lunes, 8 de julio de 2013

El mayor problema para viajar en bici es...

El transporte hasta el inicio y desde el final de nuestro viaje. Recuerdo como si fuera ayer, sobre todo cuando vienen estos días calurosos, que cuando éramos chavales (de eso hace ya unas décadas) la única oportunidad que teníamos para practicar el cicloturismo era agarrar nuestras bicicletas, cargarlas en la misma puerta de nuestra casa y salir desde ahí hasta donde nos aguantaran las fuerzas y nos diera tiempo. Y luego volver. Recuerdo que marcábamos en un gran mapa las rutas que íbamos “conquistando” a golpe de pedal y recuerdo cómo se fue configurando una flor con pétalos multicolores, los que representaban a otros tantos bucles grandes o pequeños que invariablemente nacían y morían en nuestra ciudad.

Con el paso del tiempo, la cosa fue mejorando. Primero, aprovechando las vacaciones de nuestros familiares en lugares más o menos desplazados, lo cual nos permitía hacer travesías más o menos largas, luego, haciéndonos acompañar por conductores desinteresados que nos posibilitaban la itinerancia y nos acomodaban el campamento, los hubo incluso que nos proveían de avituallamiento. Cuando hubimos completado las rutas a nuestro alcance (aunque nunca se acaben de completar), empezamos a desplazarnos, en coche, a otros emplazamientos y volvimos a repetir los pasos anteriores, primero bucles y luego también travesías.

Buses, trenes y aviones

La mayoría de edad y el verdadero calvario no lo conocimos hasta que no nos propusimos dar saltos más importantes en el mapa que conllevaban, necesariamente, tener que tomar largos trenes o vuelos. Fue entonces cuando descubrimos que la práctica del cicloturismo se puede convertir en un verdadero infierno. Largas peregrinaciones con grandes bolsas y cajas a cuestas, interminables negociaciones por las tasas abusivas que nos querían cobrar por nuestras bicis, disgustos tremendos al comprobar cómo trataban a nuestras queridísimas bicicletas, averías provocadas por dicho maltrato… el precio a pagar por disfrutar de unos días, unas semanas o unos meses pedaleando por lugares recónditos era muy caro.


Tantos fueron los inconvenientes, que, al final, cada vez que nos proponíamos un destino, una de las cosas que más nos disuadía era precisamente eso: la penitencia antes y después del viaje. Hasta que descubrimos dos cosas: la logística y la proximidad.

O proximidad y logística

Cuando te has ido a la otra punta del mundo para andar en bici lo que descubres es que las sensaciones a diezmil kilómetros no son muy diferentes a las que puedes experimentar a pocos kilómetros de tu casa. La emoción, la incertidumbre, la intensidad dependen más de la predisposición y de la actitud que de la distancia del destino. Lo único que las diferencia es la cultura de las gentes que habitan esos lugares. Por eso, muchas veces, tratando de buscar grandes experiencias remotas nos perdemos los tesoros que tenemos al alcance de la mano.

Pero si lo que buscamos es una mayor comodidad en los tránsitos, a lo que tenemos que recurrir es a simplificar nuestra logística. Claro que tendremos que pagar algo por ello, pero muchas veces nos va a compensar no tener que viajar arrastrando nuestras monturas por estaciones y aeropuertos. Podemos enviar nuestra bicicleta, podemos alquilar una bicicleta en destino o podemos mandar a recogerla cuando acabemos nuestra ruta. Esto nos aliviará mucho los ya de por sí cansinos pasos por áreas de espera, ventanillas, colas de embarque y puestos fronterizos.

Si es en nuestro entorno inmediato, hay múltiples empresas que nos pueden prestar estos servicios. Si necesitamos poner nuestra bici en otro lugar, hay también quienes se han especializado en el tema a unos precios realmente razonables. Pero nunca hay que desestimar la posibilidad de alquilar bici y equipajes en el destino, siempre que quien nos lo provea demuestre solvencia y calidad. Nosotros ahora usamos esta y disfrutamos como enanos.

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