Pues sí. Radfahrhalle es el nombre del local en la bonita localidad de Biberach an der Riss en el estado sureño alemán de Baden-Württemberg que reúne esta propuesta que, otra vez más, vuelve a conjuntar bicicletas, hostelería y buen ambiente.
Una actividad absolutamente normal, un establecimiento con encanto en un cruce de caminos cualquiera, de los tantos que hay por el mundo. Pero este con ese ingrediente especial: el ciclista.
El Radfahrhalle no es una catedral de la esencia ciclista de esta pequeña ciudad alemana, no recoge el sentir de las dos ruedas, la cultura de la bicicleta, el frikismo del rollo fixie escenificando el ciclismo de pista... no. El Radfahrhalle se llama "velódromo" porque, en ese preciso lugar, el siglo pasado había una pista de carreras de bicicletas oval. Nada más.
El motivo es más que suficiente para identificar el sitio y, con unas cuantas fotos, darle un toque. La verdad es que no es lo mismo mirar una carta encabezada por Eddy Merckx o comerse una ensalada, una pizza o un schnitzel con una buena cerveza en un sitio que, además de acogedor, está atendido por una gente muy amable y utiliza de excusa la bicicleta antigua para hacer la decoración.
Claro que, con estos ingredientes y estando en una de las salidas naturales de la población, el local recoge también a muchos ciclistas que, de salida, de llegada o de pasada. Otra iniciativa a sumar a unas cuantas que conjuntan bicis y hostelería.
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martes, 11 de septiembre de 2012
lunes, 3 de septiembre de 2012
La Europa de las Bicis no nos quiere
Para esos todopoderosos centroeuropeos, los de aquí abajo somos poco menos que unos simpaticos trogloditas subdesarrollados en esto de las bicicletas no deportivas y, por eso, se permiten el lujo de despreciarnos. No somos una potencia, no representamos un objetivo en su lógica de mercado, no quieren intervenirnos, simplemente nos ignoran.
No lo digo por decir. Cuando te acercas a un interlocutor, representante de la industria de la bicicleta de cualquiera de esos países poderosos, léase Alemania y Holanda principalmente, y les cuentas de dónde vienes y tu interés por sus productos, estos te miran con una sonrisa de esas que sólo ellos saben poner y que a ti te da para atrás porque sabes lo que significa.
Y se quedan tan panchos. Y tú que puedes ser un distribuidor importante, un comerciante experto o un agente potencial, te quedas con dos palmos de narices y te dan ganas de soltarles un "pues que os lo comáis con patatas", pero te sobrepones y les plantas tu sonrisa, en la que ellos adivinan estupidez envidiosa, pasas y sigues con el juego comercial.
La Europa de las Bicis, con mayúsculas mayestáticas, no entiende al Sur, aunque muchos de ellos veraneen aquí o tengan planes de retiro o incluso de vida aquí. Simplemente les hacemos gracia. No entienden que el Sur tiene un potencial que ya no lo tiene el Norte, que esto es mucho más ciclable, que aquí acompaña el sol muchas más horas que allí. Pero que aquí no valen sus bicis aunque sí sus accesorios. Porque aquí hay más cuestas, menos carriles bici, las ciudades son más intrincadas, el paisaje más atractivo y la gente es más pequeña y sabe menos inglés y prácticamente nada de alemán. Por eso se permiten mirarnos por encima del hombro.
Esta prepotencia es más producto de la reluctancia cultural, de la disparidad de formas de vida, y de la poca predisposición a empatizar con algo que no quieren entender, porque siguen pensando que van a venir los ingleses o mejor los americanos y les van a comprar un montón, porque en el fondo les admiran, porque son rubios o pelirrojos y hablan como ellos, o al menos eso creen.
En fin, llamarme envidioso, pero creo que estos teutones y sus enojados vecinos se pierden un buen festín, por no saber sembrar y por estar sólo para recoger, o para recaudar, o para dominar que es lo que les gusta.
Allá ellos. Ellos se lo pierden. A ver cuánto les dura.
No lo digo por decir. Cuando te acercas a un interlocutor, representante de la industria de la bicicleta de cualquiera de esos países poderosos, léase Alemania y Holanda principalmente, y les cuentas de dónde vienes y tu interés por sus productos, estos te miran con una sonrisa de esas que sólo ellos saben poner y que a ti te da para atrás porque sabes lo que significa.
"Toda España vende lo que una tienda de Frankfurt"
Y se quedan tan panchos. Y tú que puedes ser un distribuidor importante, un comerciante experto o un agente potencial, te quedas con dos palmos de narices y te dan ganas de soltarles un "pues que os lo comáis con patatas", pero te sobrepones y les plantas tu sonrisa, en la que ellos adivinan estupidez envidiosa, pasas y sigues con el juego comercial.
