lunes, 1 de julio de 2013

No más basura para la bicicleta

Resulta casi contradictorio ya sólo proponerlo. Estamos tan acostumbrados a la basura que ya hemos pensado que es lo único posible y, para mucha gente, lo deseable. Basura para todo lo relacionado con la bicicleta. A saber:

Bicicletas basura

Empezando por las bicicletas que hemos decidido entre todos utilizar para la ciudad, porque otra cosa parece simplemente impensable. La gente ha asociado la bici urbana a una bici barata, normalmente en no demasiado buenas condiciones. Que frene y tenga ruedas es, a lo sumo, lo que muchos le piden. Otros ni eso. Llevar bicicletas de calidad se entiende como una especie de ostentación indecente e incongruente. Total te la van a robar...



Candados basura

El segundo elemento responsabilidad pura de las personas que pedalean en la ciudad. Proveerse de lo que se entiende como un sistema de seguridad, cuando menos disuasorio, es lo que todavía no acaba de entrar en las duras mollejas de los que pedalean. Una sirga o una cadena de ferretería es un reclamo para chorizos. Y ahí es donde, en contra de lo que muchos de esos infelices piensan, que tu bici sea una basura no disuade de su robo. Porque se roban bicis fáciles, no precisamente bicis caras. Al menos en la calle.



Aparcamientos basura

También conocidos como estructuras metálicas más o menos ocurrentes colocadas en la calle así, sin más. Si a la gente le cuesta, por norma general, gastarse más de 20 euros en un buen candado para atar su bici chatarra, ¿quién en su sano juicio plantearía la posibilidad de implementar aparcamientos cubiertos, cerrados y de pago? Pues eso. Una barra atornillada al suelo y a correr. Y luego a lamentarnos de que nos han robado la bici, nos la han vandalizado o simplemente le ha llovido encima.


Ciclovías basura

El apartado donde más basura se acumula de todos aquellos relacionados con la bicicleta. Llámese como se quiera, pero las vías que se han construido o pintado de manera masiva en nuestras ciudades no pasan ningún tipo de normativa de seguridad vial que se les quiera aplicar. Defectuosas es poco. La mayoría de las ciclovías habilitadas en nuestro país son simplemente peligrosas. Estrechas, intrincadas, inconexas, marginales, con ángulos y trayectorias imposibles. Lentas e intransitables con un mínimo de decencia y dignidad. Pero nos hemos hecho a ellas, como a que nos atropellen en los pasos de peatones (o de acera bici).

Bicis públicas basura

La guinda para todo este pastel de mierda la pusieron muchas ciudades empeñadas en demostrar que estaban haciendo una política pro-bici cuando pusieron a disposición de sus ciudadanos partidas de bicicletas para su uso en la calle. Todo un espectáculo que nos dejó absortos a todos y que el paso del tiempo ha demostrado lo que era: chatarra millonaria. Pero que la gente ha devorado con fruición.


Leyes basura

En un mundo tan decididamente residual y depravado, la autoridad competente no ha tenido ningún tipo de miramiento a la hora de proponer normativas basura, que propongan cualquier cosa, ya que habían comprobado que la chusma ciclista se lo tragaba todo y, si ellos no lo hacían, el público general, ese al que sólo le preocupan las cosas que les dicen que les tienen que preocupar, les pondría en su sitio.

"Sois basura" 

Ese parece ser el mensaje y, "después de haber tragado tanto residuo, sucedáneo y transgénico de la bicicleta ahora no os vais a poner dignos porque nadie os va a creer". El cuento del pastorcillo es viejo y se lo sabe todo el mundo, como el de la lechera. Así que ya sabéis: casco, carril y bici pública y dad las gracias que os los quitamos.

Pues no

Ya basta de tanta basura que se ha generado alrededor de las bicicletas bajo la supuesta intención de meterlas de cualquier manera en nuestras ciudades.

Porque lo que está provocando es un empobrecimiento del discurso ciclista, una desvirtuación de la potencialidad de la bicicleta, una desnaturalización de su uso y un raquitismo general en la propuesta ciclista, además de un incremento espectacular de la inseguridad y de la peligrosidad de la práctica ciclista, con unos daños colaterales indeseables e incalculables contra los peatones, que lo único que consiguen es favorecer el automovilismo como forma de movilidad dominante.

Sólo denunciando las deficiencias, exigiendo calidad y practicando la dignidad con la naturalidad y la simpleza propias de la bicicleta podremos construir las bases de una ciudad que incluya a los ciclistas, en vez de excluirlos y relegarlos a la marginalidad, como está sucediendo actualmente.

sábado, 29 de junio de 2013

Algo zumba en mi cabeza mientras pedaleo

Debe ser que ya son demasiadas cosas las que hay que tener en cuenta y demasiadas responsabilidades las que hay que asumir cuando se anda en bici, que me tienen obsesionado. Que una maniobra mal entendida dé al traste con mis expectativas, que un coche invada mi espacio vital y acabe yo siendo el culpable por haber cometido la temeridad de compartir mi derecho a circular con él, que un peatón soliviantado quiera ajusticiarme así de repente por todos los inconvenientes que otros ciclistas hayan podido ocasionarle. Puede que sea todo eso. O puede que no.

