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jueves, 10 de diciembre de 2015

La Europa de los coches apesta

Hoy cedemos este espacio dedicado a las bicicletas a alguien que nos va a hablar de coches. Alguien que sabe de lo que habla porque lleva toda su vida útil trabajando en una factoría de coches, la misma que es objeto de su reflexión y de su crítica, hasta hace unos meses que decidió dejarla para dar el salto a la vida política de la mano de Podemos. Carlos Couso es parlamentario foral por esa formación política y en este artículo quiere aportar un poco de luz sobre la trampa automovilística en la que estamos metidos (esta vez desde su vertiente industrial y europea).

El conocido como “escándalo Volkswagen” es tan solo una de las aristas de un escándalo político en la Unión Europea -de primera magnitud y muchísimo mayor alcance que el hasta ahora expuesto mediáticamente-, que es el derivado del fraude masivo, consentido, y sostenido -desde hace 6 años por lo menos- en la certificación industrial y el control público de las emisiones de gases de escape de los motores de combustión de los automóviles.


En este fraude a gran escala no solo está implicado el citado grupo alemán de la industria del automóvil, sino toda la industria del sector automovilístico mundial que comercializa sus vehículos en Europa; también las grandes compañías petroleras que han entrado con fuerza como principales accionistas en algunos de los grupos automovilísticos (Qatar Holding 17% de VW); igualmente los gobiernos de los estados que tienen la responsabilidad del control de las emisiones (no solo de CO2, sino también NO, NO2, y otras sustancias, como las químicas sustitutivas del plomo en la gasolina, tres de ellas identificadas como cancerígenas); y sobre todo, también está implicada la Comisión Europea, que –según parece- ya tenía -desde 2009- sobre la mesa varios informes en los que se alertaba de valores anómalos en los motores diésel, e incluso de la existencia de artefactos instalados en los vehículos para ocultar los valores reales en los controles y mediciones, y desde entonces, este máximo organismo político y ejecutivo de la UE, no solo no ha hecho nada por hacer cumplir el Tratado Climático de Copenhague (2009) que desarrolla en este campo el Protocolo de Kioto (1997) para el territorio de la Unión Europea, sino que bajo la presión política del gobierno alemán –fundamentalmente-, incluso ha contribuido a ocultar esta gran estafa que lesiona los derechos de los clientes (consumidores), la salud del conjunto de la población, y acelera el proceso de destrucción medioambiental, y las consecuencias que esto tiene en el cambio climático.

La ONG “Transport & Environment” viene publicando en los últimos años informes precisos sobre toda esta cuestión, siendo uno de los más destacados el publicado sobre la situación en 2014, en el que se explica con claridad que todos los fabricantes de automóviles mienten en relación a las emisiones de gases de los motores de sus vehículos que certifican, algunos incluso por encima del 50%.

La Comisión Europea también tenía toda la información de la situación antes de que estallara el “escándalo Volkswagen”, y además la tenía de primera mano a través del “Joint Research Centre”, que es un centro de investigación propio de la Comisión, y que ya en un informe de 2011 manifestaba que los vehículos diésel testados superaban los niveles de CO2 permitidos por la legislación comunitaria (80 miligramos por kilómetro, tope fijado en 2009 en TCC).

Estos informes, y otros más, a cada momento han sido tachados de poco serios por una industria de la automoción que siempre ha tratado de alargar los plazos de las obligaciones legales y los compromisos adquiridos para el desarrollo de unos motores más limpios que lleven a dejar atrás la época de la combustión de derivados del petróleo. Trabajando a su manera también para silenciar –al menos mediáticamente- a las organizaciones ecologistas que denunciaban la situación del sector en relación a esta cuestión, y para que toda la documentación existente reposara en el fondo de los cajones de los despachos de la Comisión.

El peso de la industria del automóvil en el PIB alemán y europeo, pero fundamental- mente en el alemán, y el control y las presiones que Alemania ejerce sobre los organismos e instituciones políticas europeas ha sido determinante para el sostenimiento de un fraude masivo con el que se han estado alimentando las arcas de los países a los que pertenecen las grandes industrias del automóvil (beneficios empresariales, impuestos, empleo…).

Alemania y Francia fundamentalmente, pero también otros, castigaban “ejemplarmente” a Grecia por su “deuda”, con la connivencia del resto de los gobiernos que les hacen de monaguillos en la UE, mientras al mismo tiempo se lucraban indecentemente con la industria del automóvil, a costa de la salud de la población y el deterioro del medioambiente. El coste de las multas por los incumplimientos y engaños en la certificación industrial, las reclamaciones particulares, el impago de impuestos derivado del engaño, los sucesivos PIVES, etc…, podría alcanzar una cantidad superior a la de cinco deudas griegas, pero aquí se perdona…, y para ello en el seno de la UE se trabaja estos días soterradamente para alcanzar oscuros acuerdos político-industriales con el fin de tapar, de ganar tiempo para que escampe, y para que se olvide.


