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lunes, 18 de diciembre de 2017

Desempoderar a las bicicletas en las aceras y a los coches en las calzadas

Parece ilegítimo, para aquellas personas que demuestran haber asumido que desempoderar al coche en la calzada es una batalla perdida o un camino demasiado largo, proponer el descabalgamiento de los ciclistas refugiados en las aceras. Así lo demuestra la sorpresa mezclada con indignación que exhiben esos presuntos defensores de la bicicleta cuando se les recuerda de manera amable o por vía legal que las bicicletas no pueden ni deben circular por las aceras, que les hace inferir el abandono de esa opción de movilidad en favor de otras menos deseables bajo la amenaza: "si no puedo andar por las aceras, entonces dejo la bici". Como si lo que llevan unos años haciendo, por pura inoperancia de los gobernantes de turno y por el mero hecho de haber sido consentido, fuera natural e incluso nos hicieran un favor haciéndolo.

Nunca se ha podido circular por las aceras en bicicleta. Nunca de una manera indiscriminada e incondicional, como se está haciendo hoy en día en muchas ciudades. Siempre ha sido de manera excepcional y en condiciones de excepcionalidad (paseos, parques, menores, etc.) Pero el interés y/o la cobardía de muchos políticos gobernantes y de todo el lobby empresarial y social que mantiene la industria del coche han permitido o, en muchos casos, ha fomentado esta deriva, con el objetivo de mantener la predominancia y la prioridad de elección del coche como medio de transporte, incluso asumiendo unos costes y unos daños colaterales descabellados. Esto ha generado un agravio terrible entre la mayoría peatonal, convirtiendo espacios anárquicos y tranquilos en vías de circulación, donde se ha reproducido la relación prepotente que sufrían los ciclistas por parte de los automovilistas, convirtiendo a aquellas víctimas en los actuales verdugos.


Ahora que algunos gobernantes han tratado de retomar el asunto y reconducirlo hacia donde, por lógica, nunca debería haber dejado de estar, resulta que se encuentran con resistencias por todos lados. Y se encuentran, en esto de las bicis (pero si habláramos del transporte público la tesitura no cambiaría mucho), con resistencias no ya sólo del conservadurismo "autocrático" (de auto) clásico representado por todo ese lobby que defiende el uso del coche a capa y espada, sino ahora también con toda esa gente que se ha incorporado al uso de la bicicleta de manera anómala e irregular y que no sabe ni quiere saber nada de otra cosa que no sea circular por carriles bici y por aceras y parques, sea en las condiciones que sea.

Esa es la situación, ese es el reto y esta es la encomienda: hay que recordar a la población en general que el uso abusivo que se está haciendo del coche en la ciudad es insostenible y que las calles no deberían servir principalmente para circular y aparcar coches, motos o bicis, sino para aprovecharlas para realizar la vida pública en condiciones agradables, seguras, limpias e igualitarias. Y, puestos en ello, deberíamos recordar que, aunque las bicicletas sean más bienvenidas que los automóviles, que las motos y que los buses, deben respetar esta encomienda y cooperar en la amabilización de las calles, en el calmado del tráfico, en el respeto escrupuloso e incondicional de las aceras, de las plazas y de los parques como espacios sin circulación. Y luego estarán las excepciones.

Así pues, queridísimos y queridísimas ciclistas con vocación de peatones, no vamos a contar con vosotras ni con vosotros en esta misión, porque, aunque os sintáis víctimas de un engaño histórico que os hizo creer que andar en bici de cualquier manera era bueno así porque sí, queremos que sepáis que vuestra práctica no es bienvenida en la ciudad del futuro, que es esa donde el coche no va a ser aceptado y donde las bicicletas y el transporte público van a rendir pleitesía incondicional a las personas de a pie. Vuestra insumisión la tomaremos como una resistencia al cambio, normal pero no deseable, y por tanto trabajaremos para desautorizaros por medios asertivos o coercitivos, si los primeros no funcionan, que, visto lo visto, parece que va a ser que no.


Pero no va a bastar sólo con trabajar contra esta práctica generalizada. Hay que empezar desempoderando a los automovilistas, sean conductores de coches, de motos, de furgos o de buses, en la calzada, donde nunca debieron haber sido tan poderosos. Recordando, vigilando y castigando si es caso las malas prácticas. Controlando velocidades, conductas, faltas de respeto, pretensiones y cualquier indicio de violencia vial.

Otro día hablamos de patinetes, scooters, bicis, sillas, coches y camiones eléctricos, si os parece. Mis mejores deseos para el fin de año.

martes, 15 de noviembre de 2016

Si sacar las bicis de las aceras nos cuesta que algunas personas renuncien a la bici, el precio merece la pena

Es exactamente lo que mucha gente no está dispuesta a asumir después de demasiados años de consentir algo que nunca tendría que haber ocurrido en ciudades donde la gente mayoritariamente sigue desplazándose a pie y donde, por encima de eso, la gente tiene derecho a estar tranquila en las zonas libres de circulación.

Es curioso que sólo enunciarlo suene a una especie de traición a la bicicleta como opción deseable, pero nada más lejos de eso. La bicicleta sólo tiene y tendrá sentido si es capaz de respetar las normas del juego y la principal es que hay sitios por donde no puede circular, por definición. Ignorar esto es hacerle flaco favor a la bicicleta y es hacerle flaco favor a la ciudad.

Haber consentido durante más de una década que las cosas se hayan hecho mal, fundamentalmente por no perjudicar los intereses del coche en la ciudad, no justifica que se deban legitimar ni consolida ningún derecho. Que los responsables de la movilidad en algunas ciudades (demasiadas) hayan sido tan insensatos de haber organizado buena parte de la circulación ciclista en plataformas peatonales no sirve más que para explicar esta deriva, pero no la hace deseable, sostenible ni asumible.

Así pues, basta ya de hacer la vista gorda sobre este asunto y basta ya de mirar a otra parte cuando se está ocupando el lugar que no nos corresponde. No hay excusa para hacerlo.


¿Y qué hacemos con el miedo?

El miedo es tan libre como injustificado muchas veces y depende más de una percepción subjetiva o de la experiencia o la falta de ella, que de circunstancias objetivas. El miedo a compartir la calzada no puede ser nunca la razón que nos induzca a consentir que las bicis se suban a las aceras. Según esta lógica, el día que los motoristas aduzcan miedo, tendrán el mismo derecho a invadir aceras, plazas y parques como cualquier otra persona ¿no?

Hay que educar a los usuarios de las calles que compartir los espacios de circulación es lo propio entre vehículos, y que vehículos tan deseables como las bicicletas para una ciudad tienen que tener un tratamiento especial de respeto en la calzada. Pero esto sólo se consigue si la gente que anda en bici lo hace de una manera digna y segura y eso sólo se hace ocupando un espacio suficiente para circular: un carril. Tan fácil como eso.

Claro que habrá excepciones, pero, como tales, no dejan de justificar la regla, así que las trataremos como lo que son.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Malditas bicicletas

Nunca me habría imaginado empezando un artículo así, pero la situación se ha hecho insostenible. La práctica ciclista en las ciudades en las que se ha incrementado de forma notoria se ha convertido en un juego cruel, siniestro e indeseable, en términos generales. La circulación ciclista se ha prostituido de una manera tan excepcional que ha acabado con el poco reconocimiento que las personas que habían elegido la bicicleta para desplazarse habían logrado, para convertirse en un ejercicio de insolencia, de insolidaridad y de indolencia tan inquietante como preocupante.

Donde antes nadie cuestionaba cuáles eran los derechos y las obligaciones de la gente ciclista, hoy parece que sea debatible e incluso recomendable cualquier cosa. Circular por aceras y zonas peatonales de manera indiscriminada es lo más grave. Y no sólo porque esa gente anda poniéndose en peligro en sus interacciones con el tráfico rodado, sino, fundamentalmente, porque están agrediendo, intimidando y condicionando la libertad del resto del personal de manera impune, cuando no además prepotente.