Puede que sea que ya son demasiadas estupideces viniendo de todos los lados las que nos asedian a los que pedaleamos, que nos han acabado por calentar la cabeza tanto que la sola mención de tu intención, tu decisión o tu simple práctica de dar a los pedales requiera más esfuerzo argumentativo entre tus semejantes que cualquier otra decisión de las que tomes habitualmente, aunque aquella no les afecte y estas sí. Porque tu seguridad, tu irresponsabilidad o tu temeridad curiosamente ha pasado a preocuparles a ellos mucho más que a ti mismo, por lo visto. O puede que no.


Puede que sea que me chirría ya demasiado que tengas que justificarte por cuestiones que ni siquiera se han consumado, como el potencial uso obligatorio del casco en la ciudad, y que mucha gente ya da por hechas, simplemente porque hay demasiados intereses en presentar a la bicicleta como algo intrínsecamente peligroso.

El caso es que algo zumba en mi cabeza cada vez que pedaleo, aunque empiezo a sospechar que algo tiene que ver con el casco de prueba que me ha regalado Intel que, desarrollando un proyecto estudiantil de la Escuela de Arte de San Francisco, es capaz de detectar los coches que se aproximan con un agradable zumbido en la parte del cráneo por la que vienen. Acojonante.

Look System Concept from gnoren on Vimeo.

martes, 25 de junio de 2013

Viajar con niños en bicicleta

Pequeños y bicicletas no sólo son compatibles, son una aventura digna de experimentarse si se tiene la oportunidad. Más si los pequeños son los tuyos. Es una manera excepcional de redescubrir las relaciones personales, tan viciadas y tan condicionadas en otros muchos momentos. De viaje en bici la relación es mucho más fuerte, es de pura camaradería, de compañerismo, de dependencia, de solidaridad y de comprensión del más débil. Y eso, yendo con menores es siempre mucho más acusado.

Pero además es una oportunidad de aprender una forma de viajar que implica necesariamente aprender a valorar el camino mucho más que la meta y eso a muchos menores, acostumbrados a ser llevados de un lado a otro como ganado, les cuesta mucho comprender y a sus mayores a veces mucho más. El "¿cuánto falta?" debe reformularse en "mira qué chulo" o "fíjate en eso". Cuando tienes todo el día para llegar, lo que menos vale es la llegada, porque hay que disfrutar todo el día y es entonces cuando el camino cobra relevancia e interés.


Por eso hay que procurar que haya alicientes durante toda la jornada: una parada en una fuente, un avituallamiento improvisado, un lugar de recreo a medio camino, la hora de comer, la sobremesa, un río o una piscina, una consulta en el mapa, en el móvil o en el GPS, todo debe ser motivo para despertar el interés de los menores hacia cosas y actividades que normalmente no se hacen.

Y la improvisación. Ese tesoro tan despreciado y tan olvidado en la sociedad de la información y de la planificación excesiva. La improvisación, el cambio de planes, la forma de afrontar y superar las pequeñas incidencias inevitables y casi deseables, es, sin duda, uno de los mayores alicientes y uno de los mejores descubrimientos en un viaje. Debe serlo. Mejor que los grandes hitos y las atracciones. Y es uno de los mejores aprendizajes cuando se está descubriendo "la vida de los mayores".

Viajar con niños es, pues, más intenso y muchas veces muy exigente, pero es una oportunidad de oro para comprobar sobre el terreno que la vida, la que sucede ahí fuera, esa que es tan atractiva como incontrolable, es la mejor escuela para nuestros menores y un viaje en bicicleta incrementa la vivencia increíblemente convirtiéndose en una escuela también para los mayores. Y en una cura de humildad.

Un saludo desde la ruta. Dos, otro de mi compañero de aventuras.

domingo, 23 de junio de 2013

Biajar con b... de bici

Nefasto. Así se ha presentado el tiempo durante toda esta primavera. La bicicleta, con tanta agua y digamos lo que digamos los puristas que promulgamos que la lluvia no representa un inconveniente, no resulta tan cómoda ni tan atractiva. El buen tiempo hace mucho para animar a la gente a optar por la bici. Y se ha hecho de rogar mucho este año.

Pero ha llegado justo en el momento preciso: con las vacaciones. Las de los estudiantes, me refiero. Esta es la primera semana lejos de las aulas (sin "j") y en la calle se respira otro ambiente, con toda la chavalería. Es el momento de proponer planes: excursiones, campamentos, estancias, retoce o viajes con mayúsculas.