En toda esta historia el grupo Volkswagen no es el que más contamina, ni el que menos. Aunque sí parece ser uno de los que más ha mentido, por aquello de haber hecho creer que sus motores de combustión de gasolina y diésel eran productos prácticamente ecológicos por sus bajos consumos y emisiones de gases, tratando de justificar así de paso su escasa inversión y desarrollo en otro tipo de motores, quizá sirviendo con ello también a los intereses de su accionista privado más potente, el Qattar Holding (¡grandes vendedores de paraguas! como todo el mundo sabe…), al que le gusta mucho que de momento se sigan viendo enormes dificultades para la implementación de cualquier alternativa al petróleo como alimento de los motores del transporte por carretera.

Señoras y señores, este es el sucio panorama general, aunque les aseguro que por ahora no han visto ni un 10% de la porquería existente. Ya veremos si acabamos viéndolo todo, porque todos los implicados siguen mintiendo, son poderosos, y como siempre, están poniendo todo su empeño y recursos en que no nos enteremos.

Para que luego no nos sorprendamos con el inmovilismo que nos rodea o las medias tintas de muchos políticos respecto a poner restricciones reales a los automóviles.

lunes, 28 de septiembre de 2015

¿De lo sostenible a lo deseable?

Cuando tratamos el tema de la habitabilidad de las ciudades, hablamos normalmente utilizando eufemismos como sostenibilidad para enmascarar cuestiones más profundos y menos aceptables por las mayorías pasivas tales como ecología, responsabilidad social o daños colaterales de un sistema que esa misma mayoría ha aceptado como incuestionable. Pura conveniencia.

El ordenamiento urbano actual y el modelo de vida que lleva aparejado para la mayoría de la gente son insustituibles. La dispersión urbanística, la deslocalización de las actividades, la utilización masiva del coche, la cesión del espacio público en las ciudades para la circulación y el aparcamiento de automóviles, la subvención a los combustibles, a la construcción y mantenimiento del viario, a la compra de automóviles nuevos son sólo consecuencias de ello.


Eso por no mencionar los costes asociados a este modelo de vida que nos hace sedentarios, consumidores compulsivos, insolidarios y contaminadores extraordinarios. No es de buen gusto recordar las consecuencias sanitarias que asume la sociedad que soporta este modelo, tanto en enfermedades (diabetes, problemas cardiovasculares, problemas respiratorios, stress, cáncer...) como en costes asociados a accidentes (muertes, discapacidades permanentes, tratamientos y rehabilitaciones, daños en infraestructuras urbanas, seguros...).

Este modelo es insostenible. Lo sabemos. La calidad del aire de nuestras ciudades no es soportable, la calidad de la convivencia en nuestras calles tampoco. Sin embargo nadie es lo suficiente valiente para proponer un modelo nuevo. Los más atrevidos, como mucho, plantean medidas que sirven como parches o como acciones llamativas que generan interés y que impactan, pero nadie tiene un verdadero plan de cambiar de modelo, porque todos piensan que el modelo no se puede cambiar (o no se tiene que cambiar).


Por eso se sigue prefiriendo la sostenibilidad a la ecología, porque resulta más suave, más llevadera, más adecuada y menos implicadora. También porque es menos comprometida y eso permite ganar adeptos más fácilmente.

Cuando hablamos de movilidad esto es mucho más patente. Para empezar porque hablamos de movilidad como una cosa aceptada cuando realmente la movilidad es una enfermedad más de este modelo insano que hemos asumido. Tener que movernos para todo es lo que hemos dado por sentado. Porque no hemos sido capaces de conservar la cercanía, la proximidad, esa que nos abastecía y resolvía nuestras necesidades básicas en un entorno inmediato que se abarcaba normalmente andando. Y tampoco parece que seamos capaces de recuperarla, porque nadie lo plantea.

Nos hemos cargado en buena medida el comercio de barrio, los centros educativos de proximidad, incluso hemos alejado los centros de ocio y las oficinas de los núcleos urbanos a polígonos en el extrarradio a los que sólo se puede llegar en coche de una manera juiciosa porque han sido pensados para ello. Y compramos en internet cosas que venden o vendían los comercios en nuestro barrio (o en el de al lado).


