Ayer estuvimos toda la mañana dando vueltas en uno de los municipios que conforman el contínuo urbano de la Comarca de Pamplona, tratando de identificar las dificultades y las oportunidades para la gente que anda en bici. Las primeras vueltas para estudiar el terreno y el itinerario, la última con un grupo en un taller de educación vial para ciclistas. Lejos de entrar en los contenidos y en las anécdotas de dicha actividad, el paseo nos sirvió para darnos cuenta de algunas claves que entrañan la inseguridad ciclista y del porqué de la escasa utilización de la bici como transporte, y que van más allá de la existencia de carriles bici segregados en una determinada area urbana.
La primera evidencia que constatamos en cualquier taller de estas características es
la ignorancia de los propios ciclistas de la normativa de circulación específica para ellos, muchas veces intencionada, como excusa para poder utilizar la bicicleta de una manera irresponsable y ventajosa. Nadie sabe si el casco es obligatorio o no, en qué consiste lo de las prendas con elementos reflectantes, qué pasa en las zonas peatonales, cuál es la distancia de seguridad en caso de adelantamiento o si una bicicleta debe llevar una luz, dos, o basta con unos catadióptricos y un timbre. Tampoco saben cómo cruzar un paso de peatones.
Se ha redundado mucho en la necesidad de invertir en movilidad, que no debería ser otra cosa que
invertir en cambiar los escenarios para así dar pie a cambiar los hábitos de desplazamiento y mejorar la habitabilidad, la economía y la eficiencia de nuestras ciudades, pero, cuando nuestros responsables se han puesto a ello, trabajando sobre todo para mejorar la movilidad no motorizada, pieza angular del asunto, se han limitado a hacer algunas actuaciones lineales a modo de itinerarios exclusivos, en el caso de los ciclistas, y habilitar unos cuantos islotes, más o menos interconectados, para los peatones.
Eso no sólo no es suficiente cuando estamos hablando de cambiar los hábitos y los prejuicios de una sociedad, sino que muchas veces se vuelve en contra de los propios objetivos perseguidos (muchas veces porque el ejercicio es una pura mascarada).
El caso de Ansoáin
Sin embargo,
hay ayuntamientos y responsables municipales que van dando pasos, muchas veces titubeantes, pero que apuntan nuevas direcciones.
Ese es el caso de Ansoáin. Primer municipio navarro que limitó la velocidad en todo el casco urbano a 30 kms/hora. Primero que "se cargó" el angosto viario urbano en el mismísimo centro para dotar a la localidad de una plaza donde, además de un fastuoso ayuntamiento, de un epicentro de la actividad civil y de un punto de encuentro donde se reunían: piscinas, polideportivo, colegio, teatro y hasta la iglesia. Amplió aceras, quitó plazas de aparcamiento, estrechó muchas calzadas y eliminó otras. Ansoáin hizo también sus actuaciones ridículas, como no podía ser de otra manera, pero
dió a entender a propios y extraños sus intenciones: mejorar las cosas para los que se movieran sin coche. Ayudó mucho un desarrollo urbanístico razonable, lleno de zonas de encuentro y de corredores peatonales amplios y agradables. Hoy Ansoáin ha dejado de ser un barrio más o menos inhóspito para convertirse en un lugar agradable donde vivir.
Queda mucho por hacer. Mucho. Pero los primeros pasos de esta inversión han servido para darle la vuelta a un pueblo que no dejaba de ser un barrio dormitorio compuesto por una colección de casas más o menos altas y más o menos aturulladas, cosidas por unas calles en la que transitar a pie o en bici era algo casi indigno.
Sin embargo, y pese a esta dirección tan decidida y mantenida, en este pueblo, como en muchos de los otros que componen la geografía capitalina de esta comunidad,
la gente no ha dado el paso suficiente hacia la bicicleta de una manera decidida, más allá de su uso como herramienta de ocio o deporte.
¿Por qué? Pues, básicamente, por dos motivos.
El primero, porque al otro lado de su término municipal
esta localidad linda con otra en la que las cosas se han hecho de otra manera, es decir, sin quitarle al coche su preeminencia y su prepotencia y, lo que dentro del municipio no tiene demasiado sentido dadas las dimensiones de éste, fuera de él se convierte en una aventura imposible. Nadie en su sano juicio es capaz de interpretar en qué consisten y cómo se siguen las facilidades que el Ayuntamiento de Pamplona ha habilitado para ciclistas, que se han traducido, además, en mayores dificultades para éstos en el resto del viario. Nadie conoce las normas que se han inventado, tampoco la señalización. Lo único que saben es que lo de ir en bici al centro cada vez es más difícil y más peligroso, sobre todo gracias a las pistas que ha habilitado este ayuntamiento para ello.
El segundo motivo, no menos importante, es el que atañe a
la desculturización de la población en el uso de otra cosa que no sea un coche como medio de transporte, como vehículo. Y aquí es donde mucha gente no es capaz de ver la necesidad de una inversión, que será muchísimo más rentable que la de intentar hacer caminitos para bicicletas por todas las calles de la ciudad.
Alfabetizando en movilidad urbana
La cultura de la bici, cuyo fundamento debería afianzarse a partes iguales en casa y en la escuela, debería consistir en
aquel aprendizaje que nos ayudara a ganar confianza y sentido común a bordo de una bicicleta y que facilitara el paso de la bici de ser un mero juguete a convertirse en un modo de locomoción asequible, amable y cercano.
No podemos pretender, como lo estamos haciendo, que la gente se anime a andar en bicicleta sin ayudarles a ganar confianza con la misma en todos los aspectos. Porque
la gente no sabe andar en bici. Porque simplemente no han aprendido o porque se les ha olvidado. No saben circular con seguridad. Saben hacerlo con casco y chaleco, saben hacerlo por los carriles bici y por las aceras poniendo en juego su integridad y la de los demás, pero no saben andar en bici. No saben posicionarse, no saben interpretar los distintos escenarios, no saben señalizar (muchas personas no saben andar en bici con una mano ni unos segundos), no saben circular haciendo valer sus derechos y cumpliendo con sus obligaciones, no saben bajarse de la bici, no reconocen prioridades... y aún así se aventuran a hacerlo.
La gran inversión en movilidad no es la inversión en infraestructuras, la verdadera inversión en movilidad reside en la capacidad de una sociedad en invertir los hábitos y las prioridades que nos han dejado tantas décadas de dominio de la movilidad motorizada. Y eso empieza en la escuela. De menores y también de adultos. Porque resulta imprescindible la alfabetización en materia de movilidad y la bicicleta es una parte fundamental de la misma.
Lo malo es que sólo se hacen talleres minoritarios, más o menos voluntariosos, más o menos amanerados. Nadie habla de
un programa de educación en movilidad y de mejora de las habilidades a bordo de una bici de una manera seria, universal, estructurada y rigurosa. Y si lo creen, le dejan la tarea a la policia, que de lo único que se ocupa es de recordar las obligaciones y de evitar las infracciones. Quizá porque nadie cree sinceramente que la educación sirva para nada que no sea reproducir lo que hay.
Así nos va.