En nuestro caso, los viajes con mayúsculas se escriben con b, de bicicleta, por supuesto.

biajar con b 

  1. intr. Trasladarse de un lugar a otro, generalmente distante, por el medio de locomoción más agradable, la bici
  2. Recorrer un medio de transporte una distancia a pedales
  3. Ser transportada una mercancía por una bicicleta
  4. col. Estar bajo los efectos de un alucinógeno:


Biajar en bicicleta es una manera incomparable de recorrer un territorio, de visitarlo, de conocerlo, de sentirlo. Muchas veces hemos hecho referencia a eso, y, sin embargo, nunca es suficiente. Porque es un lujo al alcance de cualquiera y a la medida de cada cual.

Biajar en bicicleta permite avanzar sin perderse detalle, respirar el aire, conocer los rincones, pararte en cualquier sitio, valorar las pequeñas cosas, esas que pasan desapercibidas cuando se viaja en cabinas aisladas.

Biajar en bicicleta reduce la ansiedad por alcanzar el destino porque el destino no es el único objetivo y muchas veces no es el más importante, porque el placer reside en el itinerario, en la traslación, en el camino.

Biajar en bicicleta, en definitiva, es una forma de vivir el viaje realmente intensa, personal e irrepetible.

Nos vemos en el camino, con minúsculas.

jueves, 13 de junio de 2013

No estamos preparados para convivir

Raro es el día en que no se publique un testimonio en el que se exponga una queja de alguien que ha sufrido un caso de agresión en una actividad de circulación urbana. Un peatón que se queja de que los coches no respetan los pasos de cebra o los límites de velocidad o de que los ciclistas no son cívicos, un automovilista que se queja de que peatones y ciclistas no cumplen las normas de circulación (por lo general pensadas desde una lógica automovilística) o un ciclista que se queja de que los automovilistas le intimidan o que los peatones no respetan las vías ciclistas. Un indicador inequívoco de que no estamos preparados para convivir en la calle.

No estamos educados en la convivencia, sólo en hacer valer nuestros derechos, e infligirlos sobre los demás. Porque no estamos educados en la libertad, como no lo estamos en la solidaridad o en la democracia. Nos gusta más tener derechos que obligaciones. Y a quién no. Pero el problema es que cuando los derechos son concurrentes y compiten entre ellos, lo que debería preservar libertades se vuelve agresivo sobre los demás.


En la circulación urbana esto es evidente y especialmente preocupante. Hemos demarcado de tal manera el espacio público, el terreno común, para segmentarlo y asignárselo a cada tipo de usuario, dependiendo del medio en el que se desplace, que las líneas que delimitan los usos se han convertido en auténticas fronteras que favorecen más el conflicto que ayudan a las distintas personas en la labor de preservar el derecho a ejercer su opción de movilidad en la ciudad.

No nos damos cuenta de que la calle es un espacio común que, si estuviéramos dispuestos, debería ser un lugar de encuentro, de socialización, de comercio, de esparcimiento o de tránsito y, sin embargo, lo hemos convertido, en su mayor parte, en meras vías de circulación con carriles estancos: muchos para coches, menos para peatones y apenas algunos para otros medios de transporte, sean públicos y colectivos o privados e individuales.

La obsesión por la segmentación del espacio público es tal que, cuando tratamos de incorporar nuevos medios de transporte, la única opción que se le ocurre a la mayoría es buscar un corredor específico para ellos, en vez de tratar de compartir los espacios disponibles y priorizar sus usos. El caso de las bicicletas es patente y actual.

Sin embargo, es en la capacidad de convivir, de respetarse, de compartir los espacios y los usos de estos priorizando en la necesidad de mejorar la calidad de los mismos para su disfrute colectivo, en la que reside la posibilidad de hacer concurrir a los distintos medios de locomoción y de conseguir que las calles, nuestras calles, sean accesibles, amables y humanas.


Pero no nos queremos dar cuenta de ello. O no podemos, porque no hemos sido preparados para ello y por eso nos dedicamos constantemente a sufrir y hacer sufrir las consecuencias de ello a nuestros semejantes. Es difícil pensar que otro orden de cosas sea posible en una sociedad que no quiere oir hablar de civismo, de respeto, de convivencia o de humanidad porque está obsesionada todavía por el individualismo, la competitividad y la impersonalización como herramientas que garantizan el éxito.

Mientras no seamos capaces de replantear esta lógica imperante y prestar más atención a las cuestiones relacionales y a la búsqueda del bien común y de la buena convivencia, renunciando en parte a derechos selectivos por preservar los comunes, no estaremos en disposición de trabajar por construir ciudades donde en las calles sean protagonistas las personas, sean quienes sean y vayan en lo que vayan montadas.

