Desde el principio, las bicicletas públicas se presentaron como una herramienta realmente devastadora para escenificar la movilidad sostenible en bicicleta. Perfectas, iguales, repetidas, vistosas, modernas, interactivas... las bicis públicas llamaron la atención de todos. Ofrecidas además como grandes operaciones de marketing por empresas transnacionales especializadas en la comunicación, se convirtieron en objeto de deseo de todos los ayuntamientos que "vendían" movilidad sostenible.
El primer gran boom fue en Lyon, después la gran operación de JC Decaux puso su mira en Paris con el magnífico Vélib'. Todo un éxito. La réplica no se hizo esperar y Clear Channel que ya había hecho sus progresos en el norte de Europa y en Asia no dejó pasar la oportunidad y se hizo con el servicio de Barcelona sentando un precedente en todo España y ofreciendo un escaparate para todo el mundo. El Bicing. La chispa la había saltado, la pólvora aquí la puso el Instituto para la Diversificación y el Ahorro Energético (IDAE) dependiente del Ministerio de Industria, Turismo y Comercio, que a la vista de esta panacea se lanzó a subvencionar la implantación de este tipo de servicios dentro de su política de fomento de la movilidad sostenible. Y ahí explotó la bomba.

Hace ya cuatro años y hoy todavía no se acaba de ver hasta dónde puede llegar la onda expansiva. Sin pensarlo dos veces, los ayuntamientos se lanzaron y se siguen lanzando a implantar fabulosas flotas de bicicletas en la calle, accionadas por sistemas inteligentes, ocupando magníficos espacios públicos, distribuídas y redistribuídas por furgonetas con remolques que invaden dichos espacios muchas veces de circulación restringida. Pero el gran argumento justifica los medios: se trata de un servicio público de transporte en bicicleta. Lo reúne todo. Y además tiene un foto estupenda.
Nadie audita las cuentas, los resultados se presentan de manera agregada (miles de usuarios, millones de usos) y sobre todo no se sabe nada de los costes reales, ni económicos ni ambientales. Tampoco se valora la procedencia de los usuarios (la mayoría "ciclistas privados", peatones o usuarios del transporte público). No interesa.
Muchas asociaciones de ciclistas urbanos pierden la perspectiva y se empecinan en defenderlas a cualquier precio. Los consultores tampoco mantienen el equilibrio viendo la potencia que va tomando la iniciativa y acaban cayendo en la justificación fácil del supuesto efecto llamada que provoca. Si es "bicicleta" es bueno. Y si es "transporte público" entonces es mejor todavía. Se organizan congresos especializados en el tema. La felicidad es colectiva.
La vorágine continúa hoy en día, a pesar de que los datos de los sistemas "experimentados" empiezan a no ser tan buenos y empiezan a arrojar cifras sospechosas. Pero ya es un fenómeno de carácter mundial. Todas las ciudades que se precien de ser modernas y sostenibles tienen que contar con un sistema de éstos. Hoy en día presenciamos la inauguración de muchos sistemas en las principales capitales europeas y americanas, con las mismas promesas con las que se inició el Bicing.
¿Hasta dónde llegará todo esto? El mapa resulta estremecedor... pero "la locura, si es colectiva, deja de serlo".