viernes, 7 de enero de 2011

Vivimos encapsulados

En el transcurso de estas últimas décadas se ha producido una "evolución" de la forma de vida que nos ha ido encerrando día a día. Tanto, que hemos acabado cambiando nuestra relación con el entorno. Ahora salimos a la calle, antes llegábamos a casa.

No todos ni siempre, pero nos hemos acostumbrado a pasar de un sitio cerrado a otro. De casa al coche, del coche al trabajo (o a estudiar), de ahí a nuestros asuntos (asuntos que en su mayor parte se realizan es espacios cerrados: tiendas, gimnasios, espectáculos, bares o cafés...) y de ahí vuelta a casa. Siempre en espacios acondicionados, controlados, artificiales, viciados.

Salir a pasear, a dar una vuelta, es una pérdida de tiempo

Y luego están los niños. Dejar a los niños en la calle es peligroso. Les puede pasar cualquier cosa, se van a malear. O se van a enfriar o les van a atropellar. Es mejor que hagan todo tipo de actividades (culturales, deportivas o de ocio) en lugares cerrados. Y que naveguen de unas a otras, como zombies, enlatados en grandes coches por el centro de la ciudad. Con prisa, con estrés, con agresividad. Así se harán competentes y competitivos y no andarán perdiendo el tiempo como desgraciados. Dicen que los niños reproducen todo aquello que se les va inculcando. Quiero pensar que eso no va a ser así. Si no estamos perdidos.



Antes la calle era el medio natural

Era donde ocurrían las cosas. Era lo no que no te podías perder. Era lo que te educaba en la justicia y en la solidaridad, en el entendimiento y en la discusión. Era lo te hacía sociable y socializador. Ahora no. Ahora es una amenaza, es un vacío. Nos hemos convertido en una pandilla de agorafóbicos. Y hemos apañado nuestro entorno, nuestra realidad, a ello. Decía un arquitecto conocido que "el coche se ha convertido en una extensión de nuestro cuarto de estar", y que vemos la realidad a través de una pantalla, de una ventana o de la luna de un vehículo, de nuestro vehículo, y sólo así somos capaces de reconocerla. Sentados, aislados, cómodos. Porque no nos atrevemos a palparla, a pisarla, a olerla, a sentirla. Porque es imprevisible y no tiene unas reglas estructuradas, un protocolo. O sí, pero hemos olvidado cómo funcionaba.

Siempre nos quedará la realidad virtual

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