La pregunta es ¿cuánto tiempo estaremos dispuestos a renunciar a esa ciudad de las personas por perpetuar la ciudad del tráfico?

martes, 11 de junio de 2013

Casco sí, casco no, acera sí, acera no, bici sí, bici no

Llevamos unos cuantos años observando cómo se están desarrollando los acontecimientos en todo lo relacionado con la imparable evolución de las bicicletas en nuestras ciudades.
Después de unos inicios prometedores, en los que mucha gente se ha ido incorporando a la utilización de la bicicleta como modo de locomoción en medio urbano, la importancia que este vehículo ha ido cobrando no se ha traducido en una apuesta real por parte de los responsables de la ordenación del tráfico, que han visto a la bicicleta como un molesto invitado en unas calles dominadas por los coches y flanqueadas por los peatones.
Pese a que se han realizado actuaciones vistosas, sobre todo centradas en la implementación de ciclovías, la mayoría de ellas han aquejado los mismo males: demasiado estrechas, demasiado sinuosas, deficientemente señalizadas, inconexas y en itinerarios dudosos, casi siempre evitando las calles principales, las más deseadas por todos por ser las más directas, y casi siempre en aceras.
La culminación de la vergüenza en la pretendida inclusión de la bici en el panorama urbano se consumó cuando los responsables políticos decidieron, dejando de disimular sus intenciones, pintar las aceras para permitir circular por ellas a los ciclistas sin más criterio que conseguir conectar la red de ciclovías. Aquí el despropósito acabó de concretarse.
Si hasta ese momento era ya suficientemente discutible el criterio de los encargados de implementar lo que se dio por llamar el Plan de Ciclabilidad a la hora de elegir las calles, describir los itinerarios, decidir las secciones, los radios de las curvas, la calidad de los pavimentos o el diseño de las intersecciones, cuando a alguien, como medida pretendidamente salomónica, se le ocurrió pintar las aceras, la cosa cobró un cariz totalmente distinto, ya que dejó clara la estrategia: no queremos bicicletas en las avenidas principales y no nos importa agraviar a los peatones.
Este menosprecio de los más débiles fue la constatación de que la apuesta por la denominada movilidad sostenible, esa que desincentivaba el uso del coche para dar oportunidades a modos alternativos de transporte para hacer ciudades más habitables, era una mera escenificación.
Ahora, después de que cada ayuntamiento haya hecho su pequeña chapuza tratando de demostrar que se estaba haciendo algo por las bicicletas, cada uno con su criterio y con su norma, ahora la Dirección General de Tráfico ha decidido intervenir para deshacer el entuerto con la triple justificación de unificar criterios normativos, perseguir la normalización y mejorar la seguridad de la bicicleta en la circulación.
¿Y qué se le ha ocurrido a la DGT? Pues, además de promover la reducción de las velocidades en las calles secundarias, empresa en la que ya se habían metido muchos municipios, ha decidido presentar toda una batería de medidas que, lejos de servir para potenciar el uso de la bici, son claramente desfavorecedoras. Las más discutibles: la obligación del uso del casco, la permisividad en la circulación por aceras y la recomendación de circular por el margen derecho de los carriles en las calzadas.
La medida que más discrepancia ha generado ha sido, sin duda, la del casco, pero no es la más grave. El casco, que como elemento de protección para caídas es interesante, no tiene mayor efectividad en caso de colisión con un coche y tiene efectos disuasorios sobre el uso de la bici porque la presenta como una actividad incómoda y peligrosa, haciéndola inconveniente. El hecho es que en ningún país europeo es obligatorio, tampoco en carretera.
Sin embargo, la permisividad del uso de aceras y la circulación sin ocupar el centro del carril, por no hablar del diseño de la inmensa mayoría de los viales para ciclistas, incrementan exponencialmente el riesgo de accidente y atropello en la práctica ciclista y consolidan el dominio de los automóviles en nuestras calles y la discriminación total de la mayoría de usuarios de las calle: las personas que caminan, juegan o simplemente están.
Circular junto a bordillos, coches aparcados o bolardos y otros obstáculos, hacerlo por aceras y por vías alejadas de la lógica del tráfico rodado, convierte el uso de la bicicleta en una práctica de riesgo porque fomenta las principales causas de su accidentabilidad. No olvidemos que la mayoría de siniestros en los que se ven envueltos los ciclistas, además de las caídas (que en las aceras son mucho más probables que en asfalto), se producen en intersecciones donde las bicicletas se incorporan desde plataformas distintas a la calzada o por atrapamientos en desvíos e incorporaciones, normalmente por falta de visibilidad de los ciclistas. Estas nuevas normas propuestas favorecen estas circunstancias.
A la vista de este panorama, lo único que podemos concluir es que la bicicleta molesta, cada vez más, en nuestras ciudades. Molesta en la calzada, molesta en las aceras y molesta en las zonas peatonalizadas. Y el remedio que se ha buscado es hacerla más incómoda todavía. Si ya los itinerarios diseñados para las bicis eran angostos, llenos de obstáculos, sinuosos e incomprensibles y ralentizaban la circulación ciclista, las nuevas recomendaciones van a hacer que la bicicleta sea molesta hasta para sus practicantes, presentándoles además como inoportunos, torpes y marginales, cuando no como irresponsables, temerarios o irrespetuosos, por no querer seguir el orden establecido: el del coche.
No sabemos hasta dónde llegarán las intenciones de la DGT ni en qué se concretarán en la práctica en cada uno de nuestros municipios, sobre los que recae la vigilancia del cumplimiento de la norma, pero todo esto apunta mal y no hace más que constatar la convicción de nuestros responsables de que las bicicletas no son bienvenidas en la ciudad, porque no se le quiere quitar nada al coche, porque todavía se le considera el símbolo y el garante del desarrollo y del éxito económico.
Mientras tanto, seguiremos celebrando el Día de la Bici, la Semana de la Movilidad y otras escenificaciones de la falsedad en la que estamos atrapados, con la felicidad del que tiene la conciencia tranquila porque está haciendo lo que se debe en bien de la comunidad. 

