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sábado, 11 de enero de 2014

¿Hay que gastarse muchos millones para conseguir mejores ciudades?

Hoy ha llegado a nuestros ojos este vídeo fantástico, que recrea la maravilla de la ingeniería civil que ha planeado el Ayuntamiento de Burgos para una de sus avenidas más importantes: la Calle Vitoria.



Algo similar a lo que se ha hecho en muchas ciudades en estas arterias centrales para hacerlas más amables y más vertebradoras de los núcleos urbanos. La obra propone una reconversión de una autopista urbana de cuatro carriles en una vía normal de un carril por sentido y un ridículo carril bici encajonado en el andén central en el que se presupone que el ciclista sólo quiere recorrer esta preciosidad urbanística en sentido longitudinal, reforzando una concepción casi zoológica de la movilidad ciclista, porque no han previsto ninguna escapatoria más allá de los puros pasos peatonales, con la consecuente invasión automática de las aceras ampliadas colindantes. Una estupidez soberana, pero que queda que ni pintada ahí en medio a modo estandarte de la modernidad sostenible.

Mejorable, sin duda, pero a primera vista interesante, aunque lo verdaderamente importante es si es prioritaria a otras actuaciones en el barrio o en la ciudad, dado el coste astronómico de este tipo de obras, sobre todo en tiempos de crisis y de recortes presupuestarios a diestro y siniestro.

En fin, que la respuesta civil, esta vez de los vecinos congregados por las redes sociales, no se ha hecho esperar y por desgracia ha desembocado en incidentes desagradables: una batalla campal.


¿Qué quiere la gente?

Es lo que tiene la remodelación de la ciudad, que genera respuestas. Seguro que a todos estos la mejora de los espacios peatonales, de la eficiencia del transporte público o de la pretendida circulación ciclista no se la trae al pairo, como la mayor calidad del espacio público o los beneficios económicos y sociales que ello conlleva, pero visto así parece que sólo defienden su derecho inalienable de usar el coche en la ciudad de manera prioritaria a cualquier otro modo de transporte y a ellos sólo les preocupa la reducción de carriles y la eliminación de plazas de aparcamiento. Sus carriles, sus plazas de aparcamiento.

Aunque lo verdaderamente preocupante y lamentable no es que se produzcan estas respuestas ante una propuesta de reurbanización, sino que estas sean violentas y acaben con daños en el mobiliario urbano y en los comercios y bajos de esa misma calle que dicen pretender proteger. Esto no es solidaridad, esto no es civismo, esto no es más que brutalidad y no ayuda para nada a argumentar las razones de fondo, que seguro que las hay y algunas seguro que valiosas, ante ese Ayuntamiento por unos cauces más adecuados. Con este tipo de maniobras, casi siempre distorsionadas por unos cuantos energúmenos calentados por actuaciones policiales desmesuradas, sólo se consigue desautorizar la iniciativa popular.



¿Importante o impactante?

Lo que subyace en este tipo de encontronazos entre ayuntamientos y ciudadanía es el criterio de unos y otros sobre lo que es importante en la construcción de una ciudad. Mientras que para los cargos electos suelen resultar más atractivas, dada la perentoriedad de sus puestos, las actuaciones visibles y que dejen huella inequívoca de su paso por el poder, para la ciudadanía suelen ser más importantes los servicios sociales que muchas veces pasan casi inadvertidos para el resto de la opinión pública por no ser tan mediáticos o no ser mediáticos en absoluto.

Normalmente estas diferencias se suelen presentar por parte de las autoridades, aprovechando toda su potencia propagandística, como miopía ciudadana y reaccionarismo a cualquier cambio por parte de vecinos y comerciantes afectados y, aunque se han dado numerosos casos que así lo han atestiguado, generalizar siempre es peligroso, sobre todo cuando el presupuesto es escaso y las necesidades acuciantes.

La pregunta del millón sería precisamente esa: ¿hay que gastarse muchos millones para conseguir mejores ciudades y personas más felices? En el caso que nos ocupa podríamos acompañarla de una segunda: ¿sólo las modificaciones urbanísticas son capaces de cambiar la configuración de una ciudad?

Seguiremos atentos a nuestros receptores.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Por qué no usaré casco cuando vaya en bici por mi ciudad, aunque sea obligatorio

Artículo extraído del blog en bici por madrid y escrito por Villarramblas

Antes de pensar que me he vuelto loco, les ruego lean mis motivos y verán que esta decisión es cabal. Sé que algunos me pondrán a parir, porque sólo leerán el titular (un saludo a mis amigos de meneame.net). En todo caso, no espero que nadie comparta esta decisión. Lo escribo una vez para no tener que contarlo cien. 

Hay dos maneras de no romperse la crisma: una es llevar un buen casco si hacemos algo peligroso, la otra es evitar el peligro. Ambas son respetables, yo he elegido la segunda cuando uso mi bici para desplazarme. Sé que muchos de ustedes piensan que eso no es posible, que la bici es demasiado insegura como para poder elegir no tener riesgos. Lo cierto es que sí podemos elegir, pero todavía poca gente lo sabe.