La Europa de las Bicis, con mayúsculas mayestáticas, no entiende al Sur, aunque muchos de ellos veraneen aquí o tengan planes de retiro o incluso de vida aquí. Simplemente les hacemos gracia. No entienden que el Sur tiene un potencial que ya no lo tiene el Norte, que esto es mucho más ciclable, que aquí acompaña el sol muchas más horas que allí. Pero que aquí no valen sus bicis aunque sí sus accesorios. Porque aquí hay más cuestas, menos carriles bici, las ciudades son más intrincadas, el paisaje más atractivo y la gente es más pequeña y sabe menos inglés y prácticamente nada de alemán. Por eso se permiten mirarnos por encima del hombro.
Esta prepotencia es más producto de la reluctancia cultural, de la disparidad de formas de vida, y de la poca predisposición a empatizar con algo que no quieren entender, porque siguen pensando que van a venir los ingleses o mejor los americanos y les van a comprar un montón, porque en el fondo les admiran, porque son rubios o pelirrojos y hablan como ellos, o al menos eso creen.
En fin, llamarme envidioso, pero creo que estos teutones y sus enojados vecinos se pierden un buen festín, por no saber sembrar y por estar sólo para recoger, o para recaudar, o para dominar que es lo que les gusta.
Allá ellos. Ellos se lo pierden. A ver cuánto les dura.
jueves, 9 de febrero de 2012
Abusar, cuestión de fuerza
Que los alemanes están organizados y que saben montar empresas del metal es algo que a nadie se le escapa a esta altura de la partida. Que hacer ostentación de poderío es una de sus debilidades empieza a resultarnos también familiar. Nosotros tuvimos la ocasión de comprobarlo hace unos días en una visita a las plantas de producción y logística de Abus, un gigante de la cerrajería que es también uno de los líderes en sistemas de seguridad para ciclistas en el mundo mundial.
No vamos a entrar en detalles respecto a los controles de calidad, los procesos de diseño, el rigor en cada una de las operaciones de manipulado de la mercancía y la pulcritud obsesiva de esta empresa. Eso no es noticia y, afortunadamente, cada vez nos impresiona menos a los que procedemos del sur tecnológico e industrial que cada vez es más competitivo y tiene menos que aprender de la organización de plantas de producción, como no sea de los japoneses.
En fin que por allá estuvimos viendo cómo se hacían las horquillas indestructibles, los candados plegables, las cadenas cementadas y algunas cositas más. Todo impecable y con un cierto aroma prepotente. Y nos dimos una buena tripada de kilómetros en furgoneta a esas velocidades prohibitivas por las que algunos circulan en las autopistas alemanas, para ir arrebañados como turistas nipones de un lado a otro saludando, sonriendo, sacando fotos y cuchicheando.
Resulta siempre interesante y enriquecedor hacer este tipo de visitas y aprender, in situ, algo más de los productos de comercializas, pero, lo que nos dejó un tanto frios, además de las gélidas temperaturas, fue comprobar la escasa cultura ciclista que se respiraba en esa empresa y, en general, en su entorno, para estar en el meollo de esa Europa con masa crítica y comprobar a la vez que la dependencia del coche, el colapso de las autopistas y el aislamiento de las pequeñas poblaciones es mucho más acusado de lo esperado.
De paseo por Düsseldorf nos reconciliamos con el pueblo teutón que, al igual que otros pobladores de esas zonas frías y llanas, han sabido revitalizar sus ciudades y dar a sus centros urbanos una relevancia y una calidez envidiables.
Viajar ayuda a entender, relativiza el conocimiento, abre la mente, despierta nuevas inquietudes y plantea nuevos retos. Siempre.
No vamos a entrar en detalles respecto a los controles de calidad, los procesos de diseño, el rigor en cada una de las operaciones de manipulado de la mercancía y la pulcritud obsesiva de esta empresa. Eso no es noticia y, afortunadamente, cada vez nos impresiona menos a los que procedemos del sur tecnológico e industrial que cada vez es más competitivo y tiene menos que aprender de la organización de plantas de producción, como no sea de los japoneses.
En fin que por allá estuvimos viendo cómo se hacían las horquillas indestructibles, los candados plegables, las cadenas cementadas y algunas cositas más. Todo impecable y con un cierto aroma prepotente. Y nos dimos una buena tripada de kilómetros en furgoneta a esas velocidades prohibitivas por las que algunos circulan en las autopistas alemanas, para ir arrebañados como turistas nipones de un lado a otro saludando, sonriendo, sacando fotos y cuchicheando.
Resulta siempre interesante y enriquecedor hacer este tipo de visitas y aprender, in situ, algo más de los productos de comercializas, pero, lo que nos dejó un tanto frios, además de las gélidas temperaturas, fue comprobar la escasa cultura ciclista que se respiraba en esa empresa y, en general, en su entorno, para estar en el meollo de esa Europa con masa crítica y comprobar a la vez que la dependencia del coche, el colapso de las autopistas y el aislamiento de las pequeñas poblaciones es mucho más acusado de lo esperado.
De paseo por Düsseldorf nos reconciliamos con el pueblo teutón que, al igual que otros pobladores de esas zonas frías y llanas, han sabido revitalizar sus ciudades y dar a sus centros urbanos una relevancia y una calidez envidiables.
Viajar ayuda a entender, relativiza el conocimiento, abre la mente, despierta nuevas inquietudes y plantea nuevos retos. Siempre.
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