coche, es lógico que se rebelen. Y es lógico también que vayan haciendo sus apuestas y sus propuestas por mantener el desorden establecido.
Por eso hay que trata el tema de la sostenibilización de la movilidad con una cierta prudencia, porque si no nos podremos encontrar que a los mismos parroquianos a los que les vendimos hace unos pocos años una casa allá donde daba la vuelta el viento y su correspondiente coche como único medio de acceder a ella, ahora pretendemos proponerles que renuncien a su fórmula porque se nos ha ocurrido otra mejor. ¡Ja!
Por eso también es comprensible que los sufridos automovilistas se defiendan y promuevan herramientas para trampear las dificultades que se les están presentando en el centro de las ciudades, sobre todo en lo que a aparcamiento se refiere. La aplicación de hoy lo que propone es la segunda fila cordial a través de una App que lee un código QR que el automovilista cordial infractor pone visible en su ventanilla para que el automovilista cordial damnificado al que le ha dejado bloqueado le envíe un mensaje y así arreglen cordialmente las cosas como personas civilizadas que son. ¡Ja, ja!
Que sea ridículo no quiere decir que no sea admisible. La insumisión siempre es una opción, si es organizada, cordial y con tecnología app, entonces igual es hasta conveniente y es igual de legítima que la opción del conquistador de barrio en bicicleta que proponíamos hace unas semanas. ¡Ja, ja, ja!
Además le da dignidad al practicante compulsivo de la segunda fila, que hasta hoy ha sido un personaje demasiado vilipendiado por propios y extraños. ¡Jua, jua, jua!
No quiero imaginar qué utilidad le pueden sacar al invento los empleados de la zona azul o los propios policías municipales.
Si esa gente que aceptó en su día el reto inmobiliario y automovilístico de la dispersión como la mejor elección posible y se entrampó en ello para el resto de su vida con todas las consecuencias, satisfecha por estar haciendo las cosas bien y de acuerdo a lo que los tiempos exigían, ahora se encuentra con que las nuevas tendencias urbanoides apuestan por procurar desincentivar el uso del coche, es lógico que se rebelen. Y es lógico también que vayan haciendo sus apuestas y sus propuestas por mantener el desorden establecido.
Por eso hay que trata el tema de la sostenibilización de la movilidad con una cierta prudencia, porque si no nos podremos encontrar que a los mismos parroquianos a los que les vendimos hace unos pocos años una casa allá donde daba la vuelta el viento y su correspondiente coche como único medio de acceder a ella, ahora pretendemos proponerles que renuncien a su fórmula porque se nos ha ocurrido otra mejor. ¡Ja!
Por eso también es comprensible que los sufridos automovilistas se defiendan y promuevan herramientas para trampear las dificultades que se les están presentando en el centro de las ciudades, sobre todo en lo que a aparcamiento se refiere. La aplicación de hoy lo que propone es la segunda fila cordial a través de una App que lee un código QR que el automovilista cordial infractor pone visible en su ventanilla para que el automovilista cordial damnificado al que le ha dejado bloqueado le envíe un mensaje y así arreglen cordialmente las cosas como personas civilizadas que son. ¡Ja, ja!
Que sea ridículo no quiere decir que no sea admisible. La insumisión siempre es una opción, si es organizada, cordial y con tecnología app, entonces igual es hasta conveniente y es igual de legítima que la opción del conquistador de barrio en bicicleta que proponíamos hace unas semanas. ¡Ja, ja, ja!
Además le da dignidad al practicante compulsivo de la segunda fila, que hasta hoy ha sido un personaje demasiado vilipendiado por propios y extraños. ¡Jua, jua, jua!
No quiero imaginar qué utilidad le pueden sacar al invento los empleados de la zona azul o los propios policías municipales.
