sábado, 11 de diciembre de 2010

El espacio es limitado

Y no precisamente el espacio exterior. El urbano. Parece mentira que haya que recordarlo. Es una obviedad. Pero, para nuestra desgracia, las cuestiones más obvias son las que más fácilmente se olvidan. Y eso nos complica la existencia extraordinariamente.

Cuando hablamos de espacio urbano nos referimos básicamente al espacio residual una vez edificada la superficie disponible como urbanizable. Lo que más comúnmente se denomina "calle". Espacio para el tránsito, para el esparcimiento, para el encuentro, para el disfrute de los ciudadanos. Nunca son bastantes para todos los propósitos. Es precisamente eso lo que los hace valiosos y obliga a los ciudadanos a entenderse, a relacionarse, a compartirlos.

Y sin embargo nos hemos empecinado durante unas buenas decenas de años en privarnos de estos tesoros y cederlos para el uso de los vehículos a motor. Hemos restado lugares y comodidades comunes, colectivos, sociales, relacionales para permitir que, sobre todo los coches, puedan circular y estacionar con comodidad. Y luego hemos priorizado ese uso y esos derechos. Carreteras, autopistas urbanas, aparcamientos que condenan más de dos terceras partes de la superficie disponible y condicionan al resto de posibles usuarios.


Hace unos años despertamos a esta triste realidad y quisimos cambiar esta tendencia. Para ello decidimos enterrar los coches bajo tierra para así poder liberar espacio en superficie. Las peatonalizaciones fueron reconquistas valiosas, aunque muchas veces con fórmulas excesivamente quirúrgicas y que no acababan de disuadir del uso del coche. Así muchas veces producían el efecto contrario, ya que creaban una expectativa mayor de aparcamiento en esas zonas animando a la gente a acudir allá en coche.

Paralelamente, fuera de esas islas peatonales y precisamente para compensar su creación, los coches ganaban terreno en las calles adyacentes y mejoraban sus tránsitos. Se les favorecía ordenando los semáforos, agregando carriles, haciendo circunvalaciones. El objetivo: reducir la congestión. El resultado: intensificación del tráfico y discriminación de los modos no motorizados, especialmente los peatones (los mismos a los que se trataba de promocionar teóricamente).

En medio de esta contradicción surge un nuevo reto: fomentar la bicicleta en la ciudad. ¿Imposible? No sé. ¿Inconveniente? Desde luego.

La decisión: darle a la bicicleta una parte de la tarta. Un carril. Como si fuera así de fácil. Teníamos dos altenativas:
  • Por un lado, la lógica nos empujaba a pensar en uno de esos carriles que se habían comido los coches. Sin más. Pero eso entrañaba un problema: más congestión. 
  • También se podía hacer eliminando plazas de aparcamiento de esos mismos coches, pero aquí si que topábamos con toda la ciudadanía. Una cosa era disuadir del uso del coche y otra muy distinta, intolerable, era pretender el derecho de cada ciudadano de poder apropiarse de 6 a 10 metros cuadrados de espacio público para poder dejar su coche parado. 
  • Había una tercera vía, restarle parte del territorio a los peatones.

¿Qué se decidió? Un poquito de todo eso. ¿El resultado? Unos conductos más o menos forzados, difíciles de interpretar y poco homogéneos.

La pregunta es obligada: ¿Por qué seguimos insistiendo en que el espacio urbano se puede repartir y no empezamos a poner el acento en que quizá sea mejor compartirlo?

¿Por qué no lo compartimos?

Nada de eso. Es preferible repartir aunque de esa manera todo el mundo se quede insatisfecho con una parte menor de la que se consideraba merecedor. Además, ya se sabe, que el que parte y reparte... se queda siempre con la mejor parte. Pero es que hay argumentos de peso que impiden de una manera definitiva ese reparto:
  • La movilidad, ese concepto moderno del tráfico inducido por un estilo de vida, de urbanismo deslocalizador y que genera dependencia del automóvil privado para todo.
  • El miedo, ese gran aliado de las políticas conservadoras que legitima y perenniza un modo de gobernanza que ha aprendido a alimentarlo para autoperpetuarse.
  • La estadística, una herramienta perversa que se ha aprendido a manejar con maestría matemática para argumentar cualquier actuación.
Con estos tres elementos, un poco de dialéctica populista y de marketing social muchos políticos y otros tantos personajes de la escena pública han sabido organizar un discurso monolítico en el que las migajas acaban pareciendo un festín y los valores intocables siguen siendo eso, intocables.

Y así Coche, Casa y Consumo alimentan al Capital, Crédito y Caución. Y todos tan contentos. Y todo funciona.

Bicicletas, Buses y otras Barbaridades se escriben con B. Y representan dar un paso atrás, volver al pasado, renunciar a la Calidad de Vida, a las Conquistas de la Humanidad.

No. No se puede ir de C a B. Sólo se puede ir a D. D de Desarrollo, D de Depredación, D de Dominio, D de Denigración. Es el Destino, está escrito.

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