martes, 4 de junio de 2013

Del casco, hasta las orejas

Nos estamos albardando de tal manera con discursos más o menos maniqueos y más o menos justificados sobre la conveniencia o no de hacer el casco obligatorio o recomendable, que la cosa empieza a no tener sentido. Es tal la obsesión colectiva por opinar y es tal el enquistamiento de las posiciones que se está empezando a perder la perspectiva del tema hasta límites inimaginables. Todo el mundo tiene una opinión más o menos formada al respecto, y, el que no la tiene, la improvisa.

El casco es la gran excusa demagógica para demostrar que se está a favor de la protección del ciclista. Da igual que se ignore cuál es el verdadero peligro que corre el ciclista para conservar su integridad. Sirve para obviar la implicación de los coches en la práctica totalidad de accidentes mortales o muy graves. Sirve para eludir el tema de la circulación ciclista en perpendicular al tráfico rodado, con las consecuencias fatales en las intersecciones entre ambos. Sirve para demostrar la irresponsabilidad y la falta de autoprotección que demuestra el colectivo ciclista. Sirve, en definitiva, para culpabilizar y responsabilizar a los ciclistas de la peligrosidad y del riesgo de la actividad que practican.


Así alcaldes, concejales, representantes políticos, periodistas, médicos, expertos en seguridad vial, autoescuelas, compañías de seguros, juristas y personas anónimas con tiempo y ganas de participar en debates más o menos gratuitos se han puesto a desollar a los ciclistas porque no quieren cumplir las normas, aunque estas no estén escritas ni se vayan a escribir. Hay quien es tan atrevido que es capaz de declarar públicamente que no va a ser él el que le quite el casco a ningún ciclista porque no quiere asumir las consecuencias de ello. Tremendo.

Creo que la cosa ha cobrado un cariz tan enconado que la mayoría de los que osan hacer interpretaciones y tomar posiciones sobre el asunto acaba argumentando lo imposible y acaba yéndose por los cerros de Úbeda diciendo cualquier barbaridad, entre las que no suelen faltar las que empiezan por "es que los ciclistas..." y siguen con cualquier tipo de queja y consiguiente exigencia. No tiene solución.

El mayor problema es que un tema que hasta la fecha se había mantenido en más estricto plano técnico entre los implicados (DGT, Mesa de la Bicicleta y algunos expertos) pero que de un día para otro ha pasado a formar parte de la comidilla de conversaciones, tertulias, artículos de opinión y salidas de tono. La gente está despistada, no sabe a qué atenerse y acaba, como suele pasar en estos casos, en lugares comunes: el carril bici, el peligro del tráfico, la invasión de las aceras, la caída tonta, los niños, los ancianos y toda esa sarta de sandeces que la ignorancia es capaz de argüir.

Ya da igual si el casco es recomendable o es obligatorio. Ya da igual si la ley está escrita o es una mera proposición. Ya da igual si hay cascos homologados o cualquier casco vale. Ya da igual si nadie lleva el casco bien ajustado. Ya da igual. La cosa es tan estridente y tan descabellada que lo importante se ha quedado a un lado. Todo esto estaba dirigido a promocionar y facilitar el uso de la bicicleta como medio de transporte ¿o no?

miércoles, 29 de mayo de 2013

Romper las murallas del coche

Los que vivimos en ciudades amuralladas nos damos cuenta de que estas barreras que se construyeron para defender algunas plazas, aunque representan condicionantes enormes para la movilidad, no son nada comparadas con las que se han formado alrededor del coche, para defender su uso abusivo, que se hacen especialmente infranqueables en muchas de nuestras ciudades, aferradas a un profundo inmovilismo ignorante.

