jueves, 30 de enero de 2014

La prisa no es buena consejera

Leyendo un artículo sobre las ciudades que se han agregado al movimiento Cittaslow (ciudad lenta) y la forma de entender la vida urbana que promueven, uno no puede menos que volver la vista hacia su entorno y reconocer que las prisas nos tienen presos y nos han hecho dependientes. Correr para todo se ha convertido en nuestra forma de entender la vida: lo urgente antes que lo importante o, casi mejor, todo urgente.

Y así vivimos atropellados y atropellando, estresados y estresando, agobiados y agobiando, perseguidos y persiguiendo. Nos encanta el último minuto y nos pone mucho más el minuto que le sigue. Nos hemos hecho a la violencia del acelerador, a la prisa aborregada y temeraria, a increpar a los demás porque nosotros no llegamos, a echar la culpa al mundo y cargar contra todos simplemente porque nos han hecho perder un segundo, dos o doce.

Nadie pretende cambiar toda una ciudad en un espacio corto de tiempo, nadie propone nada más que un guiño a la lentitud, a la desaceleración, a hacer las cosas con gusto, a detenerse para poder percibir los detalles, a reflexionar un momento o dos antes de lanzarse a la acción vertiginosa, a perder el tiempo y disfrutar del viaje, de las labores a las que nos encomendamos.


Si hiciéramos las cosas con más calma seguro que no perdíamos tanto tiempo discutiendo, intentando convencer a los demás de nuestras proposiciones, simplemente porque seríamos capaces de escuchar lo que estaban diciendo esos demás y tendríamos un momento para tratar de entenderlos, tratar de entenderenos antes de emprenderla. Cederíamos más y nos avendríamos a razones mejor. Seguro.

Lo que pasa es que no queremos, quizá porque creemos, o nos han hecho creer, que la velocidad es el camino y que vivir apresurados es más interesante, importante o intenso que hacerlo con sosiego.

La movilidad en general adolece de esta enfermedad de una manera muy aguda y la bicicleta es víctima y verdugo en ese contexto. La gente no quiere ralentizarse, no quiere ceder el paso, no quiere reconocer el derecho prioritario al más débil, no quiere renunciar a su posición aunque sea el fruto de muchos años de tiranía y de despotismo sobre ruedas. Y así vivimos nuestras opciones, desde una lógica según la cual puede el más fuerte y donde la prisa es excusa para agredir a los demás. Lo que llamamos la depredación circulatoria.

Los últimos acontecimientos que más nos han tenido entretenidos los últimos días relacionados con la movilidad y la movilización son un síntoma inequívoco de que tratar de acelerar procesos y de meter las cosas con calzador no funciona, menos ahora que la gente se lo piensa dos veces porque no está el horno para muchos bollos. Lo hemos visto en Burgos, lo estamos viendo ahora en Vitoria. Proyectos y propuestas que teóricamente deberían servir para construir ciudad y para mejorar la calidad de los espacios públicos, se vuelven contra sus mentores simplemente porque tratan de acelerarse de manera sospechosamente imperiosa.

Si somos capaces de dejarnos de amenazas, de prácticas intimidatorias, de proyectos inaplazables y de otras vainas y empezamos a escuchar a los encausados, a dialogar y a negociar, seguro que seremos capaces de resolver los problemas de una manera más consensuada y más satisfactoria, y descubriremos que, aunque nos cueste algo más, los avances serán más decididos, más decisivos y más duraderos.

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