No atajar esto puede provocar no sólo múltiples situaciones indeseables y accidentes de distinta consideración, sino, sobre todo, una aversión hacia la bicicleta como opción de movilidad que ya está cuajando entre la población de una manera justificada.


Pero el problema no es tan fácil de resolver. No va a bastar con tratar de reprender y castigar a los ciclistas que infrinjan normas tales como no circular por las aceras o bajarse de la bici para cruzar los pasos peatonales donde no haya establecido un paso ciclista o reducir la velocidad e incluso desmontar en las calles peatonales donde la densidad de caminantes sea suficiente. No. Hay que ofrecer alternativas de calidad a la circulación ciclista y hacer mucha pedagogía a través de campañas y de trabajo de calle.

Aquí es donde duele. Porque no es sencillo hacer que nuestras calles sean ciclables. Y menos convencer a la gente de que lo son. Sobre todo a los que han adoptado como norma andar en bici siempre por las aceras. Y tampoco depende de que se cosa la ciudad con carriles bici imposibles e impracticables. Hay que calmar el tráfico, hay que enseñar que las bicis deben circular por la calzada y hay que hacer los pocos carriles bici que se requieran ocupando espacio de asfalto hasta entonces destinado a la circulación casi exclusivamente motorizada. Y esto no hay nadie dispuesto a hacerlo en serio. Políticos me refiero. Porque creen que se juegan el electorado y que los privilegios del coche son intocables porque si no igual reciben toques de atención también de las altas esferas.

Mientras tanto, podemos seguir quejándonos y maldiciendo a los ciclistas, y lamentándonos de los accidentes y sustos que provocan y en los que se ven envueltos también como víctimas. O celebrando Semanas de la Movilidad, Días sin Coches y otras pantomimas por el estilo.

domingo, 4 de octubre de 2015

Ciclistas por la calzada ¿carne de cañón?

Las bicis no encuentran su sitio en las ciudades que hemos heredado después de haberlas puesto a disposición de los coches durante décadas. No encuentran su sitio aunque sepan que su lugar natural es la calzada. Y no lo encuentran porque mucha gente se ha empeñado en hacernos ver que la calzada es prácticamente un suicidio para los que se lo propongan a bordo de una bici. Nada avala esta teoría, ningún dato, ninguna estadística, ningún estudio y, sin embargo, es una opinión que se ha hecho mayoritaria en la última década y que se ha asumido como un lugar común muy recurrido cuando tratamos el tema de la reinserción de la bicicleta como medio de transporte deseable.


No. La calzada no es especialmente peligrosa para los ciclistas. De hecho, es el lugar más seguro por donde circular. Ahora bien, hay que reconocer que puede resultar un lugar incómodo y hasta molesto, precisamente porque se ha adaptado de tal manera al tráfico motorizado que las bicicletas quedan marginadas y muchas veces despotenciadas. Esto ocurre especialmente en las grandes arterias y en las circunvalaciones, donde las vías sólo contemplan a los automóviles y todos los demás se las tienen que apañar porque están, a priori, excluidos.

En este escenario y teniendo en cuenta que todas las personas que se incorporan a la utilización de la bicicleta son, por lo general, torpes y miedosas hay quienes defienden que hay que ofrecer programas de educación vial para que los ciclistas noveles se hagan con las habilidades básicas para lidiar en el tráfico. Sin embargo, dichos programas son por definición minoritarios y, aunque sus promotores demuestran que son eficaces, no logran cambiar las tendencias mayoritarias que llevan a los usuarios a circular por las aceras.

Desde este blog siempre hemos defendido la necesidad de no perder el derecho y la obligación de circular por la calzada porque la inmensa mayoría de las calles son perfectamente ciclables con sólo contar con la actitud adecuada para hacerlo y la masa crítica es el mejor argumento para conseguir el respeto debido, la visibilidad y la atención deseables.


No obstante, somos igualmente conscientes de que es imperioso cambiar la lógica dominante en nuestras calles para convertirlas en espacios más amables para ser compartidos por las personas y para ello hay que cambiar su fisonomía, su ordenación y su finalidad principal. Lo que hoy en día son calles donde lo más importante es la circulación hay que trabajar para que pasen a ser calles donde está permitido circular respetando siempre al más débil y en primera instancia a las personas que están en la calle (los mal llamados peatones).

Si no se hace es una pretensión pensar que, tal como están las cosas, va a haber gente que opte por la bicicleta, simplemente porque seguirá siendo una opción marginada en un mundo dual: o en vehículo motorizado o a pie.

La tercera vía, la de la segregación necesaria e imprescindible de los ciclistas de toda circulación, si no es de manera excepcional y debidamente justificada, es la que sirve para consolidar el orden establecido y garantizar la exclusividad de la calzada para los automóviles y la exclusión sobreentendida allá donde esa segregación termine, con la consecuente, consabida y consentida invasión de las aceras.

Si no somos capaces de apostar por la calle compartida, por la educación de los automovilistas en el respeto estricto a los más débiles, por la recuperación de los espacios públicos para la convivencia, sólo estaremos parcheando y perpetuando la violencia vial y la tiranía de los automóviles.



lunes, 18 de mayo de 2015

Alcaldables: ni más carril bici, ni bicis fuera de las aceras, lo que hace falta es menos coches

Se acerca la fecha clave para decidir quiénes van a gobernar nuestras ciudades los próximos cuatro años y salen por todos lados encuestas, predicciones, pretensiones y deseos de lo más variopintos para tratar de demostrar que se quieren mejorar nuestras ciudades y ahí las propuestas son de lo más variopintas.

En mi ciudad, el periódico del régimen ha hecho su encuesta y el resultado no podía haber sido más esclarecedor del estado de la cosa en términos de tráfico y de cultura de la movilidad: el carril bici es el principal problema de Pamplona. Y todo el mundo se queda tan fresco, tocando el timbre en sus bicis, el claxon en sus coches y festejando el éxito.


Sin leer el artículo (uno llega a pensar que los artículos no se hacen para que la gente se los lea, sino para dar contenido al titular) se puede llegar a pensar que la gente está tan loca que ha tomado conciencia de que el carril bici, y especialmente el de Pamplona, es una chapuza tan grande que ha pasado a representar el mayor obstáculo para las aspiraciones de movilidad razonable de esta ciudad, pero no. Resulta que lo que la gente encuestada demanda es más basura de ésta hasta inundar toda la ciudad de ella.

Una red segura que nos permita devolver a los ciclistas a su espacio natural: la marginación. No está mal pensado, teniendo en cuenta que la bicicleta es esa mosca molesta que llega en primavera, pero que se está haciendo fuerte al frío y ahora ya nos empieza a incordiar también en invierno. Parece mentira que a estas alturas de siglo XXI todavía andemos tratando de explicar la existencia natural y normal de las bicicletas en la ciudad, más allá de la pura existencia de carriles bici, y sigamos empeñados en seguir justificando la necesidad del uso del coche de manera tan compulsiva como estúpida.


Pues no ciudadanos, no podemos consentir que los que han mandado hasta ahora sigan eligiendo un modelo de ciudad a merced de los coches. Y eso no lo vamos a cambiar haciendo unos carriles bici o expulsando a los ciclistas invasores de las aceras. Eso sólo se consigue de una manera: expulsando coches de las ciudades.

Si no pensamos así y no actuamos en esta dirección, todo lo que conseguiremos es más denigración de la práctica de la bicicleta, multiplicar los riesgos reales de accidente de los ciclistas, demostrar que las bicicletas no son convenientes, todo ello sin dudar en menoscabar la calidad del espacio urbano y la tranquilidad de las personas que tratan de disfrutar de él.

martes, 24 de febrero de 2015

Recortes de una realidad sangrante

Ojeando la prensa local de estos días se puede comprobar que, ante la ausencia de otras noticias que las relativas a la corrupción y al tiempo, hay poco de que hablar en los medios de comunicación. Por eso vuelven la mirada hacia problemas menores, presuntamente irresolubles o demasiado conocidos y que entretienen a la audiencia por representar lugares comunes donde la gente se siente reconfortada y cualquiera es capaz de emitir juicios, opiniones o despropósitos sin tomar partido.