Si los ríos y las montañas fueron desde siempre fronteras que condicionaron el desplazamiento y que sólo podían atravesarse mediante artificios en forma de puentes o túneles. La evolución humana nos ha provisto de otras dificultades a la hora de desplazarnos. Primero fueron las murallas, luego se sumaron las vías del ferrocarril a modo de ríos de hierro, pero gracias al desarrollo del automóvil y su potenciación desmesurada las barreras más infranqueables y menos permeables han acabado siendo los mismos caminos que se hicieron para comunicar unos núcleos de población con otros.

Las grandes avenidas, las rondas, las superrotondas, las autovías y las autopistas que han ido cosiendo nuestra geografía y que se han ido internando de forma implacable incluso en el centro de nuestras ciudades son, hoy en día, las mayores murallas que tienen que vadear todos aquellos que no han elegido el coche para desplazarse. Exiguos pasos y carriles laterales son las ratoneras y las escapatorias con las que cuentan los no automovilistas: pasadizos, pasareras, pasos de cebra y carrilitos.

Sin embargo, hay una barrera mucho mayor que dificulta mucho más la posibilidad de moverse por la ciudad en algo que no tenga un potente motor: la mentalidad dominante. El uso del coche se ha impuesto de tal manera a otras formas de moverse en las ciudades que, incluso no siendo el modo más utilizado, ha acabado dominando de tal manera la calle que se ha hecho incuestionable a los ojos del gran público. 


Para ello se ha valido de todo un armamento propagandístico y de toda una parafernalia comercial que han acabado por seducir y convencer a la gente de que el coche representa el paradigma del desarrollo, del consumo, de la independencia, de la ubicuidad, de la posición social y de las ambiciones personales. Tanto es así, que no sólo no nos acabamos de creer que otra cosa sea posible sino que lo que no estamos dispuestos a conceder es que otra cosa sea mejor.

Y ahí estamos atrincherados en esta tesitura, enrocados en argumentos imposibles para tratar de justificar lo injustificable: que el uso del coche en la ciudad es imprescindible. Y eso se traduce en la práctica en que los tímidos intentos de habilitar facilidades para medios de transporte distintos de los automóviles acaban adoleciendo sistemáticamente de lo mismo: de pusilanimidad.

Sólo derribando las fabulosas murallas que han fortificado el uso abusivo del coche en nuestras ciudades podremos ofrecer oportunidades reales a otras maneras de entender la utilización del espacio público, la accesibilidad y la movilidad en condiciones de equidad, concordia y sostenibilidad. Hasta entonces cualquier lucha será marginal y además marginada.

Así pues, no basta con coger una maza, una excavadora o una partida de explosivos y liarse a tumbar muros, sino hay que armarse de paciencia y de buenas maneras y tratar de sembrar el germen de una nueva lógica que se fundamente en que las ciudades son para las personas y no para los coches, desmontando los mitos en los que se cimienta toda la cultura del automóvil. Y luego actuar en consecuencia.

Fuerza a los que lo intentéis y a los que lo estáis intentando.

domingo, 26 de mayo de 2013

Menos casco y más atasco

El público neutral no entiende la polémica que se ha desatado alrededor de la intención de hacer obligatorio el uso del casco para los ciclistas en la ciudad. No entiende que una medida que presuntamente redunda en incrementar la seguridad de los ciclistas no cuente con el apoyo masivo de estos o, al menos, de sus representantes responsables. ¿Es una contradicción, no?

Lo que no sabe ese público es que su postura no es neutral, simplemente porque está mediatizada por muchos años de estrategia y lógica automovilística. El público se ha acostumbrado a ver las cosas ordenadas de una manera y presentadas desde una perspectiva que las hacen endemoniadamente rotundas e incontestables. El público se ha acostumbrado a conceder todo tipo de privilegios al uso y abuso del coche y a conformarse con los resquicios con genuina docilidad.

Así el público, el que ve los telediarios, lee los periódicos y escucha la radio, ha comprendido que le debemos demasiado al coche, también en la ciudad, y que quitárselo en favor de unos cuantos incautos no es el camino para arreglar los asuntos graves en los que estamos enfrascados. Menos cuando esos incautos en sus ridículas monturas a pedales son incapaces de demostrar una responsabilidad ni siquiera en su propia prevención y salen desprotegidos y desvalidos a ese mundo motorizado.

Ese público entiende que el precio del coche es razonable y cree que la congestión y los atascos son símbolos inequívocos de prosperidad y desarrollo económico y que lo que esos pirados de las bicicletas proponen no son más que ideas ridículas que no nos van a sacar del agujero en el que nos hemos metido.