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martes, 21 de mayo de 2013
No es oro todo lo que brilla
El mundo de la bici urbana ha protagonizado interesantes protorrevoluciones en varias ciudades de nuestro panorama cercano. Incluidas muchas veces a golpe y porrazo, han despertado mucha expectación alrededor y han generado muchas ilusiones entre la gente. Han sido años intensos e intensivos para muchos ayuntamientos. Barcelona, Donostia, Sevilla, Zaragoza, Vitoria, Valencia, Murcia o Pamplona son sólo algunas de las ciudades que han visto cómo, con menos o más acierto, las bicicletas han sido reincorporadas a sus calles.
En varias ocasiones hemos tenido oportunidad de visitarlas y la conclusión que hemos podido extraer es que ha habido mucha improvisación, mucho despropósito y, sobre todo, mucha propaganda pretendidamente verde alrededor de todas las actuaciones relacionadas con la bicicleta.
Una excepción en cuanto al nivel de improvisación es el caso de Vitoria que, pese a que ha aquejado los males propios de la novedad y de la falta de criterio generalizada en el mundo municipal en las décadas pasadas, lo que le ha hecho sufrir las consecuencias indeseables de todo ello, ha sabido reorientar adecuadamente la política de promoción de la bicicleta, no sin cierta controversia.
Vitoria-Gasteiz tiene aceras bici malas y peores y ha acabado, como casi todas las ciudades que han querido acelerar la promoción de la bicicleta, con más ciclistas en las aceras que en la calzada, donde deberían haberse encontrado. Ha ocurrido igual en la mayoría de las ciudades donde la promoción de la bicicleta se ha concebido y se ha maximizado de manera aislada del resto de la movilidad, es decir, en todas las ciudades de nuestro querido país.
La diferencia en Vitoria ha sido la reacción ante esta deriva. En la capital verde alavesa, ante la profusión de ciclistas en las aceras han decidido actuar para devolver los ciclistas a la calzada, mediante la reducción del espacio y de las oportunidades de circulación y aparcamiento de los coches en la almendra central de la ciudad, a través fundamentalmente del calmado del tráfico, de la reconfiguración y la reordenación del espacio y de la circulación en la mayoría de las calles del centro de la ciudad.
Está claro que ha sido un paso decidido hacia un sistema circulatorio que penaliza el uso del coche y beneficia básicamente a los ciclistas y, de alguna manera, también a los peatones. Pero está igual de claro que no basta con eso y que es un proceso que va a ser largo y convulso, como cualquiera que proponga cambios cualitativos en la vida cotidiana de una ciudad.
Ahora, en plena campaña de educación de la ciudadanía, se plantea, por ejemplo, limitar la circulación ciclista en algunas calles peatonales que reúnen la mayor vitalidad comercial y congregan la mayor densidad de viandantes, y algunos ciclistas se han sentido humillados y violentados por dicha decisión. La convivencia tiene un precio y ese debe ser el de maximizar la calidad del espacio público. Si no somos capaces de darnos cuenta de ello, estaremos cometiendo más errores por más bienintencionados que estos sean.
En varias ocasiones hemos tenido oportunidad de visitarlas y la conclusión que hemos podido extraer es que ha habido mucha improvisación, mucho despropósito y, sobre todo, mucha propaganda pretendidamente verde alrededor de todas las actuaciones relacionadas con la bicicleta.
Una excepción en cuanto al nivel de improvisación es el caso de Vitoria que, pese a que ha aquejado los males propios de la novedad y de la falta de criterio generalizada en el mundo municipal en las décadas pasadas, lo que le ha hecho sufrir las consecuencias indeseables de todo ello, ha sabido reorientar adecuadamente la política de promoción de la bicicleta, no sin cierta controversia.
Vitoria-Gasteiz tiene aceras bici malas y peores y ha acabado, como casi todas las ciudades que han querido acelerar la promoción de la bicicleta, con más ciclistas en las aceras que en la calzada, donde deberían haberse encontrado. Ha ocurrido igual en la mayoría de las ciudades donde la promoción de la bicicleta se ha concebido y se ha maximizado de manera aislada del resto de la movilidad, es decir, en todas las ciudades de nuestro querido país.