¿Cómo vamos a cuestionar movimientos tan recientes? ¿Cómo vamos ahora a convencer a la gente de que deje los suburbios (muchos de ellos lujosos y soportando hipotecas fabulosas) para volverse al centro? Pero, mucho más que eso, ¿quién va a ser el valiente que proponga algo que eche por tierra todo un orden y una lógica tan poderosa como la que sustentó esa centrifugación, esa deslocalización, esa globalización? ¿O es que alguien en su sano juicio va a ponerse a cuestionar la especulación inmobiliaria y financiera, el automovilismo intensivo o el consumo compulsivo como garantes de la bonanza económica y valedores del bienestar y del progreso sociales y personales?

Nadie. Los pocos que están consiguiendo algo en otra dirección lo están haciendo aprovechando resquicios, despistes o concesiones de estos grupos todopoderosos y son conscientes de que, cuando se pongan nerviosos y les den el alto, tendrán que dejar de hacerlo y reverenciarlos sumisamente. La industria petrolera y del automóvil, el sector inmobiliario y el financiero, la lógica de explotar las poblaciones pobres en favor de los ricos siguen ostentando el poder y siguen inculcando el miedo a cambiar de modelo. Y tienen mucho poder y son capaces de dar mucho miedo porque también dominan los medios de comunicación, incluido internet.

Por eso es tan difícil proponer alternativas reales. Es más fácil mirar a otra parte o hacer algo para cubrir el expediente o para calmar conciencias poco exigentes. Un parque, un carril bici o unas bombillas led pueden ser suficientes.

Sin embargo y pese a todo eso, cada vez más gente empieza a cuestionarse este modelo y empieza a atisbar que otra forma de vivir es posible y empiezan a trabajar en hacerla posible. Es lo deseable. Lo que nos gustaría que fuese la ciudad, el barrio, la calle.

miércoles, 11 de febrero de 2015

No es el humo, son las velas

Leemos con pretendida satisfacción conformista, esa que consuela a los que no hacen nada y luego recogen los frutos, que algunas ciudades, cada vez más, están limitando el acceso a los coches a los centros urbanos por problemas relacionados con los niveles intolerables de contaminación que generan, y nos ponemos contentos porque nos parece que el mundo nos está dando la razón, o porque nos da la impresión de que los políticos están empezando a darse cuenta de que aquí hay un problema de movilidad y están actuando en consecuencia, o algo así, y resulta que es mentira. Mentira o trampa, que para el caso es lo mismo.

¿Es realmente la contaminación el gran problema que adolecen los centros urbanos como consecuencia del uso indiscriminado de los coches particulares? ¿O es tan sólo uno de los problemas consecuencia de ello? ¿Es acaso menos importante la ocupación del espacio, la peligrosidad, la violencia vial, la contaminación acústica o el condicionamiento en la disposición y uso de los espacios públicos?


¿Entonces por qué nos conmueve tanto que los responsables de la gestión de nuestras ciudades sólo actúen ante unos indicadores y hagan caso omiso del resto de efectos nocivos que conllevan los mismos causantes? O lo que es lo mismo ¿alguien cree que si se vuelve a cumplir con los índices de nivel de contaminación París o Madrid no volverán a soltar riendas?

Ni siquiera es la famosa tasa de congestión la que debería guiar la planificación estratégica de nuestras ciudades, esa es sólo otra herramienta, otro argumento. Nada más. Como las políticas centradas en la gestión del aparcamiento. Si no trabajamos desde la gestión de la demanda de movilidad, para reducir viajes motorizados en origen, el resto de medidas sólo harán un efecto disuasorio residual.

Hasta que no seamos capaces de darnos cuenta de que sólo a través de una visión integral y multidisciplinar de la ciudad como un ecosistema se puede enfocar el tema de la calidad de vida urbana, no podremos actuar sobre ella de una manera efectiva y todo serán parches y actuaciones marginales. Y dentro de ese ecosistema urbano, hasta que no veamos que no es una cuestión de humos, ni de víctimas, sino de un estilo de movilidad inducida, no estaremos en disposición de reducir el parque automovilístico en circulación y no podremos atajar los problemas de fondo que arrastra.

Claro que eso es mucho más complejo y conlleva cambios de mucho mayor calado, empezando por las estrategias territoriales y pasando por políticas urbanísticas y reconfiguración de pueblos y barrios enteros, pero  ¿qué se merecen nuestras ciudades enfermas, cuidados paliativos que dulcifiquen una decadencia irreversible o un tratamiento de choque que busque su mejoría y su salubridad?

lunes, 10 de noviembre de 2014

Sostener la movilidad insoportable

Algunos habíamos vaticinado que esto de la recesión podía haber servido para replantear los postulados sobre los que se sostiene un sistema que ha demostrado no ser sostenible y proponer nuevos retos, pero parece que mucha gente sigue creyendo que esto sólo va a consistir en aguantar la tormenta y volver a empezar.