Por eso ese público no quiere que los ciclistas circulen por la calzada, como no quiere que lo hagan por la acera, por eso ese público cree que el casco debería ser obligatorio por el bien de esos incautos, como lo debería ser también un seguro y una carnet por puntos, porque, hay que perdonarles, no saben lo que hacen, y asumir la responsabilidad de ser sus salvadores.

"Es por vuestro bien, estúpidos"

A esa gente que se indigna ante la insolencia ciclista, ante su irresponsabilidad, ante su desprecio de la vida y de la seguridad colectiva, ante su oposición al desarrollo o a lo que entienden como el bien común, a esa gente va a ser muy difícil convencerla de lo contrario con meros argumentos. Simplemente porque no quieren oírlos. Ni siquiera por repetición. Porque su postura es visceral y se ampara en el peso del orden establecido e incuestionable. No les llaméis conservadores, son progresistas, que viene de progreso.

De nada vale tratar de hacerles ver que los beneficios de que la gente deje el coche en casa cuando se lo pueda permitir son muy superiores a los inconvenientes, que es mucho más seguro que la gente ande en bici y a pie, con o sin casco, que que lo haga en coche, que se ahorra un montón en salud, energía y contaminantes, que las calles donde los coches no dominan se vuelven más atractivas y más interesantes, que el comercio se revitaliza, que los niños y los mayores viven más tranquilos y disfrutan más del espacio común, que el ambiente es mucho más agradable y tranquilo.

No. No les vais a convencer simplemente porque no sois en los que ellos confían y por tanto sois sospechosos, como lo son vuestros fines y vuestros medios. Ese público no puede oír vuestros mensajes, no puede escuchar vuestros argumentos, no puede atender a vuestras demandas, porque no puede entenderos, porque no quiere.

jueves, 23 de mayo de 2013

Son vikingos, son personas

Como lo son los teutones o los galos. Aunque nos quieran engañar con sus poses y escenificaciones y nos quieran hacer creer que los bárbaros e incivilizados somos los del Sur, seamos de la tribu que seamos. Bajo sus modelos ordenados y seguros muestran la cara correcta y la forma adecuada de hacer las cosas, despreciando cualquier alternativa, pero luego cometen los mismos atropellos con sus congéneres que los que hacemos nosotros, con la diferencia de que ellos van cargados de una violencia soterrada, contenida, cuya explosión muchas veces es mucho más peligrosa que la nuestra, que es más superficial y extrovertida.

Hablamos de Copenhague. Pero daría igual que nos fijáramos en cualquier otro pretendido paraíso ciclista en el pretendido mundo civilizado de la Europa Central y Nórdica. Para que nos demos por enterados: allá también hay problemas de convivencia con las bicis y entre las bicis. El debate está en los tabloides: los ciclistas muestran una prepotencia y una agresividad preocupantes.

Basta con aterrizar en cualquier ciudad ciclista y tratar de caminar o conducir algo que no sea una bici. Los ciclistas allá arriba intimidan, tocan el timbre y resultan amenazantes para el que no comparte su opción. Pero también para el que la comparte y no la practica con ese ímpetu y determinación con la que ellos y ellas reman en sus ciclonaves. Palabra.

Es condición humana, por supuesto, pero hay que dejar constancia de ello porque muchas veces nos abducen con todo su aparato mediático y su pose altiva y pretenciosa. Allá también andan a bocinazos aunque no toquen la bocina, allá también muestran la faceta más depredadora de la circulación, allá también se aprovechan de las prebendas para intimidar al prójimo, sea correligionario o no. Porque allá la bicicleta goza de muchos privilegios pero sus practicantes no son tomados como una casta, como un grupo. La bici simplemente es, sirve y se usa, con todo lo que ello conlleva. Como la lavadora, el paraguas o el aspirador. Solo que con su componente arrojadizo.

No es oro todo lo que brilla, tampoco allá arriba. Un saludo desde el Sur.

martes, 21 de mayo de 2013

No es oro todo lo que brilla

El mundo de la bici urbana ha protagonizado interesantes protorrevoluciones en varias ciudades de nuestro panorama cercano. Incluidas muchas veces a golpe y porrazo, han despertado mucha expectación alrededor y han generado muchas ilusiones entre la gente. Han sido años intensos e intensivos para muchos ayuntamientos. Barcelona, Donostia, Sevilla, Zaragoza, Vitoria, Valencia, Murcia o Pamplona son sólo algunas de las ciudades que han visto cómo, con menos o más acierto, las bicicletas han sido reincorporadas a sus calles.

En varias ocasiones hemos tenido oportunidad de visitarlas y la conclusión que hemos podido extraer es que ha habido mucha improvisación, mucho despropósito y, sobre todo, mucha propaganda pretendidamente verde alrededor de todas las actuaciones relacionadas con la bicicleta.


