lunes, 26 de septiembre de 2011

Soy ciclista ¿soy culpable?

Leo con interés los artículos que se suceden prácticamente todos los días en la prensa. Desde distintas perspectivas y con distintos talantes, todos ellos ponen de relieve la relevancia que ha ido adquiriendo la bicicleta en la ciudad y la falta de una lógica generalizada que agrade a todos, con el resultado invariable del cuestionamiento generalizado de las actitudes ciclistas, sean estas las que sean.

Las bicicletas o, mejor dicho, las personas que utilizan la bicicleta se ganan las críticas de todos, peatones, automovilistas y agentes de la ley, por su discrecionalidad a la hora de circular. Los que lo hacen por la carretera reciben la presión de algunos conductores que no entienden que la calzada no es exclusiva de los vehículos motorizados, los que conducen por las aceras se sienten incómodos en un espacio que no admitía usuarios mecanizados, los que utilizan las vías exclusivas para ciclistas se quejan de la invasión permanente de las mismas y de la desprotección en intersecciones e incorporaciones.



Pero ¿por qué ha ocurrido todo esto?

Bicis había habido desde siempre, desde hace muchos años, y siempre las bicicletas habían sido unos vehículos un tanto particulares porque circulaban lento, no ocupaban espacio, no emitían ruido ni contaminación y porque se podían convertir en peatones con mucha facilidad. En los principios, cuando todavía no había tantos coches, y las avenidas, rondas y rotondas no estaban tan sobredimensionadas, los ciclistas convivían decentemente en medio del tráfico y buscaban aceras y zonas peatonales de manera excepcional para buscar un atajo o acceder hasta su destino.

Lo que ocurrió después es de sobra conocido por todos. El coche fue ganando espacios y derechos, tanto de circulación como de estacionamiento y fue dominando el tráfico en las ciudades, que fueron adaptándose a sus necesidades y demandas, esto es, cada vez más espacio y más velocidad de tránsito. Las ciudades y las actividades humanas también se fueron configurando de acuerdo a todas estas facilidades, cada vez más distantes, cada vez más dispersas, cada vez más dependientes del coche. Esto fue relegando al resto de modos de transporte entre los cuales los ciclistas se convirtieron en una minoría aguerrida.

De unos años a esta parte, las tornas han cambiado y cada vez es más la gente que se anima a utilizar la bicicleta en la ciudad, pese a las dificultades que existen para hacerlo. Este cambio tendencial coincide y no por casualidad con lo que sólo es de momento el principio de la crisis automovilística en la que llevamos inmersos ya unos años y también con el intento de recuperar los centros urbanos como espacios de convivencia y encuentro y como zonas comerciales de calidad.


La buena voluntad improvisada no da buenos resultados

El problema fundamental en el que se incurre cuando se trata de reincorporar a la bicicleta a este nuevo orden de cosas, es que la falta de hábito en su uso entre la población y, sobre todo, entre los responsables de reconfigurar la ciudad y sus asesores, hace que se considere la convivencia en la calzada como algo desaconsejable para el ordenamiento de la circulación ciclista y sólo se contemple la misma de manera separada al tráfico rodado, aún reconociendo a la bicicleta su condición de vehículo.

Este es el punto de partida que da lugar a toda una serie de despropósitos que, amparados en la buena voluntad de querer potenciar el uso de la bici en la ciudad, provocan toda una serie de resultados que es lo que hoy en día hace que la bicicleta esté de manera casi permanente en el candelero.

Carriles bici de anchuras insuficientes, con intersecciones peligrosas, encajonados entre coches aparcados y bordillos o ejecutados directamente en las aceras, ordenanzas de tráfico difíciles de interpretar y que no acaban de reconocer los derechos y deberes de los ciclistas y, lo que es peor, aceras pintadas dando a entender un derecho de circulación ciclista más o menos generalizado (sólo para conseguir una continuidad en una red de vías separadas para ciclistas que más que ofrecerles mayor seguridad, les da una ilusión de ella) producen un escenario en el que todas las partes involucradas se ven damnificadas.

Los peatones que, una vez más, se sienten deshauciados, invadidos e intimidados, los automovilistas que no entienden el derecho que asiste a los ciclistas de circular por la calzada, incluso si existen facilidades para ellos en las aceras y pasos de cebra, y, finalmente, los agentes de la ley, que tratan de interpretar de una manera conciliadora todo este caos. Y por supuesto los ciclistas. Por un lado los ciclistas noveles que no acaban de entender cómo deberían de actuar en medio de sus inseguridades y las que les ofrecen como solución y acaban circulando por las aceras, y por otro los ciclistas experimentados y responsables que ya no conocen bien sus derechos, sus obligaciones y sus oportunidades, y que empiezan a vivir todo este proceso de impulso de su elección de movilidad más como víctimas que como protagonistas.


¿Qué se puede hacer?

Llegados a este punto, parece que lo más juicioso es devolver el sentido común a todo este asunto de la ciclabilidad y esto pasa por:
  1. Exigir el reconocimiento explícito de la libre circulación de las bicicletas por el viario urbano, como vehículos de pleno derecho y deseables.
  2. Buscar soluciones de calidad que aporten seguridad de acuerdo con criterios universales para resolver los puntos de mayor peligrosidad (rechazando las que no los cumplan), calmar el tráfico limitando las velocidades de circulación y persiguiendo ejemplarmente a los transgresores (principal motivo de la peligrosidad y de la inseguridad vial).
  3. Explicar claramente la normativa vigente y los objetivos que persigue la movilidad sostenible en medios de comunicación con suficiente participación y difusión, siempre desde una perspectiva conciliadora fundamentada más en la convivencia y en el fomento de los medios de locomoción limpios para conseguir ciudades mejores para todos, que en la confrontación de derechos y libertades. 
  4. Y una vez hecho esto, exigir a todas aquellas personas que utilizan las bicicletas en la ciudad y fuera de ella que sigan las normas y se atengan a las consecuencias de no hacerlo.
Lo que parece también es que todo este juego de la movilidad y de la ciclabilidad se nos ha ido de las manos y que nadie se lo tomaba realmente en serio hasta que se ha comprobado la respuesta ciudadana y ahora representa más un problema que haya que resolver que una oportunidad que haya que aprovechar.

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