domingo, 22 de mayo de 2011

Cambiarlo todo para que todo siga igual

Nos enfrentamos una vez más a ese ejercicio electoral con el que tratamos de justificar que participamos. Participamos en mantener el orden establecido o, en el mejor de los casos, intentamos cambiar algo que no nos gusta por algo que parece que pinta mejor.

Es así como está montada esta democracia, esta partitocracia, donde sólo puedes elegir entre una oligarquía que trata de aferrarse a su escaño, a su concejalía de manera vergonzosa e innoble. Con unos partidos políticos que son organizaciones más o menos blindadas, poco transparentes, alejadas de la ciudadanía y paradójicamente poco democráticas internamente. Con una ley electoral que beneficia a las mayorías y elimina las minorías.

Y nos lo hemos llegado a creer. Cualquier cosa es mejor que la dictadura que la precedió, así que podemos estar contentos con lo que tenemos. Nos hemos hecho conformistas. Y así nos va.


Por suerte, hay gente que no quiere seguir callando y otorgando y se ha puesto en pie utilizando una de las herramientas más poderosas, más democráticas y más ingobernables que hay: Internet. Es curioso cómo, las redes sociales, algo que era un juego de niños, de colgados o de onanistas, se ha revelado como un centro de eclosión de nuevas tendencias, de concentración de intenciones, con un poder de convocatoria mucho mayor que muchas instituciones y empresas de comunicación.

Resulta ilusionante ver cómo toda esa gente se ha echado a la calle (algo que es mucho más difícil que ver la tele o navegar en internet) para recordar que estos políticos no representan a muchos ciudadanos, que no responden a sus demandas, a sus deseos, a sus inquietudes. Aunque sólo sea por el plante, la iniciativa merece un reconocimiento. Porque es un plante esencial, es una llamada de atención, es un aviso para navegantes. La gente no está contenta y es capaz de movilizarse y, mientras tanto, los políticos siguen enzarzados en su empeño por mirar a otra parte y representar su pantomima sectarista.

No es ninguna propuesta "antisistema", no se defiende la anarquía, no se persigue el desgobierno, no se reclama la independencia de nada que no sea tanto poder establecido, tanta mano negra moviendo los hilos de los gobiernos, de las economías. No es una revolución, es tan sólo una erupción. Pero la onda expansiva puede ser importante. Por eso es tan trascendente, porque se aleja de la lógica política y mediática habitual y presenta una forma de actuar y de responder inusitadamente potente y razonable. Ejemplar.


No confío en que el gremio político que dice representarnos sea capaz de reaccionar. Creo que, como cualquier gremio, sólo vigila por mantener sus intereses creados. No confío siquiera en la alternancia política y mucho menos en los pactos post-electorales. Creo que la democracia ha sido diferida y que hace falta más democracia participativa, donde se recojan más voces que sólo las que tienen acceso a los hemiciclos y salas de plenos.

Ahora bien, espero que este grito callado enseñe que hay una manera tranquila, pausada, pero contundente de demostrar el descontento hacia unos valores, unas prioridades y unos beneficiarios que no son los que deberían ser si estamos en democracia, es decir, los ciudadanos.

El voto no cambia las cosas, si no hay una voluntad más profunda, más compartida y más decidida de cambiarlas. Sólo confío en que la siguiente legislatura sea capaz de escuchar más y construir más sociedad que las anteriores. Si no...

Yo voy a votar por eso.

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