Una excepción en cuanto al nivel de improvisación es el caso de Vitoria que, pese a que ha aquejado los males propios de la novedad y de la falta de criterio generalizada en el mundo municipal en las décadas pasadas, lo que le ha hecho sufrir las consecuencias indeseables de todo ello, ha sabido reorientar adecuadamente la política de promoción de la bicicleta, no sin cierta controversia.

Vitoria-Gasteiz tiene aceras bici malas y peores y ha acabado, como casi todas las ciudades que han querido acelerar la promoción de la bicicleta, con más ciclistas en las aceras que en la calzada, donde deberían haberse encontrado. Ha ocurrido igual en la mayoría de las ciudades donde la promoción de la bicicleta se ha concebido y se ha maximizado de manera aislada del resto de la movilidad, es decir, en todas las ciudades de nuestro querido país.

La diferencia en Vitoria ha sido la reacción ante esta deriva. En la capital verde alavesa, ante la profusión de ciclistas en las aceras han decidido actuar para devolver los ciclistas a la calzada, mediante la reducción del espacio y de las oportunidades de circulación y aparcamiento de los coches en la almendra central de la ciudad, a través fundamentalmente del calmado del tráfico, de la reconfiguración y la reordenación del espacio y de la circulación en la mayoría de las calles del centro de la ciudad.


Está claro que ha sido un paso decidido hacia un sistema circulatorio que penaliza el uso del coche y beneficia básicamente a los ciclistas y, de alguna manera, también a los peatones. Pero está igual de claro que no basta con eso y que es un proceso que va a ser largo y convulso, como cualquiera que proponga cambios cualitativos en la vida cotidiana de una ciudad.

Ahora, en plena campaña de educación de la ciudadanía, se plantea, por ejemplo, limitar la circulación ciclista en algunas calles peatonales que reúnen la mayor vitalidad comercial y congregan la mayor densidad de viandantes, y algunos ciclistas se han sentido humillados y violentados por dicha decisión. La convivencia tiene un precio y ese debe ser el de maximizar la calidad del espacio público. Si no somos capaces de darnos cuenta de ello, estaremos cometiendo más errores por más bienintencionados que estos sean.

martes, 14 de mayo de 2013

Breve repaso al carril bici de Pamplona

Hace unos días la televisión regional de esta parte del mundo donde vivimos decidió dar un repaso al carril bici de esta capital provinciana que es Pamplona y, después de haber entrevistado al responsable político del tema y debido al estupor que les produjo la indolencia del mismo respecto a la situación descabellada de la cosa, decidieron, aguerridas periodistas, buscar un contrapunto que sirviera para denunciar la situación, con tal suerte que dieron con uno de nuestros colaboradores más asiduos.

He aquí el resultado de más de media hora de conversación después de conveniente cercenada y extractados tan sólo unos segundos debidamente sacados de contexto.

 

No queda ni rastro de argumentos tales como "esto es una gamberrada" o "lo que no quieren es quitarle nada al coche" o "el peligro y los accidentes se producen en los encuentros entre carriles bici y aceras y la calzada" o "esto es un atropello". La prensa es así de cruel.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Consejos pendejos

Si ayer alabábamos el gusto de los mensajes que ha lanzado el grupo mexicano Bicionudos, hoy toca mostrar el ejemplo de cómo no debe hacerse una campaña de educación vial. Nos llega también desde México, esta vez del DF y de la mano de Muévete en Bici, la iniciativa oficial que a través de la fórmula de las ciclovías recreativas, circuitos cerrados al tráfico para disfrutar de la bici los festivos, busca darle una cierta visibilidad al uso de la bicicleta.

No vamos a poner en cuestión este tipo de iniciativas, lo que motiva este artículo es una campaña que ésta ha publicado recientemente y que reúne todos los ingredientes de una promoción mal enfocada. Ñoña, pueril, impersonal, fría, ridícula y, encima, en verso.

He aquí tan sólo algunas de las pruebas.



Nadie discute la conveniencia de difundir consejos para la correcta organización de una actividad como la que proponen, pero elegir esta forma no es lo más acertado y, menos, utilizando pareados si no es con fin cómico casi ridiculizante. Tratar a la gente así es tratarlos de idiotas y eso nunca es conveniente cuando se trata de ayudar a esa misma gente a tomar las decisiones correctas, las inteligentes, las que les convienen a ellos y las que le convienen a la ciudad.

Mal.

martes, 7 de mayo de 2013

Consejos bicionudos

Hoy el homenaje a la campaña más acertada por su forma, por su tono y por su contenido es para el grupo mexicano de defensa de la bicicleta de Puebla llamado Bicionudos.


Sencillos pero contundentes: el que quiere que se le respete, debe respetar. Y punto. Pero si además se hace con buen gusto con esa estética anacrónica tan simpática y con tanta claridad, se agradece doblemente.

Enhorabuena, son realmente Bicionudos.