miércoles, 28 de septiembre de 2011

Si no lo creo, no lo veo

Es lo que hacemos la mayoría de los humanos respecto a lo divino y lo mundano. No es ya suficiente que no sea tangible, comprobable y no me lo pongan en los morros cuando miro para allá, para que consideremos que algo no existe. Es peor. Es más bien al revés. Aquel famoso tomasiano "Si no lo veo, no lo creo" que representaba el escepticismo de aquel santo varón, hoy en día ha sido sustituído por el "Si no lo creo, no lo veo" en el cual es la incredulidad la que nos hace ignorantes.

Un ejemplo: el cambio climático. Otro: la movilidad sostenible. Otro: la crisis del petróleo. Uno peor: el decrecimiento económico. Hoy en día, en esta sociedad sectarizada, proselitista y seguidista, la gente necesita creer en algo para poder ver. Si no están ciegos. La capacidad de discernimiento está mediatizada por la intencionalidad reconocible, la recomendación expresa o el congraciamiento con nuestros parroquianos de facción.

Ayer por ejemplo se publicaban los datos de los niveles de contaminación de micropartículas de las principales ciudades del mundo y se ha ilustrado en un mapa de contaminación mundial. Ninguna sorpresa a nivel planetario. Estamos a la cabeza de esto de la microcontaminación. Y sin embargo nadie está preocupado. Y no es porque esas micropartículas no sean nocivas, que lo son y mucho, ni siquiera porque no se puedan ver a simple vista, es porque todavía hay demasiada gente que, por no creer en eso, no se preocupa y es capaz de ignorarlo con toda tranquilidad, sin inmutarse.


No es un mirar a otra parte, es más que eso. Es buscar cualquier explicación para contrarrestar este rollo verde. El progreso, el desarrollo, el bienestar, la riqueza, todo ese dogmatismo occidentaloide que nos hace creer que todo motor debe contaminar y que no hay bienestar sin daños colaterales. Así que esto de la contaminación, que los visionarios lo relacionan con una suerte de apocalipsis climática es de jipis reaccionarios. Eso es al menos lo que argumenta el negacionismo que todavía sustenta el orden económico y político dominantes a nuestro alrededor. El mismo que nos ha dejado expectantes mirando a la pantalla, creyendo que los tiempos pasados van a volver, porque "con frasco vivíamos mejor", porque todos chupábamos de él.

En el asunto de las dos ruedas ocurre un poco lo mismo. Los talibanes del carril bici, la bici pública y todo lo que brille es oro han vendido tanto progresismo ciclista a través de la obra pública y del pelotazo de constructoras y multinacionales que se han olvidado de que la verdadera revolución ciclista se hubiera producido de cualquier manera y nos habríamos ahorrado muchos disgustos y un buen montón de millones. Pero vete tú y cuéntaselo. No ven. No pueden ver. No creen. Simplemente se niegan a creer en ello. Y su arrogancia, que no conoce límites, les permite considerar a las víctimas (accidentados y discriminados) como daños colaterales necesarios para la conquista final: la ciudad ciclista. 

No nos queda nada para explotar tanto globo sonda, correr tanto tupido velo y apagar tanto fuego artificial que nos tienen absortos, hipnotizados, espeluznados, aturdidos, olvidándonos de lo esencial, lo simple y lo barato. Lo bueno de la bicicleta es que da fondo, así que seguiremos pedaleando.

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