Y las bicicletas, cómo no, vuelven a ofrecer ese tópico facilón y recurrente que tanto agradece el gran público. Ayer y hoy han sido portada alternativamente de los periódicos locales de mayor tirada en Navarra. Ayer hablando de robos de bicicletas y hoy de accidentes, en general, pero poniendo también el acento en los ciclistas, aunque la portada se la llevaran las rotondas.

Hojeando en páginas centrales compruebo que el análisis de los mayores problemas del tráfico en esta ciudad o, al menos, los que más accidentes generan lo hace un responsable del cuerpo de Policía Municipal de Pamplona y ahí ya se introducen los dos factores más determinantes: las rotondas y los ciclistas que cruzan pasos peatonales.


Esto no sería nada más que la constatación de una realidad sangrante, suficientemente denunciada y sobradamente anunciada desde este mismo espacio y desde otros muchos a lo largo y ancho de este país miserable, al menos con el tratamiento que se le da a los usuarios de la bicicleta por parte de las "autoridades competentes". No daría para más si no fuera por la profundidad con la que, esta vez, se trata el tema y por la prolijidad del interlocutor elegido por el reportero, que se despacha a gusto sobre estos temas.

A nosotros, que lo que nos interesa son las bicis o, quizá más, la visión de la movilidad en general y la perspectiva desde la que se perciben las bicicletas, es una oportunidad para extraer algunos pasajes que ayudan a comprender cuáles son las claves de una realidad que, por más conocida, no se afronta desde el ángulo adecuado.

Que las bicis se presenten como un peligro es parte de esa visión acomplejada y orientada por el dominio del automóvil. Que el accidente más repetido con diferencia entre los que utilizan la bicicleta sea el atropello lateral cuando se cruza un paso de cebra delata la desnaturalización de la práctica ciclista y la renuncia colectiva a la calzada que se ha generalizado, sobre todo entre las personas que se han incorporado recientemente a la utilización de la bicicleta en estas ciudades concebidas para coches.

Ahora bien, siendo todo esto comprensible, lo que no parece es que sea excusable que el determinismo de los que pueden colaborar en cambiar este orden de cosas reduzca el problema a una cuestión de infraestructuras, educación vial o entendimiento entre ciclistas y peatones. Las joyas que involuntariamente nos aporta el responsable de la Policía Municipal no tienen pierde.



Todo en orden:
  1. Es inevitable que los ciclistas, ante la imposibilidad de construir infraestructuras que segreguen su circulación del tráfico, se tengan que refugiar en las aceras.
  2. Hay que disculparles, porque nadie va a tocar el tráfico en esa ciudad consolidada, que para los profanos significa inamovible y para los menos profanos significa "la que no vamos a mover bajo ningún precepto" aunque se pudiera.
Tremenda la lógica aplastante que manejan los poderes establecidos y los agentes que velan por hacer cumplir con la ley que mantiene las cosas inalterables.

Ahora bien, cuando se le pregunta sobre los accidentes registrados en calzada el dato, que queda sumergido en la profundidad del artículo, es demoledor.


Apenas se registran accidentes en calzada y, de éstos, y el responsable municipal no lo dice, la mayoría tienen lugar en las malditas rotondas. Esas que no entiende nadie, ni los automovilistas para las que se diseñaron, pero en las que los ciclistas quedan doblemente desvalidos porque no concurren en igualdad de condiciones y desaparecen en el ángulo muerto de visión de los automovilistas.

Siendo tan claro como grave el panorama ¿por qué no se propone otra solución que la connivencia (que no convivencia) o la educación vial infantil? Pues porque no es labor de la policía proponer sino salvaguardar, probablemente.

Sin embargo, todos los que confirmamos, otra vez más, esta realidad no podemos quedarnos callados presenciando el deterioro de la situación ciclista y el confinamiento al que quieren someter a las personas que usan la bici, como si fuera lo más natural, siempre tratando de preservar la tiranía del tráfico automovilístico.

lunes, 27 de octubre de 2014

Con bicis y a lo loco

Así. A lo bestia. Así es como circulan muchos a bordo de sus bicis. Sin cuidado, sin miedo, sin mirar. Jugándosela así porque sí, a lo loco. Sin cabeza.

La penúltima, el atropello de un ciclista a un autobús urbano, en la Zaragoza de los cicleatones. ¿¡Cómo hay que ir para estrellarse contra el lateral de un autobús urbano transitando por una acera!?

¿Quién asiste a estos bienaventurados? 

¿En qué endiablada cabeza cabe cruzar un paso de peatones, de bicis o simplemente saltar a la calzada sin mirar y sin asegurarte de que te han visto? Pues parece que en más cabezas de la cuenta. Y, la verdad, no se sabe bien a quién se encomienda esta gente porque su ángel protector no está haciendo la labor.

La pandilla de descerebrados a pedales crece y crece sin cesar, y con ella los siniestros en los que se ven involucrados bicicletas que, con toda la razón, ya ha dejado de preocupar a nuestras autoridades, a los medios de comunicación de masas y al público congregado y ha empezado a indignarles porque se está consolidando como uno de los problemas de seguridad vial más acuciantes de nuestras ciudades. Y, lo que es peor, está enervando a los propios promotores de la bicicleta que ven, indefensos, como las estadísticas les empiezan a quitar la razón cuando defienden este vehículo como más seguro.


¿Cómo vamos a resolver este problema?

Es la pregunta del millón en la alocada carrera de la promoción de la bicicleta que se ha vivido en nuestro país desde hace más de una década y que sigue su momento inercial en estos tiempos de sequía presupuestaria y dieta económica.

Parece que las posiciones son irreconciliables: o se deja a los ciclistas circular por las aceras y se hace cursos minoritarios para educarles a cómo hacerlo, o se les obliga a abandonarlas a base de persecución y multas y se les abandona en un tráfico que se ve como poco apropiado en muchas vías.

La vía intermedia no se comprende porque genera también enfrentamiento entre las distintas facciones bicicleteras. Esa vía intermedia que abogaría por tranquilizar el tráfico informando de la presencia de ciclistas en la mayoría de las calles y que necesitaría segregar a los ciclistas en las grandes avenidas y en las cuestas parece que no cuenta ni con la unanimidad de los propios ciclistas.

Parece que tiene que ser todo o nada o, más que eso, todo a una carta o nada de nada. Así los ciclistas que abogan por la integración de la bicicleta en el tráfico como un vehículo más son incapaces de tolerar ningún tipo de segregación y lo dejan todo en manos de la educación vial voluntarista y, frente a ellos, los segregacionistas sólo son capaces de aceptar la circulación por carriles bici como único garante de su seguridad y, si no, aceptan de buen grado la invasión de las aceras. Así integristas y segregacionistas, todos se presentan absolutistas y, como tales, cerrados al diálogo y poseedores de la verdad absoluta e incuestionable.

Y luego nos quedan nuestros políticos, temerosos de importunar al tráfico motorizado, que prefieren no mover ficha que equivocarse.

Las cosas deben cambiar.

domingo, 19 de octubre de 2014

En bici por la acera, no hay manera (crónicas de un infractor)

Constatado. No hay manera de evitar el ventajismo y la intimidación cuando se circula sistemáticamente por las aceras a bordo de una bicicleta. Se puede conseguir ser cortés y paciente una vez, dos, unas cuantas, pero cuando la cosa se repite y se hace habitual, sale lo mejor de nosotros. Entonces llega el "disculpa" después de haber pasado rozando, el "ring ring" para conseguir que los caminantes estén avisados de vas a pasar como una exhalación, las velocidades crucero prohibitivas, las maniobras casi temerarias para ganar la mano en un paso de peatones...

Todo está justificado por la sempiterna prisa, esa que parece que dé más razón al más rápido y que perjudique siempre al más lento. En las aceras, y más en hora punta, esto es la norma y lo demás son excepciones.


