lunes, 27 de diciembre de 2010

Ayer crucé la delgada línea...

... entre la salud y la enfermedad. Nadie es perfecto. Yo desde luego no. Aunque la cosa no era especialmente grave, mis antecedentes y mis adyacentes me dejaron en Urgencias el día después de Navidad. Aquello estaba a rebosar.


Pero no os quiero cansar con mis penurias. Las 4 horas y media que estuve en las distintas salas de espera y consultas me sirvieron, además de para dar un repaso a la prensa, para pensar un poco. Pensé en la fragilidad humana, en la inquietante levedad del ser, pero, por encima de eso, pensé en la dependencia y en la accesibilidad. En el mundo de las ambulancias, de las camillas, de las sillas de ruedas, de las rampas, puertas y ascensores adaptados, de los goteros, de los respiradores, de los médicos, de las enfermeras y de los celadores, de los familiares y de los acompañantes, es difícil escaparse a eso.

Y pensé que mi bicicleta no me trajo hasta aquí, que me trajeron en un vehículo a motor, en el mío en este caso, y que me llevaron de la misma manera. Y que todas mis diatribas y defensas desaforadas de la bicicleta como medio de locomoción no me sirvieron de nada esta vez. Y sin embargo, no me vine abajo. Nada más lejos.

Una cosa es defender un medio de transporte y otra es haber perdido el juicio. Hay viajes que no se pueden hacer en bicicleta. Muchos. Y para ellos es imprescindible contar con medios motorizados públicos y privados. Los relacionados con la accesibilidad universal y con la dependencia personal son claves.

Ahora me toca estar en casa parado al menos dos semanas. Me viene muy bien. Aprovecharé para ordenarme.

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