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martes, 15 de noviembre de 2016

Si sacar las bicis de las aceras nos cuesta que algunas personas renuncien a la bici, el precio merece la pena

Es exactamente lo que mucha gente no está dispuesta a asumir después de demasiados años de consentir algo que nunca tendría que haber ocurrido en ciudades donde la gente mayoritariamente sigue desplazándose a pie y donde, por encima de eso, la gente tiene derecho a estar tranquila en las zonas libres de circulación.

Es curioso que sólo enunciarlo suene a una especie de traición a la bicicleta como opción deseable, pero nada más lejos de eso. La bicicleta sólo tiene y tendrá sentido si es capaz de respetar las normas del juego y la principal es que hay sitios por donde no puede circular, por definición. Ignorar esto es hacerle flaco favor a la bicicleta y es hacerle flaco favor a la ciudad.

Haber consentido durante más de una década que las cosas se hayan hecho mal, fundamentalmente por no perjudicar los intereses del coche en la ciudad, no justifica que se deban legitimar ni consolida ningún derecho. Que los responsables de la movilidad en algunas ciudades (demasiadas) hayan sido tan insensatos de haber organizado buena parte de la circulación ciclista en plataformas peatonales no sirve más que para explicar esta deriva, pero no la hace deseable, sostenible ni asumible.

Así pues, basta ya de hacer la vista gorda sobre este asunto y basta ya de mirar a otra parte cuando se está ocupando el lugar que no nos corresponde. No hay excusa para hacerlo.


¿Y qué hacemos con el miedo?

El miedo es tan libre como injustificado muchas veces y depende más de una percepción subjetiva o de la experiencia o la falta de ella, que de circunstancias objetivas. El miedo a compartir la calzada no puede ser nunca la razón que nos induzca a consentir que las bicis se suban a las aceras. Según esta lógica, el día que los motoristas aduzcan miedo, tendrán el mismo derecho a invadir aceras, plazas y parques como cualquier otra persona ¿no?

Hay que educar a los usuarios de las calles que compartir los espacios de circulación es lo propio entre vehículos, y que vehículos tan deseables como las bicicletas para una ciudad tienen que tener un tratamiento especial de respeto en la calzada. Pero esto sólo se consigue si la gente que anda en bici lo hace de una manera digna y segura y eso sólo se hace ocupando un espacio suficiente para circular: un carril. Tan fácil como eso.

Claro que habrá excepciones, pero, como tales, no dejan de justificar la regla, así que las trataremos como lo que son.

viernes, 6 de febrero de 2015

El ciclista, el "flow" y las reglas de los coches

Parece que, cuando se cuestionan las normas, se levantan ampollas y el solo hecho de mencionar una cierta rebeldía se interpreta como una apología de la temeridad y de la falta de respeto y una justificación del incivismo. Cuidado. Cuidado con confundir respeto con legalidad y cuidado con asociar norma vigente (u orden establecido) con seguridad y ejemplaridad. 

Vivimos en unas ciudades y en unas calles que se han decidido acondicionar al uso prioritario de los coches, relegando cualquier otro uso a un segundo plano. En esas estructuras viales formidables que hemos adaptado para que los coches y sólo los coches funcionen, los demás tienen que vérselas y deseárselas para circular, estar, jugar, pasear o lo que quiera hacerse en ese espacio público.

Es por eso que, cuando tratamos de interpretar cómo debemos los ciclistas actuar o comportarnos en ese medio, necesitemos explicar demasiado y demasiadas veces las mismas cosas. Porque lo de "respetar las normas" se queda corto cuando lo que se trata de explicar es cómo debe hacer un ciclista para circular seguro en medio del tráfico, cómo debe posicionarse en incorporaciones, rotondas y ramales, qué debe hacer para afrontar con garantías un cruce desde una vía segregada o, el colmo, cómo debe actuar si lo que trata de hacer es aprovechar un paso peatonal.


Nos ponemos nerviosos con la sola mención de la insumisión a la ley porque consideramos que bastante denostados estamos los ciclistas como colectivo como para, encima, tratar de aconsejar que se relativicen algunas normas que son tan rígidas como lo requieren los coches. Los semáforos son el ejemplo más sangrante de ordenamiento sólo en clave automovilística.

Sin embargo algunos inconscientes seguimos y seguiremos recomendando prácticas ilegales como interpretar los semáforos de regulación peatonal como meros pasos de peatones, hacer de las incorporaciones hacia la derecha meros cedas el paso o utilizar con respeto los pasos peatonales para hacer más seguros algunos giros, por ejemplo.

¿Por qué? Porque son seguras y porque la bicicleta necesita fluir. El "flow" que diría un rapero es la clave de la eficiencia de la bicicleta. Un ciclista no puede estar parando y arrancando continuamente como lo hacen los coches porque requiere demasiado esfuerzo físico y pierde su esencia y su eficacia. Es por eso que las ciudades cuadriculadas y con semáforos prácticamente en cada cruce de calles son especialmente malas para las bicis. Barcelona a la cabeza.