En las aceras la prepotencia se mide, por lo general, en kilómetros hora, en masa movida y en la arrogancia que es consustancial a esas magnitudes agregadas. Negarlo es no querer enfrentarse a la realidad, no haberla observado o mirarla desde el manillar y a pedales. Incluso los ciclistas más modélicos pierden el tono cuando en un mini-sprint o en dos golpes de pedal pueden ganar la posición en una situación embarazosa.

Todo es comprensible, pero eso no lo hace disculpable y mucho menos sostenible. El problema sigue ahí y, cuantos más ciclistas hay, más grave es. Porque las velocidades relativas, las distancias de seguridad, los radios de giro, las trayectorias inerciales hacen que la convivencia en el mismo espacio entre gente que camina y gente que monta en bici sea imposible.


¡Claro que hay gente respetuosa en las aceras! Y gente que es capaz de apearse de la bici, pero son los menos y su excepcionalidad no hace más que confirmar la regla.

Para resolver este mal endémico, son muchos los que abogan por la educación vial, por el recordatorio del respeto debido y la prioridad obligada. No está mal. Pero hay que ser conscientes de que el alcance de las campañas, los cursos y los avisos no logran llegar más que a una mínima parte de una población saturada de mensajes y aburrida de adoctrinamiento y muchas veces no son suficientes para cambiar estas actitudes. Habría que trabajar de una manera unívoca, conjunta y permanente para darle la vuelta a esta tendencia que sigue ganando adeptos en la Ciudad de los Coches, esa que deja alegremente que los más débiles peleen sin cuartel para seguir beneficiando al más poderoso.

Lo cierto es que, incluso tratando de ser exquisitos, la prisa nos obliga y nos empuja a correr y a acelerar y la bici corre y acelera y si lo hace en las aceras lo hace contra los peatones. Los que vivimos en ciudades donde la circulación ciclista por aceras está masificada lo presenciamos a diario, cada hora, en cada momento. Y no, no depende de la edad, del género, de la raza ni de la condición social. Aquí lo hacen todos y de todos los pelajes.

Y digo todo esto porque lo he intentado.

jueves, 2 de octubre de 2014

"Por más que lo intento, siempre que monto en bici acabo atropellado"

Era la confesión de un entrañable vecino ayer mismo.

- No sé cómo hago, pero, aunque tomo todo tipo de precauciones y trato de evitar circular por la calzada, utilizo parques, aceras y carriles bici, en cuanto llego a un cruce o a una incorporación y me bajo al asfalto esos metros siempre acabo atropellado o casi. ¿Por qué me pasa eso?

- Pues igual precisamente por eso - le dije, no lo pude evitar.

- ¿Por qué? No te endiendo.

- Por circular siempre fuera del tráfico y pretender que el tráfico lo entienda.

- Ya...

- Hay dos sitios donde los conductores no te ven ni aunque quieran: cuando cruzas un paso de peatones (o de bicis) sin hacer una parada técnica y cuando apareces por el ángulo muerto, sobre todo desde la derecha.

- ¿Y entonces?

- Pues tienes dos: o sigues incomodando peatones y fiándote de los carriles bici y te aseguras de que los conductores (no los coches, que esos no ven) te han visto o pruebas a saltar a la calzada y circulas por el medio del carril que te convenga para tu itinerario y en las rotondas te metes bien en el medio para que te vean, siempre señalizando tus maniobras y mirando al resto de conductores.

- Pero eso me da mogollón de miedo.

- Vale, pero hablamos de tu integridad y esa te debería preocupar más que tus miedos.

- No sé, ya veremos.

domingo, 2 de marzo de 2014

Stop al ciclismo temerario

No hay prácticamente día en el que, si queremos, no nos encontremos noticias sobre atropellos con ciclistas implicados. Ciclistas atropellados o ciclistas atropelladores. No es lo mismo pero muchas veces da igual. Como víctimas o como victimarios, los ciclistas muchas veces, quizá demasiadas aunque no mayoritariamente, suelen ser elementos propiciatorios de los incidentes en los que se ven envueltos. Casi siempre de forma involuntaria, muchas veces impulsados por un exceso de confianza de su destreza o de las facilidades de las que les han provisto, que les hace ponerse en riesgo de manera imprevista, el caso es que tenemos que denunciar la actitud de muchos de ellos, demasiados aunque no mayoría ni remotamente, si queremos atajarlo.


La bici es fácil, ligera, silenciosa, rápida, inercial y nos permite hacer itinerarios combinados utilizando distintas plataformas en unas condiciones que, hay que reconocerlo, nos hacen los privilegiados de la movilidad urbana. Los que andamos en bici a diario lo sabemos y lo apreciamos. Los que llevamos andando toda la vida no lo queremos perder porque sabemos que es la clave de su utilidad. Y no es de permisividad total de lo que hablamos, es de flexibilidad, de anticipación, de destreza y de prevención al conducir en bici, siempre desde el respeto escrupuloso hacia las demás personas, sean vehículos, peatones o individuos que están en la calle.

Esa versatilidad y esa capacidad de colarse, de escurrirse, de circular casi subrepticiamente hace que la bicicleta, las bicicletas sean difícilmente detectables por el resto de la gente en su deambular y es lo que las hace peligrosas tanto para los demás, sobre todo para los que caminan, como para los propios ciclistas que muchas veces no son conscientes de su invisibilidad para el resto de vehículos o de lo peregrino de sus maniobras.


Es aquí donde hay que hacer el llamamiento para atajar esas conductas y esas maniobras ciclistas que juegan en contra de la bicicleta como paradigma de la movilidad urbana. Si no somos los propios ciclistas los primeros en denunciar la temeridad de mucha gente que conduce bicicletas, perderemos legitimidad y credibilidad cuando queramos recordar nuestras necesidades y hacer respetar nuestros derechos.

Lo que pasa es que muchas veces nos da miedo de caer en el descrédito de lo que entendemos que son nuestros correligionarios, como si los que andamos en bici formáramos parte de una secta con un pensamiento único y una estrategia común. Pues no. Los ciclistas no somos ni más ni menos que ciudadanos que, en ese momento, montamos en una bicicleta y eso no es una condición sino una pura circunstancia. Y como ciudadanos nuestro derecho y deber no es otro que demandar y dispensar respeto entre y de los demás. Punto.


Todo lo demás debe ser denunciable y debe ser denunciado y nosotros, como usuarios de ese vehículo que somos, tenemos que ser los primeros que lo reconozcamos y lo delatemos, si queremos que se preserve y se potencie su uso porque resultaremos beneficiados de ello. Personas en bici circulando sin control, sin luces, en sentido contrario, saltándose las normas básicas de circulación, pasando demasiado cerca, metiéndose por trayectorias suicidas, aprovechándose de la torpeza, prevención o respeto de los demás, o de su suerte incomparable... tienen que ser denunciadas y castigadas por ello.

Así pues, no tratemos de exculpar a los ciclistas temerarios, porque son el peor enemigo de la bicicleta. No importa dónde se produzca su temeridad: en una acera, en un carril bici, en la calzada, en un paseo, en un parque, en una calle peatonal o en la carretera. Aquí y en Sebastopol, un ciclista temerario, como cualquier persona temeraria, no sólo juega con su riesgo sino que pone en peligro a los demás, menospreciando el respeto debido a la libertad y esto, además de execrable, es inconveniente para cualquier sociedad, por minúscula que ésta sea.

Denunciar a nuestros semejantes en actitudes temerarias no es ser un traidor o querer recortar sus libertades, sino es trabajar por preservar las colectivas y asumir nuestra responsabilidad como ciudadanos.

martes, 3 de diciembre de 2013

El mayor enemigo de la bici son los ciclistas

Paradójico pero real. La mayor dificultad con la que nos estamos encontrando a la hora de normalizar el uso de la bicicleta en las ciudades son los propios ciclistas. No todos, por supuesto, pero sí muchos. Sobre todo aquellos que han respondido al impulso que se le ha querido dar a la bici en los últimos años y se han incorporado a la nueva formulación que se les ha vendido, que no es otra que la circulación lejos del tráfico, bien por infraestructuras dedicadas y exclusivas, bien por aceras con permiso expreso o con permisividad tácita, a cambio de difundir el miedo a los automóviles como condición innegociable para evitarlos.