Está claro que esto de la crisis no va a servir para cuestionar los principios de lo que ha acabado tan mal y no tiene visos de cambiar. Nadie se atreve a plantear en serio otros supuestos distintos a los que nos han traído hasta aquí, porque nadie se atreve a dejar a tanta gente fuera de juego. Así, seguimos haciendo cosas bonitas para la galería y cosas feas en galeras, donde se cuece lo que luego tenemos que comernos y, por lo visto, seguimos dispuestos a tragar mucha más porquería que la que estamos dispuestos a reconocer, colaborando de esta manera en su perpetuación.

La movilidad es una de esas cuestiones incuestionables que nos está llevando a un punto sin retorno y que, de puro reincidente, se nos va a hacer tan obvio como imposible de ver. Si seguimos fomentando la movilidad motorizada, seguiremos sufriendo sus consecuencias hasta una situación desde la que retornar cada vez se va a hacer más complicado a pesar de que sea cada vez más urgente hacerlo. De nada servirán medidas marginales de potenciación de la bicicleta o de las zonas peatonales si se sigue manteniendo la mayor.


Lo de los coches y el transporte "barato" no tiene solución, por más que nos empeñemos en sostenerlo. No la tiene aunque los paises desarrollados sigan firmando aplazamientos en el cumplimiento de las emisiones que están ahogando el planeta. No tiene solución pese a que mucha gente haya sido conminada a depender de ellos al aceptar la deslocalización de la vivienda, del trabajo, de las actividades comerciales y del ocio y estar obligados a comprar "barato" producto globalizado, intensivo en transporte.

Parece que no podamos reconocerlo o que no queramos hacerlo porque hemos sido nosotros mismos los que lo hemos fomentado, más o menos alegremente, más o menos inconscientemente, pero esto no puede ser.

Podremos aducir cualquier argumento dilatorio, podremos augurar promesas de recuperación, podremos vender soluciones tecnológicas pero a esto no le vamos a dar la vuelta hasta que no seamos capaces de reinventar nuestro mundo inmediato en términos de proximidad.

El problema hasta entonces será que estaremos renunciando a unos lugares para vivir más humanos, más interesantes, más sociales, más divertidos, más seguros y más baratos. Y seguiremos pagando el precio de todo ello no sólo en contaminación, ruido y espacio, sino en subsidiarización del gasto en infraestructuras (autopistas, aparcamientos con sus mantenimientos) o en costes sanitarios (salud, accidentes). Pero somos así, nos gusta lacerarnos con nuestras propias miserias.

lunes, 24 de febrero de 2014

Bienvenidos al Apocalipsis

Muchas veces no somos conscientes de qué estamos hablando cuando nos referimos a cosas tan cotidianas como la luz, el transporte, la comida o el dinero. Nuestra ignorancia y la descontextualización de cada uno de esos elementos fundamentales para nuestra vida nos hace trivializar su importancia o reducirla a una mera repetición de tópicos. La ignorancia es atrevida y, más que eso, es pasto de reduccionismos demagógicos que sólo ayudan a mantener el orden establecido mediante falsas expectativas e intoxicación con miedo de cualquier opción alternativa a dicho orden.

Por eso cuando oímos algunas voces que tratan de alertarnos sobre la autoconsunción del mundo, las tachamos rápidamente de apocalípticas o maltusianas, ridiculizándolas utilizando lugares comunes y sofismas sin base alguna, pero que por pura repetición acabamos creyéndonos, y así las desactivamos y las silenciamos rápidamente.

Hoy toca hacer un ejercicio de información para la conciencia sobre el futuro que nos espera si seguimos a este ritmo de destrucción planetaria. Este fabuloso vídeo didáctico encierra una densidad de información y de lógica científica, que será difícil que no explote dentro de las cabezas que sean capaces de querer entender el mensaje que encierra.

Damos por supuesto que la inmensa mayoría de la gente sólo es capaz de ver lo que es capaz de creer, pero eso no debe desanimarnos en nuestra tarea de hacer viral un mensaje cuya esperanza se base en la inteligencia de cada persona para cuidarse de sí misma, más que en que el poder concentrado en unas pocas vaya a ocuparse o preocuparse de todos nosotros. Así pues, bienvenidos al principio del final de la era del petróleo y larga vida a un futuro más prometedor.

miércoles, 6 de febrero de 2013

La ignorancia no nos librará de sus consecuencias

Dicen que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento. Vale. Sin embargo, resulta más caro ignorar la trampa y son igual de ineludibles sus consecuencias, si no mayores. Vivimos sometidos a toda una serie de vicios, más o menos consentidos, más o menos voluntarios y creemos que con ignorar los efectos que conllevan podremos evitar sus consecuencias. Vamos lo que se llama "hacer el avestruz", "mirar a otra parte".