Muchos interpretarán esta actitud como egoísta, "ciclocéntrica", chulesca o simplemente incívica y provocadora, pero lo harán porque dan por sentado que infringir o relativizar una norma significa incumplir todas y que eso sólo sirve para alentar a los energúmenos y dar cobertura a cualquier desmán a bordo de una bicicleta.

No. Deberíamos poner el respeto por encima de la ley y recurrir a la ley sólo ante una falta clara de respeto. En todos y cada uno de los casos. Porque, de lo contrario, estaremos maximizando y sacralizando normas que, muchas veces, han sido formuladas para recoger los intereses y las exigencias y para garantizar la seguridad vial de tan sólo unos cuantos ciudadanos.

Las bicis no son coches y las normas de circulación y la regulación del tráfico están fundamentalmente concebidas para los coches o para el concurso eficiente de los coches. Tampoco son peatones, hermanos menores del tráfico, sometidos a las condiciones de los motorizados. Si no entendemos esto no estaremos siendo justos y ecuánimes en el tratamiento de estos vehículos humanos que son las bicicletas.

Por cierto, algunas de estas "ilegalidades" a las que nos referimos ya están permitidas en algunos países lejanos como Francia, por ejemplo. Imaginaros que eso ha ocurrido así sólo porque ellos son mucho más civilizados que nosotros, no porque hay un historial de muchos años de ciclistas infringiendo cortésmente esas normas.

miércoles, 2 de julio de 2014

¿Culpabilidad o seguridad?

Creo que vamos a seguir necesitando expresarnos en espacios como este hasta que seamos capaces de ir construyendo un mundo que garantice la seguridad de las personas en sus desplazamientos independientemente del medio de locomoción que utilicen. Y, por desgracia, parece que vamos a necesitar bastante tiempo y buenas dosis de paciencia y de comprensión para lograrlo.

Comprensión de que no bastan infraestructuras y leyes. Comprensión de que esto no se hace sin respeto a las personas por encima de derechos y obligaciones. Comprensión de que la prevención y la empatía deben conformar el eje central del trabajo y de que eso no se hace sin educación, sin civismo.

Pongamos un caso bien conocido por los que estamos atentos a los accidentes ciclistas y preocupados por sus consecuencias y su creciente incidencia: un ciclista es arrollado por un vehículo motorizado al tratar de cruzar, montado, un paso de peatones. El resultado: el ciclista se lleva la peor parte y, en muchos casos, además es culpable del incidente.


¿Cuál es la reacción habitual ante este tipo de sucesos? Normalmente, después de superar el morbo propio de cualquier acontecimiento violento y de conocer el alcance de los daños personales, determinar la culpabilidad (a veces incluso antes de preocuparnos por las víctimas). A continuación lo más frecuente suele ser emitir un juicio gratuito, generalizando y ejemplarizando. Como si la legalidad fuera suficiente para justificar o resolver el asunto.

La pregunta es ¿es más importante conocer o determinar la culpabilidad de estos sucesos o tratar de prevenirlos y evitarlos, priorizando en la integridad de las personas? ¿Una perogrullada? Ya. Pero el problema es que en la mayoría de los casos estamos más ocupados en tratar de dilucidar la culpabilidad, normalmente atendiendo a una ley que puede ser tan absurda como para proteger a los que se abalanzan sin ningún tipo de prevención y se ponen en riesgo de una manera más o menos inconsciente, que a tratar de resolver el problema y buscar la reducción de las víctimas, por más derechos que les asistan.

Mientras sigamos siendo tan estúpidos como para pensar que la seguridad de los ciclistas depende del miedo, de una infraestructura más o menos miserable o de la ley y la vigilancia de su cumplimiento, seguiremos consolidando una situación que cada vez se hace más grave y seguiremos evitando solucionarla, atajando las causas principales que la provocan, a saber: la predominancia insoportable del tráfico motorizado en nuestras calles, la falta de respeto que garantice una convivencia amable y, sobre todo, la insensatez de muchos a la hora de garantizar su propia integridad.

Hasta entonces seguiremos presenciando estos incidentes en los que seguirán cayendo víctimas, víctimas propiciatorias, donde el beneficiado es sin duda el tráfico motorizado segregado. Y lo seguiremos haciendo de una manera cada vez más indolente, con la indolencia que provoca el acostumbramiento a este tipo de sucesos.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Usando la calle

La calle, el espacio común, admite múltiples usos, de hecho, está para usarla. Para vender, o al menos intentarlo, para desplazarse, para divertirse o, simplemente, para estar estando. La calle recoge los deseos y los intereses de las personas cuando están fuera de sus casas, sus espacios privados. La calle es el espacio público, aquel que es de todos y de nadie a la vez. Es ese espacio donde suceden las cosas, donde se producen muchos encuentros y algún que otro desencuentro.