Son esos ciclistas noveles, convencidos de que su opción goza de unos derechos especiales que exceden a los del resto de ciudadanos, los que han interpretado el ejercicio de la bicicleta como medio de locomoción a su libre albedrío y han decidido unilateralmente refugiarse en las aceras de manera generalizada. Al principio de una manera más o menos discreta y educada, pero, con el paso del tiempo y gracias a la connivencia de las autoridades y a su propia reinterpretación de su prevalencia, cada vez con mayor prepotencia y mayor negligencia, cuando no temeridad.


El resultado, después de unos pocos años de consentimiento y de afianzamiento, no ha podido ser más desalentador, y no sólo porque han acabado haciéndose con el dominio de las aceras, para sorpresa e indignación de caminantes, sino porque ha tenido consecuencias y graves. Muchas de ellas en forma de víctimas de accidentes provocados por la falta de prevención, de conciencia sería más justo decir, de los propios ciclistas, y otras por la crispación generalizada que han despertado entre el resto de usuarios de las calles. Ha llegado a tal extremo la situación que se ha vuelto contra los propios intereses de la bicicleta, entendida como agente de la movilidad positivo y deseable como alternativa al uso del coche.

El problema a estas alturas y con tanta gente circulando de forma irregular e intransigente ha cobrado una dimensión realmente preocupante, tanto entre peatones y conductores como entre los propios defensores de la bicicleta que se ven desautorizados por sus propios teóricos correligionarios, con la dificultad argumentativa que ello representa. Así uno de los esfuerzos más importantes de los grupos de defensa de los usuarios de la bicicleta acaba siendo tratar de convencer a esos propios y a los extraños que ellos no defienden esas prácticas, matizando que es una consecuencia indeseable fruto de la indecisión de las autoridades a la hora de promocionar la bicicleta de una manera integral. Matices que muchas veces no son suficientemente explicados o simplemente resultan inexplicables para el resto.

Pero, mientras todo esto ocurre, siguen produciéndose los incidentes y los accidentes, y siguen multiplicándose los atropellos, los sustos, los heridos y los indignados. Al final, lo que debería haber sido un proceso calmado, lógico y progresivo de promoción de la bicicleta, por una mezcla del oportunismo político cortoplacista y de la incorporación sorpresiva y masiva de usuarios inexpertos y despóticos, se ha convertido en una merienda de negros.


Por eso entre las filas ciclistas el malestar se ha convertido en preocupación y la preocupación en desánimo porque, además, no corren precisamente buenos tiempos en lo que a regulación de la legalidad ciclista respecta por la miopía de la máxima autoridad en la materia. Así cuando ayuntamientos tan conscientes, tan cautos y tan consecuentes como el de Vitoria, cuya trayectoria es prácticamente intachable y cuya perspectiva es estratégica, se ponen a regular la circulación ciclista para corregir estas derivas, encuentran una contestación excepcional, incluso entre muchos abogados de la bici que les acusan de querer acabar con la práctica ciclista o, cuando menos, tener un efecto negativos.

El mayor problema es que los propios ciclistas anónimos empiezan a quejarse de lo que deberían ser sus propios camaradas y empiezan a cargar tintas contra ellos, lo cual sólo sirve para dividir fuerzas y demostrar que no hay discurso, no hay una masa crítica, no hay unanimidad y eso sólo debilita la opción ciclista, para regocijo de detractores y para beneficio de los intereses de la motorización.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Las bicicletas no son para estos tiempos

Esa es la conclusión que se ha extraído entre muchos de nuestros representantes y gestores en muchos ayuntamientos de este país. Así al menos lo expresan los del Ayuntamiento de Santiago de Compostela según escribía La Voz de Galicia este sábado: Las bicicletas no son para esta época. La crisis no permite manejar ideas de este tipo.

De la ciudad ciclabilizada

Cierto. Las bicis han sido, para muchos ayuntamientos, un capricho de los tiempos de las vacas gordas y ahora que tocan las vacas flacas no saben entender cómo enfocar la bicicleta si no es desde el despilfarro. Así muchos de nuestros políticos han clausurado el presupuesto para la bicicleta simplemente porque no son capaces de ver más allá de los sistemas de bicicletas públicas o de los carriles bici, ni de ver que el incremento de usuarios de la bicicleta en la ciudad ya no depende de ellos.

La imagen que acompaña el artículo del rotativo galego es especialmente elocuente. Un ciclista con pintas circulando por una acera angosta flanqueado por un lado por una esbelta y elegante caminante y por el otro por un par de berlinas de lujo. El mensaje subliminal es claro: no tenemos dinero para vosotros, ciclistas desarrapados, pero sí para nosotros.

A la ciudad ciclista

Sin embargo y gracias a dios (o a otros políticos con algo más de recorrido y de perspectiva), hay ayuntamientos donde la cosa se ha enfocado como debería haberse hecho desde un principio, es decir, sentando las bases en la educación.

Así el Ayuntamiento de Hernani ha propuesto un programa para ir "Al instituto en bicicleta", que lo acompaña de unos talleres formativos para aprender a andar por la calzada. Más lento y menos efectista que el ciclismo infraestructural, pero mucho más efectivo y de mayor calado.

Pasando por la ciudad cicleatonal

En otros lugares, donde el tema de la bicicleta ya se ha convertido en un berenjenal, lo que tratan es de ser diplomáticos y de deshacer entuertos con más voluntad que otra cosa, porque el cariz que han tomado los acontecimientos ya es suficientemente enconado y preocupante.

El ejemplo más claro es Zaragoza con su ya larga experiencia de ciclismo de acera y los intentos repetidos de tratar de reconducir el tema de la manera más razonable posible.

martes, 5 de noviembre de 2013

Negar la evidencia

Nos gusta engañarnos. Muchas veces es la única manera de hacer una situación soportable o al menos mínimamente comprensible para nuestras entendederas. A todos nos gusta pensar que la cosa pinta de nuestro color, nos ayuda a soportarnos y a soportarlo. Pero muchas veces, quizá demasiadas, nos engañamos inconscientemente y entonces es cuando la cosa reviste un cierto peligro, porque entonces confundimos la realidad con nuestra visión y ésta con nuestras intenciones.

El ser humano es intencional, en mayor o menor grado, pero vive movido por sus motivaciones y sus objetivos y condicionado por su raciocinio y sus instintos. El caso es que muchas veces las ganas de conseguir algo nos hace ver las cosas de modo diferente e interpretar la realidad de tal manera que nos resulte ventajosa. Así vemos nuestros objetivos más cercanos, más alcanzables y nos sentimos más motivados para conseguirlos. Pero muchas veces nos engañamos y engañamos a los demás.

Es lo que pasa con el problema de las bicicletas en la ciudad. Ante la dificultad mayúscula de combatir el dominio del automóvil en la lógica del tráfico, muchas personas han preferido inventarse un nuevo orden e invadir espacios que estaban reservados sólo para los peatones. Tanto es así y tal ha sido la confluencia de intereses con los propios automovilistas y con las autoridades, que veían atónitas el proceso, que la cosa ha dado la vuelta hasta tal punto que lo lógico es impensable y lo prohibido es lo habitual. Pedalear por las aceras es un claro ejemplo de esto.


Nadie quiere reconocer cuál es la realidad: un viario y unas normas pensadas para que el abuso del automóvil sea la opción más conveniente. Nadie quiere reconocer que es el coche el que molesta, el que condiciona, el que pone en peligro a los demás, el que ocupa el espacio, el que contamina, el que mata. Nadie quiere reconocer que la bicicleta sólo puede tener una oportunidad si es capaz de hacerse valer en las calles, en unas calles con menos coches, con menos violencia vial, con menos actitudes intimidatorias, con menos miedo. O al menos muy pocos.

