La cuestión no es tanto enjuiciar la conveniencia de dichas sesiones sino más bien tratar de analizar cuál es la incidencia de las mismas. Todo curso necesita un profesor y, dada la naturaleza de estos cursos, un profesor no puede tener más de 15 alumnos en buenas condiciones. Con dos o tres horas, más que suficiente. Por supuesto el curso es gratuíto y el monitor voluntario (o casi).
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¿A qué población se puede abarcar con este tipo de programas?
Esta es la verdadera enjundia del asunto. Estos servicios, como los talleres de mantenimiento de calle, son iniciativas loables, pero que nunca podrán dejar de ser minoritarias y que siempre van a ir dirigidas a gente que ya presenta una actitud prudente y preventiva y que, pese a que normalmente obtienen buenos recursos y están agradecidos, quizá no sean el público objetivo de estas propuestas.
Porque estos cursos se deberían dirigir a toda esa tropa de inconscientes que van sin cuidado y sin respeto, atropellando a los demás o poniéndose en riesgo de una manera imprudente y temeraria, muchas veces sin saberlo y otras simplemente adrede, pero estos no suelen acudir a estos talleres.
El problema en estas iniciativas, como en las charlas, es que va un público que ya está convencido y que normalmente es practicante de la doctrina que se quiere inculcar. Eso y su escaso alcance suelen dejar la propuesta en una mera declaración de buenas intenciones, cuando no en un lavado de cara municipal o en un calmado de conciencias colectivas.
¿Un poco es mejor que nada?
Por supuesto que es mejor algo que nada y estos esfuerzos son valiosos y dignos de alabar, pero de ahí a pensar que se está teniendo alguna incidencia en la población va un trecho que no es poco. Ni siquiera entre los ciclistas noveles. Amén de que muchos están sirviendo para bendecir las infraestructuras y maniobras municipales, dándolas como aptas y recomendables.
Esto es como aquella figura ya en vías de extinción que era la de la Obra Social de las cajas de ahorros, que pretendía demostrar su vocación social repartiendo unas migajas de lo que nos robaban o, dicho de otro modo, de lo que ganaban. Hoy se ha demostrado cuál era la Obra de Verdad a la que se dedicaban. La otra, la Social era como echar unas migas a las palomas y hacer creer que con ello las estamos alimentando.
Dada la entidad que está cobrando el ejercicio de la bicicleta como medio de locomoción en la ciudad, ya va siendo hora de empezar a demandar algo más que unos cursillos minoritarios una vez al mes o unas pocas veces al año. Un programa serio de adiestramiento y concienciación respecto al uso de la bici con campañas universales, medidas acompañantes y un buen programa de formación de alcance e impartido por profesionales puede ser un buen principio, antes de proponer una estrategia educacional que empiece en las guarderías, siga en las escuelas y culmine en cursos para adolescentes y adultos.
Hay que ser ambiciosos, si no somos capaces de conformarnos con las migajas y consolarnos con que eso es mejor que nada.