La diferencia en Vitoria ha sido la reacción ante esta deriva. En la capital verde alavesa, ante la profusión de ciclistas en las aceras han decidido actuar para devolver los ciclistas a la calzada, mediante la reducción del espacio y de las oportunidades de circulación y aparcamiento de los coches en la almendra central de la ciudad, a través fundamentalmente del calmado del tráfico, de la reconfiguración y la reordenación del espacio y de la circulación en la mayoría de las calles del centro de la ciudad.
Está claro que ha sido un paso decidido hacia un sistema circulatorio que penaliza el uso del coche y beneficia básicamente a los ciclistas y, de alguna manera, también a los peatones. Pero está igual de claro que no basta con eso y que es un proceso que va a ser largo y convulso, como cualquiera que proponga cambios cualitativos en la vida cotidiana de una ciudad.
Ahora, en plena campaña de educación de la ciudadanía, se plantea, por ejemplo, limitar la circulación ciclista en algunas calles peatonales que reúnen la mayor vitalidad comercial y congregan la mayor densidad de viandantes, y algunos ciclistas se han sentido humillados y violentados por dicha decisión. La convivencia tiene un precio y ese debe ser el de maximizar la calidad del espacio público. Si no somos capaces de darnos cuenta de ello, estaremos cometiendo más errores por más bienintencionados que estos sean.
martes, 2 de octubre de 2012
La verdadera revolución de las bicicletas
Nos henos querido creer que la revolución de las bicicletas era una especie de comunión planetaria, una eclosión global, cuando en nuestro entorno inmediato no pasaba de un mero juego estadístico amañado de alguna manera por unos cuantos interesados en que aquello diera unos resultados (que para eso sirve la estadística). Gente que usa la bici arrebañada en millones, usos de los sistemas de bicicletas públicas, número estimado de bicicletas disponibles en los hogares, participantes en masas críticas o fiestas de la bici o puro conteo de frikis por hora en puntos estratégicamente seleccionados de la ciudad. Todo se presentaba en magnitudes megalomaníacas con tal de demostrar por pura extrapolación que esto iba viento en popa.
Hoy se han hecho públicas las cifras de las ventas de bicicletas en Italia en 2011 y las sospechas de esa emoción exultante y muchas veces infundada se empiezan a hacer realidad. En Italia ese año se vendieron más bicicletas que coches.
Llamémoslo crisis, llamémoslo economía doméstica, llamémoslo tendencia, el caso es que estas cifras ya no son tan relativas. La bicicleta se está imponiendo día a día. Por juego, por ocio, por deporte y por transporte, y eso no se puede relativizar. Poco a poco, inexorablemente, el renacimiento de este vehículo es un hecho constatable, a pesar de todas las dificultades con las que está contando para desarrollarse.
Sin ayudas, sin subsidios, sin inversión, sin educación, sin cultura, sin respeto, sin planificación, sin más. Por la pura elección de personas individuales, por su convicción, por su sentido común, por su inteligencia.
¿Cuánto más vamos a seguir dando alas al coche y subsidiando su declive?
Hoy se han hecho públicas las cifras de las ventas de bicicletas en Italia en 2011 y las sospechas de esa emoción exultante y muchas veces infundada se empiezan a hacer realidad. En Italia ese año se vendieron más bicicletas que coches.
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| Fuente: La Repubblica |
Llamémoslo crisis, llamémoslo economía doméstica, llamémoslo tendencia, el caso es que estas cifras ya no son tan relativas. La bicicleta se está imponiendo día a día. Por juego, por ocio, por deporte y por transporte, y eso no se puede relativizar. Poco a poco, inexorablemente, el renacimiento de este vehículo es un hecho constatable, a pesar de todas las dificultades con las que está contando para desarrollarse.
Sin ayudas, sin subsidios, sin inversión, sin educación, sin cultura, sin respeto, sin planificación, sin más. Por la pura elección de personas individuales, por su convicción, por su sentido común, por su inteligencia.
¿Cuánto más vamos a seguir dando alas al coche y subsidiando su declive?
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