Llevo tres años colaborando como redactor en este blog en el que miles de lectores entran y cuentan sus propuestas, consejos y problemas. También cuentan sus accidentes, y eso es una información valiosísima de primera mano que no conoceremos jamás por los atestados policiales, que no se hacen públicos. Los accidentes ciclistas siguen pautas predecibles, aquí y en todo el mundo (donde sí se publican estudios sobre los atestados) y se pueden evitar con sencillos consejos. Incluso en esas caídas tontas que siempre pueden pasar tenemos capacidad para minimizar los daños y no sólo los de la cabeza, sino los de todo el cuerpo. Basta con ir suficientemente despacio y tener espacio a nuestro alrededor para poder esquivar imprevistos o poderse caer en un suelo libre de obstáculos, sin mayores consecuencias que alguna contusión.

Sé que hay ciclistas que les gusta correr, ir por terrenos accidentados, usar vías ciclistas demasiado estrechas, o incluso saltarse semáforos. En esos casos, el golpe es probable y me parece totalmente cabal llevar un casco para amortiguar el impacto si sucede en la cabeza. Pero déjenme elegir no participar en esas actividades de riesgo. Las calles de mi ciudad no tienen ramas ni farolas en medio de la calzada contra las que abrirse la cabeza, y jamás circulo cerca de un bordillo por ese motivo.



¿Y los otros vehículos? pensaran ustedes. Porque uno puede ser cuidadoso con su bici, pero no puede controlar los coches que hay a su alrededor y que causan bastantes más accidentes a los ciclistas que las caídas propias. Afortunadamente, la gran mayoría de conductores no quiere problemas y procuran no chocar conmigo si les ayudo. Basta con ser predecible y visible, algo que se consigue respetando las normas básicas de circulación, usar luces de noche y situándose en el centro del carril en la calzada, aunque a alguno de ustedes le choque. Aunque crean que los accidentes los causan conductores desaprensivos o ciclistas locos, les sorprenderá saber que casi siempre se trata de coches que circulan correctamente y de ciclistas que creen hacer lo correcto pero no siguen estas dos reglas, a veces por desinformación, y a veces por obligaciones que las normas de tráfico imponen a los ciclistas contra toda lógica y contradiciendo las normas básicas, como circular en el ángulo ciego de un camión que va a girar.

Sí, lo sé. No me olvido de ese pequeño grupo de descerebrados al volante ante los que es imposible defenderse, ni siquiera cuando caminamos por un paso de cebra, y de los que leemos en prensa cada pocos días en la sección de Sucesos. ¿Puede ayudarme un casco en situaciones así de extremas? Sí, sin duda. Al igual que le puede ayudar a usted si es el peatón que tiene la desgracia de cruzarse en el camino de la violencia vial. Porque esos casos ya no son accidentes. Igual que una agresión sexual no es un accidente, ni lo es un disparo a bocajarro. Es violencia consciente contra el prójimo.

Y lo terrible es que estamos siendo cómplices de esta violencia cuando miramos hacia otro lado, o lo que es peor, cuando al enterarnos de noticias así, las despachamos con un frívolo "es que la víctima debería de haber llevado casco", sólo porque la víctima iba en bici. Me parece una degeneración moral extrema que se culpabilice a la víctima que no se acoraza frente a su agresor. Es algo que no tengo que explicar si se trata de un ciudadano atropellado, y me sonroja tener que hacerlo cuando ese ciudadano ha decidido subirse a una bicicleta.

No señores, quiero poder pasear por mi ciudad sin tener que defenderme de otros ciudadanos.  Y rechazo firmemente cualquier ley que me considere un delincuente por ello.

Dentro de unos días el Congreso se reunirá para debatir el futuro de la bici en el Reglamento de Circulación. No se hablará de ninguna medida para evitar caídas y atropellos. Sólo se decidirá si ir en bici sin casco es merecedor de sanción. Si finalmente se aprueba esa medida no la voy a acatar.
 
Sé que la gente de mi alrededor me preguntará el porqué. Y me advertirán del peligro que supone desobedecer esa ley. No, amigos míos: el peligro es el mismo con ley y sin ella. Lo único que me juego es el dinero de una multa, y acepto pagar por mi desobediencia civil. La alternativa sería tragar con un reglamento que responsabiliza a la víctima de la conducción irresponsable de otros, y no quiero ser cómplice de esa barbaridad.

Cada vez hay más gente que se está dando cuenta del gran error que supondría tener una ley así, aunque hay quien todavía la defiende como modelo de comportamiento para los más jóvenes. Si usted piensa que mi desobediencia puede ser un mal ejemplo ante futuras generaciones, le pregunto: ¿Es ese el futuro que quiere para la ciudad en la que vive? ¿Quiere enseñar a sus hijos que estamos construyendo una sociedad donde no será posible usar una bici sin miedo a los demás?

Les propongo caminar hacia otro escenario: una ciudad en el que todos, incluso los niños, podamos usar la bici sin tener que defendernos de nuestros vecinos. Ese es el objetivo que debemos tener presente: hacer de la ciudad un lugar suficientemente civilizado para que el casco no sea necesario.

Y por supuesto, el día que me apunte a una ruta por los montes donde las piedras y las caídas son frecuentes, no tengan duda que llevaré casco. Mi decisión de no usarlo en ciudad no está reñida con el sentido común.