Y así justificamos lo siguiente: la invasión de las aceras, la necesidad de hacer carriles exclusivos para cada modo de desplazamiento, el miedo, el instinto de conservación, la fragilidad de las personas y la necesidad de protección y de percepción de seguridad. Y no nos damos cuenta de que, incluso con todo eso, la cosa no cambiará fundamentalmente, porque siempre llegaremos al final del camino protegido y volveremos a reproducir el argumento.

Negar la evidencia no nos va ayudar a cambiar la realidad, por más dura, más asentada y más cruel que esta sea, más bien al contrario, va a permitir mantenerla. Sólo cuando seamos capaces de asumir la realidad podremos empezar a cambiarla.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Diálogos ciclistas

Os reproduzco a continuación el diálogo que suscitó esta imagen de hiperrealidad cotidiana entre dos ciclistas en una red social, respecto a la situación que se vive en nuestras ciudades con las bicicletas y las actitudes aconsejadas para evitarlo, poniendo como ejemplo la circulación por la calzada del ciclista "cazado" por "el ojo que todo lo ve" en la tercera imagen.



- Va dejando hueco y ahí cualquier conductor que se acerque por detrás ya no ve el ciclista, ve el hueco y se pone a hacer complejas operaciones matemáticas que le anulan el raciocinio para saber si cabe o cuando puede rebasarle y perderle de vista, esto suele ocurrir en la próxima intersección o espacio vacío entre los coches aparcados en los que el ciclista hace una leve curva en la trazada y se desplaza 30 o 4o cm más a la derecha y entonces ya está el lío o el accidente... La culpa es del conductor del coche sin embargo es uno de esos casos en los que el ciclista puede participar activamente en mejorar su seguridad no cediendola al resto de los conductores (o peatones).

- Hay una cuarta opción: ¿Por qué los coches han de tener 3 carriles y las bicis ninguno...? Yo dejaría dos carriles para coches en dirección única y uno para ciclistas en doble dirección, mas las dos aceras para peatones. ¿Resultado? Todos contentos y más conductores de coche que se pasan a ciclistas. Y menos polución!

- Mejor, el carril que le quitamos a los coches se lo damos a los peatones, reducimos el volumen de coches y creamos un carril contra dirección (si es necesario) y el que queda que sea compartido entre coches y bicicletas..

- No entiendo porqué los peatones han de tener las dos aceras y un carril(?). Mi solución me parece más equitativa. Yo soy peatón, ciclista y conductor de coche. Cuando voy por la acera de peatón no quiero bicicletas. Cuando voy de ciclista, por mi carril bici, no quiero ni peatones ni coches. Cuando voy con el coche no quiero ni bicicletas ni peatones, por no ponerlos en peligro (si hay los respeto, pero mejor cada uno en su sitio!) No es más equitativo? ...

- Yo tampoco quiero coches, pero en las calles, no se trata de ser equitativos. El elemento principal a cuidar es el peatón. En nuestra cultura las aceras nunca son suficiente anchas y a las aceras de las fotos les vendría bien una ampliación. Los carriles de doble sentido para ciclistas son muy peligrosos, si es necesario un solo carril contra-dirección (y esperar que los ciclistas lo usen solo para ir contra dirección) y el espacio que queda lo puede compartir perfectamente el resto de vehículos, con las mismas reglas (con alguna excepción para dar prioridad a la bicicleta donde sea necesario sin que por eso se vea menoscabada la seguridad) y lo más sencillas posible huyendo del ruido que produce el exceso de señalización, normativo y de segregación, la ciudad acaba siendo más segura y más amable, bastante complejas son ya las calles con los tráficos peatonal y el transporte público segregados.

- La mezcla de bicicletas y vehículos a motor no la veo muy segura: si se produce un alcance, y en un tráfico denso de ciudad es inevitable, el ciclista siempre lleva la peor parte: su piel es su propia carrocería, no hay igualdad de oportunidades. Sin contar que, como estamos viendo estos días, no se respetan las distancias de 1,5 metros en los adelantamientos. Prefiero un carril bici, eso si, segregado de vehículos a motor y de los peatones, que son la parte débil frente a ciclistas y coches.

- Un carril-bici no te va a llevar de puerta a puerta, igual necesitas esto:
http://es.scribd.com/...


Manual de conducción de la bicicleta

- Ya, ... , pero cuantos más carriles bicis tengamos, (miremos a paises como Dinamarca, etc.), más gente se quitará el miedo y se apuntará a la bici. Si nosotros no presionamos, ¿quien si no lo hará ...? Gracias por la información, ...

- La mayoría de esa gente que se quitará de en medio serán peatones y usuarios del transporte público, también habría que preguntarse de donde viene ese miedo que ha propiciado que nos encasqueten el casco a la fuerza, porque donde se están pegando los ciclistas un buen número de hostiones es en los carriles bici y en las aceras. Y más carriles bici no nos acerca a Dinamarca, etc, tenemos como ejemplo Sevilla en España (que concentró el tráfico ciclista en unas pocas calles y también ha incrementado algo pero ha tocado techo), Frankfurt en Alemania (que a pesar de su interesante reparto modal tiene menos ciclistas que cuando sólo tenía cuatro tramos de carriles bici y muchos de sus ciclistas circulan por las aceras),... etc
Presionar en ese sentido está siendo más perjudicial que beneficioso, habría que presionar en otro sentido.

- Me estas hablando de países que ya tienen consolidada una "coexistencia pacífica" entre peatones, bicicletas y automóviles", como Berlin, donde casi no se precisan carriles bicis, pero me temo que en nuestro país los vehículos a motor y los peatones consideran a los ciclistas como unos "intrusos", como a un estorbo, a los que hay que adelantar cuanto antes o al que hay que echar fuera, lo que produce situaciones de peligro en el tránsito. De acuerdo que lo ideal sería que fuéramos a esta coexistencia pacífica, pero que esto costará tiempo y muertos y, mientras tanto, yo me apunto a los carriles bici, siempre claro que existan, y si no pediré que se construyan ... llámalo instinto de supervivencia, si quieres ...

- Haces bien en entrecomillarlo: "coexistencia pacífica" (entre peatones y ciclistas muy pacífica no es). Este año y el pasado no he tenido tiempo de estudiarme los datos de Berlin pero en 2011 con 10 ciclistas muertos, la mayoría relacionados con un carril bici, sea por atropello o porque en dos casos se estamparon contra una farola y un semáforo circulando por un carril-bici,... de todos modos yo no me refería a Berlín, y me tomaría con precaución que es lo que pretendemos para nuestras ciudades que parece que podemos convertirlas en Amsterdam o Copenhague pero en el mejor de los casos nos quedaremos como Frankfürt donde han convertido la circulación en bicicleta en un infierno. Y aquí tenemos a Valencia, que gracias a su política "en favor" de la bicicleta han conseguido un tráfico motorizado mucho más agresivo hacia los ciclistas que una ciudad como Madrid que tiene fama de ser el eje del mal en cuanto a la circulación ciclista, en la capital donde a pesar de que su volumen de tráfico puede ser abrumador y muchas de sus calles son un avispero se circula en bici mejor, si sabes comunicarte con el resto de los conductores, ser predecible y gestionar tu espacio, que otras ciudades con fama de pro-ciclistas que te mandan a la acera o te presionan para que abandones la calzada.

Y lo dejo aquí. No quería enfangarme en un intercambio de comentarios estéril que no nos lleva a ningún lado. Sólo pretendía puntualizar respecto al ejemplo de las fotos que no debemos dejar huecos que inviten a adelantarnos incorrectamente, saber gestionar correctamente nuestro espacio para que los adelantamientos que nos hagan sean seguros y que podemos participar activamente en nuestra propia seguridad. Veo diariamente a muchos ciclistas circulando por la calzada de forma que están invitando a ser adelantados mal, los automovilistas no deberían comportarse así pero es la realidad que nos toca vivir en este preciso instante e insisto, nosotros podemos hacer algo por cambiar esa situación sin esperar a que los demás nos lo resuelvan o a las intervenciones que hagan en nuestras ciudades quién sabe cuando.