La calle no es tuya

Y tampoco mía. Es nuestra. Es el lugar para compartir, para convivir o, cuando menos, para concurrir. Y esa concurrencia es la que debe modularse y la que debe estar presidida por el respeto. Por la comprensión de lo que está haciendo el prójimo. Sólo si somos capaces de entender lo que están haciendo las personas que nos encontramos en la calle seremos capaces de hacer comprender qué queremos hacer nosotros en ella. Da igual lo que sea: pasear, jugar, circular, aparcar, comprar, vender o simplemente estar.


La calle no es privativa

Mal que le pese a muchos. Es un bien comunitario, un bien escaso que es necesario compartir de la manera más satisfactoria posible para responder a los deseos de los que la usan. La calle debería regirse por el entendimiento y por el interés general, priorizando en aquellos usos que sean beneficiosos para más personas.Si fuera así no harían falta normas, códigos o reglamentos. Nunca debería estar presidida por la prisa, por la prepotencia o por la violencia de algunos de sus usuarios, nunca debería haber sido ocupada prácticamente en su totalidad para que unos cuantos (siempre minoría) se sirvan de ella casi en exclusividad para circular y aparcar sus automóviles privados y privativos.

La calle no es de los automóviles

Pero así ha sido y esa es la calle que nos encontramos en la inmensa mayoría de los casos. Son raras las calles donde este orden de cosas se ha cambiado y se han devuelto a las personas. Lo más extraño de este proceso es que, cuando se ha planteado, siempre se ha hecho con la oposición de las personas, de algunas personas, normalmente vecinos y comerciantes, que han entendido que la calle era un bien privativo de ellos y que tenían un derecho sobre ella que la hacía prácticamente discrecional.

La calle no está para parcelarla

Ahora, en la modernidad alucinante en la que nos hayamos inmersos, unos cuantos, enarbolando el estandarte de la movilidad sostenible, han pensado que eran acreedores de un espacio exclusivo en esa calle, tratando de emular las conquistas que el automóvil había hecho hasta nuestros días y han exigido que la calle se parcele, para darles una parcela a ellos. Una raya que delimite su espacio de dominio, su privilegio.

Lo que no entienden esa partida de ilusos es que, salvo contados casos de calles sobredimensionadas para la circulación y sólo en determinadas circunstancias que merecerían un estudio detallado, la mayoría de las calles no admiten parcelaciones y que es necesario convivir en ellas de la mejor manera posible y eso sólo se hace desde el respeto y el respeto no se consigue con rayas pintadas en el suelo. Ni mucho menos.

martes, 13 de agosto de 2013

Cambiar el miedo por respeto

Nos hemos acomodado a la lógica del miedo. No es extraño porque el miedo es muy rentable para muchas personas y sobre todo para muchos grupos de poder. Inculcar miedo es la mejor y más irracional forma de mantener a la gente atenazada, expectante, ansiosa por que se lo calmen con cualquier remedio. El miedo es el arma más potente y el poder lo sabe y lo ejerce.

Nos han metido el miedo hasta las entrañas, que es donde mejor se acomoda, y así han conseguido que evitemos pensar, que no atendamos a la lógica, que seamos incapaces de discernir. Porque el miedo no nos deja.

Nos luciría de otra manera el pelo si en vez de habernos dejado vencer por el miedo, hubiéramos sido capaces de fundamentar los cimientos de nuestras relaciones sociales en el respeto. Respeto, que no obligación u obediencia.


El respeto nace del reconocimiento y la aceptación del otro como un individuo pleno ante el que debemos profesar una consideración en el objetivo de que dicha consideración sea mutua, recíproca. Así pues, el respeto parte de una visión empática de la dignidad y de una necesidad de reconocer para ser reconocido. Es una óptica mucho más ética y un fundamento mucho más sólido que el del miedo si lo que buscamos es la convivencia y el entendimiento.

Es ahí donde debería estar el quid de la cuestión en cualquier aspecto social que contemplemos. Es ahí donde debería estar el quid de la cuestión en la movilidad, en la circulación, en el tráfico, en el desplazamiento de personas. Si fuéramos capaces de reconocer que no hay automovilistas, ciclistas, peatones o motoristas, hay personas.

El respeto a las personas no se fundamenta en ninguna ley escrita, no hace falta una normativa, ni una policía que vigile su cumplimiento. Porque el respeto es una manera de entender las relaciones humanas, donde las personas, cada persona es lo más importante y lo más incuestionable.

Lo que pasa es que el respeto no se imparte ni se reparte (como el miedo), el respeto se inculca y se merece, hay que conquistarlo, hay que ganárselo y es ahí donde tenemos una carencia fundamental. Hemos perdido el valor del respeto hacia las personas y hacia todo lo demás y es por eso por lo que nos hemos dejado vencer por el miedo y por lo que ahora necesitamos normas que establezcan rayas de las que no pasarnos y vigilantes que nos obliguen a cumplirlas y nos castiguen cuando no lo hagamos.

Es así de lamentable. Y también es así de grave, porque es una dinámica muy difícil de cambiar. Para recuperar el respeto vamos a necesitar varias generaciones, para perderlo ha bastado con una.