martes, 28 de octubre de 2014

Yo, mi buga, mi keli y mi priva

¿Quién se atrevería a hablar así hoy en día? Sería el hazmerreir de sus colegas. Y, sin embargo, estos eran los principios dominantes en una generación que ha permitido dejar las cosas como están ahora y con una dificilísima vuelta atrás. A esa generación en la que el que no aspiraba a la Universidad y se colocaba muchas veces de enchufe, se le encaminaba directamente a la Fábrica, a esa generación individualista, consumista, violenta, machistoide y bastante analfabeta le debemos en parte los logros y las conquistas a las que ahora tenemos que afrontar como problemas.

En aquellos años en los que trabajar en una fábrica a turnos era sinónimo de poder adquisitivo y de potencia social, en aquellos años en los que pocas, muy pocas mujeres alcanzaban ese estatus, simplemente porque no estaba casi contemplado, en aquellos años en los que ir de cañas era mucho mejor si se iba en coche aunque el desplazamiento no lo exigiera y comprarse un piso en los nuevos barrios de expansión era lo más a lo que podía aspirar el proletariado, en aquellos años se fue fraguando lo que hoy para mucha gente es indiscutible.


Yo, mi cochazo, mi chalé y mis vicios

Pero no dependía del estrato social, el objetivo venía marcado por unos poderes que empujaban hacia el abismo del progreso, el desarrollo, el bienestar y la ostentación. Así, los más pudientes, en vez de conformarse con un simple coche necesitaban enseñar un cochazo, en vez de un piso un chalet o, en el peor de los casos, un unifamiliar y costearse unos vicios que formaban parte de su posición social.

Esa generación es la víctima e impulsora de lo que ahora nos toca vivir o de lo que todos hemos ido consolidando hasta que, más tarde que pronto, nos hemos dado cuenta de que nos estaba condenando a un modo de vivir insostenible tanto colectiva como individualmente. De la dispersión, de la dependencia del coche, de la condena de la hipoteca, de los alocados viajes en coche de un lado para otro hemos estado orgullosos durante demasiados años como para arrepentirnos y asumir ahora las consecuencias alegremente.


Sólo unos pocos privilegiados, por cautos, por valientes o por tener posibles, han iniciado el camino de regreso hacia lo cercano, hacia la proximidad, aunque en las ciudades metropolizadas eso no quiera necesariamente decir que hayan vuelto al centro físico, porque muchos suburbios y núcleos de expansión han sabido reconvertirse en polos atractores, diversificados y con vida social propia, conformando urbes policéntricas.

Lo que está claro es que se hace imprescindible repensar la forma en que vivimos y la forma en que nos movemos para proponer y perseguir una realidad que no nos haga pagar un precio demasiado alto en aislamiento, dependencia, inaccesibilidad o simplemente en tiempo y dinero que seamos capaces de asumir y con la que nos sintamos decentemente realizados y satisfechos. Nada más.

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