martes, 3 de diciembre de 2013

El mayor enemigo de la bici son los ciclistas

Paradójico pero real. La mayor dificultad con la que nos estamos encontrando a la hora de normalizar el uso de la bicicleta en las ciudades son los propios ciclistas. No todos, por supuesto, pero sí muchos. Sobre todo aquellos que han respondido al impulso que se le ha querido dar a la bici en los últimos años y se han incorporado a la nueva formulación que se les ha vendido, que no es otra que la circulación lejos del tráfico, bien por infraestructuras dedicadas y exclusivas, bien por aceras con permiso expreso o con permisividad tácita, a cambio de difundir el miedo a los automóviles como condición innegociable para evitarlos.

Son esos ciclistas noveles, convencidos de que su opción goza de unos derechos especiales que exceden a los del resto de ciudadanos, los que han interpretado el ejercicio de la bicicleta como medio de locomoción a su libre albedrío y han decidido unilateralmente refugiarse en las aceras de manera generalizada. Al principio de una manera más o menos discreta y educada, pero, con el paso del tiempo y gracias a la connivencia de las autoridades y a su propia reinterpretación de su prevalencia, cada vez con mayor prepotencia y mayor negligencia, cuando no temeridad.


El resultado, después de unos pocos años de consentimiento y de afianzamiento, no ha podido ser más desalentador, y no sólo porque han acabado haciéndose con el dominio de las aceras, para sorpresa e indignación de caminantes, sino porque ha tenido consecuencias y graves. Muchas de ellas en forma de víctimas de accidentes provocados por la falta de prevención, de conciencia sería más justo decir, de los propios ciclistas, y otras por la crispación generalizada que han despertado entre el resto de usuarios de las calles. Ha llegado a tal extremo la situación que se ha vuelto contra los propios intereses de la bicicleta, entendida como agente de la movilidad positivo y deseable como alternativa al uso del coche.

El problema a estas alturas y con tanta gente circulando de forma irregular e intransigente ha cobrado una dimensión realmente preocupante, tanto entre peatones y conductores como entre los propios defensores de la bicicleta que se ven desautorizados por sus propios teóricos correligionarios, con la dificultad argumentativa que ello representa. Así uno de los esfuerzos más importantes de los grupos de defensa de los usuarios de la bicicleta acaba siendo tratar de convencer a esos propios y a los extraños que ellos no defienden esas prácticas, matizando que es una consecuencia indeseable fruto de la indecisión de las autoridades a la hora de promocionar la bicicleta de una manera integral. Matices que muchas veces no son suficientemente explicados o simplemente resultan inexplicables para el resto.

Pero, mientras todo esto ocurre, siguen produciéndose los incidentes y los accidentes, y siguen multiplicándose los atropellos, los sustos, los heridos y los indignados. Al final, lo que debería haber sido un proceso calmado, lógico y progresivo de promoción de la bicicleta, por una mezcla del oportunismo político cortoplacista y de la incorporación sorpresiva y masiva de usuarios inexpertos y despóticos, se ha convertido en una merienda de negros.


Por eso entre las filas ciclistas el malestar se ha convertido en preocupación y la preocupación en desánimo porque, además, no corren precisamente buenos tiempos en lo que a regulación de la legalidad ciclista respecta por la miopía de la máxima autoridad en la materia. Así cuando ayuntamientos tan conscientes, tan cautos y tan consecuentes como el de Vitoria, cuya trayectoria es prácticamente intachable y cuya perspectiva es estratégica, se ponen a regular la circulación ciclista para corregir estas derivas, encuentran una contestación excepcional, incluso entre muchos abogados de la bici que les acusan de querer acabar con la práctica ciclista o, cuando menos, tener un efecto negativos.

El mayor problema es que los propios ciclistas anónimos empiezan a quejarse de lo que deberían ser sus propios camaradas y empiezan a cargar tintas contra ellos, lo cual sólo sirve para dividir fuerzas y demostrar que no hay discurso, no hay una masa crítica, no hay unanimidad y eso sólo debilita la opción ciclista, para regocijo de detractores y para beneficio de los intereses de la motorización.

9 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo , es un problema que se soluciona con educación.
    Te animo a que ojes esta entrada en mi blog , la temática es similar http://www.enbicishop.com/wp/ves-por-la-carretera-gilipo/

    Saludos y felicidades por el blog.

    ResponderEliminar
  2. Yo quiero pensar que no es tan catastrófico. Circular por la calzada requiere confianza. Hace falta manejar la bicicleta y conocer el tráfico. Es necesario aprender. La opción escogida por muchos es comenzar a aprender utilizando las aceras, que es un medio en que se perciben más seguros. Superado el aprendizaje yo confío en que pasarán automáticamente a moverse por la calzada.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues yo veo a los ciclistas de acera que lo que están haciendo es hacerse fuertes en las aceras y no quieren ni oir de la calzada. Y que te conste que me entrevisto a diario con varios de ellos que me confirman mis sospechas. No es tanto una cuestión de confianza como de percepción de seguridad y apuesta por consolidar sus derechos.

      Eliminar
    2. Para evitar tener que usar las aceras como fase de transición funciona bastante bien empezar por calles secundarias. A los pocos meses pierden el miedo para ir por calles principales y sin dar por saco al peatón en ningún momento.

      Eliminar
  3. La expresión "se ha convertido en una merienda de negros" pertenece hoy a ese grupo de frases, que según los libros de estilo, no deben utilizarse por resultar ofensivas para un colectivo. Como también lo son: le hizo una judiada, le engañó como a un chino, esto es una gitanería, etc.

    ResponderEliminar
  4. Bien descrito el problema. La solución es la que apunta Villaramblas: pasar de la acera a la calzada, cosa no fácil, pero posible. (Lo digo en primera persona xq yo también era de los de las aceras, y ya casi no las toco.)

    ResponderEliminar
  5. Eneko, acabo de descubrirte y me das una gran alegría. Has descrito perfectamente el problema.
    Espero que las autoridades lean tus escritos para que se den cuenta de la realidad en las calles.

    De ahora en adelante, aquí tienes un seguidor fiel.

    Saludos y gracias por hacer eco del problema.

    ResponderEliminar
  6. Anda que ahora vamos a satanizar a algunos ciclistas que prefieren la acera a determinados tramos de calzada urbanos. ¡Si es un tema de supervivencia¡ ¿Se vulnera tan gravemente el derecho del peatón si uno circula de forma lenta, prudente, cuidadosa y hasta sinuosa para evitar determinados puntos negros de la ciudad que son agujeros donde pedalear es buscarse la ruina ? No seamos tan puristas ni pejigueros ...primum vivere deinde philosophare...

    http://abicval.blogspot.com.es/

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Claro que los cicleatones vulneran el derecho peatonal a un caminar tranquilo y seguro: la movilidad del peatón en las aceras, tan irregular, libre y diversa, es muy distinta a la del ciclista, quién, para igualar energías de desplazamiento debería desmontar y caminar, o ¿es que hoy día es tan terrible caminar? Temo que muchos ciclistas nos han satanizado a quienes no tenemos por qué pedalear porque no queremos, y eso la han hecho justificando la invasión a nuestros espacios.

      Eliminar