sábado, 13 de noviembre de 2010

¿Qué estamos enseñando a nuestros niños?

La respuesta es fácil. Lo que sabemos y como lo sabemos. Hablando de desplazarse... más de lo mismo. Y el problema no es más grave que eso. Pero es suficiente. Porque legitima y perenniza actitudes y hábitos que son ya una cultura.

Parece una cuestión de segundo orden, y lo es para la mayoría, pero si enseñamos a nuestros menores a vivir de una manera estamos condicionando su capacidad de ver otras formas de vivir... y de moverse. Nuestros niños, nuestros chavales están creciendo con unas pautas realmente restrictivas y condicionadas cuyos frutos vamos a tener la suerte de recoger en pocos años.


Desplazarse acompañados, vigilados, protegidos, dependientes, en horarios estrictos, con agendas sobrecargadas, de hito a hito, en calendarios interminables, en atmósferas viciadas, siempre supervisados, disciplinados, amenazados... va a tener unas consecuencias, está teniendo unas consecuencias. Y las vamos a ver, y las vamos a padecer.

Y curiosamente, o no tanto, no estamos preocupados por eso. Nos obsesiona más si los nuestros aprenden euskera o inglés, si hacen deporte reglamentado o van a ser artistas, si son prodigios, si tienen amistades convenientes, si son formales, si no tienen enfermedades... o simplemente si van a ser mejores que nosotros. Y lo más triste es que no nos damos cuenta que muchas de nuestras preocupaciones se resolverían dejando a los niños ser niños, a los chavales, chavales, a los jóvenes, jóvenes. Dejar que jueguen, que se diviertan y que se aburran, que practiquen la justicia y que infrinjan la injusticia y la sufran, que descubran la realidad y el entorno, que se ganen a sus amigos y que los pierdan, que discutan y se reconcilien SIN QUE HAYA UN PADRE, PROFESOR O MONITOR detrás.

¿Y todo eso cómo se consigue? La receta es sencilla:


Pero no es tan fácil. Porque llevamos mucho camino conduciéndonos en otra dirección. Hemos sido capaces de montar todo un universo de espaldas a esta lógica y atendiendo a otras lógicas más poderosas. Así hemos sido capaces de sustituir autonomía por protección, libertad por miedo, economía por consumo, juego por entretenimiento, sociedad por agregación, necesidad por deseo, accesibilidad por movilidad, esparcimiento por ocio... ¿Y en qué se ha traducido todo esto? En aislamiento, deslocalización, dependencia del coche, suspicacia, desconfianza, individualismo, consumismo, agorafobia... Y eso en irascibilidad, obesidad, debilidad física y anímica, insustancialidad, pesimismo, compulsivismo, ansiedad, hipocondria, esquizofrenia, amilanamiento, avestrucismo y apatía, entre otras muchas patologías.

¿Qué nos queda con este panorama? ¿Confiar en que nuestros herederos renieguen de nosotros y renuncien a "todos estos lujos" y a "todo este bienestar" y hagan posible otro orden de cosas, en función a otros valores que alimenten otras lógicas? ¿O ponernos a trabajar en ello?

Algunos indicadores apuntan en esta dirección y algunas iniciativas, cada vez más, están haciendo nuevas propuestas. Esto va a resultar emocionante... y digno de verse.

Algunos proyectos interesantes:

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