- Yo también lo dejo. Creo que he expresado suficientemente claro que mi "instinto de supervivencia" me lleva a no intentar ser pedagógico y cambiar las tendencias de los conductores de vehículos a motor, y que solo aspiro a ir por mi carril donde los haya, sin meterme en las aceras de los peatones a ser posible, ni tener que lidiar con los imprevisibles coches en su terreno. Tenemos convicciones diferentes, la vida es así, pero tan amigos! ...

Por cierto, tengo mucho respeto por los peatones: un tio abuelo mío murió a los pocos dias de ser atropellado por un ciclista ...

- Te equivocas si crees que pretendo ser pedagógico con los conductores de vehículos a motor, y tampoco pretendo cambiar tendencias. Son personas que se han examinado de unas reglas y aunque en algunos casos no las siguen a rajatabla es fácil e instantaneo (y necesario si se quiere servir correctamente al instinto de conservación) condicionar su comportamiento que es lo contrario de circular pegado a la derecha, como dictan las ordenanzas de muchas ciudades. Hay una evidencia que se suele cumplir, "si te han adelantado demasiado cerca igual es porque circulas demasiado a la derecha"...

Un diálogo representativo del subdesarrollo en el que nos encontramos en los temas relacionados con la bicicleta. Resulta difícil imaginar este tipo de disputas tan concienzudas, tozudas y acaloradas en lugares donde la bici es normal, y no precisamente en Holanda o Dinamarca, sino en India, Japón o China. Seguimos siendo lamentablemente "ciclismiquis", seguimos siendo extraordinariamente ñoños y adoctrinadores, seguimos siendo preocupantemente intransigentes en nuestra marginalidad. Tenemos mucho por hacer. En fin, seguiremos trabajando.

viernes, 1 de noviembre de 2013

¿Cuál es el objetivo de la "ciclabilización" de las ciudades?

¿Es la ciclabilización en sí misma? es decir ¿consiste en convencer a la gente a que use la bici y ya está? En las ciudades que venimos de una proporción de ciclistas habituales mínima o, cuando menos, simbólica todo lo que sea aumentar parece que fuera incuestionable. Sin embargo, algo empieza a cuestionarse respecto a la bondad de la bicicleta sin más condiciones, especialmente en aquellas poblaciones de marcado carácter peatonal,, especialmente en aquellas poblaciones de marcado carácter peatonal.

Las bicicletas empiezan a molestar, incluso en localidades donde no representan ni un 6% del total de los desplazamientos ciudadanos. Y no precisamente a los coches, aunque también.


Está claro que las bicicletas no contaban cuando se fue haciendo el reparto de prebendas en la circulación de personas que se ha ido consumando en las últimas décadas. Las bicicletas siempre han sido el hermano menor, el pobre, el despotenciado en un mundo dominado por motores y flanqueado por peatones. Nunca han sido realmente bienvenidas desde que perdieron su presencia hace ya casi un siglo. Eran sinónimo de regresión, de fracaso, de subdesarrollo.

Hoy queremos reincorporarlas de una manera forzada y no acertamos. Entre otras cosas porque nos hemos ocupado tan fervientemente de dotar a los coches de todo tipo de privilegios y facilidades durante tanto tiempo que ahora nos parecen incuestionables los principios de la motorización, que podríamos resumir en tres: autopistas urbanas, aparcamiento a discreción y promoción del miedo.


Sin cuestionar estos principios, cualquier intento de introducir otro tipo de medio de transporte es una temeridad. Es lo que ha ocurrido con la promoción de la bici. Si tratamos de meter las bicis en ciudades donde no hemos restado oportunidades y privilegios a los coches, nos vamos a encontrar en el atolladero en el que nos encontramos hoy.

Nadie "en su sano juicio" al que se le antoje que la bicicleta puede ser un medio de locomoción interesante se atreve a jugarse la vida poniendo en cuestión la prioridad de los automóviles en el tráfico y ocurre lo que ocurre: que no se cuestiona ni un momento la posibilidad de circular por la calzada y acaba invadiendo las aceras.


Esto en ciudades donde no hay peatones más que en las islas peatonales no tiene mayor trascendencia, porque en realidad las aceras son elementos casi decorativos o infrautilizados, pero en poblaciones donde la gente acostumbra a desplazarse a pie se convierte en un problema de primer orden. Esta es una cuestión que los centroeuropeos y muchos "ciclo-ombliguistas" de aquí no alcanzan a entender. Pero es una cuestión central.


Así cuando se consigue "convencer" a cantidades significativas de gente a que utilice la bicicleta se encuentran invariablemente con el mismo problema: los peatones vuelven a ser las víctimas del victimismo ciclista. Y reaccionan.

Pero se sigue evitando afrontar la problemática de fondo. La verdadera oportunidad para que la "ciclabilización" sea efectiva y aporte beneficios para una ciudad viene de despotenciar la motorización dominante. Si no es poco menos que tratar de vestir una virgen desvistiendo otra... o algo así. Y es entonces cuando la "ciclabilización" se convierte en algo perverso y hasta no deseable.


Fotogramas de la película "Bandoleros ciclistas", rodada en Vitoria-Gasteiz.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Los ciclistas caen como moscas

Con la Semana de la Movilidad recién vencida, llega la necesaria resaca que produce cualquier celebración. En estos días de exceso informativo y de propaganda descarada se han vertido muchas opiniones, la mayoría de ellas gratuítas, sobre lo que debería ser y no es la movilidad urbana. Un buen filón lo han constituído las desavenencias entre falsos ciclistas (o ciclistas de acera) y peatones. Otro, muy jugoso, el incremento exponencial de los accidentes ciclistas. Es a éste al que le vamos a prestar atención.

Mucho se ha escrito y se ha elucubrado sobre la accidentalidad de las bicicletas en las ciudades, pero hay pocos datos fiables al respecto, porque la mayoría responden a manipulaciones interesadas o a estimaciones que se autojustifican con el crecimiento más que proporcional de los usuarios de la bici.

Estos son los datos

Los únicos datos fiables por el momento son los que nos aporta el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz, que es prácticamente el único que expone la realidad de una manera clara y objetiva, sea ésta favorable o desfavorable para sus intereses. La estadística de la capital alavesa arroja unos datos que desvelan hacia dónde está derivando la movilidad ciclista, incluso en ciudades que están planteando la cosa de la bicicleta con bastante tino. Los gráficos son esclarecedores.


Más de un 70% de los accidentes ciclistas registrados se han producido en circulación por espacios peatonales o por vías ciclistas. Por supuesto, esto se produce porque la mayoría de los ciclistas en esa ciudad circulan por esos lugares, pero es una constatación más de que los ciclistas en esos espacios considerados seguros (más allá de los encontronazos y de las molestias y fricciones que producen) siguen provocando y sufriendo accidentes.


Si atendemos a las causas de dichos accidentes, podremos concluir que las aceras, las vías ciclistas segregadas del tráfico y la percepción de seguridad que provocan hacen que la siniestralidad se dispare. Si no ¿cómo un ciclista puede resultar atropellado en una salida de garaje o en un paso de cebra? ¿O cómo la conducción desatenta y sin precaución puede representar una cuarta parte de los siniestros?

Si agregamos los datos, ignorando ese tercio de indeterminados entre los que seguro hay casos de ciclismo peatonal, obtenemos un escandaloso (o no tanto) 53%.

Respecto a la falta de observancia de los cedas el paso por parte de los automovilistas habría que precisar cuántos de estos incidentes se producen por invasión repentina e incluso temeraria de la calzada por parte de los ciclistas, aunque sea en situaciones de preferencia.

¿Por qué?