Esta actitud que es evidente en la arena política actual, pero que se podría extrapolar a cualquier otro campo, empezando por la economía o el medio ambiente, es especialmente dramática cuando toca a nuestra vida directamente, en primera persona, y seguimos queriendo ponernos las orejeras de la ignorancia.

Leo hoy que la salud de los menores viene ya condicionada por el aire que respiran sus padres, especialmente sus madres, y que en zonas contaminadas los bebés pesan menos que en zonas más saludables y eso condiciona su vulnerabilidad frente a todo tipo de afecciones de la salud. Esto es, que antes de nacer, ya están condicionados por el ambiente.

Foto robada de Valencia en Bici

Las famosas micropartículas en suspensión cuyos máximos se negocian en los foros en los que se debate sobre la calidad del aire y que nos parece un asunto científico, casi irrelevante para los legos, son las responsables de nuestra salud antes incluso de que vengamos a este mundo cruel y emocionante. Eso y el estrés, los hábitos alimenticios y la saludabilidad de nuestros progenitores, hacen tanto como el dichoso código genético a la hora de condicionarnos para toda la vida.

Parece agorero e incluso determinista, pero todavía hay gente que se mantiene ajena a esto, como si no fuera con ellos esta guerra, como si fueran asuntos para los demás, como si no le fuera a salpicar. Pues esto salpica, y mucho. Por eso merece la pena mojarse a fondo y remangarse para intentar mejorar la calidad del mundo en el que vivimos, aunque sea en lo que podemos hacer por nosotros mismos y que puede aportar algo a los demás. Evitar usar el coche es, sin duda, una de esas cosas que representará un gran paso para nosotros y un pequeño paso para los demás..

Porque ¿alguien puede decirme quién es el principal responsable de las emisiones de esas micropartículas así como de los gases que contaminan nuestro aire?

sábado, 22 de diciembre de 2012

El día después

El mundo se ha acabado. Créetelo. Si estás leyendo esto eres una de las pocas personas que ha accedido al nuevo universo. Da gracias a la alineación astral, a la profecía maya o a tu puñetera suerte, pero perteneces a los elegidos que formamos parte del Quinto Mundo.

No temas, aparentemente todo sigue igual, las cosas están en su sitio y las calles están llenas de gente, pero todo ha cambiado. Y cuando digo todo es todo. Ya no rige este nuevo mundo la misma lógica que regía ese en el que vivíamos hasta ayer. Ya no manda el más fuerte, ni el más rico es el más influyente, ya no prevalece el beneficio de unos pocos sobre el bien común, ya no impera la violencia y el miedo, ya no domina el individualismo y la competitividad. Ya no.

Ahora todo es distinto. Ahora la gente se mueve de acuerdo a una armonía universal, una conciencia única nos impulsa a ser más conscientes de nuestra existencia, a valorar más nuestro entorno, a interactuar más con nuestros semejantes para lograr un mundo más humano, más tranquilo, más respetuoso y más duradero.


No se qué pasó ayer para que se acabara el mundo anterior en el que vivíamos. No sé si fue una lluvia de meteoritos, un cambio de polos o una radiación mágica. A mi me pilló dormido, como a tí. El caso es que, a partir de hoy, vas a ver las mismas cosas de otra manera. Ese es el gran cambio. Y no te va a pasar sólo a ti. Le va a pasar a mucha más gente.

Verás cómo cada vez más gente va renunciando a sus sobresueldos para que haya sueldos dignos para todos, cómo los políticos, los banqueros y los que se han forrado durante los años anteriores y han dejado esto para el arrastre van a reconocer su culpa y van a pagar el pato, cómo los grandes grupos de capital que dominan los mercados van a renunciar a su obsceno juego especulador y van a ponerse a trabajar por un mundo digno, vas a ver cómo tu vecina, la que grita a sus niños y conduce como una posesa va a empezar a usar la bici. Y como ella muchos más. Y todo va a cambiar. Todo.

Ya verás. No hace falta que compruebes el número del sorteo de Navidad. La lotería te ha tocado cada día que estás vivo, cada día que puedes volver a elegir cambiar esto para mejor. Cada día.

El día después es hoy. Hoy es mañana. Aprovéchalo.