Con todos estos datos a la vista se podría concluir fácilmente en que el proceso de ciclabilidad que se ha producido o provocado en los últimos años en nuestras ciudades ha deparado en un pequeño desastre, con las aceras y zonas peatonales llenas de bicis, con ciclistas circulando peregrinamente a su ventura y riesgo, de manera desatenta, despreocupada y medianamente incívica, pero seguro que habrá alguien que se ponga a sacar músculo con que en su ciudad esto no sucede porque ellos han hecho las cosas bien (tipo Sevilla) o porque ellos no van a cometer los mismos errores que los demás (tipo Madrid).

Siempre nos quedará lo de mirar a otra parte por tratar de ver más gente montada en bici, pero desde aquí no nos cansaremos de dar el mismo aviso una y otra vez. Los coches son peligrosos, pero es mucho más peligroso un ciclista incauto circulando alegremente fuera del tráfico. Sobre todo para él mismo.

¿Y por qué las ciclistas no?

Hay sin embargo un dato que llama poderosamente la atención (o quizá no tanto) en la explotación de los datos que nos aporta el estudio vitoriano: las mujeres se accidentan en una proporción de 1 a 4 respecto a los caballeros a pedales.


¿Sorprendente? En absoluto. Las chicas, en general, son menos dadas a dársela. En bici igual que en automóvil se accidentan menos. Una consecuencia más de su prevención, su suavidad, su falta de violencia y, en general, su prudencia.

Merece la pena reflexionar al respecto un rato, aunque hay cosas genéticas por no llamarlas genéricas (de género) que son inevitables. También en la bici la testosterona tiene sus efectos negativos.

¿Qué conclusiones se extraen de todo esto?

La primera y más importante es que este modelo de ciclabilidad, como ya hemos anunciado hasta la saciedad, no resuelve el problema principal de las personas que optan por la bicicleta porque no reduce la peligrosidad real a pesar de que mitigue el miedo que el mismo sistema se dedica cada día a sembrar alrededor de la bicicleta. Circulando por los márgenes, apareciendo sorpresivamente por las esquinas, multiplicando los riesgos en las intersecciones y acosando voluntaria o involuntariamente a los peatones no vamos a conseguir la misión central de la ciclabilidad que no debería ser otra que hacer las ciudades más amables para el libre concurso de la bicicleta en la circulación.

Otras medidas menores que se podrían derivar de este análisis, tales como la educación en la empatía de los automovilistas, la educación vial de los ciclistas, la reforma de la normativa de circulación o la persecución implacable de los infractores, no sirven más que para consolidar la desquiciada situación circulatoria en la que hemos metido a los que quieren optar libremente por la bicicleta y para dar por buenas las actuaciones realizadas hasta ahora.


Enlace al informe

miércoles, 28 de agosto de 2013

Ya está, ¿y ahora qué?

Hace unos días una chica, después de haber estado echando un vistazo a unas cuantas bicis, me hacía una pregunta comprometida.

- ¿Por qué en esta ciudad las bicicletas andan por las aceras?

Buena pregunta, sin duda. Evidente pero buena. Más para un ciudadano que pelea por que eso no sea así. Más en una ciudad donde la cosa reviste una gravedad inquietante.

La respuesta, como cabe imaginar, fue contundente:

- Pues porque ha habido demasiada gente interesada en que eso suceda así.

Estaba dispuesto a dejarlo ahí, ya son demasiadas conversaciones, demasiadas explicaciones, pero a ella no le pareció suficiente.

- Ya, es que yo vengo de otra ciudad y allí la gente anda por la carretera…

Tentado por indagar su procedencia, me contuve y me callé. Pero ella prosiguió.

- … y esto me parece una locura, y un atropello para los peatones ¿a ti no?

Aquí es donde ya no pude evitarlo y desaté mi demonio particular. El falso fomento de la movilidad sostenible, la difusión interesada del miedo al tráfico, las "facilidades" habilitadas invariablemente en plataformas peatonales, la bicicleta instrumentalizada y desnaturalizada a capricho de políticos pusilánimes y populistas, la indolencia general, la colaboración necesaria de las asociaciones cívicas irresponsables, la estupidez colectiva… nada nuevo.

La cosa no nos llevó más de un par de minutos o tres pero fue intensa y, por qué no, interesante. Al final, la chica se despidió diciendo:

- Así la bicicleta no funciona… y, por cierto, tenéis una tienda muy chula. De verdad.

De acuerdo en todo, pensé en un ataque de falsa modestia, pero la cabeza no dejó de hervirme.



¿Qué va a pasar ahora?

Pensé. Ahora que habéis conseguido echar literalmente a las bicicletas de la calzada, deslegitimar a los ciclistas que aún nos empeñamos en circular por ella como si fuera peligroso y hasta antinatural, empoderar más todavía al coche, como si hiciera falta, ¿ahora qué?

¿Qué va a pasar ahora que cada vez hay más personas andando en bicicleta por las aceras? ¿Qué va a pasar con la escalada de violencia vial que se está produciendo de un tiempo a esta parte en las plataformas peatonales? ¿Qué va a pasar con esos espacios de naturaleza anárquica y calmada ahora que han sido sistemáticamente invadidos por las bicis, y muchas veces con actitudes chulescas?

No tengo respuesta para todas estas preguntas, pero me temo que tampoco la tienen quienes tienen el mandato de velar por el interés común de la ciudadanía, sean electos o autoproclamados.

Lo que sigue turbando mi mente calenturienta es la sospecha de que todo esto, que visto desde fuera parece una deriva incontrolada, responde a una estrategia perfectamente pergeñada y orquestada desde los poderes fácticos, esos que operan desde la sombra pero que mandan más que los que salen en los periódicos.

miércoles, 7 de agosto de 2013

La estupidez del ciclista peatonal

Llevamos unos cuantos años, demasiados, presenciando la invasión sistemática de las aceras por parte de ciclistas que, aduciendo miedo al tráfico motorizado, han decidido ignorar la ley y ocupar los espacios reservados para los peatones para circular en bicicleta.

Desde siempre los ciclistas se han valido de las aceras como escapatorias o atajos, para evitar puntos especialmente conflictivos o itinerarios con circunvalaciones exageradas. Hasta ahora esto se hacía con la conciencia de que se estaba trasgrediendo la ley y molestando a las personas que ocupaban esos espacios con pleno derecho, pero de un tiempo a esta parte la cosa ha cobrado un cariz distinto.

Si hasta hace unos años al ciclista trasgresor se le pillaba en renuncio, éste se disculpaba y asumía su infracción de la mejor manera posible (aunque siempre haya habido excepciones deshonrosas) pero nunca osaba contestar o ponerse chulo, porque sabía que estaba fuera de lugar y eso quedaba, como mucho, reservado para las disputas en la calzada.

Mal de muchos...

Lo que pasa ahora es que ha habido un incremento tan importante de ciclistas noveles, alentados por campañas y con la connivencia de las autoridades, que las aceras han pasado de ser un refugio excepcional a convertirse en el lugar habitual de circulación para muchos. Es comprensible el interés de muchas personas en no compartir el lugar natural de circulación de estos vehículos que es la calzada, porque, por un lado, protege a todos esos que han elegido la plataforma equivocada para circular y, por otro, porque preserva la calzada de manera más exclusiva para los automóviles. La decisión de implementar muchas de las vías ciclistas en aceras no ha hecho más que empeorar el panorama.

Ciclista "corriendo" en el encierro de Estella de ayer (ver noticia)

Pero el colmo de esta situación lo representa la actitud prepotente que, de manera creciente, muchos “ciclistas peatonales” exhiben para con sus vecinos. Descaro, intimidación, chulería y hasta enfrentamiento directo, no son señales de otra cosa que de la estupidez que rodea todo este proceso de promoción de la bicicleta en el que estamos envueltos y que de alguna manera les asiste en su sinrazón, policías municipales incluidas obviando el cumplimiento de la ley.

No sé cuánto más vamos a ser capaces de soportar y consentir esta situación de irresponsabilidad colectiva y de falta de respeto, pero cuanto más tiempo pase, más grave se hará y más difícil de recomponer.